Esperanza frente al fatalismo

Esperanza frente al fatalismo

Si algo demuestra la historia reciente de esta tierra es que los cambios importantes rara vez nacieron de la resignación. Llegaron cuando hubo gente que decidió levantarse de su sillón y se unió con otra gente. Vecinos que reclamaron el soterramiento de las vías en la ciudad de Murcia. Colectivos que defendieron el Mar Menor cuando parecía una causa perdida. Asociaciones que abrieron espacios donde nadie los esperaba. Personas corrientes que entendieron algo muy sencillo: que la ciudadanía no es un público que observa, sino un actor que participa.

Ese movimiento se puso en marcha frente a palabras que se nos cuelan en la vida sin hacer ruido. Que presiden nuestras conversaciones, nuestros encuentros familiares. Se sientan a la mesa, viajan con nosotros en el autobús y se acomodan en las tertulias y en la barra de cualquier bar o en terrazas que se precien. Una de ellas es «resignación». Otra, todavía más peligrosa, es «fatalismo».

El fatalismo es esa voz que nos susurra que las cosas son como son y que poco podemos hacer para cambiarlas. Que el Mar Menor ya no tiene remedio. Que los jóvenes tendrán que acostumbrarse a vivir encadenados a contratos precarios y alquileres imposibles. Que los servicios públicos irán a menos. Que la política es cosa de otros. Que protestar no sirve para nada. Que la cultura es un entretenimiento para quien puede permitírselo. En definitiva, que más vale adaptarse que intentarlo.

Ejemplos en la Región de Murcia

Lo más curioso es que la realidad suele llevarle la contraria. Quizá por eso me he sumado desde su gestación a la iniciativa «Hacer Región, salir del fatalismo», que se presentó públicamente esta semana y reivindica la esperanza como una forma de compromiso. No una esperanza ingenua, de las que esperan milagros desde el sofá o frente a la pantalla de un teléfono. Hablo de una esperanza activa, de las que se remangan. De las que entienden que el futuro no es un lugar al que llegamos, sino algo que vamos construyendo entre todos. Entre todas.

Pese a que pueda parecer lo contrario, la Región de Murcia está llena de ejemplos. Los encontramos en los barrios, en las asociaciones vecinales, en las cooperativas, en los colectivos culturales, en quienes dedican tiempo a cuidar el territorio o acompañar a quienes más lo necesitan. Personas que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen una parte importante de la vida común.

Esperanza frente al fatalismo
Ilustración de NANA PEZ
Energías dispersas

No obstante, muchas veces esas energías aparecen dispersas. Cada cual pelea su batalla en su rincón. Cada grupo defiende su causa. Cada persona intenta arreglar lo que tiene más cerca. Y aunque eso ya es valioso, quizá estamos descubriendo que también hace falta encontrarse, escucharse y reconocerse mutuamente.

Porque los problemas que afrontamos son demasiado complejos para resolverlos solos. La emergencia climática, la desigualdad, el acceso a la vivienda, la calidad de los servicios públicos o la convivencia democrática exigen algo más que indignación y mensajes en redes sociales. Exigen conversación, organización y confianza colectiva.

Parto de la base de que esto no es fácil. Hay intereses económicos que pesan. Hay discursos que alimentan el miedo y la división. Hay quien obtiene beneficios cuando la gente deja de creer en sí misma. Pero precisamente por eso conviene recordar una verdad incómoda: ningún avance social importante ha llegado nunca gracias al conformismo.

Derechos peleados

Todos los derechos que hoy consideramos normales fueron, en algún momento, una idea improbable defendida por personas que se negaron a aceptar que las cosas eran inmutables. Fueron peleados por unos pocos, como el derecho de huelga, y lo conseguido se extendió al común de los normales. Recordémoslo en las próximas semanas cuando oigamos a un ejército de agoreros desacreditando la convocatoria del 11 de noviembre.

Tal vez el primer paso no consista en cambiar el mundo. Tal vez sea algo más sencillo. Consista en negarnos a repetir que nada puede hacerse. En mirar alrededor y reconocer a quienes ya están trabajando por mejorar las cosas. En recuperar la convicción de que el futuro sigue abierto.

Porque, al fin y al cabo, el fatalismo siempre ha sido un pésimo arquitecto del mañana. Y la esperanza, cuando se organiza, suele tener bastante más fuerza de la que imaginamos.

A golpe de chispazos

A golpe de chispazos

Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraño al que nadie presta atención. El traqueteo está ahí. Los síntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la avería está a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del día a día tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que debería alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.

No siempre es un gran acontecimiento. A menudo es una imagen. Una fotografía. Un vídeo grabado con un teléfono móvil. Una escena tan sencilla que cualquiera podría haber pasado por delante de ella cien veces sin detenerse. Y, sin embargo, algo sucede. La imagen atraviesa la costra de la indiferencia colectiva y se instala en la conciencia de miles de personas. El desalojo de Maricarmen, sin ir más lejos, es un ejemplo.

Lo curioso es que el problema ya existía antes de que llegara ese momento. Desde hace años, desalojos como ese venían produciéndose a diario. Un malestar controlado que, sin apenas repercusión, por ejemplo, en los medios, llevaba años ocurriendo. Pero el malestar estaba acumulado. Las razones objetivas para la protesta sobraban. Lo único que faltaba era el detonante.

Historia de ejemplos

La historia reciente está llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niño sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecía dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habían mirado hacia otro lado.

Las imágenes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya más de veinte años, movilizaron a jóvenes de toda España. Hizo lo propio, más recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario público lo que estaba pasando en el país de las libertades.

Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades españolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son más intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaña, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el país entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahí.

De repente, aquello ha dejado de ser un problema de unos cuantos jóvenes para convertirse en una conversación nacional. Y entonces ha ocurrido algo que también se repite con frecuencia. Los partidos políticos reaccionan, aunque no todos. Los medios multiplican la atención. Los tertulianos descubren de la noche a la mañana un asunto que hasta entonces apenas ocupaba espacio en la agenda. La opinión pública comieza a moverse.

Forma de ver la realidad

Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un día para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias políticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho más elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadística. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.

No somos ingenuos. Estos latigazos de realidad no llegan a todos. Ni tampoco un detonante lleva aparejada una respuesta transformadora. Las escenas de la crisis humanitaria vivida en Ceuta hace dos meses, convenientemente utilizadas en un clima polarizado y sembrado de odio al diferente (cuando es pobre, claro), también son capaces de encerrarnos más en los prejuicios y en el rechazo. Si, además, son abonadas por quienes desde la política institucional buscan alcanzar sus objetivos de llegar al poder al precio que sea, el cóctel está servido.

Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartábamos la vista. Nos recuerdan que detrás de los porcentajes hay personas.  Quizá por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada más poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.

“Acoger es ofrecer apoyo, estabilidad y seguridad”

“Acoger es ofrecer apoyo, estabilidad y seguridad”

Laurie Lambert – Profesora de francés y coordinadora de voluntariado en Parem

Laurie Lambert (Florenville, Bélgica, 37 años) llegó a Murcia en 2009 con una Erasmus, una lengua extranjera y una intuición: aquí había algo que podía convertirse en hogar. Lo encontró en el teatro, en la amistad, en un piso que con los años se transformó en refugio para jóvenes migrantes y en un espacio donde la solidaridad se vive sin épica, desde lo cotidiano. Coordinadora de voluntariado en la Asociación de ayuda para las Personas Refugiadas y Migrantes en Murcia (Parem), Laurie habla de acompañar como quien habla de respirar: con naturalidad, con límites, con una fe profunda en la humanidad y en la energía que se intercambia cuando dos vidas se sostienen mutuamente. Su historia es la de una mujer que decidió quedarse, abrir la puerta y construir comunidad

