El mal que dejamos pasar

El mal que dejamos pasar

Una noche de esta semana regresaba desde la Vega Baja del Segura a casa tras participar en la presentación del libro Trabajo humano, el reto pendiente (Ediciones HOAC, 2025) de Francisco Porcar, y me preguntaba si seguía teniendo sentido reflexionar sobre el mundo obrero. En concreto, construir una cultura del cuidado como utopía en torno al trabajo. No voy a negar que tenía mis dudas, sobre todo ante lo que está cayendo en el mundo, y la sensación de que somos una minúscula partícula en este gran tablero de la geopolítica.

Dos momentos de la presentación del libro «Trabajo humano, el reto pendiente», el pasado 21 de abril en Callosa de Segura (Alicante)

No obstante, cuando te recuerdan que 3 millones de personas mueren cada año en el mundo por  accidentes y enfermedades laborales, o que tan solo en España fallecieron 735 trabajadores y trabajadoras en 2025, entiendes que hay muchas heridas en el mundo del trabajo que reclaman no mirar hacia otro lado. Que la precariedad, la falta de futuro, la desigualdad, el economicismo, la deshumanización y el consumismo son algunas de las lógicas que deterioran la dignidad del trabajo.

 Todo en orden

Resulta que hay días en los que uno se levanta, se sube a la bici y piensa que el mundo se ha vuelto un sitio razonablemente normal. Abre la panadería, los críos van al cole, el personal empleado público ficha, los padres y las madres dejan a los niños en la puerta con el café aún caliente. Todo en orden. Y, sin embargo, basta rascar un poco para descubrir que la normalidad es ese barniz que ponemos encima para no mirar demasiado.

Lo recordaba leyendo a Monika Zgustova, que habla de cómo las sociedades se acostumbran al mal sin darse cuenta, como quien se acostumbra al ruido de una obra en la calle: primero molesta, luego irrita, y al final ya ni lo oyes. Y pensé que, sin necesidad de dictaduras ni gulags, aquí también tenemos nuestras pequeñas renuncias diarias, esas concesiones que parecen insignificantes pero que, sumadas, construyen un paisaje moral bastante feo.

Porque el mal no siempre llega con botas militares. A veces llega con zapatillas cómodas y un “bueno, tampoco pasa nada”.

El ml que dejamos pasar
Ilustración | Nana Pez

Pequeñas renuncias

Pasa, por ejemplo, cuando un profesor o una profesora deciden que educar es opcional, que su trabajo consiste en sobrevivir a la mañana y rellenar papeles. Y nosotros, lo dejamos pasar porque “bastante tienen con enfrentarse a las aulas”. Pasa cuando unos progenitores renuncian a ser padres y madres y delegan en la pantalla, en el colegio, en la abuela, en cualquiera que no sean ellos. Y lo justifican con un “es que no tengo tiempo”. Pasa cuando un empleado público —ese que debería ser la cara amable y eficiente de cualquiera de las administraciones— no cumple con su trabajo o te atiende como si le debieras dinero. Y tú, resignado, acabas pensando que “es lo que hay”.

Y así, a base de pequeñas renuncias, vamos construyendo una sociedad que tolera el mal no porque sea malvado, sino porque está cansada. Cansada de protestar, de exigir, de recordar que las cosas pueden ser de otra manera. Cansada de no querer líos.

Cómplices por comodidad

Zgustova cuenta que en los regímenes autoritarios la mayoría de la gente no es cómplice por convicción, sino por comodidad. Que el miedo paraliza, sí, pero también paraliza la pereza moral. Y que los autoritarios —los de uniforme y los de traje caro— se alimentan de esa apatía como quien se alimenta de la luz del sol.

Aquí aún no tenemos dictadores –aunque los identificamos claramente, porque son serviles ante el poderoso-, pero sí adoptamos esa tendencia a mirar hacia otro lado. A pensar que “esto no puede durar”, como si las cosas se arreglaran solas. A repetir que “ya pasará”, como si el deterioro democrático, la crispación política o la chapuza institucional fueran fenómenos meteorológicos.

Principio del fin

Y mientras tanto, seguimos tolerando pequeñas grietas: docentes que no enseñan, padres y madres que no educan, empleados públicos que no sirven y no cumplen, políticos que no rinden cuentas, ciudadanía que no exige. Grietas que, si no se tapan, acaban siendo un socavón.

Quizá la pregunta no sea por qué existe el mal, sino por qué lo dejamos pasar. Por qué nos cuesta tanto decir “hasta aquí”. Por qué preferimos la comodidad de la queja a la incomodidad de la acción. Por qué escogemos mirar hacia otro lado.

A un palmo del suelo, desde la bici, uno ve que la ciudad sigue funcionando. Que la vida, aparentemente, va bien. Pero también ve que, si no espabilamos, un día nos despertaremos y descubriremos que lo que parecía normal era, en realidad, el principio del fin. Y que lo dejamos entrar por pura pereza.


Si yo fuera diputado…

Si yo fuera diputado…

…me hubiera gustado ser el pasado martes Amadeo Marqués. Bueno, me conformo con haber estado en la piel (aunque sea en la imaginación) de este parlamentario aranés a la hora de su intervención de siete minutos frente a los bancos de la oposición prácticamente vacíos en un debate sobre persecuciones religiosas y protección a cristianos perseguidos.

Para algunos fue una parrafada de sacristía. Sí, diría yo, pero de sacristía bien ventilada, de esas que dejan a más de uno buscando el misal para ver si lo que ha dicho viene realmente en el Evangelio. Una homilía laica que puso a medio hemiciclo con cara de haber llegado tarde a misa y sin saber dónde sentarse.

Xenofobia vs cristianismo

Amador es socialista y cristiano. Sí, las dos cosas a la vez, que parece que a algunos les chirría más que un trono mal engrasado. Recordó algo que debería estar grabado en la puerta de cada sede política: la fe va de misericordia, no de repartir carnés de pureza. Y claro, eso en ciertos asientos sonó como cuando en Semana Santa se apaga una vela antes de tiempo: desconcierto, miradas cruzadas y un par de suspiros que parecían pedir la hora.

Lo mejor fue cuando soltó, sin despeinarse, que “un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano”. Ahí los escaños se quedaron tiesos, como si hubiera pasado la procesión del Silencio. Y no porque la frase fuera nueva —la dijo el arzobispo Joan Planellas, lo recordó él mismo—, sino porque no están acostumbrados a que se les cite el Evangelio sin que sea para justificar un veto o un recorte. Y claro, eso en ciertos sillones sonó como cuando en una boda alguien recuerda que el menú no incluye marisco: un silencio incómodo, miradas al suelo y algún carraspeo de emergencia.

Fe no es arma política

Luego vino la escena que ya es candidata a meme: la Sagrada Familia en la España de hoy. Según Marqués, el PP los llamaría inquiokupas, les negaría el escudo social y Vox los expulsaría por migrantes. Y uno, que pedalea cada día viendo cómo se mira a los recién llegados y a quienes ya están aquí un tiempo como si fueran obstáculos en la calzada, no puede evitar asentir. La parábola no es tan parábola cuando la realidad se empeña en confirmarla.

Entre cita y cita —que si Irak, que si el Líbano, que si los cristianos que huyen de guerras que algunos todavía justifican—, el diputado fue dejando caer una idea sencilla, casi de catequesis de barrio: la fe no es un arma política, ni un azote, ni un sello de identidad tribal. Es, o debería ser, una forma de mirar al otro sin miedo ni cálculo electoral.

En un país y en una región como la nuestra algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon, para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos

Y al final remató con un “Amén” que no sonó a cierre litúrgico, sino a “a ver si os aplicáis el cuento”. Un amén de esos que no piden incienso, sino coherencia. Un amén de esos que, si lo escuchas desde la bici, te hace levantar la vista del manillar y pensar que igual no todo está perdido.

No usar a Dios

Porque en un país y en una región como la nuestra donde algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon —para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos— escuchar a alguien recordar que la fe es amor y no un azote es casi revolucionario. Y mira que no pedía tanto: solo que dejemos de usar a Dios como si fuera un tertuliano más.

Y si yo fuera diputado intentaría no perder el norte como, a mi juicio, lo hicieron el miércoles pasado quienes tumbaron la iniciativa legislativa que recogía que no se pudiera conducir con más de 0,2 gramos de alcohol por litro de sangre la tasa máxima de alcoholemia de los conductores. Esto supondría, en realidad, que no se podía tomar ninguna bebida alcohólica si una persona se iba a poner al volante.

