Hace más de treinta años nació Traper@s de Emaús en la Región de Murcia de la mano de un grupo de lunáticos que pretendían abogar por un concepto peculiar de empresa social solidaria. Lo hacían con un sencillo lema: “Lo aparentemente inútil para los aparentemente inútiles: un trabajo social y solidario”. De las buenas intenciones repletas de utopía pasaron a concretar una estructura societaria centrada en el reciclaje y la recuperación, similar a la que sus hermanos de Pamplona habían puesto en marcha a partir de la experiencia impulsada por el abbé Pierre desde 1949 en Francia.
Inserción social y laboral, calidad de vida de todas las personas y compromiso con el entorno natural y humano eran los tres pilares sobre los que se sustentaba ese proyecto. Un proyecto que sentí como propio desde sus comienzos, y así lo reflejé en un artículo publicado en octubre de 1995 y que siempre ha sido una de las primeras cartas de presentación de lo que ha sido la trayectoria de Traper@s Región de Murcia.
Oscuras perspectivas
Nunca lo han tenido fácil, porque tras constituir la empresa de inserción (de personas en situación de exclusión) dedicada al reciclaje y trabajar con numerosas instituciones públicas ahora se les presentan unas oscuras perspectivas. Y a ello voy. Cuando un modelo funciona durante años, romperlo exige algo más que un “cambio de procedimiento”. Estamos en Molina de Segura, y vemos con sorpresa cómo el Ayuntamiento ha decidido que el contrato de recogida de papel y cartón ya no necesita reservarse para empresas de inserción. Que cualquiera puede presentarse. Que lo social, si eso, ya se verá.
Y uno se pregunta si de verdad alguien cree que la inclusión socio laboral brota sola, como las acelgas en las acequias o las collejas en mitad del campo. Porque Traperos Recicla lleva más de dos décadas demostrando lo contrario: que la inserción se trabaja, se acompaña, se sostiene y, sobre todo, se financia.
Artículo publicado en el diario La Verdad el 21 de octubre de 1995.
Laboratorio de contratación
Es bueno saber que desde 2005 las distintas corporaciones municipales han mantenido este modelo mediante la incorporación de cláusulas sociales. Y no es una frase cualquiera: es la constatación de que Molina de Segura ha sido, durante años, un pequeño laboratorio de contratación pública responsable. Un lugar donde recoger papel y enseres no era solo recoger papel, sino dar trabajo a quienes más difícil lo tienen.
Pero ahora, de repente, el modelo se abre a la libre concurrencia. Y claro, libre concurrencia suena muy bien en los pliegos, algo muy técnico, muy europeo, muy procedimiento abierto. Pero en la práctica significa que Traperos Recicla —una empresa de inserción con 23 contratos de personas vulnerables y una plantilla media de 42 trabajadores— tendrá que competir con empresas que no tienen esa carga social, ni esa misión, ni ese compromiso. Competir con quien solo mira números, no vidas.
Igualdad de oportunidades
Y aquí es donde uno empieza a sospechar que la pobreza siempre pierde cuando quienes ostentan el poder de decisión política de tomar decisiones en la Administración se ponen tecnocráticos. Porque mientras se habla de eficiencia, de concurrencia y de igualdad de oportunidades entre empresas, se olvida la igualdad de oportunidades entre personas.
Los ingresos del contrato suponen el 65 por ciento de la financiación total de la empresa. Si se pierde, no hablamos solo de un cambio de proveedor, hablamos de un terremoto social. Traperos Recicla ha invertido más de 250.000 euros en vehículos y equipamientos confiando en la continuidad del modelo. Y ha renovado por cinco años el alquiler del Centro de Preparación para la Reutilización, con un coste fijo de 3.000 euros mensuales. ¿Cómo se llama esto? En cualquier manual de empresa: planificación estratégica. En cualquier manual de Administración Pública: generar confianza en el proveedor social.
Confianza caducada
Pero en Molina, por lo visto, la confianza ha caducado. La ausencia de reserva puede dificultar seriamente su capacidad para competir en el nuevo procedimiento. Y uno piensa: claro que puede dificultar. Porque competir en desigualdad es competir para perder. Una confianza que sí estuvo con la anterior corporación del PSOE y Podemos, fruto de la cual ambas partes defendieron lo que consideraban justo.
A todo esto se suma la falta de diálogo, un diálogo que sí lo hubo hace años cuando se puso en marcha este tipo de colaboración incluso con un gobierno del Partido Popular de entonces. Ahora, ni una mesa, ni un café, ni un rato para escuchar. Y eso, en política local, es casi una declaración de intenciones. Resulta paradójico que mientras el Ayuntamiento de Murcia pone en valor el trabajo de Traper@s, con visita incluida de su concejala de Bienestar Social a la Comunidad Emaús, el de Molina, con alcalde popular, no dice ni pío.
Porque hablamos de un proyecto de vida para decenas de personas. Que la contratación pública puede ser una herramienta de justicia social. Que Molina de Segura ya lo sabía. Y que olvidarlo ahora sería un error histórico. La libre competencia está muy bien, pero la libre exclusión no debería ser nunca una opción.
Ilustración | Nana Pez
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En este verano de incendios, riadas, conversaciones múltiples sobre los calores sobrevenidos y destinos turísticos saturados como si no hubiese un mañana, nos hemos tropezado con la crisis humanitaria de Ceuta, una de las muchas ciudades que viven en el borde como si el mapa las hubiera dibujado con un temblor en la mano. Ciudades y territorios donde las fronteras no son líneas: son grietas. Por ellas se cuela el miedo, la política, la pobreza y, muchas veces, también la humanidad.
Las más de 72.000 personas que cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad autónoma el pasado 30 de julio son una cifra que no cabe en ninguna estadística emocional. Mientras miles de adultos fueron devueltos por mecanismos tan opacos como rápidos de “cooperación bilateral”, como ha denunciado Convivir sin Racismo—, más de mil menores quedaron bajo custodia autonómica, junto a solicitantes de asilo que esperan, como quien aguarda que amanezca, una resolución que no llega.
Convivencia desgastada
Sentimos como propio que la ciudad, agotada, ha hecho lo que ha podido: vecinas y vecinos improvisando acogidas, ONG repartiendo comida en playas convertidas en dormitorios, asociaciones sosteniendo lo que los servicios públicos no alcanzan. Y, sin embargo, lo que más ha dolido no ha sido la precariedad, sino la fractura. Porque la convivencia se ha desgastado hasta el punto de que algunos han confundido el cansancio con odio, y el abandono con permiso para la violencia. Que haya quien incendie pertenencias de recién llegados, quien impida a Cruz Roja repartir agua, quien hostigue a menores, no habla de Ceuta: habla de lo que ocurre cuando una crisis se deja pudrir. Y habla también de quienes han decidido convertir la solidaridad en sospecha, como si acompañar, documentar o asistir fuera un delito.
Leyendo el manifiesto de Convivir sin Racismo, uno no puede evitar recordar lo que Arturo Lezcano describe en El país invisible (Libros del K.O., 2025): la historia de cientos de miles de gallegos que, en dos oleadas entre 1880 y 1960, emigraron a América buscando lo mismo que hoy buscan quienes llegan a Ceuta. No eran héroes ni aventureros: eran trabajadores pobres que partían con una maleta de cartón y un futuro prestado. Y, como los migrantes de hoy, fueron invisibles.
Desaparecer sin ruido
Invisibles en los censos, invisibles en las leyes, invisibles en la memoria. Invisibles cuando trabajaban en los puertos de Buenos Aires o Nueva York, en las cocinas de Caracas, Ciudad de México, Salvador de Bahía o Río de Janeiro, en las haciendas de Cuba. Invisibles cuando enviaban remesas que levantaron casas y escuelas en Galicia mientras ellos seguían siendo “los de fuera”.
Lezcano lo resume con una frase que atraviesa el tiempo: “La emigración gallega fue un país entero que desapareció sin hacer ruido”. No podemos negar que hoy, en Ceuta, ocurre lo mismo: un país entero que llega sin hacer ruido, pero sobre el que se grita demasiado.
Criminalizar la solidaridad es degradar la democracia. No hay frontera que exima del cumplimiento de la ley, ni territorio que permita excepciones en derechos humanos. La política migratoria no puede convertirse en un campo de batalla donde unos defienden la “integridad territorial” mientras otros cargan con la intemperie.
En las concentraciones convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias participaron miles de personas bienintencionadas que expresaron su solidaridad con los ceutíes. Pero el apoyo no puede ser un disfraz para movilizaciones contra las personas migrantes, ni un altavoz para quienes buscan convertir una crisis humanitaria en un arma partidista.
Una mirada distinta a la frontera
Ceuta necesita recursos, coordinación, transparencia. Necesita que se investigue la violencia racista, que se garantice el trabajo de Cruz Roja, Elín y tantas organizaciones que sostienen lo que otros abandonan. Necesita que se cumpla la ley con los menores, que se respete el derecho de asilo, que se deje de externalizar responsabilidades hacia Marruecos como quien barre el polvo hacia la casa del vecino. Y, sobre todo, necesita que dejemos de mirar la frontera como un muro y la miremos como un espejo. Porque lo que ocurre allí dice más de nosotros que de quienes llegan.
Los gallegos que emigraron hace un siglo también fueron tratados como amenaza, como carga, como intrusos. Ellas fueron víctimas de la trata, como ocurre en nuestros civilizados países de acogida. Familias rotas, proyectos a menudo truncados, extraños en las tierras donde llegaban y extraños cuando regresaron a sus aldeas. Hoy son parte del relato sentimental de un país que olvida demasiado rápido. La invisibilidad es una enfermedad que se hereda.
La frontera no admite excepciones. La humanidad tampoco. La inacción no es una opción. Y es verdad: la frontera no admite excepciones, pero la humanidad tampoco. Ceuta está en el borde. Pero el borde no es un límite: es un lugar desde el que se ve con más claridad quiénes somos. Y, sobre todo, quiénes fuimos.
