María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

Esta escritora valenciana habla desde un territorio íntimo: el de las familias matriarcales, las heridas que no se borran, el universo femenino y la búsqueda de identidad

Hay escritoras que narran desde la distancia, y hay otras que escriben como quien abre una ventana en mitad de la noche para respirar. María Jesús Puchalt pertenece a estas últimas. Autora de Mar de azahar (2016), No hay bisontes en los valles de amapolas (2022) y Dime, Lucía, de qué color es el mar (2023), así como participante del libro coral 15 miradas a la libertad, Puchalt desgrana su proceso creativo con una sinceridad poco habitual: escribe desde la vida, desde el miedo, desde la contradicción, desde la memoria que insiste. Y lo hace con una ambición clara: ser recordada como una gran contadora de historias.

– ¿Qué significa para usted eso que llama “mosaicos familiares complejos”?

– Mi vida ha estado siempre rodeada de mujeres que empujaban el mundo con las manos. Mujeres valientes, mujeres excesivas, mujeres que marcaban el ritmo de la casa. En Valencia, como en el País Vasco, hay familias donde la voz femenina es la que ordena el aire. Yo crecí ahí, en ese territorio donde la fuerza puede ser luz, pero también sombra. Desde niña entendí que la familia es un lugar que puede salvarte o puede atraparte. Por eso hablo de mosaicos: porque cada familia es una composición de piezas que encajan y piezas que se astillan. Y yo escribo desde esas aristas.

– Ha definido la escritura como un espacio de libertad, de multiplicación de vidas. ¿Qué significa eso para ti?

– Soy muy vital, aunque la vida no me lo haya puesto fácil. Siempre he sentido que una sola vida no basta. Cuando escribo, vivo muchas vidas a la vez: la mía, la que imagino, la que deseo, la que temo. Me pongo en la piel de todos los personajes, incluso de aquellos que me incomodan. Y en ese gesto, en ese desdoblarme, encuentro una libertad que no tengo en ningún otro lugar. La escritura es mi respiración más profunda.

– ¿Qué Le resulta más difícil de abordar: los miedos, las contradicciones humanas o la búsqueda de identidad?

– Las contradicciones no me cuestan: soy una contradicción con patas. Los miedos tampoco: llevo toda la vida temiendo a la muerte, desde muy pequeña, como si fuera una sombra que me acompaña. Lo más difícil es la identidad. La identidad es un territorio movedizo, cambia, se esconde, se disfraza. A veces buscamos mal, otras rechazamos lo que encontramos. Me cuesta encontrar la identidad de mis personajes porque me cuesta encontrar la mía. Y quizá por eso escribo.

– ¿Qué descubrió de sí misma escribiendo Mar de azahar, su primera novela?

– Mar de azahar nace de una herida que no se cierra. Es una novela que me comprometió porque parte de una historia personal de malos tratos, de dolor que me acompañará siempre. Con los años sentí que debía revisarla, porque yo había cambiado y la novela también debía hacerlo. En Dime Lucía, de qué color es el mar hay diálogos más crudos, más hirientes, más verdaderos. Me preocupa el maltrato psicológico: el “tú no vales nada”, el “tú no eres nada”. Lo veo volver, lo intuyo en el aire, y me da miedo.

– Ha estudiado a muchas autoras. ¿Qué le sigue inquietando de ese universo?

– El dolor. El dolor que atraviesa sus cartas, sus diarios, sus vidas. Irene Vallejo recordaba que la primera escritora conocida fue Enheduanna, en Mesopotamia, y aun así seguimos diciendo que el primer autor fue Homero. Ha habido momentos en que las mujeres tuvieron poder real, pero fueron fugaces. Me inquieta que volvamos a perder terreno. Por eso escribo sobre mujeres que crean, que sufren, que luchan. Aunque me gustaría escribir sobre reinas o figuras históricas con más distancia, no puedo: siempre vuelvo al dolor femenino.

– ¿Cómo empieza para usted una novela? ¿Con un personaje, una imagen, una pregunta?

