Alabado seas, planeta ardiente

Alabado seas, planeta ardiente

¡Aleluya, aleluya! La COP25 (Conferencia de las Partes), conocida como la Cumbre del Clima de Chile (pero que se celebra en Madrid), ha puesto en la agenda del día los problemas medioambientales de nuestros barrios y ciudades, de nuestras regiones y países, de nuestros continentes, mares y océanos. Una agenda que nos afecta a todos, que niegan algunos y que delegan otros en instancias super superiores como si con ellos no fuera la cosa. Pero resulta que lo inevitable es eso, inevitable. Que nos jugamos todo lo que somos, lo que fuimos y lo que dejaremos a nuestros hijos y nietos, a quienes nos sucederán en este leve tránsito de existencia que es el de una vida humana, pese a que nos comportamos como si no hubiera otro ser supremo más que el hemos configurado en estas últimas horas de la humanidad.

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Minorías que cambian el mundo

Minorías que cambian el mundo



Si 10.034 personas continúan con las protestas de la campaña #SOSMarMenor de forma prolongada, conseguirán el objetivo de salvar este espacio natural. O al menos recuperar una gran parte del ecosistema de la laguna y de su entorno. Solo tienen que seguir el ejemplo de lo conseguido por 15.651 vecinos y vecinas de Murcia capital en su lucha por el soterramiento de las vías del tren a su paso por la ciudad. De forma constante, de forma pacífica y, sobre todo, de forma activa.

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La hija de la amante

La hija de la amante

Todas las familias tienen una historia que se cuenta a sí misma: que pasa de hijos a nietos. La historia crece a lo largo de los años, muta; algunas partes se pulen, otras se eliminan y a menudo se discute sobre lo que ocurrió de verdad. Pero aun existiendo estas divergencias en la misma historia, sigue habiendo acuerdo respecto a que se trata de la historia familiar. Y a falta de otros relatos se convierte en el asta del que la familia cuelga su identidad.

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Corazones frágiles

Corazones frágiles

Noviembre es un mes jodido. Comienza con el recuerdo a los santos, que confundimos con difuntos, y recorremos sus semanas hasta llegar a esa explosión del consumo irracional que es el viernes negro importado del imperio USA tras la resaca de su Día de Acción de Gracias. Un mes gris por excelencia en el que perdí a un hermano por su corazón dañado y que, como un tintineo de la memoria, me recuerda el mensaje de la fragilidad del ser humano. Cuatro meses antes también se había ido nuestro padre. Tiempo después supimos con detalle que la causa de las muertes no fue otra que compartir una enfermedad genética del músculo cardíaco denominada Miocardiopatía Arritmogénica de Ventrículo Izquierdo (MAVI). Un gen cortado que ha seguido pululando a sus anchas entre otros miembros de la familia y que, en mi caso, y en el de mi descendencia, no ha sido así. 

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Hombres, arrimemos el hombro

Hombres, arrimemos el hombro

De la despedida de Alberto Carlos Rivera Díaz del pasado lunes me quedo con la última parte de su intervención. Anunció su dimisión como presidente de Ciudadanos, que no ocupaba su escaño y su abandono de la vida política. Sin autocrítica, porque eso parece que no va con los macho-alfa aspirantes a presidente, pero con un argumento que me sonó falso: su confianza en la nueva etapa de que ahora será mejor hijo, mejor padre, mejor pareja y mejor amigo. Todo porque había llegado el momento de dedicarse a su familia. ¿Qué había hecho hasta entonces? ¿De dónde alimentaba su visión del mundo real?

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Hay mucho ruido ahí afuera

Hay mucho ruido ahí afuera

Confieso que caigo a menudo en la tentación. No lo puedo evitar. Mira que lo intento, pero es más fuerte que mi voluntad. La pulsión es intensa, mayor que la intención de ejercer un control y alejarme del ruido que hay en el mundo de las redes sociales, los grupos de whatsApp y demás zarandajas virtuales que nos tienen comido el seso. Y lo hago hasta tal punto que llega un momento en el que pierdo el sentido de la realidad. Que no miro el reloj y se pasan los minutos, las horas, los días, las semanas y los meses. Sin darme cuenta se pasa hasta la vida, la mía y la de quienes viven a nuestro alrededor. Eso sin exagerar, porque si exagerase un poco podría decir que ya no estoy aquí, que he sido transportado a otra dimensión, una a la que no alcanzo a vislumbrar, a la que soy incapaz de describir o representar.

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