“Educar es acompañar a alguien para que descubra lo que puede llegar a ser”

“Educar es acompañar a alguien para que descubra lo que puede llegar a ser”

Enrique González Lorca, profesor de Servicios a la Comunidad y psicólogo clínico

Hay vidas que no se explican con un currículum, sino con una pregunta que atraviesa cada etapa: ¿qué hacemos cuando nos encontramos con el sufrimiento de otro ser humano? La historia de Enrique González Lorca —profesor de Servicios a la Comunidad, psicólogo clínico y voluntario en proyectos educativos, sociales y de cooperación internacional— está tejida con ese hilo. Desde la memoria de la emigración familiar hasta los guetos de Monrovia, pasando por aulas, empresas, barrios vulnerables y comunidades heridas, su vida es una búsqueda constante de la dignidad humana. Habla con una serenidad que nace del silencio interior, con una ternura que no es debilidad sino resistencia, y con una convicción que repite como un mantra: “la vida es más amable cuando se mira con ternura”.

– ¿Quién es Enrique González Lorca?

– Enrique es alguien que ha encontrado el sentido de su vida en salir en busca del corazón del otro, pero para eso he tenido que adentrarme en el mío. Allí he descubierto valores heredados de mi familia, una presencia que me une a toda la humanidad y una certeza que me acompaña siempre: la vida es más amable cuando se mira con ternura. En el otro me veo a mí mismo porque compartimos la misma dignidad. Y desde esa conciencia de unidad, siento que mi misión es cuidar la casa común y vivir en fraternidad.

Su historia comienza en Bruselas, en una familia emigrante. ¿Qué significó esa experiencia?

Nací en Bruselas, hijo de emigrantes murcianos que llegaron a Bélgica en los años cincuenta buscando una vida mejor. Aunque regresamos cuando yo tenía dos años, aquella memoria quedó grabada en mi familia. Mis padres conocieron la dureza de la emigración y también el rechazo. Muchas mujeres españolas fueron insultadas con expresiones profundamente racistas como “putas moras”. Mi padre acogía a compatriotas recién llegados en un piso que hoy llamaríamos “patera”. Esa memoria me enseñó que lo que hoy sufren muchos migrantes africanos no es nuevo: cambian los protagonistas, pero permanecen los mecanismos de deshumanización. Aprendí que nadie debe ser reducido a una etiqueta. Antes que cualquier circunstancia está la dignidad.

¿Cuándo comenzó su compromiso con las personas excluidas?

Durante mi juventud, incluso antes de tener claro mi camino profesional. Mientras estudiaba Económicas en Valencia, me acerqué a las chabolas de la Malvarrosa y a la realidad del pueblo gitano. Allí descubrí el rostro de los olvidados. Aquellas personas dejaron de ser una categoría abstracta: tenían nombres, historias, sueños. Comprendí que detrás de la pobreza no hay falta de voluntad, sino desigualdad y ausencia de oportunidades. Aprendí que la primera respuesta ante el sufrimiento no es juzgar, sino acercarse y escuchar. Y que el otro no es un lobo: detrás de cada herida hay una persona.

En esa etapa vivió también una transformación espiritual. ¿Qué papel tuvo Francisco de Asís?

Francisco de Asís me enseñó que el verdadero tesoro está en el encuentro con el excluido. Su abrazo al leproso fue para mí una revelación: aquello que la sociedad rechaza es precisamente donde se esconde la dulcedumbre del alma. Comprendí que la libertad no está en la acumulación de bienes, sino en liberarse de aquello que impide vivir una existencia entregada. La opción por los vulnerables no es superioridad moral: es reconocer que la dignidad humana está por encima de cualquier circunstancia.

¿Cómo se concretó esa opción vital en su etapa como franciscano capuchino?

Intenté vivirla desde el compromiso con personas concretas. Participé en proyectos de formación y acompañamiento en barrios de Valencia, especialmente con jóvenes en vulnerabilidad. Muchos habían sido etiquetados por su fracaso escolar o su situación familiar. Pero cuando alguien les ofrecía confianza y una oportunidad, aparecían capacidades ocultas. Aprendí que educar no es transmitir conocimientos: es ayudar a descubrir lo que uno puede llegar a ser.

Doce años después dejó la vida religiosa. ¿Qué se cruzó en su vida?

El amor, pero desde otra perspectiva: conocí a Mari Cruz, mi mujer. Y también descubrí que la institución no siempre permite sacar lo que uno lleva dentro. Sentí que Dios me seguía llamando, pero por otro camino. Como decía San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Y yo allí no vivía.

“Una vida tiene sentido cuando ayuda a que otros descubran su propia luz.”

¿Cree en las segundas oportunidades?

¡Hombre! Si la vida me las ha dado a mí, ¿cómo no voy a creer en ellas?

¿Qué le enseñó a reconstruirse sin negar las cicatrices?

Que el discurso victimista no lleva a ningún sitio. Cuando salí de la institución, me miré por dentro: mis capacidades, mis valores, sin la seguridad de un marco. Y descubrí que el mundo es un espacio de reparación. He aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.

Después llegó la psicología clínica. ¿Qué le enseñó el trabajo en adicciones?

En el mundo de las adicciones descubrí que detrás de cada consumo había una historia humana: heridas, pérdidas, carencias afectivas, necesidad de vínculos. La intervención no podía limitarse a controlar una conducta; era necesario acompañar procesos de reconstrucción personal. Aquellos años me confirmaron algo esencial: cuando solo miramos el problema, dejamos de ver a la persona.

Sorprende su etapa en el mundo empresarial. ¿Qué aportó a su visión?

Fue una etapa inesperada, pero profundamente enriquecedora. La empresa es otro espacio donde las personas viven, crecen y construyen su proyecto vital. Allí comprendí que una organización no es solo una estructura económica: es una comunidad humana. La calidad empieza por el respeto a los trabajadores, a sus derechos y a su dignidad. Una empresa responsable crea empleo digno, oportunidades, relaciones saludables y contribuye al bienestar social. Humanicé despidos en plena crisis del ladrillo. Y entendí que las personas no son recursos: son fines.

“La exclusión comienza cuando dejamos de ver a la persona.”

La educación vuelve a aparecer como eje central. ¿Qué le llevó a la docencia?

La docencia fue una forma de integrar todas mis experiencias. Como profesor de Servicios a la Comunidad he acompañado situaciones educativas, familiares y sociales complejas. Descubrí que muchas dificultades tienen raíces profundas: detrás de un comportamiento o un fracaso escolar hay una historia que necesita ser comprendida. Por eso creo que la educación empieza en la mirada. Si miramos a alguien desde sus carencias, limitamos sus posibilidades. Si miramos sus capacidades, abrimos caminos. La pedagogía de la alteridad me enseñó que un alumno es más que una nota, más que un expediente, más que un calificativo.

¿Cómo se aprende a mirar la vida con gratitud, incluso cuando el camino se vuelve áspero?

Creo que todo empieza por una mirada sencilla: detenernos en lo que tenemos en el presente y que, tantas veces, otros no tienen. Ese ejercicio puede resultar difícil cuando no has vivido la exclusión, la necesidad o la pobreza. Pero hay ejemplos que lo hacen evidente. Cuando viajo a Liberia, el primer beneficiado soy yo. No hay electricidad, ni saneamiento, ni sistema sanitario, ni educación. Y entonces vuelvo aquí y veo cómo nos quejamos teniendo una de las mejores sanidades públicas del mundo, pudiendo abrir un grifo para asearnos, contando con un empleo digno y un salario justo. Al final, lo que nace es la gratitud. Gratitud por todo lo que tenemos.

Después de tantos años acompañando personas, ¿qué ha aprendido?

Que las personas son siempre más que sus problemas. Lo he aprendido de jóvenes excluidos, personas con adicciones, trabajadores, familias, mujeres con enfermedad mental, migrantes y comunidades vulnerables. Todos me han enseñado que la dignidad no depende de las circunstancias. Vivimos tiempos de miedo y polarización. Frente a eso necesitamos recuperar una mirada profundamente humana. El rostro del otro nos hace responsables antes incluso de elegir. Solo quien ha aprendido a habitar el silencio puede habitar el encuentro. La vida tiene sentido cuando ayudamos a que otros descubran su propia luz. Porque la última capa del ser humano es luz. Y en ese camino siento que no me dedico a buscar: me dedico a ser encontrado

.


Cooperación internacional sin paternalismo

Liberia ha sido clave en su trayectoria reciente. ¿Qué ha descubierto allí?

Liberia ha sido profundamente transformadora. En el proyecto We Are Like You, con Hermanas Hospitalarias, he acompañado a mujeres con enfermedad mental y problemas de consumo. Sufren doble exclusión: por ser mujeres y por el estigma. Lo esencial es la mirada: no verlas como pacientes, sino como personas con capacidades y sueños. La salud necesita tratamientos, pero también vínculos y oportunidades.

Ha conocido también la realidad del kush y La Casa de Lázaro. ¿Qué representa este proyecto?

La Casa de Lázaro acompaña a jóvenes afectados por el kush, una sustancia devastadora. Muchos viven en condiciones extremas, con heridas, infecciones y rechazo social. Llegan desde auténticas “tumbas sociales”. El proyecto les devuelve algo esencial: “tu vida importa”. Reciben curas, alimentación, formación, afecto y acompañamiento. Algunos antiguos pacientes hoy forman parte del equipo. Quien recibe una oportunidad puede convertirse en oportunidad para otros. Allí comprendí que he aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.

También ha trabajado en reintegración laboral. ¿Por qué es tan importante?

Porque la recuperación no termina con una alta médica. La verdadera recuperación llega cuando una persona vuelve a sentirse parte de la sociedad. Proyectos como el cultivo del cacao ofrecen futuro, empleo y comunidad. Evitan que los jóvenes regresen a los mismos contextos de exclusión.

Ha desarrollado proyectos de educación para el desarrollo y recibió el Premio Vicente Ferrer. ¿Qué ha aprendido de ello?

Aprendí que muchas desigualdades tienen raíces históricas. Mi experiencia en Senegal, especialmente en la isla de Gorée, me marcó profundamente. La cooperación no debe ser paternalista: no se trata de llevar soluciones, sino de encontrarse con otros pueblos, reconocer sus capacidades y construir juntos.


La esperanza, motor de vida y de trabajo

¿Qué papel juega la esperanza en su trayectoria, en tu trabajo como psicólogo y también en tu vida personal?

Si miramos a nuestro alrededor, y especialmente al mundo en el que vivimos, encontramos muchos motivos para la desesperanza. A veces necesito hacer un ejercicio parecido al del avestruz: refugiarme bajo el ala para no mirar de frente todo lo que hemos construido. Pero, precisamente bajo esa ala, encuentro también el lugar donde puedo intervenir, aportar y transformar. Ese espacio concreto —mi ámbito de influencia— es el que me sostiene y me permite seguir sintiendo esperanza. Creo que, si cada persona siembra en su propio entorno una visión nueva de la vida y del otro, fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y, sobre todo, en el amor, es posible despertar esperanza.