– Empieza con una idea que se va alimentando sin que yo lo sepa. No es un destello: es algo que crece en los duermevelas, en lo que ves en la calle, en un libro que te roza, en una conversación que se queda dentro. Cuando termino una novela, ya está germinando la siguiente. De pronto la idea toma forma, como si emergiera del fondo del mar, y entonces sé que ha llegado.

– ¿Qué parte del proceso disfruta más y cuál exige más disciplina?

– La creación es mi libertad. Necesito horas por delante, perder la noción del tiempo, escribir como quien se sumerge. La corrección es árida: buscar el matiz exacto, el adjetivo preciso, eliminar repeticiones. Mi madre, maestra, me enseñó a buscar la excelencia. Y lo peor es buscar editorial: es un proceso que te desnuda y te expone.

– ¿Cómo gestiona la tensión entre la vida real y la ficción cuando trabaja con emociones tan íntimas?

– No sé gestionarla. Cuando escribo una novela, me caso con ella. Vivo con la novela, limpio con la novela, organizo con la novela, me acuesto con la novela. No sé separar. Ojalá pudiera. Pero no sé.

– Ha trabajado muchos años en la Administración Pública y en política. ¿Qué supuso la literatura frente a esa experiencia?

– Llegué a la política por casualidad. Al principio fue un tiempo luminoso, pero cuando la política se convirtió en un barrizal, en un “o estás conmigo o estás contra mí”, no pude seguir. Lo pasé muy mal con todo el caso de Rita Barberá. Caí en una depresión. La literatura fue un refugio, un lugar donde respirar, donde volver a ser yo. Una bendición.

– ¿Qué le gustaría que el lector sintiera al cerrar uno de sus libros?

– Que me recordaran como una buena contadora de historias. No quiero solo ser una buena escritora: quiero ser alguien cuya historia permanece en la cabeza del lector, como los personajes de Galdós. Que digan: “Esto me ha pasado”, “esto lo he visto”, “esto lo he sentido”. Que mis historias no les resulten ajenas.

– ¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría responder?

– Me la han hecho, pero he mentido. Cuando preguntan si lo que escribo es ficción o parte de mi vida, todos decimos que es ficción. Nadie ha rascado ahí. Si lo hicieran, no sé cómo acabaría la entrevista.

– ¿Hay alguna historia que le gustaría escribir y aún no se atreve?

– Sí. Una historia que se ha ido colando en todas mis novelas. Es la continuación vital de Lucía, personaje de mi primera novela, pero también mía. Historias bonitas y tristes, amores que no pudieron ser, episodios de mi vida de los que nunca tuve respuesta. Necesito más perspectiva para contarlo. Pero sé que llegará.

Confesiones de un machista

Confesiones de un machista

Su seguro servidor cumple en unos meses los 59, nací lejos de aquí, trato de dejar esto un poco mejor de cómo lo encontré… pero lo confieso: soy machista. No leninista, como bromeábamos hace unos años, pero sí hijo de la cultura y tradición heredadas tras muchos siglos de empeño en los que el varón, como uno de la especie que les habla, campa a sus anchas por el vasto mundo. Y eso que vine a dar en una familia que sorprendía por los pasos que llevaba por delante, donde el patriarca no era el único que traía el sustento a casa y las tareas compartidas sorprendían a propios y a extraños.

El colegio se encargó de dejar claro las actividades que eran para unos y para otras. Si había alguna duda, en las misas, el predicador de guardia también contribuía a despejarlas. Pero fíjate tú que pronto aparecieron algunos curas a lo largo del tiempo que sorprendían con un relato que no tenía mucho que ver con el oficial. Tal y como lo presentaban, el galileo parecía romper moldes a la hora de relacionarse con las mujeres, pero eso era muy diferente a las imágenes ñoñas de las advocaciones marianas, las procesiones y cómo se organizaba la vida en los templos.

