Una noche de esta semana regresaba desde la Vega Baja del Segura a casa tras participar en la presentación del libro Trabajo humano, el reto pendiente (Ediciones HOAC, 2025) de Francisco Porcar, y me preguntaba si seguía teniendo sentido reflexionar sobre el mundo obrero. En concreto, construir una cultura del cuidado como utopía en torno al trabajo. No voy a negar que tenía mis dudas, sobre todo ante lo que está cayendo en el mundo, y la sensación de que somos una minúscula partícula en este gran tablero de la geopolítica.
Dos momentos de la presentación del libro «Trabajo humano, el reto pendiente», el pasado 21 de abril en Callosa de Segura (Alicante)
No obstante, cuando te recuerdan que 3 millones de personas mueren cada año en el mundo por accidentes y enfermedades laborales, o que tan solo en España fallecieron 735 trabajadores y trabajadoras en 2025, entiendes que hay muchas heridas en el mundo del trabajo que reclaman no mirar hacia otro lado. Que la precariedad, la falta de futuro, la desigualdad, el economicismo, la deshumanización y el consumismo son algunas de las lógicas que deterioran la dignidad del trabajo.
Todo en orden
Resulta que hay días en los que uno se levanta, se sube a la bici y piensa que el mundo se ha vuelto un sitio razonablemente normal. Abre la panadería, los críos van al cole, el personal empleado público ficha, los padres y las madres dejan a los niños en la puerta con el café aún caliente. Todo en orden. Y, sin embargo, basta rascar un poco para descubrir que la normalidad es ese barniz que ponemos encima para no mirar demasiado.
Lo recordaba leyendo a Monika Zgustova, que habla de cómo las sociedades se acostumbran al mal sin darse cuenta, como quien se acostumbra al ruido de una obra en la calle: primero molesta, luego irrita, y al final ya ni lo oyes. Y pensé que, sin necesidad de dictaduras ni gulags, aquí también tenemos nuestras pequeñas renuncias diarias, esas concesiones que parecen insignificantes pero que, sumadas, construyen un paisaje moral bastante feo.
Porque el mal no siempre llega con botas militares. A veces llega con zapatillas cómodas y un “bueno, tampoco pasa nada”.
Ilustración | Nana Pez
Pequeñas renuncias
Pasa, por ejemplo, cuando un profesor o una profesora deciden que educar es opcional, que su trabajo consiste en sobrevivir a la mañana y rellenar papeles. Y nosotros, lo dejamos pasar porque “bastante tienen con enfrentarse a las aulas”. Pasa cuando unos progenitores renuncian a ser padres y madres y delegan en la pantalla, en el colegio, en la abuela, en cualquiera que no sean ellos. Y lo justifican con un “es que no tengo tiempo”. Pasa cuando un empleado público —ese que debería ser la cara amable y eficiente de cualquiera de las administraciones— no cumple con su trabajo o te atiende como si le debieras dinero. Y tú, resignado, acabas pensando que “es lo que hay”.
Y así, a base de pequeñas renuncias, vamos construyendo una sociedad que tolera el mal no porque sea malvado, sino porque está cansada. Cansada de protestar, de exigir, de recordar que las cosas pueden ser de otra manera. Cansada de no querer líos.
Cómplices por comodidad
Zgustova cuenta que en los regímenes autoritarios la mayoría de la gente no es cómplice por convicción, sino por comodidad. Que el miedo paraliza, sí, pero también paraliza la pereza moral. Y que los autoritarios —los de uniforme y los de traje caro— se alimentan de esa apatía como quien se alimenta de la luz del sol.
Aquí aún no tenemos dictadores –aunque los identificamos claramente, porque son serviles ante el poderoso-, pero sí adoptamos esa tendencia a mirar hacia otro lado. A pensar que “esto no puede durar”, como si las cosas se arreglaran solas. A repetir que “ya pasará”, como si el deterioro democrático, la crispación política o la chapuza institucional fueran fenómenos meteorológicos.
Principio del fin
Y mientras tanto, seguimos tolerando pequeñas grietas: docentes que no enseñan, padres y madres que no educan, empleados públicos que no sirven y no cumplen, políticos que no rinden cuentas, ciudadanía que no exige. Grietas que, si no se tapan, acaban siendo un socavón.
Quizá la pregunta no sea por qué existe el mal, sino por qué lo dejamos pasar. Por qué nos cuesta tanto decir “hasta aquí”. Por qué preferimos la comodidad de la queja a la incomodidad de la acción. Por qué escogemos mirar hacia otro lado.
A un palmo del suelo, desde la bici, uno ve que la ciudad sigue funcionando. Que la vida, aparentemente, va bien. Pero también ve que, si no espabilamos, un día nos despertaremos y descubriremos que lo que parecía normal era, en realidad, el principio del fin. Y que lo dejamos entrar por pura pereza.
No me negarán que ante nuestros simplistas ojos parecía un blando. Sí, porque el carisma del argentino no aventuraba que pudiera calar en un norteamericano descendiente de latinos y aunque hubiese vivido en Perú. Cuando nos tocaba asumir el modo de analista del Vaticano echábamos de menos al Bergoglio de su visita inicial a Lampedusa o de sus múltiples entrevistas, gestos y presencias de impacto.
Pues nada, aquí estamos con una nueva semana más en la política internacional en la que Donald Trump ha decidido enfrentarse al papa León XIV, como padres que se encaran con el árbitro en el último partido de juveniles de sus hijos o cual matón de patio de colegio. El presidente de Estados Unidos, que nunca ha destacado por su sutileza, acusó al Pontífice de ser “débil”, de no entender la seguridad global y de haber sido elegido poco menos que para fastidiarle la presidencia. Como si el Cónclave fuese una reunión clandestina del Partido Demócrata.
Símbolo de resistencia
La escena tiene algo de tragicomedia. Trump, instalado en la épica de sí mismo, se indigna porque el Papa —ese señor que viste de blanco y habla de paz— recuerda que la guerra no es precisamente un sacramento. León XIV insiste en que la Iglesia tiene la obligación moral de oponerse a la violencia y a los abusos de poder. Nada revolucionario, pero en tiempos de testosterona geopolítica, decir que matar está mal o reclamar el derecho internacional parecen unas provocaciones intolerables.
Lo curioso es que, sin proponérselo, Trump ha terminado por consagrar al Papa. Es como el club de los antisanchistas, que acabará por convertir a nuestro presidente del Gobierno en referente mundial. La arremetida del norteamericano macho alfa ha colocado al otro norteamericano en el centro del escenario moral, lo ha transformado en símbolo de resistencia frente al poder desbocado y lo ha proyectado más allá de los muros del Vaticano. Hay quien va a por lana y sale trasquilado, y luego está quien intenta humillar a un Pontífice y acaba fortaleciéndolo.
Tibieza que parece un susurro
Y mientras esto ocurre en Washington y Roma, en España se juega otra partida. Vox estuvo años criticando al papa Francisco —y ahora a León XIV— por su defensa de los migrantes, su denuncia de los abusos de poder y su insistencia en que la guerra no es una solución. Entretanto, el PP navega con la prudencia calculada de quien no quiere mojarse demasiado. Ante la escalada bélica en Irán, sus portavoces han optado por declaraciones templadas, llamamientos genéricos a la “responsabilidad internacional” y una condena tan suave que casi parece un susurro. No es que no hablen: es que hablan sin decir. En un momento en el que medio mundo discute sobre los límites de la fuerza, la diplomacia y el derecho internacional, la tibieza se convierte en una forma de ruido blanco.
Imagen generada por IA en la cuenta de Trump
Y en el clímax de esta historia está la imagen generada por inteligencia artificial en la que Trump aparece como Jesucristo curando a un enfermo. La representación de un Mesías contemporáneo. El poder convertido en fantasía infantil. La política como disfraz de carnaval. Y como suelen actuar los abusones, con dureza frente a los débiles y sumisión ante el poderoso, en este caso la opinión pública, la retiró sin más.
Autoridad vs divinidad
El análisis psicológico es casi inevitable. Ese mesianismo digital —esa mezcla de narcisismo, tecnología y pensamiento mágico— revela más fragilidad que grandeza. Cuando un líder necesita imaginarse salvador, deja de aceptar límites. Y cuando deja de aceptar límites, deja de aceptar la realidad. El problema no es la imagen en sí, sino lo que sugiere: un dirigente que confunde autoridad con divinidad, y propaganda con identidad.
Mientras tanto, León XIV sigue hablando de diálogo, de multilateralismo, de la obligación moral de frenar la guerra. No es un discurso nuevo, pero sí necesario. Y quizá por eso irrita tanto a quienes prefieren el ruido al razonamiento, la épica al derecho internacional, la fantasía al mundo real.
