Educar no es eso

Educar no es eso

Estamos en la recta final del curso escolar. Que se lo digan a esos chavales y chavalas que apuran los รบltimos dรญas antes de comparecer ante ese juicio sumarรญsimo que son las pruebas de acceso a la universidad. Las viven como nosotros lo hicimos en su momento con la temida Selectividad. No quiero hacer spoiler pero, como sรฉ que no leerรกn esta columna, al final  descubrirรกn que la cosa no era para tanto. Eso sรญ, a sus nervios se suma la ansiedad desbocada de esos progenitores que parecen engrosar la lista de aspirantes en busca del aula donde examinarse.

Porque a un palmo del suelo โ€”y a veces con el manillar un poco torcidoโ€” uno descubre que la educaciรณn de los hijos se ha convertido en una especie de deporte de riesgoโ€ฆ pero para los padres. No para los crรญos. Ellos, en realidad, siguen siendo bastante buenos en lo suyo: aprender, equivocarse, levantarse, volver a equivocarse y, si hay suerte, llegar a clase o a otros lugares deseados sin haberse estampado contra un contenedor. Lo de siempre.

Sobreprotecciรณn en los pasillos

Un fenรณmeno curioso es la sobreprotecciรณn que se cuela en los pasillos de los colegios e institutos. Profesores que reciben correos a medianoche porque โ€œmi hijo dice que le has puesto un 7 y รฉl siente que es un 9โ€. O padres que exigen reuniones urgentes porque su criatura ha descubierto que estudiar cansa. La escuela se convierte entonces en un campo de batalla donde los adultos discuten mientras los niรฑos observan, aprendiendo โ€”sin quererโ€” que la responsabilidad es negociable y que siempre habrรก alguien para sacarles del apuro.

La educaciรณn no es un servicio de atenciรณn al cliente. La de verdad, la que deja huella, necesita que los padres demos un paso atrรกs. Que confiemos. Que aceptemos que un suspenso no es una tragedia, sino un aviso. Que un conflicto en el patio no es un drama, sino un ensayo general de la vida adulta. Y que una profesora, un profesor, no son enemigos, sino unos verdaderos aliados.

Adultos con problemas

A estas alturas de la pelรญcula no quedarรกn dudas de que buena parte del problema somos nosotros, los adultos, que hemos decidido que la infancia, la adolescencia y, si me apuran, la juventud, son territorios minados de los que solo se sale indemne si mamรก y papรก van despejando el camino como si fueran una brigada de artificieros. Y claro, asรญ no hay quien crezca. Ni quien pedalee.

Cuando ahora contemplo a esos padres y madres que llevan a sus hijos hasta la misma puerta del centro escolar (y si les dejasen, los sentarรญan en el aula) recuerdo a finales de los 90 uno de los momentos mรกs especiales vividos en los Paรญses Bajos. Niรฑos y viejos, madres y ejecutivos, todos en bici a primera hora de la maรฑana, camino de sus ocupaciones. Unos, al cole. Otros, a sus recados. Ellas y ellos a sus trabajos. Y por encima de todo, el respeto a quien circula sobre dos ruedas.

Ilustraciรณn | NANA PEZ
Cultivar la autonomรญa

Creo que coincidirรกn conmigo en que la autonomรญa no se enseรฑa con discursos, sino con distancia. Con ese gesto tan poco moderno de cortar los lazos, que no es abandono ni desamor, sino la รบnica forma de que un chaval, una chavala, descubran que pueden sostenerse sin que les sujeten el manillar. Que pueden cruzar una calle, resolver un conflicto, entregar un trabajo tarde y asumir las consecuencias sin que un adulto los rescate como si fuera un diplomรกtico en misiรณn internacional.

Cada generaciรณn cree que la anterior lo hizo fatal. Esto tambiรฉn es un clรกsico. Los de ahora dicen que los de antes eran demasiado duros. Los de antes dicen que los de ahora son demasiado blandos. Y asรญ, generaciรณn tras generaciรณn, como si la educaciรณn fuera una especie de competiciรณn olรญmpica en la que siempre ganan โ€œlos de antesโ€.

Dejemos espacio

Pero la verdad es mรกs sencilla: educar siempre ha sido un lรญo, y cada รฉpoca ha tenido su propio monstruo bajo la cama. Antes era la calle. Luego la tele. Despuรฉs los videojuegos. Ahora el mรณvil. Y en todas, los padres hemos tenido la tentaciรณn de pensar que, si controlรกbamos lo suficiente, el mundo no harรญa daรฑo a nuestros hijos. Nuevo spoiler: el mundo siempre encuentra la manera.

La paradoja es que la autonomรญa solo florece cuando dejamos espacio. Cuando permitimos que los hijos se equivoquen sin convertir cada tropiezo en un expediente. Cuando entendemos que proteger no es impedir, sino acompaรฑar. Cuando aceptamos que la bicicleta, tarde o temprano, hay que soltarla.

Quizรก por eso, cada maรฑana, cuando pedaleo por Murcia camino del trabajo, no puedo ocultar el brillo en la cara al cruzarme con chavales que van a clase en bici, con esa mezcla de torpeza y valentรญa que solo se tiene a los quince aรฑos. Y pienso que ahรญ, en ese equilibrio inestable, estรก la educaciรณn que funciona: la que se sostiene a un palmo del suelo, sin manos, con viento en la cara y con la certeza de que, si caen, sabrรกn levantarse solos.


Escuchar en YouTube

Escuchar en Spotify

El periรณdico que uno lleva pegado a la piel

El periรณdico que uno lleva pegado a la piel

Hay periรณdicos que se leen y periรณdicos que se viven. Hay periรณdicos en los que uno se siente cรณmodo, como el que tiene entre sus manos. Y luego estรก El Paรญs, que durante medio siglo ha sido, para muchos, algo asรญ como un DNI emocional. No es solo un diario: es una marca, un equipo, un modelo, un olor a tinta que se te queda en los dedos y en la memoria. Tener El Paรญs entre las manos, bajo el brazo, en el portaequipaje de la bici, ha sido un signo de identidad. Y vaya si lo ha sido.

Mi infancia siempre estuvo vinculada con periรณdicos y revistas. En aquellos aรฑos 70, todos los dรญas llegaba a casa un ejemplar de La Verdad de Alicante, por el hecho de que mi padre fuese corresponsal del pueblo en el que vivรญamos. Era un detalle. Pero incluso antes, al crecer en medio de un ambiente social muy politizado, tambiรฉn lo hacรญan a menudo ejemplares de Sรกbado Grรกfico, Cuadernos para el Diรกlogo, Triunfoโ€ฆ y, posteriormente, Posible, Ciudadano, Cambio 16, etc. Quรฉ decir de la revista, entonces quincenal, Noticias Obreras, sucesora del Boletรญn de la HOAC, en la que publiquรฉ por primera vez en la primavera de 1976 un poema social sobre aquellos convulsos meses de conflictividad laboral.

En el recreo

Mi relaciรณn con El Paรญs, sin embargo, empezรณ en Yecla, en plena adolescencia, cuando uno aรบn no sabรญa quiรฉn era pero ya intuรญa quรฉ querรญa leer. Al quiosco llegaba con un dรญa de retraso porque entonces los diarios de Madrid viajaban mรกs despacio que las noticias. Pero daba igual: lo importante era alcanzarlo en el recreo, abrirlo como quien abre una ventana y sentir que el mundo estaba un poco menos lejos.

Luego vinieron los aรฑos de estudiante en Madrid, ese tiempo en que uno aprende a vivir con lo justo: leche, pan, apuntes y El Paรญs. Era gasto comรบn, casi un impuesto revolucionario de la vocaciรณn periodรญstica. No se leรญa: se militaba. Se coleccionaban las tazas de los Beatles, los anuarios de fin de aรฑo, las promociones absurdas que hoy ya no significan nada pero entonces eran un tesoro. Y se soรฑaba โ€”claro que se soรฑabaโ€” con escribir allรญ algรบn dรญa.

Ingenuidad y coraje

Hubo incluso aventuras de esas que hoy sonarรญan a locura. Como aquella noche del 86 en que quien suscribe se plantรณ en la sede de la calle Miguel Yuste para subirse a una furgoneta de reparto rumbo al Paรญs Vasco, camino del homenaje a Yoyes, asesinada un mes antes por sus antiguos compaรฑeros de ETA. Era tal la fusiรณn con el periรณdico que hasta uno se emocionaba junto a sus repartidores atravesando la Nacional I, con control de la Guardia Civil incluido. Y uno imagina la mezcla de ingenuidad, coraje y hambre de mundo que se tiene a los veinte aรฑos.

Tambiรฉn estaban los รญdolos de entonces: Fernando Jรกuregui, Bonifacio de la Cuadra, Soledad Gallego Dรญazโ€ฆ o Juan Arias, con sus crรณnicas desde Italia que hacรญan llorar a estudiantes de periodismo que aรบn no sabรญan que la emociรณn tambiรฉn es una forma de informaciรณn. El entierro de Enrico Berlinguer, uno de los padres del eurocomunismo, lo vivรญ a travรฉs de esas pรกginas como si hubiera formado parte de cortejo del millรณn de personas que lo despidiรณ en Roma.

50 aรฑos de El Paรญs
Ilustraciรณn | NANA PEZ

Y los veranos en la playa, cuando el ritual aรบn consiste en ir temprano al quiosco, comprar el ejemplar y leerlo en la terraza, junto a una taza de cafรฉ, โ€œde cabo a raboโ€, crucigrama incluido, como quien se toma el pulso a sรญ mismo.

Con los aรฑos, como en cualquier relaciรณn larga, hubo bandazos. Porque El Paรญs nunca ha sido tan de izquierdas como algunos quisieron creer, especialmente  en temas econรณmicos, pero tampoco ha dejado de ser el periรณdico de referencia para quienes crecimos con รฉl. La contradicciรณn tambiรฉn forma parte del cariรฑo. Como las consecuencias del ere de sus trabajadores โ€“entre ellos, Ramรณn Lobo- que lo vivimos muchos lectores como si nos hubiesen echado a nosotros a la calle.