  • ¿Quién es Laurie Lambert?
  • Soy alguien que llegó a Murcia en 2009 por un Erasmus de Filología Francesa. Aquí encontré el amor, la vida social y motivos para quedarme. Estuve diez años en pareja hasta que nos separamos en 2019. Para entonces rondaba los treinta y, en Bélgica, muchas personas de mi edad ya se habían establecido y formado una familia. Yo, en cambio, ya me sentía muy vinculada a España. La vida, de pronto, tenía aquí un ritmo que reconocía. Un piso que se convirtió en refugio, una Covid que nos encerró y nos abrió a la vez. Y ahora un bebé que viene. Al final, quedarme fue una buena decisión.
  • ¿Cuál es su lugar de origen?
  • Vengo de un pueblo del sur de Bélgica, donde las fronteras con Francia y Luxemburgo son líneas suaves, casi respiraciones. Estudié en Lieja. Crecí en una casa donde la puerta siempre estaba abierta. Creo que esa forma de estar en el mundo se me quedó pegada a la piel.
  • ¿Cómo fueron sus comienzos en el voluntariado con la acogida a personas migrantes y refugiadas?
  • Siempre he estado vinculada al voluntariado. A los 18 años me fui a Estados Unidos para aprender inglés. Más tarde participé en un programa de año sabático que combinaba la inmersión lingüística con una experiencia de voluntariado en Senegal, donde trabajé durante tres meses como profesora de Primaria. Tras aquella experiencia, al llegar a Murcia quería conocer a personas implicadas en el activismo y participar en un proyecto práctico. Primero contacté con Ecologistas en Acción, pero en aquel momento su actividad estaba más centrada en el trabajo científico, mientras que yo buscaba una labor más directa sobre el terreno. Así fue como, en 2016, empecé a colaborar con Parem. En esa época todavía era una plataforma, no una asociación, y había surgido como respuesta a la guerra de Siria. Su labor inicial consistía en recoger ropa, medicamentos y otros materiales en Murcia para enviarlos a las zonas afectadas.
  • Pero esta asociación cambió su enfoque…
  • Efectivamente. A lo largo de 2016, la organización constató que muchas personas refugiadas estaban llegando a Murcia. Por eso decidió dejar de centrar sus esfuerzos en enviar ayuda al extranjero y comenzar a acompañar directamente a quienes ya se encontraban aquí. Así nació Parem tal como funciona en la actualidad.
  • ¿Hubo algún momento en el que sintió que acompañar no era solo una tarea sino una forma de estar en el mundo?
  • Durante mi viaje a Senegal viví con una familia de acogida y comprendí que acompañar a otras personas no consiste únicamente en dar. Tú aportas tiempo y energía, pero también recibes afecto, aprendizajes y nuevas formas de entender la vida. Allí sentí con fuerza ese vínculo basado en el intercambio. Años después pude tomar distancia y reflexionar sobre cuestiones como el paternalismo y la relación de Occidente con otras partes del mundo. Sin embargo, más allá de esas consideraciones, aquella experiencia humana ya había cambiado profundamente mi forma de estar en el mundo.
  • ¿Qué le enseñan sobre sí misma las personas a las que acompaña?
  • Lo primero que he aprendido es a reconocer y establecer mis propios límites. La experiencia del programa de acogida de jóvenes del año pasado me hizo comprender que, para acompañar de forma saludable, es necesario decidir cuánto tiempo, energía y espacio personal puedo ofrecer. Aunque pueda parecer abstracto, concibo el acompañamiento como un intercambio de energía. Yo aporto tiempo, atención y espacio vital, pero los jóvenes también comparten su personalidad, sus experiencias y su ayuda. En casa, por ejemplo, siempre han colaborado conmigo. La relación no consiste solo en dar, sino en encontrar un equilibrio entre ambas partes. La interculturalidad implica perseguir una armonía que quizá nunca sea perfecta, pero que se construye día a día. El reto está en descubrir cómo quiero contribuir y hasta dónde puedo llegar sin descuidarme. Un voluntariado tan intenso como el de Parem puede generar mucho desgaste si no se protege ese equilibrio.
  • ¿Qué supone acoger en tu casa a personas refugiadas?
  • Acoger significa aceptar que la vida de esa persona no seguirá el camino que tú imaginas, sino el que ella decida. Tu papel es ofrecerle un punto de apoyo, estabilidad y seguridad para que pueda elegir su propio rumbo. Lo más difícil es no proyectar nuestras creencias ni asumir que sabemos qué le conviene: qué trabajo debería aceptar, qué curso tendría que hacer o qué decisiones debería tomar. A veces los jóvenes eligen una opción distinta de la que esperábamos, y debemos reconocer que ya hemos cumplido nuestra parte al brindarles una base estable. Actualmente acompañamos a un joven que, tras pasar por una familia de acogida, ha vuelto a vivir en la calle. Trabaja, pero no encuentra una habitación. Podemos ofrecerle un lugar para ducharse o lavar la ropa, aunque el alojamiento tiene un límite temporal. En definitiva, debemos respetar su autonomía, su cultura, su personalidad y sus creencias. Son jóvenes y necesitan aprender también a través de sus propias experiencias.
  • En la relación con las personas migrantes, ¿qué gestos pequeños, una mirada, una frase o un silencio le han marcado en estos años de voluntariado?
  • Hace poco volvió a casa Moussa, un joven al que acogimos el año pasado cuando estaba viviendo en la calle. Después le ayudamos a encontrar trabajo y una habitación en Archena. Era muy tímido; de hecho, aparece en una entrevista en nuestro Instagram y está todo el rato mirando al suelo. Meses después regresó a Murcia porque había encontrado otro trabajo y, mientras buscaba alojamiento, volvió a quedarse conmigo. La semana pasada vino para que le ayudara con el currículum. Sigue trabajando, pero quiere encontrar algo mejor. Y esta vez parecía otra persona: te miraba a los ojos, hacía bromas y se reía muchísimo. Me dio mucha alegría ver ese cambio. Tener un trabajo, una habitación y cierta estabilidad le ha dado mucha más seguridad y autonomía. Es una de las historias más recientes que tengo y refleja muy bien la diferencia entre vivir en la calle y poder contar con un entorno estable.
  • ¿Cómo sostiene emocionalmente el acompañamiento cuando las historias que vas conociendo vienen cargadas de pérdidas, de huidas, de comienzos duros?
  • En los últimos años tengo menos contacto directo con las personas, salvo con estos jóvenes, porque ahora coordino al voluntariado y me ocupo sobre todo de tareas en línea, tesorería y administración. Aun así, sigo conociendo sus historias a través de mis compañeras. Con el tiempo también hemos aprendido a cuidarnos. La etapa de la Covid fue muy dura para Parem: pasamos de ocho coordinadoras a quedarnos solo tres, aunque ahora volvemos a ser unas nueve o diez. En aquel momento, una psicóloga voluntaria organizó una sesión que nos ayudó mucho a hablar y compartir lo que estábamos viviendo. Lo que más me sostiene es la red que hemos creado. Muchas llevamos años juntas y podemos llamarnos para contarnos cómo estamos. También siguen cerca personas que antes eran usuarias y ahora colaboran como voluntarias; algunas se han convertido en amigas. En lo personal, me ayudan el arte, el baile, la música y el trabajo de gestión emocional.
  • ¿Qué ha aprendido sobre la resiliencia observando a quienes llegan aquí buscando un lugar seguro?
  • A veces confundimos la resiliencia con ocultar el dolor. Que una persona no parezca triste o deje de contar su historia no significa que la haya superado: el sufrimiento puede permanecer y reaparecer. Además, existen distintas formas de relacionarse con las emociones, por lo que no considero la resiliencia una capacidad permanente. Para mí, ser resiliente es seguir adelante día a día, sin negar lo vivido. Es volver al presente, sabiendo que cualquiera puede recaer. La amistad y la confianza ayudan mucho. Un amigo de Parem, tras vivir experiencias terribles, ha creado una empresa de construcción en Madrid y una casa para alquilar en Malí. Su trayectoria muestra una gran fortaleza y capacidad para avanzar pese a las dificultades.
  • ¿Hay algo que le haya enseñado este trabajo sobre la fragilidad y la fuerza humanas?
  • Me ha enseñado a reconocer mis propios prejuicios racistas. A veces aparecen en mis pensamientos o comportamientos, y la acogida me obliga a observarlos y cuestionarlos. Porque en ocasiones me sorprendo teniendo prejuicios. La diferencia está en reconocerlos y evitar que se conviertan en discriminación. Nosotras acompañamos a personas muy distintas, así que no podemos clasificarlas por su origen, edad o género: debemos conocer cada historia y su realidad. También tendemos a proyectar nuestras expectativas, especialmente sobre los jóvenes acogidos. Pero pueden elegir un camino diferente al que les proponemos, condicionado por su cultura y sus circunstancias, y eso no lo hace menos válido.
  • ¿Qué debería entender la sociedad murciana sobre las personas refugiadas?
  • Lo primero es entender que una persona puede tener trabajo y, aun así, vivir en la calle porque no puede pagar una habitación. También hace falta acercarse y escuchar: cuando hablas con alguien y preguntas por su situación, descubres experiencias muy distintas y evitas juzgar sin conocer la realidad. En Murcia, mucha gente da por hecho que quien vive en la calle puede comer o dormir en determinados recursos, pero desconoce que esos servicios están saturados o desapareciendo. Creo que cuesta ver hasta qué punto se está debilitando el tejido social por decisiones políticas. Que la gente opina muchas veces sin conocer. Y que la solidaridad está, aunque haga menos ruido que el rechazo.
  • ¿Qué le sostiene cuando el contexto social y político no acompaña?
  • Me sostienen la meditación, la música, el arte y la red de amistades y personas voluntarias. Meditar me ayuda a recuperar la calma y a centrarme. También soy optimista: incluso ante relatos negativos, la respuesta ciudadana me devuelve la confianza. La semana pasada organizamos una pequeña recogida de ropa por la situación en Ceuta y participó bastante gente. A pesar del discurso negativo que vemos en las redes y en algunos medios, muchas personas quisieron donar una tienda de campaña, un gorro o unos zapatos. Cada vez que hemos organizado una campaña así, la ciudadanía ha respondido.
  • ¿Comparte la sensación de que la solidaridad queda ocultada y el rechazo al otro, al diferente, es lo que hace más ruido?
  • Sí, pero también percibo una corriente de personas que está tomando conciencia de que debemos recuperar el control sobre las historias que contamos. Por ejemplo, en el barrio del Carmen, en Murcia, apareció una cuenta de Instagram centrada en robos y con un enfoque que, en mi opinión, puede favorecer discursos radicalizados. Como respuesta, surgió otra cuenta que muestra una visión más cercana y solidaria del barrio, destacando las iniciativas positivas que también existen. Ambas realidades pueden convivir, pero la cuestión es dónde ponemos el foco: qué queremos ver y qué ciudad queremos construir. Podemos relacionarnos desde el miedo o reconocer que también es posible confiar: abrir la puerta de casa o acoger a un joven sin asumir que va a robarnos. Muchas veces, lo único que busca es una cama y un lugar donde descansar.

Acompañar a personas voluntarias

  • ¿Qué le supone coordinar voluntariado?
  • A nivel logístico, coordinar es lo que más me gusta. Disfruto poniendo en marcha proyectos desde cero, como el de los jóvenes, y también lo hago en mi trabajo como profesora de francés, donde colaboro con otras docentes. Organizar y automatizar procesos es algo que me sale de forma natural. Con las personas voluntarias intento no crear demasiadas expectativas. Cuando alguien propone una idea, le animamos a desarrollarla de principio a fin y le ofrecemos nuestro apoyo y experiencia. Solo una parte llega hasta el final, así que normalmente coordino a quienes ya están muy implicados o sabemos que pueden asumir el proyecto con autonomía.
  • ¿Qué le emociona al ver cómo una persona voluntaria evoluciona desde su llegada hasta encontrar su lugar en Parem?
  • Después de la Covid, cuando nos quedamos solo tres coordinadoras, nos preguntamos qué había fallado en la comunicación y en nuestra propia red. Ver el equipo que tenemos hoy me confirma que hemos aprendido y que estamos haciendo bien las cosas. También lo demuestra que muchas entidades crean que somos profesionales, aunque en Parem no hay personal contratado ni sede: todo el trabajo es voluntario. El programa de acogida tiene, además, un valor especial porque nace de la ciudadanía, de personas dispuestas a abrir su casa y confiar en los demás. Quienes llegan al voluntariado suelen hacerlo con expectativas e ideas previas. Después aparecen pequeños desencantos y deben revisar sus propias proyecciones. Es un proceso que todas hemos vivido, por eso es importante sentirse acompañada y contar con el apoyo de la red y de entidades con más experiencia.
  • ¿Qué vínculo nace cuando la relación deja de ser ayuda y se convierte en confianza?
  • Amistad, sin duda. A lo largo de estos años he creado vínculos para toda la vida con cinco o seis personas que al principio eran usuarias. Digo «eran» porque muchas acabaron implicándose también en el voluntariado y aportando su tiempo. Hoy ya no hago tanta distinción entre personas usuarias y voluntarias. Dentro del equipo también han surgido amistades muy fuertes, sobre todo entre quienes llevamos cinco o seis años formando el mismo núcleo desde la pandemia. Creo que también serán amistades para toda la vida.

