Jorge Abner Drexler Prada (Montevideo, 21 de septiembre de 1964) llegó a España de la mano de Joaquín Sabina en 1995. Diez años después me cautivó con su canción  Todo se transforma y cuando descubrí que era de la generación del 64 no dudé en que tenía que formar parte de este proyecto que ahora empieza a tomar cuerpo. Azares del destino llevaron a que cerrara su gira Mundo Abisal en Murcia (España) y esta circunstancia  permitió que tuviera lugar nuestro encuentro, en una sala anexa al Teatro Circo. Muy afectado por la muerte de Roque Bergareche con quien le unía muchos lazos de amistad -al igual que con su hermano Jacobo– en esta primera entrevista de la Gente del 64 nos cuenta su recuerdos de infancia, sus inicios en el mundo de la música, cómo Twitter le ha permitido volver a la poesía y lo que ha supuesto la paternidad en su vida. Los del 64 formamos parte de una generación intermedia. No somos de la generación hippy, la que protagonizó la transición española, la que nos ha gobernado en la mayor parte de nuestra vida -y aún hoy lo hace- y la nueva, la tecnológica. Quizá estamos a medio camino. Las imágenes son de Jerôme Van Passel.

En un momento de la entrevista, Jorge Drexler muestra algunos de sus tuits, en Twitter, donde se ha reencontrado con la poesía.

¿De qué generación te sientes?
Pues la verdad es que creo que mi realidad es muy diferente a la de ustedes en España. Vengo del Uruguay y cuando aquí empezaba la libertad, allí lo hacía la dictadura. No me resuenan ninguna de esas experiencias. Yo entré en la Facultad de Medicina en el año 1983, que fue el año en el que empezó la cultura política para que volviera la democracia en el 84. Yo soy de la generación de la dictadura. Viví la dictadura en el 73, con 9 años, y salí con 19, y a mí eso me marcó generacionalmente, pero no creo que haya mucha conexión con lo que pasaba aquí. La dictadura en Uruguay detuvo todos los procesos de evolución social. El país quedó sin década de los 80. Mi sensación es de que se pasó de los 70 a los 90 y tampoco tuvo claramente una década de los 70. Tuvo como los 60… y de golpe estábamos terminando en los 80. Yo que soy muy abierto a escuchar música de todos los lados, era tal la presión que generan las dictaduras que estuve más concentrado en ese momento en buscar una identidad, en quitarnos de encima la dictadura, que estar en alerta a lo que pasaba en el mundo. En pleno 83 y 84 estábamos escuchando a The Cure, tomando la música folklórica del Río de la Plata como un emblema. Para mí fue una pérdida, yo me perdí mucho de los 80. Y me sentí fuera de lugar en esa década, hasta llegar a los 90 en los que me sentí muy cómodo.

Un momento del ensayo en el Teatro Circo de Murcia. /Foto: Jerôme Van Passel

Creo que en esos momentos en España conocíamos poco de Uruguay, al que se citaba como “la Suiza de América Latina. y Quizá algunos referente con Mario Benedetti o cantautores como Daniel Viglietti
Había más de un país al que se le denominaba así, como a Chile o Costa Rica. Es un país muy razonable, con una cultura de diálogo dentro de la sociedad y laico, con poca presencia de la religión y un espíritu que luego descubrí cuando llegué aquí: antireligioso.

Pero sin embargo tus orígenes sí están marcados por la religión, ¿no? Porque tus orígenes son judíos…
Sí, mi familia es judía pero me crié en un ambiente laico, fui a la escuela pública, que es laica y gratuita desde el siglo XIX, porque en 1879 Uruguay separó la religión de la educación. Tiene ley de divorcio desde mucho antes que otros países del mundo. Los primeros sindicatos legales… Es un país muy avanzado en derechos sociales.