En su caso, imagino que la fe también tendrá un lugar destacado…

También me apoyo en mi fe, que me recuerda que ninguna injusticia será olvidada. Durante mucho tiempo no comprendí una expresión del Credo: “bajó a los infiernos”. Hoy la entiendo como una llamada a trabajar, ya aquí, por un mundo en el que los últimos sean los primeros. Confío en que habrá una justicia última —una justicia que podríamos llamar cósmica— en la que todas las víctimas de la violencia y de la indignidad serán restauradas en su memoria y en su ser.

Vídeos de Enrique González

“Cuidar bien es contemplar a la persona, no a la enfermedad” 

“Cuidar bien es contemplar a la persona, no a la enfermedad” 

FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)

La doctora Marina Gandía Herrero (Lorca, 48 años), médica de Cuidados Paliativos en el Hospital Morales Meseguer de Murcia, acompaña cada día a personas que viven una enfermedad avanzada y a familias que transitan el miedo, la incertidumbre y la despedida. Su trabajo, lejos de la imagen reducida que aún persiste, es un ejercicio profundo de escucha, presencia y humanidad. Esta conversación es la primera que abre una serie sobre gente que inspira. En un hueco entre los preparativos del XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) -que se celebrará en Cartagena del 8 al 10 de octubre próximos- y su trabajo hospitalario, Marina comparte cómo la vocación nació en una clase de Ciencias Naturales, qué significa cuidar bien y cómo el contacto diario con la fragilidad transforma la manera de vivir. Y con todo ello, inspira. 


– ¿Cómo se describe fuera de la consulta y del hospital?  

– Me describo como una persona alegre y cuidadora. Me gusta cuidar de los míos, y ahí encuentro sentido. Disfruto muchísimo con mi familia y acompañar a mis hijas me da propósito: verlas crecer, ayudarles a tener herramientas, observar cómo se convierten en quienes están llamadas a ser. Pienso mucho en ellas, en lo que les puede aportar lo que ven en mí: ser trabajadora, pero también disfrutona, y al mismo tiempo alguien que piensa en los demás. Me miro a través de ellas. 

– ¿Cuándo nace su vocación médica?  

– Nace muy pronto, con ocho o nueve años, en Primaria, en una clase de Ciencias Naturales. Me fascinaba entender cómo funciona el cuerpo humano. Recuerdo la clase del oído interno, el misterio de que podamos oír porque se mueva una membrana que mueve unos huesecillos fue algo que me despertó una curiosidad enorme. En mi familia no tenía referentes sanitarios, pero sí ese deseo de estudiar el cuerpo humano. Al principio me veía más estudiosa que médica, pero la práctica me enseñó lo que podía aportar además del conocimiento. 

– ¿En qué momento sintió que los cuidados paliativos eran su lugar?  

– Fue una enfermera quien me lo señaló. Me dijo: “Hace falta algo más de actitud paliativa, y me da la impresión de que tú puedes aportar mucho”. Yo estaba sobreviviendo a la residencia, sin ver más allá del día a día, pero ella vio algo en mí. Me introdujo en cursos, me abrió una puerta. Y detrás de esa puerta estaba mi sitio. 

«Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar»

– ¿Qué imaginaba que sería este trabajo y qué descubrió después?  

– Imaginaba que sería aplicar conocimientos, pero descubrí un territorio nuevo: atender la espiritualidad de las personas en etapas finales de vida. Ha sido lo más gratificante. Me ha aportado una dimensión que no esperaba. 

– Para quien asocia los paliativos solo al final de la vida, ¿cómo le explicaría en qué consisten y cuándo deben comenzar?  

– No son solo los últimos días, ni solo morfina, ni solo renuncia. Son una forma de mirar. Una valoración integral: lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo social. El sufrimiento hace que nos sumamos en un caos que hay que ayudar a ordenar. Y ese orden requiere tiempo, escucha, presencia. Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar. 

– Al conocer a una persona con enfermedad avanzada, ¿qué necesita saber además del diagnóstico?  

– Le pregunto directamente ‘qué debemos saber sobre ti para ayudarte lo mejor posible’. Las pruebas nos dicen cómo afecta la enfermedad al cuerpo, pero solo la persona nos dice cómo le afecta a ella. Qué le preocupa, qué valora, qué teme. A veces el síntoma no es físico. Y también el lugar importa: hospital o domicilio, según dónde se sienta más segura, más serena, más ella mismo. 

– ¿Cómo se traduce la escucha en decisiones concretas?  

– La escucha es más importante que el fonendo. La presencia, ese estar de verdad, sostiene todo. En las primeras visitas buscamos crear un vínculo que permita que la persona se sienta acompañada, no solo atendida. 

– ¿Cómo abordas una conversación difícil cuando paciente y familia tienen ritmos distintos?  

– Con formación y con humildad. La comunicación es un arte que debería enseñarse en todas las profesiones sanitarias. Hay que entender qué hay detrás de una pregunta: a veces no es una demanda de pruebas, sino un grito de ‘¿cómo voy a afrontar esto?’. Y ahí hay que entrar con cuidado. 

«Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro»

– ¿Qué necesitan las familias, incluso cuando no saben pedirlo?  

– Seguridad: saber que buscamos lo mejor y que el objetivo común es que el paciente sufra lo menos posible. A veces surgen conflictos sobre informar o no al paciente. Pero lo importante no es la información en sí, sino que sufra lo menos posible. Hay que hacer equipo. Ellas conocen mejor que nosotros a esa persona. 

– ¿Cómo se construye una mirada común entre medicina, enfermería, psicología y trabajo social?  

– Esa mirada es una de las cosas más gratificantes. La interdisciplinariedad multiplica la atención. Falta que psicólogos y trabajadores sociales estén siempre en los equipos, pero aprendemos muchísimo de ellos y de las enfermeras. Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro. 

– ¿Hay algún encuentro que haya cambiado su manera de entender la vida?  

– Muchos. Con pacientes jóvenes es fácil empatizar, sobre todo mujeres con hijos. Su sufrimiento por no verlos crecer nos enseña mucho. También los mayores que afrontan el final con naturalidad y dejan su legado bien cerrado. Son espejos. 

– ¿Qué le han enseñado sobre la esperanza cuando ya no es posible curar?  

– Que la esperanza se modula. Para algunos es presente: una despedida serena, que la familia esté bien. Para otros es trascendental: la impronta que dejan. Aprendemos cada día de esa capacidad de encontrar sentido incluso en la despedida. 

– ¿Cómo influyen estas experiencias en su forma de vivir?  

– Me han enseñado a valorar las pequeñas cosas. Los pacientes que disfrutan de lo pequeño te hacen de espejo. Vivo con más relatividad y agradecimiento. 

– ¿Qué resulta más exigente emocionalmente?  

– No el acompañamiento, que es gratificante. Lo agotador son las dinámicas de la organización: la falta de tiempo, la carencia de una cultura paliativa, la lucha por difundirla. Falta formación reglada en muchas facultades, porque en medicina está pensada para curar. Y cuando no se puede curar, nos quedamos en un abismo. Ese abismo hay que llenarlo de humanidad. 

– ¿Qué prácticas le ayudan a conservar la presencia y no llevarse todo a casa?  

– El equipo. Nos desahogamos juntas, hablamos de lo que nos ha tocado. Este despacho es un oasis. Igual que decimos a los pacientes “cuéntalo”, nosotras también lo hacemos. 

– ¿Recuerda la primera vez que una historia clínica le afectó como persona?  

– Sí, un caso muy grave compartido con medicina interna. Me hizo replantearme cuánto puedo dar y hasta cuándo. Me acompaña y me ayuda a seguir. 

– ¿Ha sentido miedo de no encontrar palabras?  

– Muchas veces. Y no es malo. Al principio intentas llenar vacíos, pero luego ves que a veces no hay palabras. Decir ‘no sé qué decirte’ reconforta. Hay preguntas que buscan presencia, no respuesta. 

– ¿Cómo distingue entre acompañar y cargar con un dolor que no le corresponde?  

– Me queda mucho por aprender. La formación ayuda a dar lo mejor sin que repercuta en mí. Quedarme satisfecha con lo que puedo hacer me permite estar tranquila. 

– ¿Se permite mostrar emociones?  

– Sí. Alegría, admiración, agradecimiento, tristeza. Es bueno para todos. Nos ven como personas que cuidan personas. 

– ¿Hay algún gesto o silencio que le acompañe?  

– Las miradas. Varias miradas profundas de agradecimiento y seguridad. Las recuerdo con nombres y apellidos. 

– ¿Ha cambiado este trabajo la forma de hablar en su familia sobre la enfermedad y la muerte?  

– Sí. Antes tenía líneas rojas sobre cómo no querría vivir. Ahora creo más en la capacidad de adaptación y en los apoyos. 

«He dudado continuar en paliativos por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir» 

– ¿Qué ha tenido que desaprender para cuidar mejor?  

– Las exploraciones complementarias. Las pruebas. En paliativos muchas de ellas no aportan nada. Hay que desaprender esa dinámica de pedir por pedir. 

– ¿Ha dudado en algún momento de continuar en paliativos?  

– Sí, por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir. 

– ¿Qué momentos le hacen pensar ‘por esto merece la pena’?  

– Las personas. Ver la necesidad tan clara. Difundir que los paliativos son un cuidado intensivo. Ensanchar la vida, no alargarla. Transformar el caos en crecimiento, en cierre biográfico, en reconciliaciones. Eso merece la pena. 

– ¿Qué significa cuidar bien?  

– Cuidar a la persona, no al paciente con una enfermedad. Es el lujo de este trabajo: ser más humana y compasiva. 

– ¿Qué le gustaría que recordara una familia que hoy recibe la noticia de que su ser querido necesita cuidados paliativos?  

– Que, aunque impacte, no van a estar solos. Puede ser una despedida serena. 

– ¿Por qué nos resistimos a morir?  

– Porque culturalmente preferimos pensar en otras cosas. Lo hablamos poco y no lo transmitimos a los jóvenes. 

– Incluso les escondemos la muerte a los niños…  

– Efectivamente. Pensamos que así vivirán mejor, pero no es así. La muerte forma parte de la vida y la hace valiosa. Esconderla les impide afrontarla y compartir tristeza o miedo. 


Vivir la pandemia en primera persona 

– ¿Qué le enseñó la pandemia?  

