La voz de su amo

La voz de su amo

‘La voz de su amo’ – Aquí puedes escuchar esta entrada del blog

Sus señorías no salían de su asombro. Unas a otras se miraban extrañadas preguntándose si estaban oyendo lo mismo. Las más avezadas creían que todo era fruto de un recurso de la oratoria del líder que, al final, acabaría dejando sorprendidos a propios y a extraños. Quienes habían hecho de la sumisión virtud en todo momento asentían sin percibir apenas lo que sucedía. En la tribuna de prensa muy pocos se dieron cuenta de que aquello era extraño. Igual ocurría entre el escaso público que había acudido a presenciar el debate. Qué más daba, porque solo estaba allí con el fin de hacer su papel de clac, dejarse ver como estómagos agradecidos que eran. Lo de menos era el contenido de la intervención. Lo de más que se les viera… por lo que pudiera pasar.

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Mejor vivir

Mejor vivir

Durante gran parte de mi vida no conocí la muerte de cerca. De niño no tuve unos abuelos a los que les llegara el día de marcharse mientras yo crecía. Ya se habían ido casi todos. La primera, la materna, cuando apenas mi padre había superado los cuatro años. Su marido, cuando mis padres aún no se habían casado. Los bronquios de mi abuelo materno, Juan, no aguantaron mientras yo alcanzaba los siete meses de vida. Por tanto, hasta que la muerte me golpeó aquel fatídico año de 1993 no había tenido experiencias cercanas de procesos que acababan con el último aliento de seres queridos. Y cuando llegaron de golpe, sin avisar, como un ladrón en la noche, lo hicieron para despertarme del sueño en el que había permanecido adormecido hasta entonces.



Durante gran parte de mi vida no conocí la muerte de cerca. De niño no tuve unos abuelos a los que les llegara el día de marcharse mientras yo crecía. Ya se habían ido casi todos. La primera, la materna, cuando apenas mi padre había superado los cuatro años. Su marido, cuando mis padres aún no se habían casado. Los bronquios de mi abuelo materno, Juan, no aguantaron justo cuando yo alcanzaba los siete meses. Por tanto, hasta que la muerte me golpeó aquel fatídico año de 1993 no había tenido experiencias cercanas de procesos que acababan con el último aliento de seres queridos. Y cuando llegaron de golpe, sin avisar, como un ladrón en la noche, lo hicieron para despertarme del sueño en el que había permanecido adormecido hasta entonces.

No fui capaz de aproximarme a lo que supone un proceso de agonía hasta que viví el doloroso camino del cáncer en el cuerpo de mi suegro. Tampoco de ser consciente de esa fuerza que arrastra quien se sabe dueña y señora de los últimos soplos, de sus miradas y de que no valen las palabras de consuelo, esas que utilizamos mal cuando le damos ánimo y esperanza a quien ya ha empezado a entornar los ojos y a dejarse conducir dócilmente a otra dimensión.

De poco sirve generalizar en estos casos. Ni pontificar, ni establecer una lógica que es imposible de comprender, porque los designios de la existencia sobrepasan a lo pobre mortales que somos. De ahí que quienes se creen dueños de la verdad más absoluta andan más despistados que un promotor inmobiliario en el Mar Menor. Porque cuando se generan discusiones acerca de cuestiones vitales y trascendentes para el ser humano he llegado a la conclusión de que, en la mayoría de los casos, la prudencia te invita a guardar silencio. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Lo que no significa que carezca de principios y normas morales. Pero de ahí a imponerlas hay una distancia abismal.