La fuerza del débil
En este choque entre el poder político y la autoridad moral, el que presume de fuerza aparece cada vez más débil, y el que se presenta como servidor emerge más firme. La paradoja de siempre: la soberbia engrandece al otro. La fuerza del débil, que dirían los teólogos.
Y al final queda una pregunta incómoda: ¿Qué dice de nuestro tiempo que un presidente necesite representarse como Cristo para sentirse validado, mientras un Papa gana autoridad precisamente porque no necesita representarse como nada? Quizá la respuesta esté ahí, a un palmo del suelo: en la diferencia entre quien se cree salvador y quien intenta, simplemente, salvar algo de humanidad en medio del ruido.
Ni la supuesta pasión a borbotones de la Semana Santa, ni la exaltación a una huerta enladrillada fruto de la especulación y la voracidad urbanísticas. Ni, por supuesto, ajeno al dolor de nuevos episodios de esta tercera guerra mundial no anunciada ni declarada oficialmente, uno siente que la actualidad política española es un remake involuntario de sí misma. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian incluso los escenarios —de despachos ministeriales a chats de WhatsApp, de cloacas del Estado a un reparto de malos personajes en busca de autor—, pero la trama es la misma: alguien que cree que el poder es un derecho hereditario y no una responsabilidad prestada.
Ahí estamos otra vez con el caso Kitchen, por un lado, y el caso Koldo o mascarillas por el otro, como si la realidad hubiera decidido programar un ciclo temático sobre la autosuficiencia moral. Espectador durante estos días de las crónicas judiciales, me ha venido a la cabeza aquel artículo que escribí hace años sobre la corrupción como condición, no como acto. Una especie de estado del alma, un clima interior en el que uno se acostumbra a vivir igual que se habitúa al olor de una habitación cerrada. La persona corrupta, entonces como ahora, no es solo alguien que hace trampas: es alguien que ha construido una autoestima entera sobre ellas.
Autosuficiencia satisfecha
Porque si algo comparten Kitchen y Koldo es esa autosuficiencia satisfecha que describía el papa Francisco en una conversación con el periodista Andrea Tornielli hace diez años: la convicción de que uno no necesita ser cuestionado por nada ni por nadie. En el caso Kitchen, esa seguridad se tradujo en operaciones policiales paralelas, agendas que aparecían y desaparecían, y un uso del Estado como si fuera un llavero personal. En el caso mascarillas, la autosuficiencia adoptó la forma de contratos y pagos en plena pandemia, cuando medio país estaba encerrado contando muertos, además de la compra de voluntades. Dos estilos, mismo perfume.
Fruto de aquel diálogo fue el libro El nombre de Dios es misericordia, en el que Jorge María Bergoglio afirmaba que el corrupto está tan encerrado y saciado en la satisfacción de su autosuficiencia que no se deja cuestionar por nada ni por nadie. Ha construido una autoestima que se basa en actitudes fraudulentas: pasa la vida en mitad de los tajos del oportunismo, a expensas de su propia dignidad y de la de los demás. (…) El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida, indicaba. Como habrá supuesto, querido lector, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Justificación permanente
Y luego está la justificación permanente, ese arte tan español de convertir lo injustificable en un acto de servicio. El corrupto siempre encuentra un motivo noble para su tropelía: el partido, el país, la urgencia del momento, la presión del cargo. En el primero, la excusa era proteger al partido de un extesorero díscolo que tenía retratados a los principales dirigentes del PP; en el segundo caso, la urgencia sanitaria. El fin, ya se sabe, siempre dispuesto a justificar los medios… salvo que no debería. Y el corruptor, en el mismo plano.
Lo más inquietante, sin embargo, es la corrupción no como anomalía, sino como clima. Como un moho que se extiende por las instituciones, por los partidos, por la vida cotidiana. Un fenómeno que, lamentablemente, no distingue siglas. Y, mientras tanto, la ciudadanía mirando, resignada, como quien observa una gotera que ya no sabe si viene del vecino del piso de arriba o del edificio entero.
No mirar a otro lado
Además, contamina la existencia. No solo la del corrupto, sino la de todos. Pudre el sentido de las instituciones, erosiona la confianza, convierte la política en un ejercicio de sospecha permanente. Y lo peor es que nos acostumbra. Que empezamos a ver normal lo que debería escandalizarnos cada mañana.
A ese monstruo solo se le puede combatirse desde lo pequeño. Desde no mirar hacia otro lado, desde no aceptar la impunidad como paisaje, desde exigir que la Justicia —esa que tampoco está libre de tentaciones— haga su trabajo sin presiones ni atajos. Y quizá ahí esté la clave para entender por qué estos juicios importan, más allá de las siglas: porque nos recuerdan que la democracia no se sostiene sola.
Cansancio e incredulidad
Mientras llega el milagro de que la persona corrupta reconozca lo hecho, restituya lo robado y asuma su responsabilidad, seguiremos asistiendo a estos juicios como quien ve una serie que ya se sabe de memoria. Con ironía, con cansancio, con un punto de incredulidad. Y con la esperanza —pequeña, testaruda— de que algún día dejemos de escribir artículos sobre corrupción porque, sencillamente, no haya nuevos casos que comentar. Aunque, siendo sinceros, igual eso sí que es ciencia ficción.
Dos acontecimientos recientes han despertado en mi memoria la esencia de sentirme un hijo de la clase obrera. Uf, cómo suena esa expresión, “clase obrera”, no “clase media y trabajadora” o “la España que madruga”. El primero de ellos tuvo lugar en un estudio de radio, en el que cada semana el cura Joaquín Sánchez invita a quienes tienen que aportar retazos de esperanza. En mi caso, compartir la vida profesional en esto del periodismo y de compromiso social desde la HOAC, el movimiento de la Iglesia en el mundo obrero en el que me he criado y milito.
Militar es un verbo que tiene su miga, “militar”, sobre todo en estos tiempos líquidos en el que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse. Tiempos de incertidumbre, de separación del poder y la política, del debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían a la persona, o la renuncia al pensamiento y a la planificación a largo plazo.
Ambiente familiar
En esa conversación se despertaron infinidad de recuerdos en torno a un ambiente sindical y político en una familia que, en ocasiones, me ha llevado a sentir que no tuve infancia. Desde el final del franquismo y el miedo a lo que pudiera pasar, a las dudas de la Transición y a las experiencias de aquel movimiento anti-OTAN de los años ochenta. Todo ello salpicado con la publicación de una poesía social a los once años y las primeras colaboraciones en prensa escrita. Reconocía el orgullo de ser hijo de un mecánico fresador y de una maestra embarcada en la educación popular.
El segundo escenario se sitúa en la lectura de Amianto (Hoja de Lata, 2014), novela del escritor toscano Alberto Prunetti. Este es uno de los textos del primer año del Club de Lectura de CCOO, una iniciativa que pretende recuperar la cultura obrera. En este caso, en torno a la historia de Renato, que su oficio de soldador le condujo a una muerte prematura a causa del amianto. Es una historia obrera contada por su hijo, universitario, traductor, “trabajador cognitivo precario”. Una historia anticapitalista, de lucha por un trabajo digno, con estampas muy reconocibles por quienes nos sentimos hijos de la clase obrera.
Verdad desnuda
“Los callos en las manos de los obreros son bonitos”, escribe el hijo. Y uno piensa que sí, que quizá lo único verdaderamente honesto que queda en este mundo son esas manos que cuentan la vida sin necesidad de palabras. Son las manos callosas de mi padre, de nuestros padres, con sus monos azules que debían volver a relucir cada lunes.
Porque los callos no engañan. No son como los currículums de ahora, llenos de verbos en inglés y cursos de productividad y de inteligencia artificial. Son la verdad desnuda: horas, frío, calor, golpes, herramientas que pesan más que la hipoteca. Y, sobre todo, una memoria que no se borra. Cada callo es un recordatorio de que hubo un tiempo —no tan lejano— en que el trabajo se hacía con el cuerpo entero, no con el ratón y la nube. El prólogo de Isaac Rosa nos habla de ello.
Alberto Prunetti (a la derecha) ha sido uno de los autores escogidos en esta primera edición del Club de Lectura de CCOO.
Conflicto social
Vivimos instalados en la fantasía de que el trabajo duro ya no existe. Que las fábricas se han convertido en lofts y los obreros en emprendedores. Que las cosas se fabrican solas, como los tomates que aparecen en el súper sin que nadie los haya recogido. Y así nos va: invisibilizando a quienes sostienen el mundo para no estropear la foto del progreso. Caemos en los seductores mensajes de que la clase obrera ha desaparecido, incluso la que nos trae en moto o patinete los menús a casa.