Con este calor, uno entiende casi todo. Que la gente camine pegada a las fachadas, como si las paredes repartieran salvación. Que en los bares ya no se hable del tiempo, sino de supervivencia… y del corrupto Mundial de fútbol, eso sí. Entiende incluso que ir en bici por la ciudad parezca un acto de fe: pedaleas entre coches, bordillos y carriles que aparecen y desaparecen como promesas electorales. Pero hay una cosa que ni con cuarenta grados, ni con el asfalto haciendo de plancha, termina de entrar: la facilidad con la que la política española convierte cualquier acuerdo en una traición de Estado.
En realidad, que ni siquiera se contemple la posibilidad del diálogo. Aquí parece que pactar no es pactar. Es venderse. Abstenerse no es desbloquear nada. Es arrodillarse. Es abrir el Apocalipsis con tertuliano incluido. Hemos logrado que la palabra acuerdo suene sospechosa, como si detrás vinieran siempre una mariscada, un sobre y un primo colocado.
Motivo de escándalo
Advierto, de antemano, que no he sufrido un golpe de calor acerca del disparate que les formulo. Imaginemos que dos diputados del PSOE andaluz hubieran dicho: “No nos gusta Moreno Bonilla, no nos gusta el PP y no nos gusta este viaje, pero tampoco queremos que Vox sea imprescindible. Le dejamos pasar la investidura y al día siguiente empezamos a hacer oposición hasta al color de las corbatas que llevan”. Dos votos. Nada más. Ni pacto de legislatura, ni abrazo de oso. Dos votos para que la llave no la tuviera quien convierte cada cerradura en un discurso de odio.
¿Se imaginan el escándalo? Ferraz y Génova habrían pedido sales. Las agrupaciones y las juntas locales, abanicos. Las tertulias, oxígeno. A esos dos diputados se les habría tratado como si hubieran entregado Despeñaperros en una bolsa del Mercadona. Habrían sido traidores por la mañana, irresponsables por la tarde y sospechosos por la noche. Y, sin embargo, quizá habrían evitado que el debate público entrara en esa dinámica pegajosa donde la extrema derecha deja de ser anécdota para convertirse en socio, árbitro y cobrador del frac.
Pero no. Aquí nos gusta hablar de cordones sanitarios siempre que los ate otro. Nos encanta la pureza, sobre todo cuando la factura la paga el vecino. La política española tiene alergia al gesto incómodo. Nadie quiere hacer nada que necesite dos frases para explicarse, porque vivimos en el reino del corte de vídeo, del tuit con espuma y del militante que confunde la coherencia con no saludar jamás al del bloque de enfrente. Esto ocurre especialmente en el bloque de la derecha, que siempre considera que si no está en el Gobierno es porque los otros lo han okupado.
Plus de gobernanabilidad
Mientras tanto, el país suda. Suda por las olas de calor, por las facturas, por la vivienda, por los incendios y por esa sensación pegajosa de que cada problema común acaba convertido en bronca de chiringuito entre señores que no se han puesto crema solar. Lo razonable habría sido admitir que facilitar una investidura no equivale a compartir un proyecto. Que dejar gobernar no es alquilar el alma. Que la oposición también puede empezar con un gesto inteligente y no necesariamente con un portazo teatral.
Bien es verdad que esta tesitura siempre parece tocarle al PSOE. Pero mira, es lo que tiene poseer un plus de gobernabilidad y sentido común, con valores morales al estar en el lado izquierdo de la historia. Valores que se atesoran por un pasado centenario no exento de dificultades.
Ilustración de NANA PEZ
La pregunta es otra: quién decide con quién se suma y qué precio se paga por cada suma. Porque en la vida política, como en el resto de la existencia, cada decisión abre un abanico de posibilidades: algunas cómodas, otras feas, unas rentables y otras decentes. Si dos socialistas le hubieran facilitado la investidura para que Vox no fuera necesario, habrían recibido palos de todos. Pero también habrían obligado a todos a retratarse mejor. Habrían dicho algo tan raro como esto: “No compartimos su política, pero preferimos que gobierne sin depender de quienes viven de incendiar la convivencia”. Suena exótico. En realidad, se llama parlamentarismo.
Valentía y polarización
Claro que para eso hace falta valentía, y aquí la valentía suele confundirse con subir el tono. Es más fácil llamar fascista, comunista, traidor, vendido o inútil que asumir una decisión impopular para evitar un mal mayor. Es más cómodo abanicarse con la bandera propia que sentarse a negociar con el adversario mientras afuera arden los montes y dentro arden los móviles. La política española es esa persona que se queja del calor, pero se niega a encender el aire acondicionado porque lo propuso el vecino del quinto.
Maldita polarización política que lo contamina todo. Que impide el diálogo. Que dinamita la convivencia. Que nos divide en las comidas familiares y que nos conduce a creer que quien no piensa como yo, no vota como yo o no odia como un servidor, no merece el mínimo respeto.
Mientras tanto, aquí seguimos, a un palmo del suelo, mirando las baldosas calientes y midiendo cada paso para no pisar la línea que ha pintado el partido. Como ciclistas urbanos sorteando coches, zanjas y decisiones municipales tomadas a medias, avanzamos sin carril claro y con el claxon encima. Tal vez algún día, entre una alerta naranja y una botella de agua templada, alguien descubra que pactar no siempre es rendirse. Que ceder dos votos puede ser una forma de no ceder el país entero al ruido. Y que, en política como en verano, conviene buscar sombra antes de que la insolación nos parezca una estrategia.
León XIV habrá dormido esta pasada noche en su cama romana después de una intensa semana en España. Imagino que estará agotado. Como lo están las familias tras los resultados de la PAU y con los pasos a seguir en busca de plazas universitarias para sus descendientes. Robert Prevost ha compartido aquí el final de curso escolar y el cuasi final del polarizado curso político antes de las vacaciones. Ha despertado simpatías y su mirada ha traspasado las fronteras ideológicas que se interponen entre gentes, barrios y regiones. Y como habrá tenido oportunidad de escuchar y conocer qué se cuece aquí no le resultará ajena una expresión que quizá la Fundeu escoja a final de año como frase estrella. Lo mismo hasta Campofrío la elige en su anuncio navideño o José Mota para el Especial de Nochevieja.
Porque hay palabras que entran en la conversación como quien deja una piedra en mitad del camino: para obligarte a tropezar. La última es esa «prioridad nacional» que algunos repiten como si fuera sentido común, como si la vida fuese una cola del Mercadona o del Carrefour donde alguien se cuela y tú, indignado, reclamas tu turno. En Murcia, sin ir más lejos, ya sabemos cómo funcionan estas cosas: basta con que falten médicos, vivienda o ayudas para que alguien señale al de al lado, nunca al de arriba.
Mirar hacia arriba
La trampa es vieja, pero eficaz. En vez de preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza condiciones dignas para todos, nos invitan a decidir quién merece pasar primero. Y claro, cuando aceptas ese marco, ya has perdido. Porque el foco deja de estar en los salarios que no dan, en los alquileres imposibles, en los servicios públicos que se desangran. El foco pasa a ser tu vecino, tu compañera de curro, la familia que llegó hace diez años y trabaja más horas que un reloj. Mirar hacia abajo siempre es más fácil que mirar hacia arriba.
En esta Región nuestra, donde la precariedad no es un concepto sino una experiencia diaria —del campo a la hostelería, de los cuidados a los barrios que sobreviven como pueden—, el discurso encaja como un guante. «Si no hay para todos, primero los de aquí». Pero, ¿quién ha decidido que no hay para todos? ¿Quién ha convertido derechos básicos en bienes escasos? Curiosamente, los mismos que piden menos Estado para garantizar vivienda o empleo digno son los que luego quieren filtros de pertenencia para repartir lo poco que queda. Primero recortan, luego reparten carnés.
Los datos desmontan el agravio
La realidad, sin embargo, es tozuda. Las personas migrantes no viven en un limbo: viven aquí, trabajan aquí, cotizan aquí y sostienen sectores enteros que, sin ellas, se vendrían abajo como un melón pasado. Y los datos —esos aguafiestas— desmontan el relato del agravio: la mayoría de las prestaciones sociales las reciben ciudadanos españoles, y la población migrante usa menos la sanidad que la autóctona. El problema no es quién recibe, sino por qué tanta gente no puede vivir con dignidad.
Pero para que la «prioridad nacional» funcione, necesita miedo. Necesita exageraciones, medias verdades y la sensación de que alguien se te cuela en la fila. Y, sobre todo, necesita ocultar que nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos. Esa es la operación política: que los últimos se peleen entre ellos mientras los primeros cuentan beneficios.
La prioridad, las personas
A veces se disfraza con palabras más suaves —«arraigo», «vinculación al territorio»—, pero la lógica es la misma: establecer jerarquías entre personas según su origen. Y eso, en una democracia, es dinamita. Porque rompe la convivencia, alimenta sospechas y convierte al vecino en amenaza.
Desde la tradición cristiana, esa que algunos dicen profesar, el asunto es aún más claro: la única prioridad son las personas, especialmente las más vulnerables. No hay verbos de exclusión, sino de humanidad: acoger, proteger, promover, integrar. No es teología; es sentido común con alma.
Conocemos el cansancio real de tantos barrios, la angustia de tantas familias que no llegan a fin de mes, el desarraigo de quienes sienten que el futuro se les ha encogido. Pero utilizar ese dolor para señalar al que está igual de fastidiado es una indecencia política y moral.
Reconstruir comunidad
La extrema derecha ha entendido que mucha gente se siente sola, sin horizonte colectivo. Por eso ofrece identidad, aunque sea a costa de excluir. Frente a eso, la tarea —democrática, social y también espiritual— es reconstruir comunidad. Volver a mirarnos como parte de algo más grande que el miedo.
Porque la cuestión de fondo no es quién va primero. La cuestión es si aceptamos una sociedad construida sobre la competencia entre los últimos o si defendemos una donde la dignidad sea el punto de partida, no el premio final. La prioridad, por tanto, no puede ser nacional. La prioridad, si queremos seguir llamándonos humanos, ha de ser humana.
