Si quieres la paz, prepárate para la palabra

Si quieres la paz, prepárate para la palabra

Permítanme que afirme, si repasamos un poco la historia del siglo XX, que estamos en plena  efervescencia futurista. De un futurismo surgido de la mano del poeta italiano Marinetti que en  1909 publicó el Manifiesto Futurista y que les invito a conocer. Recogía lindezas como esta: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer”. Trump y sus seguidores por medio mundo, incluidos sus fieles discípulos en España, como Ayuso o Abascal, tienen de qué alimentarse.

Era un arte de acción, con sus obras caracterizadas por el color y las formas geométricas. La máquina (incluida la de guerra), los edificios, la velocidad… son algunos de sus rasgos. Acción, ruptura y descalificación con el pasado suenan a ese supuesto viejo orden internacional que el conservadurismo más recalcitrante apela a eliminar y superar. Hasta se le escapó a Von der Leyen al cuestionar el derecho internacional esta semana.

Construir la paz

En mitad del revuelto panorama internacional hay libros que llegan como un susurro y otros que irrumpen como un aldabonazo. El de Federico Mayor Zaragoza y Emilio José Gómez Ciriano pertenece a la segunda especie. Uno abre La hora de la ciudadanía (Ediciones HOAC, 2026) y siente que le están hablando directamente, sin rodeos, como quien te agarra del brazo para evitar que cruces la calle mirando el móvil. Mayor Zaragoza, en su último texto antes de morir, insiste en que “la paz no se construye con arsenales, sino con diálogo, justicia y participación ciudadana”, una frase que en el libro aparece casi como un latido constante.

Y mientras uno lee esa defensa radical del verbum frente al bellum, llega la noticia del asesinato del padre Pierre Al‑Rahi, un sacerdote católico maronita en el sur del Líbano. No fue un daño colateral, no fue un error, no fue un “incidente”. Fue un ataque deliberado contra quienes corrían a socorrer a un herido: “Hubo un primer ataque… entonces el padre Pierre corrió… cuando se produjo otro ataque, con un segundo bombardeo sobre la misma casa”, contaron testigos presentes de su muerte.  

Impunidad criminal

Mayor Zaragoza hablaba de la “hora de la ciudadanía”, de ese momento en que los pueblos dejan de ser espectadores y reclaman su sitio en la historia. Y uno no puede evitar preguntarse qué ciudadanía puede construirse cuando quienes encarnan la palabra —un sacerdote que se niega a abandonar a su comunidad, un anciano que riega su jardín, un pueblo que se aferra a sus olivos— son barridos por la lógica del más fuerte. Hablamos de “tierra quemada” y de la “impunidad criminal”, y es difícil no escuchar en esas palabras el eco de lo que advertía sobre el veto de las potencias y la cultura de la fuerza que atraviesa el siglo XX y se prolonga, tozuda, en el XXI.

Emilio José Gómez Cirino (izda.) y Federico Mayor Zaragoza, autores del libro de Ediciones HOAC


Pero quizá lo más inquietante es la normalidad con la que asumimos estas noticias. Como si la muerte del padre Pierre fuese un episodio más en un conflicto lejano, cuando en realidad es un espejo incómodo. Porque él murió haciendo exactamente lo que el libro reivindica: ejercer la ciudadanía desde abajo, desde la dignidad, desde la responsabilidad de no mirar hacia otro lado. Murió practicando esa paz concreta, cotidiana, que Mayor Zaragoza sitúa en la familia, en la escuela, en la vida pública. Murió, en definitiva, “mientras ejercía el más alto mandato evangélico: el socorro al prójimo”.

Romper la comodidad

Este cruce entre libro y tragedia debería interpelarnos. No basta con indignarse un rato en redes. No basta con compartir una foto con un lazo. La “ética del tiempo”, como la llama, exige actuar hoy, no mañana. Exige romper la comodidad del sofá y asumir que la paz no es un estado, sino un trabajo. Un trabajo pesado, insistente, a veces ingrato, pero imprescindible.

Por eso, la denuncia de la Red Internacional “Sacerdotes contra el genocidio” denunciando este asesinato, termina con una frase que podríamos firmar muchos: “No puede haber paz sin verdad, ni reconciliación sin que quienes siembran la muerte rindan cuentas”.