– Por un lado, lo frágiles y vulnerables que somos como seres humanos. Y, por otro, la poca importancia que a menudo damos a lo verdaderamente esencial en la vida. Ver a tantas personas mayores aisladas de sus familias por miedo al contagio me hizo reflexionar profundamente. Tenemos mucho trabajo por hacer como sociedad en este sentido. Durante aquellos meses descubrimos el enorme valor de algo tan sencillo como poder ver a nuestros seres queridos, abrazarlos o compartir tiempo con ellos. Solo cuando tuvimos que sustituir los abrazos por choques de codo y ocultar nuestros rostros tras las mascarillas fuimos plenamente conscientes de ello. Sin embargo, con el paso del tiempo, parece que hemos vuelto a olvidarlo. 

También creo que la pandemia puso de manifiesto que no estábamos preparados para afrontar una situación así. Considero que haber priorizado en algunos momentos la prevención de los contagios por encima de las necesidades relacionales y emocionales de las personas fue, en parte, consecuencia de una cierta inmadurez colectiva. La gran lección es que debemos aprender a proteger la salud sin perder de vista aquello que nos hace humanos. 

– Usted formó parte de los equipos de profesionales sanitarios de voluntarios ‘medicalizaron’ las residencias de ancianos. ¿Qué recuerda al entrar en aquellas instalaciones?  

– Lo que más me impactó fue la soledad con la que muchas personas mayores afrontaron sus últimos días. En las primeras residencias afectadas vimos cómo las familias permanecían fuera por miedo al contagio y teníamos que informarles por teléfono sobre la evolución de sus seres queridos. Aunque podían acudir a despedirse, muchas no se atrevían. Aquellos ancianos acabaron acompañados por quienes más cerca estaban de ellos en ese momento: las enfermeras y auxiliares que los habían cuidado durante años. Fue una situación humana muy dura que reflejó el enorme impacto emocional de la pandemia. 

– ¿Qué sintió al contagiarse de la Covid?  

– Pues mira, me hizo sentir culpable. Al dar positivo, eso implicaba que mis hijas también tenían que guardar cuarentena y someterse a las pruebas correspondientes. De alguna manera, sentí que las estaba arrastrando a una situación incómoda que no habían elegido. En realidad, no teníamos un miedo especial a las consecuencias que la infección pudiera tener dentro de casa, porque confiábamos en que podríamos afrontarla. Sin embargo, todo lo que conllevaba esa situación, las restricciones, las preocupaciones y el impacto en la dinámica familiar, me hizo sentir mal por ellas. Con la perspectiva que da el tiempo, hoy lo veo de otra manera. Creo que aquel riesgo existía y que era un riesgo que había que asumir. Si volviera a encontrarme en la misma situación, actuara igual. 

Fotografía | Juan Carlos Caval – La Opinión de Murcia

 


Un sembazuru para el XV Congreso de la Secpal en Cartagena 

La mesa redonda del ‘oasis’ de la Unidad de Cuidados Paliativos del Morales Meseguer se ha llenado de grullas de origami llegadas desde numerosos puntos de España e incluso desde Colombia. Todas forman parte del sembazuru impulsado por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, una tradición japonesa que consiste en plegar mil grullas, cada una de ellas portadora de un deseo. “En este caso, el anhelo compartido es que todas las personas que viven con una enfermedad grave puedan estar acompañadas por quienes las quieren y las cuidan, y recibir la atención de profesionales formados en cuidados paliativos capaces de aliviar su sufrimiento”, precisa Maria Gandía. Médicas, enfermeras, psicólogas y trabajadoras sociales expondrán todas las grullas recibidas durante el XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), que se celebrará en Cartagena entre los días 10 al 12 del próximo mes de octubre. 

María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

Esta escritora valenciana habla desde un territorio íntimo: el de las familias matriarcales, las heridas que no se borran, el universo femenino y la búsqueda de identidad

Hay escritoras que narran desde la distancia, y hay otras que escriben como quien abre una ventana en mitad de la noche para respirar. María Jesús Puchalt pertenece a estas últimas. Autora de Mar de azahar (2016), No hay bisontes en los valles de amapolas (2022) y Dime, Lucía, de qué color es el mar (2023), así como participante del libro coral 15 miradas a la libertad, Puchalt desgrana su proceso creativo con una sinceridad poco habitual: escribe desde la vida, desde el miedo, desde la contradicción, desde la memoria que insiste. Y lo hace con una ambición clara: ser recordada como una gran contadora de historias.

– ¿Qué significa para usted eso que llama “mosaicos familiares complejos”?

– Mi vida ha estado siempre rodeada de mujeres que empujaban el mundo con las manos. Mujeres valientes, mujeres excesivas, mujeres que marcaban el ritmo de la casa. En Valencia, como en el País Vasco, hay familias donde la voz femenina es la que ordena el aire. Yo crecí ahí, en ese territorio donde la fuerza puede ser luz, pero también sombra. Desde niña entendí que la familia es un lugar que puede salvarte o puede atraparte. Por eso hablo de mosaicos: porque cada familia es una composición de piezas que encajan y piezas que se astillan. Y yo escribo desde esas aristas.

– Ha definido la escritura como un espacio de libertad, de multiplicación de vidas. ¿Qué significa eso para ti?

– Soy muy vital, aunque la vida no me lo haya puesto fácil. Siempre he sentido que una sola vida no basta. Cuando escribo, vivo muchas vidas a la vez: la mía, la que imagino, la que deseo, la que temo. Me pongo en la piel de todos los personajes, incluso de aquellos que me incomodan. Y en ese gesto, en ese desdoblarme, encuentro una libertad que no tengo en ningún otro lugar. La escritura es mi respiración más profunda.

– ¿Qué Le resulta más difícil de abordar: los miedos, las contradicciones humanas o la búsqueda de identidad?

– Las contradicciones no me cuestan: soy una contradicción con patas. Los miedos tampoco: llevo toda la vida temiendo a la muerte, desde muy pequeña, como si fuera una sombra que me acompaña. Lo más difícil es la identidad. La identidad es un territorio movedizo, cambia, se esconde, se disfraza. A veces buscamos mal, otras rechazamos lo que encontramos. Me cuesta encontrar la identidad de mis personajes porque me cuesta encontrar la mía. Y quizá por eso escribo.

– ¿Qué descubrió de sí misma escribiendo Mar de azahar, su primera novela?

– Mar de azahar nace de una herida que no se cierra. Es una novela que me comprometió porque parte de una historia personal de malos tratos, de dolor que me acompañará siempre. Con los años sentí que debía revisarla, porque yo había cambiado y la novela también debía hacerlo. En Dime Lucía, de qué color es el mar hay diálogos más crudos, más hirientes, más verdaderos. Me preocupa el maltrato psicológico: el “tú no vales nada”, el “tú no eres nada”. Lo veo volver, lo intuyo en el aire, y me da miedo.

– Ha estudiado a muchas autoras. ¿Qué le sigue inquietando de ese universo?

– El dolor. El dolor que atraviesa sus cartas, sus diarios, sus vidas. Irene Vallejo recordaba que la primera escritora conocida fue Enheduanna, en Mesopotamia, y aun así seguimos diciendo que el primer autor fue Homero. Ha habido momentos en que las mujeres tuvieron poder real, pero fueron fugaces. Me inquieta que volvamos a perder terreno. Por eso escribo sobre mujeres que crean, que sufren, que luchan. Aunque me gustaría escribir sobre reinas o figuras históricas con más distancia, no puedo: siempre vuelvo al dolor femenino.

– ¿Cómo empieza para usted una novela? ¿Con un personaje, una imagen, una pregunta?

– Empieza con una idea que se va alimentando sin que yo lo sepa. No es un destello: es algo que crece en los duermevelas, en lo que ves en la calle, en un libro que te roza, en una conversación que se queda dentro. Cuando termino una novela, ya está germinando la siguiente. De pronto la idea toma forma, como si emergiera del fondo del mar, y entonces sé que ha llegado.

– ¿Qué parte del proceso disfruta más y cuál exige más disciplina?

– La creación es mi libertad. Necesito horas por delante, perder la noción del tiempo, escribir como quien se sumerge. La corrección es árida: buscar el matiz exacto, el adjetivo preciso, eliminar repeticiones. Mi madre, maestra, me enseñó a buscar la excelencia. Y lo peor es buscar editorial: es un proceso que te desnuda y te expone.

– ¿Cómo gestiona la tensión entre la vida real y la ficción cuando trabaja con emociones tan íntimas?

– No sé gestionarla. Cuando escribo una novela, me caso con ella. Vivo con la novela, limpio con la novela, organizo con la novela, me acuesto con la novela. No sé separar. Ojalá pudiera. Pero no sé.

– Ha trabajado muchos años en la Administración Pública y en política. ¿Qué supuso la literatura frente a esa experiencia?

– Llegué a la política por casualidad. Al principio fue un tiempo luminoso, pero cuando la política se convirtió en un barrizal, en un “o estás conmigo o estás contra mí”, no pude seguir. Lo pasé muy mal con todo el caso de Rita Barberá. Caí en una depresión. La literatura fue un refugio, un lugar donde respirar, donde volver a ser yo. Una bendición.

– ¿Qué le gustaría que el lector sintiera al cerrar uno de sus libros?

– Que me recordaran como una buena contadora de historias. No quiero solo ser una buena escritora: quiero ser alguien cuya historia permanece en la cabeza del lector, como los personajes de Galdós. Que digan: “Esto me ha pasado”, “esto lo he visto”, “esto lo he sentido”. Que mis historias no les resulten ajenas.

– ¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría responder?

– Me la han hecho, pero he mentido. Cuando preguntan si lo que escribo es ficción o parte de mi vida, todos decimos que es ficción. Nadie ha rascado ahí. Si lo hicieran, no sé cómo acabaría la entrevista.

– ¿Hay alguna historia que le gustaría escribir y aún no se atreve?

– Sí. Una historia que se ha ido colando en todas mis novelas. Es la continuación vital de Lucía, personaje de mi primera novela, pero también mía. Historias bonitas y tristes, amores que no pudieron ser, episodios de mi vida de los que nunca tuve respuesta. Necesito más perspectiva para contarlo. Pero sé que llegará.

De orfandad moral y pedaleo sin mitos

De orfandad moral y pedaleo sin mitos

No sé si les habrá pasado a ustedes, pero hay un momento en la vida —normalmente coincide con la primera vez que te pillas a ti mismo diciendo “esto antes no pasaba”— en el que descubres que tus héroes eran, en realidad, gente normal con superpoderes de postureo. Personas que parecían sólidas desde lejos, como esas bicicletas urbanas que anuncian en Instagram: muy bonitas, muy vintage, pero que en cuanto las pruebas notas que el manillar tiembla más que tú ante cualquier adversidad o que las pastillas de los frenos chirrían como tus supuestas verdades.

De pequeño, claro, uno se lo cree todo. Los adultos eran los primeros referentes a imitar. Nunca se equivocaban. Eran consecuentes con sus afirmaciones (maldita coherencia que se ha llevado tanta gente por delante) hasta que descubrías que también se equivocaban. Que proyectaban en sus descendientes lo que ellos no habían sido capaces de lograr y, además, con un empeño digno de la constancia más absoluta. O que te han seguido tratando toda la vida como si fueses un niño desvalido.