¿Y qué recuerdos tienes de tu infancia que te hayan marcado?
Había mucha agitación política cuando yo era chico…

¿Eso marcaba que fuérais precoces en el conocimiento de la realidad?
La política era un elemento más de juego entre los niños. Antes del 73 vivía en El Prado, tendría 6 ó 7 años, y sabía lo que votaban todos los niños de la escuela. Pero no lo sabía porque me lo dijeran, sino porque jugábamos al enfrentamiento político. Éramos un eco de lo que pasaba en la sociedad. Sabía que la de la esquina votaba a… Que nosotros votábamos a los del Frente Amplio. Los niños, con la ausencia de los padres, pintábamos todo el jardín con los colores del Frente Amplio.  Jardín que después hubo que tapar, porque pasó a ser clandestino. Éramos muy consicentes de todo lo que pasaba. Quemábamos libros en el jardín. Había un clima de violencia, y mis padres eran médicos, y quitaban el cartel de la puerta de casa, destornillándolo, porque ser médico, en cualquier tiroteo, si alguien estaba clandestino no iba al hospital, y buscaban chapas de médico. Luego estaba la disyuntiva de atenderlo y claro, no lo ibas a denunciar, por lo que pasabas tú también a ser sospechoso contra el régimen. Recuerdo toda esa tensión en mi casa. Y cuando comienza la dictadura, la conciencia infantil.

Los ciclos van y vienen

Una realidad muy distinta a la realidad que se vivía en Europa, cuando llegas aquí…
Entonces no había tanta diferencia, porque me vine aquí en el 95, y Uruguay llevaba ya diez años de democracia. Y esa, por tanto, no fue la diferencia. La diferencia fue que yo pensaba que la decadencia económica era una variable, una constante en todas las sociedades… Y aquí era lo contrario. Era un país que llevaba veinte años de crecimiento y estaba en pleno desarrollo… Las aceras estaban cuidadas, la arquitectura urbana se hacía con excesos, pero con muchos excesos, como en Uruguay. En Montevideo nos cagamos toda la arquitectura de principios del siglo XX. La salud pública funcionaba aquí y había una sensación de igualdad en la distribución de la riqueza que no tiene ningún país latinoamericano, a pesar de que Uruguay era diferente.

Quizá nosotros estamos viviendo parte de lo que vosotros vivisteis en los 90…
Sí, yo creo que lo que se está viviendo es un gran desencanto, que no me ha pillado con sorpresa. Yo siempre supe que esos ciclos van y vienen. Lo normal en mi país era que uno viviera en la casa que habían tenido los abuelos, la casa de veraneo que se usaba tres o cuatro veces al año, y que luego esa casa la usaran dos o tres familias, fragmentada, porque la familia se había empobrecido. Era lo habitual. Mis amigos vivían en casas que se habían derruido, y que luego se habían fragmentado. Eran casas familiares muy grandes. Y aquí era al revés. Los abuelos vivían en casas chiquitas en el pueblo y los hijos tenían unas supercasas, y los nietos tenían cada uno su piso y su coche… Y no lo podía entender. Yo me licencié de médico con 27 años, y cuando vine aquí con 30, ninguno de mis amigos médicos tenía coche, vivíamos en un mundo material muy restringido. Y no nos importaba, la verdad. Ahí siempre tuve claro que entré tarde en el consumo, lo suficientemente tarde para entrar, en los 90 y primera década del siglo veintiuno, siempre consciente de que eso era efímero… y pasó y va a seguir pasando. Y creo que ese es el aspecto positivo de la crisis, que es aprender a verla con perspectiva. En los 90 realmente nadie en España lo imaginaba. Nadie recordaba que hace 30 años había habido una oleada de emigración gallega, en los 50, enorme, con hambrunas, con mucho atgraso en las zonas rurales y la última inmigración en Uruguay, en los 50, fue una emigración gallega muy importane. Y la gente no lo recordaba. Y sus nietos volvían a España a coger el pasaporte… Espero que eso sea una lección de vida muy importante. Los ciclos son pendulares.

Es posible que perdamos la memoria y la dejamos al lado cuando tenemos esas experiencias de tanto contraste… Como hijo de la emigración, ya que mis padres fueron a Francia a comienzos de los 60, observo con sorpresa que a la sociedad española le ha costado integrar la realidad de la emigración…
Yo creo que somos entidades preparadas para olvidar la gran verdad, que está toda la vida presente, que la vida es efímera. Aprendemos a olvidar eso, vivimos en un presente muy estrecho. Si fuéramos conscientes de dónde venimos y hacia dónde vamos, de esa sensación -aunque conozco a personas que lo hacen- descubriríamos que todos estamos hechos para esa noche, a pesar de todo, sentarnos con los amigos y levantar una copa de vino. Estaría bien recordar que este es un país de emigrantes, que ha viajado todo el tiempo. Y lo más importante es que todos los países han estado abiertos a la inmigraciñón. Nadie puede tirar la primera piedra.