Admiraciรณn por el papel

Hoy, en plena era del clic, contemplo con admiraciรณn a quienes acuden al quiosco a por su ejemplar en papel. Y me reconozco en ellos, al ser parte del club. Porque hay objetos que se adhieren a la piel, y un periรณdico es uno de ellos. No por nostalgia, sino por compaรฑรญa. Por las columnas de Manuel Vicent, por las firmas nuevas, por las reseรฑas de Babelia o la ironรญa de รรฑigo Domรญnguez, por esa sensaciรณn de que, mientras haya alguien que escriba y alguien que lea, el mundo seguirรก teniendo un poco de sentido.

Y sรญ, quizรก resulte paradรณjico escribir esto en un diario que no es El Paรญs. Pero asรญ es la vida: uno puede querer a varios periรณdicos a la vez, igual que quiere a varias ciudades, varios bares o varias etapas de sรญ mismo. Lo importante es reconocer de dรณnde viene cada pedazo de nuestra identidad. Y en la mรญa, como en la de tantos, siempre habrรก un ejemplar doblado bajo el brazo o en el portaequipaje de la bici, un quiosco de verano y un chaval de Yecla leyendo un periรณdico que llegaba tardeโ€ฆ pero llegaba.


San Josรฉ, mis padres y el semรกforo en rojo

San Josรฉ, mis padres y el semรกforo en rojo

En Murcia, cuando empieza a oler a verano, la ciudad se convierte en un tablero de ajedrez jugado por gente con prisa. El coche que te adelanta como si la Gran Vรญa fuera la Mโ€‘30, la furgoneta en doble fila โ€œun momenticoโ€, el repartidor que se juega la vida en cada rotondaโ€ฆ y tรบ, en la bici, haciendo equilibrios como quien encadena contratos temporales: hoy carril, maรฑana bordillo, pasado un โ€œya te apaรฑarรกsโ€. Y justo ahรญ, en mitad del zigzag, llega el Primero de Mayo y te recuerda que el trabajo โ€”eso que deberรญa sostener la vidaโ€” a veces la muerde.

Hay quienes lo han dicho sin rodeos, como en el manifiesto de la HOAC de Murcia: esta Regiรณn se sostiene sobre espaldas que casi nunca salen en la foto. Las de quienes trabajan en las fincas del Campo de Cartagena, Mazarrรณn o el Guadalentรญn; en el manipulado de fruta; en la hostelerรญa que โ€œnunca descansaโ€; en los cuidados invisibles; en los barrios donde la precariedad se nota โ€œmรกs que las estadรญsticasโ€, en los servicios pรบblicos. Con el parte real del dรญa: jรณvenes que no pueden emanciparse, mujeres con doble jornada y brecha salarial, personas migrantes sosteniendo sectores enteros desde la vulnerabilidad. No es un panfleto: es un aviso de alerta naranja.

รlbum familiar

Y ahรญ, inevitablemente, me sale el รกlbum familiar. Mi padre โ€”mecรกnico fresadorโ€” volvรญa a casa con resto de grasa en sus agrietadas manos y esa dignidad callada de la gente que no presume. De niรฑo fui testigo de sus reuniones en un lรบgubre local del centro de Ibi como enlace sindical del Sindicato Vertical en la industria juguetera y del metal. Dicho hoy suena a arqueologรญa, pero entonces era pelear โ€˜infiltradoโ€™ lo posible donde se podรญa: mejorar horarios, apretar por seguridad, actuar entre el taller y una estructura pensada para que nadie levantara la voz. Tenรญa clara su conciencia de clase y su lugar en el mundo. Y eso, aunque no lleve sello, es doctrina social de la buena.

Como mi madre, maestra, por otra vรญa: la de la renovaciรณn pedagรณgica cuando renovar era ponerse en el punto de mira y del lado de los mรกs vulnerables. Mรกs tarde, su compromiso en el reciรฉn creado Sindicato de Trabajadores de la Enseรฑanza -y despuรฉs en CCOO– fue la prolongaciรณn natural de entender la escuela como herramienta de justicia. Ella me enseรฑรณ que โ€œderechosโ€ y โ€œdeberesโ€ solo se sostienen si la vida cotidiana los acompaรฑa. Y que sin organizaciรณn, la buena voluntad dura lo que dura un recreo.

Iglesia que dialoga

Por eso me encaja tanto que el Primero de Mayo sea tambiรฉn la fiesta de san Josรฉ Obrero, y que la Iglesia โ€”cuando estรก finaโ€” no venga a dar lecciones, sino a dialogar con el mundo del trabajo, a apoyar demandas justas, a โ€œcolaborar con la sociedad civilโ€ para afrontar los problemas reales. Lo saludable no es solo respirar menos humo en Ronda Sur: es trabajar sin miedo, sin precariedad, sin que la vida se deshilache por los bordes.

Hay una frase que deberรญa estar en cada rotonda: โ€œninguna economรญa es legรญtima si deja atrรกs a quienes hacen posible la vidaโ€. Traducido al carril bici: si tu modelo depende de que alguien pedalee (o coseche, o cuide, o friegue) con el corazรณn en la boca, es que vas sin lucesโ€ฆ y sin frenos. Y hay otra: la esperanza โ€œno es ingenuidadโ€. Es la certeza de que cuando las personas trabajadoras se unen, dialogan y se apoyan, la sociedad avanza. Incluso cuando el coche te pita, cuando el carril se corta, cuando te empujan a la cuneta. Avanza, porque si no, te acostumbras.

Trabajo digno

A menudo me acuerdo en cada cruce, donde siempre hay alguien jugรกndose la vida para llegar a fin de mes, de mi padre y su fresadora, de mi madre y su claustro, y de esa idea sencilla y exigente: trabajo digno para una vida digna. Que el semรกforo en rojo no sea un estorbo, sino una invitaciรณn a parar y pensar.

Porque detrรกs de cada โ€œtrabajo dignoโ€ hay una vida concreta: la de quien vuelve reventada y aun asรญ hace la cena; la de la quien cuida a otros y nadie la cuida; la del que cruza media ciudad en bici para despuรฉs subirse a una furgoneta; la del que, en muchos lugares, no vuelve a casa.

No acostumbrarse

A veces me preguntan si sirve de algo escribir estas cosas. Yo quรฉ sรฉ. Pero sรฉ esto: mientras vea a alguien con chaleco reflectante al borde de una rotonda, o a una limpiadora saliendo con el sol bajo, o a un chaval esquivando coches con una mochila de reparto, me harรฉ una promesa domรฉstica: no acostumbrarme. Porque el mundo se sostiene por gente que no sale en los titulares o en el TikTok. Y el Primero de Mayo existe para recordarlo.


Ilustraciรณn | NANA PEZ

El mal que dejamos pasar

El mal que dejamos pasar

Una noche de esta semana regresaba desde la Vega Baja del Segura a casa tras participar en la presentaciรณn del libro Trabajo humano, el reto pendiente (Ediciones HOAC, 2025) de Francisco Porcar, y me preguntaba si seguรญa teniendo sentido reflexionar sobre el mundo obrero. En concreto, construir una cultura del cuidado como utopรญa en torno al trabajo. No voy a negar que tenรญa mis dudas, sobre todo ante lo que estรก cayendo en el mundo, y la sensaciรณn de que somos una minรบscula partรญcula en este gran tablero de la geopolรญtica.

Dos momentos de la presentaciรณn del libro ยซTrabajo humano, el reto pendienteยป, el pasado 21 de abril en Callosa de Segura (Alicante)

No obstante, cuando te recuerdan que 3 millones de personas mueren cada aรฑo en el mundo por  accidentes y enfermedades laborales, o que tan solo en Espaรฑa fallecieron 735 trabajadores y trabajadoras en 2025, entiendes que hay muchas heridas en el mundo del trabajo que reclaman no mirar hacia otro lado. Que la precariedad, la falta de futuro, la desigualdad, el economicismo, la deshumanizaciรณn y el consumismo son algunas de las lรณgicas que deterioran la dignidad del trabajo.

 Todo en orden

Resulta que hay dรญas en los que uno se levanta, se sube a la bici y piensa que el mundo se ha vuelto un sitio razonablemente normal. Abre la panaderรญa, los crรญos van al cole, el personal empleado pรบblico ficha, los padres y las madres dejan a los niรฑos en la puerta con el cafรฉ aรบn caliente. Todo en orden. Y, sin embargo, basta rascar un poco para descubrir que la normalidad es ese barniz que ponemos encima para no mirar demasiado.

Lo recordaba leyendo a Monika Zgustova, que habla de cรณmo las sociedades se acostumbran al mal sin darse cuenta, como quien se acostumbra al ruido de una obra en la calle: primero molesta, luego irrita, y al final ya ni lo oyes. Y pensรฉ que, sin necesidad de dictaduras ni gulags, aquรญ tambiรฉn tenemos nuestras pequeรฑas renuncias diarias, esas concesiones que parecen insignificantes pero que, sumadas, construyen un paisaje moral bastante feo.

Porque el mal no siempre llega con botas militares. A veces llega con zapatillas cรณmodas y un โ€œbueno, tampoco pasa nadaโ€.

El ml que dejamos pasar
Ilustraciรณn | Nana Pez

Pequeรฑas renuncias

Pasa, por ejemplo, cuando un profesor o una profesora deciden que educar es opcional, que su trabajo consiste en sobrevivir a la maรฑana y rellenar papeles. Y nosotros, lo dejamos pasar porque โ€œbastante tienen con enfrentarse a las aulasโ€. Pasa cuando unos progenitores renuncian a ser padres y madres y delegan en la pantalla, en el colegio, en la abuela, en cualquiera que no sean ellos. Y lo justifican con un โ€œes que no tengo tiempoโ€. Pasa cuando un empleado pรบblico โ€”ese que deberรญa ser la cara amable y eficiente de cualquiera de las administracionesโ€” no cumple con su trabajo o te atiende como si le debieras dinero. Y tรบ, resignado, acabas pensando que โ€œes lo que hayโ€.