Bici sin manos

Los periodistas eran faros de la verdad; los políticos, estrategas de mirada profunda; los profesores, enciclopedias con tiza; la Iglesia, un GPS moral sin desvíos. Y tú, pedaleando por la vida con tus ruedines emocionales, convencido de que los adultos sabían lo que hacían. Qué ingenuidad tan mona, de verdad.

Luego creces, te subes a la bici sin manos —porque el camino hacia la adultez es eso, ir sin manos aunque no quieras— y empiezas a ver grietas. En mi caso, una de las primeras fue con algunos periodistas. Tú, que soñabas con ser uno de la tribu, descubres que hay quienes escriben según sople el viento… y no hablo del viento de Levante, que ese al menos es honesto. O los que convertían historias ficticias en supuestas crónicas de corresponsal de guerra luego desmontadas por compañeros de profesión y batallas. Otros opinan antes de informarse, y hay quien confunde la columna con un púlpito portátil. Y tú ahí, intentando no convertirte en uno de esos que dicen “la prensa” como si hablaran de una banda de moteros.

Políticos y profesores

Después vienen los políticos y la política. Ay, los políticos. Los tenías por héroes de cómic, y resulta que muchos no pasarían ni la prueba de equilibrio en una bicicleta estática. Los ves improvisar, tropezar, contradecirse, y entiendes que el “proyecto de país” o “trabajar para la mejor tierra del mundo” a veces es simplemente “a ver cómo salimos del día sin que arda nada”. Descubres que sus complejos, egos e incoherencias están a la orden del día. Que nos lo digan ahora con lo que está cayendo. Y tú, mientras tanto, pedaleando en zigzag para no comerte sus ocurrencias.

Los profesores… esos semidioses del aula. Los que parecían tener respuesta para todo. Hasta que vuelves al instituto veinte años después y descubres que también estaban cansados, que también dudaban, que también improvisaban exámenes porque la vida no da para más. Y te reconcilias un poco, porque al menos ellos no fingían tanto. Ellos eran como esa bici vieja que hace ruido pero nunca te deja tirado.

Orfandad moral y sin mitos
Ilustración: NANA PEZ
No perder la fe

Y luego está la Iglesia. Esa sí que era una institución firme, como un pedal bien engrasado. En ella has crecido y, hasta incluso, trabajado durante una década. Aún recuerdo cuando un veterano empleado de la Curia, compañero de verdad, me dijo una frase lapidaria en mi primer día de trabajo: con lo que vas a ver y vivir aquí no pierdas la fe. Hasta que empezaron a salir verdades que chirriaban más que una cadena sin aceite. Y tú, que creciste escuchando homilías sobre la verdad y la justicia, te encuentras con silencios que pesan como una cuesta arriba en agosto. Una de esas cuestas que te hacen replantearte si no habría sido mejor ir andando.

Al final, lo que queda es una especie de orfandad moral. Una sensación parecida a cuando vas en bici por la ciudad, confiado, y de repente un coche te abre la puerta sin mirar. No te caes, pero te cambia la ruta. Y te preguntas: ¿y ahora qué? ¿A quién miro? ¿Quién me explica cómo se vive sin decepcionarse cada dos días?

Mirar a la gente normal

La respuesta es sencilla: a nadie en pedestal. Mejor mirar a la gente normal. A los que no presumen de héroes. A los que no prometen verdades absolutas. A los que hacen lo que pueden, que ya es bastante. A los que no necesitan capa ni sotana ni columna diaria para sentirse importantes. Por cierto, pese a todo lo vivido, aún no he perdido la fe y sigo mirando a la Iglesia como una madre que no es infalible sin perder la crítica.

Quizá la adultez sea eso: aprender a pedalear sin mitos, sin ídolos, sin superhéroes. Y descubrir que, en el fondo, tampoco hacen falta. Que la vida, como la bici, se sostiene mejor con equilibrio, un poco de humor y alguien que no te suelte cuando tropiezas. A un palmo del suelo —y a dos de la rueda delantera— es donde se ve todo más claro.

Algoritmo de la magnífica humanidad

Algoritmo de la magnífica humanidad

En mitad de este escenario salpicado de estupores, sumarios, registros, autos y tregua sí o tregua no, nos llega un documento que uno abre con la misma actitud con la que mira la factura de la luz: miedo, resignación y la sospecha de que algo muy grande se nos está escapando. Que  ahí afuera hay un alien que asoma la cabeza. La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, entra justo ahí, en ese territorio donde la tecnología promete salvarnos mientras nos va convirtiendo en datos. Un recordatorio de que, mientras discutimos si la Inteligencia Artificial nos va a quitar el trabajo o solo las ganas de pensar, quizá estemos levantando una torre de Babel con fibra óptica.

En vísperas de llegar a España, con una imagen que choca con la de los machos alfa embarcados en guerras, invasiones e intrigas por doquier, resulta que el Papa que vino de los Estados Unidos nos dice sin rodeos que la IA corre el riesgo de “reducir a las personas a simples engranajes de un sistema” y de delegar decisiones en máquinas “que carecen de compasión, misericordia y perdón”. Ahí es nada.

Torres de datos

La encíclica plantea una imagen potente: construir Babel o reconstruir Jerusalén. Babel es ese proyecto de uniformidad, de traducirlo todo —incluida la persona— en rendimiento. Jerusalén, en cambio, es el camino de Nehemías: escuchar, reconstruir vínculos, repartir responsabilidades. Y uno piensa: ¿qué estamos levantando aquí, en estas ciudades invadidas por coches y escasamente ciclables? ¿Una torre de datos que nos vigila o una ciudad donde aún se pueda hablar sin que un algoritmo complete la frase?

Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que ya vivimos en Babel: algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos, qué opinamos; plataformas que saben más de nosotros que nuestra madre; y un mercado digital que, como recuerda el Papa, está controlado por “grandes entidades corporativas transnacionales” que no rinden cuentas a nadie. Es la economía oculta de la IA. El tecnofascismo desarrollado por las teorías poshumanas y transhumanas de Silicon Valley.

Mientras aquí discutimos si ChatGPT escribe mejor que un becario, el texto recuerda que detrás hay “millones de personas mal pagadas que etiquetan datos” y menores que extraen minerales para nuestros móviles. Es decir, que la nube tiene barro, y del espeso.

Infografía sobre la encíclica Magnifica humanitas generada por IA
Recupera la Doctrina Social de la Iglesia

León XIV insiste en que la técnica debe servir al bien común, no a la idolatría del lucro. Y recupera principios de la Doctrina Social de la Iglesia que suenan casi revolucionarios en tiempos de patentes y monopolios: el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la justicia social. En el entorno digital, dice, los datos deberían gestionarse como bienes comunes. Imaginemos eso aplicado a las plataformas que usamos cada día: sería como pedirle a la Plaza Circular de Murcia que dejara de ser una rotonda y se convirtiera en un ágora. Difícil, pero hermoso.

También mete el dedo en la llaga del progreso sin límites. Advierte contra la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad, como si ser humanos fuese un error de fábrica. Frente a eso, recuerda que “la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso”. Vamos, que no necesitamos ser perfectos: necesitamos ser decentes.

Y luego está la advertencia sobre el lenguaje. Pide evitar “las palabras que humillan o enfrentan” y optar por la claridad que ilumina. En tiempos de redes sociales donde cada tuit es una pedrada, esto suena casi revolucionario. O ingenuo. O ambas cosas.

Qué mundo queremos

La pregunta final es sencilla y brutal: ¿qué queremos que sea la tecnología? ¿Una torre que nos vigila desde arriba o una ciudad que reconstruimos entre todos? La respuesta podría estar escrita en cualquier muro de nuestros barrios: “Nadie se salva solo, tampoco en la red”. La tecnología puede curar, conectar y educar, pero también puede dividir, descartar y deshumanizar. Y la primera decisión no es si decimos sí o no a la IA, sino qué tipo de mundo queremos construir con ella.

Quizá ahí esté la clave. No se trata de apagar la IA ni de abrazarla como si fuera la nueva patrona. Se trata de hacerla habitable, discutible, plural. De que no decida por nosotros. De que no convierta la vida en un Excel. De que no nos robe la conversación, que es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla. De ahí su apuesta por cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo, porque es tiempo “para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”. Y, sobre todo, de recordar que seguimos siendo humanos. Magníficamente humanos, incluso cuando la tecnología nos mira desde arriba como si fuéramos un dato mal formateado.

Educar no es eso

Educar no es eso

Estamos en la recta final del curso escolar. Que se lo digan a esos chavales y chavalas que apuran los últimos días antes de comparecer ante ese juicio sumarísimo que son las pruebas de acceso a la universidad. Las viven como nosotros lo hicimos en su momento con la temida Selectividad. No quiero hacer spoiler pero, como sé que no leerán esta columna, al final  descubrirán que la cosa no era para tanto. Eso sí, a sus nervios se suma la ansiedad desbocada de esos progenitores que parecen engrosar la lista de aspirantes en busca del aula donde examinarse.

Porque a un palmo del suelo —y a veces con el manillar un poco torcido— uno descubre que la educación de los hijos se ha convertido en una especie de deporte de riesgo… pero para los padres. No para los críos. Ellos, en realidad, siguen siendo bastante buenos en lo suyo: aprender, equivocarse, levantarse, volver a equivocarse y, si hay suerte, llegar a clase o a otros lugares deseados sin haberse estampado contra un contenedor. Lo de siempre.

Sobreprotección en los pasillos

Un fenómeno curioso es la sobreprotección que se cuela en los pasillos de los colegios e institutos. Profesores que reciben correos a medianoche porque “mi hijo dice que le has puesto un 7 y él siente que es un 9”. O padres que exigen reuniones urgentes porque su criatura ha descubierto que estudiar cansa. La escuela se convierte entonces en un campo de batalla donde los adultos discuten mientras los niños observan, aprendiendo —sin querer— que la responsabilidad es negociable y que siempre habrá alguien para sacarles del apuro.

La educación no es un servicio de atención al cliente. La de verdad, la que deja huella, necesita que los padres demos un paso atrás. Que confiemos. Que aceptemos que un suspenso no es una tragedia, sino un aviso. Que un conflicto en el patio no es un drama, sino un ensayo general de la vida adulta. Y que una profesora, un profesor, no son enemigos, sino unos verdaderos aliados.

Adultos con problemas

A estas alturas de la película no quedarán dudas de que buena parte del problema somos nosotros, los adultos, que hemos decidido que la infancia, la adolescencia y, si me apuran, la juventud, son territorios minados de los que solo se sale indemne si mamá y papá van despejando el camino como si fueran una brigada de artificieros. Y claro, así no hay quien crezca. Ni quien pedalee.

