Ser o no ser periodista

Ser o no ser periodista

Apenas tenía 20 años cuando subí a aquel piso de la calle Villaleal en el que se ubicaba la redacción del semanario Lean, con la osadía de quien empezaba una aventura romántica en el mundo del periodismo. Llevaba poco más de un año en la facultad de la Ciudad Universitaria madrileña y me ofrecí a quien ya entonces era un referente para un púber aspirante a reportero como yo. Acababa de ganar el Ortega y Gasset por ese oscuro intento de soborno a José Luis Salanova y a él, que finiquitó la frágil presidencia de Andrés Hernández Ros en aquel PSRM-PSOE de los 80 repleto de intrigas, traiciones, celos y puñaladas. Ofrecí las colaboraciones desde Madrid con reseñas de actuaciones teatrales   y entrevistas a sus protagonistas antes de que iniciaran las giras por provincias, entre las que acabarían por recalar en el Teatro Romea. A él y a Paloma Reverte, que era la encargada de la guía del ocio que insertaba la revista, les debo mis primeros artículos, como una entrevista a los Tricicle, en su estreno de Exit, su primer espectáculo monotemático, o a la vedette Vicky Lusson, que había sustituido a Concha Velasco en el entonces Teatro Calderón con el espectáculo de ¡Mamá, quiero ser artista!

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Oler a oveja con doble acento

Oler a oveja con doble acento

Cuando veo en televisión a Mª Luisa Carcedo, la ex ministra de Sanidad, agudizo la mirada porque tengo dudas acerca de si realmente se trata de ella o es José Mota, porque la caracterización del humorista manchego supera la realidad. Algo parecido me ha pasado con Jonathan Pryce en su interpretación del cardenal Jorge Bergoglio en Los dos papas, la película de Fernando Meirelles en la que juega con un supuesto encuentro entre Benedicto XVI (Anthony Hopkins) y el entonces arzobispo de Buenos Aires, previa a la abdicación de aquel Joseph Ratzinger como obispo de Roma. Los detalles están cuidados hasta el último extremo, de tal manera en que cuando ahora lo veo ya no sé si el papa Francisco es él o sigue siendo el actor galés que conocimos en varias películas del genial Terry Gillians o, más recientemente, en Piratas del Caribe o en Juego de Tronos.

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La voz de su amo

La voz de su amo

‘La voz de su amo’ – Aquí puedes escuchar esta entrada del blog

Sus señorías no salían de su asombro. Unas a otras se miraban extrañadas preguntándose si estaban oyendo lo mismo. Las más avezadas creían que todo era fruto de un recurso de la oratoria del líder que, al final, acabaría dejando sorprendidos a propios y a extraños. Quienes habían hecho de la sumisión virtud en todo momento asentían sin percibir apenas lo que sucedía. En la tribuna de prensa muy pocos se dieron cuenta de que aquello era extraño. Igual ocurría entre el escaso público que había acudido a presenciar el debate. Qué más daba, porque solo estaba allí con el fin de hacer su papel de clac, dejarse ver como estómagos agradecidos que eran. Lo de menos era el contenido de la intervención. Lo de más que se les viera… por lo que pudiera pasar.

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Mejor vivir

Mejor vivir

Durante gran parte de mi vida no conocí la muerte de cerca. De niño no tuve unos abuelos a los que les llegara el día de marcharse mientras yo crecía. Ya se habían ido casi todos. La primera, la materna, cuando apenas mi padre había superado los cuatro años. Su marido, cuando mis padres aún no se habían casado. Los bronquios de mi abuelo materno, Juan, no aguantaron mientras yo alcanzaba los siete meses de vida. Por tanto, hasta que la muerte me golpeó aquel fatídico año de 1993 no había tenido experiencias cercanas de procesos que acababan con el último aliento de seres queridos. Y cuando llegaron de golpe, sin avisar, como un ladrón en la noche, lo hicieron para despertarme del sueño en el que había permanecido adormecido hasta entonces.



Durante gran parte de mi vida no conocí la muerte de cerca. De niño no tuve unos abuelos a los que les llegara el día de marcharse mientras yo crecía. Ya se habían ido casi todos. La primera, la materna, cuando apenas mi padre había superado los cuatro años. Su marido, cuando mis padres aún no se habían casado. Los bronquios de mi abuelo materno, Juan, no aguantaron justo cuando yo alcanzaba los siete meses. Por tanto, hasta que la muerte me golpeó aquel fatídico año de 1993 no había tenido experiencias cercanas de procesos que acababan con el último aliento de seres queridos. Y cuando llegaron de golpe, sin avisar, como un ladrón en la noche, lo hicieron para despertarme del sueño en el que había permanecido adormecido hasta entonces.

No fui capaz de aproximarme a lo que supone un proceso de agonía hasta que viví el doloroso camino del cáncer en el cuerpo de mi suegro. Tampoco de ser consciente de esa fuerza que arrastra quien se sabe dueña y señora de los últimos soplos, de sus miradas y de que no valen las palabras de consuelo, esas que utilizamos mal cuando le damos ánimo y esperanza a quien ya ha empezado a entornar los ojos y a dejarse conducir dócilmente a otra dimensión.

De poco sirve generalizar en estos casos. Ni pontificar, ni establecer una lógica que es imposible de comprender, porque los designios de la existencia sobrepasan a lo pobre mortales que somos. De ahí que quienes se creen dueños de la verdad más absoluta andan más despistados que un promotor inmobiliario en el Mar Menor. Porque cuando se generan discusiones acerca de cuestiones vitales y trascendentes para el ser humano he llegado a la conclusión de que, en la mayoría de los casos, la prudencia te invita a guardar silencio. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Lo que no significa que carezca de principios y normas morales. Pero de ahí a imponerlas hay una distancia abismal.

Durante gran parte de mi vida no conocí la muerte de cerca. De niño no tuve unos abuelos a los que les llegara el día de marcharse mientras yo crecía. Ya se habían ido casi todos. La primera, la materna, cuando apenas mi padre había superado los cuatro años. Su marido, cuando mis padres aún no se habían casado. Los bronquios de mi abuelo materno, Juan, no aguantaron mientras yo alcanzaba los siete meses de vida. Por tanto, hasta que la muerte me golpeó aquel fatídico año de 1993 no había tenido experiencias cercanas de procesos que acababan con el último aliento de seres queridos. Y cuando llegaron de golpe, sin avisar, como un ladrón en la noche, lo hicieron para despertarme del sueño en el que había permanecido adormecido hasta entonces.

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El trabajo no es una maldición

El trabajo no es una maldición

No sé si Pere Sánchez y Joaquim Torra se lo pasaron bien en su encuentro del jueves en el Palau de la Generalitat. Escenas no han faltado, y no precisamente de matrimonio. Más bien de pretendientes a un noviazgo mediático, bendecido por San Severo y San Honorato, que dan nombre a las calles -junto a la de Obispo- entre las que se ubica el antiguo edificio medieval. Un amago de flirteo en el que no estuvo de carabina, menos mal, Cayetana Álvarez de Toledo. Con todo, y con ganas, debió de quedarse Agnès Arrimadas en la galería gótica del Patio Central para lanzarles como hace a menudo esos improperios que ya cansan. No en vano, convertirse en un espectro de lo que fue y pudo haber sido es el precio ante tanto error, por mucho atractivo que creía derrochar.     

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