Duele reconocer esta sociedad de clases y del conflicto social. Y más cuando el recuerdo viene impregnado de amianto, ese “asesino silencioso” que mató a tantos trabajadores mientras las empresas miraban hacia otro lado. En nuestra tierra nos lo ha venido recordando desde hace años la Asociación de Perjudicados y Afectados por el Amianto (Apena), con centenares de víctimas en Cartagena, trabajadores de Repsol, Navantia y otras empresas del Valle de Escombreras. Lo más inquietante es que el amianto funciona como metáfora perfecta del capitalismo actual: se cuela sin que lo notes, se instala en tus pulmones, y cuando quieres darte cuenta ya es tarde.
Mientras tanto, nosotros nos contarnos la vida como si fuéramos protagonistas de una serie de Netflix: flexibles, creativos, multitarea. Pero la verdad es que la precariedad nos ha robado hasta el relato. Sentirnos hijos de la clase obrera es reivindicar que la memoria no es un lujo, sino una forma de justicia. Una reparación mínima para quienes levantaron el mundo con las manos y recibieron a cambio enfermedad, silencio y ruinas industriales convertidas en centros comerciales.
Ilustración | NANA PEZ
Artículo: La soledad de los incurables del amianto
…me hubiera gustado ser el pasado martes Amadeo Marqués. Bueno, me conformo con haber estado en la piel (aunque sea en la imaginación) de este parlamentario aranés a la hora de su intervención de siete minutos frente a los bancos de la oposición prácticamente vacíos en un debate sobre persecuciones religiosas y protección a cristianos perseguidos.
Para algunos fue una parrafada de sacristía. Sí, diría yo, pero de sacristía bien ventilada, de esas que dejan a más de uno buscando el misal para ver si lo que ha dicho viene realmente en el Evangelio. Una homilía laica que puso a medio hemiciclo con cara de haber llegado tarde a misa y sin saber dónde sentarse.
Xenofobia vs cristianismo
Amador es socialista y cristiano.Sí, las dos cosas a la vez, que parece que a algunos les chirría más que un trono mal engrasado. Recordó algo que debería estar grabado en la puerta de cada sede política: la fe va de misericordia, no de repartir carnés de pureza. Y claro, eso en ciertos asientos sonó como cuando en Semana Santa se apaga una vela antes de tiempo: desconcierto, miradas cruzadas y un par de suspiros que parecían pedir la hora.
Lo mejor fue cuando soltó, sin despeinarse, que “un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano”. Ahí los escaños se quedaron tiesos, como si hubiera pasado la procesión del Silencio. Y no porque la frase fuera nueva —la dijo el arzobispo Joan Planellas, lo recordó él mismo—, sino porque no están acostumbrados a que se les cite el Evangelio sin que sea para justificar un veto o un recorte. Y claro, eso en ciertos sillones sonó como cuando en una boda alguien recuerda que el menú no incluye marisco: un silencio incómodo, miradas al suelo y algún carraspeo de emergencia.
Fe no es arma política
Luego vino la escena que ya es candidata a meme: la Sagrada Familia en la España de hoy. Según Marqués, el PP los llamaría inquiokupas, les negaría el escudo social y Vox los expulsaría por migrantes. Y uno, que pedalea cada día viendo cómo se mira a los recién llegados y a quienes ya están aquí un tiempo como si fueran obstáculos en la calzada, no puede evitar asentir. La parábola no es tan parábola cuando la realidad se empeña en confirmarla.
Entre cita y cita —que si Irak, que si el Líbano, que si los cristianos que huyen de guerras que algunos todavía justifican—, el diputado fue dejando caer una idea sencilla, casi de catequesis de barrio: la fe no es un arma política, ni un azote, ni un sello de identidad tribal. Es, o debería ser, una forma de mirar al otro sin miedo ni cálculo electoral.
En un país y en una región como la nuestra algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon, para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos
Y al final remató con un “Amén” que no sonó a cierre litúrgico, sino a “a ver si os aplicáis el cuento”. Un amén de esos que no piden incienso, sino coherencia. Un amén de esos que, si lo escuchas desde la bici, te hace levantar la vista del manillar y pensar que igual no todo está perdido.
No usar a Dios
Porque en un país y en una región como la nuestra donde algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon —para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos— escuchar a alguien recordar que la fe es amor y no un azote es casi revolucionario. Y mira que no pedía tanto: solo que dejemos de usar a Dios como si fuera un tertuliano más.
Pero claro, al ser una propuesta del Grupo Socialista, qué barbaridad, había que tumbarlo y que no saliera adelante con razones para todos los gustos. Las señorías del PP, Vox, ERC y UPN no atendieron las demandas de la asociación Stop Accidentes que, en boca de su vicepresidente, había afirmado que “salvar vidas no tiene color político ni ideología. Reducir la tasa de alcoholemia al volante es una cuestión de solidaridad y de sentido común. Y quienes voten en contra de ello van a tener que explicárselo a las decenas de miles de familias que han perdido a un ser querido en nuestro país y que son más de 70.000 en los últimos 25 años”.
Mientras que al adversario político –o en la vida civil, a quien no piense como yo- se le vea como un enemigo (y ya se sabe que al enemigo, ni agua) seguiremos dándonos palos incapaces de alcanzar medidas en favor del bien común. Mientras sigamos perdiendo el norte, apañados vamos.
Permítanme que afirme, si repasamos un poco la historia del siglo XX, que estamos en plena efervescencia futurista. De un futurismo surgido de la mano del poeta italiano Marinetti que en 1909 publicó el Manifiesto Futurista y que les invito a conocer. Recogía lindezas como esta: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer”. Trump y sus seguidores por medio mundo, incluidos sus fieles discípulos en España, como Ayuso o Abascal, tienen de qué alimentarse.
Era un arte de acción, con sus obras caracterizadas por el color y las formas geométricas. La máquina (incluida la de guerra), los edificios, la velocidad… son algunos de sus rasgos. Acción, ruptura y descalificación con el pasado suenan a ese supuesto viejo orden internacional que el conservadurismo más recalcitrante apela a eliminar y superar. Hasta se le escapó a Von der Leyen al cuestionar el derecho internacional esta semana.
Construir la paz
En mitad del revuelto panorama internacional hay libros que llegan como un susurro y otros que irrumpen como un aldabonazo. El de Federico Mayor Zaragoza y Emilio José Gómez Ciriano pertenece a la segunda especie. Uno abre La hora de la ciudadanía (Ediciones HOAC, 2026) y siente que le están hablando directamente, sin rodeos, como quien te agarra del brazo para evitar que cruces la calle mirando el móvil. Mayor Zaragoza, en su último texto antes de morir, insiste en que “la paz no se construye con arsenales, sino con diálogo, justicia y participación ciudadana”, una frase que en el libro aparece casi como un latido constante.
Y mientras uno lee esa defensa radical del verbum frente al bellum, llega la noticia del asesinato del padre Pierre Al‑Rahi, un sacerdote católico maronita en el sur del Líbano. No fue un daño colateral, no fue un error, no fue un “incidente”. Fue un ataque deliberado contra quienes corrían a socorrer a un herido: “Hubo un primer ataque… entonces el padre Pierre corrió… cuando se produjo otro ataque, con un segundo bombardeo sobre la misma casa”, contaron testigos presentes de su muerte.
Impunidad criminal
Mayor Zaragoza hablaba de la “hora de la ciudadanía”, de ese momento en que los pueblos dejan de ser espectadores y reclaman su sitio en la historia. Y uno no puede evitar preguntarse qué ciudadanía puede construirse cuando quienes encarnan la palabra —un sacerdote que se niega a abandonar a su comunidad, un anciano que riega su jardín, un pueblo que se aferra a sus olivos— son barridos por la lógica del más fuerte. Hablamos de “tierra quemada” y de la “impunidad criminal”, y es difícil no escuchar en esas palabras el eco de lo que advertía sobre el veto de las potencias y la cultura de la fuerza que atraviesa el siglo XX y se prolonga, tozuda, en el XXI.
Emilio José Gómez Cirino (izda.) y Federico Mayor Zaragoza, autores del libro de Ediciones HOAC
Pero quizá lo más inquietante es la normalidad con la que asumimos estas noticias. Como si la muerte del padre Pierre fuese un episodio más en un conflicto lejano, cuando en realidad es un espejo incómodo. Porque él murió haciendo exactamente lo que el libro reivindica: ejercer la ciudadanía desde abajo, desde la dignidad, desde la responsabilidad de no mirar hacia otro lado. Murió practicando esa paz concreta, cotidiana, que Mayor Zaragoza sitúa en la familia, en la escuela, en la vida pública. Murió, en definitiva, “mientras ejercía el más alto mandato evangélico: el socorro al prójimo”.