Cuando ahora contemplo a esos padres y madres que llevan a sus hijos hasta la misma puerta del centro escolar (y si les dejasen, los sentarían en el aula) recuerdo a finales de los 90 uno de los momentos más especiales vividos en los Países Bajos. Niños y viejos, madres y ejecutivos, todos en bici a primera hora de la mañana, camino de sus ocupaciones. Unos, al cole. Otros, a sus recados. Ellas y ellos a sus trabajos. Y por encima de todo, el respeto a quien circula sobre dos ruedas.

Ilustración | NANA PEZ
Cultivar la autonomía

Creo que coincidirán conmigo en que la autonomía no se enseña con discursos, sino con distancia. Con ese gesto tan poco moderno de cortar los lazos, que no es abandono ni desamor, sino la única forma de que un chaval, una chavala, descubran que pueden sostenerse sin que les sujeten el manillar. Que pueden cruzar una calle, resolver un conflicto, entregar un trabajo tarde y asumir las consecuencias sin que un adulto los rescate como si fuera un diplomático en misión internacional.

Cada generación cree que la anterior lo hizo fatal. Esto también es un clásico. Los de ahora dicen que los de antes eran demasiado duros. Los de antes dicen que los de ahora son demasiado blandos. Y así, generación tras generación, como si la educación fuera una especie de competición olímpica en la que siempre ganan “los de antes”.

Dejemos espacio

Pero la verdad es más sencilla: educar siempre ha sido un lío, y cada época ha tenido su propio monstruo bajo la cama. Antes era la calle. Luego la tele. Después los videojuegos. Ahora el móvil. Y en todas, los padres hemos tenido la tentación de pensar que, si controlábamos lo suficiente, el mundo no haría daño a nuestros hijos. Nuevo spoiler: el mundo siempre encuentra la manera.

La paradoja es que la autonomía solo florece cuando dejamos espacio. Cuando permitimos que los hijos se equivoquen sin convertir cada tropiezo en un expediente. Cuando entendemos que proteger no es impedir, sino acompañar. Cuando aceptamos que la bicicleta, tarde o temprano, hay que soltarla.

Quizá por eso, cada mañana, cuando pedaleo por Murcia camino del trabajo, no puedo ocultar el brillo en la cara al cruzarme con chavales que van a clase en bici, con esa mezcla de torpeza y valentía que solo se tiene a los quince años. Y pienso que ahí, en ese equilibrio inestable, está la educación que funciona: la que se sostiene a un palmo del suelo, sin manos, con viento en la cara y con la certeza de que, si caen, sabrán levantarse solos.


Escuchar en YouTube

Escuchar en Spotify

El mal que dejamos pasar

El mal que dejamos pasar

Una noche de esta semana regresaba desde la Vega Baja del Segura a casa tras participar en la presentación del libro Trabajo humano, el reto pendiente (Ediciones HOAC, 2025) de Francisco Porcar, y me preguntaba si seguía teniendo sentido reflexionar sobre el mundo obrero. En concreto, construir una cultura del cuidado como utopía en torno al trabajo. No voy a negar que tenía mis dudas, sobre todo ante lo que está cayendo en el mundo, y la sensación de que somos una minúscula partícula en este gran tablero de la geopolítica.

Dos momentos de la presentación del libro «Trabajo humano, el reto pendiente», el pasado 21 de abril en Callosa de Segura (Alicante)

No obstante, cuando te recuerdan que 3 millones de personas mueren cada año en el mundo por  accidentes y enfermedades laborales, o que tan solo en España fallecieron 735 trabajadores y trabajadoras en 2025, entiendes que hay muchas heridas en el mundo del trabajo que reclaman no mirar hacia otro lado. Que la precariedad, la falta de futuro, la desigualdad, el economicismo, la deshumanización y el consumismo son algunas de las lógicas que deterioran la dignidad del trabajo.

 Todo en orden

Resulta que hay días en los que uno se levanta, se sube a la bici y piensa que el mundo se ha vuelto un sitio razonablemente normal. Abre la panadería, los críos van al cole, el personal empleado público ficha, los padres y las madres dejan a los niños en la puerta con el café aún caliente. Todo en orden. Y, sin embargo, basta rascar un poco para descubrir que la normalidad es ese barniz que ponemos encima para no mirar demasiado.

Lo recordaba leyendo a Monika Zgustova, que habla de cómo las sociedades se acostumbran al mal sin darse cuenta, como quien se acostumbra al ruido de una obra en la calle: primero molesta, luego irrita, y al final ya ni lo oyes. Y pensé que, sin necesidad de dictaduras ni gulags, aquí también tenemos nuestras pequeñas renuncias diarias, esas concesiones que parecen insignificantes pero que, sumadas, construyen un paisaje moral bastante feo.

Porque el mal no siempre llega con botas militares. A veces llega con zapatillas cómodas y un “bueno, tampoco pasa nada”.

El ml que dejamos pasar
Ilustración | Nana Pez

Pequeñas renuncias

Pasa, por ejemplo, cuando un profesor o una profesora deciden que educar es opcional, que su trabajo consiste en sobrevivir a la mañana y rellenar papeles. Y nosotros, lo dejamos pasar porque “bastante tienen con enfrentarse a las aulas”. Pasa cuando unos progenitores renuncian a ser padres y madres y delegan en la pantalla, en el colegio, en la abuela, en cualquiera que no sean ellos. Y lo justifican con un “es que no tengo tiempo”. Pasa cuando un empleado público —ese que debería ser la cara amable y eficiente de cualquiera de las administraciones— no cumple con su trabajo o te atiende como si le debieras dinero. Y tú, resignado, acabas pensando que “es lo que hay”.

Y así, a base de pequeñas renuncias, vamos construyendo una sociedad que tolera el mal no porque sea malvado, sino porque está cansada. Cansada de protestar, de exigir, de recordar que las cosas pueden ser de otra manera. Cansada de no querer líos.

Cómplices por comodidad

Zgustova cuenta que en los regímenes autoritarios la mayoría de la gente no es cómplice por convicción, sino por comodidad. Que el miedo paraliza, sí, pero también paraliza la pereza moral. Y que los autoritarios —los de uniforme y los de traje caro— se alimentan de esa apatía como quien se alimenta de la luz del sol.

Aquí aún no tenemos dictadores –aunque los identificamos claramente, porque son serviles ante el poderoso-, pero sí adoptamos esa tendencia a mirar hacia otro lado. A pensar que “esto no puede durar”, como si las cosas se arreglaran solas. A repetir que “ya pasará”, como si el deterioro democrático, la crispación política o la chapuza institucional fueran fenómenos meteorológicos.

Principio del fin

Y mientras tanto, seguimos tolerando pequeñas grietas: docentes que no enseñan, padres y madres que no educan, empleados públicos que no sirven y no cumplen, políticos que no rinden cuentas, ciudadanía que no exige. Grietas que, si no se tapan, acaban siendo un socavón.

Quizá la pregunta no sea por qué existe el mal, sino por qué lo dejamos pasar. Por qué nos cuesta tanto decir “hasta aquí”. Por qué preferimos la comodidad de la queja a la incomodidad de la acción. Por qué escogemos mirar hacia otro lado.

A un palmo del suelo, desde la bici, uno ve que la ciudad sigue funcionando. Que la vida, aparentemente, va bien. Pero también ve que, si no espabilamos, un día nos despertaremos y descubriremos que lo que parecía normal era, en realidad, el principio del fin. Y que lo dejamos entrar por pura pereza.


Si yo fuera diputado…

Si yo fuera diputado…

…me hubiera gustado ser el pasado martes Amadeo Marqués. Bueno, me conformo con haber estado en la piel (aunque sea en la imaginación) de este parlamentario aranés a la hora de su intervención de siete minutos frente a los bancos de la oposición prácticamente vacíos en un debate sobre persecuciones religiosas y protección a cristianos perseguidos.

Para algunos fue una parrafada de sacristía. Sí, diría yo, pero de sacristía bien ventilada, de esas que dejan a más de uno buscando el misal para ver si lo que ha dicho viene realmente en el Evangelio. Una homilía laica que puso a medio hemiciclo con cara de haber llegado tarde a misa y sin saber dónde sentarse.

Xenofobia vs cristianismo

Amador es socialista y cristiano. Sí, las dos cosas a la vez, que parece que a algunos les chirría más que un trono mal engrasado. Recordó algo que debería estar grabado en la puerta de cada sede política: la fe va de misericordia, no de repartir carnés de pureza. Y claro, eso en ciertos asientos sonó como cuando en Semana Santa se apaga una vela antes de tiempo: desconcierto, miradas cruzadas y un par de suspiros que parecían pedir la hora.

Lo mejor fue cuando soltó, sin despeinarse, que “un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano”. Ahí los escaños se quedaron tiesos, como si hubiera pasado la procesión del Silencio. Y no porque la frase fuera nueva —la dijo el arzobispo Joan Planellas, lo recordó él mismo—, sino porque no están acostumbrados a que se les cite el Evangelio sin que sea para justificar un veto o un recorte. Y claro, eso en ciertos sillones sonó como cuando en una boda alguien recuerda que el menú no incluye marisco: un silencio incómodo, miradas al suelo y algún carraspeo de emergencia.

Fe no es arma política

Luego vino la escena que ya es candidata a meme: la Sagrada Familia en la España de hoy. Según Marqués, el PP los llamaría inquiokupas, les negaría el escudo social y Vox los expulsaría por migrantes. Y uno, que pedalea cada día viendo cómo se mira a los recién llegados y a quienes ya están aquí un tiempo como si fueran obstáculos en la calzada, no puede evitar asentir. La parábola no es tan parábola cuando la realidad se empeña en confirmarla.

Entre cita y cita —que si Irak, que si el Líbano, que si los cristianos que huyen de guerras que algunos todavía justifican—, el diputado fue dejando caer una idea sencilla, casi de catequesis de barrio: la fe no es un arma política, ni un azote, ni un sello de identidad tribal. Es, o debería ser, una forma de mirar al otro sin miedo ni cálculo electoral.

En un país y en una región como la nuestra algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon, para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos

Y al final remató con un “Amén” que no sonó a cierre litúrgico, sino a “a ver si os aplicáis el cuento”. Un amén de esos que no piden incienso, sino coherencia. Un amén de esos que, si lo escuchas desde la bici, te hace levantar la vista del manillar y pensar que igual no todo está perdido.

No usar a Dios

Porque en un país y en una región como la nuestra donde algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon —para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos— escuchar a alguien recordar que la fe es amor y no un azote es casi revolucionario. Y mira que no pedía tanto: solo que dejemos de usar a Dios como si fuera un tertuliano más.

Y si yo fuera diputado intentaría no perder el norte como, a mi juicio, lo hicieron el miércoles pasado quienes tumbaron la iniciativa legislativa que recogía que no se pudiera conducir con más de 0,2 gramos de alcohol por litro de sangre la tasa máxima de alcoholemia de los conductores. Esto supondría, en realidad, que no se podía tomar ninguna bebida alcohólica si una persona se iba a poner al volante.