Tasa de alcoholemia

Pero claro, al ser una propuesta del Grupo Socialista, qué barbaridad, había que tumbarlo y que no saliera adelante con razones para todos los gustos. Las señorías del PP, Vox, ERC y UPN no atendieron las demandas de la asociación Stop Accidentes que, en boca de su vicepresidente, había afirmado que “salvar vidas no tiene color político ni ideología. Reducir la tasa de alcoholemia al volante es una cuestión de solidaridad y de sentido común. Y quienes voten en contra de ello van a tener que explicárselo a las decenas de miles de familias que han perdido a un ser querido en nuestro país y que son más de 70.000 en los últimos 25 años”.

Mientras que al adversario político –o en la vida civil, a quien no piense como yo- se le vea como un enemigo (y ya se sabe que al enemigo, ni agua) seguiremos dándonos palos incapaces de alcanzar medidas en favor del bien común. Mientras sigamos perdiendo el norte, apañados vamos.


Ilustración | NANA PEZ

Pensar a cámara lenta

Pensar a cámara lenta

Quién me iba a decir a estas alturas de la vida que el principal peligro como ciclista urbano tiene forma de peatón. Sí, de persona de cualquier edad, tipo y condición con la cabeza y el corazón agachados en la realidad inmediata. Transeúntes que cruzan los pasos de peatones en cualquier momento, como daltónicos anónimos. Peatones que andan a ciegas por la acera o llevan el carrito del bebé –también el de la compra- sin prestar más atención que a la última ocurrencia en Tik Tok o al mensaje ingenioso de WhatsApp.

No se pueden imaginar el momento en el que sentí como propio el porrazo contra una farola que sufrió un deportista mientras andaba a paso de marcha con los ojos puestos en su teléfono, ese aparato mal llamado “inteligente”. Casi tan triste y doloroso como contemplar a la hora del desayuno, junto a la puerta de un instituto, a esos encorvados adolescentes con el bocadillo en una mano y el móvil en la otra. Juntos, pero solos.

Avance y rapidación

Estos días, además, uno siente que vivimos con el dedo pegado al botón de avanzar rápido. Los audios al 1,5x, los vídeos cortados antes del desenlace, los artículos “leídos” en lo que dura un semáforo en verde de la Gran Vía. Todo va tan deprisa que, a veces, no sabemos si nos estamos informando… o simplemente pasando pantallas. La prisa se ha convertido en forma de vida, como si el Segura bajara siempre en avenida y nosotros tuviéramos que saltar de piedra en piedra para no mojarnos. Y claro, en ese juego terminamos empapados de titulares, de mensajes rápidos, pero secos de ideas.

Apunten un término que ya ha cumplido diez años: rapidación. Es el nuevo fenómeno que nos afecta a casi todas las personas en esta sociedad del bienestar. Consiste en dar, precisamente, a nuestros quehaceres cotidianos un ritmo desorbitado. Todo hay que hacerlo… muy deprisa, muy rápido. Como dice un buen amigo: Señor, dame paciencia… ¡pero ya! Como muchas otras cosas, le debemos a Francisco esa llamada de atención con esa palabreja que utilizó en el número 18 de su encíclica Laudato si del año 2015. No se la pierda. 

 

Ilustración| Nana Pez

A esta dieta acelerada se ha sumado un ingrediente nuevo: la papilla de contenidos generados por inteligencia artificial. No hace falta que sea falsa para ser mala; basta con que no exija nada. Son textos correctos, razonables, hasta simpáticos… y, sin embargo, intercambiables. Lo mismo hablan del cambio climático que de la receta del pastel de carne, con el mismo tono uniforme que deja a la cabeza en punto muerto. Lo llaman ‘AI slop’, y, aunque el nombre suene moderno, el daño es de siempre: mucha palabra, poca sustancia.

No se trata de demonizar la tecnología. Antes, un buen texto te pedía un pequeño pacto: yo te doy una historia, tú me das atención. Ahora, cuando algo no entra suave, lo descartamos. Y ahí ganan las líneas automáticas: fluyen, resbalan, no rozan. Pero precisamente por eso, no enseñan. Pensar —pensar de verdad— tiene siempre algo de fricción, esa duda que te hace volver a una frase, ese dato que te arruga la frente y juntas las cejas, esa idea que no encaja del todo y te obliga a recolocar piezas. Si todo cuadra a la primera, sospeche: a lo mejor no había nada que cuadrar.

Como afirma Carmen Torrijos, el  contenido masivo y superficial generado por IA no es solo un problema, también es un síntoma. La tecnología amplifica un modelo de consumo que premia la fluidez y agota nuestra capacidad de atención.

Recuperar la pausa

La solución no creo que pase por apagar pantallas ni por atrincherarnos en la nostalgia. La salida, me temo, es más prosaica y exigente: afinar el criterio, bajar una marcha, buscar fricción. Preguntarnos quién firma lo que leemos y por qué existe. Valorar más un texto con una idea propia, aunque tropiece en estilo, que una redacción perfecta sin nadie que la sostenga. Y, cuando podamos, anclar la conversación en datos, en historias concretas, en experiencias que tengan nombre y apellidos.

Conviene reconciliarnos con el tiempo y la atención. Las prisas nos están saliendo caras: confundimos rapidez con conocimiento y comodidad con verdad. Pero la cabeza no es una autopista de peaje; se parece más a la subida a La Fuensanta o al Relojero: caminos con curvas, repechos y vistas que solo aparecen si aflojas. Quien los haya hecho sabe que, al coronar, el paisaje se ve distinto. Pues con las ideas pasa lo mismo: necesitamos aire para descubrir qué merece la pena y qué es puro relleno.

Así que propongo un gesto humilde, casi doméstico: recuperar la pausa. Dejar un párrafo sin terminar y volver luego. Subrayar una frase que no entendemos del todo. Preguntar “¿quién responde de esto?”. Y, de vez en cuando, elegir a conciencia una lectura que nos dé guerra, como quien elige la ruta larga por El Valle para sudar un poco. No nos hará menos modernos; quizá nos haga más dueños de nuestra atención.

La vida por delante

La vida por delante

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

En el instante en el que una joven universitaria me llamó de usted al finalizar una clase descubrí que había empezado a ser mayor. Fue un zasca en toda la boca frente a la creencia de que todo el mundo es bueno y que somos todos lo mismo. Cuando se recurre al pronombre en cuestión es que la persona que tienes delante te merece respeto o está poseída de una cierta autoridad. O que la coronilla ya es patente. Se había acabado el tiempo de percibirme uno más en los ambientes de la calle. Hubo un tiempo, una vez, en que siempre fui el más joven en los lugares donde deambulé.

Desde niño recorrí los espacios de los adultos. Y me sentía cómodo. Creo que les sorprendía que un pipiolo hablase como ellos y coincidiera en sus gustos, lecturas, preocupaciones y demás. Hasta que años después descubrí que, en realidad, no había tenido infancia. Al menos de una manera consciente. Adoraba a los mayores en busca de una identidad que no era capaz de configurar.

Nuevo escenario

Al cabo de los años he descubierto que en el camino hacia la vejez se transita por un territorio repleto de circunstancias salvables y que merecen toda nuestra atención. Asimismo, constato que hay un nuevo escenario en el que no me siento cómodo. No es otro que aquel en el que se alcanza la edad en la que ya todo parece entrar en la recta final para que quien se sitúa en ella. Esto es, que quienes vienen por detrás empiezan a desbrozar su camino apartando todo lo que presenta por delante. Es una mezcla de la práctica del adanismo por jóvenes generaciones que carecen de memoria con el ejercicio, por el contrario, de una tácita descalificación hacia quienes nos han precedido.

Para quienes despliegan el apartheid por razones temporales el catálogo de personas prescindibles es amplio.

Bien es verdad que en este itinerario aparecen aquellos que sufren el síndrome de Peter Pan, ya que son incapaces de asumir las obligaciones propias de la edad adulta. Pero no se trata de eso. Es más. Se ríen de quienes les han precedido en los escenarios en los que ahora son protagonistas. Bien sean en el mundo de la política, la empresa, la enseñanza o de cualquier otro ámbito de la sociedad civil. Además de la sorna, la ironía o la simple descalificación, ejercen la segregación de los espacios en los que se toman decisiones de cualquier signo.

Aprender de otros

Para quienes despliegan ese apartheid por razones temporales el catálogo de personas prescindibles es amplio. Mujeres y hombres de la actividad política presentados como carcamales, actrices y actores que no encuentran papeles que representar, maestros y maestras relegadas a los peores horarios, empleados y empleadas públicas que se llevan tras su jubilación todo su bagaje y conocimientos sin haber tenido la oportunidad de desarrollar un relevo generacional en condiciones. Qué decir de aquellos artesanos que ven desaparecer sus habilidades y recursos por no encontrar quién siga sus pasos o aquellas profesionales que pasan de un día a otro a la monotonía de una vida carente de sentido.

