Cuando veo en televisión a Mª Luisa Carcedo, la ex ministra de Sanidad, agudizo la mirada porque tengo dudas acerca de si realmente se trata de ella o es José Mota, porque la caracterización del humorista manchego supera la realidad. Algo parecido me ha pasado con Jonathan Pryce en su interpretación del cardenal Jorge Bergoglio en Los dos papas, la película de Fernando Meirelles en la que juega con un supuesto encuentro entre Benedicto XVI (Anthony Hopkins) y el entonces arzobispo de Buenos Aires, previa a la abdicación de aquel Joseph Ratzinger como obispo de Roma. Los detalles están cuidados hasta el último extremo, de tal manera en que cuando ahora lo veo ya no sé si el papa Francisco es él o sigue siendo el actor galés que conocimos en varias películas del genial Terry Gillians o, más recientemente, en Piratas del Caribe o en Juego de Tronos.

Con una referencia a esta película sobre los papas vivos finalizamos el jueves pasado un diálogo con Abraham Canales sobre su libro No os dejéis robar la dignidad. El papa Francisco y el trabajo (Ediciones HOAC), que ya va por su segunda edición.  Gran parte del auditorio asentía a los comentarios acerca de esos dos acentos que aparecen en el guión de Anthony McCarten, en el que se insinúa el conflicto profundo que quizás atraviesa hoy a la Iglesia. Dos acentos. La verdad y el amor, y el peso que se da a cada uno. La norma o la acogida, la doctrina y la pastoral… Una doble alma eclesial que entre el público surgía a la hora de cuestionar el acento que se pone en la apuesta por la Doctrina Social de la Iglesia, la dimensión social y pública de la fe, y su implicación a la hora de que ese mensaje de liberación y esperanza para los empobrecidos de la tierra esté o no en el centro de la agenda de los pastores y comunidades.

Seguro que conocemos a sacerdotes, amigos, compañeros de trabajo… que están siempre renegando, que parecen enfadados con el mundo

Esa doble alma, como tantas veces en la historia, está muy viva. Y máxime cuando repasamos los siete años de pontificado de Francisco que están a punto de cumplirse. En especial si se juega con la dignidad de la persona frente al desmedido afán por el lucro, por el beneficio al precio que sea. Ese sistema económico que alimenta un ejército de personas descartadas y que esquilma los recursos de la madre tierra, de ese mundo repleto de criaturas que merecen todo el cuidado. Y Francisco ha llevado su denuncia profética y testimonio a todos los rincones del planeta, a los foros políticos y económicos de primer nivel, a las instituciones europeas e internacionales, y a los tres encuentros mundiales con los movimientos populares. Esos encuentros en los que recogió esa tríada de las tres T (techo, tierra y trabajo), a las que posteriormente ha unido otras tres T (trabajo, tiempo y tecnología) como exponentes de los grandes retos que la humanidad entera tiene (tenemos) a la hora de construir nuestro presente y el futuro que vamos a dejar a las generaciones que nos continuarán.

El camino de Bergoglio hasta llegar a pedir a los sacerdotes que sean pastores con olor a oveja, en vez de estar tristes o quejosos, es el mismo que muchos recorremos con nuestro pasado a cuestas y con cambios imprescindibles. Seguro que conocemos a sacerdotes (amigos, compañeros de trabajo…) que están siempre renegando, que parecen enfadados con el mundo, aunque en realidad quizá lo que estén es enfrentados con ellos mismos. A estas alturas de la película es mejor ignorar a cualquier persona que esté siempre despotricando de su presente, culpando a su pasado y contaminando cualquier posibilidad de un futuro diferente.     

En Los dos papas aparecen los asuntos polémicos que casi siempre tenemos en boca cuando hablamos de la Iglesia, pero no se adentra en ellos. Y como otros han destacado, “la verdad quizás sea necesaria, pero sin amor es insoportable”, una cita de Caritas in Veritate, la encíclica de Benedicto XVI del año 2009, que sirve para enmarcar los dos acentos. De ahí que la relación entre ambos pase de la incomprensión recíproca a la intuición de que es mucho más necesaria e importante la complementariedad que la coincidencia. O la reflexión sobre la fragilidad humana, porque ¿quién está libre de haber cometido errores en su vida? Un doble acento, una doble alma, que configura nuestra vida.

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