Destino superior

A las amigas del instituto no las dejaban volver a casa tan tarde a como a nosotros, pero eso nos llegaba a parecer normal. Bien es verdad que si lo analizábamos fríamente no entendíamos que la hora o la oscuridad fuesen factores para que no ocurriera lo que tuviera que ocurrir. Esos atropellados besos, las primeras caricias o los torpes intentos para consumar el sexo eran fuente de tensión y conflicto, especialmente, para ellas. Nosotros ya andábamos ocupados en ese convencimiento grabado a fuego de que nuestro destino era superior, había que dar la talla y con cuantas más chicas, pues más éxito alcanzábamos.

En la universidad me tocó vivir un episodio singular. Un viejo profesor de literatura hispanoamericana se permitió descalificar a aquellas feministas que trataban de obligar al hombre a pasar por dónde ellas querían, llegó a decir. En la clase se hizo un gran silencio y ninguna de las compañeras se atrevió a decir algo. Ingenuo de mí, levanté la mano y le dije que no me parecía justo que descalificara a quienes habían sido pioneras en avances sociales en la historia reciente. Mi queja se quedó ahí y no fui capaz entonces de comprender el porqué de ese mutismo por parte de mis compañeras, que ya entonces eran mayoría en el aula. No me consideraba un héroe. Es más, me veía en ocasiones asintiendo el discurso dominante sobre las diferencias de hombres y mujeres, sus papeles e identidades. Pero quizá aprendí una de las primeras lecciones sobre esta asignatura del machismo: que se empieza a aprobar cuando las mujeres alzan la voz y dicen aquello de “aquí estoy yo, porque he venido”. Y la materia se supera con nota cuando nosotros, los machitos, nos sumamos al encuentro.

Maldita la hora

Qué decir cuando ya, avanzados los años, caí en todo aquello que en la teoría parecía tener aprobado. Que las tareas de casa o el cuidado de los hijos no se asumen de una manera equitativa. Que no parece estar en el ADN porque siempre hay fines supremos que justifican todo lo contrario. Y mira que me duele reconocerlo. Primero, en mí. Luego, en los otros. Aunque, a decir verdad, siempre es más fácil quedarse en la superficie del asunto y esconder la cabeza como un avestruz. En el trabajo, en el ocio, en el compromiso social y político… todo parece estar por delante de los asuntos cotidianos del hogar, porque siempre lo doméstico parece estar resuelto y, lamentablemente, destinado a otras.   

Maldita la hora en que uno cae en lo que más abomina. Al menos, en las teóricas convicciones de las que uno presume en algún momento de la vida. Humildad, queridos niños, humildad. Os digo y, por tanto, me digo a mí mismo sin descanso, que el camino que nos queda por recorrer hay que empezarlo ya mismo. Sin perder tiempo. Sin necesidad de que nos lo recuerde nadie. Es de suyo. Como también salir a la calle junto a vosotras, en un día como el de hoy, para reivindicar lo que es de justicia: dignidad económica, legal y social para llegar a ser simplemente personas.

Propósito de enmienda

La escritora de origen marroquí Najat El Hatchmi nos lo ha recordado hace unos días, “porque a las puertas del 8-M cabe recordar que ser mujer no es ni un sentimiento ni una identidad (…) y en casi todo el mundo lo que sigue dominando es precisamente esa red de normas también conocida como patriarcado. También aquí, por supuesto, donde la esclavitud se oculta detrás de felices términos como temporeras, trabajadoras sexuales o gestación subrogada”.

Hago propósito de enmienda y cumpliré la penitencia que me toca: sentirme vulnerable y débil, porque tropiezo cien mil veces con la piedra de creer que en algún momento de la vida estoy por encima de vosotras. Soy varón, y mientras no lo reconozca, lo combata y lo remedie, machista. En ello estoy.    


ILUSTRACIÓN | Nana Pez

Querida mamá

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Desde pequeño me contaste que vine al mundo la madrugada de un 15 de julio, tras romper aguas esa tarde en la que bailaste junto a papá en el Bosque de Boulogne, en el distrito XVI de París. Era la fiesta del Día Nacional de Francia y martes. Quizá ya sabías entonces que a mí me iba a gustar el juego de las coincidencias en las fechas, los años, las conmemoraciones. Un 14 de julio de 1789, a la sazón también martes, tuvo lugar la toma de la fortaleza medieval de la Bastilla, símbolo del final del Antiguo Régimen y comienzo de la Revolución francesa.