Durante gran parte de mi vida no conocí la muerte de cerca. De niño no tuve unos abuelos a los que les llegara el día de marcharse mientras yo crecía. Ya se habían ido casi todos. La primera, la materna, cuando apenas mi padre había superado los cuatro años. Su marido, cuando mis padres aún no se habían casado. Los bronquios de mi abuelo materno, Juan, no aguantaron mientras yo alcanzaba los siete meses de vida. Por tanto, hasta que la muerte me golpeó aquel fatídico año de 1993 no había tenido experiencias cercanas de procesos que acababan con el último aliento de seres queridos. Y cuando llegaron de golpe, sin avisar, como un ladrón en la noche, lo hicieron para despertarme del sueño en el que había permanecido adormecido hasta entonces.

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El trabajo no es una maldición

El trabajo no es una maldición

No sé si Pere Sánchez y Joaquim Torra se lo pasaron bien en su encuentro del jueves en el Palau de la Generalitat. Escenas no han faltado, y no precisamente de matrimonio. Más bien de pretendientes a un noviazgo mediático, bendecido por San Severo y San Honorato, que dan nombre a las calles -junto a la de Obispo- entre las que se ubica el antiguo edificio medieval. Un amago de flirteo en el que no estuvo de carabina, menos mal, Cayetana Álvarez de Toledo. Con todo, y con ganas, debió de quedarse Agnès Arrimadas en la galería gótica del Patio Central para lanzarles como hace a menudo esos improperios que ya cansan. No en vano, convertirse en un espectro de lo que fue y pudo haber sido es el precio ante tanto error, por mucho atractivo que creía derrochar.     

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Hermano islam

Hermano islam

He aceptado la invitación y en las últimas semanas he consentido sumarme a iniciar un camino de la anatema al diálogo, de la maldición y de la enemistad a la hermandad, a la sororidad, ese término tan bello que apela a la relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento. Pasar de la incomunicación al encuentro, de considerarla como religión proscrita a religión reconocida, del desprecio al respeto, de las descalificaciones infundadas a los debates argumentados, de los estereotipos y prejuicios a la crítica serena. Es la calzada que se abre para conocer mejor el islam, esa religión que profesan más de 1.500 millones de personas en el mundo y que se caracteriza por cinco grandes pilares: la profesión de fe, la oración, la limosna, el ayuno y la peregrinación.

Crecí entre los ecos del Guerrero del Antifaz y del Capitán Trueno, en los que resonaba una idea por encima de todas: que la Mahometania era un reino indefinido, de fronteras desconocidas, pero poblado por infieles, en su mayoría sanguinarios, a los que había que combatir porque repudiaban todo aquello que se aproximara a un concepto de honor impropio de quienes tuvieran una tez morena y cubrieran su cabeza con telas. Bien es verdad que el primero de los héroes, Adolfo de Moncada, había sido creado en 1944 por Manuel Gago, y entre sus características destacaba su total rechazo a todo lo que sonara a la presencia musulmana en España, puesto que la acción estaba ambientada en los últimos años de la Reconquista, a finales del siglo XV. El Capitán Trueno, por el contrario, era un caballero español de la Edad Media, con historias situadas a mitad del siglo XII, en torno a la Tercera Cruzada. Este fue, en realidad, mi héroe, como también para Asfalto, aquel grupo rockero de los 70 que ha llegado hasta hoy, el de mi primer concierto junto a Triana en la vieja plaza de toros de La Condomina allá por 1980.

Juanjo Tamayo y Pilar Garrido, durante la presentación de «Hermano islam», el pasado 24 de enero en el Hemiciclo de Letras de la Universidad de Murcia.

No hablo de conversión, no. Solo de apertura a conocer y a salir de una ignorancia enciclopédica. Culpa tienen de que inicie ese recorrido iniciático el teólogo Juan José Tamayo y la profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Murcia, Pilar Garrido. El primero por haber escrito varios interesantes libros sobre el tema, entre ellos, el más reciente, Hermano islam (Ediciones Trotta, 2019), donde reúne una serie de análisis y reflexiones que despiertan una búsqueda para aproximarse a ese conjunto de creencias y cosmovisiones que hasta entonces habían pasado desapercibidas. La segunda, al compartir hace escasas fechas la presentación de esa obra en el Hemiciclo de la Facultad de Letras del Campus de la Merced murciano, universidad en la que investiga, entre otros temas, sobre filosofía islámica, pensamiento andalusí o poesía árabe actual.