Cuánto nos queda por aprender de esas culturas tradicionales en las que la edad es un valor añadido para el presente y el futuro de nuevas generaciones. No hay que irse a un poblado africano para comprobar que la persona anciana merece toda la consideración. En la cultura gitana, sin ir más lejos, es fácilmente comprobable esto que les hablo. Abuelas que, como gallinas cluecas, son capaces de garantizar el día a día de hijos y nietos llenando la olla de forma misteriosa, o patriarcas que son atendidos hasta el final de sus días por toda la prole, sin que les falte el cariño y la preocupación.

Final del camino

Entre un extremo y otro hay un lugar en el que cuidar el tránsito de una etapa de construcción de la persona adulta hacia otra en la que la madurez y la experiencia se convierten en valores añadidos. El final del camino, por suerte o por desgracia, nunca se sabe cuándo va a llegar. De ahí que sea imprescindible el respeto al presente. De quien lleva poco tiempo y de quienes nos han precedido.


Ofertas de sentido

Ofertas de sentido

Con lo de las ofertas del ‘Black Friday’ me pasa como con la lotería de Navidad: que una vez decides que te sales del juego, ya no tienes problema alguno para que te afecte el ruido continuo de las propuestas de compras de todo tipo que te llegan por múltiples canales. De poco sirven los intentos de que caigas en aprovechar, siempre supuestamente, alguna ocasión de ser el objeto de gangas. No hay mala conciencia si has dejado pasar esa oportunidad que parecía reservada exclusivamente para ti. Que paren el mundo, que yo me bajo. Porque hallas la manera de entender que la sinrazón es la guía de los comportamientos de quienes te rodean.

Ideas erróneas

Cuando, además, descubres que el Viernes Negro es el día siguiente al de Acción de Gracias, y que todo viene del otro lado del Atlántico, el cabreo pasa a ser mayúsculo. Entonces te das cuenta de que su único interés es el de tratar de convertirte en una marioneta. Es más, aciertas en revelar que quienes manejan los hilos no son otros sino los que embotan tu conciencia de ideas erróneas sobre lo que verdaderamente tienes necesidad. Vamos, que te convierten en una persona sin control y solo dejada de la mano de sus impulsos más primarios. Eso sí, para engrosar la cuenta de resultados de empresas dispuestas a cubrir sus necesidades pecuniarias. Aquí ya no vale inteligencia humana alguna. En el juego aparecen otras inteligencias, especialmente la artificial, siempre y cuando el mercado sea el auténtico protagonista.

Juicio fácil

Darte cuenta de que estás en manos del calendario que otros programan es una experiencia que, en ocasiones, puede llevarnos a caer en la indiferencia. En especial, cuando sientes que las riendas de tu vida las llevan personas o elementos ajenos a tu voluntad. Sucede algo parecido cuando nos dejamos contaminar por el mal ambiente o la toxicidad del momento social o político que atravesamos. O cuando se pierde la perspectiva para la escucha, la comprensión y poder ofrecer una respuesta que no sea la descalificación, el juicio fácil o la simple reacción a la defensiva.

Despertar al mundo de la consciencia, del presente sin más, de la realidad repleta de pluralidad sin caer en el prejuicio, en lo previsible o en el discurso simplista de lo blanco o lo negro, es el gran reto que está ahí afuera.

Nuevo escenario

Al sacudir el polvo que contamina la realidad es cuando el panorama sombrío deja de serlo para entrar en una nueva dimensión. Las peleas, los gritos, los desacuerdos, los conflictos o los enfrentamientos apenas te pasan factura. Porque son meras ramas que impiden ver el bosque de las emociones, esas que son capaces de movilizarnos hasta extremos insospechados. La irascibilidad da pie a un territorio en el que te permites sentir como pasan a tu lado las tensiones, los aprietos o los trances que hasta entonces poblaban toda la existencia.

La capacidad de encontrar un nuevo escenario en el que desenvolverse es más sencillo de lo que parece. En ello debemos poner el empeño si queremos dar el paso para no tropezar cien y mil veces en la misma piedra. Y mira que los humanos parecemos estar hechos de una manera defectuosa, ya que caemos y recaemos en los mismos errores, incluso en diferentes etapas de la vida. La meta está en desbrozar todos aquellos obstáculos que surgen y desaparecen como si fueran las pruebas a superar de cualquier videojuego que se precie. 

Deseo de cambio

No hace falta aplicar defensas, eliminar enemigos o buscar alianzas contra natura, porque la calzada quedará expedita simplemente con la aplicación voluntariosa de desear el cambio. Es más fácil de lo que creemos. Simplemente hay que emplearse en ello y no decaer si aparece alguna dificultad. El resultado merece la pena.


ILUSTRACIÓN | NANA PEZ
La última puntada

La última puntada

ILUSTRACIÓN | EVA VAN PASSEL GAMBÍN

En plena vorágine a causa de la polarización política, las preocupaciones por el encendido de luces navideñas, los sobresaltos por la subida de los precios y los bombardeos de los ‘single days’, ‘Black Friday’ y demás zarandajas consumistas, se asoma la cotidianidad. Esa que lleva consigo los pequeños acontecimientos de la vida que conforman el verdadero relato de la actualidad de la gente común. Esa que no termina de completar el cambio de temporada en los armarios y lleva un lío de ropa de mil demonios. La que empieza a preguntarse dónde cenará en Navidad. La que ansía en que finalicen las obras en su ciudad o la que se sorprende del porqué de esa proliferación de tiendas de productos y accesorios para uñas, bien sean de gel, acrílico, polygel, de esmaltado permanente o decoraciones. Un sinvivir, ya lo ven.

Irse del mundo

La muerte se cruza en esa ruta de la normalidad y, en algunos casos, en silencio y sin llamar la atención. Como la que he vivido este pasado fin de semana con la marcha de la hermana Catalina Mediola, ‘Cati’, una religiosa de la orden Concepcionista Franciscana de la comunidad del convento de Santo Antonio, en Murcia. Una marcha que ha sido la confirmación de que nos vamos de este mundo, en buena parte de las ocasiones, como hemos transitado por él. En su caso, calladamente, de manera imperceptible, rodeada de las personas con las que ha compartido cercanía en su opción de vida y con tiempo suficiente para la despedida de familiares y amigas. Una muestra de que el paso a otra dimensión se puede recorrer desde la contemplación amorosa a su nuevo estado.

Sencillez y humildad

Cuando la velaba en el silencio de la capilla monacal, repasaba aquellos valores que habían sido su sello a lo largo de más ocho décadas de vida. Cualidades necesarias que cobraban especial sentido en estos días donde el ruido, el odio, los insultos y las descalificaciones sin más se han convertido en moneda común. Tanto es así que estamos contagiados de una irascibilidad imperdonable frente a la búsqueda del bien común.

En el inventario rememorado ante las imágenes de Clara de Asís y Antonio de Padua destacaba la humildad, ese conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo a aquel. Por supuesto, ser una persona agradecida. También la sencillez para actuar sin pretensión, dobles intenciones ni vanidad, sino de modo sincero, espontáneo o natural. O el cuidado de cada detalle, emocionar con pequeños gestos, pensar con qué sorprender a cada persona, dedicar un poquito de su tiempo.

Don de la escucha

Que Cati fuese una artista de lo minucioso dan fe las innumerables piezas de frivolité o de encaje de bolillos que elaboró a lo largo de su vida. Pendiente de cada pormenor humano de quien se cruzase en su vida, ha sido el más vivo ejemplo de que no podemos pasar por la existencia de las personas sin conmovernos ante sus historias, ante sus ilusiones y desvelos. Incluso para intentar una última puntada a la ropa de quienes han sido sus cuidadoras en los últimos días. Un botón a punto de desprenderse o una costura suelta eran motivo suficiente para una invitación a bordarlos.

Las religiosas contemplativas tienen ese don especial para no dejar escapar ese pespunte, ese dobladillo, ese hilvanado. Es el don de la escucha, de captar lo que se esconde detrás de unos ojos, de una mirada, de un gesto. Seducidas por la gracia de quien nos quiere por encima de todo, la vida contemplativa está repleta de una actividad que trasciende los muros de un monasterio. Poseen la fuerza incontenible que les permite la capacidad de alcanzar la esencia del corazón de quienes deambulamos en el proceloso mar de la vida ordinaria. Una fortaleza que llega de quien nos trasciende y que se hace vida en la oración, verdadero alimento que no sufre de altas y bajas de precios, que no es pasto de especuladores ni de índices bursátiles. Cati, como el resto de sus hermanas, nunca da puntada sin hilo.


