El juego de la amistad se repite cada verano. Aunque hayan transcurrido meses y meses sin saber uno del otro, la cita es obligada. Desde hace años, Consuelo, una de las mejores amigas de quien esto suscribe, acude a un lugar del centro -hasta que cerró, era en Ipanema, en pleno corazón universitario de la ciudad- para intercambiar un libro. Es la ofrenda prevista que salda deudas de tiempo de silencio, de distancias impuestas por vidas cruzadas, de paréntesis imprevistos que se abren y cierran de nuevo cada doce meses. Así es el solaz afecto que renace en cada instante en el que los textos escritos por otros reflejan el estado de ánimo de cada uno de los protagonistas de esta historia de cariño cómplice. Se trata, en suma, de adivinar sobre qué historias y personajes puede uno sentirse parte de una relación a tres, en la que se cuela esa celestina que es la literatura.

Este año le ha tocado el turno al Autorretrato sin mí, de Fernando Aramburu, y a las ¿Segundas oportunidades?, de María José Bataller. Sobre la mesa de un bar han cruzado palabras, guiños, miradas, confidencias, risas, recuerdos, alguna que otra lágrima y sinceras promesas de que ahora sí se van a cumplir esos deseos de plasmar en un papel las historias que pululan toda una vida sin encontrar acomodo. El autor de Patria y la cuentista de Un paseo por el cielo se han convertido en esta ocasión es testigos imprevistos de la amistad renovada y los compromisos sellados en el aire ruidoso de una cafetería. Han sido la ofrenda anual a la amistad.

Es lo que tiene el afecto, el apego, la inclinación al encuentro con otras personas. Un lugar en el que el tiempo deja de tener el valor que le adscribimos a diario.

Qué mejor que la prosa poética de Aramburu para sellar el vínculo con el juego anillado de la lengua castellana, esa que de tanto morir sigue “viva en tu perfil oral y en tu melena escrita que ondea a uno y otro lado del océano, dando rumbo a la experiencia comunicativa, a la imaginación y el canto de tantos que te servimos torpemente sin por ello dejar de venerarte, maravillosa lengua castellana, compañera del alma, compañera”.

La_Petite_Femme / Pixabay

Es lo que tiene el afecto, el apego, la inclinación al encuentro con otras personas. Un lugar en el que el tiempo deja de tener el valor que le adscribimos a diario. En el que el espacio es inabarcable y no existe frontera alguna capaz de interponerse entre quienes sellaron la complicidad afable en un momento de sus respectivas existencias. La amistad es algo que apenas llegamos a describir. La confianza, la espera callada, la canción entonada en acordes desiguales que hallan acomodo en un estribillo de confabulación. La armonía del Someone like you de Adele o el Let it be de The Beatles, mientras escribes unas letras para tratar de expresar esos sentimientos profundos de gratitud por tanto tiempo compartido.

“En la hora del recuerdo convoco, sin olvidar a ninguno, a los seres que nunca fui” concluye el escritor donostiarra su último trabajo, que debe beberse a sorbos cortos. Como el gusto de saborear cada uno de instantes en los que nos sentimos vivos a través de las relaciones con los otros. Ya sean seres vivos y animados de cualquier especie y condición, como aquellos recuerdos que despiden los escenarios, los objetos y las formas moldeadas de la existencia. Como esas citas de estío que siempre permanecerán en la memoria presente y futura del acontecer humano.