Carreteras secundarias

Carreteras secundarias

Las carreteras secundarias nos llevan a nuestra infancia.

Al expresidente colombiano Juan Manuel Santos le subía la adrenalina mientras ejercía el poder. Así lo afirma ahora tras ocho años a tope, recordando cuando tenía que adoptar decisiones, unas mejores, otras peores. No quiere ser un jarrón chino, da clases de liderazgo y políticas públicas, no ha recuperado el ejercicio del periodismo y tiene el ánimo de armar el jaleo justo para no enturbiar el proceso de paz que promovió y alcanzó pese a los continuos ruidos de sables e intereses de todo tipo. (más…)

Yo no he sido

Yo no he sido

La escena sucede en la sala de estar de una vivienda cualquiera. Ella tiene la pierna extendida sobre un pequeño taburete acolchado, puesto que le han ordenado guardar reposo por un problema muscular. Él pasa a su lado dispuesto a sentarse en el sofá, porque el partido de la Champion está a punto de comenzar. Absorto en sus cosas, sin percibir que hay alguien en la estancia golpea la extremidad de la susodicha y ésta, de manera instintiva, lanza un exabrupto y reclama que tenga cuidado por donde pasa. Él, ni corto ni perezoso, le responde con un improperio y reclama que es ella quien debe tener cuidado y advertir de la situación. Ya está el lío montado. Así empiezan las guerras, las domésticas, las políticas y las mundiales. Qué se le va a hacer. Este es el género humano. Así somos nosotros.

El poeta irlandés William Butler Yeats escribió que “en los sueños comienzan las responsabilidades”, y yo sueño con ese día en el que asumamos las nuestras, desde las personales y familiares hasta las sociales, políticas o económicas. Un día en el que no miremos hacia otro lado. En el que dejemos de escupir al otro sus culpas o fracasos, mientras que desviamos la mirada cuando alguien nos recuerda que el tiempo corre a nuestro lado. No a nuestra contra, porque esa es una visión cortoplacista, sino en paralelo con lo que decimos y hacemos. Con lo que proclamamos.

El Mar Menor se muere, y los principales causantes de esa muerte tienen nombres y apellidos e identificaciones fiscales

Parece que estamos condenados a vivir en un mundo infantilizado, en un mundo temeroso en el que somos cómplices de escoger a personas inmaduras, dotadas de un caparazón inasequible a cualquier estímulo que les pueda provocar un movimiento de cambio. Creemos que si cerramos los ojos las cosas no suceden. Que si ocultamos la pobreza a base de luces y árboles de Navidad la exclusión no existe, que los números son eso, números sin rostro. Pero resulta que por mucho que elevemos el volumen de la música los lamentos no quedan enmudecidos. La realidad de la desigualdad es la que es y el Informe Foessa de Cáritas nos la ha recordado esta semana. Bueno, nos la viene recordando desde hace décadas, pero parece que da igual. Total, como resulta que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pues ya están las responsabilidades compartidas, y aquí paz y después gloria.

El Mar Menor se muere, y los principales causantes de esa muerte tienen nombres y apellidos e identificaciones fiscales. Forman parte de consejos de administración, ejecutivas de partidos políticos y organizaciones profesionales y empresariales. Los encuentras en el organigrama de las administraciones públicas, están en despachos o en sus casas disfrutando de un supuesto y apacible retiro. Menos mal que la Fiscalía ha hecho su trabajo. Sin medios, eso sí, pero con dignidad. Y ahora resulta que la responsabilidad es de todos. Que todos tenemos culpa. O lo que es lo mismo, que indultemos a los que están arriba, en los gobiernos, en las cúpulas de las empresas agrícolas o urbanísticas. Los que han derogado leyes protectoras del medio ambiente, los que han mirado hacia otro lado, los que han impulsado desarrollos urbanísticos y agrícolas, los ejecutores de los proyectos y planes, todos ellos, pobrecitos, son muy sensibles y no pueden ser blanco de las críticas y d campañas de descrédito. De los ataques, de los reproches. Qué impresionables son. Animalicos, si todo lo hacían por nuestro bien. Y además los votábamos, les dábamos premios y más premios. Todos ganábamos, vendíamos y comprábamos por doquier.