Y asรญ, a base de pequeรฑas renuncias, vamos construyendo una sociedad que tolera el mal no porque sea malvado, sino porque estรก cansada. Cansada de protestar, de exigir, de recordar que las cosas pueden ser de otra manera. Cansada de no querer lรญos.

Cรณmplices por comodidad

Zgustova cuenta que en los regรญmenes autoritarios la mayorรญa de la gente no es cรณmplice por convicciรณn, sino por comodidad. Que el miedo paraliza, sรญ, pero tambiรฉn paraliza la pereza moral. Y que los autoritarios โ€”los de uniforme y los de traje caroโ€” se alimentan de esa apatรญa como quien se alimenta de la luz del sol.

Aquรญ aรบn no tenemos dictadores โ€“aunque los identificamos claramente, porque son serviles ante el poderoso-, pero sรญ adoptamos esa tendencia a mirar hacia otro lado. A pensar que โ€œesto no puede durarโ€, como si las cosas se arreglaran solas. A repetir que โ€œya pasarรกโ€, como si el deterioro democrรกtico, la crispaciรณn polรญtica o la chapuza institucional fueran fenรณmenos meteorolรณgicos.

Principio del fin

Y mientras tanto, seguimos tolerando pequeรฑas grietas: docentes que no enseรฑan, padres y madres que no educan, empleados pรบblicos que no sirven y no cumplen, polรญticos que no rinden cuentas, ciudadanรญa que no exige. Grietas que, si no se tapan, acaban siendo un socavรณn.

Quizรก la pregunta no sea por quรฉ existe el mal, sino por quรฉ lo dejamos pasar. Por quรฉ nos cuesta tanto decir โ€œhasta aquรญโ€. Por quรฉ preferimos la comodidad de la queja a la incomodidad de la acciรณn. Por quรฉ escogemos mirar hacia otro lado.

A un palmo del suelo, desde la bici, uno ve que la ciudad sigue funcionando. Que la vida, aparentemente, va bien. Pero tambiรฉn ve que, si no espabilamos, un dรญa nos despertaremos y descubriremos que lo que parecรญa normal era, en realidad, el principio del fin. Y que lo dejamos entrar por pura pereza.


Hijos de la clase obrera

Hijos de la clase obrera

Dos acontecimientos recientes han despertado en mi memoria la esencia de sentirme un hijo de la clase obrera. Uf, cรณmo suena esa expresiรณn, โ€œclase obreraโ€, no โ€œclase media y trabajadoraโ€ o โ€œla Espaรฑa que madrugaโ€. El primero de ellos tuvo lugar en un estudio de radio, en el que cada semana el cura Joaquรญn Sรกnchez invita a quienes tienen que aportar retazos de esperanza. En mi caso, compartir la vida profesional en esto del periodismo y de compromiso social desde la HOAC, el movimiento de la Iglesia en el mundo obrero en el que me he criado y milito.

Militar es un verbo que tiene su miga, โ€œmilitarโ€, sobre todo en estos tiempos lรญquidos en el que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse. Tiempos de incertidumbre, de separaciรณn del poder y la polรญtica, del debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegรญan a la persona, o la renuncia al pensamiento y a la planificaciรณn a largo plazo. ย 

Ambiente familiar

En esa conversaciรณn se despertaron infinidad de recuerdos en torno a un ambiente sindical y polรญtico en una familia que, en ocasiones, me ha llevado a sentir que no tuve infancia. Desde el final del franquismo y el miedo a lo que pudiera pasar, a las dudas de la Transiciรณn y a las experiencias de aquel movimiento anti-OTAN de los aรฑos ochenta. Todo ello salpicado con la publicaciรณn de una poesรญa social a los once aรฑos y las primeras colaboraciones en prensa escrita. Reconocรญa el orgullo de ser hijo de un mecรกnico fresador y de una maestra embarcada en la educaciรณn popular.

El segundo escenario se sitรบa en la lectura de Amianto (Hoja de Lata, 2014), novela del escritor toscano Alberto Prunetti. Este es uno de los textos del primer aรฑo del Club de Lectura de CCOO, una iniciativa que pretende recuperar la cultura obrera. En este caso, en torno a la historia de Renato, que su oficio de soldador le condujo a una muerte prematura a causa del amianto. Es una historia obrera contada por su hijo, universitario, traductor, โ€œtrabajador cognitivo precarioโ€. Una historia anticapitalista, de lucha por un trabajo digno, con estampas muy reconocibles por quienes nos sentimos hijos de la clase obrera.

Verdad desnuda

โ€œLos callos en las manos de los obreros son bonitosโ€, escribe el hijo. Y uno piensa que sรญ, que quizรก lo รบnico verdaderamente honesto que queda en este mundo son esas manos que cuentan la vida sin necesidad de palabras. Son las manos callosas de mi padre, de nuestros padres, con sus monos azules que debรญan volver a relucir cada lunes.

Porque los callos no engaรฑan. No son como los currรญculums de ahora, llenos de verbos en inglรฉs y cursos de productividad y de inteligencia artificial. Son la verdad desnuda: horas, frรญo, calor, golpes, herramientas que pesan mรกs que la hipoteca. Y, sobre todo, una memoria que no se borra. Cada callo es un recordatorio de que hubo un tiempo โ€”no tan lejanoโ€” en que el trabajo se hacรญa con el cuerpo entero, no con el ratรณn y la nube. El prรณlogo de Isaac Rosa nos habla de ello.

Alberto Prunetti (a la derecha) ha sido uno de los autores escogidos en esta primera ediciรณn del Club de Lectura de CCOO.


Conflicto social

Vivimos instalados en la fantasรญa de que el trabajo duro ya no existe. Que las fรกbricas se han convertido en lofts y los obreros en emprendedores. Que las cosas se fabrican solas, como los tomates que aparecen en el sรบper sin que nadie los haya recogido. Y asรญ nos va: invisibilizando a quienes sostienen el mundo para no estropear la foto del progreso. Caemos en los seductores mensajes de que la clase obrera ha desaparecido, incluso la que nos trae en moto o patinete los menรบs a casa.

Duele reconocer esta sociedad de clases y del conflicto social. Y mรกs cuando el recuerdo viene impregnado de amianto, ese โ€œasesino silenciosoโ€ que matรณ a tantos trabajadores mientras las empresas miraban hacia otro lado. En nuestra tierra nos lo ha venido recordando desde hace aรฑos la Asociaciรณn de Perjudicados y Afectados por el Amianto (Apena), con centenares de vรญctimas en Cartagena, trabajadores de Repsol, Navantia y otras empresas del Valle de Escombreras. Lo mรกs inquietante es que el amianto funciona como metรกfora perfecta del capitalismo actual: se cuela sin que lo notes, se instala en tus pulmones, y cuando quieres darte cuenta ya es tarde.

Mientras tanto, nosotros nos contarnos la vida como si fuรฉramos protagonistas de una serie de Netflix: flexibles, creativos, multitarea. Pero la verdad es que la precariedad nos ha robado hasta el relato. Sentirnos hijos de la clase obrera es reivindicar que la memoria no es un lujo, sino una forma de justicia. Una reparaciรณn mรญnima para quienes levantaron el mundo con las manos y recibieron a cambio enfermedad, silencio y ruinas industriales convertidas en centros comerciales.


Ilustraciรณn | NANA PEZ

Artรญculo: La soledad de los incurables del amianto
Pensar a cรกmara lenta

Pensar a cรกmara lenta

Quiรฉn me iba a decir a estas alturas de la vida que el principal peligro como ciclista urbano tiene forma de peatรณn. Sรญ, de persona de cualquier edad, tipo y condiciรณn con la cabeza y el corazรณn agachados en la realidad inmediata. Transeรบntes que cruzan los pasos de peatones en cualquier momento, como daltรณnicos anรณnimos. Peatones que andan a ciegas por la acera o llevan el carrito del bebรฉ โ€“tambiรฉn el de la compra- sin prestar mรกs atenciรณn que a la รบltima ocurrencia en Tik Tok o al mensaje ingenioso de WhatsApp.

No se pueden imaginar el momento en el que sentรญ como propio el porrazo contra una farola que sufriรณ un deportista mientras andaba a paso de marcha con los ojos puestos en su telรฉfono, ese aparato mal llamado โ€œinteligenteโ€. Casi tan triste y doloroso como contemplar a la hora del desayuno, junto a la puerta de un instituto, a esos encorvados adolescentes con el bocadillo en una mano y el mรณvil en la otra. Juntos, pero solos.

Avance y rapidaciรณn

Estos dรญas, ademรกs, uno siente que vivimos con el dedo pegado al botรณn de avanzar rรกpido. Los audios al 1,5x, los vรญdeos cortados antes del desenlace, los artรญculos โ€œleรญdosโ€ en lo que dura un semรกforo en verde de la Gran Vรญa. Todo va tan deprisa que, a veces, no sabemos si nos estamos informandoโ€ฆ o simplemente pasando pantallas. La prisa se ha convertido en forma de vida, como si el Segura bajara siempre en avenida y nosotros tuviรฉramos que saltar de piedra en piedra para no mojarnos. Y claro, en ese juego terminamos empapados de titulares, de mensajes rรกpidos, pero secos de ideas.