Romper la comodidad
Este cruce entre libro y tragedia debería interpelarnos. No basta con indignarse un rato en redes. No basta con compartir una foto con un lazo. La “ética del tiempo”, como la llama, exige actuar hoy, no mañana. Exige romper la comodidad del sofá y asumir que la paz no es un estado, sino un trabajo. Un trabajo pesado, insistente, a veces ingrato, pero imprescindible.
Prepararse para la palabra, sí. Pero no para una palabra tibia, sino para una que incomode, que denuncie, que acompañe, que sostenga. Una palabra que, como el padre Pierre, se atreva a correr hacia el herido aunque haya drones sobrevolando el cielo o tanques amenazando tus casas. Una palabra que, como la de Mayor Zaragoza, siga resonando incluso después de que quien la pronunció ya no esté.
Porque la hora de la ciudadanía no es mañana. Es ahora. Y empieza, siempre, a un palmo del suelo.
Empieza a ser costumbre que cada 8 de marzo nos despertemos con cifras que ya no sorprenden a nadie, pero que siguen doliendo como si fueran nuevas. Que si las mujeres cobráis un 20 por ciento menos que nosotros los varones, que si tres de cada cuatro contratos a tiempo parcial llevan vuestro nombre, que si los cuidados siguen siendo ese agujero negro donde desaparecen horas, carreras y oportunidades. Pero este año, además, la desigualdad viene con un nuevo envoltorio: el digital. Más moderno, más silencioso, más limpio… y, por lo visto, igual de injusto.
La tecnología se ha convertido en portero de discoteca. Decide quién pasa y quién se queda en la calle. Y claro, si no tienes conexión, si el móvil es de los que ya no aceptan ni las actualizaciones, o si las plataformas parecen diseñadas por alguien que nunca ha tenido que pedir una ayuda pública, pues apaga y vámonos. Literalmente: “apagón digital”, lo llama el Informe FOESSA, y que recoge la plataforma Iglesia por el Trabajo Decente. Un tercio de los hogares vulnerables, muchos encabezados por mujeres, viven así. Y en los más pobres, más de un tercio no tiene conexión estable y otro tercio no tiene destrezas digitales.
Brecha de dignidad
A esto se suma otro detalle que parece menor, pero que es dinamita pura: apenas estáis presentes en el diseño de las plataformas y la inteligencia artificial. Y claro, si quienes programan el mundo no se parecen a la mitad del mundo, luego pasa lo que pasa: sesgos, filtros que excluyen, decisiones automatizadas que reproducen desigualdades de toda la vida pero con estética futurista. La brecha digital no es técnica: es una brecha de dignidad.
Nos encanta hablar de innovación, de transformación digital, de que el futuro ya está aquí. Pero ese futuro, si no se cuida, llega con peaje. Y como siempre, lo pagáis las mismas. Las que trabajáis a tiempo parcial sin quererlo. Quienes dedicáis 55 horas semanales a cuidados mientras nosotros dedicamos 38, cuando lo hacemos. Las que sostenéis hogares con menos ingresos y más responsabilidades. Las que, encima, ahora tenéis que aprender a navegar por plataformas que parecen diseñadas para que solo las entienda quien no necesita usarlas.
Mensaje de cambio
Y es que, en el fondo, tenemos miedo. Os tenemos miedo. Nos sentimos seres diminutos porque hemos crecido en un mundo en el que todo ha girado en torno a nuestro ombligo. Y claro, cuando solo hemos mirado ese resto de apéndice es muy difícil descubrir que estabais ahí. Nos lo recordáis cada 8M y el mensaje es como esa gota malaya que cae sin avisar sobre nuestros prejuicios, sobre las ideas preconcebidas, sobre una visión sesgada del mundo en la que hemos crecido.
Nuestras madres, y antes, las suyas, han intentado en algún momento de sus vidas romper con ese lastre. Pero esa pesada carga ha sido muy difícil de mover. Y ahora, cuando estos últimos años os hemos visto dar pasos, tenemos miedo. Como lo tienen los hombres de la serie Riot Women cuando esas mujeres que rondan los 60 se empoderan con la música punk y dejan de ser invisibles. Siempre lo hemos tenido, pero ese temor se hace más palpable porque habéis dicho basta. No solo salís a las calles, sino que habéis abandonado el final de la cola para reclamar lo que por justicia os corresponde: un lugar de igualdad y dignidad.
La Iglesia ha difundido desde hace siglo dos estereotipos sobre la mujer: la sumisa Virgen María o Eva la pecadora
Frente a estos movimientos nos resistimos como animales heridos y preferimos colocarnos un velo en los ojos para negar la realidad. Incluso caemos en las trampas de quienes nos hacen creer que os habéis pasado de frenada. Jóvenes y mayores compramos el discurso contra vosotras, con el fin de tratar de relegaros a ese lugar de la historia en el que nos hemos sentido cómodos.
Estructuras patriarcales
Os tiene miedo la estructura patriarcal y misógina de la Iglesia que ha difundido a lo largo de los siglos dos estereotipos de la mujer: la cándida y sumisa de la Virgen María y la de la pecadora Eva, esa que tentó al pobre Adán en el paraíso. Menuda cara. La respuesta del patriarcado clerical, célibe y acomplejado, ha sido sumarse a las acusaciones de que la ideología de género ha calado entre vosotras. Lamentablemente hay quienes compran esa reacción, pero tiempo al tiempo.
Ese temor es en el que incluso caemos quienes nos hemos debatido toda la vida entre las fuerzas de una construcción cultural machista frente a otra de igualdad y respeto. Es la turbación como respuesta a reconocer que, en algunos momentos de nuestra vida, nos hemos comportado mal con nuestras madres, hermanas, amigas, novias, esposas o compañeras de trabajo. Que hemos reaccionado como verdaderos sexistas. Y ha llegado el momento de dejar el miedo aparte y mirarnos a los ojos. Pero para eso hay que eliminar ese maldito velo que nos atenaza.
Quién me iba a decir a estas alturas de la vida que el principal peligro como ciclista urbano tiene forma de peatón. Sí, de persona de cualquier edad, tipo y condición con la cabeza y el corazón agachados en la realidad inmediata. Transeúntes que cruzan los pasos de peatones en cualquier momento, como daltónicos anónimos. Peatones que andan a ciegas por la acera o llevan el carrito del bebé –también el de la compra- sin prestar más atención que a la última ocurrencia en Tik Tok o al mensaje ingenioso de WhatsApp.
No se pueden imaginar el momento en el que sentí como propio el porrazo contra una farola que sufrió un deportista mientras andaba a paso de marcha con los ojos puestos en su teléfono, ese aparato mal llamado “inteligente”. Casi tan triste y doloroso como contemplar a la hora del desayuno, junto a la puerta de un instituto, a esos encorvados adolescentes con el bocadillo en una mano y el móvil en la otra. Juntos, pero solos.
Avance y rapidación
Estos días, además, uno siente que vivimos con el dedo pegado al botón de avanzar rápido. Los audios al 1,5x, los vídeos cortados antes del desenlace, los artículos “leídos” en lo que dura un semáforo en verde de la Gran Vía. Todo va tan deprisa que, a veces, no sabemos si nos estamos informando… o simplemente pasando pantallas. La prisa se ha convertido en forma de vida, como si el Segura bajara siempre en avenida y nosotros tuviéramos que saltar de piedra en piedra para no mojarnos. Y claro, en ese juego terminamos empapados de titulares, de mensajes rápidos, pero secos de ideas.
Apunten un término que ya ha cumplido diez años: rapidación. Es el nuevo fenómeno que nos afecta a casi todas las personas en esta sociedad del bienestar. Consiste en dar, precisamente, a nuestros quehaceres cotidianos un ritmo desorbitado. Todo hay que hacerlo… muy deprisa, muy rápido. Como dice un buen amigo: Señor, dame paciencia… ¡pero ya! Como muchas otras cosas, le debemos a Francisco esa llamada de atención con esa palabreja que utilizó en el número 18 de su encíclica Laudato si del año 2015. No se la pierda.
Ilustración| Nana Pez
A esta dieta acelerada se ha sumado un ingrediente nuevo: la papilla de contenidos generados por inteligencia artificial. No hace falta que sea falsa para ser mala; basta con que no exija nada. Son textos correctos, razonables, hasta simpáticos… y, sin embargo, intercambiables. Lo mismo hablan del cambio climático que de la receta del pastel de carne, con el mismo tono uniforme que deja a la cabeza en punto muerto. Lo llaman ‘AI slop’, y, aunque el nombre suene moderno, el daño es de siempre: mucha palabra, poca sustancia.