El periodista murciano publica ‘Los dueños del Estado’, un libro que revela cómo altos funcionarios ejercen el poder lejos del foco público
“La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”. Así lo asegura Rafael Méndez (Murcia, 1975), periodista que ha trabajado en El País, El Confidencial, Eldiario.es y en la actualidad en la productora de Salvados, el programa de Jordi Évole. Durante años ha investigado a los cuerpos más influyentes y menos visibles de la Administración española: abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes. Lo que encontró —endogamia, puertas giratorias, compatibilidades opacas y un poder ejercido en silencio— lo llevó a escribir Los dueños del Estado (Península, 2026) un libro que ilumina un territorio donde casi nadie mira. En esta conversación con La Opinión de Murcia, Méndez explica por qué decidió abordar este ángulo muerto del poder público y qué consecuencias tiene para la calidad democrática.
-¿En qué momento sintió que era necesario escribir un libro sobre aquello de lo que no se habla dentro de la alta función pública?
-Hubo un momento en el que comprendí que estaba ante un fenómeno conocido por muchos dentro de la Administración, pero prácticamente invisible para el resto del país. Tras años cubriendo política, tribunales, economía y también medio ambiente, me di cuenta de que ciertos comportamientos se daban por asumidos, pero nadie los había puesto negro sobre blanco.
Un antiguo jefe me repetía: “Todo el mundo lo sabe, pero ¿dónde está contado?”. Esa frase me acompañó durante toda la investigación. Cuando empecé a trabajar sobre los abogados del Estado, un cuerpo me fue llevando a otro: letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes… y descubrí que había un ecosistema entero de poder discreto, endogámico y con enorme capacidad de influencia. Un editor amigo me insistía en que debía convertirlo en libro porque, si no, se perdería. Y tenía razón: no estaba contado.
Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado
-¿Hubo algún caso concreto que le hiciera ver que no eran episodios aislados, sino un problema estructural?
-Sí: el Consejo de Estado. Fue el punto de inflexión. Al investigar a sus letrados descubrí una estructura profundamente endogámica, con sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados. Lo más sorprendente es que todo era público… y, aun así, nadie lo señalaba. Dentro del propio Consejo lo sabían, pero lo consideraban normal. Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado. Ahí supe que había un problema estructural, no una colección de anécdotas.
-Son actores con mucho poder, pero con escasa visibilidad. ¿Por qué ese anonimato forma parte de su influencia?
– Porque la opacidad es una forma de poder. Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad. Mientras los focos se centran en los políticos o en grandes empresarios como Florentino Pérez, a su lado siempre hay un abogado del Estado o un alto funcionario que toma decisiones cruciales sin que nadie repare en él. Ese anonimato les protege. Un subsecretario o un abogado del Estado puede dimitir “por motivos personales” aunque haya sido condenado en un laudo millonario, y apenas genera ruido. Su poder reside precisamente en que nadie mira ahí. Y cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.
El libro del periodista murciano ya va por la segunda edición. | ASIS AYERBE
-¿Qué efectos tienen estas puertas giratorias y compatibilidades en la calidad democrática?
-El efecto más evidente es la descapitalización de lo público. Si un abogado del Estado sabe que puede pasar de un día para otro a un despacho que trabaja para las mismas empresas reguladas con las que trataba en la Administración, es legítimo preguntarse hasta qué punto defenderá con firmeza los intereses del Estado. No se trata de cuestionar su capacidad, sino de señalar un conflicto estructural: la Administración no se ha protegido frente a estas dinámicas. Nunca se ha legislado para evitar que quien pleitea contra el Estado conserve su plaza. Y eso tiene consecuencias: erosiona la independencia, debilita la capacidad regulatoria y genera incentivos perversos.
Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado.
-¿Es un problema de leyes, de ética o de estructura?
-Es una combinación de las tres. Deleyes, porque nunca se ha regulado adecuadamente. De ética, porque hay decisiones que, aunque legales, son difíciles de justificar. De estructura, porque los políticos dependen de estos altos funcionarios para que la Administración funcione. Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado. Y si no hay incentivos para cambiar algo, lo normal es que no se cambie.
-En el libro aparecen nombres concretos. ¿Cómo decidió qué casos incluir y cuáles dejar fuera?
-La selección fue necesariamente subjetiva. No quería un libro académico ni una lista interminable de nombres, sino un relato comprensible para cualquier lector. Elegí los casos sobre los que tenía más información y que mejor ayudaban a explicar el funcionamiento de estos cuerpos. Algunos episodios, aunque relevantes, no encajaban en la narrativa y los dejé fuera. Preferí mantener el ritmo y la coherencia antes que hacer un inventario exhaustivo. Mi objetivo era que el lector entendiera el fenómeno, no que se perdiera en un catálogo de nombres.
-¿Ha recibido reacciones adversas por parte de altos funcionarios?
-La reacción más frecuente ha sido: “Ya era hora de que se hablara de esto”. Muchos altos funcionarios en activo me han dicho que el libro se queda incluso corto. Sé que hay quien se ha molestado, pero no he recibido ataques directos. Y si el libro ha servido para que la presidenta del Consejo de Estado, Carmen Calvo, anuncie que estudiará las incompatibilidades —algo que conocían desde hace décadas—, ya ha cumplido parte de su función. La mayoría entiende que iluminar estas zonas oscuras es sano para la democracia.
-Analiza también el papel de las grandes empresas. ¿Qué implica que tantas del IBEX tengan abogados del Estado como secretarios del consejo?
-Implica un riesgo claro de captura del regulador. Estos profesionales conocen las normas, los procedimientos y, sobre todo, a las personas. Han trabajado con quienes luego deben supervisar. Para una empresa regulada, contar con alguien que sabe cómo funciona la Administración por dentro es un activo enorme. Para el Estado, puede ser un problema si no se establecen límites claros. Y no solo ocurre en el IBEX: también en consultoras, despachos internacionales o empresas que operan desde Londres o Bruselas.
La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia.
-También hace autocrítica sobre el periodismo. ¿Qué responsabilidad tiene la prensa en mantener o desvelar estas dinámicas?
-La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia, y no siempre encajan en la agenda diaria. Aun así, creo que algunos medios deberían asumir el reto. No para hacer enemigos, sino para cumplir la función esencial del periodismo, que es iluminar zonas oscuras del poder. Y, paradójicamente, desde que publiqué el libro recibo más información que antes. Mucha gente dentro de estos cuerpos estaba deseando que alguien contara lo que ellos no podían contar.
Rafa Méndez, tras pasar por El País, El Confidencial y eldiario.es, entre otros medios, es ahora guionista de ‘Salvados’.
-¿Existe voluntad política para abordar este problema o incomoda a todos los partidos?
.No veo voluntad política, ni en el Gobierno actual ni en uno futuro. Es un asunto que no da rédito electoral, que exige enfrentarse a cuerpos muy poderosos y que no genera titulares fáciles. La política vive instalada en el corto plazo, y esta reforma exige visión de Estado. Por eso dudo que llegue. Mi papel, como periodista, es contarlo. Si otros actores no actúan, al menos la ciudadanía tendrá más información.
-¿Le preocupa que algunos lectores interpreten el libro como un ataque al funcionariado?
– Sí, y por eso añadí un epílogo aclaratorio. El libro no es un ataque a los funcionarios, igual que denunciar irregularidades en un hospital no es un ataque a la sanidad pública. Muchos altos funcionarios han colaborado conmigo porque quieren que estas prácticas se conozcan. La crítica se dirige a dinámicas concretas, no al conjunto del servicio público. Creo que el lector atento lo entiende.
-¿Qué le gustaría investigar ahora? ¿Quedan áreas opacas dentro del Estado?
-Quedan muchas. Los técnicos comerciales del Estado, por ejemplo, han marcado la política económica española durante décadas. También los diplomáticos. Pero quizá me apetezca cambiar de tema y explorar algo completamente distinto. Después de este libro, necesito aire fresco. Ya veremos hacia dónde me lleva la curiosidad.
Hay imágenes que resumen la situación de un país mejor que cualquier barómetro del CIS. Pienso en la ilustración de esa Justicia vendada que acompaña estas letras, tecleando en una vieja máquina donde solo se lee una palabra. La espada y la balanza, arrumbadas a un lado, como si hubieran perdido filo y equilibrio. Y la máquina, pobre, sosteniendo el peso de lo que otros ya no quieren sostener. Si uno mira bien, parece casi un aviso: si la justicia falla, que al menos no falle el periodismo. Pero claro, para que no falle, primero tiene que existir.
En Murcia lo sabemos de sobra. Llevamos dos décadas de titulares que podrían llenar una enciclopedia del disparate: La Zerrichera, Novo Carthago, Umbra, Barraca, el caso Auditorio, la desaladora de Escombreras… Una colección de tramas que, si no fuera porque nos han costado mucho dinero y dignidad, serían material de comedia costumbrista. Y, aun así, cada vez que estalla un caso nuevo (véase el de las prótesis o actitudes y prácticas como las del fiel escudero del alcalde de la capital recientemente fallecido) la reacción es la misma: un encogimiento de hombros, un “esto ya lo he visto”, un bostezo democrático. La corrupción, aquí, se ha convertido en ruido blanco.
Catálogo de sombras
Mientras tanto, el país entero se entretiene con su propio catálogo de sombras: Kitchen, Koldo, comisiones en plena de pandemia, espionajes de andar por casa pagados con dinero público, intermediarios que aparecían como setas en otoño en la Sierra de María, uso de los recursos del Estado para combatir adversarios políticos… Todo ello aderezado con declaraciones grandilocuentes, dimisiones in extremis y un ecosistema político que parece vivir instalado en el ya si eso mañana.
Ilustración | NANA PEZ
Pero lo más inquietante no es lo que vemos, sino lo que no vemos. Ahí es donde aparece Los dueños del Estado (Península, 2026), un libro escrito por el periodista Rafael Méndez (Murcia, 1975), que lleva años metiéndose en los sótanos del Estado. Y lo que cuenta es, literalmente, de escalofrío. “La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”, afirma. Y uno entiende de golpe por qué tantos escándalos se repiten como si fueran fotocopias mal hechas.
Operar en silencio
Porque mientras miramos a los políticos —que al menos salen en la tele y se llevan los abucheos—, hay abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes y otros altos funcionarios que operan en silencio, sin foco, sin desgaste, sin preguntas. Méndez lo explica con una claridad que debería sonarnos a alarma: “Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad”. Y claro, cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.
En su investigación, Méndez se topó con un Consejo de Estado donde había “sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados”. Todo público. Todo a la vista. Todo normalizado.