Una tradición familiar de acogida

  • La acogida de personas en su casa, ¿le resulta natural desde su infancia? 
  • Mi madre siempre ha tenido las puertas abiertas. De hecho, el año pasado acogió a una persona al mismo tiempo que yo. Quizá también haya una influencia cultural. En algunas zonas de Bélgica, especialmente en el norte, las casas transmiten una mayor sensación de apertura y libertad de movimiento que muchas viviendas valladas de aquí. Además, la familia de mi madre siempre ha acogido a personas, no solo en situaciones de necesidad, sino también mediante intercambios con músicos de distintos países. Por eso crecí rodeada de experiencias de acogida e intercambio. 
  • Esa forma de acoger, ¿tiene un componente religioso o responde a otros motivos? 
  • Probablemente haya una influencia religiosa. Mi madre era profesora de religión católica y su fe está muy vinculada a la confianza en el ser humano. Una fe que se expresa, sobre todo, como confianza en las personas. Creo que mi forma de acoger estuvo al principio muy influida por la educación católica. Con el tiempo ha cambiado: ahora la relaciono más con la energía que puedo ofrecer. Si no tengo fuerzas para sostener una acogida, prefiero no hacerla, porque también necesito cuidarme. Aun así, para mí compartir el espacio disponible es algo natural. Si tengo habitaciones vacías mientras hay personas en la calle, me parece lógico abrirlas, siempre dentro de unos límites que protejan a todos y permitan mantener la acogida en el tiempo.
  • Incluso a menores no acompañados…
  • En el proyecto acompañamos a jóvenes ex tutelados que tienen documentación, pero pueden quedar sin alojamiento al salir del centro mientras esperan una plaza en otros recursos. Queremos evitar ese periodo en la calle, donde están expuestos a robos, redes delictivas, drogas y problemas de salud mental. Son muy jóvenes, casi niños, y ofrecerles un hogar temporal puede evitar que su situación empeore.
Cuando el hogar deja de ser hogar

Cuando el hogar deja de ser hogar

Una: el martes pasado, Antonia Mayol veía aplazado el desahucio de la vivienda que había comprado hace casi treinta años en Alcantarilla. El fondo buitre que la adquirió parece que no se aviene a negociar. Dos: Maricarmen, una mujer de 87 años fue desahuciada el miércoles por la noche de su casa en Madrid, tras siete décadas viviendo en ella. Este hecho ha provocado una gran reacción social que se echaba de menos. Tres: la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) centra este año su atención en las consecuencias que tiene para las personas y las familias trabajadoras, especialmente para las personas jóvenes, la negación práctica del derecho a la vivienda.

Estas noticias no son solo noticias. Son bofetadas. Las tres en su conjunto son historias que se tocan como dos cables pelados. Menudo chispazo. Realidad pura. Porque lo que ocurre con ambas mujeres no es una excepción, sino el rostro más crudo de la realidad en la que cuando el derecho a la vivienda y el derecho al trabajo se convierten en mercancía, la vida se vuelve un ejercicio de supervivencia.

Vida digna

Y eso, aquí en la Región de Murcia, lo sabemos bien: las ejecuciones hipotecarias se dispararon en el primer semestre en la Región de Murcia hasta alcanzar los niveles de la pandemia. Los procedimientos aumentaron casi un 40 por ciento en el último año tras registrar un total de 475 durante el primer semestre, la cifra más alta desde 2021. Adrián González nos lo recordaba hace unos días en las páginas del diario La Opinión.

Trabajo y vivienda son dos derechos que deberían sostener una vida digna, no dinamitarla. Pero hoy funcionan como dos puertas cerradas: salarios que no alcanzan, alquileres que se disparan, jóvenes que encadenan contratos de semanas y familias que viven con la angustia de no saber si podrán pagar el mes siguiente.

Y mientras tanto, en Madrid, una anciana es expulsada de su casa porque una inmobiliaria decidió multiplicar por cinco el alquiler. No por necesidad, sino por lógica de mercado, esa que convierte la dignidad en una línea de Excel. Incluso rechazaron el pago íntegro garantizado por una persona solidaria. Ahí está el punto: cuando la vida se mide en rentabilidad, la justicia se queda sin sitio.

Desahucios
Ilustración | NANA PEZ
Escenas de parábola

Las escenas de estos desahucios son casi una parábola: una anciana en camilla, una mujer en silla de ruedas acompañada por su hija y su nieto. En el caso de la capital de España, con cientos de vecinos gritando que no está sola y poniendo negro sobre blanco el escándalo del ático de Ayuso. En nuestra Región, con el calor de la buena gente de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). Frialdad institucional frente a calor comunitario.

No hace falta irse a Madrid para ver la herida. Aquí, en nuestros barrios, hay jóvenes que viven en habitaciones de paso, familias que destinan más del 50 por ciento del sueldo al alquiler, y las personas trabajadoras que, aun con dos empleos, no pueden plantearse un futuro estable. La imposibilidad de construir una vida digna cuando trabajo y vivienda fallan a la vez es exactamente lo que vemos cada día en la calle, en las plazas de abastos o en los mercadillos, en los portales donde la gente hace cuentas con miedo.

Propiedad privada, bien absoluto

Cuando la política se dedica a intercambiar culpas y no protege a los vulnerables, deja de servir al bien común. Y cuando los fondos buitre imponen su lógica sin alma, la vida humana se vuelve un daño colateral.

Lo que está en juego no es solo un piso. No es solo un contrato. No es solo una anciana o una mujer con problemas de movilidad. Es el modelo de sociedad que estamos construyendo: una donde la propiedad privada se trata como un absoluto, olvidando que está subordinada al bien común; una donde la fragilidad se enfrenta en ocasiones a despliegues policiales desproporcionados.

Maricarmen ha sido desahuciada. Antonia ha visto un nuevo aplazamiento. Pero sus historias, como las de tantas personas en Murcia y en toda España, nos obligan a mirar de frente lo esencial: la humanidad, la compasión y la justicia. Lo que está en juego no es solo un hogar. Es la posibilidad de vivir sin miedo.

“Educar es acompañar a alguien para que descubra lo que puede llegar a ser”

“Educar es acompañar a alguien para que descubra lo que puede llegar a ser”

Enrique González Lorca, profesor de Servicios a la Comunidad y psicólogo clínico

Hay vidas que no se explican con un currículum, sino con una pregunta que atraviesa cada etapa: ¿qué hacemos cuando nos encontramos con el sufrimiento de otro ser humano? La historia de Enrique González Lorca —profesor de Servicios a la Comunidad, psicólogo clínico y voluntario en proyectos educativos, sociales y de cooperación internacional— está tejida con ese hilo. Desde la memoria de la emigración familiar hasta los guetos de Monrovia, pasando por aulas, empresas, barrios vulnerables y comunidades heridas, su vida es una búsqueda constante de la dignidad humana. Habla con una serenidad que nace del silencio interior, con una ternura que no es debilidad sino resistencia, y con una convicción que repite como un mantra: “la vida es más amable cuando se mira con ternura”.

– ¿Quién es Enrique González Lorca?

– Enrique es alguien que ha encontrado el sentido de su vida en salir en busca del corazón del otro, pero para eso he tenido que adentrarme en el mío. Allí he descubierto valores heredados de mi familia, una presencia que me une a toda la humanidad y una certeza que me acompaña siempre: la vida es más amable cuando se mira con ternura. En el otro me veo a mí mismo porque compartimos la misma dignidad. Y desde esa conciencia de unidad, siento que mi misión es cuidar la casa común y vivir en fraternidad.

Su historia comienza en Bruselas, en una familia emigrante. ¿Qué significó esa experiencia?

Nací en Bruselas, hijo de emigrantes murcianos que llegaron a Bélgica en los años cincuenta buscando una vida mejor. Aunque regresamos cuando yo tenía dos años, aquella memoria quedó grabada en mi familia. Mis padres conocieron la dureza de la emigración y también el rechazo. Muchas mujeres españolas fueron insultadas con expresiones profundamente racistas como “putas moras”. Mi padre acogía a compatriotas recién llegados en un piso que hoy llamaríamos “patera”. Esa memoria me enseñó que lo que hoy sufren muchos migrantes africanos no es nuevo: cambian los protagonistas, pero permanecen los mecanismos de deshumanización. Aprendí que nadie debe ser reducido a una etiqueta. Antes que cualquier circunstancia está la dignidad.

¿Cuándo comenzó su compromiso con las personas excluidas?

Durante mi juventud, incluso antes de tener claro mi camino profesional. Mientras estudiaba Económicas en Valencia, me acerqué a las chabolas de la Malvarrosa y a la realidad del pueblo gitano. Allí descubrí el rostro de los olvidados. Aquellas personas dejaron de ser una categoría abstracta: tenían nombres, historias, sueños. Comprendí que detrás de la pobreza no hay falta de voluntad, sino desigualdad y ausencia de oportunidades. Aprendí que la primera respuesta ante el sufrimiento no es juzgar, sino acercarse y escuchar. Y que el otro no es un lobo: detrás de cada herida hay una persona.

En esa etapa vivió también una transformación espiritual. ¿Qué papel tuvo Francisco de Asís?

Francisco de Asís me enseñó que el verdadero tesoro está en el encuentro con el excluido. Su abrazo al leproso fue para mí una revelación: aquello que la sociedad rechaza es precisamente donde se esconde la dulcedumbre del alma. Comprendí que la libertad no está en la acumulación de bienes, sino en liberarse de aquello que impide vivir una existencia entregada. La opción por los vulnerables no es superioridad moral: es reconocer que la dignidad humana está por encima de cualquier circunstancia.

¿Cómo se concretó esa opción vital en su etapa como franciscano capuchino?

