Navidad y Año Nuevo

Navidad y Año Nuevo

Orfandad política

Orfandad política

Dentro de unos días se cumplen los diez años de la muerte de José Ramón Jara Vera. El periodista de Alguazas, Manuel Segura, lo recordaba hace una semana con una semblanza sobre su vecino de Ceutí. Al leer sus palabras afloraron las imágenes que hace poco más de una década provocaron una de las decisiones personales y profesionales que han marcado mi trayectoria en esta etapa de la vida. Decisiones que siempre he unido a los compromisos con personas que han sido referentes en los recorridos vitales que a todos nos persiguen.

En 2008 José Ramón Jara era vicesecretario general y portavoz del Partido Socialista en este territorio comanche en el que las complicidades y el caciquismo imperantes nos han llevado al lugar en el que estamos, con los mismos problemas, cuando no agravados, que hace casi treinta años. Acepté la invitación a sumarme al proyecto de cambio político que pretendía liderar, con respeto a los procesos y procedimientos del partido en el que militaba desde casi adolescente, pero con la clara perspectiva de romper con la esclerosis sempiterna que el PSRM-PSOE adolecía desde que le entregó al PP el Gobierno regional en 1995. Una entrega en la que, además del contexto nacional, influyeron especialmente las luchas intestinas entre las diferentes familias políticas del socialismo murciano. 

Pasé al lado oscuro con la ilusión de quien encuentra sentido a una decisión arriesgada que daba sentido a la inquietud política con la que había crecido desde niño. Dejé a un lado las ambiciones profesionales para apostar por una puerta que, estaba seguro, implicaba cerrar otras, como más tarde comprobé. Por supuesto que había otro tipo de ambiciones, pero en este caso ligadas a los ideales de un compromiso personal con lo que representaba la figura de José Ramón, junto a un proyecto de cambio político. Hasta entonces apenas lo había tratado, pero me bastaba lo que sabía de él a través de uno de sus hermanos y amigos comunes, sus posiciones ante la UCAM o su talante conciliador. La valía de su trayectoria en su pueblo, en la universidad, soporte en su familia y recorrido como servidor público. Políglota y, sobre todo, conocedor profundo del camino que había que impulsar, de manera transversal, para dignificar la política en esta nuestra Comunidad, desde una izquierda no excluyente.     

No me equivoqué cuando le dije que sí, pero tuve la desdicha de trabajar junto a él poco más de tres meses. Aún recuerdo su imagen en el garaje de la Asamblea Regional, andando con su maletín en dirección al coche tras haber intervenido en un debate sobre el agua ante el Pleno. Al día siguiente ofreció una rueda de prensa en la sede de Princesa, pero ya se sintió indispuesto y se marchó pronto a casa, de la que ya no salió apenas hasta ese fatídico 18 de diciembre.

Sentí su muerte como experimenté la de mi padre. Al igual que la orfandad que, en este caso, traspasaba los lazos de sangre a los del vínculo político. O lo que es lo mismo, a la invisible red de una utopía de transformación social frente a la que aún profeso la ausencia. Nada sucede por casualidad y los tiempos han deparado escenarios distintos. Con sus luces y sus sombras, pero con aprendizajes que apuntan a mostrar qué mueve a las personas y a las organizaciones de las que formamos parte. Las expectativas no pueden guiar el mundo.

Adiós a la cinofobia

Adiós a la cinofobia

Acabo de enterarme de que durante casi cuarenta años he sufrido una fobia a la que me costaba ponerle nombre. Se trataba de la cinofobia o el temor desmedido a los perros. No podía con ellos. Cuando los veía cerca me ladraban, trataba de eludirlos, escapaba y me alejaba cuanto más podía. Paralelamente, no entendía cómo había personas que los adoraran, que fueran capaces de dar su vida por ellos o que lloraran su muerte. Desconocía por completo las sensaciones de afecto y de los vínculos que podían establecerse entre los canes y los humanos, y quizá por mi exceso de racionalidad desconfiaba de quien trataba de humanizarlos hasta extremos insospechados.

Bien es cierto que no he llegado a sufrir ataques de pánico o de ansiedad al estar cerca de un perro, pero sí he sentido un miedo intenso y desproporcionado ante su presencia y he evitado situaciones cotidianas en las que podía interactuar con un cánido. Hablamos de un miedo irracional, que carece por tanto de una explicación lógica, de padecer un terror que en ocasiones se volvía casi insoportable. No era capaz de controlarme ante este miedo, sufría mucho al cruzarme a un perro y llegué a experimentar, en su momento, determinados síntomas físicos, como náuseas, sudores y taquicardia.

Bien pronto descubrí que la principal razón de esta cinofobia se debía a la experiencia traumática que sufrió mi madre en su infancia con un perro que le mordió el extremo de un abrigo, en plena calle, y que le marcó para el resto de su vida.

Thera.

Pero todo se acabó, de manera progresiva, cuando conocí a Thera, una labradora de piel canela, hace doce años. Entró en mi vida, como en la de la familia de amigos que ha compartido su existencia en todos y cada uno de los acontecimientos del día a día. Los expertos en tratar la cinofobia hablan de la terapia de la exposición gradual al contacto con los perros como una de las mejores técnicas para vencer ese temor irracional. Y yo sin saberlo durante casi toda la vida, conseguí ir dominando esa desconfianza hasta establecer una relación de igual a igual (salvando la distancia de que somos dos especies distintas) y despertar sensaciones y dimensiones que hasta entonces habían permanecido ocultas. Thera me abrió el camino a Bruno, mezcla de braco y bóxer, a Kadó y al resto de invitados a los encuentros perrunos del Monte Liso y a las marchas senderistas por el Valle, Carrascoy, El Sabinar, Campo de San Juan, Benizar y Bajil.

