Hay fenómenos sociales que no llegan de golpe: no hacen ruido, no vienen con sirenas ni ocupan titulares durante semanas. Se instalan poco a poco en la vida cotidiana hasta que un día descubrimos que condicionan casi todo. Qué les voy a contar que no sepan. Mejor dicho, que no hayan padecido ustedes, sus padres o sus hijos. Sí, les hablo de la vivienda.
Según una reciente encuesta sobre la situación residencial en España, ocho de cada diez personas creen que garantizar el acceso a la vivienda debería ser prioritario, y cada vez más ciudadanos la ven como uno de los principales problemas del país. El barómetro de octubre del CIS refleja un aumento de 18,2 puntos en la preocupación por la vivienda tras las movilizaciones y el caso Maricarmen. También muestra amplio respaldo a proteger a las personas vulnerables frente a los desahucios y a medidas de intervención pública, aunque los decretos del Gobierno dividen a la ciudadanía.
Puntuales a la meta
No hace falta leer estadísticas para verlo. Basta escuchar cualquier conversación en un bar, en la cola del supermercado o en la puerta de un instituto: siempre hay alguien que busca alquiler sin éxito, una pareja que aplaza sus planes o unos padres que siguen compartiendo casa con hijos que ya deberían haberse independizado.
El otro día, al leer unas reflexiones sobre la vivienda desde el ámbito cristiano del economista Enrique Lluch, pensé en una imagen muy murciana y ciclista. Imaginemos la sociedad como una gran avenida con carril bici: algunos avanzan en bicicletas eléctricas de última generación; otros pedalean en una vieja bici heredada; y muchos ni siquiera han podido subirse porque el precio de la bicicleta se ha disparado, aunque se les siga exigiendo llegar puntuales a la meta.
Algo parecido ocurre con la vivienda. Nos hemos acostumbrado a hablar del problema como del tiempo: que si los alquileres están imposibles, que si los pisos vuelan, que si la gente joven se marcha donde puede… Lo decimos con resignación, como si fuera inevitable y no tuviera responsables, decisiones ni consecuencias.
Exclusión silenciosa
Pero no estamos ante una tormenta pasajera, sino ante una forma silenciosa de exclusión. Hay personas que trabajan, madrugan, pagan impuestos y sostienen servicios esenciales y, aun así, no pueden acceder a una vivienda digna. Hacen lo que la sociedad les pide y descubren que el premio prometido se aleja cada año un poco más.
Es como pedalear durante horas cuesta arriba y descubrir que alguien ha movido la meta justo cuando ibas a alcanzarla. Y cuando protestas, siempre aparece algún experto en optimismo obligatorio o en psicología positiva para decirte que te esfuerces más. Porque, al parecer, los precios bajan solos si uno desayuna fuerte y mantiene una actitud positiva.
La tradición cristiana, más sensata de lo que a veces creemos, siempre vio la vivienda como algo más que una propiedad. Una casa es refugio, estabilidad y arraigo: el lugar de las fotos familiares, las heridas curadas, los cumpleaños y esa silla medio rota que nadie tira porque aún forma parte de la historia.
Ilustración de NANA PEZ
Sin embargo, hemos terminado hablando de viviendas como quien analiza la Bolsa: metros cuadrados convertidos en mercancía, hogares en activos y vecinos en oportunidades de negocio. Y surge una pregunta incómoda para creyentes y no creyentes: ¿cuándo aceptamos que la rentabilidad valía más que la dignidad?
Cuando el mercado se vuelve una religión laica, aparecen paradojas difíciles de explicar: personas que buscan una habitación mientras otras acumulan viviendas como trofeos.
Viviendas para vivir
Quizá el gran desafío sea recuperar una idea sencilla y revolucionaria: una vivienda está hecha para vivir, no para especular. Detrás de cada contrato hay una persona; detrás de cada desahucio, una historia; detrás de cada joven que sigue en casa de sus padres, muchas veces, no hay un fracaso individual, sino colectivo.
Mientras tanto, seguimos pedaleando. Algunos avanzan por avenidas perfectamente asfaltadas.
Otros esquivan baches, bordillos y obstáculos. Y algunos siguen esperando una bicicleta que nunca llega. Lo preocupante no es solo que la carrera sea injusta, sino que hayamos empezado a verlo normal. Cuando una injusticia se convierte en paisaje, ni siquiera el timbre de una bici consigue despertarnos.