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“Hay países donde el ‘MeToo’ se ha quedado en el nivel de las famosas”

“Hay países donde el ‘MeToo’ se ha quedado en el nivel de las famosas”

La sueca Åsa Charlotte Regnér (Malmberget, 1964) salió en marzo del primer Gobierno feminista de la historia, el de Suecia, para ejercer como directora ejecutiva adjunta de ONU Mujeres. Como ministra vivió el MeToo sueco que estalló en la academia del Nobel, que suspendió la entrega del galardón de Literatura. (más…)

Cuidadoras en una economía de cuidados

Cuidadoras en una economía de cuidados

Respóndame a esta pregunta: ¿es posible que algún ser humano viva sin ser cuidado? Pese a que la contestación parezca obvia, no me negarán que en el noventa y nueve por ciento de los casos al frente de los casos hay una mujer, o varias mujeres, o un grupo de mujeres, que protagoniza una actividad tan poco reconocida como es la que tiene que ver con el trabajo de cuidados no remunerados. Vayamos por partes. (más…)

Monjas

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Tuve mis primeras noticias de estas mujeres diferentes en la fila de preescolar, cuando en su colegio nos pinchaban en el hombro y a cambio recibíamos un terrón de azúcar. Los rastros de las vacunas quedaron para siempre, como pequeños cráteres en la piel, y los lucíamos cual tatuajes guerreros durante la EGB. Fue en Ibi, en la provincia de Alicante, hace ya cincuenta años. (más…)

La hermana Antonia Gallego ya descansa

La hermana Antonia Gallego ya descansa

Eran las 8 de la mañana del miércoles cuando un cohete ha estallado en el cielo, en la festividad de María Reina, de un 22 de agosto de 2018. La explosión anunciaba la llegada al paraíso de Antonia Gallego López, la hermana Antonia, la Serrana, la tía Antonia, Antonia la monja… esa mujer que ha conjugado en su persona la fe, la alegría, la fuerza, la iniciativa y el desvelo por los demás, por los otros… a quienes siempre ha tenido presentes por encima de cualquier capricho o interés personal, porque el Amor, con mayúsculas, siempre ha sido el lema que le ha guiado a lo largo de sus 87 años. (más…)

Estrellas de dignidad al fondo del pasillo

Estrellas de dignidad al fondo del pasillo

Las estrellas no refulgen de igual manera que quienes se encargan de mantener alta la categoría del establecimiento. El resplandor oculta en muchas ocasiones la oscuridad de los pequeños office que son testigos mudos del drama de aquellas, las camareras de piso, las camareras de hotel, las ahora incluidas en la categoría de peones de limpieza. Yolanda es una de ellas, una de las 200.000 yolandas que dejan a punto en seis horas hasta treinta habitaciones de hotel. Es una de ‘las Kelly’, las que limpian, las mujeres que enferman mientras se baten récords de ocupación turística. Las que llevan dentro de sí el cansancio crónico, los dolores musculares, la ansiedad por los ritmos de trabajo. Las grandes consumidoras de ibuprofeno, junto con el resto de las limpiadoras de hogares o edificios, trabajadoras de la conserva, cuidadoras de nuestros viejos… (más…)

Mujeres y más mujeres

Mujeres y más mujeres

Les propongo un sencillo juego. Párense. Deténganse por un instante tras leer estas letras. Cierren los ojos. Imagínense que llegan a su casa, a su edificio. Recorran cada una de las plantas y frente a las puertas de las viviendas traten de recordar cuántas mujeres viven en ellas. Desde bebés recién nacidas hasta la vieja que aparece de vez en cuando en el ascensor, acompañada por sus nietos o baja la basura. Las que trabajan fuera del hogar, ¿dónde lo hacen? ¿A qué se dedican? Las que sólo viven al parecer para atender a sus hijos, esposo, nietos, tías o abuelas, ¿qué aspecto tienen? ¿Se les ve contentas? ¿Se oyen sus gritos por el patio de luces? (más…)