Pues miren ustedes. Resulta que yo no he sido. Si golpeo la pierna de mi parienta sentada en el sofá de casa voy y le pido perdón. La siguiente vez prestaré más atención y trataré de ser más consciente de donde estoy y lo que tengo a mi alrededor. Dejen de tratarme como un pelele. Yo no les voté ni les votaré. No especulé con mi segunda vivienda, porque no la tengo. Si un día meé en el agua, de eso no viene una anoxia. La falta de oxígeno es la que noto cuando pretenden engatusarme con su relato de las responsabilidades compartidas, ese relato que le compran muchos. Yo no. A mí suena a eso de la obediencia debida, cómplice de genocidios y masacres en muchas partes del mundo. Olvídenme con discurso del ‘y tú más’. Hagan su trabajo, el de la mayoría silenciada, no el de convertirse en lo que son: títeres de quien rige los destinos mirando al personal como monederos andantes. Y al menos, si no son capaces de asumir su responsabilidad, cállense y siéntese en un sofá, con la pierna extendida.     



Alabado seas, planeta ardiente

Alabado seas, planeta ardiente

¡Aleluya, aleluya! La COP25 (Conferencia de las Partes), conocida como la Cumbre del Clima de Chile (pero que se celebra en Madrid), ha puesto en la agenda del día los problemas medioambientales de nuestros barrios y ciudades, de nuestras regiones y países, de nuestros continentes, mares y océanos. Una agenda que nos afecta a todos, que niegan algunos y que delegan otros en instancias super superiores como si con ellos no fuera la cosa. Pero resulta que lo inevitable es eso, inevitable. Que nos jugamos todo lo que somos, lo que fuimos y lo que dejaremos a nuestros hijos y nietos, a quienes nos sucederán en este leve tránsito de existencia que es el de una vida humana, pese a que nos comportamos como si no hubiera otro ser supremo más que el hemos configurado en estas últimas horas de la humanidad.

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Corazones frágiles

Corazones frágiles

Noviembre es un mes jodido. Comienza con el recuerdo a los santos, que confundimos con difuntos, y recorremos sus semanas hasta llegar a esa explosión del consumo irracional que es el viernes negro importado del imperio USA tras la resaca de su Día de Acción de Gracias. Un mes gris por excelencia en el que perdí a un hermano por su corazón dañado y que, como un tintineo de la memoria, me recuerda el mensaje de la fragilidad del ser humano. Cuatro meses antes también se había ido nuestro padre. Tiempo después supimos con detalle que la causa de las muertes no fue otra que compartir una enfermedad genética del músculo cardíaco denominada Miocardiopatía Arritmogénica de Ventrículo Izquierdo (MAVI). Un gen cortado que ha seguido pululando a sus anchas entre otros miembros de la familia y que, en mi caso, y en el de mi descendencia, no ha sido así. 

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Hombres, arrimemos el hombro

Hombres, arrimemos el hombro

De la despedida de Alberto Carlos Rivera Díaz del pasado lunes me quedo con la última parte de su intervención. Anunció su dimisión como presidente de Ciudadanos, que no ocupaba su escaño y su abandono de la vida política. Sin autocrítica, porque eso parece que no va con los macho-alfa aspirantes a presidente, pero con un argumento que me sonó falso: su confianza en la nueva etapa de que ahora será mejor hijo, mejor padre, mejor pareja y mejor amigo. Todo porque había llegado el momento de dedicarse a su familia. ¿Qué había hecho hasta entonces? ¿De dónde alimentaba su visión del mundo real?

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Cautivos y desarmados

Cautivos y desarmados

En el día de hoy no sé a ciencia cierta si las tropas nacionales han alcanzado los últimos objetivos militares. De lo que sí estoy seguro es de que han conseguido adentrarse por los recovecos que la democracia permite a todo el mundo. Están en las instituciones, presiden comisiones parlamentarias, se les escucha, se les permite que hayan marcado la agenda y se han convertido en fundamentales para aprobar presupuestos tras constituir gobiernos que venían arrastrando la enfermedad de la corrupción. Eso sí, con la complicidad necesaria, de una parte, de quienes hasta la fecha se mostraban como adalides de la regeneración y de la nueva política. De otra, la que jamás había ocultado que albergaba en su seno a esa milicia siempre dispuesta a volver a sus orígenes. Eso de los cordones sanitarios es muy europeo, pero aquí, en las esencias patrias, no se lleva.

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