Apunten un tรฉrmino que ya ha cumplido diez aรฑos: rapidaciรณn. Es el nuevo fenรณmeno que nos afecta a casi todas las personas en esta sociedad del bienestar. Consiste en dar, precisamente, a nuestros quehaceres cotidianos un ritmo desorbitado. Todo hay que hacerloโ€ฆ muy deprisa, muy rรกpido. Como dice un buen amigo: Seรฑor, dame pacienciaโ€ฆ ยกpero ya! Como muchas otras cosas, le debemos a Francisco esa llamada de atenciรณn con esa palabreja que utilizรณ en el nรบmero 18 de su encรญclica Laudato si del aรฑo 2015. No se la pierda.ย 

ย 

Ilustraciรณn| Nana Pez

A esta dieta acelerada se ha sumado un ingrediente nuevo: la papilla de contenidos generados por inteligencia artificial. No hace falta que sea falsa para ser mala; basta con que no exija nada. Son textos correctos, razonables, hasta simpรกticosโ€ฆ y, sin embargo, intercambiables. Lo mismo hablan del cambio climรกtico que de la receta del pastel de carne, con el mismo tono uniforme que deja a la cabeza en punto muerto. Lo llaman ‘AI slop’, y, aunque el nombre suene moderno, el daรฑo es de siempre: mucha palabra, poca sustancia.

No se trata de demonizar la tecnologรญa. Antes, un buen texto te pedรญa un pequeรฑo pacto: yo te doy una historia, tรบ me das atenciรณn. Ahora, cuando algo no entra suave, lo descartamos. Y ahรญ ganan las lรญneas automรกticas: fluyen, resbalan, no rozan. Pero precisamente por eso, no enseรฑan. Pensar โ€”pensar de verdadโ€” tiene siempre algo de fricciรณn, esa duda que te hace volver a una frase, ese dato que te arruga la frente y juntas las cejas, esa idea que no encaja del todo y te obliga a recolocar piezas. Si todo cuadra a la primera, sospeche: a lo mejor no habรญa nada que cuadrar.

Como afirma Carmen Torrijos, el  contenido masivo y superficial generado por IA no es solo un problema, tambiรฉn es un sรญntoma. La tecnologรญa amplifica un modelo de consumo que premia la fluidez y agota nuestra capacidad de atenciรณn.

Recuperar la pausa

La soluciรณn no creo que pase por apagar pantallas ni por atrincherarnos en la nostalgia. La salida, me temo, es mรกs prosaica y exigente: afinar el criterio, bajar una marcha, buscar fricciรณn. Preguntarnos quiรฉn firma lo que leemos y por quรฉ existe. Valorar mรกs un texto con una idea propia, aunque tropiece en estilo, que una redacciรณn perfecta sin nadie que la sostenga. Y, cuando podamos, anclar la conversaciรณn en datos, en historias concretas, en experiencias que tengan nombre y apellidos.

Conviene reconciliarnos con el tiempo y la atenciรณn. Las prisas nos estรกn saliendo caras: confundimos rapidez con conocimiento y comodidad con verdad. Pero la cabeza no es una autopista de peaje; se parece mรกs a la subida a La Fuensanta o al Relojero: caminos con curvas, repechos y vistas que solo aparecen si aflojas. Quien los haya hecho sabe que, al coronar, el paisaje se ve distinto. Pues con las ideas pasa lo mismo: necesitamos aire para descubrir quรฉ merece la pena y quรฉ es puro relleno.

Asรญ que propongo un gesto humilde, casi domรฉstico: recuperar la pausa. Dejar un pรกrrafo sin terminar y volver luego. Subrayar una frase que no entendemos del todo. Preguntar โ€œยฟquiรฉn responde de esto?โ€. Y, de vez en cuando, elegir a conciencia una lectura que nos dรฉ guerra, como quien elige la ruta larga por El Valle para sudar un poco. No nos harรก menos modernos; quizรก nos haga mรกs dueรฑos de nuestra atenciรณn.

Declaraciรณn de intenciones

Declaraciรณn de intenciones

A un palmo del suelo, a lomos de una bicicleta, contemplas el mundo de forma diferente. Cual ojo de pez percibes los escenarios a un ritmo lento y mรกs cercano a lo que de verdad sucede cuando viajas a bordo de un coche. Lo que parece obvio queda oculto porque vamos como vamos y pasamos por la vida sin apenas darnos cuenta. Atravesando platรณs con mรบltiples decorados quรฉ complicado resulta descubrir quรฉ es lo que realmente ocurre.

A un palmo del suelo, acompaรฑado del pedaleo, oteas el trรกnsito de la gente hacia sus lugares cotidianos. Africanos y latinos camino de la obra o el bar donde trabajan. Jornaleros que exponen sus manos recolectoras, junto a una gasolinera, mientras llegan las furgonetas con un encargado presto a ejecutar la selecciรณn natural. Ucranianas somnolientas en ruta a las casas donde les aguadan los viejos a los que no podemos atender y, si hay suerte y no llueve, sacarlos a los parques para recoger la vitamina D de los rayos de un sol que se pelea con la contaminaciรณn. Pocos niรฑos y adolescentes en trayecto a la escuela, porque apenas andan por las aceras, ya que sus progenitores los desembarcan desde el SUV familiar en la misma puerta de las aulas.

Despertar los instintos

A un palmo del suelo, haciendo sonar el timbre, reclamas espacio pรบblico en la jungla de asfalto sobre la que se agitan decenas de coches, en su mayorรญa ocupados por una sola persona. En ese habitรกculo en el que hasta la mรกs correcta se transforma en despiadada a la bรบsqueda de la ansiada plaza de aparcamiento o la salida de la ciudad. Descubres que esa morada temporal de los vehรญculos que esquivas en carriles o rotondas es el refugio en el que se despiertan los instintos ocultados en entrevistas de trabajo o las reuniones de la AMPA.        

A un palmo del suelo, sin necesidad de convocatoria alguna, te conviertes en defensor anรณnimo de la Agenda 2030 y de la lucha conta el cambio climรกtico. Vuelves a tus orรญgenes de ser humano que desmenuza cada hรกbitat como si fueran gajos de esas preciadas naranjas arrancadas de manera furtiva en una madrugada de ensueรฑo. Degustas el aire fresco de la maรฑana, el sol que irradia el calor del dรญa, la luna y las estrellas, en un juego cรณsmico del que te sientes la parte contratante de la primera parte.

En tu sillรญn saboreas la verdadera libertad y autonomรญa de sentirte v la bicicleta puede ser un sรญmbolo de libertad y autonomรญa

A un palmo del suelo, en tu sillรญn, saboreas la verdadera libertad y autonomรญa de sentirte vivo. Una libertad que no estรก pisoteada por la inhumanidad ni adulterada en su uso, como tampoco convertida en sujeto de polarizaciรณn y enfrentamiento. Hasta puedes presumir, sin acritud, acerca de cรณmo la bicicleta puede ser un sรญmbolo de libertad y autonomรญa, un instrumento para empoderar a propios y extraรฑos en la toma del control de sus vidas.

Avatar de A un palmo del suelo
Ilustraciรณn de NANA PEZ

A un palmo del suelo, con la nariz despejada, los olores cobran vida propia. El aroma del pan reciรฉn hecho que se escapa de una tahona, el cafรฉ que se cuela por la ventana de un bar, el azahar en primavera o ese tufillo a gasolina que te recuerda que la ciudad nunca duerme del todo. Y, entre tanto, tรบ, con tu bici, esquivando charcos o bolardos arrancados de cuajo, sorteando coches aparcados en doble fila o peatones absortos en la pantalla del mรณvil mientras cruzan la calle, y saludando a ese perro que siempre ladra desde el mismo balcรณn, como si fuera el guardiรกn del barrio.

Fomentar la comunidad

A un palmo del suelo descubres que no estรกs solo. Que no estรกs sola. Que puedes interactuar con los demรกs. Desde el repartidor que reclama que eso de ser falso autรณnomo que se lo coman los ceos de sus compaรฑรญas, a estudiantes cargados de mochilas camino del instituto o la universidad. Jubiladas que se atreven a lidiar en las calles, con millenials o con baby boomers como ellas, en ruta a la sesiรณn de pilates o de la universidad de mayores. Padres con silletas adosadas al portaequipajes en las que los mรกs pequeรฑos empiezan a ver el mundo de otro modo o simples asalariados in itinere. Nada de lo humano te es ajeno en el asfalto, carriles o veredas. Es la hora de fomentar la comunidad, la conexiรณn sin wifi.

A un palmo del suelo, en definitiva, es una nueva cita con quienes tienen La Opiniรณn entre sus manos o en sus pantallas. Una humilde tabla sobre la que colocar el repaso a la actualidad con otros ojos, de manera reflexiva, serena, crรญtica, inconformista y sincera. En compaรฑรญa de la mirada y los trazos de una joven artista. Con las alforjas repletas de pareceres en medio del ruido. La apuesta queda aquรญ, frente a la inmediatez, la escasez de caracteres, el impacto emocional y el conflicto sin sentido. Ustedes juzgarรกn.

Tiempo de agradecimientos

Tiempo de agradecimientos

Hace unos dรญas fui testigo de un hecho singular. En un acto de graduaciรณn de policรญas locales tuvo un especial protagonismo un joven mรบsico cartagenero, Miguel Alcantud, que interpretรณ al arpa unas piezas musicales en distintos momentos del programa. Miguel es ciego. Al nacer tuvo unos problemas mรฉdicos que le causaron problemas de movilidad, tanto en sus manos como en sus pies. Se desplaza en sillas de ruedas. Es una persona dependiente y, de manera autodidacta, ha encontrado en la mรบsica una forma de expresiรณn de su carรกcter para superar cualquier tipo de limitaciรณn. Sus interpretaciones conmueven. 

Resulta que, al tรฉrmino de la ceremonia, Miguel quiso dirigirse a los nuevos agentes de la Policรญa Local. Y lo hizo tras la fotografรญa oficial con un agradecimiento y una peticiรณn. Esta รบltima tenรญa que ver con la invitaciรณn a que, en su trabajo diario, estuvieran muy pendientes de las personas con discapacidad. Las gracias eran extensivas a todos los servidores pรบblicos que cuidan, especialmente, a quienes tienen limitaciones fรญsicas o mentales. No querรญa dejar pasar su gratitud anticipada a estos nuevos policรญas locales con el fin de que sean sensibles a quienes se enfrentan a diario a sus carencias.

