De tóxicos y clásicos

De tóxicos y clásicos

La exhumación del Caudillo, la precampaña electoral, los datos de la EPA, la marcha de Mario Draghi, la nueva oportunidad para el Brexit, los disturbios en Chile, la segunda vuelta en las elecciones bolivianas, la aparición de 39 cadáveres de inmigrantes chinos en un camión frigorífico en Essex (Reino Unido) o el serial del procès… Sí, sí, todo eso está muy bien, pero no me negarán que   lo que de verdad mueve a las mujeres y a los hombres es la mirada ante la vida, ante las relaciones humanas. El juego de pareceres, de sucesos cotidianos, de pequeñas decisiones que son capaces de hacernos reír o llorar, soñar o poner los pies en la tierra, avanzar o quedarnos parados el resto de la existencia, odiar o amar con la misma intensidad y volumen. Los acontecimientos son importantes. Las noticias, también. Sean locales o mundiales. Provoquen reacciones o simplemente deambulen en las parrillas sin pena ni gloria… y a otra cosa, mariposa.

En lo de las relaciones humanas, cada maestrillo tiene su librillo. Maestros hay muchos. Recetas, no digamos. Y librillos, lo que se dice librillos, para todos los gustos. Desde el Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, hasta El monje que vendió su Ferrari, pasando por Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, Padre rico padre pobre, Los cuatro acuerdos o el clásico Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus. Y no me digan que no les llama la atención un perfecto manual de autoayuda de un bloguero de éxito titulado El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, que viene a tirar por tierra todo lo que el resto de super ventas nos venían a decir, como aquello de empoderarnos (¡Jo, qué tiempo verbal más moderno de un verbo tan antiguo!) y alimentarnos de positividad. Su autor, Mark Manson, viene a desmontar esas tesis con el siguiente argumento: pues mira, resulta que no, que las expectativas sobre nosotros mismos carecen de sentido hasta que no sepamos gestionar (otro verbo de moda) la adversidad.

Pero cuando creíamos saberlo casi todo resulta que andábamos equivocados. O entretenidos. O engatusados, quién lo sabe. Que antes de que vinieran a contarnos y describirnos, por ejemplo, las características de las personas tóxicas, esas que su vida carece de sentido si no expelen a todas horas veneno a su alrededor, ya teníamos modelos clásicos para identificarlas. Es lo que William Shakespeare nos cuenta en el drama de Otelo con un personaje que es el arquetipo o modelo original y primario en el arte de amargarle la vida al más pintado. Hablamos de Yago, el alférez del moro, el general al servicio de Venecia, que da nombre a la obra escrita, sin ir más lejos, en 1604, casi ayer. Su venganza por no haber sido elegido oficial frente al otro candidato, Casio, le lleva a resarcirse construyendo una falsa historia de cama de Desdémona, la prometida de Otelo, y que conduce al desenlace de… No, no, no voy a hacerles un spoiler para quienes aún no hayan tenido la fortuna de leer esta obra.

Si tienen la oportunidad y, por supuesto, la dicha, de sumergirse en la trama, quizá descubran en Yago a esos personajes que habitan a nuestro alrededor. A esos tránsfugas que destilan odio y resentimiento a raudales por no haber sido elegidos para la gloria, para ocupar un cargo o liderar determinadas organizaciones. A mí me vienen varias a la mente, como quienes pierden unas primarias en un partido político o quienes han depositada tantas expectativas en el logro de un objetivo para el que han empleado toda su energía que no saben gestionar (¿les suena?) que todo no salga como esperaban. O aquellos que tratan de ocultar sus complejos, frustraciones y fracasos contaminando todo lo que encuentran a su paso.  Personas falsas, sin vida interior, incapaces de querer a nadie, que odian con el mismo ahínco que en algún momento han podido amar.  Y frente a ellas, un consejo: miren hacia otro lado. Dejen que el veneno siga su curso y la toxicidad encontrará un antídoto que todo lo vence: la indiferencia. Vamos, si se puede.

Ilustración basada en el cuadro «Othello et Desdémone» de Théodore Chassériau

Citas de amistad

Citas de amistad

El juego de la amistad se repite cada verano. Aunque hayan transcurrido meses y meses sin saber uno del otro, la cita es obligada. Desde hace años, Consuelo, una de las mejores amigas de quien esto suscribe, acude a un lugar del centro -hasta que cerró, era en Ipanema, en pleno corazón universitario de la ciudad- para intercambiar un libro. Es la ofrenda prevista que salda deudas de tiempo de silencio, de distancias impuestas por vidas cruzadas, de paréntesis imprevistos que se abren y cierran de nuevo cada doce meses. Así es el solaz afecto que renace en cada instante en el que los textos escritos por otros reflejan el estado de ánimo de cada uno de los protagonistas de esta historia de cariño cómplice. Se trata, en suma, de adivinar sobre qué historias y personajes puede uno sentirse parte de una relación a tres, en la que se cuela esa celestina que es la literatura. (más…)

