No quiero pensar que si el ex presidente murciano Alberto Garre ocupase hoy una plaza en el Senado hubiera guardado en un cajón su carta a Mariano Rajoy en la que anuncia su baja en el PP y le acusa de tapar la corrupción. No lo pienso a la vista de las iniciativas que impulsó en su breve etapa en el Palacio de San Esteban y a sus actuaciones en temas como el del aeropuerto de Corvera, la desaladora de Escombreras, la imputación de su consejero Juan Carlos Ruiz por la operación Púnica o la invitación que le hizo a su compañero de partido, Joaquín Bascuñana, a la sazón delegado del Gobierno, para que abandonase su puesto por el caso Novo Carthago.

El perfil de Garre me recuerda al de personas como mi padre o mi suegro, que pese a no coincidir ideológicamente, forman parte de una generación en la que la palabra dada valía más que estampar una firma ante notario. La palabra nos define, nos identifica, nos retrata. Forma parte de nuestro ser. Por eso, quien no tiene palabra no vale nada. Es una marioneta que se mueve a su antojo, una birlocha que se agita en el cielo o alguien que baila al son que le tocan. Tampoco quiero creer que las motivaciones que le han llevado a ese distanciamiento con su partido y sus dirigentes sean las del resentimiento o la inquina. Porque entonces diría muy poco de él. No tiene ese perfil, no fue eso lo que demostró con su quehacer como presidente. Más bien lo contrario, honró el cargo con su compromiso y su palabra, esa que se acompaña de la firma con tu nombre, que es tuyo, y tus apellidos, que son de quienes te educaron y dijeron lo que está bien y lo que está mal. Faltar a la palabra es decir sobre el valor de una firma.

Lamentablemente, en las organizaciones políticas predomina la sumisión a quienes las lideran por diversas y variopintas razones. En unos casos, por esperar algo a cambio, ya sea un cargo público o un simple reconocimiento social, o porque la sensación de seguridad o tranquilidad es un rasgo muy humano que en ocasiones es suficiente para no defender los criterios propios. Si me apuran, estas características son propias de cualquier organización, y nuestra inmadurez a la hora de tomar decisiones en diferentes niveles conduce, desgraciadamente, a que hoy en día tengamos unas cotas muy bajas de implicación social y ciudadana en los asuntos públicos.

No quiero creer que en partidos políticos como el PP que nos ocupa no haya nadie que alce su voz ante la realidad. Tanto la nacional como la más cercana, la regional y local. ¿Nadie ha visto nada estos años? ¿Nadie ha sido testigo del enriquecimiento de unos pocos? ¿De la vulneración de la ley? ¿De la corrupción política y económica? ¿Del fracaso de proyectos como los de un aeropuerto sin aviones, de auditorios sin terminar, de Paramount y demás, de proyectos urbanísticos para el enriquecimiento fácil…? ¿Tal es el nivel de complicidad que nadie ha sido capaz de alzar la voz? ¿Tal es el grado de sumisión y entrega ciega al líder que se justifica todo, se mira para otro lado y se soporta todo?

No concibo que esto pueda ser así. Me resisto a creer que no haya personas que se rebelen ante todo ello. No les creo capaces de aceptar que sólo haya un camino para esa visión de la política: la de la impunidad cómplice. ¿Hasta cuándo hay que esperar?