Es tiempo de dar gracias a quienes luchan por la paz y la solidaridad, por su compromiso encarnado, porque son ejemplo y modelo para seguir, como asรญ lo fue Jesรบs de Nazaret

Cuรกnto nos cuesta agradecer y quรฉ poco reclamar o maldecir. Incluso en este tiempo que tenemos por delante, en el que a menudo reblandece la condiciรณn humana,ย resulta difรญcil escuchar palabras de reconocimiento a los otros, a los prรณjimos. De ahรญ que, frente a la sempiterna algarabรญa de luces y cenas, compras compulsivas y emociones desbocadas, sea el momento para expresar desde aquรญ una mirada correspondida, en estos dรญas turbulentos, a muchas buenas gentes que pululan en mitad de nuestras vidas.ย 

Ocuparse por la paz

Es tiempo deย dar gracias a quienes luchan por la paz y la solidaridad, por su compromiso encarnado, porque son ejemplo y modelo para seguir, como asรญ lo fue Jesรบs de Nazaret. La mirada de los niรฑos y niรฑas gazatรญes, ucranianas, africanas y de cualquier otra parte de la tierra es motivo suficiente para ocuparse por la paz.ย 

Es momento de dar gracias a quienes se afanan procurando esperanza en esta vida, sobre todo a las personas que mรกs sufren, las excluidas y afectadas por la pobreza, las personas inmigrantes no acogidas, las mujeres vรญctimas de actitudes machistas, las mayores que son apartadas y la infancia a la que no se le da futuro. Gracias por acompaรฑarlas y darles esperanza.

Conmover los corazones

Es instante de dar gracias a quienes sonrรญen y contagian la risa, porque su alegrรญa es el alimento que nos impulsa a las personas creyentes a transmitir el mensaje de Jesรบs nacido en Belรฉn.ย Una sonrisa es capaz de conmover a los corazones mรกs duros, mรกs golpeados y rรญgidos. Ese cosquilleo merece de verdad la pena.

Es circunstancia de dar las gracias por las voces de quienes denuncian la injusticia y, a su vez, anuncian la utopรญa de otro universo, de que otro reino es posible, porque con su voz nos hacen sentir de manera consciente de que es posible construir otro mundo, alejado, eso sรญ, de la maldad, de la iniquidad.

Iluminar el mundo

Es un perรญodo para dar gracias por el planeta, por esta tierra que tenemos, por su belleza, por sus recursos que nos nutren. Gracias, porque siga siendo ese padre y madre que acogen a sus criaturas. Ese lugar, esa casa, que precisa de nuestro cuidado.

En definitiva, es comienzo sentido y grato para dar gracias por el amor de ese Jesรบs de Belรฉn, que es la luz que vino a iluminar este mundo y nos colma de alegrรญa y de buen humor. A creyentes y a quienes no lo son. A judรญos y a gentiles. A cada quisque. Que aquรญ hay grandeza desbordada, de la que contagia a propios y a extraรฑos. A personas nativas y a quienes llegan de otras tierras. Es tiempo de manos anudadas, de brazos extendidos y de corazones ardientes repletos de generosidad para repartir a raudales. 

Es Navidad.


ILUSTRACIร“N | NANA PEZ
Utopรญa compartida… en el tajo

Utopรญa compartida… en el tajo

Tres curas acaban de escribir y publicar dos libros. De esos tres sacerdotes, dos estรกn casados. Uno ha sido cura obrero, otro estรก empeรฑado en no dejar escapar la oportunidad de visibilizar su opciรณn por los mรกs pobres aquรญ en la Regiรณn de Murcia y con los refugiados en diversas partes del planeta. Y todos ellos decidieron en algรบn momento de su vida que su ministerio sacerdotal habรญa que derramarlo en medio del mundo, alejado de oropeles y del boato, de un cometido que no fuera el de encarnarse en realidades que habitualmente parecen destinadas a otro tipo de personas. Una utopรญa compartida… en el tajo.

Amigos y compaรฑeros

Hablar de Joaquรญn Sรกnchez Sรกnchez (Vilanova de Sau, Barcelona, 1962) y de Fernando Bermรบdez Lรณpez (Alguazas, Murcia, 1943) es hacerlo de dos amigos y compaรฑeros en mil batallas por la solidaridad y el compromiso. Habitualmente aparecen en medios de comunicaciรณn, bien como destacados columnistas o como activistas frente a los desahucios, concentraciones en favor de las personas refugiadas, los derechos humanos y la cercanรญa a quienes son descartados del sistema. Joaquรญn Sรกnchez es la bondad personificada, portador de un corazรณn tan grande para amar que a veces le juega una mala pasada, capellรกn de prisiones y de centros de salud mental o de mayores. Fernando Bermรบdez, con su barba cana, es la imagen de quien un dรญa llegรณ a Amรฉrica Latina y se enamorรณ de su pobreza y rebeldรญa, de su pasiรณn para vivir la fe de otra manera distinta a la que estaba acostumbrada en estas tierras. Y para dialogar entre las religiones desde una posiciรณn de igual a igual.

Diรกlogo epistolar

En La utopรญa compartida (Alianza Con-Vida 20, 2023) ambos entablan un diรกlogo epistolar repleto de reflexiones sobre todo aquello que les inspira en sus diferentes opciones de vida. Desde el sentido de la acciรณn sociopolรญtica a la crisis de la รฉtica, desde la conversiรณn y el sentido de la propia vida a la corrupciรณn y, paradรณjicamente, a los signos de esperanza o al Reino de Dios. Del diรกlogo interreligioso a preguntarse si las religiones sirven para algo. Por supuesto, sin dejar pasar la Iglesia que sueรฑan, los retos ante la vida y la declaraciรณn de principios de que el amor vence los discursos de odio.

Y para culminar este libro escrito a cuatro manos, un regalo tras este intercambio de cartas: su credo. Una confesiรณn repleta del alimento de la fe y la esperanza de que este mundo tiene sentido, bajo el impulso de la utopรญa en la bรบsqueda de nuevos horizontes. Desde sentir a Dios como una fuerza espiritual, trascendente, en el corazรณn del Universo, infinitamente mayor que cualquiera de las religiones que lo hacen suyo. Una declaraciรณn de fe en Jesรบs de Nazaret, de su encarnaciรณn en los รบltimos y de su anuncio de la buena noticia y esperanza para las personas empobrecidas. Una proclama acerca del Reino de Dios en la historia presente que es capaz de convertir los corazones agrietados de los hombres y mujeres en semillas de liberaciรณn, en una Iglesia nueva soรฑada que ama a Marรญa que ยซsacรณ a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildesยป.

Mantener la memoria

El tercero de los autores es Pedro Castaรฑo Santa (Yecla, Murcia, 1940), cura obrero afincado desde los comienzos de su ministerio en Cartagena y del que hace unos meses dimos cuenta de La otra cara de la Catedral Antigua (2022), un retrato de lo vivido en la parroquia de Santa Marรญa la Antigua entre los aรฑos 1967 y 1976, en los que estuvo adscrita a la Diรณcesis de Cartagena. Su anterior trabajo, en el que en sus poco mรกs de cien pรกginas, logra cumplir el principal objetivo que le llevรณ a remover recuerdos y a recopilar documentos y fotografรญas de esos aรฑos: mantener viva la memoria de lo que allรญ aconteciรณ.

Pedro Castaรฑo acaba de publicar En el tajo. Avatares de un cura en su trabajo (octubre 2023), prologado por el historiador y secretario comarcal de CC.OO. Josรฉ Ibarra Bastida, en el que se narra todo su periplo vital como cura obrero desde sus tiempos de seminarista, atravesado por el impulso que estos testimonios de encarnaciรณn en el mundo del trabajo llevaron a cabo los curas obreros franceses. Una inspiraciรณn que le llegรณ de la mano de los grupos de Jesรบs Obrero, la experiencia de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de la presencia de Guillermo Rovirosa, primer promotor de la HOAC, y del sacerdote Tomรกs Malagรณn, en el propio Seminario Mayor de Murcia.

Encarnaciรณn en el mundo obrero

A lo largo de sus pรกginas podemos conocer los diferentes lugares de trabajo que este yeclano conociรณ desde adolescente, en su pueblo, y ya de joven, en la vendimia francesa. Su verdadero bautismo como cura obrero, como รฉl mismo reconoce, en Uniรณn Explosivos Rรญo Tinto, ya en Cartagena, en empresas auxiliares, en la Refinerรญa de Escombreras, su posterior despido, el paso por la cola del paro hasta llegar a una empresa auxiliar de Bazรกn, para luego emplearse en otra de jardinerรญa. Un periplo como estibador frustrado, pescador, reparador de barcos de recreo, librero en Espartaco durante unos meses y miembro de una cuadrilla de yesaires o yeseros en Zamora y Cocentaina (Alicante), asรญ como en La Palma, hasta recalar en Correos, donde conociรณ diferentes destinos hasta su jubilaciรณn. Un recorrido vital en el que ha primado siempre su deseo de encarnaciรณn en el mundo obrero. Desde su condiciรณn sacerdotal, aunque en un momento de su vida decidiera unirse a Rosa, su mujer, con la que ha tenido dos hijos y nietos.

Dos libros que son unos nuevos hijos para estos jรณvenes inquietos, ministros de la utopรญa, la dignidad y el compromiso. De la esperanza que no desfallece.