Desde una nueva aproximación al islam, su historia, su presencia en España y sus credos, así como al profeta Mahoma, Tamayo articula una original propuesta de una teología islamo-cristiana de la liberación en clave feminista. Casi nada, teniendo en cuenta los momentos que corren en nuestras sociedades miedosas, líquidas y en busca de falsas verdades que permitan hacer frente a los desafíos a los que nos enfrentamos para tratar de explicar el presente.

Un error es identificar al islam con el fundamentalismo, cuando descubrimos que ninguna de las religiones en su origen fueron fundamentalistas

Porque no me negarán que caemos fácilmente en identificar islam con islamismo, y no es lo mismo. Hacerlo es muy fácil en España, donde aún hoy mucha gente confunde el cristianismo con el nacionalcatolicismo debido a las experiencias recientes de cómo un Estado autoritario fue capaz de inocular la creencia de que solo había una verdad, una religión y una visión del mundo. Confieso que en ocasiones me cuesta aceptar que haya individuos que decimos profesar la misma fe, y mientras unos apostamos por combatir las desigualdades, luchar contra las injusticias y trabajar por el bien común (desde una actitud permanentemente abierta al cambio personal) hay otros que sustentan sus posiciones políticas y personales en el odio al diferente, en la defensa de los poderosos y en impedir las transformaciones sociales y culturales.  El islamismo, por tanto, es otra cosa. Es la aplicación de los principios de la religión a la esfera pública, a la política, al derecho, a las constituciones, a las leyes.

Otro de los errores es la identificación del islam con el fundamentalismo, cuando descubrimos que ninguna de las religiones en su origen fueron fundamentalistas. Lo que pasa es que algunos sectores han sufrido una deriva hacia este fenómeno y se le ha equiparado, casi en exclusiva, al islam. El propio diccionario de la RAE lo vincula en su primera acepción, cuando gracias a Tamayo conocemos que, en realidad, el fundamentalismo fue una corriente surgida en el protestantismo norteamericano de principios del siglo XX. De ahí que la responsabilidad en demonizar a 1.500 millones de seguidores de Alá esté muy compartida. Como el desliz en identificar islam con yihadismo, porque no se trata de una ‘guerra santa’ ya que, realidad, yihad es la lucha de la persona creyente contra el propio ego, contra todo aquello que aleja del seguimiento de Dios y la búsqueda del camino del seguimiento verdadero, tanto desde el punto de vista personal como social. O confundir islam con terrorismo. Errores, todos ellos, que han calado entre la ciudadanía. Salir de ellos, como casi todo en la vida, depende solo de nosotros. ¿Se apuntan?


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Lo público envejece

Lo público envejece

Cualquier persona que acuda a solicitar algún servicio de la Administración pública, sea del Estado o de su comunidad autónoma o ayuntamiento, comprobará que el tiempo no pasa en balde. Que un hombre o una mujer, de una edad que ya cada vez más difícil de definir como mediana, tratará de atender su demanda o bien ellas la reclamarán a unos compañeros o compañeras que rozan su misma edad. Y en todos los casos sobrepasará los 52 años, porque esta es la edad media de quienes trabajamos en las administraciones públicas.  La política de recortes en los servicios públicos de la última década ha conseguido aportar una madurez a esta nuestra Administración que ríete tú de los centros de día o de los de la tercera edad. Una política que siempre han defendido quienes han querido desprestigiar lo público, porque en lo privado se aprieta siempre mejor a la parte débil de la cadena.