Una brasa que empezó a arder

¿En qué momento decides que lo tuyo va a ser la música y dejas aparcada la medicina?
En el 87 tuve la primera duda, cuando estando en la Facultad de Medicina gané un concurso literario, tanto en poesía como en cuento. Fue como un shock. Fue la primera vez que tuve un reconocimiento artístico. Y me dije: igual tengo algo que decir el mundo artístico. Y ese germen, esa brasa, empezó a arder muy lentamente, pero también es verdad que  sistemáticamente me encargué de avivarla y mantenerla viva… hasta que se quemó todo el resto y acabé en España.

¿Cómo viviste ese momento? ¿Con ilusión, con grandes expectativas, con contradicción…?
Durante años mi conflicto principal era el conflicto vocacional. Estuve muchos años preguntándome qué hago, qué debo hacer, cómo lo hago. Mi cabeza se íba a buscar qué debía hacer con la profesión. Una vez que tomé la decisión ya no tuve más conflicto vocacional. Y no le he dado vueltas. Ni un instante. Nunca me arrepentí de eso. Es verdad que todas las cosas que hago suelo repensarlas mucho después, pero esta no. Era muy claro, muy evidente, y además lo hice estratégicamente, lo monté muy bien como para que no hubiera vuelta atrás. Quemé las naves. Eso sí, lo estuve pensando mucho, mucho, mucho… dentro de mí, dejándolo crecer en secreto… y cuando llegó el momento fue simplemente un paso, de un barco a otro, y ya sin otra elección.

Foto: Jerôme Van Passel.

¿Hubo alguna persona que en ese momento fuese un referente para tomar la decisión, que le confirieras una autoridad especial a la hora de decidir?
En ese momento mi deuda principal fue con Joaquín Sabina. Él me vio tocando en Uruguay y me dijo ‘¿qué haces tocando aquí?, vente a España’. Tenía una cosa de la que yo carecía en absoluto: mundo y perspectiva. Él sabía más de Montevideo que los que vivíamos allí, en el sentido de que como conocía Lima, Santiago, Asunción, Buenos Aires, Badajoz, Guadalajara… y Murcia, él conocía todo el contexto, y te veía y ya sabía en lo que estabas. Evidentemente era la época de oro de la industria discográfica española, era increíble. Ahora es impensable, pero entonces uno llegaba y si podías rimar casa con taza tenías un contrato discográfico. Y con que tocaras más o menos bien y fueras para adelante… también se generaba mucha cosa que no duraba más que un disco. Yo estuve a punto de no durar más que un disco, porque fui un pésimo vendedor.  Cuando empecé a vender alguno se hundió la industria discográfica. Eso me pasó en 2005 con Eco, cuando llevaba medio año en el mercado. Vine a España y me di cuenta de que podía vivir de la música y que había una receptividad muy generosa para lo que yo hacía. La gente te escuchaba con atención y podías tocar la guitarra y no necesitábamos tener, como decimos en Uruguay, un power man. Yo era un músico de músicos, uno quería demostrar que podía tocar con muchos tambores, con bajo y hacer cosas complejas rítmicamente. Llegué aquí y la gente prestaba atención a las letras. Yo hasta entonces siempre escribía primero la música. No obstante me consideraba músico más que letrista, y esta situación empezó a invertirse cuando llegué aquí.  Empezaron a pedirme letras, como cuando empecé a trabajar con los flamencos y yo me decía ¡qué curioso, les interesan las letras. Ahora hago una cosa y otra, aunque últimamente escribo muchos textos sueltos. He vuelto a escribir poesía gracias a Twitter.