Banderas, aniversarios y pecados de juventud

Banderas, aniversarios y pecados de juventud

Nunca he sido un gran forofo de las banderas. Es verdad que en mi etapa escolar me gustaban esas hojas satinadas de los diccionarios en las que aparecรญan, por orden alfabรฉtico, las insignias de todos los paรญses. Al menos de aquellas que venรญan del รบltimo siglo, junto a las que correspondรญan a naciones surgidas tras las dos guerras mundiales y los procesos descolonizadores de los aรฑos 60. Las habรญa unas que eran fรกcilmente reconocibles (entre ellas, la francesa o la portuguesa y, por supuesto, la de los Estados Unidos de Norteamรฉrica, que identificรกbamos por las pelรญculas del Oeste y las bรฉlicas). Tambiรฉn otras muy exรณticas que pertenecรญan a las antiguas colonias de las grandes potencias, tras haber culminado sus respectivos caminos hacia la independencia. A quienes fuimos a la EGB (y no digamos, a nuestros predecesores) nos pasaba con las banderas como con los rรญos o las capitales de provincia: que las memorizรกbamos con tal interรฉs, como si nos fuera la vida en ello).

Bandera y 23-F

Solo una vez en la vida he colocado una bandera en el balcรณn de mi casa. Fue un dรญa como el de hoy del aรฑo 1981. Y todo por el amago de golpe de Estado, el del 23-F, que estuvo a punto de cargarse la naciente democracia espaรฑola en el tardofranquismo. Quienes vivieron esos dรญas saben lo que habรญa detrรกs de un hecho de esas caracterรญsticas y cada uno y cada cual retiene en su cabeza los recuerdos de ese acontecimiento.

Quienes me conocen con mรกs detalle saben de mi creencia en que las cosas nunca suceden por casualidad. De mi gusto por la anรฉcdota y la fรกbula de las que podemos extraer de acontecimientos aparentemente anodinos y que, desdichas del destino, nos colocan a cada uno en el lugar de la historia que nos toca vivir.

Constituciรณn y procรฉs

No me negarรกn que no tiene su gracia que quien coordinรณ el operativo de la Policรญa Nacional y de la Guardia Civil que tratรณ de evitar la celebraciรณn del referรฉndum de independencia de Cataluรฑa de 2017, el coronel Diego Pรฉrez de los Cobos, alumno de COU en el Instituto J. Martรญnez Ruiz โ€˜Azorรญnโ€™, en Yecla, estuviese en la puerta del centro de bachillerato esa tarde del 23-F, ataviado con su camisa azul junto a un destacado falangista amigo suyo, hijo de otro mรฉdico como su padre, dirigente de Fuerza Nueva. Una escena que se nos quedรณ grabada a quienes acabรกbamos de hacer un examen de Griego y salรญamos del instituto camino de nuestra casa, con las primeras noticias del asalto al Congreso de los Diputados. Tiempo despuรฉs supimos de su trayectoria en la Guardia Civil, en la lucha antiterrorista, en su asesoramiento a ministros del Interior del PSOE y del PP y, sobre todo, de ser el principal garante de la Constituciรณn en Cataluรฑa en esos fatรญdicos tiempos del procรฉs.

Pero estos recuerdos no acaban aquรญ. Algo menos de tres aรฑos antes, casi en la misma puerta del instituto, junto al bar Los Tambores, otro joven estudiante de bachillerato, hermano mayor de Diego, rompiรณ en pedazos un ejemplar de la Constituciรณn que habรญa recibido en clase de manos de la profesora de Literatura, Marรญa Martรญnez del Portal, sobrina-nieta del escritor del Monรณvar que da nombre al centro. No olvidemos que el gobierno de la UCD de entonces distribuyรณ miles de ejemplares de la Carta Magna por toda Espaรฑa en su campaรฑa de difusiรณn, incluyendo, creo recordar, su encarte en los periรณdicos. Un amigo que fue testigo del hecho me lo recordaba ayer como si hubiera sucedido hace pocos dรญas.

Tolerancia y sentido del deber

Ese estudiante que protagonizรณ su rechazo a la incipiente Ley de Leyes cursรณ Derecho en la Universidad de Valencia y se especializรณ en Derecho del Trabajo en la Uniรณn Europea. En el aรฑo 2005 fue el encargado de leer el discurso oficial del acto conmemorativo del Dรญa de la Constituciรณn en Yecla, cuyo ayuntamiento organiza este evento de manera ininterrumpida desde 1989. Un servidor se encargรณ de presentar al jurista Francisco Pรฉrez de los Cobos, entonces catedrรกtico de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad Complutense de Madrid, y posteriormente, magistrado desde 2011 hasta 2017 y presidente del Tribunal Constitucional de Espaรฑa de 2013 a 2017.โ€‹โ€‹

Podrรญamos aprender mucho mรกs de nuestro pasado y del espรญritu constitucional para serenar el tiempo presente

La vida es capaz de presentarnos acontecimientos como los descritos y poder recordarlos en la distancia como el mejor ejemplo de que las personas tenemos muchos rostros, gozamos de la capacidad de cambiar y de poder lograr el entendimiento entre diferentes. Siempre, eso sรญ, desde el mayor respeto ante las posiciones que defendemos en determinados momentos de nuestra historia personal y polรญtica. Ahรญ radica la democracia, la tolerancia y el sentido del deber. Y quizรก, por quรฉ no, podrรญamos aprender mucho mรกs de nuestro pasado y del espรญritu constitucional para serenar el tiempo presente. Con la pasiรณn que no ha sido obstรกculo para que hoy, todos juntos, todas juntas, podamos compartir el deseo de seguir viviendo en paz, en justicia y en libertad.


ILUSTRACIร“N | NANA PEZ
La vida por delante

La vida por delante

ILUSTRACIร“N | NANA PEZ

En el instante en el que una joven universitaria me llamรณ de usted al finalizar una clase descubrรญ que habรญa empezado a ser mayor. Fue un zasca en toda la boca frente a la creencia de que todo el mundo es bueno y que somos todos lo mismo. Cuando se recurre al pronombre en cuestiรณn es que la persona que tienes delante te merece respeto o estรก poseรญda de una cierta autoridad. O que la coronilla ya es patente. Se habรญa acabado el tiempo de percibirme uno mรกs en los ambientes de la calle. Hubo un tiempo, una vez, en que siempre fui el mรกs joven en los lugares donde deambulรฉ.

Desde niรฑo recorrรญ los espacios de los adultos. Y me sentรญa cรณmodo. Creo que les sorprendรญa que un pipiolo hablase como ellos y coincidiera en sus gustos, lecturas, preocupaciones y demรกs. Hasta que aรฑos despuรฉs descubrรญ que, en realidad, no habรญa tenido infancia. Al menos de una manera consciente. Adoraba a los mayores en busca de una identidad que no era capaz de configurar.

Nuevo escenario

Al cabo de los aรฑos he descubierto que en el camino hacia la vejez se transita por un territorio repleto de circunstancias salvables y que merecen toda nuestra atenciรณn. Asimismo, constato que hay un nuevo escenario en el que no me siento cรณmodo. No es otro que aquel en el que se alcanza la edad en la que ya todo parece entrar en la recta final para que quien se sitรบa en ella. Esto es, que quienes vienen por detrรกs empiezan a desbrozar su camino apartando todo lo que presenta por delante. Es una mezcla de la prรกctica del adanismo por jรณvenes generaciones que carecen de memoria con el ejercicio, por el contrario, de una tรกcita descalificaciรณn hacia quienes nos han precedido.

Para quienes despliegan el apartheid por razones temporales el catรกlogo de personas prescindibles es amplio.

Bien es verdad que en este itinerario aparecen aquellos que sufren el sรญndrome de Peter Pan, ya que son incapaces de asumir las obligaciones propias de la edad adulta. Pero no se trata de eso. Es mรกs. Se rรญen de quienes les han precedido en los escenarios en los que ahora son protagonistas. Bien sean en el mundo de la polรญtica, la empresa, la enseรฑanza o de cualquier otro รกmbito de la sociedad civil. Ademรกs de la sorna, la ironรญa o la simple descalificaciรณn, ejercen la segregaciรณn de los espacios en los que se toman decisiones de cualquier signo.

Aprender de otros

Para quienes despliegan ese apartheid por razones temporales el catรกlogo de personas prescindibles es amplio. Mujeres y hombres de la actividad polรญtica presentados como carcamales, actrices y actores que no encuentran papeles que representar, maestros y maestras relegadas a los peores horarios, empleados y empleadas pรบblicas que se llevan tras su jubilaciรณn todo su bagaje y conocimientos sin haber tenido la oportunidad de desarrollar un relevo generacional en condiciones. Quรฉ decir de aquellos artesanos que ven desaparecer sus habilidades y recursos por no encontrar quiรฉn siga sus pasos o aquellas profesionales que pasan de un dรญa a otro a la monotonรญa de una vida carente de sentido.

Cuรกnto nos queda por aprender de esas culturas tradicionales en las que la edad es un valor aรฑadido para el presente y el futuro de nuevas generaciones. No hay que irse a un poblado africano para comprobar que la persona anciana merece toda la consideraciรณn. En la cultura gitana, sin ir mรกs lejos, es fรกcilmente comprobable esto que les hablo. Abuelas que, como gallinas cluecas, son capaces de garantizar el dรญa a dรญa de hijos y nietos llenando la olla de forma misteriosa, o patriarcas que son atendidos hasta el final de sus dรญas por toda la prole, sin que les falte el cariรฑo y la preocupaciรณn.

Final del camino

Entre un extremo y otro hay un lugar en el que cuidar el trรกnsito de una etapa de construcciรณn de la persona adulta hacia otra en la que la madurez y la experiencia se convierten en valores aรฑadidos. El final del camino, por suerte o por desgracia, nunca se sabe cuรกndo va a llegar. De ahรญ que sea imprescindible el respeto al presente. De quien lleva poco tiempo y de quienes nos han precedido.