Y aquí es donde la imagen de la Justicia vendada escribiendo “PRENSA” cobra sentido. Porque si la prensa no mira ahí, nadie lo hará. Y si nadie lo hace, el sótano seguirá oliendo a humedad institucional.
El libro de Rafael Méndez ya va por su segunda edición. | Fotografía: ASIS AYERBE
Tiempo y paciencia
El problema es que el periodismo de investigación no vive su mejor momento. Las redacciones trabajan con urgencias constantes, con la presión de la audiencia, la precariedad y la debilidad de las empresas. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia. Y claro, tiempo y paciencia son dos lujos que no cotizan bien en un mercado donde lo que manda es el clic, el trending topic y el titular que se comparte sin leer. Pero si renunciamos a ese periodismo, ¿qué nos queda? ¿Notas de prensa? ¿Declaraciones enlatadas? ¿Versiones oficiales que nadie contrasta?
En Murcia, donde ya hemos visto cómo se diluyen responsabilidades entre informes, sobreseimientos y silencios administrativos (amén de la complicidad funcionarios y despachos bien conectados con los lobbies de la agroindustria y el ladrillo), sabemos que sin periodistas que bajen al barro, la corrupción se convierte en paisaje. Y en el resto de España, se sigue demostrando que el poder siempre encuentra nuevas formas de esconderse, la necesidad es aún mayor. Por tanto, el periodismo de investigación no es un lujo. Es una linterna. Y sin linterna, el sótano gana.
Iluminar la penumbra
A la vista de los enredos judiciales de los últimos tiempos necesitamos como el comer que alguien cuente lo que ocurre. Y ese alguien, nos guste o no, sigue siendo la prensa. Con sus errores, sus prisas, sus precariedades… pero también con su capacidad única de iluminar lo que otros prefieren mantener en penumbra.
En un país donde “todo el mundo lo sabe, pero nadie lo ha contado”, como le repetían a Méndez cuando investigaba, la diferencia entre democracia y simulacro está, muchas veces, en una libreta, una grabadora y un periodista que decide no mirar hacia otro lado. Y eso, aquí en Murcia, también lo sabemos a un palmo del suelo.
El teólogo palentino afirma que “el cristoneofascismo es una alianza global entre extrema derecha y fundamentalismos cristianos”
El teólogo Juan José Tamayo presentó el pasado 30 de mayo en la sede de Podemos Región de Murcia (calle Cartagena), su nuevo libro Política y religión (Tirant Lo Blanch, 2026), una obra que llega en un momento de máxima polarización social y que analiza con precisión quirúrgica la alianza creciente entre extrema derecha e integrismos cristianos. En conversación con La Opinión de Murcia, Tamayo aborda fenómenos como el cristoneofascismo, sitúa a la Región de Murcia como uno de sus laboratorios más visibles y reivindica un cristianismo laico y liberador, anclado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre los riesgos de la inteligencia artificial y valora los últimos gestos del Papa León XIV, a quien considera ya una de las voces morales más sólidas frente a la guerra y las nuevas formas de dominación global.
– ¿En qué momento cree que nos encontramos en la relación entre política y religión?
– La relación entre política y religión no es nueva ni coyuntural: viene de lejos, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Son dos realidades que se entrecruzan inevitablemente en la vida personal y colectiva de los pueblos. A lo largo de la historia han convivido momentos de separación, de colaboración y también de conflicto abierto. Hoy vivimos un escenario especialmente delicado: una polarización creciente tanto en el ámbito político como en el religioso. Esa polarización condiciona la calidad democrática y determina si la política se orienta al bien común o a intereses particulares; si la religión se convierte en fuerza liberadora o en legitimación del poder.
– Entonces la pregunta clave puede ser si la religión debe quedar recluida en lo privado o si puede tener presencia pública.
– Yo defiendo una presencia pública liberadora, respetuosa con la autonomía de la política, la ciencia, la cultura y el arte, pero comprometida con los sectores populares. Lo contrario —la religión como legitimadora del poder— ya lo vivimos durante el franquismo, y sus consecuencias fueron devastadoras.
Alianza de la ultraderecha
– En el libro habla del “cristoneofascismo”. ¿Cómo define esa alianza y por qué la considera una internacional del odio?
– El concepto surgió en 2019, durante un curso de teología de la liberación en Curitiba, en Brasil. Un alumno me dijo: “En la Iglesia nos prohíben hablar de política y Bolsonaro se pasa el día haciendo teología”. Ese contraste me llevó a definir a Bolsonaro como “el teólogo y predicador del cristoneofascismo”, porque utilizaba el lenguaje religioso para legitimar políticas autoritarias. Después, viajando por América Latina y Europa, comprobé que no era un fenómeno aislado: el golpe de Estado en Bolivia con apoyo de sectores católicos conservadores; Salvini exhibiendo crucifijos y rosarios en Italia; la alianza entre Vox y asociaciones ultracatólicas en España… Todo ello configura una alianza internacional entre extrema derecha política y fundamentalismos cristianos —evangélicos y católicos— legitimada por el pensamiento neoconservador y el neoliberalismo.
“Jesús de Nazaret fue un laico crítico del poder político y religioso: ahí nace el cristianismo liberador”
Es una “internacional del odio” porque comparten un programa común basado en el rechazo: odio al feminismo (llegan a llamar “feminazis” a las mujeres feministas), odio a la inmigración expresado en xenofobia y racismo, negación del cambio climático, rechazo al matrimonio igualitario, odio hacia las personas LGTBIQ+, islamofobia y antisemitismo… Es una inversión absoluta de los valores cristianos: donde el cristianismo propone amor, ellos proponen odio; donde propone perdón, ellos proponen venganza; donde propone hospitalidad, ellos levantan muros.
– En su texto menciona a la Región de Murcia como un caso paradigmático. ¿Qué papel juega en este fenómeno?
– La Región de Murcia funciona como un laboratorio donde se experimenta el programa de la extrema derecha política y religiosa. El pin parental, impulsado bajo presión de Vox, o las medidas contra centros de acogida de menores son ejemplos de cómo ese ideario se traduce en políticas concretas. Pero también quiero subrayar que en Murcia existe una respuesta cristiana y ciudadana muy coherente, que no siempre recibe la visibilidad que merece. Colectivos cristianos —y también musulmanes— han defendido la educación integral, la hospitalidad y la acogida. La ILP para la regularización de personas migrantes, promovida por Cáritas, es un ejemplo de compromiso evangélico auténtico. El problema es que los medios amplifican las movilizaciones racistas o antifeministas, pero no colocan en primera página las iniciativas solidarias. La polarización no la generan quienes defienden la dignidad humana, sino quienes promueven discursos de odio.
-Una de las tesis más llamativas del libro es presentar a Jesús de Nazaret como un judío laico. ¿Cómo ayuda esa visión a defender la compatibilidad entre cristianismo y Estado laico?
-Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal, no fue funcionario del templo ni tuvo reconocimiento oficial como rabino. Su vida pública no se desarrolló en el templo, sino en los caminos, las aldeas y las ciudades de Galilea, en el espacio cívico. Fue un creyente laico que vivió su fe desde la tradición profética, sapiencial y apocalíptica.Su actitud fue profundamente crítica con los pilares de la religión oficial, ya que criticó los lugares sagrados, los tiempos sagrados, las acciones sagradas y a las autoridades religiosas.
“León XIV se ha convertido en la mayor autoridad moral mundial contra la guerra”
Sus grandes conflictos no fueron con la religión, sino con el poder político imperial, que finalmente lo condenó. Frente al imperio, Jesús propuso el Reino de Dios, que se realiza mediante prácticas de liberación. Además, puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, algo revolucionario para su tiempo. No podemos decir que fuera feminista en sentido moderno, pero sí que su movimiento nace de un colectivo de mujeres. Por todo ello, sostengo que no hay contradicción entre cristianismo y laicismo. El laicismo garantiza la libertad de conciencia y evita que las religiones se conviertan en cogobernantes o colegisladoras.
Cristianismo y estado laico
– ¿Por qué cree que ciertos sectores de la jerarquía siguen tachando el laicismo de fundamentalismo laicista?
-Por una falsa imagen del laicismo y por la persistencia del clericalismo, que pretende seguir controlando la vida política, legislativa y social. El laicismo defiende la independencia de la política respecto a cualquier tutela religiosa, la libertad de conciencia (creer o no creer) y la responsabilidad personal en materia de fe. Todas las instituciones son laicas, y eso no es una amenaza para la religión, sino su mejor garantía de libertad.
– Qué opinión tiene sobre León XIV y sus intervenciones de los últimos tiempos?
– La verdad es que los últimos gestos de León XIV me han impresionado profundamente. Su encíclica Magnifica humanitas me ha parecido un documento de enorme calado, y creo que en estos meses ha logrado algo que no tenía al inicio de su pontificado: convertirse en una auténtica autoridad moral a nivel mundial. Esto se debe, sobre todo, a su reacción firme frente a los señores de la guerra —Netanyahu, Trump y otros líderes que alimentan la lógica bélica— y a su afirmación rotunda de que no existen guerras justas, que lo único defendible es una paz justa, desarmada y desarmante. Esa claridad ética le ha dado una fuerza que antes quizá no se percibía, en parte porque aún estaba reubicándose en su nuevo papel y porque la sombra de Francisco, con su personalidad tan arrolladora, era muy alargada. Durante meses se le juzgó siempre en comparación con él, casi siempre para situarlo por debajo.
La IA unifirma la humanidad
-Pero reconocerá que eso ha cambiado y que la encíclica es un buen ejemplo de ello. -En efecto. Con su postura inequívoca contra la guerra, León XIV se ha convertido, a mi modo de ver, en la figura con mayor auctoritas moral del panorama internacional. Y la encíclica lo confirma: es un texto que lo sitúa entre los grandes defensores de la dignidad humana, especialmente de la dignidad de quienes más la ven vulnerada: los empobrecidos, los oprimidos, los pueblos sometidos a sistemas de dominación como el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado o el imperialismo, hoy más fuertes que nunca. Además, el documento tiene una dimensión histórica en relación con la inteligencia artificial. Puede marcar un rumbo nuevo para la humanidad, porque no se limita a describir los riesgos tecnológicos, sino que analiza sus consecuencias en la educación, el trabajo, la gobernanza, los derechos humanos o la vida social. Si se siguen las orientaciones que propone, la IA podría ponerse al servicio de la mejora de la vida humana, y no al revés. En definitiva, creo que estamos ante un pontificado que ha encontrado su voz y su lugar, y que está ofreciendo una lectura profundamente humanista, crítica y liberadora del momento histórico que vivimos.