Hace unos días asistí a una reunión en Madrid en un encuentro del ámbito de los recursos humanos en las administraciones y constaté, en primer lugar, lo que les estoy comentando: que si sumásemos los años de quienes nos sentábamos en torno a la mesa, la cifra resultante podía ser escandalosa. Bien es verdad que se atesoraba experiencia suficiente como para poder elaborar un diagnóstico lo bastante jugoso como para abordar uno de los graves problemas que tenemos por delante: definir qué papel deben jugar los servicios públicos, los de todos, y su gestión, ante los retos del presente y del futuro a medio plazo. Como los de garantizar esos recursos ante la emergencia climática, la distribución de bienes, la lucha contra la desigualdad. En especial en todo aquello que tiene que ver con el factor del trabajo humano, con las personas que, por diversas razones, escogimos en un momento dado de la vida dedicar nuestras capacidades, nuestras competencias profesionales, al servicio de otros, al servicio de la ciudadanía.

Las jubilaciones arrastrarán tras de sí toda la experiencia y el conocimiento acumulados al paso de los años

Del factor del capital ya se encargan otros de ajustar cuentas para descalificar el empleo público, la atención a la dependencia, la prestación de los servicios sanitarios, el anatema educativo con el veto parental o con otros muchos vetos mentales y curriculares que tratan, a fin de cuentas, de minar el sentido de lo público, de lo que es de todos y de todas.

La media de edad del personal empleado en las administraciones públicas es de 52 años, diez más que en el sector privado. Por lo que casi la mitad de las funcionarias y de los funcionarios nos jubilaremos en poco más de una década. Una marcha que arrastrará tras de sí toda la experiencia y el conocimiento acumulados. Lamentablemente se perderán las buenas prácticas y aquellas actividades y procedimientos que se han ido mejorando al paso de los años. Este es uno de esos desafíos a los que habrá que hacer frente sin remedio, por encima de falsos debates que no llevan a ningún sitio, y con valentía. Porque los tiempos que corren son los de los algoritmos que manejan los hilos, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, que parecen superadas en cada temporada. Pero detrás de todo ello, no lo olvidemos, están personas que programan, que diseñan, que analizan, que crean, que desarrollan fórmulas para facilitar el presente y pensar en el futuro. Y en esas claves es desde donde habrá que estar plenamente atentos para no dejar escapar las oportunidades que se ofrecen.

Lo fácil, en cualquier aspecto de la vida, es esconder la cabeza como los avestruces o mirar hacia otro lado, guarecerse como se pueda de la tormenta y esperar a que escampe. Pese a que puede resultar tentadora la adopción de ese tipo de actitudes, lo que no es de recibo es que mientras millones de personas tratan de sobrevivir a diario, construir sueños y garantizar una vida en unas condiciones dignas a quienes viven con ellos, hay una parte del mundo que quiere desentenderse de todo lo que tenga que ver con arrimar el hombro para seguir avanzando.

De ahí que resulte una espinosa tarea tomar la decisión de poner a gente a pensar y a experimentar con lo que les estoy hablando. No hay tiempo para grandes disquisiciones, sino que hay que arremangarse con valentía y desafiar  las resistencias y los frenos que aparecerán, sin duda, en el camino. Los servicios públicos son fundamentales para garantizar que la vida social sea una realidad, y esos servicios los mantienen cada día personas como usted o como yo que también tienen mucho que contar. Y, sobre todo, seguir haciéndolo en el futuro. Nos va parte de la vida en ello.



Patriotismo barato

Patriotismo barato

La derecha lo borda y cuando se pone a repartir carnés de patriotismo no hay quien le gane. Carnés de españoles auténticos, de defensores de la hispanidad, de los valores cristianos del mundo civilizado. A lanzar en un tono impostado y agudo los vivas al Rey, a España y a la madre que nos parió no la supera nadie. A la Constitución, ya es otro cantar, porque la Carta Magna es un libro gordo de Petete de quita y pon. Una vez me interesa, otra no. Y que no se le recuerde, por favor, acabáramos, qué votó cuando hubo que hacerlo allá por el año 78 del siglo pasado. La derecha entonces no se expresaba como tal. Formaba parte del cascarón del propio Régimen, de donde viene y va, querría ir… y a mucha honra.