Palabras que incomoden

Prepararse para la palabra, sí. Pero no para una palabra tibia, sino para una que incomode, que denuncie, que acompañe, que sostenga. Una palabra que, como el padre Pierre, se atreva a correr hacia el herido aunque haya drones sobrevolando el cielo o tanques amenazando tus casas. Una palabra que, como la de Mayor Zaragoza, siga resonando incluso después de que quien la pronunció ya no esté.

Porque la hora de la ciudadanía no es mañana. Es ahora. Y empieza, siempre, a un palmo del suelo.


Ilustración | NANA PEZ

Dolor y paz en Palestina

Dolor y paz en Palestina

Ilustración | NANA PEZ

Contemplar las imágenes de la destrucción de barrios enteros. Escuchar el llanto de unas madres ante el cadáver de sus hijos. Conocer el testimonio de quien lo ha perdido todo o se encuentra aislado en mitad de la nada. Desconocer el lugar donde puede encontrarse un ser querido. ¿Quién no puede conmoverse ante cualquiera de estas realidades? ¿Cómo es posible que haya personas que muestren una frialdad de tal nivel que les permita mirar para otro lado, justificar lo injustificable o tomar partido por el poderoso?

El desequilibrio que existe en el conflicto palestino-israelí es tan grande que resulta muy complicado no exigir una paz justa, un acuerdo que parece inalcanzable, un respeto mínimo por la vida y un grito desgarrador para que callen las armas. Que el terrorismo y la guerra no conducen a solución alguna deberíamos de saberlo ya. La dolorosa experiencia en el escenario de Oriente Medio, como en otros muchos lugares a lo largo y ancho del planeta, no puede conducirnos a una fatal complicidad con lo inevitable. Hay que tomar partido hasta mancharse las manos con el débil, de uno y otro bando, porque aquí las víctimas no entienden de credos, nacionalidades o razas.

Entrevista: «Como creyentes no podemos permanecer al margen del conflicto»

La geopolítica juega con los intereses de aquellos que sustentan su poder sometiendo a otros. Ya sean pueblos o naciones que exigen su lugar en un mundo complejo e interrelacionado. Donde todo no es blanco o negro, sino que existe una infinidad de tonos grises para los que hay que estar preparados y dispuestos a asumir las consecuencias. En todos los territorios se encuentran escenarios para ajustar cuentas. Aquí, como en cualquier otro ámbito de la vida, no podemos caer en el maniqueísmo simplista de buenos y malos. Se trata de encontrar espacios en el que quepamos todos. Igual que en Europa no podemos cerrarle las puertas al hambre y a la miseria, en lugares como Palestina e Israel tampoco cabe aniquilar al contrario para edificar sobre muerte y destrucción.

Tragedias humanas

Solo una ciudadanía consciente, dispuesta a conmoverse ante cualquier tragedia humana y que a la vez clame y exija en el nivel en el que le toque, será capaz de llegar a la profundidad del corazón de quien tiene en sus manos la posibilidad de resolver un drama como este. Los creyentes lo hacemos desde una actitud de ayuno y oración, junto a otra gente de buena voluntad, a la vez que trabajamos por la paz y la justicia. No podemos mirar hacia otro lado, ni permanecer al margen de un desastre como este y otros que acontecen más allá de nuestras fronteras. 

«Nada de cuanto es humano me es ajeno». Este proverbio latino resuena con fuerza ante los acontecimientos que vivimos desde hace poco más de una semana. Un capítulo más de un genocidio contra un pueblo de manos de otro que ya sufrió algo similar en sus carnes y con especial crudeza en la primera mitad del siglo pasado. Pueblos que intercambian papeles de agresor y agredido, eso sí, en desigual combate, donde ambos parecen haber perdido la esperanza a una solución justa. De poco han parecido servir los acuerdos de paz suscritos en algún momento de la historia reciente. Mientras tanto, los movimientos estratégicos de última hora para sembrar división han desencadenado una espiral de difícil salida. 

Signos de paz

Anhelamos una fina lluvia de signos de paz para sembrar toda esa tierra castigada por el odio, por el ojo por ojo, diente por diente. Qué paradoja que donde surgieron las tres grandes religiones monoteístas sean, desde antaño, lugares de confrontación, disputa, muerte y destrucción. Trabajar por la paz supone una apuesta que va más allá del momento presente. Implica dejarse la piel en la cotidianidad. Desde la serenidad y la contemplación de que otra vida es posible. Con los pies en la tierra.