Tras participar el pasado sábado en una de las protestas globales convocadas en diferentes partes del mundo me queda una sensación contradictoria. Algo está fallando desde hace tiempo en nuestros países europeos y, sobre todo, la socialdemocracia no está dando respuesta a muchas de las inquietudes de gente que se mueve en el ámbito progresista. Gente que se mueve desde diversas motivaciones y orígenes pero que confluyen en un objetuivo común: que por este camino no vamos a ningún sitio. Que esta crisis está provocando el aumento de una brecha cada vez más insalvable entre las salidas tradicionales a la crisis del capitalismo y las políticas neokeynesianas que hasta ahora actuaban como un bálsamo frente a las soluciones radicales.

Es verdad que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman dice que “el 15-M es emocional, le falta pensamiento”, y lo que trataría de suplir es la falta de globalización de la política mediante la oposición popular”. ¿Una oposición eficaz?, se pregunta Vicente Verdú en la entrevista concedida el pasado sábado a El País. El efecto que puede esperarse de este movimiento es “allanar el terreno para la construcción, más tarde, de otra clase de organización”. Ni un paso más.  Bauman califica a este movimiento, como es bien evidente, de “emocional” y, en su parecer, “si la emoción es apta para destruir resulta especialmente inepta para construir nada. Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean”.

La emoción es (¿cómo no?) “líquida”. Hierve mucho pero también se enfría unos momentos después. “La emoción es inestable e inapropiada para configurar nada coherente y duradero”. De hecho, la modernidad líquida dentro de la cual se inscriben los indignados posee como característica la temporalidad, “las manifestaciones son episódicas y propensas a la hibernación”.

En medio de esta realidad, la clase política tradicional queda desbancada del escenario, como ha sido patente en las pasadas manifestaciones del sábado, aunque participásemos mucha gente que formamos parte de la poca militancia activa que queda en los partidos socialdemócratas o en los de la izquierda tradicional española.

En estos momentos falta por saber hacia dónde vamos, pero queda cada vez más claro que las salidas clásicas no llevan a ningún sitio. Ni desde la socialdemocracia, ni desde la izquierda tradicional,  se está preparado para abordar este nuevo fenómeno. Ni la incertidumbre que generan los medios de comunicación, ni los ataques que tratan de descalificar este movimiento serán capaces de disolver lo que ya está en marcha. Ejemplos de un tratamiento manipulado de los medios conservadores a la acción del 15-M tienen una buena muestra en la viñeta que circuló en las redes sociales desde Italia a partir del pasado domingo, y que ilustra esta entrada. Tratamientos como los que vimos el pasado en las televisiones y periódicos conservadores de España y del resto de Europa no tienen nada que hacer ante la realidad evidente de que son muchas, cada vez más, las voces que no se resignan a lo inevitable.

Pese a a que no queda mucho tiempo, creo que desde los partidos políticos clásicos de la izquierda aún se está a tiempo de reaccionar. Siempre y cuando haya una profunda transformación de las mentalidades, modos y maneras de actuar y de organizarse, así como de encontrar líderes que sean capaces de comprender que la disciplina interna reclama hoy más que nunca un estilo de dirección democráctico y de compartir, de gobierno abierto también en sus organizaciones, por encima de los hábitos derivados de las prácticas leninistas a las que hasta ahora han estado acostumbrados. pero eso sí, cada vez queda menos tiempo para marear la perdiz.