La derecha lo borda y no entiende de fronteras. Es tan bruta en el Norte como en el Sur, en el Este como en el Oeste. En ocasiones se adorna de colores diferentes, pero al fin y a la postre es así, y así nos lo viene contando desde que el mundo es mundo. Qué más da que se sentara a la diestra en los Estados Generales del Antiguo Régimen franchute. Aquí el lema triádico del carlismo trabucaire, Dios, Patria y Rey, caló y lo sigue haciendo en determinadas capas sociales, adornado en ocasiones de una modernidad que raras veces se manifiesta con desparpajo como realmente se precia. Es  lo que hay de fondo: una visión ultraliberal en lo económico, rechazo de lo social, autoritarismo en las costumbres y una cultura darwinista donde el triunfo del más fuerte es la expresión del éxito en la vida. Y todo armado de una estructura mental y cultural dominantes que penetra por los poros hasta contaminar el corazón y embrutecer el cerebro para no ver otra cosa que no sea una visión determinista del mundo.

La derecha lo borda y a insultar no hay quien le venza. Lo vimos el fin de semana pasado en el Congreso de los Diputados. Quien no comulga con su visión de lo que está pasando es un felón, asesino, vendepatrias, traidor, secesionista, filoetarra, malnacido, comunista… y podríamos seguir. Cualquier calificativo vale, porque el respeto, la libertad de expresión y la educación no van con ella. Para eso la derecha es derecha, por los siglos de los siglos. Y si no te gusta, pues ya sabes lo que tienes que hacer. Callarte y apartarte de su camino. Trajes de chaqueta y corbata junto a vestidos de marca impolutos, una barbita recortada y una mirada de cuchillo son las expresiones que no llegan a ser ni aparentemente amables.

La derecha lo borda y en mentir no hay mejor maestra. Hablamos del arte de la manipulación, del discurso fácil, la idea simple, los datos adulterados y el argumento de barra de bar, cola del súper o puerta de colegio a la hora de la recogida de los escolares. Es tremendamente hábil en la falsificación y el engaño, en la construcción de las noticias aparentes, de la apelación a lo emocional, al victimismo y a buscar chivos expiatorios. No le faltan aliados a uno y a otro lado de la calle, incluso para negar la evidencia del cambio climático o la violencia contra las mujeres, la desigualdad y el odio al diferente, especialmente si es pobre, porque son practicantes de la aporofobia, más que del racismo. El problema, a fin de cuentas, no es el color de la piel sino el bolsillo.

La derecha lo borda y siempre hay alguien dispuesto a todo. Bien es verdad que hay gente de derechas sensata, educada y demócrata convencida. Pero hay otra mucha sin complejos para señalar a quienes apuñalan a las familias, eso sí, sin definir de qué familia estamos hablando o qué valores están defendiendo. La derecha encuentra cómplices en los medios de comunicación, en la jerarquía eclesial, en las universidades, en amplias capas de la esfera empresarial y del resto de los poderes económicos. Incluso los halla entre el común de los mortales, de aquellos que llegan a comprarles su discurso, como el de la culpa por haber vivido por encima de las posibilidades en plena tormenta de la estafa (que no crisis) económica, la de la burbuja inmobiliaria, los desahucios y el rescate bancario de hace una década. Pues al fin y al cabo de eso se trata: ser patriota viene de patria, patrón, de poder y patrimonio… y ya saben que no hay para todos. Tratarán de apropiarse de la bandera y volverá a los balcones, a las muñecas en forma de pulseras o en los perfiles de las redes sociales.

Mientras tanto, la derecha seguirá bordándolo. Pero no se alarmen y caigan en la tristeza. Perdió todas las elecciones del año pasado y  no va a gobernar en España, la que quieren apropiarse como patria en exclusiva. Y eso les duele…