En Murcia, cuando empieza a oler a verano, la ciudad se convierte en un tablero de ajedrez jugado por gente con prisa. El coche que te adelanta como si la Gran Vía fuera la M‑30, la furgoneta en doble fila “un momentico”, el repartidor que se juega la vida en cada rotonda… y tú, en la bici, haciendo equilibrios como quien encadena contratos temporales: hoy carril, mañana bordillo, pasado un “ya te apañarás”. Y justo ahí, en mitad del zigzag, llega el Primero de Mayo y te recuerda que el trabajo —eso que debería sostener la vida— a veces la muerde.
Hay quienes lo han dicho sin rodeos, como en el manifiesto de la HOAC de Murcia: esta Región se sostiene sobre espaldas que casi nunca salen en la foto. Las de quienes trabajan en las fincas del Campo de Cartagena, Mazarrón o el Guadalentín; en el manipulado de fruta; en la hostelería que “nunca descansa”; en los cuidados invisibles; en los barrios donde la precariedad se nota “más que las estadísticas”, en los servicios públicos. Con el parte real del día: jóvenes que no pueden emanciparse, mujeres con doble jornada y brecha salarial, personas migrantes sosteniendo sectores enteros desde la vulnerabilidad. No es un panfleto: es un aviso de alerta naranja.
Álbum familiar
Y ahí, inevitablemente, me sale el álbum familiar. Mi padre —mecánico fresador— volvía a casa con resto de grasa en sus agrietadas manos y esa dignidad callada de la gente que no presume. De niño fui testigo de sus reuniones en un lúgubre local del centro de Ibi como enlace sindical del Sindicato Vertical en la industria juguetera y del metal. Dicho hoy suena a arqueología, pero entonces era pelear ‘infiltrado’ lo posible donde se podía: mejorar horarios, apretar por seguridad, actuar entre el taller y una estructura pensada para que nadie levantara la voz. Tenía clara su conciencia de clase y su lugar en el mundo. Y eso, aunque no lleve sello, es doctrina social de la buena.
Como mi madre, maestra, por otra vía: la de la renovación pedagógica cuando renovar era ponerse en el punto de mira y del lado de los más vulnerables. Más tarde, su compromiso en el recién creado Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza -y después en CCOO– fue la prolongación natural de entender la escuela como herramienta de justicia. Ella me enseñó que “derechos” y “deberes” solo se sostienen si la vida cotidiana los acompaña. Y que sin organización, la buena voluntad dura lo que dura un recreo.
Iglesia que dialoga
Por eso me encaja tanto que el Primero de Mayo sea también la fiesta de san José Obrero, y que la Iglesia —cuando está fina— no venga a dar lecciones, sino a dialogar con el mundo del trabajo, a apoyar demandas justas, a “colaborar con la sociedad civil” para afrontar los problemas reales. Lo saludable no es solo respirar menos humo en Ronda Sur: es trabajar sin miedo, sin precariedad, sin que la vida se deshilache por los bordes.
Hay una frase que debería estar en cada rotonda: “ninguna economía es legítima si deja atrás a quienes hacen posible la vida”. Traducido al carril bici: si tu modelo depende de que alguien pedalee (o coseche, o cuide, o friegue) con el corazón en la boca, es que vas sin luces… y sin frenos. Y hay otra: la esperanza “no es ingenuidad”. Es la certeza de que cuando las personas trabajadoras se unen, dialogan y se apoyan, la sociedad avanza. Incluso cuando el coche te pita, cuando el carril se corta, cuando te empujan a la cuneta. Avanza, porque si no, te acostumbras.
Trabajo digno
A menudo me acuerdo en cada cruce, donde siempre hay alguien jugándose la vida para llegar a fin de mes, de mi padre y su fresadora, de mi madre y su claustro, y de esa idea sencilla y exigente: trabajo digno para una vida digna. Que el semáforo en rojo no sea un estorbo, sino una invitación a parar y pensar.
Porque detrás de cada “trabajo digno” hay una vida concreta: la de quien vuelve reventada y aun así hace la cena; la de la quien cuida a otros y nadie la cuida; la del que cruza media ciudad en bici para después subirse a una furgoneta; la del que, en muchos lugares, no vuelve a casa.
No acostumbrarse
A veces me preguntan si sirve de algo escribir estas cosas. Yo qué sé. Pero sé esto: mientras vea a alguien con chaleco reflectante al borde de una rotonda, o a una limpiadora saliendo con el sol bajo, o a un chaval esquivando coches con una mochila de reparto, me haré una promesa doméstica: no acostumbrarme. Porque el mundo se sostiene por gente que no sale en los titulares o en el TikTok. Y el Primero de Mayo existe para recordarlo.