Intenté vivirla desde el compromiso con personas concretas. Participé en proyectos de formación y acompañamiento en barrios de Valencia, especialmente con jóvenes en vulnerabilidad. Muchos habían sido etiquetados por su fracaso escolar o su situación familiar. Pero cuando alguien les ofrecía confianza y una oportunidad, aparecían capacidades ocultas. Aprendí que educar no es transmitir conocimientos: es ayudar a descubrir lo que uno puede llegar a ser.

Doce años después dejó la vida religiosa. ¿Qué se cruzó en su vida?

El amor, pero desde otra perspectiva: conocí a Mari Cruz, mi mujer. Y también descubrí que la institución no siempre permite sacar lo que uno lleva dentro. Sentí que Dios me seguía llamando, pero por otro camino. Como decía San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Y yo allí no vivía.

“Una vida tiene sentido cuando ayuda a que otros descubran su propia luz.”

¿Cree en las segundas oportunidades?

¡Hombre! Si la vida me las ha dado a mí, ¿cómo no voy a creer en ellas?

¿Qué le enseñó a reconstruirse sin negar las cicatrices?

Que el discurso victimista no lleva a ningún sitio. Cuando salí de la institución, me miré por dentro: mis capacidades, mis valores, sin la seguridad de un marco. Y descubrí que el mundo es un espacio de reparación. He aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.

Después llegó la psicología clínica. ¿Qué le enseñó el trabajo en adicciones?

En el mundo de las adicciones descubrí que detrás de cada consumo había una historia humana: heridas, pérdidas, carencias afectivas, necesidad de vínculos. La intervención no podía limitarse a controlar una conducta; era necesario acompañar procesos de reconstrucción personal. Aquellos años me confirmaron algo esencial: cuando solo miramos el problema, dejamos de ver a la persona.

Sorprende su etapa en el mundo empresarial. ¿Qué aportó a su visión?

Fue una etapa inesperada, pero profundamente enriquecedora. La empresa es otro espacio donde las personas viven, crecen y construyen su proyecto vital. Allí comprendí que una organización no es solo una estructura económica: es una comunidad humana. La calidad empieza por el respeto a los trabajadores, a sus derechos y a su dignidad. Una empresa responsable crea empleo digno, oportunidades, relaciones saludables y contribuye al bienestar social. Humanicé despidos en plena crisis del ladrillo. Y entendí que las personas no son recursos: son fines.

“La exclusión comienza cuando dejamos de ver a la persona.”

La educación vuelve a aparecer como eje central. ¿Qué le llevó a la docencia?

La docencia fue una forma de integrar todas mis experiencias. Como profesor de Servicios a la Comunidad he acompañado situaciones educativas, familiares y sociales complejas. Descubrí que muchas dificultades tienen raíces profundas: detrás de un comportamiento o un fracaso escolar hay una historia que necesita ser comprendida. Por eso creo que la educación empieza en la mirada. Si miramos a alguien desde sus carencias, limitamos sus posibilidades. Si miramos sus capacidades, abrimos caminos. La pedagogía de la alteridad me enseñó que un alumno es más que una nota, más que un expediente, más que un calificativo.

¿Cómo se aprende a mirar la vida con gratitud, incluso cuando el camino se vuelve áspero?

Creo que todo empieza por una mirada sencilla: detenernos en lo que tenemos en el presente y que, tantas veces, otros no tienen. Ese ejercicio puede resultar difícil cuando no has vivido la exclusión, la necesidad o la pobreza. Pero hay ejemplos que lo hacen evidente. Cuando viajo a Liberia, el primer beneficiado soy yo. No hay electricidad, ni saneamiento, ni sistema sanitario, ni educación. Y entonces vuelvo aquí y veo cómo nos quejamos teniendo una de las mejores sanidades públicas del mundo, pudiendo abrir un grifo para asearnos, contando con un empleo digno y un salario justo. Al final, lo que nace es la gratitud. Gratitud por todo lo que tenemos.

Después de tantos años acompañando personas, ¿qué ha aprendido?

Que las personas son siempre más que sus problemas. Lo he aprendido de jóvenes excluidos, personas con adicciones, trabajadores, familias, mujeres con enfermedad mental, migrantes y comunidades vulnerables. Todos me han enseñado que la dignidad no depende de las circunstancias. Vivimos tiempos de miedo y polarización. Frente a eso necesitamos recuperar una mirada profundamente humana. El rostro del otro nos hace responsables antes incluso de elegir. Solo quien ha aprendido a habitar el silencio puede habitar el encuentro. La vida tiene sentido cuando ayudamos a que otros descubran su propia luz. Porque la última capa del ser humano es luz. Y en ese camino siento que no me dedico a buscar: me dedico a ser encontrado

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Cooperación internacional sin paternalismo

Liberia ha sido clave en su trayectoria reciente. ¿Qué ha descubierto allí?

Liberia ha sido profundamente transformadora. En el proyecto We Are Like You, con Hermanas Hospitalarias, he acompañado a mujeres con enfermedad mental y problemas de consumo. Sufren doble exclusión: por ser mujeres y por el estigma. Lo esencial es la mirada: no verlas como pacientes, sino como personas con capacidades y sueños. La salud necesita tratamientos, pero también vínculos y oportunidades.

Ha conocido también la realidad del kush y La Casa de Lázaro. ¿Qué representa este proyecto?

La Casa de Lázaro acompaña a jóvenes afectados por el kush, una sustancia devastadora. Muchos viven en condiciones extremas, con heridas, infecciones y rechazo social. Llegan desde auténticas “tumbas sociales”. El proyecto les devuelve algo esencial: “tu vida importa”. Reciben curas, alimentación, formación, afecto y acompañamiento. Algunos antiguos pacientes hoy forman parte del equipo. Quien recibe una oportunidad puede convertirse en oportunidad para otros. Allí comprendí que he aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.

También ha trabajado en reintegración laboral. ¿Por qué es tan importante?

Porque la recuperación no termina con una alta médica. La verdadera recuperación llega cuando una persona vuelve a sentirse parte de la sociedad. Proyectos como el cultivo del cacao ofrecen futuro, empleo y comunidad. Evitan que los jóvenes regresen a los mismos contextos de exclusión.

Ha desarrollado proyectos de educación para el desarrollo y recibió el Premio Vicente Ferrer. ¿Qué ha aprendido de ello?

Aprendí que muchas desigualdades tienen raíces históricas. Mi experiencia en Senegal, especialmente en la isla de Gorée, me marcó profundamente. La cooperación no debe ser paternalista: no se trata de llevar soluciones, sino de encontrarse con otros pueblos, reconocer sus capacidades y construir juntos.


La esperanza, motor de vida y de trabajo

¿Qué papel juega la esperanza en su trayectoria, en tu trabajo como psicólogo y también en tu vida personal?

Si miramos a nuestro alrededor, y especialmente al mundo en el que vivimos, encontramos muchos motivos para la desesperanza. A veces necesito hacer un ejercicio parecido al del avestruz: refugiarme bajo el ala para no mirar de frente todo lo que hemos construido. Pero, precisamente bajo esa ala, encuentro también el lugar donde puedo intervenir, aportar y transformar. Ese espacio concreto —mi ámbito de influencia— es el que me sostiene y me permite seguir sintiendo esperanza. Creo que, si cada persona siembra en su propio entorno una visión nueva de la vida y del otro, fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y, sobre todo, en el amor, es posible despertar esperanza.

En su caso, imagino que la fe también tendrá un lugar destacado…

También me apoyo en mi fe, que me recuerda que ninguna injusticia será olvidada. Durante mucho tiempo no comprendí una expresión del Credo: “bajó a los infiernos”. Hoy la entiendo como una llamada a trabajar, ya aquí, por un mundo en el que los últimos sean los primeros. Confío en que habrá una justicia última —una justicia que podríamos llamar cósmica— en la que todas las víctimas de la violencia y de la indignidad serán restauradas en su memoria y en su ser.

Vídeos de Enrique González

La libre concurrencia… y la libre exclusión 

La libre concurrencia… y la libre exclusión 

Hace más de treinta años nació Traper@s de Emaús en la Región de Murcia de la mano de un grupo de lunáticos que pretendían abogar por un concepto peculiar de empresa social solidaria. Lo hacían con un sencillo lema: “Lo aparentemente inútil para los aparentemente inútiles: un trabajo social y solidario”. De las buenas intenciones repletas de utopía pasaron a concretar una estructura societaria centrada en el reciclaje y la recuperación, similar a la que sus hermanos de Pamplona habían puesto en marcha a partir de la experiencia impulsada por el abbé Pierre desde 1949 en Francia. 

Inserción social y laboral, calidad de vida de todas las personas y compromiso con el entorno natural y humano eran los tres pilares sobre los que se sustentaba ese proyecto. Un proyecto que sentí como propio desde sus comienzos, y así lo reflejé en un artículo publicado en octubre de 1995 y que siempre ha sido una de las primeras cartas de presentación de lo que ha sido la trayectoria de Traper@s Región de Murcia.   

Oscuras perspectivas

Nunca lo han tenido fácil, porque tras constituir la empresa de inserción (de personas en situación de exclusión) dedicada al reciclaje y trabajar con numerosas instituciones públicas ahora se les presentan unas oscuras perspectivas. Y a ello voy. Cuando un modelo funciona durante años, romperlo exige algo más que un “cambio de procedimiento”. Estamos en Molina de Segura, y vemos con sorpresa cómo el Ayuntamiento ha decidido que el contrato de recogida de papel y cartón ya no necesita reservarse para empresas de inserción. Que cualquiera puede presentarse. Que lo social, si eso, ya se verá. 

Y uno se pregunta si de verdad alguien cree que la inclusión socio laboral brota sola, como las acelgas en las acequias o las collejas en mitad del campo. Porque Traperos Recicla lleva más de dos décadas demostrando lo contrario: que la inserción se trabaja, se acompaña, se sostiene y, sobre todo, se financia. 

Artículo publicado en el diario La Verdad el 21 de octubre de 1995.
Laboratorio de contratación

Es bueno saber que desde 2005 las distintas corporaciones municipales han mantenido este modelo mediante la incorporación de cláusulas sociales. Y no es una frase cualquiera: es la constatación de que Molina de Segura ha sido, durante años, un pequeño laboratorio de contratación pública responsable. Un lugar donde recoger papel y enseres no era solo recoger papel, sino dar trabajo a quienes más difícil lo tienen. 