Ofertas de sentido

Ofertas de sentido

Con lo de las ofertas del โ€˜Black Fridayโ€™ย me pasa como con la loterรญa de Navidad: que una vez decides que te sales del juego, ya no tienes problema alguno para que te afecte el ruido continuo de lasย propuestas de compras de todo tipo que te llegan por mรบltiples canales. De poco sirven los intentos de que caigas en aprovechar, siempre supuestamente, alguna ocasiรณn de ser elย objeto de gangas. No hay mala conciencia si has dejado pasar esa oportunidad que parecรญa reservada exclusivamente para ti. Que paren el mundo, que yo me bajo. Porque hallas la manera de entender que la sinrazรณn es la guรญa de los comportamientos de quienes te rodean.

Ideas errรณneas

Cuando, ademรกs, descubres que el Viernes Negro es el dรญa siguiente al de Acciรณn de Gracias, y que todo viene del otro lado del Atlรกntico, el cabreo pasa a ser mayรบsculo. Entonces te das cuenta de que su รบnico interรฉs es el de tratar de convertirte en una marioneta. Es mรกs, aciertas en revelar que quienes manejan los hilos no son otros sino los que embotan tu conciencia de ideas errรณneas sobre lo que verdaderamente tienes necesidad. Vamos, que te convierten en una persona sin control y solo dejada de la mano de sus impulsos mรกs primarios. Eso sรญ, para engrosar la cuenta de resultados de empresas dispuestas a cubrir sus necesidades pecuniarias. Aquรญ ya no vale inteligencia humana alguna. En el juego aparecen otras inteligencias, especialmente la artificial, siempre y cuando el mercado sea el autรฉntico protagonista.

Juicio fรกcil

Darte cuenta de que estรกs en manos del calendario que otros programan es una experiencia que, en ocasiones, puede llevarnos a caer en la indiferencia. En especial, cuando sientes que las riendas de tu vida las llevan personas o elementos ajenos a tu voluntad. Sucede algo parecido cuando nos dejamos contaminar por el mal ambiente o la toxicidad del momento social o polรญtico que atravesamos. O cuando se pierde la perspectiva para la escucha, la comprensiรณn y poder ofrecer una respuesta que no sea la descalificaciรณn, el juicio fรกcil o la simple reacciรณn a la defensiva.

Despertar al mundo de la consciencia, del presente sin mรกs, de la realidad repleta de pluralidad sin caer en el prejuicio, en lo previsible o en el discurso simplista de lo blanco o lo negro, es el gran reto que estรก ahรญ afuera.

Nuevo escenario

Al sacudir el polvo que contamina la realidad es cuando el panorama sombrรญo deja de serlo para entrar en una nueva dimensiรณn. Las peleas, los gritos, los desacuerdos, los conflictos o los enfrentamientos apenas te pasan factura. Porque son meras ramas que impiden ver el bosque de las emociones, esas que son capaces de movilizarnos hasta extremos insospechados. La irascibilidad da pie a un territorio en el que te permites sentir como pasan a tu lado las tensiones, los aprietos o los trances que hasta entonces poblaban toda la existencia.

La capacidad de encontrar un nuevo escenario en el que desenvolverse es mรกs sencillo de lo que parece. En ello debemos poner el empeรฑo si queremos dar el paso para no tropezar cien y mil veces en la misma piedra. Y mira que los humanos parecemos estar hechos de una manera defectuosa, ya que caemos y recaemos en los mismos errores, incluso en diferentes etapas de la vida. La meta estรก en desbrozar todos aquellos obstรกculos que surgen y desaparecen como si fueran las pruebas a superar de cualquier videojuego que se precie. 

Deseo de cambio

No hace falta aplicar defensas, eliminar enemigos o buscar alianzas contra natura, porque la calzada quedarรก expedita simplemente con la aplicaciรณn voluntariosa de desear el cambio. Es mรกs fรกcil de lo que creemos. Simplemente hay que emplearse en ello y no decaer si aparece alguna dificultad. El resultado merece la pena.


ILUSTRACIร“N | NANA PEZ
La รบltima puntada

La รบltima puntada

ILUSTRACIร“N | EVA VAN PASSEL GAMBรN

En plena vorรกgine a causa de la polarizaciรณn polรญtica, las preocupaciones por el encendido de luces navideรฑas, los sobresaltos por la subida de los precios y los bombardeos de los โ€˜single daysโ€™, โ€˜Black Fridayโ€™ y demรกs zarandajas consumistas, se asoma la cotidianidad. Esa que lleva consigo los pequeรฑos acontecimientos de la vida que conforman el verdadero relato de la actualidad de la gente comรบn. Esa que no termina de completar el cambio de temporada en los armarios y lleva un lรญo de ropa de mil demonios. La que empieza a preguntarse dรณnde cenarรก en Navidad. La que ansรญa en que finalicen las obras en su ciudad o la que se sorprende del porquรฉ de esa proliferaciรณn de tiendas de productos y accesorios para uรฑas, bien sean de gel, acrรญlico, polygel, de esmaltado permanente o decoraciones. Un sinvivir, ya lo ven.

Irse del mundo

La muerte se cruza en esa ruta de la normalidad y, en algunos casos, en silencio y sin llamar la atenciรณn. Como la que he vivido este pasado fin de semana conย la marcha de la hermana Catalina Mediola, ‘Cati’, una religiosa deย la orden Concepcionista Franciscana de la comunidad del convento de Santo Antonio, en Murcia. Una marcha que ha sido la confirmaciรณn de que nos vamos de este mundo, en buena parte de las ocasiones, como hemos transitado por รฉl. En su caso, calladamente, de manera imperceptible, rodeada de las personas con las que ha compartido cercanรญa en su opciรณn de vida y con tiempo suficiente para la despedida de familiares y amigas. Una muestra de que el paso a otra dimensiรณn se puede recorrer desde la contemplaciรณn amorosa a su nuevo estado.

Sencillez y humildad

Cuando la velaba en el silencio de la capilla monacal, repasaba aquellos valores que habรญan sido su sello a lo largo de mรกs ocho dรฉcadas de vida. Cualidades necesarias que cobraban especial sentido en estos dรญas dondeย el ruido, el odio, los insultos y las descalificaciones sin mรกs se han convertido en moneda comรบn. Tanto es asรญ que estamos contagiados de unaย irascibilidad imperdonableย frente a la bรบsqueda del bien comรบn.

En el inventario rememorado ante las imรกgenes de Clara de Asรญs y Antonio de Padua destacaba la humildad, ese conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo a aquel. Por supuesto, ser una persona agradecida. Tambiรฉn la sencillez para actuar sin pretensiรณn, dobles intenciones ni vanidad, sino de modo sincero, espontรกneo o natural. O el cuidado de cada detalle, emocionar con pequeรฑos gestos, pensar con quรฉ sorprender a cada persona, dedicar un poquito de su tiempo.

Don de la escucha

Que Cati fuese una artista de lo minucioso dan fe las innumerables piezas de frivolitรฉ o de encaje de bolillos que elaborรณ a lo largo de su vida.ย Pendiente de cada pormenor humano de quien se cruzase en su vida, ha sido el mรกs vivo ejemplo de que no podemos pasar por la existencia de las personas sin conmovernos ante sus historias, ante sus ilusiones y desvelos. Incluso para intentar una รบltima puntada a la ropa de quienes han sido sus cuidadoras en los รบltimos dรญas. Un botรณn a punto de desprenderse o una costura suelta eran motivo suficiente para una invitaciรณn a bordarlos.

Las religiosas contemplativas tienen ese don especial para no dejar escapar ese pespunte, ese dobladillo, ese hilvanado. Es el don de la escucha, de captar lo que se esconde detrรกs de unos ojos, de una mirada, de un gesto. Seducidas por la gracia de quien nos quiere por encima de todo, la vida contemplativa estรก repleta de una actividad que trasciende los muros de un monasterio. Poseen la fuerza incontenible que les permiteย la capacidad de alcanzar la esencia del corazรณn de quienes deambulamos en el proceloso mar de la vida ordinaria. Una fortaleza que llega de quien nos trasciende y que se hace vida en la oraciรณn, verdadero alimento que no sufre de altas y bajas de precios, queย no es pasto de especuladores ni de รญndices bursรกtiles. Cati, como el resto de sus hermanas, nunca da puntada sin hilo.


De izquierda a derecha, Concha, Cati y Maribel, junto a otra hermana de la orden concepcionista franciscana, en el Obrador Convento San Antonio (calle Zarandona, 4, en pleno centro de Murcia), donde se venden los productos artesanos elaborados por esta comunidad religiosa.

Cati es una de las tres รบltimas religiosas de la orden Concepcionista Franciscana que mantvieron abierta la comunidad del Monasterio de La Encarnaciรณn en Yecla (Murcia). Junto a sus hermanas Concha y Maribel se trasladรณ hace unos aรฑos al Convento de San Antonio, en Algezares (Murcia), donde falleciรณ el pasado viernes 10 de noviembre. Desde niรฑo he estado siempre muy ligado a esta comunidad contemplativa. En su convento de Yecla participรฉ en sus encuentros de oraciรณn, ademรกs de meditaciรณn zen. Fui testigo de su cercanรญa a la gente, desde la clausura, y su iglesia estรก ligada a celebraciones familiares y parroquiales. El ejemplo de vida y de ejntrega generosa a la contemplaciรณn siempore estรกn presente en mi vida y en la de mi familia.

A cara de perro

A cara de perro

Ilustraciรณn | NANA PEZ

Percibo en los รบltimos tiempos un constante empeoramiento en cรณmo nos relacionamos los humanos. Tenemos la piel muy fina en el trato, de tal manera que saltamos a la primera de cambio

Quien tiene o ha tenido un perro sabe que, por muy dรณcil y obediente que sea, hay otros canes que les provocan un enfurecimiento tal que son difรญcilmente controlables. No se conoce muy bien la razรณn de por quรฉย se alteran de tal manera que pierden el sentidoย cuando se cruzan por la calle o se advierten desde un balcรณn, una puerta de garaje o en un encuentro fortuito en el pipicรกn.ย Despiertan su lado mรกs fiero y no consiguen calmarse hasta que ya estรกn a una prudencial distanciaโ€ฆ aunque siempre ojo (y olfato) avizor.