¿Cómo lo ha hecho esta red social?
Yo no sé a los demás, probablemente Twitter sea una basura el 98 por ciento de lo que se escribe, pero hay un 2 por ciento que a mí me interesa y que rescato. Y luego tiene una propiedad, y es que al tener que resumir en 140 caracteres lo que estás diciendo se limpia de paja y determina un género literario. Se busca las cosas que pueden hacer gracia con textos breves, la agudeza de pensamiento, el sentido del humor, las rimas, la estructura del texto, los palíndromos. Hay mucha gente escribiendo palíndromos, los mejores que he visto en mi vida en el idioma español. Epigramas, aforismos… todo lo que sean estructuras de versos corto, cuartetas, quintetos, hasta sextinas o sextillas. Una sextina de seis octosílabos puede entrar en 140 caracteres si tiene muchas terminaciones agudas. Las quintillas entran todas. Yo con Twitter tengo una relación no muy diferente como la que mantengo con los discos. En los discos uno habla de su propia vida pero no hago de eso el eje, en el sentido de que no estoy aquí ni siquiera para opinar o para narrar. Tengo el mismo tipo de diálogo, expreso mi realidad con códigos que me lleva más tiempo escribirlos que leer más de uno. Me lleva más de 40 minutos cada tuit. Casi siempre hago las quintillas. Escribo algo así y sublimo algo, haces algo a partir de un dolor, generas una pequeña célula creativa y eso alivia un poco.

Emociones humanas

El momento creativo ¿va a menudo unido al dolor? ¿Una canción compuesta  en esta situación llega más a la gente?
Hay una diferencia muy grande entre estar feliz y estar triste. La felicidad es una experiencia autosuficiente, no precisa de otra cosa. Si encaja con otra cosa, con una canción como Good Day sunshine de The Beatles se potencia, pero no se precisa. El dolor y la tristeza buscan permanentemente un alivio. Todas las disciplinas artísticas son puentes de un estado u otro. No es que se escriba mejor con dolor, es que la gente lo busca más, lo precisa, y uno encuentra más resonancia. También cuando está con dolor, uno escribe y se alivia. Y cuando uno está con alegría, uno escribe y eso potencia. Y a veces es más importante aliviar que potenciar un sentimiento. Siempre fui muy enemigo de que uno escribe mejor cuando está triste o sufre desamor. Todas las emociones humanas me son naturales, dependen más de la intensidad y del foco que haga uno. Me cuido mucho de las dosis de dolor.

¿Qué ha supuesto la paternidad en tu vida?
Pues es la experiencia más determinante. Cambia mucho tu cotidianidad. Pierdes un montón de cosas y ganas otras. La gente suele destacar las que pierdes, en una dirección. Pero he aprendido a dosificar mucho tiempo. Cuando tenía mucho, tardaba meses en componer una canción. Cuando nació Pablo, mi primer hijo, y tenía que componer un disco, escribía una canción por día. Escribí todo el disco en diez días. De las diez de la mañana a la hora de comer me ponía, y pim, pim, pim… salía la canción. Con la paternidad te vuelves mucho más vulnerable y tienes sacar tiempo para otras cosas  que antes no tenías en cuenta. Una experiencia maravillosa para mí… y por eso la repetí tres veces (risas).

 

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Brevemente…

Un acontecimiento en tu vida.
La llegada del hombre a la luna. ¿Creo que fue en el 69? Es el primer recuerdo que tengo… Volvíamos de La Paloma y lo recuerdo porque no llegábamos a casa y paramos en la casa de un tío que vivía en la carretera para ver la llegada del hombre a la luna. No sé si lo recuerdo porque me lo contaban tanto que tengo esa imagen guardada. También la caída del Muro de Berlin, en el 89, ya que estaba en Europa. Intenté llegar a Berlín pero había grandes colas para acceder a la ciudad.

Una persona.
Borges, soy fanático de Borges.

Un beso.
Bueno, uno que nunca dí pero que conté en una canción, La Luna de espejos. No lo dí pero lo conté.

Un sonido.
Hay un tipo de pájaro que sólo está en el paisaje de la Pampa., el Uruguay y el sur de Brasil, que cuando lo escucho en una película es como si me transportara de vuelta allí. Porque el del mar es más internacional y el de los pájaros es más específico.

Un dolor.
El primero de cuando uno es chico y pierde un familiar.

Una canción.
My Sweet Lord de [George] Harrison.

Un libro, una obra de arte, una pieza de creación…
Revolver, de los Beatles.

…Y una mirada
Aprendí mucho de la mirada de Daniel Burman, cuando trabajaba como actor con él [en La suerte en tus manos]. Fui entrenándome para ver a traées de sus ojos durante un mes. Resulta muy curioso cómo se mete uno a través de la mirada de otro.