De izquierda a derecha, Concha, Cati y Maribel, junto a otra hermana de la orden concepcionista franciscana, en el Obrador Convento San Antonio (calle Zarandona, 4, en pleno centro de Murcia), donde se venden los productos artesanos elaborados por esta comunidad religiosa.

Cati es una de las tres últimas religiosas de la orden Concepcionista Franciscana que mantvieron abierta la comunidad del Monasterio de La Encarnación en Yecla (Murcia). Junto a sus hermanas Concha y Maribel se trasladó hace unos años al Convento de San Antonio, en Algezares (Murcia), donde falleció el pasado viernes 10 de noviembre. Desde niño he estado siempre muy ligado a esta comunidad contemplativa. En su convento de Yecla participé en sus encuentros de oración, además de meditación zen. Fui testigo de su cercanía a la gente, desde la clausura, y su iglesia está ligada a celebraciones familiares y parroquiales. El ejemplo de vida y de ejntrega generosa a la contemplación siempore están presente en mi vida y en la de mi familia.

Ética del cuidado y kardía

Ética del cuidado y kardía

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Entre el nuevo y grave episodio del conflicto palestino-israelí y la imagen de la España se rompe protagonizada por esos grandes personajes de la unidad y la concordia, como son Abascal, Ayuso y Feijoo, me permito introducir un espacio de sosiego para reflexionar sobre de lo que apenas se habla en lo que nos va la vida: el cuidado. En concreto, sobre El principio ético del cuidado (La Tapia, 2023), un libro que vio la luz a comienzos de este año de la mano de dos editores del extrarradio geográfico y del pensamiento académico crítico, Juan Escámez Sánchez y Ramón Gil Martínez. Un texto que nace afectado de lleno por la experiencia de la pandemia en nuestras vidas y el conflicto entre Rusia y Ucrania. Desde la constatación de la vulnerabilidad del ser humano, que traspasa aquella convicción de que todo estaba bajo control.

Vulnerabilidad

A este contexto que ha dado tantos frutos bibliográficos se le pueden sumar una infinidad de situaciones vitales que salpican la realidad de lo cotidiano o de lo que, aparentemente, pueda resultar más distante. Hablamos de los dramas humanitarios en cualquier parte del planeta, las migraciones, los desastres naturales y aquellos provocados directamente por la intervención del hombre. Nuestra civilización tiene mucho de gigante con pies de barro. Es precisamente esa vulnerabilidad la que nos ha llevado con más intensidad a la afirmación de que necesitamos cuidados y a preguntarnos si sabemos los que nos pasa, si estamos preparados para ellos, qué podemos hacer y, sobre todo, a quiénes afecta la realidad del cuidado.

Universalización del cuidado

A lo largo de los nueve capítulos que componen esta monografía tenemos elementos más que suficientes para entrar en el juego de la reflexión, el análisis científico y el rigor intelectual y a la vez poner los pies en el suelo para salir al encuentro, con el resto de los mortales, en las periferias de nuestros mundos. Desde los fundamentos de la ética del cuidado a los sujetos de la misma, para acabar con la relación con la Inteligencia Artificial, el sistema educativo y la universalización del cuidado en la familia humana.

Un apartado, sin embargo, que, a mi juicio, es uno de los meollos de este trabajo, es el que tiene que ver con el cuidado de uno mismo. Porque a estas alturas de la película, además de definir al ser humano como vulnerable, esto es, reconocerlo como ser relacional, interdependiente e inacabado, podemos afirmar que quien no sabe cuidar su cuerpo, su mente y su corazón no podrá acoger con verdadera entrega ni responder adecuadamente a la demanda de cuidados de las otras personas.

Huir de la autosuficiencia

La semana pasada, al hilo de la última columna sobre lo irascible que estamos, un amigo de hace años y colega en estas mismas páginas me decía que todo eso de lo que hablaba se curaba con la edad. Seguro que tiene razón, pero intuyo que, además, necesitamos ponernos frente al espejo de nuestra realidad para una sincera búsqueda del sentido y de la relevancia del cuidado de uno mismo. Pesquisas, como reconocen los autores, en las que debemos alejarnos de posiciones narcisistas sobre el propio yo, que generalmente conducen a no conocerse a sí mismo, sino a identificarse con imágenes proyectadas, en cierto sentido falsas y alienantes. También habrá que huir del paradigma falaz de la autosuficiencia producto de la fantasía del subjetivismo y del individualismo. ¿No les suena esto ante tanto ego suelto en nuestros ambientes o en las realidades de la política y el trabajo profesional?

El cultivo del pensamiento crítico, el cuidado del propio cuerpo y mente, el fomento de la autoestima, la fuerza de la voluntad y el cultivo de la inteligencia emocional son los ingredientes esenciales para un camino que nos lleva de la prosocialidad (nuestra preocupación por el otro) a la fraternidad universal. Es el vínculo que articula a todos sin distinciones y, porque une, mueve a corregir las desigualdades y a ejercer la libertad con más responsabilidad. Fratelli Tutti, la encíclica del papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social, centra su mirada, precisamente, en dos actitudes vitales: el cuidado y el encuentro, que deben impregnar todas las respuestas a los procesos de reconstrucción y recuperación que necesitamos. Y ello, tanto en el plano personal como en el comunitario.

Apuesta por la cordura

La defensa del principio del cuidado no entra en contradicción con el principio de la justicia. Ésta propugna el trato igual a todas las personas, mientras que el que sostienen los autores, el primero, propugna lo contrario: el trato desigual a todas ellas. Se basa en la dependencia y la vulnerabilidad del ser humano frente a la autonomía promulgada por el de justicia. Pero no se contraponen. Sobre todo, si, como Adela Cortina, apostamos por la cordura en estos tiempos, virtud humana por excelencia en la que confluyen la prudencia, la justicia y la kardía, la virtud del corazón lúcido. Casi nada. De ahí que formar en la compasión, en la capacidad de ser con otros y de comprometerse con ellos es, a su juicio, la clave irrenunciable de la formación humanista que debe ofrecerse en el siglo XXI. Sumérjanse en este libro y seguro que encuentran motivos para la esperanza y el comienzo de un camino para contemplar su realidad de otra manera. Y si no es suficiente, busquen los diez problemas que Jorge Bergoglio considera que hay que acometer para un futuro con esperanza, con el que los autores cierran su trabajo. Casi nada.


Por gentileza de los autores, el libro está disponible para ser leído y/o descargado desde aquí.


A cara de perro

A cara de perro

Ilustración | NANA PEZ

Percibo en los últimos tiempos un constante empeoramiento en cómo nos relacionamos los humanos. Tenemos la piel muy fina en el trato, de tal manera que saltamos a la primera de cambio

Quien tiene o ha tenido un perro sabe que, por muy dócil y obediente que sea, hay otros canes que les provocan un enfurecimiento tal que son difícilmente controlables. No se conoce muy bien la razón de por qué se alteran de tal manera que pierden el sentido cuando se cruzan por la calle o se advierten desde un balcón, una puerta de garaje o en un encuentro fortuito en el pipicán. Despiertan su lado más fiero y no consiguen calmarse hasta que ya están a una prudencial distancia… aunque siempre ojo (y olfato) avizor.

Algo similar ocurre con las personas, pero de una forma más habitual que los singulares casos de los cánidos. Percibo en los últimos tiempos un constante empeoramiento en cómo nos relacionamos los humanos. Tenemos la piel muy fina en el trato, de tal manera que saltamos a la primera de cambio, nos erizamos y sacamos la parte más salvaje del género humano. Imagino que se han fijado ustedes en que nos hablamos con un volumen de voz muy alto, estallamos ante cualquier comportamiento de alguien que no se ajusta a lo que esperamos de ella. La tolerancia la dejamos a un lado y nos colocamos en posición de combate como si nos fuera la vida en ello.

Afrenta y duelo

Que alguien se nos cuele en la fila del autobús o del Mercadona lo consideramos como una afrenta merecedora de un duelo a pistola en toda regla. Si delante de nuestro coche llevamos otro vehículo que va un poco más lento de lo que consideramos correcto, su conductor merece un correctivo que empieza con el insulto y acabaría en el paredón. Si se nos cruza una bici o un patinete, aunque vayan por su carril correspondiente, les soltamos un estufido. No soportamos que la persona que atiende al público en cualquier oficina lleve un ritmo más pausado que el que para nosotros tendría que ser el ideal. Nos saltamos el semáforo cuando acaba de ponerse en rojo, y lo que es más grave, lo justificamos a nuestros acompañantes.