Algo similar ocurre con las personas, pero de una forma mรกs habitual que los singulares casos de los cรกnidos. Percibo en los รบltimos tiempos un constante empeoramiento en cรณmo nos relacionamos los humanos. Tenemos la piel muy fina en el trato, de tal manera que saltamos a la primera de cambio, nos erizamos y sacamos la parte mรกs salvaje del gรฉnero humano. Imagino que se han fijado ustedes en que nos hablamos con un volumen de voz muy alto, estallamos ante cualquier comportamiento de alguien que no se ajusta a lo que esperamos de ella. La tolerancia la dejamos a un lado y nos colocamos en posiciรณn de combate como si nos fuera la vida en ello.

Afrenta y duelo

Que alguien se nos cuele en la fila del autobรบs o del Mercadona lo consideramos como una afrenta merecedora de un duelo a pistola en toda regla. Si delante de nuestro coche llevamos otro vehรญculo que va un poco mรกs lento de lo que consideramos correcto, su conductor merece un correctivo que empieza con el insulto y acabarรญa en el paredรณn. Si se nos cruza una bici o un patinete, aunque vayan por su carril correspondiente, les soltamos un estufido. No soportamos que la persona que atiende al pรบblico en cualquier oficina lleve un ritmo mรกs pausado que el que para nosotros tendrรญa que ser el ideal. Nos saltamos el semรกforo cuando acaba de ponerse en rojo, y lo que es mรกs grave, lo justificamos a nuestros acompaรฑantes.


A lo sumo, somos capaces de reconocer que la polarizaciรณn y el enfrentamiento son la tรณnica dominante

Molestan los gritos de los niรฑos que estรกn en la mesa de al lado en el restaurante. Nos irrita sobremanera que la camarera no nos limpie la mesa al instante en el bar o que el repartidor de Amazon llegue media hora mรกs tarde de la prevista. Ni quรฉ decir que la conexiรณn de internet vaya lenta, que no nos respondan al instante un mensaje de WhatsApp o que la foto o el vรญdeo de marras no se abra a la orden de ya. Maldecimos al entrenador de nuestro hijo porque no lo saca de titular en el primer equipo y nos ponemos de los nervios si nuestra pareja nos coloca frente a nuestras contradicciones o incumplimientos de promesas. Y suma y sigue, despropรณsito tras despropรณsito.     

No seamos ingenuos

Vivimos un tiempo en el que, a lo sumo, somos capaces de reconocer queย la polarizaciรณn y el enfrentamiento son la tรณnica dominante. Eso sรญ, la culpa siempre la tienen otros, especialmente los polรญticos, que son los causantes de todos los males del mundo mundial que nos aquejan. Bien es verdad que sus comportamientos, en numerosas ocasiones, dejan bastante que desear. La reciente investidura fallida ha sido una muestra. Miedo me da la que se avecina, aunque el clima polรญtico arrastra un deterioro desde hace demasiado tiempo. Ya sabemos que cuando la derecha no gobierna se cae el mundo encima. Y queย gobierno Frankenstein es todo aquel en el que no estรฉ alguno de los partidos salva patrias.ย ย 

Pero no seamos ingenuos. No nos engaรฑemos. De lo que estamos hablando es de que aquรญ cada quien y cada cual tiene su parte de responsabilidad. No escabullamos el bulto.ย La irascibilidad no entiende de fronteras ni de personajes, ideologรญas o colores. La cรณlera es patrimonio comรบn de quien no es capaz de respirar con serenidad, de evaluar consecuencias, de serenar el รกnimo y de ejercitar la santa paciencia. De cultivar mรกs el silencio en esta tierra seca en la que hemos convertido nuestras monรณtonas vidas.ย 

Dueรฑo de los silencios

La mรกxima aristotรฉlica de que cada uno es dueรฑo de su silencio y esclavo de sus palabras deberรญa de ser la principal norma de comportamiento en estos estridentes tiempos. Seguro que nos ayudarรญa a templar el ambiente si ponemos en prรกctica contar hasta diez, o hasta cien, quiรฉn sabe, antes de escupir una respuesta o una simple reacciรณn ante algo que nos altere. Al menos nuestros hijos o nietos tendrรกn un referente distinto al que ven a diario en las actitudes de sus mayores. No olvidemos tampoco la desconexiรณn digital y de que el mundo no se hizo en un dรญa. Demos tiempo al tiempo y practiquemos.


(In)movilidad urbana y ciudadanรญa

(In)movilidad urbana y ciudadanรญa

Hace casi dos semanas denunciรฉ a travรฉs de redes sociales el estado en el que se encuentra un carril bici que atravieso a diario. Mรกs que una vรญa para ciclistas y conductores de patinetes parece la senda de una jungla en mitad del asfalto. Lleva meses sin que algรบn servicio municipal de vรญa pรบblica o mantenimiento de jardines de Murcia vele porque estรฉ despejado para el trรกnsito de velocรญpedos.

En la denuncia puse de manifiesto que este aviso lo habรญa tramitado ante los correspondientes canales de comunicaciรณn ciudadana (telรฉfono 010, aplicaciรณn TuMurcia y la propia Oficina de la Bicicleta). La รบnica respuesta que obtuve vino de una atenta y preocupada empleada pรบblica del Ayuntamiento: me confesรณ que el problema era que no habรญa contrato de mantenimiento en vigor para la limpieza de los carriles bici. La patata caliente se la pasan de un departamento a otro cuando llegan las quejas de quienes usamos la bici como medio de transporte para desplazarnos por la ciudad. De Parques y Jardines pasa a Vรญa Pรบblica y viceversaโ€ฆ y vuelta a empezar. Aquรญ paz y despuรฉs gloria.

Anuncios y promesas

Imagรญnense lo que se me pasa a menudo por la cabeza cuando veo las ruedas de prensa en las que nuestros representantes municipales anuncian a bombo y platillo las actividades de la Semana de la Movilidad, como la que hemos vivido recientemente. O cuando se les llena la boca de anuncios, mรกs anuncios, promesas y mรกs promesas, con aquello de hacer una ciudad mรกs sostenible, habitable y cien mil zarandajas mรกs. Pero eso sรญ, ninguno de ellos acude a trabajar en bici, ni se mueve con frecuencia en transporte pรบblico por la ciudad. No caerรฉ en la crรญtica demagรณgica de que presuman acerca de su preocupaciรณn por el medio ambiente y el cambio climรกtico, con aquello de que el coche oficial que usan es hรญbrido, y con ello ya asumen su cuota de reducciรณn de la huella de carbono. Pero no crean que no me quedo con las ganas de echarles en cara de que asรญ nos va.

Saquen sus bicis a la calle. Vayan en ellas al trabajo, a la escuela, a la universidad. Hรกganse visibles en nuestros caminos y carreteras. Les aseguro que saborearรกn la vida de otra manera

Quรฉ decir de quienes se han opuesto a las obras de movilidad en Murcia o en otras ciudades de la Regiรณn y de provincias cercanas. Es lo de siempre. Que si se eliminan plazas de aparcamiento, que si se peatonalizan calles, que si cierran โ€˜suโ€™ barrio, que si los comercios van a la ruina. Mentiruscas atรกs con piedras, que dirรญa Josรฉ Mota. Cuando conoces lo que ha pasado en otros lugares como Pontevedra o Bilbao, donde ahora son los comerciantes del centro de la ciudad los que reclaman mรกs calles peatonales, te das cuenta de que la ignorancia es muy temeraria, ademรกs de sectaria e interesada. Si ademรกs le sumas que los intereses electorales de algunos tienen la mirada muy corta, ya tenemos el cรณctel perfecto.

Contramanifestaciones

Es verdad que algo se habrรก hecho mal en todo este batiburrillo de las obras en el centro, con las manifestaciones y contramanifestaciones que han puesto el grito en el cielo para llegar a situaciones como las vividas meses atrรกs. Que quizรก haya faltado pedagogรญa para explicar lo que se iba a hacer. Que no se emplease el tiempo necesario para buscar alianzas con determinados colectivos afectados. Todo lo que quieran. Pero los hechos demuestran que no cierran tiendas por la peatonalizaciรณn o la reducciรณn del paso de vehรญculos privados de calles y plazas. Que movilizaciones de este tipo no las hubo nunca cuando se promovieron grandes centros comerciales en el extrarradio. Y que en ningรบn sitio estรก escrito que somos mejores padres o madres si dejamos en coche a nuestros niรฑos y niรฑas en la puerta misma del cole. Por cierto, hay progenitores que parece que se quedarรญan tranquilos si los metieran ellos mismos al aula y les apartasen las sillas. Menuda sobreprotecciรณn. Son carne de inmadurez cuando podrรญan ganar autonomรญa si llegasen solos al cole en bici o a travรฉs de rutas escolares seguras y saludables.

Vuelvo al principio.ย Saquen sus bicis a la calle. Vayan en ellas al trabajo, a la escuela, a la universidad. Hรกganse visibles en nuestros caminos y carreteras. Respeten las seรฑales, porque conducen un vehรญculo. Les aseguro que saborearรกn la vida de otra manera. Sin tanta prisa y estrรฉs. Disfrutando de lo queย les ofrece la ciudad.ย Reclamen que los carriles estรฉn limpios, despejados y no invadidos por otros vehรญculos (y si lo estรกn, sean pacientes si se trata de furgonetas de reparto, que ya se desgastan bastante tambiรฉn estos trabajadores).ย Con las bicis en su vida, su cuerpo y su mente se lo agradecerรกn. De verdad, se lo dicen un ciclista urbano y la ciclista que ilustra esta pรกgina.


ILUSTRACIร“N | NANA PEZ