No me negarán que ante nuestros simplistas ojos parecía un blando. Sí, porque el carisma del argentino no aventuraba que pudiera calar en un norteamericano descendiente de latinos y aunque hubiese vivido en Perú. Cuando nos tocaba asumir el modo de analista del Vaticano echábamos de menos al Bergoglio de su visita inicial a Lampedusa o de sus múltiples entrevistas, gestos y presencias de impacto.
Pues nada, aquí estamos con una nueva semana más en la política internacional en la que Donald Trump ha decidido enfrentarse al papa León XIV, como padres que se encaran con el árbitro en el último partido de juveniles de sus hijos o cual matón de patio de colegio. El presidente de Estados Unidos, que nunca ha destacado por su sutileza, acusó al Pontífice de ser “débil”, de no entender la seguridad global y de haber sido elegido poco menos que para fastidiarle la presidencia. Como si el Cónclave fuese una reunión clandestina del Partido Demócrata.
Símbolo de resistencia
La escena tiene algo de tragicomedia. Trump, instalado en la épica de sí mismo, se indigna porque el Papa —ese señor que viste de blanco y habla de paz— recuerda que la guerra no es precisamente un sacramento. León XIV insiste en que la Iglesia tiene la obligación moral de oponerse a la violencia y a los abusos de poder. Nada revolucionario, pero en tiempos de testosterona geopolítica, decir que matar está mal o reclamar el derecho internacional parecen unas provocaciones intolerables.
Lo curioso es que, sin proponérselo, Trump ha terminado por consagrar al Papa. Es como el club de los antisanchistas, que acabará por convertir a nuestro presidente del Gobierno en referente mundial. La arremetida del norteamericano macho alfa ha colocado al otro norteamericano en el centro del escenario moral, lo ha transformado en símbolo de resistencia frente al poder desbocado y lo ha proyectado más allá de los muros del Vaticano. Hay quien va a por lana y sale trasquilado, y luego está quien intenta humillar a un Pontífice y acaba fortaleciéndolo.
Tibieza que parece un susurro
Y mientras esto ocurre en Washington y Roma, en España se juega otra partida. Vox estuvo años criticando al papa Francisco —y ahora a León XIV— por su defensa de los migrantes, su denuncia de los abusos de poder y su insistencia en que la guerra no es una solución. Entretanto, el PP navega con la prudencia calculada de quien no quiere mojarse demasiado. Ante la escalada bélica en Irán, sus portavoces han optado por declaraciones templadas, llamamientos genéricos a la “responsabilidad internacional” y una condena tan suave que casi parece un susurro. No es que no hablen: es que hablan sin decir. En un momento en el que medio mundo discute sobre los límites de la fuerza, la diplomacia y el derecho internacional, la tibieza se convierte en una forma de ruido blanco.
Imagen generada por IA en la cuenta de Trump
Y en el clímax de esta historia está la imagen generada por inteligencia artificial en la que Trump aparece como Jesucristo curando a un enfermo. La representación de un Mesías contemporáneo. El poder convertido en fantasía infantil. La política como disfraz de carnaval. Y como suelen actuar los abusones, con dureza frente a los débiles y sumisión ante el poderoso, en este caso la opinión pública, la retiró sin más.
Autoridad vs divinidad
El análisis psicológico es casi inevitable. Ese mesianismo digital —esa mezcla de narcisismo, tecnología y pensamiento mágico— revela más fragilidad que grandeza. Cuando un líder necesita imaginarse salvador, deja de aceptar límites. Y cuando deja de aceptar límites, deja de aceptar la realidad. El problema no es la imagen en sí, sino lo que sugiere: un dirigente que confunde autoridad con divinidad, y propaganda con identidad.
Mientras tanto, León XIV sigue hablando de diálogo, de multilateralismo, de la obligación moral de frenar la guerra. No es un discurso nuevo, pero sí necesario. Y quizá por eso irrita tanto a quienes prefieren el ruido al razonamiento, la épica al derecho internacional, la fantasía al mundo real.
La fuerza del débil
En este choque entre el poder político y la autoridad moral, el que presume de fuerza aparece cada vez más débil, y el que se presenta como servidor emerge más firme. La paradoja de siempre: la soberbia engrandece al otro. La fuerza del débil, que dirían los teólogos.