– ¿Qué espera de la visita del Papa León XIV a España?
-Más que esperanza, es un deseo: que el Papa debe poner sobre la mesa los grandes problemas de la sociedad española y de la Iglesia. En cuanto a ésta, renunciar a los privilegios derivados de los acuerdos con la Santa Sede, devolver los bienes inmatriculados indebidamente, abrir las comunidades a migrantes, refugiados y colectivos LGTBIQ+, situarse del lado de los empobrecidos, así como pagar indemnizaciones justas a las víctimas de pederastia. Y para la política, combatir la corrupción, condenar a la extrema derecha por antidemocrática y por defender valores contrarios a la democracia y al Evangelio, garantizar el derecho a la vivienda y afrontar la injusticia estructural y las desigualdades crecientes. Si la visita sirve para eso, habrá cumplido una función histórica.
Hay semanas en las que salir en bicicleta por Murcia es como intentar avanzar entre una nube de mosquitos informativos: pedaleas, esquivas, respiras… y aun así acabas tragándote alguna de las innumerables noticias absurdas que te dejan peor que evitar la maleza en el carril bici del puente de la Ronda Sur. Y mientras mantienes el equilibrio y maldices al coche que te adelanta sin dejarte el dichoso metro y medio, piensas que quizá Éric Vuillard tenía razón en El orden del día (Tusquets Editores, 2018): la Historia no avanza a golpes épicos, sino a base de pequeñas miserias envueltas en papel oficial.
La realidad progresa con esa misma mezcla de solemnidad y absurdo que él retrata: pasos silenciosos, gestos mínimos, decisiones que parecen inofensivas hasta que, de pronto, ya es demasiado tarde. Un texto que, además, te mira con esa media sonrisa irónica de quien sabe que la Historia no es una epopeya, sino un catálogo de miserias humanas envueltas en papel oficial.
Hombres poderosos
Éric Vuillard reconstruye los engranajes que permitieron el ascenso del nazismo, no desde los grandes discursos ni las fotos en blanco y negro que todos hemos visto mil veces. Lo hace desde los despachos, los salones, las reuniones discretas donde se decide el mundo mientras alguien sirve café.
La escena inicial es un ejemplo perfecto: los grandes industriales alemanes —Krupp, Siemens, IG Farben, Opel, Bayer…— entrando en fila para financiar a Hitler como quien firma un convenio de proveedores. Vuillard los retrata con una ironía que corta: hombres poderosos, trajeados, respetables, que pasan a la Historia no por su visión, sino por su comodidad moral. No me negarán que este escenario recuerda a esas imágenes de los magnates del petróleo reunidos en la Casa Blanca a principios de año para repartirse el botín del crudo venezolano.
Ritmo más humano
Lo que hace que el libro funcione no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Vuillard escribe como quien abre una ventana en una habitación cerrada: entra aire, pero también polvo. Su prosa es breve, punzante, casi cinematográfica. No pretende ser neutral —y menos mal— porque la neutralidad, en ciertos temas, es otra forma de complicidad. Él señala, acusa, ilumina. Y lo hace sin levantar la voz.
Leyéndolo desde Murcia, desde este rincón donde la vida discurre a un ritmo más humano, uno no puede evitar pensar en la fragilidad de la normalidad. En cómo los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños: una reunión, una firma, un “no es para tanto”, un “ya veremos”. Y en cómo la Historia, esa señora tan solemne, suele avanzar gracias a la suma de decisiones tomadas por gente que solo quería que nada cambiara… aunque eso significara permitir lo peor.
Ilustración | NANA PEZ
Catálogo de miserias
La historia en minúscula de esta semana ha sido un catálogo de miserias. Para empezar, el viaje de la presidenta de Madrid a México, que ha generado más ruido que un camión de butano repartiendo por las olvidadas pedanías de la capital o por los barrios castigados de Cartagena o Lorca. El ruido y la estridencia, amén del victimismo, son la esencia del fango en el que retozar y en el que se sienten cómodas las ilustres figuras de la oleada ultra que nos envuelve.
Luego llega el crucero del hantavirus, que suena a novela de Stephen King, pero es tan real como el bolardo que casi te comes ayer en Floridablanca (en otros carriles no los encuentras, porque no los han repuesto). Un barco entero pidiendo fondear por indicación de la OMS y un Gobierno, el de Canarias, diciendo que no, que bastante tienen ya con el riesgo de las ratas nadadoras. Y tú, que solo querías llegar al trabajo sin que te abran la puerta de un coche en la cara, imaginas a los pasajeros del crucero preguntándose en qué momento su viaje de relax se convirtió en un escape room epidemiológico.
Jefes y jefecillos
Y como guinda, Trump viaja a China. Un viaje que genera más tertulias que la última reforma del tráfico en Murcia. Y Florentino Pérez sale a la palestra para defender como un fortín a su club que maneja con mano de hierro y que le da esplendor para todos sus negocios, desde la construcción a los servicios sociales. Dos jefes blancos, mayores, creídos para la gloria y misóginos. Todo un pack que permite su visibilidad mediática
Por si faltaba algo, el Congreso suspende cautelarmente a Vito Quiles y Bertrand Ndongo por sus prácticas de agitación. Y tú, que pedaleas por la orilla del Segura intentando no caerte en un socavón, te ves atrapado en un debate nacional sobre convivencia parlamentaria, libertad de expresión y el misterioso arte de convertir la política en un talent show donde nadie canta, pero muchos desafinan.
Gestos pequeños
En ese momento recuerdas otra idea de Vuillard: que los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños, casi invisibles. Una reunión, una firma, un “no es para tanto”. Y piensas que quizá la verdadera tragedia contemporánea no es la noticia escandalosa, sino la acumulación de todas ellas, ese bombardeo constante que nos deja aturdidos, como en la ilustración de Nana Pez que acompaña esta columna.
Frente a ello, la serenidad, que no consiste en mirar hacia otro lado, sino de frente sin dejarse arrastrar por el ruido. Porque incluso cuando la Historia se acelera, incluso cuando los titulares parecen terremotos, el suelo sigue ahí, firme, esperando a que volvamos a pisarlo, aunque sea a un palmo.
Ni la supuesta pasión a borbotones de la Semana Santa, ni la exaltación a una huerta enladrillada fruto de la especulación y la voracidad urbanísticas. Ni, por supuesto, ajeno al dolor de nuevos episodios de esta tercera guerra mundial no anunciada ni declarada oficialmente, uno siente que la actualidad política española es un remake involuntario de sí misma. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian incluso los escenarios —de despachos ministeriales a chats de WhatsApp, de cloacas del Estado a un reparto de malos personajes en busca de autor—, pero la trama es la misma: alguien que cree que el poder es un derecho hereditario y no una responsabilidad prestada.
Ahí estamos otra vez con el caso Kitchen, por un lado, y el caso Koldo o mascarillas por el otro, como si la realidad hubiera decidido programar un ciclo temático sobre la autosuficiencia moral. Espectador durante estos días de las crónicas judiciales, me ha venido a la cabeza aquel artículo que escribí hace años sobre la corrupción como condición, no como acto. Una especie de estado del alma, un clima interior en el que uno se acostumbra a vivir igual que se habitúa al olor de una habitación cerrada. La persona corrupta, entonces como ahora, no es solo alguien que hace trampas: es alguien que ha construido una autoestima entera sobre ellas.
Autosuficiencia satisfecha
Porque si algo comparten Kitchen y Koldo es esa autosuficiencia satisfecha que describía el papa Francisco en una conversación con el periodista Andrea Tornielli hace diez años: la convicción de que uno no necesita ser cuestionado por nada ni por nadie. En el caso Kitchen, esa seguridad se tradujo en operaciones policiales paralelas, agendas que aparecían y desaparecían, y un uso del Estado como si fuera un llavero personal. En el caso mascarillas, la autosuficiencia adoptó la forma de contratos y pagos en plena pandemia, cuando medio país estaba encerrado contando muertos, además de la compra de voluntades. Dos estilos, mismo perfume.
Fruto de aquel diálogo fue el libro El nombre de Dios es misericordia, en el que Jorge María Bergoglio afirmaba que el corrupto está tan encerrado y saciado en la satisfacción de su autosuficiencia que no se deja cuestionar por nada ni por nadie. Ha construido una autoestima que se basa en actitudes fraudulentas: pasa la vida en mitad de los tajos del oportunismo, a expensas de su propia dignidad y de la de los demás. (…) El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida, indicaba. Como habrá supuesto, querido lector, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Justificación permanente
Y luego está la justificación permanente, ese arte tan español de convertir lo injustificable en un acto de servicio. El corrupto siempre encuentra un motivo noble para su tropelía: el partido, el país, la urgencia del momento, la presión del cargo. En el primero, la excusa era proteger al partido de un extesorero díscolo que tenía retratados a los principales dirigentes del PP; en el segundo caso, la urgencia sanitaria. El fin, ya se sabe, siempre dispuesto a justificar los medios… salvo que no debería. Y el corruptor, en el mismo plano.
Lo más inquietante, sin embargo, es la corrupción no como anomalía, sino como clima. Como un moho que se extiende por las instituciones, por los partidos, por la vida cotidiana. Un fenómeno que, lamentablemente, no distingue siglas. Y, mientras tanto, la ciudadanía mirando, resignada, como quien observa una gotera que ya no sabe si viene del vecino del piso de arriba o del edificio entero.
No mirar a otro lado
Además, contamina la existencia. No solo la del corrupto, sino la de todos. Pudre el sentido de las instituciones, erosiona la confianza, convierte la política en un ejercicio de sospecha permanente. Y lo peor es que nos acostumbra. Que empezamos a ver normal lo que debería escandalizarnos cada mañana.