Tasa de alcoholemia

Pero claro, al ser una propuesta del Grupo Socialista, qué barbaridad, había que tumbarlo y que no saliera adelante con razones para todos los gustos. Las señorías del PP, Vox, ERC y UPN no atendieron las demandas de la asociación Stop Accidentes que, en boca de su vicepresidente, había afirmado que “salvar vidas no tiene color político ni ideología. Reducir la tasa de alcoholemia al volante es una cuestión de solidaridad y de sentido común. Y quienes voten en contra de ello van a tener que explicárselo a las decenas de miles de familias que han perdido a un ser querido en nuestro país y que son más de 70.000 en los últimos 25 años”.

Mientras que al adversario político –o en la vida civil, a quien no piense como yo- se le vea como un enemigo (y ya se sabe que al enemigo, ni agua) seguiremos dándonos palos incapaces de alcanzar medidas en favor del bien común. Mientras sigamos perdiendo el norte, apañados vamos.


Ilustración | NANA PEZ

Pensar a cámara lenta

Pensar a cámara lenta

Quién me iba a decir a estas alturas de la vida que el principal peligro como ciclista urbano tiene forma de peatón. Sí, de persona de cualquier edad, tipo y condición con la cabeza y el corazón agachados en la realidad inmediata. Transeúntes que cruzan los pasos de peatones en cualquier momento, como daltónicos anónimos. Peatones que andan a ciegas por la acera o llevan el carrito del bebé –también el de la compra- sin prestar más atención que a la última ocurrencia en Tik Tok o al mensaje ingenioso de WhatsApp.

No se pueden imaginar el momento en el que sentí como propio el porrazo contra una farola que sufrió un deportista mientras andaba a paso de marcha con los ojos puestos en su teléfono, ese aparato mal llamado “inteligente”. Casi tan triste y doloroso como contemplar a la hora del desayuno, junto a la puerta de un instituto, a esos encorvados adolescentes con el bocadillo en una mano y el móvil en la otra. Juntos, pero solos.

Avance y rapidación

Estos días, además, uno siente que vivimos con el dedo pegado al botón de avanzar rápido. Los audios al 1,5x, los vídeos cortados antes del desenlace, los artículos “leídos” en lo que dura un semáforo en verde de la Gran Vía. Todo va tan deprisa que, a veces, no sabemos si nos estamos informando… o simplemente pasando pantallas. La prisa se ha convertido en forma de vida, como si el Segura bajara siempre en avenida y nosotros tuviéramos que saltar de piedra en piedra para no mojarnos. Y claro, en ese juego terminamos empapados de titulares, de mensajes rápidos, pero secos de ideas.

Apunten un término que ya ha cumplido diez años: rapidación. Es el nuevo fenómeno que nos afecta a casi todas las personas en esta sociedad del bienestar. Consiste en dar, precisamente, a nuestros quehaceres cotidianos un ritmo desorbitado. Todo hay que hacerlo… muy deprisa, muy rápido. Como dice un buen amigo: Señor, dame paciencia… ¡pero ya! Como muchas otras cosas, le debemos a Francisco esa llamada de atención con esa palabreja que utilizó en el número 18 de su encíclica Laudato si del año 2015. No se la pierda. 

 

Ilustración| Nana Pez

A esta dieta acelerada se ha sumado un ingrediente nuevo: la papilla de contenidos generados por inteligencia artificial. No hace falta que sea falsa para ser mala; basta con que no exija nada. Son textos correctos, razonables, hasta simpáticos… y, sin embargo, intercambiables. Lo mismo hablan del cambio climático que de la receta del pastel de carne, con el mismo tono uniforme que deja a la cabeza en punto muerto. Lo llaman ‘AI slop’, y, aunque el nombre suene moderno, el daño es de siempre: mucha palabra, poca sustancia.

No se trata de demonizar la tecnología. Antes, un buen texto te pedía un pequeño pacto: yo te doy una historia, tú me das atención. Ahora, cuando algo no entra suave, lo descartamos. Y ahí ganan las líneas automáticas: fluyen, resbalan, no rozan. Pero precisamente por eso, no enseñan. Pensar —pensar de verdad— tiene siempre algo de fricción, esa duda que te hace volver a una frase, ese dato que te arruga la frente y juntas las cejas, esa idea que no encaja del todo y te obliga a recolocar piezas. Si todo cuadra a la primera, sospeche: a lo mejor no había nada que cuadrar.

Como afirma Carmen Torrijos, el  contenido masivo y superficial generado por IA no es solo un problema, también es un síntoma. La tecnología amplifica un modelo de consumo que premia la fluidez y agota nuestra capacidad de atención.

Recuperar la pausa

La solución no creo que pase por apagar pantallas ni por atrincherarnos en la nostalgia. La salida, me temo, es más prosaica y exigente: afinar el criterio, bajar una marcha, buscar fricción. Preguntarnos quién firma lo que leemos y por qué existe. Valorar más un texto con una idea propia, aunque tropiece en estilo, que una redacción perfecta sin nadie que la sostenga. Y, cuando podamos, anclar la conversación en datos, en historias concretas, en experiencias que tengan nombre y apellidos.

Conviene reconciliarnos con el tiempo y la atención. Las prisas nos están saliendo caras: confundimos rapidez con conocimiento y comodidad con verdad. Pero la cabeza no es una autopista de peaje; se parece más a la subida a La Fuensanta o al Relojero: caminos con curvas, repechos y vistas que solo aparecen si aflojas. Quien los haya hecho sabe que, al coronar, el paisaje se ve distinto. Pues con las ideas pasa lo mismo: necesitamos aire para descubrir qué merece la pena y qué es puro relleno.

Así que propongo un gesto humilde, casi doméstico: recuperar la pausa. Dejar un párrafo sin terminar y volver luego. Subrayar una frase que no entendemos del todo. Preguntar “¿quién responde de esto?”. Y, de vez en cuando, elegir a conciencia una lectura que nos dé guerra, como quien elige la ruta larga por El Valle para sudar un poco. No nos hará menos modernos; quizá nos haga más dueños de nuestra atención.

La vida por delante

La vida por delante

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

En el instante en el que una joven universitaria me llamó de usted al finalizar una clase descubrí que había empezado a ser mayor. Fue un zasca en toda la boca frente a la creencia de que todo el mundo es bueno y que somos todos lo mismo. Cuando se recurre al pronombre en cuestión es que la persona que tienes delante te merece respeto o está poseída de una cierta autoridad. O que la coronilla ya es patente. Se había acabado el tiempo de percibirme uno más en los ambientes de la calle. Hubo un tiempo, una vez, en que siempre fui el más joven en los lugares donde deambulé.

Desde niño recorrí los espacios de los adultos. Y me sentía cómodo. Creo que les sorprendía que un pipiolo hablase como ellos y coincidiera en sus gustos, lecturas, preocupaciones y demás. Hasta que años después descubrí que, en realidad, no había tenido infancia. Al menos de una manera consciente. Adoraba a los mayores en busca de una identidad que no era capaz de configurar.

Nuevo escenario

Al cabo de los años he descubierto que en el camino hacia la vejez se transita por un territorio repleto de circunstancias salvables y que merecen toda nuestra atención. Asimismo, constato que hay un nuevo escenario en el que no me siento cómodo. No es otro que aquel en el que se alcanza la edad en la que ya todo parece entrar en la recta final para que quien se sitúa en ella. Esto es, que quienes vienen por detrás empiezan a desbrozar su camino apartando todo lo que presenta por delante. Es una mezcla de la práctica del adanismo por jóvenes generaciones que carecen de memoria con el ejercicio, por el contrario, de una tácita descalificación hacia quienes nos han precedido.

Para quienes despliegan el apartheid por razones temporales el catálogo de personas prescindibles es amplio.

Bien es verdad que en este itinerario aparecen aquellos que sufren el síndrome de Peter Pan, ya que son incapaces de asumir las obligaciones propias de la edad adulta. Pero no se trata de eso. Es más. Se ríen de quienes les han precedido en los escenarios en los que ahora son protagonistas. Bien sean en el mundo de la política, la empresa, la enseñanza o de cualquier otro ámbito de la sociedad civil. Además de la sorna, la ironía o la simple descalificación, ejercen la segregación de los espacios en los que se toman decisiones de cualquier signo.

Aprender de otros

Para quienes despliegan ese apartheid por razones temporales el catálogo de personas prescindibles es amplio. Mujeres y hombres de la actividad política presentados como carcamales, actrices y actores que no encuentran papeles que representar, maestros y maestras relegadas a los peores horarios, empleados y empleadas públicas que se llevan tras su jubilación todo su bagaje y conocimientos sin haber tenido la oportunidad de desarrollar un relevo generacional en condiciones. Qué decir de aquellos artesanos que ven desaparecer sus habilidades y recursos por no encontrar quién siga sus pasos o aquellas profesionales que pasan de un día a otro a la monotonía de una vida carente de sentido.

Cuánto nos queda por aprender de esas culturas tradicionales en las que la edad es un valor añadido para el presente y el futuro de nuevas generaciones. No hay que irse a un poblado africano para comprobar que la persona anciana merece toda la consideración. En la cultura gitana, sin ir más lejos, es fácilmente comprobable esto que les hablo. Abuelas que, como gallinas cluecas, son capaces de garantizar el día a día de hijos y nietos llenando la olla de forma misteriosa, o patriarcas que son atendidos hasta el final de sus días por toda la prole, sin que les falte el cariño y la preocupación.

Final del camino

Entre un extremo y otro hay un lugar en el que cuidar el tránsito de una etapa de construcción de la persona adulta hacia otra en la que la madurez y la experiencia se convierten en valores añadidos. El final del camino, por suerte o por desgracia, nunca se sabe cuándo va a llegar. De ahí que sea imprescindible el respeto al presente. De quien lleva poco tiempo y de quienes nos han precedido.


Ofertas de sentido

Ofertas de sentido

Con lo de las ofertas del ‘Black Friday’ me pasa como con la lotería de Navidad: que una vez decides que te sales del juego, ya no tienes problema alguno para que te afecte el ruido continuo de las propuestas de compras de todo tipo que te llegan por múltiples canales. De poco sirven los intentos de que caigas en aprovechar, siempre supuestamente, alguna ocasión de ser el objeto de gangas. No hay mala conciencia si has dejado pasar esa oportunidad que parecía reservada exclusivamente para ti. Que paren el mundo, que yo me bajo. Porque hallas la manera de entender que la sinrazón es la guía de los comportamientos de quienes te rodean.