No se trata de demonizar la tecnología. Antes, un buen texto te pedía un pequeño pacto: yo te doy una historia, tú me das atención. Ahora, cuando algo no entra suave, lo descartamos. Y ahí ganan las líneas automáticas: fluyen, resbalan, no rozan. Pero precisamente por eso, no enseñan. Pensar —pensar de verdad— tiene siempre algo de fricción, esa duda que te hace volver a una frase, ese dato que te arruga la frente y juntas las cejas, esa idea que no encaja del todo y te obliga a recolocar piezas. Si todo cuadra a la primera, sospeche: a lo mejor no había nada que cuadrar.
Como afirma Carmen Torrijos, el contenido masivo y superficial generado por IA no es solo un problema, también es un síntoma. La tecnología amplifica un modelo de consumo que premia la fluidez y agota nuestra capacidad de atención.
Recuperar la pausa
La solución no creo que pase por apagar pantallas ni por atrincherarnos en la nostalgia. La salida, me temo, es más prosaica y exigente: afinar el criterio, bajar una marcha, buscar fricción. Preguntarnos quién firma lo que leemos y por qué existe. Valorar más un texto con una idea propia, aunque tropiece en estilo, que una redacción perfecta sin nadie que la sostenga. Y, cuando podamos, anclar la conversación en datos, en historias concretas, en experiencias que tengan nombre y apellidos.
Conviene reconciliarnos con el tiempo y la atención. Las prisas nos están saliendo caras: confundimos rapidez con conocimiento y comodidad con verdad. Pero la cabeza no es una autopista de peaje; se parece más a la subida a La Fuensanta o al Relojero: caminos con curvas, repechos y vistas que solo aparecen si aflojas. Quien los haya hecho sabe que, al coronar, el paisaje se ve distinto. Pues con las ideas pasa lo mismo: necesitamos aire para descubrir qué merece la pena y qué es puro relleno.
Así que propongo un gesto humilde, casi doméstico: recuperar la pausa. Dejar un párrafo sin terminar y volver luego. Subrayar una frase que no entendemos del todo. Preguntar “¿quién responde de esto?”. Y, de vez en cuando, elegir a conciencia una lectura que nos dé guerra, como quien elige la ruta larga por El Valle para sudar un poco. No nos hará menos modernos; quizá nos haga más dueños de nuestra atención.
No sé lo que pensarán ustedes, pero hay muchos días en los que uno está convencido de que la polarización es como la humedad en Murcia: se te mete en el cuerpo sin pedir permiso alguno. Antes parecía ser un problemilla de tertulianos con ganas de espectáculo, a los que les pagaban sobre todo para armar bulla. Ahora se ha convertido en una de las primeras preocupaciones ciudadanas. Las suyas. Las nuestras. Y hasta la pasada Navidad la tuvimos presente en un anuncio de productos cárnicos.
Vivimos en un contexto local, nacional y mundial de incertidumbre, de cambio y de transformación que nos tiene con el gesto torcido y el pulso a mil. En mi caso, lo vivo a diario al llamar la atención a conductores que invaden el carril bici o no respetan los cruces. Me han llegado a lanzar improperios, tras bajar enérgicos el cristal de su ventanilla, con mensajes del tipo ¡tú no pagas impuesto de circulación, así que no te quejes!Seguro que usted tiene ejemplos muy cercanos.
Polarización política
Y claro, en ese caldo de cultivo, los partidos han encontrado la receta perfecta: dividir en dos, agitar fuerte y servir caliente. La política ya no va de ideas, sino de bloques. De los míos contra los tuyos. Como si estuviéramos en un derbi eterno, pero sin árbitro y con una grada que rompería el etilómetro en cualquier control de carretera que se precie. A ver quién dice la frase más ocurrente, el reproche más duro, la puya más hiriente o el insulto más chusco con el fin de que se pueda extraer en vídeos y tuits para general consumo mediático.
El problema es que esta polarización no se queda en el ámbito de la política. Ya está bien de echarles siempre la culpa a otros. Conviene reconocer que se cuela en la sobremesa familiar, en el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos o de la Ampa y hasta en la cola de la panadería. La penetración del régimen de polarización es muy intensa porque se hace también de carácter emocional. Vamos, que discutimos menos con la cabeza y más con las tripas. Y cuando tocamos esa fibra sensible, a flor de piel, así nos va. Confundimos disenso con guerra civil.
Hoy basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar
El problema no es pensar distinto, sino pensar que el distinto es un enemigo. Como recordaba hace unos días el sociólogo Sebastián Mora en el diario La Opinión de Murcia, antes el movimiento obrero y la patronal podían estar en las antípodas y aun así llegar a acuerdos. Hoy, en cambio, basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar. Y así es difícil construir nada.
Ilustración | NANA PEZ
Mundo roto y fragmentado
Pero ojo, que la polarización política no es la única. También está la social, esa que preferimos no mirar porque incomoda más que un agosto sin vacaciones o aire acondicionado. Vivimos en un mundo roto, fracturado y segregado. Barrios que no se mezclan, escuelas que no se cruzan, vidas que no se tocan. ¿Cómo vamos a encontrarnos políticamente si ni siquiera nos encontramos en la vida real? ¿Si solemos mirar hacia otro lado? ¿Si solo escuchamos a quienes piensan como yo, a quienes comulgan como yo, a quienes visten como yo y a quienes se ríen de lo mismo que yo?
La receta que se propone no es mágica, pero sí sensata: reconstruir espacios intermedios. Esos lugares donde la gente se ve, se escucha y aprende a discutir sin tirarse los trastos. Esas soluciones están en nuestra mano. Creo que no es cosa de boomers ni de tristes reconocer que las asociaciones vecinales, las parroquias, los sindicatos o movimientos sociales, las escuelas… antes hacían de puente y ahora están medio vacíos o convertidos en meros buzones de quejas. Sin embargo, sin ellos y otros muchos lugares asociativos, es imposible una sociedad civil más reflexiva, más deliberativa.
Toca arremangarse
Y luego está la cuestión de los márgenes. Porque mientras la política oficial mira hacia otro lado, las personas excluidas están siendo cortejadas —y utilizadas— por discursos autoritarios que les prometen soluciones fáciles a problemas complejos.
Nos toca, por tanto, arremangarnos, reconstruir puentes o acabaremos viviendo en islas, en compartimentos estancos. Máxime cuando lo hacemos en el marco de una cuarta revolución industrial, de un sistema económico capitalista del que, ¡oh, qué casualidad!, apenas se habla y se cuestiona. Un capitalismo en una fase nueva, no un capitalismo de promesas decrecientes, donde ya no nos va a prometer bienestar para todos, sino que lo hace para unos pocos en un contexto muy competitivo. No podemos comprometernos y apostar, en su caso, por una polarización democrática, sin tener en cuenta esa dimensión estructural que afecta a nuestras vidas de una forma muy clara.
Diálogo | «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia»
Vídeo del segundo acto del ciclo Líneas Rojas 2026, organizado por las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia y por la HOAC de la Diócesis de Cartagena, bajo el lema: “No miremos a otro lado: la política y el cuidado de la tierra son cosa nuestra». El Diálogo 2, celebrado el miércoles 18 febrero 2026, versó sobre «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia». Participaron: Juan José García Escribano, sociólogo, codirector del Grupo de Investigación del CEMOP (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública) de la Universidad de Murcia y responsable de estudios sobre polarización política. También, Sebastián Mora Rosado, sociólogo, ex secretario general de Cáritas Española y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas. Dirigió el diálogo Mª Ángeles García Navarro, empleada pública en la Administración General de la Seguridad Social y militante de Comunidades Cristianas de Base de Murcia.
En las últimas cuarenta y ocho horas nos hemos encontrado con una nueva decisión de Donald Trump que, estoy seguro, irradiará al universo autoritario del resto del planeta: acabar con las limitaciones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos. Borra de un plumazo un dictamen que fijaba que seis gases emitidos por motores de combustión eran perjudiciales para la salud. Esto no va de reciclar.
El mensaje es claro: hay que producir coches con motor de combustión, frente a los eléctricos chinos, bajar su precio y hacer ganar mucha pasta al sector del automóvil y sus derivados. Me viene a la mente la imagen, tras el secuestro de Maduro en los primeros días del año, de esa mesa de depredadores sentados en la Casa Blanca para repartirse el petróleo de Venezuela. Hasta ahora se guardaban las formas. Ahora, ni eso. Todo está relacionado.
Vida en mercancía
Entenderán entonces que hablar de crisis civilizatoria no es una exageración de tertulia. Es simplemente reconocer que este modelo nuestro —el del “más, más rápido y más barato”— está agotado. Que hemos convertido la vida en mercancía y el planeta en un cajero automático. Que vamos por el mundo como quien entra en un hotel con todo incluido, sin preguntarse quién recoge las toallas ni quién paga la factura.
