No uno, sino dos, son los virus que recorren en estos momentos el mundo atacado por la pandemia del Covid-19. Uno tiene que ver con el de la ponzoña, el germen, la infección o la toxina que genera el cúmulo de despropósitos de los que somos testigos en estos momentos críticos. Es el virus del desatino, el error, la equivocación y, en definitiva, del egoísmo más absoluto a la hora de hacer frente a una situación excepcional como la que sufrimos en esta Europa, epicentro de la calamidad. Ahora es el coronavirus, pero podemos extenderlo a otras manifestaciones de enfermedades físicas, sociales y culturales, como la desigualdad, el expolio de los recursos naturales o la manifestación de la ley del más fuerte.

Aquí puedes escuchar esta entrada del blog

El otro virus, sin embargo, es el del sentido común. El de la cordura, el juicio, el criterio, la lógica, la madurez, la razón o el seso. Esto es, todos aquellos sustantivos que definen esta gran dimensión del ser humano, en dura pugna con quienes se dejan contagiar por el del sinsentido, por el del egoísmo. La prudencia, la sensatez y el buen juicio siempre han estado ahí, en medio de nosotros, prestos a ser recibidos en cuerpo y alma. Y continúan disponibles para ser elegidos por el común de los mortales. El de la empatía, el de ponerse en el lugar del otro, especialmente si es vulnerable, y que a lo largo de la historia ha sido el alimento de los cambios de época, el que ha hecho posible los avances sociales en derechos y libertades, el que ha facilitado que el bienestar se haya ido extendiendo lentamente a cada vez más capas de la población.

Perder la cabeza nos lleva a destrozar vínculos, relaciones y afectos

Aquejados por el primero de esos virus encontramos las soluciones a corto plazo. Esas que se quedan en las ramas y no ven el bosque, las que circundan los ombligos y no guardan la mínima distancia de seguridad. Las que buscan siempre culpables, las que atacan al otro, al diferente, al pobre, al pordiosero. Las que se mueven por cálculos electorales o de salvar a los míos que, lamentablemente, cuando viene uno a darse cuenta, se reducen de tal manera hasta descubrir que los míos ya no son míos. Siempre parece que es otro el que lo hace mal.

Quien se infecta de esas toxinas eternamente cree tener razón. Escruta lo más escondido de su ser para justificar lo injustificable, para echar balones fuera e intentar esconder la debilidad, cuando al fin y al cabo la debilidad forma parte del ser humano… y no es mala. Pero claro, llegar al punto de reconocer la fragilidad sin emitir juicio alguno lleva aparejado el reconocimiento de lo vulnerable que somos. Perder la cabeza nos lleva a destrozar vínculos, relaciones y afectos, como el revuelo causado por un pequeño bicho en una habitación repleta de animales.

Un virus, en su esencia, como organismo vivo, también es sujeto de transformación

Quedémonos, por tanto, con el otro virus, que en realidad no es tal. En verdad es un antídoto compuesto por varias sustancias: las del discernimiento, la discreción, el juicio y la ponderación.  Por desgracia, ante cualquier contexto que requiere del razonamiento sensato permitimos que se expanda este tipo de brotes. Yo me pido el anticuerpo aquí y ahora. Es el que a medio y largo plazo trae los mejores resultados, aunque al principio sus efectos parezcan no tener consecuencias entre los mortales. Las esporas de la cordura deberían de repartirse casi por obligación, con carácter permanente, a todas horas y en todo lugar. En pequeños frascos para llevar en los bolsos y mochilas, con difusores para esparcir por doquier.  

Un virus no es más que un veneno, una ponzoña. Sabemos que, por definición, es un organismo de estructura muy sencilla, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos, capaz de reproducirse solo en el seno de células vivas específicas, utilizando su metabolismo. Pero en su esencia, como organismo vivo, también es sujeto de transformación. Por naturaleza, es vulnerable. De ahí que está en nuestras manos hacerle frente, sin temor, con autoridad, con fortaleza y osadía. Cada uno en nuestro diminuto espacio vital. Porque las pequeñas decisiones, como sabemos en el fondo, son las que provocan grandes cambios.