Pero ahora, de repente, el modelo se abre a la libre concurrencia. Y claro, libre concurrencia suena muy bien en los pliegos, algo muy técnico, muy europeo, muy procedimiento abierto. Pero en la práctica significa que Traperos Recicla —una empresa de inserción con 23 contratos de personas vulnerables y una plantilla media de 42 trabajadores— tendrá que competir con empresas que no tienen esa carga social, ni esa misión, ni ese compromiso. Competir con quien solo mira números, no vidas. 

Igualdad de oportunidades

Y aquí es donde uno empieza a sospechar que la pobreza siempre pierde cuando quienes ostentan el poder de decisión política de tomar decisiones en la Administración se ponen tecnocráticos. Porque mientras se habla de eficiencia, de concurrencia y de igualdad de oportunidades entre empresas, se olvida la igualdad de oportunidades entre personas. 

Los ingresos del contrato suponen el 65 por ciento de la financiación total de la empresa. Si se pierde, no hablamos solo de un cambio de proveedor, hablamos de un terremoto social. Traperos Recicla ha invertido más de 250.000 euros en vehículos y equipamientos confiando en la continuidad del modelo. Y ha renovado por cinco años el alquiler del Centro de Preparación para la Reutilización, con un coste fijo de 3.000 euros mensuales. ¿Cómo se llama esto? En cualquier manual de empresa: planificación estratégica. En cualquier manual de Administración Pública: generar confianza en el proveedor social. 

Confianza caducada

Pero en Molina, por lo visto, la confianza ha caducado. La ausencia de reserva puede dificultar seriamente su capacidad para competir en el nuevo procedimiento. Y uno piensa: claro que puede dificultar. Porque competir en desigualdad es competir para perder. Una confianza que sí estuvo con la anterior corporación del PSOE y Podemos, fruto de la cual ambas partes defendieron lo que consideraban justo.

A todo esto se suma la falta de diálogo, un diálogo que sí lo hubo hace años cuando se puso en marcha este tipo de colaboración incluso con un gobierno del Partido Popular de entonces. Ahora, ni una mesa, ni un café, ni un rato para escuchar. Y eso, en política local, es casi una declaración de intenciones. Resulta paradójico que mientras el Ayuntamiento de Murcia pone en valor el trabajo de Traper@s, con visita incluida de su concejala de Bienestar Social a la Comunidad Emaús, el de Molina, con alcalde popular, no dice ni pío.

Porque hablamos de un proyecto de vida para decenas de personas. Que la contratación pública puede ser una herramienta de justicia social. Que Molina de Segura ya lo sabía. Y que olvidarlo ahora sería un error histórico. La libre competencia está muy bien, pero la libre exclusión no debería ser nunca una opción. 


Ilustración | Nana Pez


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La prioridad es quién mira a quién

La prioridad es quién mira a quién

León XIV habrá dormido esta pasada noche en su cama romana después de una intensa semana en España. Imagino que estará agotado. Como lo están las familias tras los resultados de la PAU y con los pasos a seguir en busca de plazas universitarias para sus descendientes. Robert Prevost ha compartido aquí el final de curso escolar y el cuasi final del polarizado curso político antes de las vacaciones. Ha despertado simpatías y su mirada ha traspasado las fronteras ideológicas que se interponen entre gentes, barrios y regiones. Y como habrá tenido oportunidad de escuchar y conocer qué se cuece aquí no le resultará ajena una expresión que quizá la Fundeu escoja a final de año como frase estrella. Lo mismo hasta Campofrío la elige en su anuncio navideño o José Mota para el Especial de Nochevieja.

Porque hay palabras que entran en la conversación como quien deja una piedra en mitad del camino: para obligarte a tropezar. La última es esa «prioridad nacional» que algunos repiten como si fuera sentido común, como si la vida fuese una cola del Mercadona o del Carrefour donde alguien se cuela y tú, indignado, reclamas tu turno. En Murcia, sin ir más lejos, ya sabemos cómo funcionan estas cosas: basta con que falten médicos, vivienda o ayudas para que alguien señale al de al lado, nunca al de arriba.

Mirar hacia arriba

La trampa es vieja, pero eficaz. En vez de preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza condiciones dignas para todos, nos invitan a decidir quién merece pasar primero. Y claro, cuando aceptas ese marco, ya has perdido. Porque el foco deja de estar en los salarios que no dan, en los alquileres imposibles, en los servicios públicos que se desangran. El foco pasa a ser tu vecino, tu compañera de curro, la familia que llegó hace diez años y trabaja más horas que un reloj. Mirar hacia abajo siempre es más fácil que mirar hacia arriba.

En esta Región nuestra, donde la precariedad no es un concepto sino una experiencia diaria —del campo a la hostelería, de los cuidados a los barrios que sobreviven como pueden—, el discurso encaja como un guante. «Si no hay para todos, primero los de aquí». Pero, ¿quién ha decidido que no hay para todos? ¿Quién ha convertido derechos básicos en bienes escasos? Curiosamente, los mismos que piden menos Estado para garantizar vivienda o empleo digno son los que luego quieren filtros de pertenencia para repartir lo poco que queda. Primero recortan, luego reparten carnés.

Los datos desmontan el agravio

La realidad, sin embargo, es tozuda. Las personas migrantes no viven en un limbo: viven aquí, trabajan aquí, cotizan aquí y sostienen sectores enteros que, sin ellas, se vendrían abajo como un melón pasado. Y los datos —esos aguafiestas— desmontan el relato del agravio: la mayoría de las prestaciones sociales las reciben ciudadanos españoles, y la población migrante usa menos la sanidad que la autóctona. El problema no es quién recibe, sino por qué tanta gente no puede vivir con dignidad.

Pero para que la «prioridad nacional» funcione, necesita miedo. Necesita exageraciones, medias verdades y la sensación de que alguien se te cuela en la fila. Y, sobre todo, necesita ocultar que nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos. Esa es la operación política: que los últimos se peleen entre ellos mientras los primeros cuentan beneficios.

La prioridad, las personas

A veces se disfraza con palabras más suaves —«arraigo», «vinculación al territorio»—, pero la lógica es la misma: establecer jerarquías entre personas según su origen. Y eso, en una democracia, es dinamita. Porque rompe la convivencia, alimenta sospechas y convierte al vecino en amenaza.

Desde la tradición cristiana, esa que algunos dicen profesar, el asunto es aún más claro: la única prioridad son las personas, especialmente las más vulnerables. No hay verbos de exclusión, sino de humanidad: acoger, proteger, promover, integrar. No es teología; es sentido común con alma.

Conocemos el cansancio real de tantos barrios, la angustia de tantas familias que no llegan a fin de mes, el desarraigo de quienes sienten que el futuro se les ha encogido. Pero utilizar ese dolor para señalar al que está igual de fastidiado es una indecencia política y moral.

Reconstruir comunidad

La extrema derecha ha entendido que mucha gente se siente sola, sin horizonte colectivo. Por eso ofrece identidad, aunque sea a costa de excluir. Frente a eso, la tarea —democrática, social y también espiritual— es reconstruir comunidad. Volver a mirarnos como parte de algo más grande que el miedo.

Porque la cuestión de fondo no es quién va primero. La cuestión es si aceptamos una sociedad construida sobre la competencia entre los últimos o si defendemos una donde la dignidad sea el punto de partida, no el premio final. La prioridad, por tanto, no puede ser nacional. La prioridad, si queremos seguir llamándonos humanos, ha de ser humana.

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

El teólogo palentino afirma que “el cristoneofascismo es una alianza global entre extrema derecha y fundamentalismos cristianos”

El teólogo Juan José Tamayo presentó el pasado 30 de mayo en la sede de Podemos Región de Murcia (calle Cartagena), su nuevo libro Política y religión (Tirant Lo Blanch, 2026), una obra que llega en un momento de máxima polarización social y que analiza con precisión quirúrgica la alianza creciente entre extrema derecha e integrismos cristianos. En conversación con La Opinión de Murcia, Tamayo aborda fenómenos como el cristoneofascismo, sitúa a la Región de Murcia como uno de sus laboratorios más visibles y reivindica un cristianismo laico y liberador, anclado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre los riesgos de la inteligencia artificial y valora los últimos gestos del Papa León XIV, a quien considera ya una de las voces morales más sólidas frente a la guerra y las nuevas formas de dominación global.

– ¿En qué momento cree que nos encontramos en la relación entre política y religión?

– La relación entre política y religión no es nueva ni coyuntural: viene de lejos, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Son dos realidades que se entrecruzan inevitablemente en la vida personal y colectiva de los pueblos. A lo largo de la historia han convivido momentos de separación, de colaboración y también de conflicto abierto. Hoy vivimos un escenario especialmente delicado: una polarización creciente tanto en el ámbito político como en el religioso. Esa polarización condiciona la calidad democrática y determina si la política se orienta al bien común o a intereses particulares; si la religión se convierte en fuerza liberadora o en legitimación del poder.

– Entonces la pregunta clave puede ser si la religión debe quedar recluida en lo privado o si puede tener presencia pública.

– Yo defiendo una presencia pública liberadora, respetuosa con la autonomía de la política, la ciencia, la cultura y el arte, pero comprometida con los sectores populares. Lo contrario —la religión como legitimadora del poder— ya lo vivimos durante el franquismo, y sus consecuencias fueron devastadoras.

Alianza de la ultraderecha

– En el libro habla del “cristoneofascismo”. ¿Cómo define esa alianza y por qué la considera una internacional del odio?

– El concepto surgió en 2019, durante un curso de teología de la liberación en Curitiba, en Brasil. Un alumno me dijo: “En la Iglesia nos prohíben hablar de política y Bolsonaro se pasa el día haciendo teología”. Ese contraste me llevó a definir a Bolsonaro como “el teólogo y predicador del cristoneofascismo”, porque utilizaba el lenguaje religioso para legitimar políticas autoritarias. Después, viajando por América Latina y Europa, comprobé que no era un fenómeno aislado: el golpe de Estado en Bolivia con apoyo de sectores católicos conservadores; Salvini exhibiendo crucifijos y rosarios en Italia; la alianza entre Vox y asociaciones ultracatólicas en España… Todo ello configura una alianza internacional entre extrema derecha política y fundamentalismos cristianos —evangélicos y católicos— legitimada por el pensamiento neoconservador y el neoliberalismo.

