Hablar de la religión en la escuela, de la Enseñanza Religiosa Escolar (ERE) es mentar la bicha en esta nuestra sociedad tan marcada por la experiencia del nacional-catolicismo. Porque cualquier referencia a tratar de colocar en el espacio público el debate sobre el hecho religioso se asocia a esa imagen negativa de ‘las dos Españas’, la alianza de la corona, la espada y la cruz y, desgraciadamente, a una forma de entender la fe y las creencias vinculada a la experiencia personal que hayamos tenido con la Iglesia católica. Una percepción que, en muchas ocasiones, solo tiene en cuenta una sesgada visión unívoca de la realidad.

ereMe cuento entre los que suscribo la idea de que el marco legislativo que sustente el aprendizaje del hecho religioso en la escuela estará anclado en el ideario democrático constitucional, que vincula el objeto de la educación al “pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”. Creo importante entender que la educación religiosa sustenta el desarrollo tanto de la propia identidad y visión del mundo del niño como el diálogo intercultural. Además, porque no es comprensible la propia sociedad y cultura europeas sin conocer la historia y el pensamiento de nuestras iglesias cristianas, y en el caso específico de España, de la Iglesia católica.

El modelo español es el multiconfesional, donde se ofrecen varias religiones cuyo programa y profesorado depende de las autoridades religiosas. En mi caso, junto al de otra gente que compartimos el compromiso cristiano en el PSOE, apuesto por el modelo cultural, donde la enseñanza de la religión se integre como otra área más bajo la dirección y supervisión de las autoridades educativas. Precisamente, la creciente implantación a escala europea de un modelo educativo basado en competencias es una oportunidad para, desde la reivindicación de la inclusión de la competencia espiritual, innovar, de acuerdo con las nuevas demandas de los ciudadanos, la vieja asignatura de religión. Ejemplo de éxito tenemos en países como Noruega, Finlandia, Suecia, Suiza o Reino Unido, que implica tratar el hecho religioso desde una perspectiva científica al nivel de otras materias del ámbito de las ciencias sociales y humanas.

clase-de-religionSe trata, pues, en lugar de atrincherarse en la defensa de un espacio en riesgo de guetificación o de agitar la bandera de un laicismo excluyente y privatizador, de situarnos proactivamente, dejar viejas batallas e ir a un nuevo pacto sobre el lugar de la religión en la escuela. ¿Y en qué dirección? En la normalización de la enseñanza de la religión sobre la base de la competencia espiritual y moral, en una orientación más cultural y menos doctrinaria y en un mayor protagonismo de las autoridades educativas, sin excluir la colaboración de las instancias religiosas.

Entiendo que podemos llegar a un consenso en cuanto a que el conocimiento del hecho religioso provee de instrumentos al alumnado para que pueda enfrentarse a los activistas político-religiosos que quiera manipularlo. Además, conocer el hecho religioso prepara a los chavales para que puedan comprender las funciones políticas, culturales, intelectuales y jurídicas de las religiones. También, conocer el hecho religioso ayuda a ejercer la libertad de pensamiento y de elección en el terreno de las creencias. Avanzar, en definitiva, en una laicidad incluyente que supere viejas rencillas.

A lo aportado en esta reflexión tendríamos que sumar la situación del profesorado de Religión, que no es culpable de los vaivenes ´políticos´ que ha sufrido la materia que imparten, por lo que es necesario buscarles su encuadre dentro del personal docente mediante los oportunos procesos de habilitación y reciclaje profesionales

La asignatura de Religión debe contar con un profesorado cuyo estatus académico sea equivalente al del resto del profesorado y debería formarse con un Plan de Estudios de las Ciencias de la Religión en el marco del sistema universitario español, construido y elaborado por la autoridad académica, y por qué no, también con la colaboración de las autoridades religiosas respectivas.