Segundas oportunidades

Segundas oportunidades

…o aprobar esas asignaturas pendientes es uno de los grandes acontecimientos de nuestra particular vida de mortales insatisfechos. Encontrar un amor reconstruido a pedazos, perdonar de verdad, ser capaces de volver a iniciar una relación filial, hallar ese paraíso anhelado en sueños tras desenterrar fantasmas enquistados en nuestro yo más consciente… En fin, elija cualquiera de esas materias para descubrir que ese monstruo imaginario que nos asustaba desde niños es menos feroz de lo que lo pintan. Ese miedo que nos ha paralizado a lo largo de la existencia es el que ha servido de excusa para no dar saltos adelante, permanecer quietos y justificar lo injustificable. (más…)

Herencia o entorno

Herencia o entorno

A menudo los padres nos devanamos el seso al tratar de buscar una explicación de por qué nuestros hijos son tan diferentes habiéndose criado en el mismo hogar, en las mismas condiciones sociales y ambientales, y habiendo recibido, más o menos, los mismos criterios a la hora de madurar desde su más tierna infancia. Muchas veces nos vale explicar este hecho desde la débil creencia en que como cada uno es de su padre y de su madre, pues no hay nada que hacer. Y parece que con ese argumento salimos del paso a la hora de explorar esos recovecos en los que guardaríamos las causas que motivan el que uno y otro (en el caso de la parejita) o unos y otros (en las familias numerosas, tan escasas hoy en día gracias a este mercado laboral tan proclive a la familia) sean tan diferentes.

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Pues resulta que en El hombre que perseguía su sombra, la quinta entrega de la serie Millennium, se suscita el asunto acerca de qué factores son determinantes a la hora del desarrollo de una persona. Esto es, qué nos condiciona, si la herencia o el entorno. Coincido, en verdad, que algunas cualidades, como nuestra inteligencia —nuestra capacidad cognitiva—, poseen un fuerte componente hereditario, sobre todo en la edad adulta. Pero no es menos cierto que tanto los factores genéticos como los medioambientales nos influyen a partes iguales. Pero sí me sorprendieron en esos argumentos, que los medioambientales que más nos condicionan no eran los que podemos imaginar, es decir: el entorno de nuestra infancia, la forma de ser de nuestros padres y la educación que recibimos.

Tanto las madres como los padres podemos cometer el error de sobrestimarnos, ya que estamos a menudo convencidos de que hemos tenido una importancia decisiva en el desarrollo de nuestros hijos. Lo viví hace unos años en primera persona en unos encuentros de padres con niños de altas capacidades, de los que escapé porque había padres que reivindicaban un protagonismo tan singular que asustaban. Su orgullo, bordeando la prepotencia, era su principal peligro.

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En la lectura de esa novela negra me sorprendió un concepto curioso: el de nuestro entorno singular. Ese que no compartimos con nadie, ni siquiera con nuestros hermanos. Es el mundo que buscamos y que creamos para nosotros mismos cuando, por ejemplo, damos con algo que nos divierte o nos fascina y que nos empuja en una dirección determinada. A mí me pasó un poco de eso a la hora de despertar la pasión por ser periodista cuando a mi padre le propusieron ser corresponsal de un diario en un pequeño pueblo de la Vega Baja, o cuando cayó en mis manos a comienzos de los ochenta El periodista indeseable, un libro de Günter Walraff sobre sus trabajos de investigación.

Nuestro entorno singular es ese que no compartimos con nadie, ni siquiera con nuestros hermanos… es el mundo que buscamos y que creamos para nosotros mismos

La herencia y el entorno interactúan siempre. Buscamos acontecimientos y actividades que estimulen nuestros genes y que los hagan florecer, y huimos de otras cosas que nos intimidan o nos incomodan. Entonces es eso, más que unas específicas condiciones medioambientales, lo que definiría nuestra personalidad. Nuestros condicionamientos culturales y económicos nos aportan, evidentemente, distintas posibilidades de desarrollar nuestros talentos y, como es natural, heredamos valores y formas de pensar de nuestro entorno. Pero lo que sobre todo nos forma son las experiencias que no compartimos con nadie más y que en la superficie pueden ser invisibles. Como aventura ese personaje, son las que, a largo plazo, adquieren una importancia decisiva y nos hacen avanzar, paso a paso, en la vida.

Realidad offshore

Realidad offshore

La escena tiene lugar a comienzos de los 90 en un restaurante de Yecla. El escritor Manuel Vázquez Montalbán había sido invitado por la agrupación local del PCE con motivo de la donación que hizo un viejo comunista de una colección completa de Mundo Obrero a la biblioteca municipal, y que había conservado durante los años duros de lucha antifranquista. Hizo el viaje en coche desde Barcelona, no cobró un duro y estaba completamente relajado y ocurrente. Compartía con los comensales algunos de sus recuerdos como miembro de una peculiar célula comunista en la clandestinidad. El padre literario de Pepe Carvalho relató que durante un tiempo el partido lo consideró un infiltrado del régimen. Y todo por un comentario que hizo tras recibir la consigna de que debían de estar preparados para la lucha armada. “Mi célula la formaba una militante coja, un camarada veterano, otro que no oía mucho y un servidor. Y se me ocurrió decir en voz alta que como no viniera Carrillo y su puto cuñado a empuñar las armas, poco teníamos que hacer”, contaba entre risas de los asistentes a la cena, mientras imaginábamos la escena. (más…)