Hace unos años se nos removían las tripas cuando escuchábamos a Carlos Taibo y a otros pensadores acerca del colapso de este mundo, un colapso que ya estaba aquí. Éramos conscientes de que la cosa iba mal, pero poníamos cara de póker ante un escenario en el que ya no había vuelta atrás. Como cuando más tarde Taibo habló del peligro de un ecofascismo destinado a preservar para una minoría los recursos mundiales. ¿Les suena algo lo del afán anexionista de Groenlandia, el control de las tierras raras de Ucrania o la expansión china en África en busca de terrenos fértiles?
No hay dos crisis, una ambiental y otra social, sino una sola, bien mezclada, como el agua dulce y salada que ya casi ni se distingue en el Mar Menor
Pues de todo ello va lo de la crisis civilizatoria y, frente a ella, la apuesta por una ecología integral. Un concepto que se lo oímos al papa Francisco, que es puro sentido común, y que apunta hacia algo muy sencillo: que no hay dos crisis, una ambiental y otra social, sino una sola, bien mezclada, como el agua dulce y salada que ya casi ni se distingue en el Mar Menor. Que lo que le pasa a esta laguna nos pasa a nosotros. Que no se puede vivir bien en un sitio que se muere.
Aquí en la Región de Murcia no necesitamos grandes tratados para entenderlo. Basta con mirar al Mar Menor, ese espejo roto donde se refleja nuestra forma de vivir. Lo que le pasa no es un accidente, ni una mala racha, ni un “ya se arreglará”. Es el resultado de décadas de vivir de espaldas al territorio, como si la naturaleza fuera un decorado que se cambia cuando se estropea. Y claro, luego llegan las aguas verdes, espesas, turbias… y nos llevamos las manos a la cabeza, como si no supiéramos de dónde viene todo.
Ilustración | NANA PEZ
Cansados de discursos vacíos
Y no está de más recordar que mientras los de arriba se pasaban la pelota, los de abajo hicieron algo insólito: una Iniciativa Legislativa Popular para darle personalidad jurídica al Mar Menor. Una ILP que salió adelante porque la gente se cansó de discursos vacíos —como diapositivas sin contenido— y decidió que, si nadie iba a defender la laguna, lo harían ellos. Y además por ley.
Pero hay un detalle que solemos pasar por alto: no basta con leyes, ni con pancartas, ni con indignación puntual. La ecología integral exige algo mucho más incómodo: un cambio personal. No cambiar de bombillas, ni de pajitas, ni de marca de yogur. Cambiar de mentalidad. De ritmo. De expectativas. Aceptar que no podemos seguir creciendo como si el planeta fuera infinito. Que el bienestar no consiste en tener más, sino en necesitar menos. Que el decrecimiento no es volver a las cavernas, sino salir de la caverna del consumismo.
Decrecer implica renunciar
Y esto, claro, no se lleva bien con nuestra cultura del “ya veremos”. Porque decrecer implica renunciar, y renunciar es un verbo que nos da alergia. Pero si queremos cuidar a la Madre Tierra —esa que nos sostiene aunque la tratemos como un trapo viejo— tendremos que asumir que el cambio empieza en lo personal y se contagia a lo social. Que no hay transformación colectiva sin decisiones individuales. Que no se puede pedir un Mar Menor sano mientras vivimos como si el mundo fuera un vertedero con vistas.
Por tanto, ¿qué estamos dispuestos a hacer con lo que ya sabemos? Porque si algo nos enseña el Mar Menor es que la crisis no está en los libros: está chapoteando en casa. Y que la salida, si la hay, empieza por bajar el ritmo, aflojar el consumo y aprender, por fin, a vivir con menos para vivir mejor.
Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.
Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de franchute arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de alicantino, borracho y fino al cambiar de pueblo y de provincia. Si no les suena algo de esto es porque la memoria es muy corta. Selectiva, más bien, porque si la recuperásemos un poco y mirásemos atrás, sin necesidad de ir muy lejos, otro gallo cantaría.
Debate metafísico
Ahora en España estamos viviendo el debate sobre la regularización de inmigrantes como si fuera una cuestión metafísica, de esas que se discuten en las sobremesas largas cuando ya no queda ni café. Una posición que se argumenta estos días es que ese proceso es algo mucho más sencillo: o regularizamos, o el país se nos queda sin manos, sin pensiones y sin futuro.
No me gusta que la defensa tenga que ver con una visión utilitarista del fenómeno migratorio y no, simplemente, por una cuestión de humanidad, de valores, de derechos humanos y, por tanto, de justicia. Pero nada, aquí seguimos, atrapados en un bucle emocional donde algunos han convertido la xenofobia en una especie de religión civil. Y ya se sabe: a un creyente dogmático no se le convence con datos, sino con milagros.
Una de las grandes mentiras que circulan sobre la población migrante es que viene a quitarnos el trabajo
Partidos políticos como Vox o Aliança Catalana (e incluso el propio PP) han creado una xenofobia emocional y han sabido convertirla en creencia. Un argumento puede discutirse, pero es imposible revisar o desmontar racionalmente una creencia dogmática que esté muy viva. Las ideas se tienen, pero en las creencias se está. En ese ámbito de lo incuestionable no tienen cabida los análisis que demuestran que sin los migrantes hay servicios que no funcionarían y que ellos contribuyen de forma relevante al sistema de pensiones.
Ilustración de Nana Pez
Chivos expiatorios
Recordemos que entre esas grandes mentiras está la de que vienen a quitarnos el trabajo. Pues mire, no. Los estudios muestran que no compiten por los mismos puestos y que, de hecho, aceptan trabajos que muchos españoles no queremos ver de lejos. Y encima cobran un 30 por ciento menos. Vamos, que si alguien está siendo explotado aquí, no son precisamente los de siempre. O también. Pero la narrativa del “nos roban” funciona porque apela a las tripas, no al cerebro.
Crece en España la aporofobia. Es decir, el asco y la aversión al pobre, al inmigrante «sudaca», «moro» o «negro». Como afirma el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, es un problema antropológico de gran magnitud que va más allá de la política y que tiene algunas semejanzas con la mutación cívica que hizo posible el apoyo al fascismo y al nazismo. Ahora el chivo expiatorio no son los judíos, sino los migrantes… ¡que necesitamos! Por eso, el irracionalismo forma parte de la cultura de quienes se sitúan en la órbita de esos partidos. Esa mezcla tóxica es terreno fértil para discursos que recuerdan demasiado a otros tiempos, incluso entre los mismos pobres, a golpe de TikTok. Y no digamos cuando los proclaman personas que se declaran católicas, apostólicas y rumanas, ¡uy!, perdón, romanas.
Acto de justicia
De ahí que el proceso de regularización no sea un gesto de buenismo ni una concesión ideológica. Regularizar no es regalar nada: es reconocer que ya están aquí, en esta tierra de promisión, que trabajan, que sostienen sectores enteros y que merecen derechos y estabilidad. Es, además, la única forma de combatir la economía sumergida y la explotación laboral.
Y si a alguien le preocupa que esto “atraiga a más”, quizá convenga recordar que el mejor freno a la migración no son los muros ni los discursos incendiarios, sino la justicia global: que la gente pueda vivir dignamente en sus países. Pero eso exige políticas serias, no eslóganes.
Hay cifras que uno lee con el café de la mañana y se le corta la leche. Trescientas veinte mil personas en exclusión social viven en la Región de Murcia. No es un error tipográfico ni un susto pasajero: es uno de cada cinco vecinos y vecinas, diez estadios Nueva Condomina a rebosar, la suma de quienes viven en Cartagena y Lorca. Y no hablamos solo de pobreza, que ya sería bastante. Hablamos de exclusión, esa palabra que suena a borde del mapa, a quedarse fuera del juego mientras otros siguen avanzando como si nada.
El informe de Cáritas y la Fundación FOESSA, presentado esta semana, es de esos documentos que deberían entregarse junto con el carné de identidad. Porque retrata una Región que muchos prefieren no mirar: una Murcia donde la vivienda se ha convertido en un deporte de riesgo y el empleo en un salvavidas lleno de agujeros.
La vivienda, dicen, es el epicentro del terremoto. Y no es para menos: los precios han subido un 35 por ciento desde 2018, la obra nueva un 54, y el alquiler 25 puntos. Con estos números, lo raro es que no haya más gente viviendo en el coche. Ochenta y seis mil hogares —repito: ochenta y seis mil— se quedan por debajo de la pobreza severa después de pagar techo y suministros. Es decir, trabajan para tener casa, pero no para vivir en ella. Pero nada, que la culpa es de Netflix.