Si algo demuestra la historia reciente de esta tierra es que los cambios importantes rara vez nacieron de la resignación. Llegaron cuando hubo gente que decidió levantarse de su sillón y se unió con otra gente. Vecinos que reclamaron el soterramiento de las vías en la ciudad de Murcia. Colectivos que defendieron el Mar Menor cuando parecía una causa perdida. Asociaciones que abrieron espacios donde nadie los esperaba. Personas corrientes que entendieron algo muy sencillo: que la ciudadanía no es un público que observa, sino un actor que participa.
Ese movimiento se puso en marcha frente a palabras que se nos cuelan en la vida sin hacer ruido. Que presiden nuestras conversaciones, nuestros encuentros familiares. Se sientan a la mesa, viajan con nosotros en el autobús y se acomodan en las tertulias y en la barra de cualquier bar o en terrazas que se precien. Una de ellas es «resignación». Otra, todavía más peligrosa, es «fatalismo».
El fatalismo es esa voz que nos susurra que las cosas son como son y que poco podemos hacer para cambiarlas. Que el Mar Menor ya no tiene remedio. Que los jóvenes tendrán que acostumbrarse a vivir encadenados a contratos precarios y alquileres imposibles. Que los servicios públicos irán a menos. Que la política es cosa de otros. Que protestar no sirve para nada. Que la cultura es un entretenimiento para quien puede permitírselo. En definitiva, que más vale adaptarse que intentarlo.
Ejemplos en la Región de Murcia
Lo más curioso es que la realidad suele llevarle la contraria. Quizá por eso me he sumado desde su gestación a la iniciativa «Hacer Región, salir del fatalismo», que se presentó públicamente esta semana y reivindica la esperanza como una forma de compromiso. No una esperanza ingenua, de las que esperan milagros desde el sofá o frente a la pantalla de un teléfono. Hablo de una esperanza activa, de las que se remangan. De las que entienden que el futuro no es un lugar al que llegamos, sino algo que vamos construyendo entre todos. Entre todas.
Pese a que pueda parecer lo contrario, la Región de Murcia está llena de ejemplos. Los encontramos en los barrios, en las asociaciones vecinales, en las cooperativas, en los colectivos culturales, en quienes dedican tiempo a cuidar el territorio o acompañar a quienes más lo necesitan. Personas que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen una parte importante de la vida común.
Ilustración de NANA PEZ
Energías dispersas
No obstante, muchas veces esas energías aparecen dispersas. Cada cual pelea su batalla en su rincón. Cada grupo defiende su causa. Cada persona intenta arreglar lo que tiene más cerca. Y aunque eso ya es valioso, quizá estamos descubriendo que también hace falta encontrarse, escucharse y reconocerse mutuamente.
Porque los problemas que afrontamos son demasiado complejos para resolverlos solos. La emergencia climática, la desigualdad, el acceso a la vivienda, la calidad de los servicios públicos o la convivencia democrática exigen algo más que indignación y mensajes en redes sociales. Exigen conversación, organización y confianza colectiva.
Parto de la base de que esto no es fácil. Hay intereses económicos que pesan. Hay discursos que alimentan el miedo y la división. Hay quien obtiene beneficios cuando la gente deja de creer en sí misma. Pero precisamente por eso conviene recordar una verdad incómoda: ningún avance social importante ha llegado nunca gracias al conformismo.
Derechos peleados
Todos los derechos que hoy consideramos normales fueron, en algún momento, una idea improbable defendida por personas que se negaron a aceptar que las cosas eran inmutables. Fueron peleados por unos pocos, como el derecho de huelga, y lo conseguido se extendió al común de los normales. Recordémoslo en las próximas semanas cuando oigamos a un ejército de agoreros desacreditando la convocatoria del 11 de noviembre.
Tal vez el primer paso no consista en cambiar el mundo. Tal vez sea algo más sencillo. Consista en negarnos a repetir que nada puede hacerse. En mirar alrededor y reconocer a quienes ya están trabajando por mejorar las cosas. En recuperar la convicción de que el futuro sigue abierto.
Porque, al fin y al cabo, el fatalismo siempre ha sido un pésimo arquitecto del mañana. Y la esperanza, cuando se organiza, suele tener bastante más fuerza de la que imaginamos.
Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraño al que nadie presta atención. El traqueteo está ahí. Los síntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la avería está a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del día a día tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que debería alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.