A ese monstruo solo se le puede combatirse desde lo pequeño. Desde no mirar hacia otro lado, desde no aceptar la impunidad como paisaje, desde exigir que la Justicia —esa que tampoco está libre de tentaciones— haga su trabajo sin presiones ni atajos. Y quizá ahí esté la clave para entender por qué estos juicios importan, más allá de las siglas: porque nos recuerdan que la democracia no se sostiene sola.
Cansancio e incredulidad
Mientras llega el milagro de que la persona corrupta reconozca lo hecho, restituya lo robado y asuma su responsabilidad, seguiremos asistiendo a estos juicios como quien ve una serie que ya se sabe de memoria. Con ironía, con cansancio, con un punto de incredulidad. Y con la esperanza —pequeña, testaruda— de que algún día dejemos de escribir artículos sobre corrupción porque, sencillamente, no haya nuevos casos que comentar. Aunque, siendo sinceros, igual eso sí que es ciencia ficción.
…me hubiera gustado ser el pasado martes Amadeo Marqués. Bueno, me conformo con haber estado en la piel (aunque sea en la imaginación) de este parlamentario aranés a la hora de su intervención de siete minutos frente a los bancos de la oposición prácticamente vacíos en un debate sobre persecuciones religiosas y protección a cristianos perseguidos.
Para algunos fue una parrafada de sacristía. Sí, diría yo, pero de sacristía bien ventilada, de esas que dejan a más de uno buscando el misal para ver si lo que ha dicho viene realmente en el Evangelio. Una homilía laica que puso a medio hemiciclo con cara de haber llegado tarde a misa y sin saber dónde sentarse.
Xenofobia vs cristianismo
Amador es socialista y cristiano.Sí, las dos cosas a la vez, que parece que a algunos les chirría más que un trono mal engrasado. Recordó algo que debería estar grabado en la puerta de cada sede política: la fe va de misericordia, no de repartir carnés de pureza. Y claro, eso en ciertos asientos sonó como cuando en Semana Santa se apaga una vela antes de tiempo: desconcierto, miradas cruzadas y un par de suspiros que parecían pedir la hora.
Lo mejor fue cuando soltó, sin despeinarse, que “un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano”. Ahí los escaños se quedaron tiesos, como si hubiera pasado la procesión del Silencio. Y no porque la frase fuera nueva —la dijo el arzobispo Joan Planellas, lo recordó él mismo—, sino porque no están acostumbrados a que se les cite el Evangelio sin que sea para justificar un veto o un recorte. Y claro, eso en ciertos sillones sonó como cuando en una boda alguien recuerda que el menú no incluye marisco: un silencio incómodo, miradas al suelo y algún carraspeo de emergencia.
Fe no es arma política
Luego vino la escena que ya es candidata a meme: la Sagrada Familia en la España de hoy. Según Marqués, el PP los llamaría inquiokupas, les negaría el escudo social y Vox los expulsaría por migrantes. Y uno, que pedalea cada día viendo cómo se mira a los recién llegados y a quienes ya están aquí un tiempo como si fueran obstáculos en la calzada, no puede evitar asentir. La parábola no es tan parábola cuando la realidad se empeña en confirmarla.
Entre cita y cita —que si Irak, que si el Líbano, que si los cristianos que huyen de guerras que algunos todavía justifican—, el diputado fue dejando caer una idea sencilla, casi de catequesis de barrio: la fe no es un arma política, ni un azote, ni un sello de identidad tribal. Es, o debería ser, una forma de mirar al otro sin miedo ni cálculo electoral.
En un país y en una región como la nuestra algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon, para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos
Y al final remató con un “Amén” que no sonó a cierre litúrgico, sino a “a ver si os aplicáis el cuento”. Un amén de esos que no piden incienso, sino coherencia. Un amén de esos que, si lo escuchas desde la bici, te hace levantar la vista del manillar y pensar que igual no todo está perdido.
No usar a Dios
Porque en un país y en una región como la nuestra donde algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon —para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos— escuchar a alguien recordar que la fe es amor y no un azote es casi revolucionario. Y mira que no pedía tanto: solo que dejemos de usar a Dios como si fuera un tertuliano más.
Pero claro, al ser una propuesta del Grupo Socialista, qué barbaridad, había que tumbarlo y que no saliera adelante con razones para todos los gustos. Las señorías del PP, Vox, ERC y UPN no atendieron las demandas de la asociación Stop Accidentes que, en boca de su vicepresidente, había afirmado que “salvar vidas no tiene color político ni ideología. Reducir la tasa de alcoholemia al volante es una cuestión de solidaridad y de sentido común. Y quienes voten en contra de ello van a tener que explicárselo a las decenas de miles de familias que han perdido a un ser querido en nuestro país y que son más de 70.000 en los últimos 25 años”.
Mientras que al adversario político –o en la vida civil, a quien no piense como yo- se le vea como un enemigo (y ya se sabe que al enemigo, ni agua) seguiremos dándonos palos incapaces de alcanzar medidas en favor del bien común. Mientras sigamos perdiendo el norte, apañados vamos.
No sé lo que pensarán ustedes, pero hay muchos días en los que uno está convencido de que la polarización es como la humedad en Murcia: se te mete en el cuerpo sin pedir permiso alguno. Antes parecía ser un problemilla de tertulianos con ganas de espectáculo, a los que les pagaban sobre todo para armar bulla. Ahora se ha convertido en una de las primeras preocupaciones ciudadanas. Las suyas. Las nuestras. Y hasta la pasada Navidad la tuvimos presente en un anuncio de productos cárnicos.
Vivimos en un contexto local, nacional y mundial de incertidumbre, de cambio y de transformación que nos tiene con el gesto torcido y el pulso a mil. En mi caso, lo vivo a diario al llamar la atención a conductores que invaden el carril bici o no respetan los cruces. Me han llegado a lanzar improperios, tras bajar enérgicos el cristal de su ventanilla, con mensajes del tipo ¡tú no pagas impuesto de circulación, así que no te quejes!Seguro que usted tiene ejemplos muy cercanos.
Polarización política
Y claro, en ese caldo de cultivo, los partidos han encontrado la receta perfecta: dividir en dos, agitar fuerte y servir caliente. La política ya no va de ideas, sino de bloques. De los míos contra los tuyos. Como si estuviéramos en un derbi eterno, pero sin árbitro y con una grada que rompería el etilómetro en cualquier control de carretera que se precie. A ver quién dice la frase más ocurrente, el reproche más duro, la puya más hiriente o el insulto más chusco con el fin de que se pueda extraer en vídeos y tuits para general consumo mediático.
El problema es que esta polarización no se queda en el ámbito de la política. Ya está bien de echarles siempre la culpa a otros. Conviene reconocer que se cuela en la sobremesa familiar, en el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos o de la Ampa y hasta en la cola de la panadería. La penetración del régimen de polarización es muy intensa porque se hace también de carácter emocional. Vamos, que discutimos menos con la cabeza y más con las tripas. Y cuando tocamos esa fibra sensible, a flor de piel, así nos va. Confundimos disenso con guerra civil.
Hoy basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar
El problema no es pensar distinto, sino pensar que el distinto es un enemigo. Como recordaba hace unos días el sociólogo Sebastián Mora en el diario La Opinión de Murcia, antes el movimiento obrero y la patronal podían estar en las antípodas y aun así llegar a acuerdos. Hoy, en cambio, basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar. Y así es difícil construir nada.
Ilustración | NANA PEZ
Mundo roto y fragmentado
Pero ojo, que la polarización política no es la única. También está la social, esa que preferimos no mirar porque incomoda más que un agosto sin vacaciones o aire acondicionado. Vivimos en un mundo roto, fracturado y segregado. Barrios que no se mezclan, escuelas que no se cruzan, vidas que no se tocan. ¿Cómo vamos a encontrarnos políticamente si ni siquiera nos encontramos en la vida real? ¿Si solemos mirar hacia otro lado? ¿Si solo escuchamos a quienes piensan como yo, a quienes comulgan como yo, a quienes visten como yo y a quienes se ríen de lo mismo que yo?
La receta que se propone no es mágica, pero sí sensata: reconstruir espacios intermedios. Esos lugares donde la gente se ve, se escucha y aprende a discutir sin tirarse los trastos. Esas soluciones están en nuestra mano. Creo que no es cosa de boomers ni de tristes reconocer que las asociaciones vecinales, las parroquias, los sindicatos o movimientos sociales, las escuelas… antes hacían de puente y ahora están medio vacíos o convertidos en meros buzones de quejas. Sin embargo, sin ellos y otros muchos lugares asociativos, es imposible una sociedad civil más reflexiva, más deliberativa.
Toca arremangarse
Y luego está la cuestión de los márgenes. Porque mientras la política oficial mira hacia otro lado, las personas excluidas están siendo cortejadas —y utilizadas— por discursos autoritarios que les prometen soluciones fáciles a problemas complejos.
Nos toca, por tanto, arremangarnos, reconstruir puentes o acabaremos viviendo en islas, en compartimentos estancos. Máxime cuando lo hacemos en el marco de una cuarta revolución industrial, de un sistema económico capitalista del que, ¡oh, qué casualidad!, apenas se habla y se cuestiona. Un capitalismo en una fase nueva, no un capitalismo de promesas decrecientes, donde ya no nos va a prometer bienestar para todos, sino que lo hace para unos pocos en un contexto muy competitivo. No podemos comprometernos y apostar, en su caso, por una polarización democrática, sin tener en cuenta esa dimensión estructural que afecta a nuestras vidas de una forma muy clara.
Diálogo | «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia»
Vídeo del segundo acto del ciclo Líneas Rojas 2026, organizado por las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia y por la HOAC de la Diócesis de Cartagena, bajo el lema: “No miremos a otro lado: la política y el cuidado de la tierra son cosa nuestra». El Diálogo 2, celebrado el miércoles 18 febrero 2026, versó sobre «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia». Participaron: Juan José García Escribano, sociólogo, codirector del Grupo de Investigación del CEMOP (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública) de la Universidad de Murcia y responsable de estudios sobre polarización política. También, Sebastián Mora Rosado, sociólogo, ex secretario general de Cáritas Española y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas. Dirigió el diálogo Mª Ángeles García Navarro, empleada pública en la Administración General de la Seguridad Social y militante de Comunidades Cristianas de Base de Murcia.
Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.
Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de franchute arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de alicantino, borracho y fino al cambiar de pueblo y de provincia. Si no les suena algo de esto es porque la memoria es muy corta. Selectiva, más bien, porque si la recuperásemos un poco y mirásemos atrás, sin necesidad de ir muy lejos, otro gallo cantaría.
Debate metafísico
Ahora en España estamos viviendo el debate sobre la regularización de inmigrantes como si fuera una cuestión metafísica, de esas que se discuten en las sobremesas largas cuando ya no queda ni café. Una posición que se argumenta estos días es que ese proceso es algo mucho más sencillo: o regularizamos, o el país se nos queda sin manos, sin pensiones y sin futuro.
No me gusta que la defensa tenga que ver con una visión utilitarista del fenómeno migratorio y no, simplemente, por una cuestión de humanidad, de valores, de derechos humanos y, por tanto, de justicia. Pero nada, aquí seguimos, atrapados en un bucle emocional donde algunos han convertido la xenofobia en una especie de religión civil. Y ya se sabe: a un creyente dogmático no se le convence con datos, sino con milagros.
Una de las grandes mentiras que circulan sobre la población migrante es que viene a quitarnos el trabajo
Partidos políticos como Vox o Aliança Catalana (e incluso el propio PP) han creado una xenofobia emocional y han sabido convertirla en creencia. Un argumento puede discutirse, pero es imposible revisar o desmontar racionalmente una creencia dogmática que esté muy viva. Las ideas se tienen, pero en las creencias se está. En ese ámbito de lo incuestionable no tienen cabida los análisis que demuestran que sin los migrantes hay servicios que no funcionarían y que ellos contribuyen de forma relevante al sistema de pensiones.
Ilustración de Nana Pez
Chivos expiatorios
Recordemos que entre esas grandes mentiras está la de que vienen a quitarnos el trabajo. Pues mire, no. Los estudios muestran que no compiten por los mismos puestos y que, de hecho, aceptan trabajos que muchos españoles no queremos ver de lejos. Y encima cobran un 30 por ciento menos. Vamos, que si alguien está siendo explotado aquí, no son precisamente los de siempre. O también. Pero la narrativa del “nos roban” funciona porque apela a las tripas, no al cerebro.
Crece en España la aporofobia. Es decir, el asco y la aversión al pobre, al inmigrante «sudaca», «moro» o «negro». Como afirma el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, es un problema antropológico de gran magnitud que va más allá de la política y que tiene algunas semejanzas con la mutación cívica que hizo posible el apoyo al fascismo y al nazismo. Ahora el chivo expiatorio no son los judíos, sino los migrantes… ¡que necesitamos! Por eso, el irracionalismo forma parte de la cultura de quienes se sitúan en la órbita de esos partidos. Esa mezcla tóxica es terreno fértil para discursos que recuerdan demasiado a otros tiempos, incluso entre los mismos pobres, a golpe de TikTok. Y no digamos cuando los proclaman personas que se declaran católicas, apostólicas y rumanas, ¡uy!, perdón, romanas.
Acto de justicia
De ahí que el proceso de regularización no sea un gesto de buenismo ni una concesión ideológica. Regularizar no es regalar nada: es reconocer que ya están aquí, en esta tierra de promisión, que trabajan, que sostienen sectores enteros y que merecen derechos y estabilidad. Es, además, la única forma de combatir la economía sumergida y la explotación laboral.
Y si a alguien le preocupa que esto “atraiga a más”, quizá convenga recordar que el mejor freno a la migración no son los muros ni los discursos incendiarios, sino la justicia global: que la gente pueda vivir dignamente en sus países. Pero eso exige políticas serias, no eslóganes.
Nunca he sido un gran forofo de las banderas. Es verdad que en mi etapa escolar me gustaban esas hojas satinadas de los diccionarios en las que aparecían, por orden alfabético, las insignias de todos los países. Al menos de aquellas que venían del último siglo, junto a las que correspondían a naciones surgidas tras las dos guerras mundiales y los procesos descolonizadores de los años 60. Las había unas que eran fácilmente reconocibles (entre ellas, la francesa o la portuguesa y, por supuesto, la de los Estados Unidos de Norteamérica, que identificábamos por las películas del Oeste y las bélicas). También otras muy exóticas que pertenecían a las antiguas colonias de las grandes potencias, tras haber culminado sus respectivos caminos hacia la independencia. A quienes fuimos a la EGB (y no digamos, a nuestros predecesores) nos pasaba con las banderas como con los ríos o las capitales de provincia: que las memorizábamos con tal interés, como si nos fuera la vida en ello).
Bandera y 23-F
Solo una vez en la vida he colocado una bandera en el balcón de mi casa. Fue un día como el de hoy del año 1981. Y todo por el amago de golpe de Estado, el del 23-F, que estuvo a punto de cargarse la naciente democracia española en el tardofranquismo. Quienes vivieron esos días saben lo que había detrás de un hecho de esas características y cada uno y cada cual retiene en su cabeza los recuerdos de ese acontecimiento.
Quienes me conocen con más detalle saben de mi creencia en que las cosas nunca suceden por casualidad. De mi gusto por la anécdota y la fábula de las que podemos extraer de acontecimientos aparentemente anodinos y que, desdichas del destino, nos colocan a cada uno en el lugar de la historia que nos toca vivir.
Constitución y procés
No me negarán que no tiene su gracia que quien coordinó el operativo de la Policía Nacional y de la Guardia Civil que trató de evitar la celebración del referéndum de independencia de Cataluña de 2017, el coronel Diego Pérez de los Cobos, alumno de COU en el InstitutoJ. Martínez Ruiz ‘Azorín’, en Yecla, estuviese en la puerta del centro de bachillerato esa tarde del 23-F, ataviado con su camisa azul junto a un destacado falangista amigo suyo, hijo de otro médico como su padre, dirigente de Fuerza Nueva. Una escena que se nos quedó grabada a quienes acabábamos de hacer un examen de Griego y salíamos del instituto camino de nuestra casa, con las primeras noticias del asalto al Congreso de los Diputados. Tiempo después supimos de su trayectoria en la Guardia Civil, en la lucha antiterrorista, en su asesoramiento a ministros del Interior del PSOE y del PP y, sobre todo, de ser el principal garante de la Constitución en Cataluña en esos fatídicos tiempos del procés.
Pero estos recuerdos no acaban aquí. Algo menos de tres años antes, casi en la misma puerta del instituto, junto al bar Los Tambores, otro joven estudiante de bachillerato, hermano mayor de Diego, rompió en pedazos un ejemplar de la Constitución que había recibido en clase de manos de la profesora de Literatura, María Martínez del Portal, sobrina-nieta del escritor del Monóvar que da nombre al centro. No olvidemos que el gobierno de la UCD de entonces distribuyó miles de ejemplares de la Carta Magna por toda España en su campaña de difusión, incluyendo, creo recordar, su encarte en los periódicos. Un amigo que fue testigo del hecho me lo recordaba ayer como si hubiera sucedido hace pocos días.
Tolerancia y sentido del deber
Ese estudiante que protagonizó su rechazo a la incipiente Ley de Leyes cursó Derecho en la Universidad de Valencia y se especializó en Derecho del Trabajo en la Unión Europea. En el año 2005 fue el encargado de leer el discurso oficial del acto conmemorativo del Día de la Constitución en Yecla, cuyo ayuntamiento organiza este evento de manera ininterrumpida desde 1989. Un servidor se encargó de presentar al jurista Francisco Pérez de los Cobos, entonces catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad Complutense de Madrid, y posteriormente, magistrado desde 2011 hasta 2017 y presidente del Tribunal Constitucional de España de 2013 a 2017.
Podríamos aprender mucho más de nuestro pasado y del espíritu constitucional para serenar el tiempo presente
La vida es capaz de presentarnos acontecimientos como los descritos y poder recordarlos en la distancia como el mejor ejemplo de que las personas tenemos muchos rostros, gozamos de la capacidad de cambiar y de poder lograr el entendimiento entre diferentes. Siempre, eso sí, desde el mayor respeto ante las posiciones que defendemos en determinados momentos de nuestra historia personal y política. Ahí radica la democracia, la tolerancia y el sentido del deber. Y quizá, por qué no, podríamos aprender mucho más de nuestro pasado y del espíritu constitucional para serenar el tiempo presente. Con la pasión que no ha sido obstáculo para que hoy, todos juntos, todas juntas, podamos compartir el deseo de seguir viviendo en paz, en justicia y en libertad.
Tengo que confesarles mi temor a la hora de escribir esta columna. Mira que llevo dándole vueltas al tema desde hace tiempo. He buscado voces más autorizadas que la de este humilde columnista de provincias para contrastar argumentos porque me veo en la obligación moral, si me permiten, de aportar una mirada ante el debate que sobrevuela la actualidad política en los últimos meses.
Cuando alguno de ustedes me ha preguntado qué opino sobre la amnistía, el referéndum y la investidura para un nuevo gobierno de coalición, dejo de mirarlos a los ojos, carraspeo y salgo por peteneras. Algunas de las respuestas que se me ocurren, y según en qué contexto, son las de “uf, es un tema complejo; estoy seguro de que detrás de todas esas declaraciones de independentistas y políticos de distinto signo hay mucho teatro; espero que los socialistas del PSC pongan cordura en el asunto; hay que darle una salida al problema territorial” o “confío en que Pedro Sánchez tenga un as en la manga y vuelva a sorprendernos”.
Problema de España
Menos mal que cuando la oscuridad se cierne sobre cualquier debate siempre hay un jesuita que aporta algo de luz. En este caso, José Ignacio González Faus, quien hace poco más de un mes reflexionaba sobre la amnistía y el futuro de Cataluña (y de España) en Religión digital, una publicación de referencia que dirige un compañero de estudios de Periodismo y Sociología que tuve en el Madrid de los años 80. Del jesuita me quedo con su afirmación de que el problema actual de España no son las plurinacionalidades (como dice Íñigo Urkullu, que ahí se queda corto). El problema de España son hoy las pluriindividualidades: cada cual considera que él es la verdad y el bien absolutos y que quienes no piensan y sienten como él, son simplemente malvados (fascistas, terroristas, separatistas… y todos esos adjetivos que oímos en el Congreso).