“Jesús de Nazaret fue un laico crítico del poder político y religioso: ahí nace el cristianismo liberador”

Es una “internacional del odio” porque comparten un programa común basado en el rechazo: odio al feminismo (llegan a llamar “feminazis” a las mujeres feministas), odio a la inmigración expresado en xenofobia y racismo, negación del cambio climático, rechazo al matrimonio igualitario, odio hacia las personas LGTBIQ+, islamofobia y antisemitismo… Es una inversión absoluta de los valores cristianos: donde el cristianismo propone amor, ellos proponen odio; donde propone perdón, ellos proponen venganza; donde propone hospitalidad, ellos levantan muros.

– En su texto menciona a la Región de Murcia como un caso paradigmático. ¿Qué papel juega en este fenómeno?

– La Región de Murcia funciona como un laboratorio donde se experimenta el programa de la extrema derecha política y religiosa. El pin parental, impulsado bajo presión de Vox, o las medidas contra centros de acogida de menores son ejemplos de cómo ese ideario se traduce en políticas concretas. Pero también quiero subrayar que en Murcia existe una respuesta cristiana y ciudadana muy coherente, que no siempre recibe la visibilidad que merece. Colectivos cristianos —y también musulmanes— han defendido la educación integral, la hospitalidad y la acogida. La ILP para la regularización de personas migrantes, promovida por Cáritas, es un ejemplo de compromiso evangélico auténtico. El problema es que los medios amplifican las movilizaciones racistas o antifeministas, pero no colocan en primera página las iniciativas solidarias. La polarización no la generan quienes defienden la dignidad humana, sino quienes promueven discursos de odio.

-Una de las tesis más llamativas del libro es presentar a Jesús de Nazaret como un judío laico. ¿Cómo ayuda esa visión a defender la compatibilidad entre cristianismo y Estado laico?

-Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal, no fue funcionario del templo ni tuvo reconocimiento oficial como rabino. Su vida pública no se desarrolló en el templo, sino en los caminos, las aldeas y las ciudades de Galilea, en el espacio cívico. Fue un creyente laico que vivió su fe desde la tradición profética, sapiencial y apocalíptica.Su actitud fue profundamente crítica con los pilares de la religión oficial, ya que criticó los lugares sagrados, los tiempos sagrados, las acciones sagradas y a las autoridades religiosas.

“León XIV se ha convertido en la mayor autoridad moral mundial contra la guerra”

Sus grandes conflictos no fueron con la religión, sino con el poder político imperial, que finalmente lo condenó. Frente al imperio, Jesús propuso el Reino de Dios, que se realiza mediante prácticas de liberación. Además, puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, algo revolucionario para su tiempo. No podemos decir que fuera feminista en sentido moderno, pero sí que su movimiento nace de un colectivo de mujeres. Por todo ello, sostengo que no hay contradicción entre cristianismo y laicismo. El laicismo garantiza la libertad de conciencia y evita que las religiones se conviertan en cogobernantes o colegisladoras.

Cristianismo y estado laico

– ¿Por qué cree que ciertos sectores de la jerarquía siguen tachando el laicismo de fundamentalismo laicista?

-Por una falsa imagen del laicismo y por la persistencia del clericalismo, que pretende seguir controlando la vida política, legislativa y social. El laicismo defiende la independencia de la política respecto a cualquier tutela religiosa, la libertad de conciencia (creer o no creer) y la responsabilidad personal en materia de fe. Todas las instituciones son laicas, y eso no es una amenaza para la religión, sino su mejor garantía de libertad.

– Qué opinión tiene sobre León XIV y sus intervenciones de los últimos tiempos?

– La verdad es que los últimos gestos de León XIV me han impresionado profundamente. Su encíclica Magnifica humanitas me ha parecido un documento de enorme calado, y creo que en estos meses ha logrado algo que no tenía al inicio de su pontificado: convertirse en una auténtica autoridad moral a nivel mundial. Esto se debe, sobre todo, a su reacción firme frente a los señores de la guerra —Netanyahu, Trump y otros líderes que alimentan la lógica bélica— y a su afirmación rotunda de que no existen guerras justas, que lo único defendible es una paz justa, desarmada y desarmante. Esa claridad ética le ha dado una fuerza que antes quizá no se percibía, en parte porque aún estaba reubicándose en su nuevo papel y porque la sombra de Francisco, con su personalidad tan arrolladora, era muy alargada. Durante meses se le juzgó siempre en comparación con él, casi siempre para situarlo por debajo.

La IA unifirma la humanidad

-Pero reconocerá que eso ha cambiado y que la encíclica es un buen ejemplo de ello.
-En efecto. Con su postura inequívoca contra la guerra, León XIV se ha convertido, a mi modo de ver, en la figura con mayor auctoritas moral del panorama internacional. Y la encíclica lo confirma: es un texto que lo sitúa entre los grandes defensores de la dignidad humana, especialmente de la dignidad de quienes más la ven vulnerada: los empobrecidos, los oprimidos, los pueblos sometidos a sistemas de dominación como el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado o el imperialismo, hoy más fuertes que nunca. Además, el documento tiene una dimensión histórica en relación con la inteligencia artificial. Puede marcar un rumbo nuevo para la humanidad, porque no se limita a describir los riesgos tecnológicos, sino que analiza sus consecuencias en la educación, el trabajo, la gobernanza, los derechos humanos o la vida social. Si se siguen las orientaciones que propone, la IA podría ponerse al servicio de la mejora de la vida humana, y no al revés. En definitiva, creo que estamos ante un pontificado que ha encontrado su voz y su lugar, y que está ofreciendo una lectura profundamente humanista, crítica y liberadora del momento histórico que vivimos.

– ¿Qué espera de la visita del Papa León XIV a España?

-Más que esperanza, es un deseo: que el Papa debe poner sobre la mesa los grandes problemas de la sociedad española y de la Iglesia. En cuanto a ésta, renunciar a los privilegios derivados de los acuerdos con la Santa Sede, devolver los bienes inmatriculados indebidamente, abrir las comunidades a migrantes, refugiados y colectivos LGTBIQ+, situarse del lado de los empobrecidos, así como pagar indemnizaciones justas a las víctimas de pederastia. Y para la política, combatir la corrupción, condenar a la extrema derecha por antidemocrática y por defender valores contrarios a la democracia y al Evangelio, garantizar el derecho a la vivienda y afrontar la injusticia estructural y las desigualdades crecientes. Si la visita sirve para eso, habrá cumplido una función histórica.

Regularizar para reconocer

Regularizar para reconocer

Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.

Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de franchute arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de alicantino, borracho y fino al cambiar de pueblo y de provincia. Si no les suena algo de esto es porque la memoria es muy corta. Selectiva, más bien, porque si la recuperásemos un poco y mirásemos atrás, sin necesidad de ir muy lejos, otro gallo cantaría.

Debate metafísico

Ahora en España estamos viviendo el debate sobre la regularización de inmigrantes como si fuera una cuestión metafísica, de esas que se discuten en las sobremesas largas cuando ya no queda ni café. Una posición que se argumenta estos días es que ese proceso es algo mucho más sencillo: o regularizamos, o el país se nos queda sin manos, sin pensiones y sin futuro.

No me gusta que la defensa tenga que ver con una visión utilitarista del fenómeno migratorio y no, simplemente, por una cuestión de humanidad, de valores, de derechos humanos y, por tanto, de justicia. Pero nada, aquí seguimos, atrapados en un bucle emocional donde algunos han convertido la xenofobia en una especie de religión civil. Y ya se sabe: a un creyente dogmático no se le convence con datos, sino con milagros.

Una de las grandes mentiras que circulan sobre la población migrante es que viene a quitarnos el trabajo

Partidos políticos como Vox o Aliança Catalana (e incluso el propio PP) han creado una xenofobia emocional y han sabido convertirla en creencia. Un argumento puede discutirse, pero es imposible revisar o desmontar racionalmente una creencia dogmática que esté muy viva. Las ideas se tienen, pero en las creencias se está. En ese ámbito de lo incuestionable no tienen cabida los análisis que demuestran que sin los migrantes hay servicios que no funcionarían y que ellos contribuyen de forma relevante al sistema de pensiones.

Regularización para reconocer
Ilustración de Nana Pez

Chivos expiatorios

Recordemos que entre esas grandes mentiras está la de que vienen a quitarnos el trabajo. Pues mire, no. Los estudios muestran que no compiten por los mismos puestos y que, de hecho, aceptan trabajos que muchos españoles no queremos ver de lejos. Y encima cobran un 30 por ciento menos. Vamos, que si alguien está siendo explotado aquí, no son precisamente los de siempre. O también. Pero la narrativa del “nos roban” funciona porque apela a las tripas, no al cerebro.

Crece en España la aporofobia. Es decir, el asco y la aversión al pobre, al inmigrante «sudaca», «moro» o «negro». Como afirma el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, es un problema antropológico de gran magnitud que va más allá de la política y que tiene algunas semejanzas con la mutación cívica que hizo posible el apoyo al fascismo y al nazismo. Ahora el chivo expiatorio no son los judíos, sino los migrantes… ¡que necesitamos! Por eso, el irracionalismo forma parte de la cultura de quienes se sitúan en la órbita de esos partidos. Esa mezcla tóxica es terreno fértil para discursos que recuerdan demasiado a otros tiempos, incluso entre los mismos pobres, a golpe de TikTok. Y no digamos cuando los proclaman personas que se declaran católicas, apostólicas y rumanas, ¡uy!, perdón, romanas.

Acto de justicia

De ahí que el proceso de regularización no sea un gesto de buenismo ni una concesión ideológica. Regularizar no es regalar nada: es reconocer que ya están aquí, en esta tierra de promisión, que trabajan, que sostienen sectores enteros y que merecen derechos y estabilidad. Es, además, la única forma de combatir la economía sumergida y la explotación laboral.

Y si a alguien le preocupa que esto “atraiga a más”, quizá convenga recordar que el mejor freno a la migración no son los muros ni los discursos incendiarios, sino la justicia global: que la gente pueda vivir dignamente en sus países. Pero eso exige políticas serias, no eslóganes.