Y al final queda una pregunta incómoda: ¿Qué dice de nuestro tiempo que un presidente necesite representarse como Cristo para sentirse validado, mientras un Papa gana autoridad precisamente porque no necesita representarse como nada? Quizá la respuesta esté ahí, a un palmo del suelo: en la diferencia entre quien se cree salvador y quien intenta, simplemente, salvar algo de humanidad en medio del ruido.
Permítanme que afirme, si repasamos un poco la historia del siglo XX, que estamos en plena efervescencia futurista. De un futurismo surgido de la mano del poeta italiano Marinetti que en 1909 publicó el Manifiesto Futurista y que les invito a conocer. Recogía lindezas como esta: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer”. Trump y sus seguidores por medio mundo, incluidos sus fieles discípulos en España, como Ayuso o Abascal, tienen de qué alimentarse.
Era un arte de acción, con sus obras caracterizadas por el color y las formas geométricas. La máquina (incluida la de guerra), los edificios, la velocidad… son algunos de sus rasgos. Acción, ruptura y descalificación con el pasado suenan a ese supuesto viejo orden internacional que el conservadurismo más recalcitrante apela a eliminar y superar. Hasta se le escapó a Von der Leyen al cuestionar el derecho internacional esta semana.
Construir la paz
En mitad del revuelto panorama internacional hay libros que llegan como un susurro y otros que irrumpen como un aldabonazo. El de Federico Mayor Zaragoza y Emilio José Gómez Ciriano pertenece a la segunda especie. Uno abre La hora de la ciudadanía (Ediciones HOAC, 2026) y siente que le están hablando directamente, sin rodeos, como quien te agarra del brazo para evitar que cruces la calle mirando el móvil. Mayor Zaragoza, en su último texto antes de morir, insiste en que “la paz no se construye con arsenales, sino con diálogo, justicia y participación ciudadana”, una frase que en el libro aparece casi como un latido constante.
Y mientras uno lee esa defensa radical del verbum frente al bellum, llega la noticia del asesinato del padre Pierre Al‑Rahi, un sacerdote católico maronita en el sur del Líbano. No fue un daño colateral, no fue un error, no fue un “incidente”. Fue un ataque deliberado contra quienes corrían a socorrer a un herido: “Hubo un primer ataque… entonces el padre Pierre corrió… cuando se produjo otro ataque, con un segundo bombardeo sobre la misma casa”, contaron testigos presentes de su muerte.
Impunidad criminal
Mayor Zaragoza hablaba de la “hora de la ciudadanía”, de ese momento en que los pueblos dejan de ser espectadores y reclaman su sitio en la historia. Y uno no puede evitar preguntarse qué ciudadanía puede construirse cuando quienes encarnan la palabra —un sacerdote que se niega a abandonar a su comunidad, un anciano que riega su jardín, un pueblo que se aferra a sus olivos— son barridos por la lógica del más fuerte. Hablamos de “tierra quemada” y de la “impunidad criminal”, y es difícil no escuchar en esas palabras el eco de lo que advertía sobre el veto de las potencias y la cultura de la fuerza que atraviesa el siglo XX y se prolonga, tozuda, en el XXI.
Emilio José Gómez Cirino (izda.) y Federico Mayor Zaragoza, autores del libro de Ediciones HOAC
Pero quizá lo más inquietante es la normalidad con la que asumimos estas noticias. Como si la muerte del padre Pierre fuese un episodio más en un conflicto lejano, cuando en realidad es un espejo incómodo. Porque él murió haciendo exactamente lo que el libro reivindica: ejercer la ciudadanía desde abajo, desde la dignidad, desde la responsabilidad de no mirar hacia otro lado. Murió practicando esa paz concreta, cotidiana, que Mayor Zaragoza sitúa en la familia, en la escuela, en la vida pública. Murió, en definitiva, “mientras ejercía el más alto mandato evangélico: el socorro al prójimo”.
Romper la comodidad
Este cruce entre libro y tragedia debería interpelarnos. No basta con indignarse un rato en redes. No basta con compartir una foto con un lazo. La “ética del tiempo”, como la llama, exige actuar hoy, no mañana. Exige romper la comodidad del sofá y asumir que la paz no es un estado, sino un trabajo. Un trabajo pesado, insistente, a veces ingrato, pero imprescindible.