Hay que tender puentes para hacer gobernable el antagonismo. Puntos de encuentro entre fuerzas contrarias que, por el hecho de coincidir, no dejan de ser opuestas. Mentalidad flexible. Imaginación.
A pesar de lo distinto que parecemos ser los españoles, vivamos donde vivamos, hay un rasgo común que nos une y nos iguala a todos: la intolerancia. Ante las diferencias no buscamos respeto, acercamiento y diálogo. Todo lo contrario. Intensificamos los desacuerdos porque así parece que nos sentimos vivos. Así nos va, mientras que también somos astutamente incoherentes, porque en muchas ocasiones decimos en público unas cosas y en la trastienda las contrarias. Contemplamos, asimismo, un rasgo muy humano y que analizamos poco: nuestra forma de querer. En el caso de Cataluña, González Faus constata que muchos independentistas no aman a su tierra y sus gentes, sino que se aman a sí mismos en Cataluña, por eso quieren la independencia ya ahora y como sea. No les vale el ejemplo de Gran Bretaña y su Brexit o que la mitad de la población no la quiera. Porque siempre exigimos a los demás la ética en los comportamientos, pero ¡ay de los nuestros!
Convergencia paralela
Carlos García de Andoín, amigo y compañero de mil batallas políticas y eclesiales, acertaba al señalar hace unos días en Roma, en una conferencia pronunciada en la Universidad La Sapienza, el concepto de la difícil ‘convergencia paralela’ entre Pedro Sánchez y Carles Puigdemont. Una expresión que pronunció Aldo Moro en 1959 en el congreso de la Democracia Cristiana que se celebraba en Florencia, en su intento de mover un poco a su partido hacia la izquierda. Sorprendió a todos porque lo de las líneas paralelas que convergen no lo habían oído nunca. Este político católico, asesinado por las Brigadas Rojas, trataba de proponer una política de aproximación a los socialistas, un acercamiento entre dos antagonistas aparentemente irreconciliables. Es decir, tender puentes para hacer gobernable el antagonismo. Puntos de encuentro entre fuerzas contrarias que, por el hecho de coincidir, no dejan de ser opuestas. Mentalidad flexible. Imaginación. Propósito de evitar el drama o el callejón sin salida, como Enric Juliana lo contaba hace unos años.
Me da la impresión de que esta es la figura geométrica que en las últimas semanas están intentado componer el Gobierno de España y las fuerzas independentistas. Es la que sobrevuela en la negociación.
Soberanismo catalán
No olvidemos que todo esto viene de lejos. Bien es verdad que la llave de la negociación es el soberanismo catalán, con la amnistía de los encausados del procés y la autodeterminación de Cataluña. Pero no se puede ocultar que el proceso soberanista arrancó con un pacto de gobernabilidad entre CiU y ERC, la aprobación de una Ley de Consultas, las elecciones de 2015 en la que ganaron esos partidos, pero sin mayoría, el referéndum del 1 de octubre de 2017 y la posterior Declaración Unilateral de Independencia. A cada iniciativa se respondió desde el Estado con un recurso inmediato al Tribunal Constitucional hasta la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Anteriormente se había vivido la crisis del Estatut, a partir de 2004, con un tránsito de las bases de CiU (y cuadros del PSC) del autonomismo al soberanismo, el derecho de decisión y las grandes movilizaciones frente a las políticas de austeridad. Hay que recordar que la autonomía que aplicó de forma más drástica los recortes fue la catalana.
Volviendo al momento presente, creo que es de justicia reconocer que en los dos últimos años se ha desinflado el proceso soberanista. Tienen la culpa el indulto y la excarcelación de sus principales líderes, con la reforma del Código Penal de los delitos de sedición y malversación, junto a la normalización del diálogo institucional entre los gobiernos de España y Cataluña. ¿Cómo se explicaría el liderazgo electoral del PSC-PSOE sino como un reflejo del cansancio de la sociedad catalana con una política inútil?
La oportunidad de un pacto
Llegados a este punto, siguiendo con las tesis de García de Andoín que comparto, y a estas alturas de la película política, el pacto de investidura sigue presentándose como una oportunidad. Por una parte, porque permite pasar página a la judicialización que ahora impide franquear a un nuevo escenario: la reconducción política. Una judicialización que, todo hay que decirlo, fue necesaria para detener el procés frente a la alternativa de la violencia. Por otra, para que Junts aterrice en la acción política ante la que necesita una pista: la amnistía, lograda, no concedida. Como signos positivos tendríamos la renuncia a aprobar una ley de amnistía antes de la investidura, el aplazamiento del tema del referéndum a una mesa de diálogo y la pregunta de la consulta a las bases de Junts sobre si deben bloquear la investidura, lo que legitimaría su apoyo o no.
Hay otros elementos en juego, entre ellos, las dificultades a la hora de explorar un acuerdo sobre la amnistía, como su constitucionalidad (no está expresamente prohibida); la inestabilidad del futuro Gobierno; la competición entre Junts y ERC; la opinión pública española dividida por la mitad o la renuncia a la unilateralidad por parte del soberanismo catalán, al menos de facto. Entre las razones a favor estarían el riesgo de la repetición electoral con un previsible gobierno PP-VOX, la necesidad de pasar página y de construir un acuerdo de convivencia frente al vacío que dejó el recorte al Estatut por parte del Tribunal Constitucional, sin olvidar que la antigua CiU necesita un espacio para reconstruir un partido en condiciones sin Puigdemont en Bélgica.
Continuar preguntando
En mitad de este camino el referéndum de autodeterminación quedaría descartado. Tanto el PSC como el PSOE lo han rechazado de forma categórica. Confronta a la sociedad catalana, presupone la soberanía, aunque gane el no, requiere una democracia más deliberativa que ayude a construir la sociedad y, por supuesto, no cabe la reversibilidad. Eso sí, no olvidemos que se puede plantear una consulta de un nuevo acuerdo. ¿Por qué cerrarse a abrir otras opciones? Un acuerdo necesario, que requiere un diálogo no solo entre España y Cataluña, sino entre los propios catalanes, porque esa sociedad también es plural. El problema sería entonces preguntarse si la Constitución (o sus interpretaciones) permiten ir más allá de aquel Estatut cercenado, que está en el origen del paso del autonomismo al derecho a decidir.
Pero no adelantemos acontecimientos, porque el debate está abierto. Queridos y queridas lectoras, sigan, sigan preguntando y preguntándose. Y no se queden con los mensajes simplistas. Vayan al fondo del asunto.
Contemplar las imágenes de la destrucción de barrios enteros. Escuchar el llanto de unas madres ante el cadáver de sus hijos. Conocer el testimonio de quien lo ha perdido todo o se encuentra aislado en mitad de la nada. Desconocer el lugar donde puede encontrarse un ser querido. ¿Quién no puede conmoverse ante cualquiera de estas realidades? ¿Cómo es posible que haya personas que muestren una frialdad de tal nivel que les permita mirar para otro lado, justificar lo injustificable o tomar partido por el poderoso?
El desequilibrio que existe en el conflicto palestino-israelí es tan grande que resulta muy complicado no exigir una paz justa, un acuerdo que parece inalcanzable, un respeto mínimo por la vida y un grito desgarrador para que callen las armas. Que el terrorismo y la guerra no conducen a solución alguna deberíamos de saberlo ya. La dolorosa experiencia en el escenario de Oriente Medio, como en otros muchos lugares a lo largo y ancho del planeta, no puede conducirnos a una fatal complicidad con lo inevitable. Hay que tomar partido hasta mancharse las manos con el débil, de uno y otro bando, porque aquí las víctimas no entienden de credos, nacionalidades o razas.
La geopolítica juega con los intereses de aquellos que sustentan su poder sometiendo a otros. Ya sean pueblos o naciones que exigen su lugar en un mundo complejo e interrelacionado. Donde todo no es blanco o negro, sino que existe una infinidad de tonos grises para los que hay que estar preparados y dispuestos a asumir las consecuencias. En todos los territorios se encuentran escenarios para ajustar cuentas. Aquí, como en cualquier otro ámbito de la vida, no podemos caer en el maniqueísmo simplista de buenos y malos. Se trata de encontrar espacios en el que quepamos todos. Igual que en Europa no podemos cerrarle las puertas al hambre y a la miseria, en lugares como Palestina e Israel tampoco cabe aniquilar al contrario para edificar sobre muerte y destrucción.
Tragedias humanas
Solo una ciudadanía consciente, dispuesta a conmoverse ante cualquier tragedia humana y que a la vez clame y exija en el nivel en el que le toque, será capaz de llegar a la profundidad del corazón de quien tiene en sus manos la posibilidad de resolver un drama como este. Los creyentes lo hacemos desde una actitud de ayuno y oración, junto a otra gente de buena voluntad, a la vez que trabajamos por la paz y la justicia. No podemos mirar hacia otro lado, ni permanecer al margen de un desastre como este y otros que acontecen más allá de nuestras fronteras.
«Nada de cuanto es humano me es ajeno». Este proverbio latino resuena con fuerza ante los acontecimientos que vivimos desde hace poco más de una semana. Un capítulo más de un genocidio contra un pueblo de manos de otro que ya sufrió algo similar en sus carnes y con especial crudeza en la primera mitad del siglo pasado. Pueblos que intercambian papeles de agresor y agredido, eso sí, en desigual combate, donde ambos parecen haber perdido la esperanza a una solución justa. De poco han parecido servir los acuerdos de paz suscritos en algún momento de la historia reciente. Mientras tanto, los movimientos estratégicos de última hora para sembrar división han desencadenado una espiral de difícil salida.
Signos de paz
Anhelamos una fina lluvia de signos de paz para sembrar toda esa tierra castigada por el odio, por el ojo por ojo, diente por diente. Qué paradoja que donde surgieron las tres grandes religiones monoteístas sean, desde antaño, lugares de confrontación, disputa, muerte y destrucción. Trabajar por la paz supone una apuesta que va más allá del momento presente. Implica dejarse la piel en la cotidianidad. Desde la serenidad y la contemplación de que otra vida es posible. Con los pies en la tierra.