Trabajar más para no llegar
Y luego está el empleo, ese viejo conocido que antes protegía y ahora apenas acompaña. Murcia crea trabajo, sí, pero los salarios reales han bajado un 1,1 por ciento en cinco años. Se trabaja más para llegar igual o peor. La precariedad juvenil es ya un género literario, y la emancipación, una leyenda urbana. No extraña que muchos jóvenes sigan en casa: entre alquileres imposibles, que parecen redactados por un villano de Marvel, y sueldos de risa, la adultez se ha convertido en un trámite interminable.
Pero el Informe no se queda en la economía. Habla también de la red social —la de verdad, no la de los likes— esa que antes sostenía y ahora se deshilacha. La solidaridad entre hogares ha caído veinte puntos en seis años. Cada vez ayudamos menos, quizá porque cada vez podemos menos. Y mientras tanto, dos de cada diez hogares dice haber sufrido discriminación, sobre todo por origen o nacionalidad. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas como para andar señalando al de al lado.
La salud mental en exclusión severa multiplica por seis la de quienes viven integrados
La salud tampoco sale bien parada. Más de 220.000 personas tienen dificultades para acceder a alimentación suficiente o a la atención médica que necesitan. Y la salud mental, ese tema que siempre dejamos para otro día, golpea con fuerza: la prevalencia de trastornos entre quienes están en exclusión severa es seis veces mayor que entre quienes viven integrados.
Y aquí viene lo más inquietante: el sistema de protección social no está llegando donde debería. El Ingreso Mínimo Vital solo alcanza al 56 por ciento de quienes viven en pobreza severa, y más de la mitad ni siquiera ha oído hablar de él. Mientras tanto, la Renta Básica de Inserción regional se apaga como una vela sin cera. Es decir, justo cuando más falta hace, menos cobertura ofrece.
¿Quiénes lo pasan peor? Los de siempre: familias con menores, hogares encabezados por mujeres, jóvenes que no pueden despegar y personas de origen extranjero que encuentran más muros que puertas. La exclusión no es solo material, también es cívica: no participar, no decidir, no contar.
Cambio de rumbo
El Informe, eso sí, no se queda en el diagnóstico. Propone un cambio de rumbo que suena casi revolucionario: reconocernos interdependientes, reforzar la sociedad civil, exigir instituciones fuertes y una clase política valiente. Vamos, lo de siempre. Pero oye, igual esta vez cuela. Igual esta vez alguien escucha. Igual esta vez dejamos de mirar para otro lado.
Quizá estas cifras, tan brutales como cercanas, sirvan para sacudir conciencias. Porque la exclusión no es un fenómeno abstracto: es tu vecina que ya no llega a fin de mes, el chaval que no puede emanciparse, la familia que vive pendiente del recibo de la luz.
Qué Región queremos ser
La Región Murcia no puede permitirse seguir mirando hacia otro lado y es hora de rebelarse contra la resignación. No cuando uno de cada cinco está fuera del tablero. No cuando la desigualdad se convierte en paisaje. No cuando el futuro de tantos depende de que, por una vez, dejemos de hablar de “los vulnerables” como si fueran otros.
Al final, la pregunta es sencilla: ¿qué tipo de Región queremos ser? La que normaliza la exclusión o la que decide que nadie sobra. Yo, al menos, tengo clara mi respuesta. Y tú, si has llegado hasta aquí, probablemente también.
A un palmo del suelo, a lomos de una bicicleta, contemplas el mundo de forma diferente. Cual ojo de pez percibes los escenarios a un ritmo lento y más cercano a lo que de verdad sucede cuando viajas a bordo de un coche. Lo que parece obvio queda oculto porque vamos como vamos y pasamos por la vida sin apenas darnos cuenta. Atravesando platós con múltiples decorados qué complicado resulta descubrir qué es lo que realmente ocurre.
A un palmo del suelo, acompañado del pedaleo, oteas el tránsito de la gente hacia sus lugares cotidianos. Africanos y latinos camino de la obra o el bar donde trabajan. Jornaleros que exponen sus manos recolectoras, junto a una gasolinera, mientras llegan las furgonetas con un encargado presto a ejecutar la selección natural. Ucranianas somnolientas en ruta a las casas donde les aguadan los viejos a los que no podemos atender y, si hay suerte y no llueve, sacarlos a los parques para recoger la vitamina D de los rayos de un sol que se pelea con la contaminación. Pocos niños y adolescentes en trayecto a la escuela, porque apenas andan por las aceras, ya que sus progenitores los desembarcan desde el SUV familiar en la misma puerta de las aulas.
Despertar los instintos
A un palmo del suelo, haciendo sonar el timbre, reclamas espacio público en la jungla de asfalto sobre la que se agitan decenas de coches, en su mayoría ocupados por una sola persona. En ese habitáculo en el que hasta la más correcta se transforma en despiadada a la búsqueda de la ansiada plaza de aparcamiento o la salida de la ciudad. Descubres que esa morada temporal de los vehículos que esquivas en carriles o rotondas es el refugio en el que se despiertan los instintos ocultados en entrevistas de trabajo o las reuniones de la AMPA.
A un palmo del suelo, sin necesidad de convocatoria alguna, te conviertes en defensor anónimo de la Agenda 2030 y de la lucha conta el cambio climático. Vuelves a tus orígenes de ser humano que desmenuza cada hábitat como si fueran gajos de esas preciadas naranjas arrancadas de manera furtiva en una madrugada de ensueño. Degustas el aire fresco de la mañana, el sol que irradia el calor del día, la luna y las estrellas, en un juego cósmico del que te sientes la parte contratante de la primera parte.
En tu sillín saboreas la verdadera libertad y autonomía de sentirte v la bicicleta puede ser un símbolo de libertad y autonomía
A un palmo del suelo, en tu sillín, saboreas la verdadera libertad y autonomía de sentirte vivo. Una libertad que no está pisoteada por la inhumanidad ni adulterada en su uso, como tampoco convertida en sujeto de polarización y enfrentamiento. Hasta puedes presumir, sin acritud, acerca de cómo la bicicleta puede ser un símbolo de libertad y autonomía, un instrumento para empoderar a propios y extraños en la toma del control de sus vidas.
Ilustración de NANA PEZ
A un palmo del suelo, con la nariz despejada, los olores cobran vida propia. El aroma del pan recién hecho que se escapa de una tahona, el café que se cuela por la ventana de un bar, el azahar en primavera o ese tufillo a gasolina que te recuerda que la ciudad nunca duerme del todo. Y, entre tanto, tú, con tu bici, esquivando charcos o bolardos arrancados de cuajo, sorteando coches aparcados en doble fila o peatones absortos en la pantalla del móvil mientras cruzan la calle, y saludando a ese perro que siempre ladra desde el mismo balcón, como si fuera el guardián del barrio.
Fomentar la comunidad
A un palmo del suelo descubres que no estás solo. Que no estás sola. Que puedes interactuar con los demás. Desde el repartidor que reclama que eso de ser falso autónomo que se lo coman los ceos de sus compañías, a estudiantes cargados de mochilas camino del instituto o la universidad. Jubiladas que se atreven a lidiar en las calles, con millenials o con baby boomers como ellas, en ruta a la sesión de pilates o de la universidad de mayores. Padres con silletas adosadas al portaequipajes en las que los más pequeños empiezan a ver el mundo de otro modo o simples asalariados in itinere. Nada de lo humano te es ajeno en el asfalto, carriles o veredas. Es la hora de fomentar la comunidad, la conexión sin wifi.
A un palmo del suelo, en definitiva, es una nueva cita con quienes tienen La Opinión entre sus manos o en sus pantallas. Una humilde tabla sobre la que colocar el repaso a la actualidad con otros ojos, de manera reflexiva, serena, crítica, inconformista y sincera. En compañía de la mirada y los trazos de una joven artista. Con las alforjas repletas de pareceres en medio del ruido. La apuesta queda aquí, frente a la inmediatez, la escasez de caracteres, el impacto emocional y el conflicto sin sentido. Ustedes juzgarán.
Hace unos días fui testigo de un hecho singular. En un acto de graduación de policías locales tuvo un especial protagonismo un joven músico cartagenero, Miguel Alcantud, que interpretó al arpa unas piezas musicales en distintos momentos del programa. Miguel es ciego. Al nacer tuvo unos problemas médicos que le causaron problemas de movilidad, tanto en sus manos como en sus pies. Se desplaza en sillas de ruedas. Es una persona dependiente y, de manera autodidacta, ha encontrado en la música una forma de expresión de su carácter para superar cualquier tipo de limitación. Sus interpretaciones conmueven.