A lo sumo, somos capaces de reconocer que la polarización y el enfrentamiento son la tónica dominante

Molestan los gritos de los niños que están en la mesa de al lado en el restaurante. Nos irrita sobremanera que la camarera no nos limpie la mesa al instante en el bar o que el repartidor de Amazon llegue media hora más tarde de la prevista. Ni qué decir que la conexión de internet vaya lenta, que no nos respondan al instante un mensaje de WhatsApp o que la foto o el vídeo de marras no se abra a la orden de ya. Maldecimos al entrenador de nuestro hijo porque no lo saca de titular en el primer equipo y nos ponemos de los nervios si nuestra pareja nos coloca frente a nuestras contradicciones o incumplimientos de promesas. Y suma y sigue, despropósito tras despropósito.     

No seamos ingenuos

Vivimos un tiempo en el que, a lo sumo, somos capaces de reconocer que la polarización y el enfrentamiento son la tónica dominante. Eso sí, la culpa siempre la tienen otros, especialmente los políticos, que son los causantes de todos los males del mundo mundial que nos aquejan. Bien es verdad que sus comportamientos, en numerosas ocasiones, dejan bastante que desear. La reciente investidura fallida ha sido una muestra. Miedo me da la que se avecina, aunque el clima político arrastra un deterioro desde hace demasiado tiempo. Ya sabemos que cuando la derecha no gobierna se cae el mundo encima. Y que gobierno Frankenstein es todo aquel en el que no esté alguno de los partidos salva patrias.  

Pero no seamos ingenuos. No nos engañemos. De lo que estamos hablando es de que aquí cada quien y cada cual tiene su parte de responsabilidad. No escabullamos el bulto. La irascibilidad no entiende de fronteras ni de personajes, ideologías o colores. La cólera es patrimonio común de quien no es capaz de respirar con serenidad, de evaluar consecuencias, de serenar el ánimo y de ejercitar la santa paciencia. De cultivar más el silencio en esta tierra seca en la que hemos convertido nuestras monótonas vidas. 

Dueño de los silencios

La máxima aristotélica de que cada uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras debería de ser la principal norma de comportamiento en estos estridentes tiempos. Seguro que nos ayudaría a templar el ambiente si ponemos en práctica contar hasta diez, o hasta cien, quién sabe, antes de escupir una respuesta o una simple reacción ante algo que nos altere. Al menos nuestros hijos o nietos tendrán un referente distinto al que ven a diario en las actitudes de sus mayores. No olvidemos tampoco la desconexión digital y de que el mundo no se hizo en un día. Demos tiempo al tiempo y practiquemos.


¿Qué hay de nuevo, viejo?

¿Qué hay de nuevo, viejo?

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Quizá sea porque en unos días cumplo años y llego al final de una década. O porque me veo sentado en el sofá mientras pasa la vida. Quién sabe porque en el gimnasio me consuele ver a una octogenaria estirando en la barra. O tal vez porque ya en mi trabajo no sea el más joven y buena parte de las conversaciones tengan que ver con el período que resta de vida laboral. Acaso porque en la lista de Lo que no te puedes perder de Spotify no conozca a la mitad de las artistas o nunca me hayan atraído los videojuegos y me quedase en las máquinas de bolas. O la suma de todos estos elementos. El caso es que el tiempo cobra un nuevo sentido en la medida en que trato de vivir el presente sin permanecer anclado en el pasado ni estar en alerta ante el futuro.

Probablemente esa perspectiva explique de alguna manera el hecho de que tras las próximas elecciones podamos volver al pasado, sin pena ni gloria, y sin más razón aparente que la visceralidad de algo tan líquido o evanescente como un concepto asociado a un apellido. En realidad, no sé si puede servir de algo trazar una línea temporal entre la oscuridad y la luz para entender qué ha podido pasar entre un instante y otro. De lo que apenas cabe duda es que el género humano tropieza mil y una veces en la misma piedra, canto, china o guijarro. Y aquí paz y después gloria. No se trataría de un regreso sin más a una época remota sino a unas fórmulas de abordar la economía y los desafíos medioambientales ya conocidas. Aquellas que tienen que ver con dirigir el foco hacia el sálvese quien pueda. Y ya lo saben, en ese camino hay muchos que se quedan en los márgenes mientras que otros tratan de sobrevivir pagando un alto precio.

Repetir lo aprendido

Cuando nos empeñamos en mirar hacia atrás tenemos la oportunidad de hallar explicación a hechos que, hasta ahora, se habían sumado a la maleta que arrastramos sin apenas enterarnos. Aparece la tentación de repetir lo aprendido porque esa falsa seguridad nos permite creer que estamos en el camino correcto. No obstante, al final volvemos a caer en aquellos errores que, de manera cíclica, nos han impedido avanzar con un paso firme. Giramos sobre el mismo eje en el que se han sustentado, hasta entonces, nuestras convicciones. Y ello sin percibir que estamos otra vez en el mismo punto de partida. Nos conformamos en el autoengaño de haber caído en la cuenta de lo que hasta entonces no tenía razón de ser. Maldito error.

Creemos que son cosas de la edad, pero no es así. Lo fácil es achacar al valor del tiempo las razones de una parálisis en el campo de las convicciones, de los proyectos, de las utopías. Descalificamos a quien no coincide con esta visión del momento presente, del mundo, de sus conflictos y de todo lo que no sea conocido y encorsetado en lo aparentemente idóneo. El resto parece cosas de ilusos, con acusaciones hacia estos jóvenes del tipo de que no saben lo que vale un peine o de que lo han tenido todo muy fácil. Pero, sinceramente, si eso es así, ¿no habrá una gran parte de responsabilidad de todo ello que recaiga en quienes se atreven a lanzar imputaciones a diestro y siniestro?

Mantener el statu quo

No nos engañemos, ni queramos atribuir a cuestiones del calendario las diferencias vitales existentes entre quienes viven a gusto frente al riesgo de cambiar aquello que mantiene el statu quo de este mundo que parece ir al desastre. Hay jóvenes viejunos que parece que nacieron ya cansados, mientras que hay personas mayores que mantienen la frescura del primer día. De estas es el presente y el futuro. De los que no se resignan a enrocarse en lo conocido, en la falsa seguridad que ofrecen las posiciones autárquicas, temerosas de las nuevas identidades, de culturas diferentes, de las nuevas maneras de vivir con lo puesto, de la austeridad, de las nuevas formas familiares y, sobre todo, de quienes se deciden a ser pastores con olor a oveja. En definitiva, de poder responder a la pregunta que titula esta columna con aquello de que lo nuevo, viejo, está por llegar. Casi nada… y casi todo.

El valor de la palabra

El valor de la palabra

ILUSTRACIÓN | EVA VAN PASSEL GAMBÍN

Desconozco el hecho de si la próxima presidenta de Extremadura habrá podido dormir bien en la última semana. Los problemas de sueño son uno de los males que nos acechan en estos tiempos convulsos. El cuerpo es sabio y no entiende de atenuantes que valgan. Podemos estimularlo con productos que alguna vez funcionaron o tratar de sedarlo con relajantes varios, pero a las emociones no hay quien las detenga, ni en el mejor control dispuesto por la Benemérita. No hay quien les dé el alto sin que nuestro organismo sufra algún desajuste.

De ahí que María Guardiola, que así se llama la política extremeña, no sé si habrá podido conciliar el sueño después del espectáculo que ofreció tras jurar y perjurar que no dejaría entrar en su gobierno a quienes niegan la violencia de género o deshumanizan a los inmigrantes. Argumentos que repitió desde ese instante, y días más tarde, en su periplo por programas de televisión y entrevistas en radio y periódicos. Sólo ella sabe lo que habrá tenido que vivir hasta llegar al momento de la firma del acuerdo con los hasta entonces malos malísimos de Vox y afirmar que su palabra no es tan importante como el futuro de los extremeños. Madre mía. Por nadie pase.

Falsas seguridades

No entiendo qué demonios recorre el interior de determinadas personas que son capaces de afirmar con rotundidad una cosa y, unas horas después, defender lo contrario. Además, impertérritas, con la misma falsa seguridad para aseverar un argumento y su opuesto. ¿Tienen estómago para soportar los mensajes que sus tripas les deben estar enviando a su cerebro en esos momentos? No lo sé, la verdad. Solo me cabe considerar que, o se han sometido a una gastrectomía en toda regla o, cuando menos, a una cirugía bariátrica que en vez de reducir el buche para perder peso sirva para aminorar la vergüenza torera de un sonrojo en toda regla.