Con Thera fui capaz de saborear la felicidad que siente un labrador cuando chapotea en las frías aguas de riachuelos del Pirineo. También de aquellos momentos en los que transmiten confianza y alegría cuando hay alguien triste y desanimado a su lado. Al dejar a un lado la fobia a los perros me he reconciliado con el amor y la sensibilidad al resto de los animales, seres vivos unidos a la especie humana a lo largo de la historia. De ahí que cuando coincido con gente que aún no ha podido afrontar esos miedos siento una cierta nostalgia y el deseo de invitarles a saborear lo que supone vencer esos recelos. Thera murió esta semana, y con ella siento se han ido una parte de esas desconfianzas que estaban difuminadas. La he llorado en silencio. Como el de las excavaciones de las que ha sido testigo todos estos años.   

Cuando ganen los nuestros

Cuando ganen los nuestros

De Pedro Soler, periodista abaranero fallecido esta semana y al que le profesaba un entrañable aprecio desde mis primeras experiencias profesionales en esto del periodismo, siempre me sorprendió su peculiar lógica en algunas de sus expresiones. Bueno, de lógica, lógica, poca. Más bien su gusto por lo absurdo, quizá porque su espíritu libertario le permitía reírse de lo político, cultural o artísticamente correcto. Y desde esa perspectiva acertaba siempre, ya que al final de nuestra vida, como de la suya, nos juzgarán (si hay que hacerlo) por lo que hemos amado, por lo que hemos contribuido a la felicidad de los otros, por el verdadero legado fruto de la existencia, que no es otro que lo vivido con intensidad con uno mismo y con quienes nos rodean.

El periodista abaranero, Pedro Soler.

Con esa mirada pícara, con las gafas en el borde la nariz y su caliqueño entre los labios, Perico siempre advertía con sorna aquello de “cuando ganen los nuestros…”, presagiando una vuelta de tuerca de la realidad, pero nunca ofrecía una respuesta sobre qué es lo que iba a pasar. Al contrario, completaba el mensaje con una pregunta con molla al cuestionarse aquello de “pero ¿quiénes son los nuestros?”. Ya quedabas muerto del todo. Porque es una verdad que en la mayoría de las ocasiones no sabemos quiénes son esos a los que incluimos en la categoría de los nuestros frente a los otros, en quienes depositamos expectativas, respuestas condicionadas y favores devueltos. En realidad, los nuestros no existen más que en el mundo de los deseos, en una esfera irreal que escapa a nosotros mismos.

Algo similar es lo que sucede con los guiones que constituyen nuestra vida, los que creemos que nos configuran como persona. Valga de ejemplo con esa búsqueda continua de la felicidad para estar a gusto con nosotros mismos. Pero como podemos suponer, esto no cuaja, porque no siempre estamos bien. Tratamos de resolverlo explorando culpas y culpables, y cargamos pesadamente con aquellas. A menudo esos guiones se nos han impuesto y, lo que resulta más grave, es que nos empeñamos en participar de ellos y que los demás sean quienes los dirijan. Buscamos esas supuestas seguridades con respuestas predeterminadas, desde el papel de niños buenos, padres estupendos, trabajadores dóciles o ciudadanos políticamente correctos con el sistema.

Si paradójica parecía la contestación de Perico Soler no resulta menos paradigmático hallar que la respuesta más adecuada es la de pararse, detenerse, mirar hacia dentro y ser consciente de lo que tenemos. No podemos vivir con el guion que se nos ha impuesto. Necesitamos experimentar noches de oscuridad y, desde una perspectiva nueva, diferente, desdoblarnos y contemplar esos guiones con claridad. Es como esa imagen desprendida que sale de nuestro cuerpo, se coloca en paralela al plano real y nos mira con ternura, compadeciéndose ante lo que ve.  Concluir, en definitiva, con el convencimiento de que nadie es responsable de nuestra felicidad. Entonces descubrimos que los nuestros están aquí. Dentro de nosotros. Como Perico, junto a quienes viven cada día la vida con intensidad, como si fuera el último para gozar.

Jodida muerte

Jodida muerte

Sí, sí. Jodida muerte, inevitable compañera, adherida a la vida y constante hasta el extremo. Erre que erre. Cuando te la esperas y cuando no. En soledad y en compañía, odiada y deseada, llorada y reída, que de todo hay. Rememorada cada año por estas fechas, ensalzada hasta el extremo frente a la existencia. Representada con ese espectro armada con una guadaña igualitaria por mucho empeño en dejarla pasar hacia quienes ocupan el estrato inferior porque en la cúspide se vive bien. Ya lo saben, los ricos también lloran. Es interclasista, aunque llegue con demora, un retraso prolongado con saludos y bagatelas. (más…)

Secretos de familia

Secretos de familia

Cada familia guarda su secreto particular. En el recóndito rincón de la esencia de cada estirpe anida aquello que ha marcado la vida de más de una generación. En ocasiones tiene que ver con un acontecimiento trágico sobre el que existió un consenso más o menos velado de que debía permanecer oculto para quien viniera después. Una muerte, una violación, una traición, unos celos mal llevados, una delación, una acusación infundada. Quién sabe el catálogo completo de ofensas, despropósitos, ultrajes o insultos que han rodeado las circunstancias sobre las que se teje una maraña de ocultaciones que marcan la vida de un linaje.

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