Prepararse para la palabra, sí. Pero no para una palabra tibia, sino para una que incomode, que denuncie, que acompañe, que sostenga. Una palabra que, como el padre Pierre, se atreva a correr hacia el herido aunque haya drones sobrevolando el cielo o tanques amenazando tus casas. Una palabra que, como la de Mayor Zaragoza, siga resonando incluso después de que quien la pronunció ya no esté.
Porque la hora de la ciudadanía no es mañana. Es ahora. Y empieza, siempre, a un palmo del suelo.
Contemplar las imágenes de la destrucción de barrios enteros. Escuchar el llanto de unas madres ante el cadáver de sus hijos. Conocer el testimonio de quien lo ha perdido todo o se encuentra aislado en mitad de la nada. Desconocer el lugar donde puede encontrarse un ser querido. ¿Quién no puede conmoverse ante cualquiera de estas realidades? ¿Cómo es posible que haya personas que muestren una frialdad de tal nivel que les permita mirar para otro lado, justificar lo injustificable o tomar partido por el poderoso?
El desequilibrio que existe en el conflicto palestino-israelí es tan grande que resulta muy complicado no exigir una paz justa, un acuerdo que parece inalcanzable, un respeto mínimo por la vida y un grito desgarrador para que callen las armas. Que el terrorismo y la guerra no conducen a solución alguna deberíamos de saberlo ya. La dolorosa experiencia en el escenario de Oriente Medio, como en otros muchos lugares a lo largo y ancho del planeta, no puede conducirnos a una fatal complicidad con lo inevitable. Hay que tomar partido hasta mancharse las manos con el débil, de uno y otro bando, porque aquí las víctimas no entienden de credos, nacionalidades o razas.
La geopolítica juega con los intereses de aquellos que sustentan su poder sometiendo a otros. Ya sean pueblos o naciones que exigen su lugar en un mundo complejo e interrelacionado. Donde todo no es blanco o negro, sino que existe una infinidad de tonos grises para los que hay que estar preparados y dispuestos a asumir las consecuencias. En todos los territorios se encuentran escenarios para ajustar cuentas. Aquí, como en cualquier otro ámbito de la vida, no podemos caer en el maniqueísmo simplista de buenos y malos. Se trata de encontrar espacios en el que quepamos todos. Igual que en Europa no podemos cerrarle las puertas al hambre y a la miseria, en lugares como Palestina e Israel tampoco cabe aniquilar al contrario para edificar sobre muerte y destrucción.
Tragedias humanas
Solo una ciudadanía consciente, dispuesta a conmoverse ante cualquier tragedia humana y que a la vez clame y exija en el nivel en el que le toque, será capaz de llegar a la profundidad del corazón de quien tiene en sus manos la posibilidad de resolver un drama como este. Los creyentes lo hacemos desde una actitud de ayuno y oración, junto a otra gente de buena voluntad, a la vez que trabajamos por la paz y la justicia. No podemos mirar hacia otro lado, ni permanecer al margen de un desastre como este y otros que acontecen más allá de nuestras fronteras.
«Nada de cuanto es humano me es ajeno». Este proverbio latino resuena con fuerza ante los acontecimientos que vivimos desde hace poco más de una semana. Un capítulo más de un genocidio contra un pueblo de manos de otro que ya sufrió algo similar en sus carnes y con especial crudeza en la primera mitad del siglo pasado. Pueblos que intercambian papeles de agresor y agredido, eso sí, en desigual combate, donde ambos parecen haber perdido la esperanza a una solución justa. De poco han parecido servir los acuerdos de paz suscritos en algún momento de la historia reciente. Mientras tanto, los movimientos estratégicos de última hora para sembrar división han desencadenado una espiral de difícil salida.
Signos de paz
Anhelamos una fina lluvia de signos de paz para sembrar toda esa tierra castigada por el odio, por el ojo por ojo, diente por diente. Qué paradoja que donde surgieron las tres grandes religiones monoteístas sean, desde antaño, lugares de confrontación, disputa, muerte y destrucción. Trabajar por la paz supone una apuesta que va más allá del momento presente. Implica dejarse la piel en la cotidianidad. Desde la serenidad y la contemplación de que otra vida es posible. Con los pies en la tierra.