Apenas tenía 20 años cuando subí a aquel piso de la calle Villaleal en el que se ubicaba la redacción del semanario Lean, con la osadía de quien empezaba una aventura romántica en el mundo del periodismo. Llevaba poco más de un año en la facultad de la Ciudad Universitaria madrileña y me ofrecí a quien ya entonces era un referente para un púber aspirante a reportero como yo. Acababa de ganar el Ortega y Gasset por ese oscuro intento de soborno a José Luis Salanova y a él, que finiquitó la frágil presidencia de Andrés Hernández Ros en aquel PSRM-PSOE de los 80 repleto de intrigas, traiciones, celos y puñaladas. Ofrecí las colaboraciones desde Madrid con reseñas de actuaciones teatrales   y entrevistas a sus protagonistas antes de que iniciaran las giras por provincias, entre las que acabarían por recalar en el Teatro Romea. A él y a Paloma Reverte, que era la encargada de la guía del ocio que insertaba la revista, les debo mis primeros artículos, como una entrevista a los Tricicle, en su estreno de Exit, su primer espectáculo monotemático, o a la vedette Vicky Lusson, que había sustituido a Concha Velasco en el entonces Teatro Calderón con el espectáculo de ¡Mamá, quiero ser artista!

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Poco más de un año más tarde, cuando él había regresado a La Verdad en la delegación de Alicante de Navas, 40, ni corto ni perezoso me presenté a pedir unas prácticas de verano. Me avaló ante Manolo Mira, el redactor jefe de esa edición alicantina en la que yo había publicado, con doce años, unas crónicas del Club Deportivo Dolores, y había tecleado en una vieja Olivetti decenas de noticias locales de ese pueblo de la Vega Baja. Mi padre era un corresponsal aficionado que no sabía escribir a máquina. En aquel verano del 86 pasé por su piso de la urbanización El Palmeral en el que reímos, fumamos y empecé a saborear lo que une la pasión por las noticias, por contar lo que sucede, por escarbar lo que hay detrás de los acontecimientos, por embriagarte con ese aroma de la tinta fresca de un periódico recién salido de la rotativa.

Muy poco tiempo después volvimos a toparnos en otra delegación de ese periódico, en Elche, justo cuando pasó de la mano de Edica al Grupo Correo. Ahí me tocó escribir de sucesos y de calzado, las secciones que me había traspasado Manolo Buitrago para irse a terminar su año de mili en las Milicias Universitarias. Tuve que aprender a titular con impacto, porque él hilaba muy fino. Siempre creí que hubiera sido un gran editor en los tabloides norteamericanos para contar el crack del 29, la ley seca o las guerras de la mafia en el Chicago de entreguerras. Era el tiempo del nacimiento de su hija Alejandra (después llegaría Joaquín), de compartir confidencias y redacción con José María Pallarés o Julián Mollejo. Unos momentos en los que una redacción era un lugar de risas, de resolver la duda de si absorber se escribía con una uve o con dos bes, y optábamos por dejarlo en ‘chupar’. En el que nos jugábamos 5.000 pesetas de las de entonces retándonos a si período se escribía con acento o sin él. Un tiempo en el que había que fumar Lucky si querías ser un verdadero periodista, aunque él era más de Ducados. Luego cambió y se pasó al rubio.   

Desde la otra orilla de los diarios regionales me doy cuenta de que siempre hemos mantenido una historia de encuentros recurrentes. Como cuando acabé la licenciatura a finales de los 80 y me incorporé a la redacción central de Ronda de Levante, esa en la que bajaba desde su casa, en zapatillas, cada noche, Antonio González-Conejero, la de Pepe García Martínez, Mariano Caballero y el moreno Pepe Carreres. La de Tito Conesa, la de Tomás Lorente y super Sánchez… La de una familia que bendecía a cada momento ese gran loco de las letras, el arte, la cultura y la amistad como era Perico Soler. Fueron unos intensos años en los que los recién llegados como Antonio Arco, Enrique Martínez Bueso y Ricardo Fernández lo teníamos colocado en nuestro particular altar del maestro. Todos queríamos ser como él. Con sus aciertos y con su particular mirada que no siempre era la que estaba en la misma línea del campo visual.

Aunque volvimos a cruzarnos en los últimos veinte años, ya no tuve la suerte de trabajar con él. Sí de seguirle en sus crónicas, en su artículos, en su etapa televisiva. En cruzarnos por San Antolín, por Verónicas. En compartir amigos comunes, como José Ignacio Gras. En esos cariñosos saludos con Carmen Calero. Casi siempre he resuelto mal mis relaciones con la autoridad. He colocado tan altas las expectativas que, en ocasiones, me he sentido traicionado, cuando en realidad el problema era que había enfocado mal el punto de mira. Que nadie puede hacernos daño. Como periodista también me ha pasado. El nivel de exigencia personal lo trasladé también a quienes me importaban. Pero ahora, cuando te despido con lágrimas, querido Chimo, querido Joaquín García Cruz, sólo puedo por menos que esbozar una sonrisa y volver a sentir contigo y creer en el periodismo, ese que solo busca la verdad, el de la opinión íntegra, el que solo tiene una deuda con la sociedad a la que sirve y nunca al poder. Por mucho que lleguen los cantos de sirena. Por eso, y pese a todo, somos periodistas.