Resulta que, al término de la ceremonia, Miguel quiso dirigirse a los nuevos agentes de la Policía Local. Y lo hizo tras la fotografía oficial con un agradecimiento y una petición. Esta última tenía que ver con la invitación a que, en su trabajo diario, estuvieran muy pendientes de las personas con discapacidad. Las gracias eran extensivas a todos los servidores públicos que cuidan, especialmente, a quienes tienen limitaciones físicas o mentales. No quería dejar pasar su gratitud anticipada a estos nuevos policías locales con el fin de que sean sensibles a quienes se enfrentan a diario a sus carencias.
Es tiempo de dar gracias a quienes luchan por la paz y la solidaridad, por su compromiso encarnado, porque son ejemplo y modelo para seguir, como así lo fue Jesús de Nazaret
Cuánto nos cuesta agradecer y qué poco reclamar o maldecir. Incluso en este tiempo que tenemos por delante, en el que a menudo reblandece la condición humana, resulta difícil escuchar palabras de reconocimiento a los otros, a los prójimos. De ahí que, frente a la sempiterna algarabía de luces y cenas, compras compulsivas y emociones desbocadas, sea el momento para expresar desde aquí una mirada correspondida, en estos días turbulentos, a muchas buenas gentes que pululan en mitad de nuestras vidas.
Ocuparse por la paz
Es tiempo de dar gracias a quienes luchan por la paz y la solidaridad, por su compromiso encarnado, porque son ejemplo y modelo para seguir, como así lo fue Jesús de Nazaret. La mirada de los niños y niñas gazatíes, ucranianas, africanas y de cualquier otra parte de la tierra es motivo suficiente para ocuparse por la paz.
Es momento de dar gracias a quienes se afanan procurando esperanza en esta vida, sobre todo a las personas que más sufren, las excluidas y afectadas por la pobreza, las personas inmigrantes no acogidas, las mujeres víctimas de actitudes machistas, las mayores que son apartadas y la infancia a la que no se le da futuro. Gracias por acompañarlas y darles esperanza.
Conmover los corazones
Es instante de dar gracias a quienes sonríen y contagian la risa, porque su alegría es el alimento que nos impulsa a las personas creyentes a transmitir el mensaje de Jesús nacido en Belén. Una sonrisa es capaz de conmover a los corazones más duros, más golpeados y rígidos. Ese cosquilleo merece de verdad la pena.
Es circunstancia dedar las gracias por las voces de quienes denuncian la injusticia y, a su vez, anuncian la utopía de otro universo, de que otro reino es posible, porque con su voz nos hacen sentir de manera consciente de que es posible construir otro mundo, alejado, eso sí, de la maldad, de la iniquidad.
Iluminar el mundo
Es un período para dar gracias por el planeta, por esta tierra que tenemos, por su belleza, por sus recursos que nos nutren. Gracias, porque siga siendo ese padre y madre que acogen a sus criaturas. Ese lugar, esa casa, que precisa de nuestro cuidado.
En definitiva, es comienzo sentido y grato para dar gracias por el amor de ese Jesús de Belén, que es la luz que vino a iluminar este mundo y nos colma de alegría y de buen humor. A creyentes y a quienes no lo son. A judíos y a gentiles. A cada quisque. Que aquí hay grandeza desbordada, de la que contagia a propios y a extraños. A personas nativas y a quienes llegan de otras tierras. Es tiempo de manos anudadas, de brazos extendidos y de corazones ardientes repletos de generosidad para repartir a raudales.
Tres curas acaban de escribir y publicar dos libros. De esos tres sacerdotes, dos están casados. Uno ha sido cura obrero, otro está empeñado en no dejar escapar la oportunidad de visibilizar su opción por los más pobres aquí en la Región de Murcia y con los refugiados en diversas partes del planeta. Y todos ellos decidieron en algún momento de su vida que su ministerio sacerdotal había que derramarlo en medio del mundo, alejado de oropeles y del boato, de un cometido que no fuera el de encarnarse en realidades que habitualmente parecen destinadas a otro tipo de personas. Una utopía compartida… en el tajo.
Amigos y compañeros
Hablar de Joaquín Sánchez Sánchez (Vilanova de Sau, Barcelona, 1962) y de Fernando Bermúdez López (Alguazas, Murcia, 1943) es hacerlo de dos amigos y compañeros en mil batallas por la solidaridad y el compromiso. Habitualmente aparecen en medios de comunicación, bien como destacados columnistas o como activistas frente a los desahucios, concentraciones en favor de las personas refugiadas, los derechos humanos y la cercanía a quienes son descartados del sistema. Joaquín Sánchez es la bondad personificada, portador de un corazón tan grande para amar que a veces le juega una mala pasada, capellán de prisiones y de centros de salud mental o de mayores. Fernando Bermúdez, con su barba cana, es la imagen de quien un día llegó a América Latina y se enamoró de su pobreza y rebeldía, de su pasión para vivir la fe de otra manera distinta a la que estaba acostumbrada en estas tierras. Y para dialogar entre las religiones desde una posición de igual a igual.
Diálogo epistolar
En La utopía compartida (Alianza Con-Vida 20, 2023) ambos entablan un diálogo epistolar repleto de reflexiones sobre todo aquello que les inspira en sus diferentes opciones de vida. Desde el sentido de la acción sociopolítica a la crisis de la ética, desde la conversión y el sentido de la propia vida a la corrupción y, paradójicamente, a los signos de esperanza o al Reino de Dios. Del diálogo interreligioso a preguntarse si las religiones sirven para algo. Por supuesto, sin dejar pasar la Iglesia que sueñan, los retos ante la vida y la declaración de principios de que el amor vence los discursos de odio.
Y para culminar este libro escrito a cuatro manos, un regalo tras este intercambio de cartas: su credo. Una confesión repleta del alimento de la fe y la esperanza de que este mundo tiene sentido, bajo el impulso de la utopía en la búsqueda de nuevos horizontes. Desde sentir a Dios como una fuerza espiritual, trascendente, en el corazón del Universo, infinitamente mayor que cualquiera de las religiones que lo hacen suyo. Una declaración de fe en Jesús de Nazaret, de su encarnación en los últimos y de su anuncio de la buena noticia y esperanza para las personas empobrecidas. Una proclama acerca del Reino de Dios en la historia presente que es capaz de convertir los corazones agrietados de los hombres y mujeres en semillas de liberación, en una Iglesia nueva soñada que ama a María que «sacó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes».
Mantener la memoria
El tercero de los autores es Pedro Castaño Santa (Yecla, Murcia, 1940), cura obrero afincado desde los comienzos de su ministerio en Cartagena y del que hace unos meses dimos cuenta de La otra cara de la Catedral Antigua (2022), un retrato de lo vivido en la parroquia de Santa María la Antigua entre los años 1967 y 1976, en los que estuvo adscrita a la Diócesis de Cartagena. Su anterior trabajo, en el que en sus poco más de cien páginas, logra cumplir el principal objetivo que le llevó a remover recuerdos y a recopilar documentos y fotografías de esos años: mantener viva la memoria de lo que allí aconteció.
Pedro Castaño acaba de publicar En el tajo. Avatares de un cura en su trabajo (octubre 2023), prologado por el historiador y secretario comarcal de CC.OO. José Ibarra Bastida, en el que se narra todo su periplo vital como cura obrero desde sus tiempos de seminarista, atravesado por el impulso que estos testimonios de encarnación en el mundo del trabajo llevaron a cabo los curas obreros franceses. Una inspiración que le llegó de la mano de los grupos de Jesús Obrero, la experiencia de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y de la presencia de Guillermo Rovirosa, primer promotor de la HOAC, y del sacerdote Tomás Malagón, en el propio Seminario Mayor de Murcia.
Encarnación en el mundo obrero
A lo largo de sus páginas podemos conocer los diferentes lugares de trabajo que este yeclano conoció desde adolescente, en su pueblo, y ya de joven, en la vendimia francesa. Su verdadero bautismo como cura obrero, como él mismo reconoce, en Unión Explosivos Río Tinto, ya en Cartagena, en empresas auxiliares, en la Refinería de Escombreras, su posterior despido, el paso por la cola del paro hasta llegar a una empresa auxiliar de Bazán, para luego emplearse en otra de jardinería. Un periplo como estibador frustrado, pescador, reparador de barcos de recreo, librero en Espartaco durante unos meses y miembro de una cuadrilla de yesaires o yeseros en Zamora y Cocentaina (Alicante), así como en La Palma, hasta recalar en Correos, donde conoció diferentes destinos hasta su jubilación. Un recorrido vital en el que ha primado siempre su deseo de encarnación en el mundo obrero. Desde su condición sacerdotal, aunque en un momento de su vida decidiera unirse a Rosa, su mujer, con la que ha tenido dos hijos y nietos.
Dos libros que son unos nuevos hijos para estos jóvenes inquietos, ministros de la utopía, la dignidad y el compromiso. De la esperanza que no desfallece.