No siempre es un gran acontecimiento. A menudo es una imagen. Una fotografía. Un vídeo grabado con un teléfono móvil. Una escena tan sencilla que cualquiera podría haber pasado por delante de ella cien veces sin detenerse. Y, sin embargo, algo sucede. La imagen atraviesa la costra de la indiferencia colectiva y se instala en la conciencia de miles de personas. El desalojo de Maricarmen, sin ir más lejos, es un ejemplo.
Lo curioso es que el problema ya existía antes de que llegara ese momento. Desde hace años, desalojos como ese venían produciéndose a diario. Un malestar controlado que, sin apenas repercusión, por ejemplo, en los medios, llevaba años ocurriendo. Pero el malestar estaba acumulado. Las razones objetivas para la protesta sobraban. Lo único que faltaba era el detonante.
Historia de ejemplos
La historia reciente está llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niño sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecía dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habían mirado hacia otro lado.
Las imágenes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya más de veinte años, movilizaron a jóvenes de toda España. Hizo lo propio, más recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario público lo que estaba pasando en el país de las libertades.
Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades españolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son más intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaña, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el país entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahí.
De repente, aquello ha dejado de ser un problema de unos cuantos jóvenes para convertirse en una conversación nacional. Y entonces ha ocurrido algo que también se repite con frecuencia. Los partidos políticos reaccionan, aunque no todos. Los medios multiplican la atención. Los tertulianos descubren de la noche a la mañana un asunto que hasta entonces apenas ocupaba espacio en la agenda. La opinión pública comieza a moverse.
Forma de ver la realidad
Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un día para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias políticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho más elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadística. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.
No somos ingenuos. Estos latigazos de realidad no llegan a todos. Ni tampoco un detonante lleva aparejada una respuesta transformadora. Las escenas de la crisis humanitaria vivida en Ceuta hace dos meses, convenientemente utilizadas en un clima polarizado y sembrado de odio al diferente (cuando es pobre, claro), también son capaces de encerrarnos más en los prejuicios y en el rechazo. Si, además, son abonadas por quienes desde la política institucional buscan alcanzar sus objetivos de llegar al poder al precio que sea, el cóctel está servido.
Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartábamos la vista. Nos recuerdan que detrás de los porcentajes hay personas. Quizá por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada más poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.
Una: el martes pasado, Antonia Mayol veía aplazado el desahucio de la vivienda que había comprado hace casi treinta años en Alcantarilla. El fondo buitre que la adquirió parece que no se aviene a negociar. Dos: Maricarmen, una mujer de 87 años fue desahuciada el miércoles por la noche de su casa en Madrid, tras siete décadas viviendo en ella. Este hecho ha provocado una gran reacción social que se echaba de menos. Tres: la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) centra este año su atención en las consecuencias que tiene para las personas y las familias trabajadoras, especialmente para las personas jóvenes, la negación práctica del derecho a la vivienda.
Estas noticias no son solo noticias. Son bofetadas. Las tres en su conjunto son historias que se tocan como dos cables pelados. Menudo chispazo. Realidad pura. Porque lo que ocurre con ambas mujeres no es una excepción, sino el rostro más crudo de la realidad en la que cuando el derecho a la vivienda y el derecho al trabajo se convierten en mercancía, la vida se vuelve un ejercicio de supervivencia.
Vida digna
Y eso, aquí en la Región de Murcia, lo sabemos bien: las ejecuciones hipotecarias se dispararon en el primer semestre en la Región de Murcia hasta alcanzar los niveles de la pandemia. Los procedimientos aumentaron casi un 40 por ciento en el último año tras registrar un total de 475 durante el primer semestre, la cifra más alta desde 2021. Adrián González nos lo recordaba hace unos días en las páginas del diario La Opinión.
Trabajo y vivienda son dos derechos que deberían sostener una vida digna, no dinamitarla. Pero hoy funcionan como dos puertas cerradas: salarios que no alcanzan, alquileres que se disparan, jóvenes que encadenan contratos de semanas y familias que viven con la angustia de no saber si podrán pagar el mes siguiente.
Y mientras tanto, en Madrid, una anciana es expulsada de su casa porque una inmobiliaria decidió multiplicar por cinco el alquiler. No por necesidad, sino por lógica de mercado, esa que convierte la dignidad en una línea de Excel. Incluso rechazaron el pago íntegro garantizado por una persona solidaria. Ahí está el punto: cuando la vida se mide en rentabilidad, la justicia se queda sin sitio.