Ideas erróneas

Cuando, además, descubres que el Viernes Negro es el día siguiente al de Acción de Gracias, y que todo viene del otro lado del Atlántico, el cabreo pasa a ser mayúsculo. Entonces te das cuenta de que su único interés es el de tratar de convertirte en una marioneta. Es más, aciertas en revelar que quienes manejan los hilos no son otros sino los que embotan tu conciencia de ideas erróneas sobre lo que verdaderamente tienes necesidad. Vamos, que te convierten en una persona sin control y solo dejada de la mano de sus impulsos más primarios. Eso sí, para engrosar la cuenta de resultados de empresas dispuestas a cubrir sus necesidades pecuniarias. Aquí ya no vale inteligencia humana alguna. En el juego aparecen otras inteligencias, especialmente la artificial, siempre y cuando el mercado sea el auténtico protagonista.

Juicio fácil

Darte cuenta de que estás en manos del calendario que otros programan es una experiencia que, en ocasiones, puede llevarnos a caer en la indiferencia. En especial, cuando sientes que las riendas de tu vida las llevan personas o elementos ajenos a tu voluntad. Sucede algo parecido cuando nos dejamos contaminar por el mal ambiente o la toxicidad del momento social o político que atravesamos. O cuando se pierde la perspectiva para la escucha, la comprensión y poder ofrecer una respuesta que no sea la descalificación, el juicio fácil o la simple reacción a la defensiva.

Despertar al mundo de la consciencia, del presente sin más, de la realidad repleta de pluralidad sin caer en el prejuicio, en lo previsible o en el discurso simplista de lo blanco o lo negro, es el gran reto que está ahí afuera.

Nuevo escenario

Al sacudir el polvo que contamina la realidad es cuando el panorama sombrío deja de serlo para entrar en una nueva dimensión. Las peleas, los gritos, los desacuerdos, los conflictos o los enfrentamientos apenas te pasan factura. Porque son meras ramas que impiden ver el bosque de las emociones, esas que son capaces de movilizarnos hasta extremos insospechados. La irascibilidad da pie a un territorio en el que te permites sentir como pasan a tu lado las tensiones, los aprietos o los trances que hasta entonces poblaban toda la existencia.

La capacidad de encontrar un nuevo escenario en el que desenvolverse es más sencillo de lo que parece. En ello debemos poner el empeño si queremos dar el paso para no tropezar cien y mil veces en la misma piedra. Y mira que los humanos parecemos estar hechos de una manera defectuosa, ya que caemos y recaemos en los mismos errores, incluso en diferentes etapas de la vida. La meta está en desbrozar todos aquellos obstáculos que surgen y desaparecen como si fueran las pruebas a superar de cualquier videojuego que se precie. 

Deseo de cambio

No hace falta aplicar defensas, eliminar enemigos o buscar alianzas contra natura, porque la calzada quedará expedita simplemente con la aplicación voluntariosa de desear el cambio. Es más fácil de lo que creemos. Simplemente hay que emplearse en ello y no decaer si aparece alguna dificultad. El resultado merece la pena.


ILUSTRACIÓN | NANA PEZ
La última puntada

La última puntada

ILUSTRACIÓN | EVA VAN PASSEL GAMBÍN

En plena vorágine a causa de la polarización política, las preocupaciones por el encendido de luces navideñas, los sobresaltos por la subida de los precios y los bombardeos de los ‘single days’, ‘Black Friday’ y demás zarandajas consumistas, se asoma la cotidianidad. Esa que lleva consigo los pequeños acontecimientos de la vida que conforman el verdadero relato de la actualidad de la gente común. Esa que no termina de completar el cambio de temporada en los armarios y lleva un lío de ropa de mil demonios. La que empieza a preguntarse dónde cenará en Navidad. La que ansía en que finalicen las obras en su ciudad o la que se sorprende del porqué de esa proliferación de tiendas de productos y accesorios para uñas, bien sean de gel, acrílico, polygel, de esmaltado permanente o decoraciones. Un sinvivir, ya lo ven.

Irse del mundo

La muerte se cruza en esa ruta de la normalidad y, en algunos casos, en silencio y sin llamar la atención. Como la que he vivido este pasado fin de semana con la marcha de la hermana Catalina Mediola, ‘Cati’, una religiosa de la orden Concepcionista Franciscana de la comunidad del convento de Santo Antonio, en Murcia. Una marcha que ha sido la confirmación de que nos vamos de este mundo, en buena parte de las ocasiones, como hemos transitado por él. En su caso, calladamente, de manera imperceptible, rodeada de las personas con las que ha compartido cercanía en su opción de vida y con tiempo suficiente para la despedida de familiares y amigas. Una muestra de que el paso a otra dimensión se puede recorrer desde la contemplación amorosa a su nuevo estado.

Sencillez y humildad

Cuando la velaba en el silencio de la capilla monacal, repasaba aquellos valores que habían sido su sello a lo largo de más ocho décadas de vida. Cualidades necesarias que cobraban especial sentido en estos días donde el ruido, el odio, los insultos y las descalificaciones sin más se han convertido en moneda común. Tanto es así que estamos contagiados de una irascibilidad imperdonable frente a la búsqueda del bien común.

En el inventario rememorado ante las imágenes de Clara de Asís y Antonio de Padua destacaba la humildad, ese conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo a aquel. Por supuesto, ser una persona agradecida. También la sencillez para actuar sin pretensión, dobles intenciones ni vanidad, sino de modo sincero, espontáneo o natural. O el cuidado de cada detalle, emocionar con pequeños gestos, pensar con qué sorprender a cada persona, dedicar un poquito de su tiempo.

Don de la escucha

Que Cati fuese una artista de lo minucioso dan fe las innumerables piezas de frivolité o de encaje de bolillos que elaboró a lo largo de su vida. Pendiente de cada pormenor humano de quien se cruzase en su vida, ha sido el más vivo ejemplo de que no podemos pasar por la existencia de las personas sin conmovernos ante sus historias, ante sus ilusiones y desvelos. Incluso para intentar una última puntada a la ropa de quienes han sido sus cuidadoras en los últimos días. Un botón a punto de desprenderse o una costura suelta eran motivo suficiente para una invitación a bordarlos.

Las religiosas contemplativas tienen ese don especial para no dejar escapar ese pespunte, ese dobladillo, ese hilvanado. Es el don de la escucha, de captar lo que se esconde detrás de unos ojos, de una mirada, de un gesto. Seducidas por la gracia de quien nos quiere por encima de todo, la vida contemplativa está repleta de una actividad que trasciende los muros de un monasterio. Poseen la fuerza incontenible que les permite la capacidad de alcanzar la esencia del corazón de quienes deambulamos en el proceloso mar de la vida ordinaria. Una fortaleza que llega de quien nos trasciende y que se hace vida en la oración, verdadero alimento que no sufre de altas y bajas de precios, que no es pasto de especuladores ni de índices bursátiles. Cati, como el resto de sus hermanas, nunca da puntada sin hilo.


De izquierda a derecha, Concha, Cati y Maribel, junto a otra hermana de la orden concepcionista franciscana, en el Obrador Convento San Antonio (calle Zarandona, 4, en pleno centro de Murcia), donde se venden los productos artesanos elaborados por esta comunidad religiosa.

Cati es una de las tres últimas religiosas de la orden Concepcionista Franciscana que mantvieron abierta la comunidad del Monasterio de La Encarnación en Yecla (Murcia). Junto a sus hermanas Concha y Maribel se trasladó hace unos años al Convento de San Antonio, en Algezares (Murcia), donde falleció el pasado viernes 10 de noviembre. Desde niño he estado siempre muy ligado a esta comunidad contemplativa. En su convento de Yecla participé en sus encuentros de oración, además de meditación zen. Fui testigo de su cercanía a la gente, desde la clausura, y su iglesia está ligada a celebraciones familiares y parroquiales. El ejemplo de vida y de ejntrega generosa a la contemplación siempore están presente en mi vida y en la de mi familia.

Ética del cuidado y kardía

Ética del cuidado y kardía

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Entre el nuevo y grave episodio del conflicto palestino-israelí y la imagen de la España se rompe protagonizada por esos grandes personajes de la unidad y la concordia, como son Abascal, Ayuso y Feijoo, me permito introducir un espacio de sosiego para reflexionar sobre de lo que apenas se habla en lo que nos va la vida: el cuidado. En concreto, sobre El principio ético del cuidado (La Tapia, 2023), un libro que vio la luz a comienzos de este año de la mano de dos editores del extrarradio geográfico y del pensamiento académico crítico, Juan Escámez Sánchez y Ramón Gil Martínez. Un texto que nace afectado de lleno por la experiencia de la pandemia en nuestras vidas y el conflicto entre Rusia y Ucrania. Desde la constatación de la vulnerabilidad del ser humano, que traspasa aquella convicción de que todo estaba bajo control.

Vulnerabilidad

A este contexto que ha dado tantos frutos bibliográficos se le pueden sumar una infinidad de situaciones vitales que salpican la realidad de lo cotidiano o de lo que, aparentemente, pueda resultar más distante. Hablamos de los dramas humanitarios en cualquier parte del planeta, las migraciones, los desastres naturales y aquellos provocados directamente por la intervención del hombre. Nuestra civilización tiene mucho de gigante con pies de barro. Es precisamente esa vulnerabilidad la que nos ha llevado con más intensidad a la afirmación de que necesitamos cuidados y a preguntarnos si sabemos los que nos pasa, si estamos preparados para ellos, qué podemos hacer y, sobre todo, a quiénes afecta la realidad del cuidado.

Universalización del cuidado

A lo largo de los nueve capítulos que componen esta monografía tenemos elementos más que suficientes para entrar en el juego de la reflexión, el análisis científico y el rigor intelectual y a la vez poner los pies en el suelo para salir al encuentro, con el resto de los mortales, en las periferias de nuestros mundos. Desde los fundamentos de la ética del cuidado a los sujetos de la misma, para acabar con la relación con la Inteligencia Artificial, el sistema educativo y la universalización del cuidado en la familia humana.

Un apartado, sin embargo, que, a mi juicio, es uno de los meollos de este trabajo, es el que tiene que ver con el cuidado de uno mismo. Porque a estas alturas de la película, además de definir al ser humano como vulnerable, esto es, reconocerlo como ser relacional, interdependiente e inacabado, podemos afirmar que quien no sabe cuidar su cuerpo, su mente y su corazón no podrá acoger con verdadera entrega ni responder adecuadamente a la demanda de cuidados de las otras personas.

Huir de la autosuficiencia

La semana pasada, al hilo de la última columna sobre lo irascible que estamos, un amigo de hace años y colega en estas mismas páginas me decía que todo eso de lo que hablaba se curaba con la edad. Seguro que tiene razón, pero intuyo que, además, necesitamos ponernos frente al espejo de nuestra realidad para una sincera búsqueda del sentido y de la relevancia del cuidado de uno mismo. Pesquisas, como reconocen los autores, en las que debemos alejarnos de posiciones narcisistas sobre el propio yo, que generalmente conducen a no conocerse a sí mismo, sino a identificarse con imágenes proyectadas, en cierto sentido falsas y alienantes. También habrá que huir del paradigma falaz de la autosuficiencia producto de la fantasía del subjetivismo y del individualismo. ¿No les suena esto ante tanto ego suelto en nuestros ambientes o en las realidades de la política y el trabajo profesional?