Ilustración | NANA PEZ

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Utopía compartida… en el tajo

Utopía compartida… en el tajo

Tres curas acaban de escribir y publicar dos libros. De esos tres sacerdotes, dos están casados. Uno ha sido cura obrero, otro está empeñado en no dejar escapar la oportunidad de visibilizar su opción por los más pobres aquí en la Región de Murcia y con los refugiados en diversas partes del planeta. Y todos ellos decidieron en algún momento de su vida que su ministerio sacerdotal había que derramarlo en medio del mundo, alejado de oropeles y del boato, de un cometido que no fuera el de encarnarse en realidades que habitualmente parecen destinadas a otro tipo de personas. Una utopía compartida… en el tajo.

Amigos y compañeros

Hablar de Joaquín Sánchez Sánchez (Vilanova de Sau, Barcelona, 1962) y de Fernando Bermúdez López (Alguazas, Murcia, 1943) es hacerlo de dos amigos y compañeros en mil batallas por la solidaridad y el compromiso. Habitualmente aparecen en medios de comunicación, bien como destacados columnistas o como activistas frente a los desahucios, concentraciones en favor de las personas refugiadas, los derechos humanos y la cercanía a quienes son descartados del sistema. Joaquín Sánchez es la bondad personificada, portador de un corazón tan grande para amar que a veces le juega una mala pasada, capellán de prisiones y de centros de salud mental o de mayores. Fernando Bermúdez, con su barba cana, es la imagen de quien un día llegó a América Latina y se enamoró de su pobreza y rebeldía, de su pasión para vivir la fe de otra manera distinta a la que estaba acostumbrada en estas tierras. Y para dialogar entre las religiones desde una posición de igual a igual.

Diálogo epistolar

En La utopía compartida (Alianza Con-Vida 20, 2023) ambos entablan un diálogo epistolar repleto de reflexiones sobre todo aquello que les inspira en sus diferentes opciones de vida. Desde el sentido de la acción sociopolítica a la crisis de la ética, desde la conversión y el sentido de la propia vida a la corrupción y, paradójicamente, a los signos de esperanza o al Reino de Dios. Del diálogo interreligioso a preguntarse si las religiones sirven para algo. Por supuesto, sin dejar pasar la Iglesia que sueñan, los retos ante la vida y la declaración de principios de que el amor vence los discursos de odio.

Y para culminar este libro escrito a cuatro manos, un regalo tras este intercambio de cartas: su credo. Una confesión repleta del alimento de la fe y la esperanza de que este mundo tiene sentido, bajo el impulso de la utopía en la búsqueda de nuevos horizontes. Desde sentir a Dios como una fuerza espiritual, trascendente, en el corazón del Universo, infinitamente mayor que cualquiera de las religiones que lo hacen suyo. Una declaración de fe en Jesús de Nazaret, de su encarnación en los últimos y de su anuncio de la buena noticia y esperanza para las personas empobrecidas. Una proclama acerca del Reino de Dios en la historia presente que es capaz de convertir los corazones agrietados de los hombres y mujeres en semillas de liberación, en una Iglesia nueva soñada que ama a María que «sacó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes».

Mantener la memoria

El tercero de los autores es Pedro Castaño Santa (Yecla, Murcia, 1940), cura obrero afincado desde los comienzos de su ministerio en Cartagena y del que hace unos meses dimos cuenta de La otra cara de la Catedral Antigua (2022), un retrato de lo vivido en la parroquia de Santa María la Antigua entre los años 1967 y 1976, en los que estuvo adscrita a la Diócesis de Cartagena. Su anterior trabajo, en el que en sus poco más de cien páginas, logra cumplir el principal objetivo que le llevó a remover recuerdos y a recopilar documentos y fotografías de esos años: mantener viva la memoria de lo que allí aconteció.

Pedro Castaño acaba de publicar En el tajo. Avatares de un cura en su trabajo (octubre 2023), prologado por el historiador y secretario comarcal de CC.OO. José Ibarra Bastida, en el que se narra todo su periplo vital como cura obrero desde sus tiempos de seminarista, atravesado por el impulso que estos testimonios de encarnación en el mundo del trabajo llevaron a cabo los curas obreros franceses. Una inspiración que le llegó de la mano de los grupos de Jesús Obrero, la experiencia de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de la presencia de Guillermo Rovirosa, primer promotor de la HOAC, y del sacerdote Tomás Malagón, en el propio Seminario Mayor de Murcia.

Encarnación en el mundo obrero

A lo largo de sus páginas podemos conocer los diferentes lugares de trabajo que este yeclano conoció desde adolescente, en su pueblo, y ya de joven, en la vendimia francesa. Su verdadero bautismo como cura obrero, como él mismo reconoce, en Unión Explosivos Río Tinto, ya en Cartagena, en empresas auxiliares, en la Refinería de Escombreras, su posterior despido, el paso por la cola del paro hasta llegar a una empresa auxiliar de Bazán, para luego emplearse en otra de jardinería. Un periplo como estibador frustrado, pescador, reparador de barcos de recreo, librero en Espartaco durante unos meses y miembro de una cuadrilla de yesaires o yeseros en Zamora y Cocentaina (Alicante), así como en La Palma, hasta recalar en Correos, donde conoció diferentes destinos hasta su jubilación. Un recorrido vital en el que ha primado siempre su deseo de encarnación en el mundo obrero. Desde su condición sacerdotal, aunque en un momento de su vida decidiera unirse a Rosa, su mujer, con la que ha tenido dos hijos y nietos.

Dos libros que son unos nuevos hijos para estos jóvenes inquietos, ministros de la utopía, la dignidad y el compromiso. De la esperanza que no desfallece.

Fraternidad política

Fraternidad política

Llámenme blando, flojeras o cobarde. Lo que quieran. A estas alturas de la película ya apenas me afecta. Nunca he llevado bien la mentira, la hipocresía, las medias verdades o las promesas que se lanzan a sabiendas de que no se cumplirán. Incluso cuando un servidor, oh pecador, ha caído en ellas. He sido testigo privilegiado de muchas de esas actitudes y comportamientos en diferentes etapas en las que estuve embarcado en la política institucional. Como también de lo contrario, ¿eh? De la generosidad, la bondad y el trabajo por el bien común. Pero ese lado oscuro en la gestión de los asuntos públicos me genera tal desasosiego que, a veces, las ramas del polarizado debate político nos impiden ver el bosque de las decisiones que afectan a la vida de la gente.

Individualismo indiferente

No resulta difícil aceptar que décadas de políticas neoliberales han socavado los fundamentos de la democracia y provocado una grave crisis política. La política se ha sometido a la lógica inmisericorde de la rentabilidad económica, reduciendo su función a la adaptación de las personas y la sociedad a las exigencias de la rentabilidad. Por otra parte, se ha fomentado un individualismo indiferente que ha conducido a muchas personas a buscar solo lo que consideran sus intereses y conveniencias. Esto es grave, puesto que se olvida la responsabilidad que tenemos hacia los demás y hacia el mundo que habitamos. Aunque suene muy fuerte, ambas dimensiones son destructivas para la vida social y para el valor humano de la política. Si trasladamos esto de lo que les hablo a algunas de las reivindicaciones que escuchamos estos días para la investidura del presidente del Gobierno de España… la suerte no está echada.

La explicación de que se hayan extendido los movimientos políticos de extrema derecha, tanto en nuestro país como en el resto de Europa y del mundo, tiene que ver con el crecimiento de la desafección hacia la vida política. Una inquina que, precisamente, viene generada por los efectos nocivos de las desigualdades sociales que han generado las políticas neoliberales y las dificultades de las instituciones políticas para afrontarlas. No olvidemos, sobre todo, sus consecuencias en las personas y familias vulnerables, empobrecidas y excluidas. De ahí que no sorprenda, por ejemplo, el importante apoyo que Vox ha cosechado en muchos de nuestros barrios olvidados.

Precisamos recuperar la política, tanto en el plano de las instituciones políticas como en el de la vida política del conjunto de la sociedad

De lo que se trata, en realidad, es de una forma de neoliberalismo autoritario que enmascara con su demagogia la pretensión de someter la vida de las personas y de la sociedad a la rentabilidad económica, con un desprecio absoluto del bien común. Y aquí los discursos se superponen entre determinadas fuerzas políticas y poderes empresariales, culturales y mediáticos. Es una realidad muy peligrosa para la convivencia social y, particularmente, para la vida de las personas y familias empobrecidas, porque desvía la atención de los problemas sociales que necesitamos afrontar.

Recuperar la política

Llegados a este punto me sumo a defender una política para la fraternidad, la de “la mejor política puesta al servicio del verdadero bien común”, tal y como la señala el papa Francisco. Porque no me negarán ustedes que precisamos recuperar la política, tanto en el plano de las instituciones políticas como en el de la vida política del conjunto de la sociedad. Una verdadera reconquista que pasa por colocar en primer lugar las necesidades y derechos de las personas y familias empobrecidas, esencia del bien común. Es el único camino para que las personas sean siempre lo primero, para el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona. En la Región de Murcia, basta con ponerles rostro a las familias que se han visto privadas de las becas-comedor o las que padecen los problemas del transporte escolar o que sus hijos e hijas den clase en barracones.

Ausencia de diálogo

En la vida política, como en cualquier otro ámbito de la existencia, debe darse un diálogo auténtico y eficaz orientado a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo. Cuánto se echa en falta ese diálogo en todos los debates que tenemos sobre la mesa. Desde nuestros colectivos, pueblos y ciudades, y no digamos en la política nacional e internacional.

Se trata de asumir la responsabilidad que todas las personas tenemos en la vida social y política, colaborando a caminar hacia la justicia y la fraternidad. Un compromiso que tiene que llevarnos a romper la dinámica de la creación de enemigos y de la permanente confrontación que descalifica a los demás. Y, por supuesto, al empeño en construir un diálogo desde la diversidad para avanzar en amistad social. Esa es la vida política en la que creo, la que recupera su sentido humano y humanizador. Aquí ya no hay cobardía que valga. Es tiempo de valientes.


