He leído con detenimiento en los últimos días la entrevista a Antonio Gutiérrez-Rubí y publicada en la revista del CECPS (Círculo de Estudiantes de Ciencias Políticas y Sociología). Este experto en comunicación política me parece una de las mentes más claras en el actual panorama político y social de nuestro país. He sido alumno suyo en algunos cursos en los que ha participado y comparto muchas de sus reflexiones. Especialment, en el caso que nos ocupa, en lo que tiene que ver con el mundo de las emociones, los sentimientos y el sentido trascendente de la acción política.  Unas dimensiones que son las que en gran medida me han lleadoal compromiso político a lo largo de mi vida, y en estos últimos años, desde el Grupo de Cristianos del PSOE, donde tratamos de tender puentes entre el mundo cristiano y el mundo socialista y transformador. 

Coincido con Gutiérrez-Rubí en su afirmación de que hay un recelo prejuicioso en parte de la izquierda convencional hacia la espiritualidad y hacia las prácticas alrededor del autoconocimiento y la meditación. Una mezcla de desprecio y desconfianza. No en vano, el epicentro de buena parte del pensamiento progresista sigue anclado en las viejas ecuaciones del “materialismo histórico”. A ello, hay que añadir el sustrato de determinados compartimentos laicistas que reducen o simplifican el laicismo a anticlericalismo, por ejemplo, y en algunas actitudes desconfiadas hacia lo religioso. El conjunto es una mirada displicente a los aportes de compromiso social que se nutren de otras fuentes menos ideológicas (en el sentido más tradicional del término) y que se sustentan en la conciencia personal, la espiritualidad o el compromiso social de inspiración religiosa.

La verdad es que la necesaria reflexión y maduración de los planteamientos políticos son los que me llevan, de manera inexorable, a tratar de buscar unos puntos de encuentro para ser capaces de actuar desde unas actitudes positivas y renovadoras. Y comparto estas opiniones que suscribo:
La meditación aporta equilibrio, conocimiento, armonía y socialibilidad. Cada uno de estos atributos enriquece, enormemente, la praxis política. Equilibrio: la política necesita ponderación y flexibilidad. Conocimiento: la política que se construye desde el individuo y su realidad, permite ofrecer escenarios de superación en base al humanismo. Armonía: necesitamos una mayor coherencia entre lo que somos, lo que decimos que somos y lo que hacemos. Y, finalmente, sociabilidad: el autoconocimiento que se obtiene a través de la meditación permite transcender de lo individual para reconocernos en el “nosotros”. Todos los caminos para el reencuentro personal, para la conciliación entre nuestro espíritu y nuestra vida favorecen comportamientos más sociales.

Asimismo, hablamos de una espiritualidad que te obliga a la reflexión, a la introspección, a pensar antes de hablar, a pensar antes de actuar. Precisamente, la política formal está atrapada en una cadena reactiva alimentada por la fugacidad y fragilidad del hecho noticioso, por la competencia mediática entre medios, por la reducción de la praxis política a la política para y en los medios y por el ciclo cada vez más corto de las noticias. Este cuadro favorece la precipitación, el apriorismo, el prejuicio y la reacción poco evaluada o reflexiva. Justo lo que no necesitamos para la renovación de la política.

Precisamente, después de haber vivido en los últimos años una experiencia intensa en la acción política, dentro de un partido y conjugando sus claves internas con estar en la oposición, creo con mayor fuerza que es necesaria esa serenidad para que la práxis política no nos aleje del verdadero sentido de la política, que es el cambio de las estructuras, siempre y cuando que sea desde una cambio personal. El compromiso individual con uno mismo nos llevará, de manera inexorable, a no perder de vista el horizonte colectivo.