El cultivo del pensamiento crítico, el cuidado del propio cuerpo y mente, el fomento de la autoestima, la fuerza de la voluntad y el cultivo de la inteligencia emocional son los ingredientes esenciales para un camino que nos lleva de la prosocialidad (nuestra preocupación por el otro) a la fraternidad universal. Es el vínculo que articula a todos sin distinciones y, porque une, mueve a corregir las desigualdades y a ejercer la libertad con más responsabilidad. Fratelli Tutti, la encíclica del papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social, centra su mirada, precisamente, en dos actitudes vitales: el cuidado y el encuentro, que deben impregnar todas las respuestas a los procesos de reconstrucción y recuperación que necesitamos. Y ello, tanto en el plano personal como en el comunitario.

Apuesta por la cordura

La defensa del principio del cuidado no entra en contradicción con el principio de la justicia. Ésta propugna el trato igual a todas las personas, mientras que el que sostienen los autores, el primero, propugna lo contrario: el trato desigual a todas ellas. Se basa en la dependencia y la vulnerabilidad del ser humano frente a la autonomía promulgada por el de justicia. Pero no se contraponen. Sobre todo, si, como Adela Cortina, apostamos por la cordura en estos tiempos, virtud humana por excelencia en la que confluyen la prudencia, la justicia y la kardía, la virtud del corazón lúcido. Casi nada. De ahí que formar en la compasión, en la capacidad de ser con otros y de comprometerse con ellos es, a su juicio, la clave irrenunciable de la formación humanista que debe ofrecerse en el siglo XXI. Sumérjanse en este libro y seguro que encuentran motivos para la esperanza y el comienzo de un camino para contemplar su realidad de otra manera. Y si no es suficiente, busquen los diez problemas que Jorge Bergoglio considera que hay que acometer para un futuro con esperanza, con el que los autores cierran su trabajo. Casi nada.


Por gentileza de los autores, el libro está disponible para ser leído y/o descargado desde aquí.


A cara de perro

A cara de perro

Ilustración | NANA PEZ

Percibo en los últimos tiempos un constante empeoramiento en cómo nos relacionamos los humanos. Tenemos la piel muy fina en el trato, de tal manera que saltamos a la primera de cambio

Quien tiene o ha tenido un perro sabe que, por muy dócil y obediente que sea, hay otros canes que les provocan un enfurecimiento tal que son difícilmente controlables. No se conoce muy bien la razón de por qué se alteran de tal manera que pierden el sentido cuando se cruzan por la calle o se advierten desde un balcón, una puerta de garaje o en un encuentro fortuito en el pipicán. Despiertan su lado más fiero y no consiguen calmarse hasta que ya están a una prudencial distancia… aunque siempre ojo (y olfato) avizor.

Algo similar ocurre con las personas, pero de una forma más habitual que los singulares casos de los cánidos. Percibo en los últimos tiempos un constante empeoramiento en cómo nos relacionamos los humanos. Tenemos la piel muy fina en el trato, de tal manera que saltamos a la primera de cambio, nos erizamos y sacamos la parte más salvaje del género humano. Imagino que se han fijado ustedes en que nos hablamos con un volumen de voz muy alto, estallamos ante cualquier comportamiento de alguien que no se ajusta a lo que esperamos de ella. La tolerancia la dejamos a un lado y nos colocamos en posición de combate como si nos fuera la vida en ello.

Afrenta y duelo

Que alguien se nos cuele en la fila del autobús o del Mercadona lo consideramos como una afrenta merecedora de un duelo a pistola en toda regla. Si delante de nuestro coche llevamos otro vehículo que va un poco más lento de lo que consideramos correcto, su conductor merece un correctivo que empieza con el insulto y acabaría en el paredón. Si se nos cruza una bici o un patinete, aunque vayan por su carril correspondiente, les soltamos un estufido. No soportamos que la persona que atiende al público en cualquier oficina lleve un ritmo más pausado que el que para nosotros tendría que ser el ideal. Nos saltamos el semáforo cuando acaba de ponerse en rojo, y lo que es más grave, lo justificamos a nuestros acompañantes.


A lo sumo, somos capaces de reconocer que la polarización y el enfrentamiento son la tónica dominante

Molestan los gritos de los niños que están en la mesa de al lado en el restaurante. Nos irrita sobremanera que la camarera no nos limpie la mesa al instante en el bar o que el repartidor de Amazon llegue media hora más tarde de la prevista. Ni qué decir que la conexión de internet vaya lenta, que no nos respondan al instante un mensaje de WhatsApp o que la foto o el vídeo de marras no se abra a la orden de ya. Maldecimos al entrenador de nuestro hijo porque no lo saca de titular en el primer equipo y nos ponemos de los nervios si nuestra pareja nos coloca frente a nuestras contradicciones o incumplimientos de promesas. Y suma y sigue, despropósito tras despropósito.     

No seamos ingenuos

Vivimos un tiempo en el que, a lo sumo, somos capaces de reconocer que la polarización y el enfrentamiento son la tónica dominante. Eso sí, la culpa siempre la tienen otros, especialmente los políticos, que son los causantes de todos los males del mundo mundial que nos aquejan. Bien es verdad que sus comportamientos, en numerosas ocasiones, dejan bastante que desear. La reciente investidura fallida ha sido una muestra. Miedo me da la que se avecina, aunque el clima político arrastra un deterioro desde hace demasiado tiempo. Ya sabemos que cuando la derecha no gobierna se cae el mundo encima. Y que gobierno Frankenstein es todo aquel en el que no esté alguno de los partidos salva patrias.  

Pero no seamos ingenuos. No nos engañemos. De lo que estamos hablando es de que aquí cada quien y cada cual tiene su parte de responsabilidad. No escabullamos el bulto. La irascibilidad no entiende de fronteras ni de personajes, ideologías o colores. La cólera es patrimonio común de quien no es capaz de respirar con serenidad, de evaluar consecuencias, de serenar el ánimo y de ejercitar la santa paciencia. De cultivar más el silencio en esta tierra seca en la que hemos convertido nuestras monótonas vidas. 

Dueño de los silencios

La máxima aristotélica de que cada uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras debería de ser la principal norma de comportamiento en estos estridentes tiempos. Seguro que nos ayudaría a templar el ambiente si ponemos en práctica contar hasta diez, o hasta cien, quién sabe, antes de escupir una respuesta o una simple reacción ante algo que nos altere. Al menos nuestros hijos o nietos tendrán un referente distinto al que ven a diario en las actitudes de sus mayores. No olvidemos tampoco la desconexión digital y de que el mundo no se hizo en un día. Demos tiempo al tiempo y practiquemos.


¿Qué hay de nuevo, viejo?

¿Qué hay de nuevo, viejo?

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Quizá sea porque en unos días cumplo años y llego al final de una década. O porque me veo sentado en el sofá mientras pasa la vida. Quién sabe porque en el gimnasio me consuele ver a una octogenaria estirando en la barra. O tal vez porque ya en mi trabajo no sea el más joven y buena parte de las conversaciones tengan que ver con el período que resta de vida laboral. Acaso porque en la lista de Lo que no te puedes perder de Spotify no conozca a la mitad de las artistas o nunca me hayan atraído los videojuegos y me quedase en las máquinas de bolas. O la suma de todos estos elementos. El caso es que el tiempo cobra un nuevo sentido en la medida en que trato de vivir el presente sin permanecer anclado en el pasado ni estar en alerta ante el futuro.

Probablemente esa perspectiva explique de alguna manera el hecho de que tras las próximas elecciones podamos volver al pasado, sin pena ni gloria, y sin más razón aparente que la visceralidad de algo tan líquido o evanescente como un concepto asociado a un apellido. En realidad, no sé si puede servir de algo trazar una línea temporal entre la oscuridad y la luz para entender qué ha podido pasar entre un instante y otro. De lo que apenas cabe duda es que el género humano tropieza mil y una veces en la misma piedra, canto, china o guijarro. Y aquí paz y después gloria. No se trataría de un regreso sin más a una época remota sino a unas fórmulas de abordar la economía y los desafíos medioambientales ya conocidas. Aquellas que tienen que ver con dirigir el foco hacia el sálvese quien pueda. Y ya lo saben, en ese camino hay muchos que se quedan en los márgenes mientras que otros tratan de sobrevivir pagando un alto precio.

Repetir lo aprendido

Cuando nos empeñamos en mirar hacia atrás tenemos la oportunidad de hallar explicación a hechos que, hasta ahora, se habían sumado a la maleta que arrastramos sin apenas enterarnos. Aparece la tentación de repetir lo aprendido porque esa falsa seguridad nos permite creer que estamos en el camino correcto. No obstante, al final volvemos a caer en aquellos errores que, de manera cíclica, nos han impedido avanzar con un paso firme. Giramos sobre el mismo eje en el que se han sustentado, hasta entonces, nuestras convicciones. Y ello sin percibir que estamos otra vez en el mismo punto de partida. Nos conformamos en el autoengaño de haber caído en la cuenta de lo que hasta entonces no tenía razón de ser. Maldito error.

Creemos que son cosas de la edad, pero no es así. Lo fácil es achacar al valor del tiempo las razones de una parálisis en el campo de las convicciones, de los proyectos, de las utopías. Descalificamos a quien no coincide con esta visión del momento presente, del mundo, de sus conflictos y de todo lo que no sea conocido y encorsetado en lo aparentemente idóneo. El resto parece cosas de ilusos, con acusaciones hacia estos jóvenes del tipo de que no saben lo que vale un peine o de que lo han tenido todo muy fácil. Pero, sinceramente, si eso es así, ¿no habrá una gran parte de responsabilidad de todo ello que recaiga en quienes se atreven a lanzar imputaciones a diestro y siniestro?

Mantener el statu quo

No nos engañemos, ni queramos atribuir a cuestiones del calendario las diferencias vitales existentes entre quienes viven a gusto frente al riesgo de cambiar aquello que mantiene el statu quo de este mundo que parece ir al desastre. Hay jóvenes viejunos que parece que nacieron ya cansados, mientras que hay personas mayores que mantienen la frescura del primer día. De estas es el presente y el futuro. De los que no se resignan a enrocarse en lo conocido, en la falsa seguridad que ofrecen las posiciones autárquicas, temerosas de las nuevas identidades, de culturas diferentes, de las nuevas maneras de vivir con lo puesto, de la austeridad, de las nuevas formas familiares y, sobre todo, de quienes se deciden a ser pastores con olor a oveja. En definitiva, de poder responder a la pregunta que titula esta columna con aquello de que lo nuevo, viejo, está por llegar. Casi nada… y casi todo.