Los boomers fuimos educados en el valor de la palabra dada. Muchos recordamos a nuestros padres cuando afirmaban que un apretón de manos, un acuerdo verbal o una mirada directa a los ojos iba a misa y sellaba un pacto o un contrato. Esto es, que esas expresiones tenían igual o más fuerza que una firma en un papel. Es verdad que se le añadía, en ocasiones, una expresión sexista de que eso lo hacían los hombres que se vestían por los pies, pero siempre en el sentido del honor y la dignidad de que los que nos digan que van a cumplir sobre un determinado asunto, lo cumplan. Eso es la palabra dada… salvo causas de fuerza mayor, porque si estas se dieran siempre tratarían de solucionarlo o de hacerlo, cuando las circunstancias se lo permitiesen.

La política parece haberse convertido en una actividad donde está todo permitido. Donde no entran en juego los pareceres de otros ámbitos a la hora de establecer proposiciones

Ejemplo de lo que hablo, con la agravante de la firma incluida, lo vivimos hace dos años en la Región de Murcia cuando quienes suscribieron con su rúbrica una moción de censura -que se iba a protagonizar en el parlamento regional- se retractaron a las pocas horas. Bueno, algunas de ellas, ni a las pocas horas. Y aquí paz, y después gloria.

La política parece haberse convertido en una actividad donde está todo permitido. Donde no entran en juego los pareceres de otros ámbitos a la hora de establecer proposiciones. Se le atribuye al profesor Enrique Tierno Galván, histórico dirigente del Partido Socialista Popular (luego integrado en el PSOE), la frase de que las promesas electorales se hacen para no ser cumplidas. En realidad, lo que el entonces alcalde de Madrid le dijo a su vicealcalde Alonso Puerta (y así lo atestiguó éste) es lo siguiente: “Mire usted, Alonso, se dice que las promesas electorales se hacen para no ser cumplidas, pero yo le digo a usted que las que nosotros hicimos las cumpliremos”.

Sentir vergüenza

Por tanto, ya está bien de acogerse a una supuesta bula a la que parecen acudir personajes de esa calaña. No, no nos vale que traten de desprestigiar la política como el terreno en el que todo se permite, en el que se puede decir una cosa y la contraria sin consecuencia alguna. ¿Qué mensajes están transmitiendo con ello al resto de la sociedad? ¿Y a sus hijos? ¿O a los hijos de sus hijos?

Sinceramente, estoy seguro de que usted, como un servidor, si protagonizase situaciones como las que conocemos a diario, con promesas incumplidas, acuerdos no respetados, reiteradas mentiras y afirmaciones grandilocuentes que se desvanecen con los hechos de quienes las pronuncian, su reacción sería la de meterse en casa y no salir. La vergüenza que nos produciría incumplir la palabra dada sería la respuesta normal. Porque la mínima ética nos llevaría a reconocer que la mentira no tiene que ver con nosotros. Pues ahora, póngase a recordar aquellos casos y personas que conoce en los que no se produce esto y piense en sus estómagos.


La ilustración de Eva van Passel Gambín está basada en el juicio de Osiris. En la mitología egipcia, el alma de los difuntos pasa por un juicio antes de entrar al paraíso: su corazón, que representa sus buenas acciones, será pesado contra la pluma de la verdad, que representa los malos actos de la persona. Si la pluma pesa más que el corazón, implica que el difunto realizó más acciones inmorales que morales. Si, por el contrario, el corazón pesa más, para los egipcios esa persona fue buena en vida. Al parecer, para los egipcios las “malas hazañas” son cosas como mentir, la hipocresía o la incoherencia, más que ser “malo” en el sentido de hacer daño. El dios Anubis es el que tiene la cabeza de chacal, y Tot, el dios de la sabiduría (entre otras), el de la cabeza de ave.
Deshumaniza, que algo queda

Deshumaniza, que algo queda

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Cuando Vox habla de los menas como un grupo de menores extranjeros a eliminar de nuestras ciudades y pueblos yo veo a Said, que llegó a Murcia en busca de un futuro y ahora es el responsable de una vivienda de acogida de Cáritas. Said recibe y acompaña a nuevos chavales que estudian y tratan de encontrar un empleo para enviar dinero a casa, a Marruecos, Argelia o Senegal. Veo a un ser humano que podría ser mi hijo y que, por el mero hecho de serlo, tiene dignidad y derechos, por lo menos a la vida, a una vivienda, a la educación y a un trabajo digno.

Despojar de humanidad

Cuando alguien de Vox se refiere a estos menores extranjeros no acompañados de una forma tan impersonal pretende despojarles de esa humanidad que toda persona posee de manera intrínseca. Cuando alguien alcanza un acuerdo político con Vox se embadurna de las mismas convicciones y odios que derrama este partido por doquier en sus discursos y proclamas. Por cierto, un partido que nace del seno de este que ahora lo necesita para recuperar alcaldías y gobiernos regionales.

Donde hay un ecologista Vox ve un ecolojeta. Donde hay una feminista, sea mujer u hombre, da igual, Vox ve una feminazi. Donde hay una ministra de Igualdad Vox solo ve una mujer objeto y sumisa al padre de sus hijos. Donde hay un criterio científico sobre la crisis climática, el uso de vacunas o la desigualdad social, Vox solo ve una nueva religión apoyada en la Agenda 2030.

En la columna de aciertos de quienes lanzan y difunden sus mensajes se encuentra el descontento que provoca la sinrazón de este sistema económico y social.

Eliminar al diferente, a quien se sale de lo que para Vox es la verdad y la naturaleza según sus designios, es el destino universal de quienes se sienten dueños de la razón y lo correcto. Quien le ríe las gracias, lo justifica o se apoya en sus políticas para alcanzar el poder al precio que sea es, cuando menos, cómplice de sus postulados. Todos sobramos. Todos vivimos en el engaño. No profesamos su religión, sus creencias, sus principios. Esto es fascismo. Sí, es fascismo, con todas las letras. Y quien descansa en Vox apuntala una manera de ver el mundo que excluye a quien no comulga con sus axiomas.

Robar la dignidad

En la columna de aciertos de quienes lanzan y difunden sus mensajes se encuentra el descontento que provoca la sinrazón de este sistema económico y social. Un enfado generalizado que dirige sus dardos hacia dianas que no cuestionan el sistema como tal. Es más, lo centran en el diferente: el extranjero, el rarito, los colectivos vulnerables, en la intelectualidad que genera rechazo o en quienes profesan una religión que no sea la mayoritaria (eso sí, siempre y cuando la mayoritaria no cuestione las injusticias). Para eso tienen a muchos predicadores en la COPE, telepredicadores y tertulianos por doquier. Y si les falta algún enemigo al que robarle la dignidad humana siempre les quedará Pedro Sánchez, como antes trataron de linchar a Zapatero o a Rubalcaba, incluso al propio Felipe González. De lo que se trata es de deshumanizar al rival, convertirlo en un muñeco de feria al que se le pueden lanzar todo tipo de bolas, y no de trapo, precisamente.

Invisibilizar al diferente

Ese proceso mediante el cual una persona o un grupo de personas pierde o es despojado de sus características humanas no solo está en manos de entidades como Vox. Quienes les jalean con mayor o menor intensidad las encontramos en muchas organizaciones empresariales, entre clérigos, corporaciones de derecho público y miembros de la judicatura, el Ejército o de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Cuando estamos tomando un aperitivo en una terraza o paseamos por la calle y se cruza alguna persona reclamando unas monedas y no somos capaces de mirarle a los ojos estamos invisibilizándola. La convertimos, casi sin saberlo, en bultos que deambulan por la vida con la dignidad por los suelos. Las personas empobrecidas siempre han molestado un montón. Enturbian las conversaciones, nos recuerdan que el supuesto éxito en la vida es discrecional, pero es el triunfo para clasificar al personal entre quienes lo han logrado y los que no se lo merecen. Viva la aporofobia.

Desde el mismo instante en el que descalificamos a la persona diferente, a quien no concuerda con nuestros cánones de pensamiento, religión, visión del mundo o no sigue los colores de nuestro equipo de fútbol, estamos despojándole de las únicas vestimentas que no ha necesitado comprar en este mercado limitado en el que hemos convertido a nuestro mundo. Luchar contra la deshumanización o, mejor dicho, trabajar por la humanización, se convierte en una tarea a conquistar.

Problemas de comunicación

Problemas de comunicación

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Que, si no se cumplen las expectativas electorales, la razón está clara: todo se debe a problemas de comunicación. Que una pareja llega a la ruptura, pues ya se sabe qué tiene la culpa: los problemas de comunicación. Que en una organización afloran las tensiones entre la dirección y las personas subordinadas, entre la dirección misma o las propias subordinadas entre ellas, todo se debe a lo mismo: a los consabidos problemas de… comunicación. Faltaría más. Este argumento repetido como un mantra lo he oído en infinidad de ocasiones, convocatoria tras convocatoria, ruptura de noviazgos o matrimonios y crisis organizacionales en empresas, asociaciones o entidades de diverso signo.