Ilustración | NANA PEZ
Este artículo está inspirado en la Resolución «Una política para la fraternidad», aprobada en la XIV Asamblea Geneal de la HOAC, celebrada del 12 al 15 de agosto de 2023
Cuidado con el cuidado

Cuidado con el cuidado

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Al igual que hace unos años la solidaridad lo inundaba todo ahora hablamos del cuidado como esa palabra mágica que todo lo envuelve. Un concepto que va más allá de las modas y que nuestro sistema es capaz de confundir y devaluar, como eso de la economía circular que escuchamos a menudo, una noción que pretende edulcorar a un sistema económico depredador y destructivo de personas, pueblos y ecosistemas de diverso signo.

Suena ya casi pedante afirmar que uno de los grandes efectos que nos mostró la pandemia fue la fragilidad, la vulnerabilidad del ser humano. Sobre todo, de aquellas personas que se vieron más involucradas en la dimensión de la salud y en lo que la rodeaba: las de los ámbitos sanitarios, educativos y de la acción social. De ahí que hablar de cuidado entre muchas de esas personas cansadas es hacerlo sobre su extenuación laboral ante las cuales no hay respuesta de cuidado sino solo unas palabras convertidas en una moda pasajera.

Cansadas del golpecito en la espalda

Esas gentes, como otras de los sectores esenciales, están hartas del cuidado del que les hablan, porque sienten que están en permanente estado de descuido. Están cansadas del golpecito en la espalda o del recuerdo del aplauso y el Resistiré, mientras que no ven mejoradas sus condiciones laborales. O qué decir tiene, si no se garantiza la sanidad pública y universal para todas las personas. Pero de verdad.

El cuidado se presenta, como reconoce el profesor de Ética, Luis Aranguren, como un Pepito Grillo en la base de un estado de bienestar que se niega a ser desmantelado, y se aleja de un voluntarismo emotivista que se mueve con aquello del “no te preocupes, que todo va salir bien”, como estamos acostumbrados a escuchar en películas y series. Hablar del cuidado lo tenemos que hacer, sin embargo, en medio del contexto de una humanidad en crisis, herida, en el que se han sobrepasado los límites del crecimiento. Cuanto antes nos demos cuenta de ello antes podremos hacerle frente. Por mucho que pretendamos mirar hacia otro lado. Nuestro bienestar se sustenta en haber esquilmado al planeta de sus recursos naturales.

Cuidar o perecer

La alternativa, por tanto, es un cuidado que surge como paradigma gobernado por la razón cordial y que siente, abierta al largo plazo y asentada en la interdependencia y la ecodependencia, como asegura Aranguren, que son unas claves antropológicas y espirituales. “O cuidamos o perecemos como especie humana”, afirma Leonardo Boff. Un cuidado que es una protesta contra toda forma de dominio, control o abuso entre personas o de las personas y la naturaleza. Y promotor de una cultura donde el respeto, el reconocimiento y la confianza se ejercen con esmero.

Qué decir también de poner el cuidado en el centro de las organizaciones, incluidas las religiosas. Un cuidado que abre grietas en unas estructuras cada vez más oxidadas. No tenemos que irnos muy lejos. Desde el lugar más cercano, nuestras familias, a las instituciones educativas, políticas o económicas en las que la persona no suele ocupar el centro de las preocupaciones. Organizaciones que deben de estar atravesadas por la participación (donde se detecta lo común y aleja a los controladores), la colaboración (con un propósito compartido de modo horizontal y circular) y el dinamismo (con apertura a la evolución en el que la persona esté por encima de resultados).

En el centro del debate

En este descubrimiento de diferentes dimensiones del cuidado, tal y como expresa el profesor Aranguren, hay un aspecto que llama poderosamente la atención. No es otro que el de que, probablemente, se llega al cuidado desde la experiencia del descuido con uno mismo (de eso hablaremos en otro momento), con los demás y con el planeta. De ahí que cuidado y justicia se entremezclen en una dimensión de la ética que no es contradictoria, sino que persiguen un objetivo que no es otro que el de la humanización de nuestro mundo.

El concepto del cuidado (o el más amplio, de los cuidados), por tanto, está ya ocupando el centro de los debates sobre el presente y el futuro de la humanidad. Permanecer atentos a que el sistema no lo engulla y lo mercantilice, como lo hizo con la solidaridad, es uno de los grandes retos que tenemos por delante. El cuidado transforma, moviliza. Es disruptivo con el orden vigente. Bienvenido sea.


Una visión más amplia de esta dimensión del cuidado la podemos encontrar en el Tema del Mes de junio 2023 de la revista www.noticiasobreras.es, escrita por Luis Aranguren Gonzalo sobre «El cuidado que transforma y compromete»

Pasión y muerte están aquí

Pasión y muerte están aquí

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

No hace falta sacar los santos, vírgenes y cristos a las calles para revivir los acontecimientos que rodearon la delación, el secuestro, la detención, la tortura, las acusaciones falsas, el engaño, la traición de sus amigos y la desolación en cruz de aquel galileo, desnudo, ultrajado y reducido a un despojo. Esas experiencias las tenemos cada día muy presentes en cualquier parte del planeta. Corderos llevados al matadero por su compromiso político o sindical, pero silenciados en la noria de las vanidades informativas. Traicionados, raptados y sometidos a toda clase de vejaciones. Da igual el credo que profesen, la nacionalidad que aparezca en sus pasaportes o el color de su piel, porque de lo que se trata es de aniquilar la dignidad y el respeto por el ser humano, al precio que sea.

Fariseos y saduceos de antaño

Podemos narrar la emoción por un manto bordado, una imagen inanimada, los sones de una saeta o el ritmo de una marcha procesional. Nos permitimos atiborrar de flores o velas un trono, cargar un paso como si nos fuera la vida en ello y acompañar a militares en tono marcial como si escoltasen a un malhechor cuando en realidad ese personaje es reo de muerte camino del patíbulo por atreverse a transgredir el poder religioso, político y económico de la época. Sus protagonistas de antaño son los mismos fariseos y saduceos, sepulcros blanqueados o invasores de Palestina que hoy pretenden edulcorar sus vidas e historias con una presunta muestra de golpes de pecho sin entonar el mea culpa.  

Mientras hay quienes se pelean por un puesto en la comitiva de la procesión o en la fila de estantes, esos mismos son capaces de mirar hacia otro lado ante las muertes de miles de personas que cruzan cualquiera de los estrechos y fronteras en busca de un futuro mejor. Aquellos que alimentan los fondos de los mares de la sinrazón. De las gentes que huyen de guerras, de hambrunas o sufren persecución política. ¡Ay de aquellos que se muestran orgullosos de lucir túnicas, escapularios y capuchas mientras rechazan que en su barrio ubiquen un centro de rehabilitación de personas toxicómanas! Esa mirada ante el nazareno no parece que sea la de quien lucha cada día una batalla contra la desigualdad y el mal fario asociado a la pobreza. De quien se deja la piel por llevar comida y un futuro a casa, amén de una salida digna de la precariedad y la exclusión. Esas víctimas que no cuentan para otra cosa que no sea la suma de números sin rostro y completar la sucesión de frías estadísticas de crecimiento económico sin alma que valga.

¡Ay de aquellos sumos sacerdotes de una nueva religión laica en la que todo vale, especialmente las posiciones autoritarias y populistas!

¡Y ay de vosotros que sois capaces de acompañar un trono en el que se muestra la imagen doliente de un venerado hombre al que trataron de arrebatarle su dignidad, cuando en la vida cotidiana practicáis la corrupción en todas sus formas! Ejercen la podredumbre moral quienes arrebatan al débil lo que pueden, los que defraudan a manos llenas y se jactan de ello, los que no son capaces de mantener su palabra frente a las tentaciones del poder o de servirse de una posición de privilegio para actuar con total impunidad. Son los sumos sacerdotes de una nueva religión laica en la que todo vale, especialmente las posiciones autoritarias y populistas que sitúan la mirada por encima de los hombros del resto de los mortales. Y lo hacen porque parecen haber sido educados para ello. Es la descomposición extrema de los que, amparados en una supuesta altura moral, tratan de dar lecciones a propios y extraños.  

Mujeres valientes

Y en esta exaltación de cruces y estandartes por las calles dónde quedan, además, aquellas mujeres que no faltaron en su momento a estar en primera línea junto al derrotado, al vencido, al machacado en cruz. Las que no tuvieron miedo, ni se escondieron. Las que no renegaron de aquel que era feliz cuando le acompañaban en su camino. Esas mujeres a las que, tanto entonces como dos mil años después, el patriarcado clerical sigue colocando en segundo plano de la escena de una Iglesia que tiene miedo de quedarse sola en medio del mundo. Temor a la pérdida de un protagonismo mesiánico que no esconde otra cosa que la inmadurez personal de quienes defienden a ultranza las posiciones de privilegio alcanzadas a lo largo de los siglos. Pasión y muerte están aquí, junto a nosotros. Solo tenemos que contemplarlas. Sin sucedáneos. Al cabo de la calle.

El trabajo decente #NoEsUnCuento

El trabajo decente #NoEsUnCuento

Quienes disfrutamos de unas condiciones dignas en nuestra actividad laboral a veces sentimos sonrojo para hablar del trabajo decente. Parecemos de otra época, viejunos, cuando las reivindicaciones laborales estaban en la agenda mediática, política y social. Ahora hablar de trabajo decente no está de moda. No ocupa espacio en las escaletas de los informativos, de ella no hablan apenas nuestros representantes en el Congreso y en el Senado, empeñados en revisar sus currículums o ver quién la dice más gorda en cuanto a Cataluña y el independentismo. Nuestros empresarios siguen a lo suyo amenazando a diestro o siniestro porque el Gobierno quiere subir los impuestos para que contribuyan un poco más al bien común. Y nuestros líderes de opinión, en sus medios de comunicación, están centrados en otras cuestiones. Todo parece un cuento y resulta que no lo es. (más…)

Sufrimiento en los CIE, los nuevos lazaretos

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Ir a donde otros no llegan es uno de los criterios que Ignacio de Loyola señala en las Constituciones de la Compañía para elegir la misión de los jesuitas. Desde el año 1980 el entonces Superior General, Pedro Arrupe SJ, fundó el Servicio Jesuita a los Refugiados (SJR), un proyecto para atender a las personas que se ven obligadas a dejar sus hogares en busca de una vida digna. Desde entonces el drama de la movilidad humana no ha dejado de aumentar. (más…)