Maldita tesis

Recurrir a esta explicación es una de las fórmulas más utilizadas cuando no se quiere analizar en serio las causas que provocan las derrotas en unos comicios, la separación entre quienes comparten durante un tiempo una relación afectiva o las desavenencias en una organización cualquiera. Maldita tesis a la que se abonan supuestos expertos en comunicación política, terapeutas de andar por casa o consultores, coach o entrenadores de lo ajeno. Esos gurús del análisis consiguen hilvanar al principio una serie de ideas que embaucan a las personas afectadas por los resultados de esas expectativas no cumplidas, de las quiebras relacionales en el mundo de los afectos o como miembros de la institución dañada. Las primeras veces parece que dan en el clavo a la hora de explicar las causas de que se trate. Pero cuando se repiten una y otra vez demuestran la pobreza del argumentario esgrimido. Ya les vale.

La excusa de presuntos problemas de comunicación que expliquen unos resultados electorales u otros esconde, a menudo, la falta de verdaderos liderazgos personales y programáticos

Las razones que explican este tipo de comportamientos vienen avaladas por una realidad que no se puede eludir. De una parte, por el bombardeo de mensajes que llegan desde todos los frentes. De otra, por los innumerables artilugios que nos hemos dotado para impedir una economía de la atención que facilite la absorción de hechos, noticias, conceptos, ideas y acontecimientos para su análisis sosegado y que permita colocar cada cosa en su sitio. La razón ha sido vencida, en buena medida, por la pasión, los mensajes simplistas, la fuerza de las emociones (especialmente aquellas que emergen desde las tripas) y los prejuicios convertidos en máximas que no escondan un escenario tal y como queremos verlo. Y entenderlo. El que nos anestesie y genere el mínimo conflicto posible.

Vayamos, sin embargo, a esas parcelas de lo concreto. La excusa de esos presuntos problemas de comunicación que expliquen unos resultados electorales u otros esconde, a menudo, la falta de verdaderos liderazgos personales y programáticos. Por encima de los análisis simplistas cargados de una supuesta superioridad moral que no se corresponden con los verdaderos problemas del común de los mortales quedan, sin embargo, la ausencia de análisis y la corrección de comportamientos que se repiten sin solución de continuidad. En el fondo, lo que se quiere eludir es un enfrentamiento directo con las carencias personales y partidarias que anidan entre quienes concurren a esos procesos. Lo cómodo es hacer siempre lo mismo, mantener los espacios de confort, frente a los desafíos que generan incertidumbre. Las personas valientes escasean en este ámbito de la política. Predominan, desgraciadamente, las cobardes, las hipócritas. Las que buscan acomodo.

Mantener la distancia

Es el mismo destino de quienes no se la juegan en sus relaciones personales. De las que prefieren mantenerse en la monotonía frente a trabajarse en la intimidad del silencio, de la escucha y de la mirada desde una cierta distancia que incomoda. Esgrimir las razones de esos problemas de comunicación en las relaciones interpersonales solo tendría razón de ser cuando alguna de las partes no quiera asumir las riendas de su vida. Al final, sin embargo, de lo que se trataría es de eludir o no los compromisos adquiridos, la palabra dada, el empeño conjunto en ampliar la mirada y la responsabilidad en un camino iniciado juntos.

Y qué decir a la hora de abordar lo que surge en el seno de las organizaciones. Más que de comunicación estaríamos hablando de abordar la asunción de tareas y cometidos para garantizar el bien común. Se trata de compartir objetivos, interiorizarlos y poner el empeño en el logro de medidas y actuaciones que lleven al puerto que se ha fijado la entidad en cuestión. Ahí entran de lleno los factores personales de cada quien y de cada cual, sin dejar a nadie al margen, y aunando voluntades para alcanzar el logro desde las expectativas puestas sobre la mesa. De unos intereses que no son excluyentes, sino que permiten adecuarse a los fines compartidos.

Por tanto, en todos esos supuestos, la comunicación vendrá como un elemento que se suma a los que ya surgen a cada instante. Es un factor que adiciona al resto de los que entran en el juego, ya sea electoral, afectivo o, simplemente, organizacional. Sin ir más lejos.     

Cuidado con el cuidado

Cuidado con el cuidado

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Al igual que hace unos años la solidaridad lo inundaba todo ahora hablamos del cuidado como esa palabra mágica que todo lo envuelve. Un concepto que va más allá de las modas y que nuestro sistema es capaz de confundir y devaluar, como eso de la economía circular que escuchamos a menudo, una noción que pretende edulcorar a un sistema económico depredador y destructivo de personas, pueblos y ecosistemas de diverso signo.

Suena ya casi pedante afirmar que uno de los grandes efectos que nos mostró la pandemia fue la fragilidad, la vulnerabilidad del ser humano. Sobre todo, de aquellas personas que se vieron más involucradas en la dimensión de la salud y en lo que la rodeaba: las de los ámbitos sanitarios, educativos y de la acción social. De ahí que hablar de cuidado entre muchas de esas personas cansadas es hacerlo sobre su extenuación laboral ante las cuales no hay respuesta de cuidado sino solo unas palabras convertidas en una moda pasajera.

Cansadas del golpecito en la espalda

Esas gentes, como otras de los sectores esenciales, están hartas del cuidado del que les hablan, porque sienten que están en permanente estado de descuido. Están cansadas del golpecito en la espalda o del recuerdo del aplauso y el Resistiré, mientras que no ven mejoradas sus condiciones laborales. O qué decir tiene, si no se garantiza la sanidad pública y universal para todas las personas. Pero de verdad.

El cuidado se presenta, como reconoce el profesor de Ética, Luis Aranguren, como un Pepito Grillo en la base de un estado de bienestar que se niega a ser desmantelado, y se aleja de un voluntarismo emotivista que se mueve con aquello del “no te preocupes, que todo va salir bien”, como estamos acostumbrados a escuchar en películas y series. Hablar del cuidado lo tenemos que hacer, sin embargo, en medio del contexto de una humanidad en crisis, herida, en el que se han sobrepasado los límites del crecimiento. Cuanto antes nos demos cuenta de ello antes podremos hacerle frente. Por mucho que pretendamos mirar hacia otro lado. Nuestro bienestar se sustenta en haber esquilmado al planeta de sus recursos naturales.

Cuidar o perecer

La alternativa, por tanto, es un cuidado que surge como paradigma gobernado por la razón cordial y que siente, abierta al largo plazo y asentada en la interdependencia y la ecodependencia, como asegura Aranguren, que son unas claves antropológicas y espirituales. “O cuidamos o perecemos como especie humana”, afirma Leonardo Boff. Un cuidado que es una protesta contra toda forma de dominio, control o abuso entre personas o de las personas y la naturaleza. Y promotor de una cultura donde el respeto, el reconocimiento y la confianza se ejercen con esmero.

Qué decir también de poner el cuidado en el centro de las organizaciones, incluidas las religiosas. Un cuidado que abre grietas en unas estructuras cada vez más oxidadas. No tenemos que irnos muy lejos. Desde el lugar más cercano, nuestras familias, a las instituciones educativas, políticas o económicas en las que la persona no suele ocupar el centro de las preocupaciones. Organizaciones que deben de estar atravesadas por la participación (donde se detecta lo común y aleja a los controladores), la colaboración (con un propósito compartido de modo horizontal y circular) y el dinamismo (con apertura a la evolución en el que la persona esté por encima de resultados).

En el centro del debate

En este descubrimiento de diferentes dimensiones del cuidado, tal y como expresa el profesor Aranguren, hay un aspecto que llama poderosamente la atención. No es otro que el de que, probablemente, se llega al cuidado desde la experiencia del descuido con uno mismo (de eso hablaremos en otro momento), con los demás y con el planeta. De ahí que cuidado y justicia se entremezclen en una dimensión de la ética que no es contradictoria, sino que persiguen un objetivo que no es otro que el de la humanización de nuestro mundo.

El concepto del cuidado (o el más amplio, de los cuidados), por tanto, está ya ocupando el centro de los debates sobre el presente y el futuro de la humanidad. Permanecer atentos a que el sistema no lo engulla y lo mercantilice, como lo hizo con la solidaridad, es uno de los grandes retos que tenemos por delante. El cuidado transforma, moviliza. Es disruptivo con el orden vigente. Bienvenido sea.


Una visión más amplia de esta dimensión del cuidado la podemos encontrar en el Tema del Mes de junio 2023 de la revista www.noticiasobreras.es, escrita por Luis Aranguren Gonzalo sobre «El cuidado que transforma y compromete»

Aprender de la ira

Aprender de la ira

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Mentiría si les dijera que no me afectó la pasada campaña electoral. Por bronca y por no aterrizar en los verdaderos asuntos que afectan a las ciudades y regiones. Ni qué decir los resultados en determinados municipios y comunidades autónomas. Ya les confesé hace un par de semanas que me sentía extraño en medio de este espectáculo político en el que vivimos desde hace unos meses. Que no somos tontos, oiga. Por diversas razones que no vienen al caso intuía que este ciclo iba a pasar factura a la gestión de ayuntamientos y gobiernos autonómicos por los que siento una especial sintonía. Pero eso sí, de las noches electorales ya descubrí hace tiempo (como de cualquier dimensión de la vida) que las enseñanzas que debemos aprender tienen que ver con lo que uno ha hecho. Y que hay que hacerlo con la valentía necesaria para reconocer cuanto antes dónde están los errores con el fin de tratar de enmendarlos. De ello de nada sirve esconder la cabeza o esparcir responsabilidades a diestra (las habituales) y siniestra (las menos).  

Respuesta primaria

De las muchas lecciones que podemos aprender de las circunstancias adversas hay una que me cuesta especialmente gestionar. Es la que tiene que ver con esa sensación interna de molestia, enojo, irritabilidad, fastidio o indignación a causa de la sensación que provoca una situación de desprecio u ofensa. También de injusticia o contrariedad ante una expectativa no cumplida. Hablo de la rabia como emoción que emana de una forma visible de nuestro ser, como expresión de que algo no estamos gestionando de manera adecuada. Es ese mecanismo de respuesta primaria que poseemos los seres humanos como reacción al desprecio individual o colectivo ante un hecho que, aparentemente, no tiene por qué llevar aparejada una réplica que resulte satisfactoria.

No me negarán el hecho de que cuando experimentamos esa emoción nos encontramos a pie de pista, en primera línea de una carrera a punto de comenzar. El punto de mira lo tenemos activado hacia una meta con el fin de restablecer un territorio que consideramos perdido de antemano gracias a la fuerza y a una resistencia envidiable.

Cauces desbordados

En ese camino de restitución de lo extraviado o lo dejado escapar se configuran una serie de respuestas a esa emoción frente a las que podemos situarnos de desigual forma: no expresarla nunca, hacerlo habitualmente o ejercer un control sobre ella. En este último caso, decidir si se muestra o no. De esa tríada de reacciones, la primera es, a mi juicio, la peor. Es la que vivimos a diario cuando nos reprimimos de tal manera que nuestro cuerpo nos pasa factura cual acreedor cansado del engaño de la persona mal pagadora.

Hay que saber pisar el freno y el embrague, cambiar de marcha y mantener el pie en el acelerador para presionarlo cuando el momento lo permita se convierte en la mejor práctica de supervivencia en los recorridos vitales.

La energía que se moviliza no encuentra vía alguna de canalización. Es lo que sucede con esas ramblas invadidas por la construcción en nuestras ciudades que, cuando llegan unas simples lluvias, no hay conductor atrevido que las cruce. Pues aquí nos enfrentamos a esos desbordamientos de cauces sentimentales que arrasan con todo lo que se les pone por delante. Esa supresión nos permite, de manera aparente, llevar una vida considerada como normal, pero las consecuencias están ahí y las conocemos bien.

Equilibrio necesario

Bien es verdad que expresar de manera habitual la ira, por el contrario, resulta más que saludable para el organismo, pero, a nivel social, las repercusiones son negativas en las relaciones de la persona. El equilibrio es necesario porque una expresión desmedida de esa rabia puede conducirnos a la toxicidad y a derramar, por tanto, toda esa bilis generada en el ámbito de los intercambios sociales, y por ende, humanos. De ahí que el control de esta emoción aporta la madurez y las vitaminas necesarias para gestionar el alimento que nuestro cuerpo precisa para afrontar cualquier circunstancia que se nos presente. La vida no es una línea continua, por mucho que nos empeñemos, sino que en el trayecto aparecen continuos cambios de rasante, intersecciones, líneas continuas y pasos de cebra. Saber pisar el freno y el embrague, cambiar de marcha y mantener el pie en el acelerador para presionarlo cuando el momento lo permita se convierte en la mejor práctica de supervivencia en los recorridos vitales.

Las peores heridas

Las peores heridas

Imagen de Leopictures en Pixabay

Durante mucho tiempo creí acerca de la existencia de personas, contextos, situaciones o elementos externos al ser humano como los causantes de casi todo lo que nos sucede. Si naces en el seno de una familia determinada, sus ancestros -que son los tuyos- arrastran tras de sí una serie de vivencias que llevan de manera inexorable aparejada una manera de hacer y sentir de la que apenas te puedes escapar. La creencia en que esas personas o esos contextos son determinantes a la hora de explicar tus comportamientos te facilitan esa sensación de impunidad a la hora de pensar de por qué uno hace las cosas como las hace. Esto es, de una manera inconsciente. Y ese atolondramiento te relaja, te permite respirar sin agobios y comportarte de una manera en la que, engañosamente, te sientes libre.

Hilo fino al victimismo

No me negarán que esto no les suena. De aquí al victimismo hay un hilo muy fino, y es el que a los idiotas les facilita el terreno para comportarse en la vida como si nada les fuera exigible. Es decir, el hecho de carecer del menor sentido de la responsabilidad de lo que pasa a su alrededor tratan de paliarlo buscando siempre la excusa de que no son responsables de nada. Tenga ese cometido que ver con el medio ambiente, la política, la economía o los comportamientos cotidianos. Nos referimos al trecho que apenas alcanzan en cualquier comportamiento y es el que para otras personas marca la frontera del compromiso y la mala conciencia o el sentido extremo de la autoría del aspecto que sea.

Conozco a muchas personas a las que les cuesta sobremanera abandonar ese espacio de dolor. Si uno no es capaz de reconocer esa parte de la realidad difícilmente pondrá los medios para sanar esas heridas.

Ese último lugar es en el que existe un verdadero peligro de caer una y otra vez. Es el espacio en el que tropezamos una y mil veces quienes fuimos educados en la búsqueda de una identidad ocultada por las circunstancias. Es el terreno habitado entre una y otra posición en la vida. No es un término medio, desgraciadamente, porque si así lo fuera creceríamos en su cauce sin sentido de culpa. Todo lo contrario. Es un maldito extremo en el que todo lo hacemos nuestro. Es la periferia en la que siempre estamos en alerta, en la que no nos permitimos el más mínimo error. Es el flanco débil sobre el que recaen todas las expectativas del mundo mundial. Las reales y las que convertimos en un escenario de confusión que nos lleva, de manera indisoluble, a sentirnos fuera de la realidad.

15 Peores heridas
Ilustración | EVA VAN PASSEL GAMBÍN
Camino a la autoagresión

Conozco a muchas personas a las que les cuesta sobremanera abandonar ese espacio de dolor. En primer lugar, porque no son conscientes de hallarse en un oscuro rincón que solo conduce a la autoagresión. Si uno no es capaz de reconocer esa parte de la realidad difícilmente pondrá los medios para sanar esas heridas. De ahí que sea complicada combatir la infección de esas magulladuras, porque es entrar de lleno en unas grietas de las que no somos conscientes. Cuesta mucho identificarse, por otra parte, como el principal arquero de esas flechas que tenemos repartidas por el cuerpo, por esas saetas lanzadas sin destino fijo, de manera aparente, pero que más pronto que tarde asoman clavadas en la piel y que explican el dolor sentido.

Hay una cuestión clave en este tipo de heridas. Es que no somos conscientes de ellas. Bueno, en realidad, sus efectos los padecemos de mil y una maneras: ansiedades, depresiones, apatías, insomnios, angustias, adicciones de diverso signo, estreñimientos varios, malestar general, dolor de cabeza… A veces tenemos suerte, o no se sabe bien qué astros o entes se conjuran, y aparece en mitad de la vida, como un regalo, esa persona que es capaz de conectar desde el primer instante con tu psique y te ayuda a romper ese maldito juego autodestructivo. Si no es así, no hay antidepresivo, laxante o analgésico que valgan si antes no se descubren las claves que explican esas agresiones que nos causamos desde no se sabe cuándo… aunque revelemos el porqué. En otras ocasiones, por el contrario, el destino parece habernos jugado una mala pasada y nos mantiene en ese estadio de sufrimiento que no lleva a parte alguna.

Derecho a la felicidad

Pero llegado el instante de la consciencia, que no es otro que el del conocimiento de la propia existencia, las riendas de la vida ya no pueden estar en manos de nadie más que de la propia persona. Por salud, por derecho a la felicidad, por la fuerza que el ser humano posee frente al propio ser que quiere llevarle al fracaso. No, queridas heridas, háganse a un lado porque ha llegado el tiempo de la sanación.