Ilustración | NANA PEZ
Escenas de parábola
Las escenas de estos desahucios son casi una parábola: una anciana en camilla, una mujer en silla de ruedas acompañada por su hija y su nieto. En el caso de la capital de España, con cientos de vecinos gritando que no está sola y poniendo negro sobre blanco el escándalo del ático de Ayuso. En nuestra Región, con el calor de la buena gente de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). Frialdad institucional frente a calor comunitario.
No hace falta irse a Madrid para ver la herida. Aquí, en nuestros barrios, hay jóvenes que viven en habitaciones de paso, familias que destinan más del 50 por ciento del sueldo al alquiler, y las personas trabajadoras que, aun con dos empleos, no pueden plantearse un futuro estable. La imposibilidad de construir una vida digna cuando trabajo y vivienda fallan a la vez es exactamente lo que vemos cada día en la calle, en las plazas de abastos o en los mercadillos, en los portales donde la gente hace cuentas con miedo.
Propiedad privada, bien absoluto
Cuando la política se dedica a intercambiar culpas y no protege a los vulnerables, deja de servir al bien común. Y cuando los fondos buitre imponen su lógica sin alma, la vida humana se vuelve un daño colateral.
Lo que está en juego no es solo un piso. No es solo un contrato. No es solo una anciana o una mujer con problemas de movilidad. Es el modelo de sociedad que estamos construyendo: una donde la propiedad privada se trata como un absoluto, olvidando que está subordinada al bien común; una donde la fragilidad se enfrenta en ocasiones a despliegues policiales desproporcionados.
Maricarmen ha sido desahuciada. Antonia ha visto un nuevo aplazamiento. Pero sus historias, como las de tantas personas en Murcia y en toda España, nos obligan a mirar de frente lo esencial: la humanidad, la compasión y la justicia. Lo que está en juego no es solo un hogar. Es la posibilidad de vivir sin miedo.
Que se lo digan a las dos políticas murcianas que han visto recientemente cómo son insultadas y amenazadas en el universo digital. Si ya han tenido ocasión de sufrir ataques incluso en la Asamblea Regional o en la tribuna de las ruedas de prensa, de nada sirve justificarlo con aquello de que “esto pasa en todas partes”. También pasa aquí, en la Región de Murcia. En nuestros institutos, en los grupos de WhatsApp del barrio, en los comentarios de las noticias regionales, en los perfiles de TikTok de adolescentes que viven en Espinardo, en La Palma, en La Hoya. La violencia digital contra las mujeres no es un fenómeno abstracto: es una sombra que atraviesa la ciudad como el Segura cuando baja turbio.
El informe del Parlamento Europeo de la pasada primavera Derechos de las mujeres y democracia: combatir los estereotipos, la desinformación y la violencia en la era digital—ese que afirma que la misoginia es el odio más prevalente en las plataformas digitales— podría parecer un diagnóstico lejano, de Bruselas, de despachos con moqueta. Pero basta con pasar diez minutos leyendo los comentarios de cualquier noticia sobre igualdad en los diarios para comprobar que no exagera. Aquí también se insulta, se ridiculiza, se cuestiona, se amenaza. Aquí también hay chicas que reciben mensajes que las humillan y mujeres que ven su imagen manipulada sin permiso.
No son casos aislados
En los institutos de la Región, los orientadores cuentan que cada vez más adolescentes llegan con problemas de ciberacoso, difusión no consentida de imágenes íntimas o stalking. No son casos aislados: son síntomas de una cultura que ha normalizado que la vida digital sea un territorio sin ley. Y cuando la víctima es una chica, el ataque suele ser más cruel, más sexualizado, más persistente.
En los pueblos, las madres hablan entre ellas de perfiles falsos que suplantan identidades, de fotos robadas, de insultos que se repiten como un eco. En las pedanías, hay adolescentes que han aprendido a borrar mensajes antes de que los vean en casa. Y en la universidad, muchas estudiantes saben que basta con opinar en redes para que aparezca alguien dispuesto a “explicarles” cómo deberían comportarse, vestir o callar.
Veneno que circula
La manosfera (o machosfera) también ha llegado aquí. No hace falta buscar foros incel en inglés, o espacios digitales en los que se difunden discursos antifeministas, de supremacía masculina y subordinación de las mujeres: basta con entrar en ciertos canales de Telegram o en algunos directos de TikTok donde jóvenes repiten discursos de supremacía masculina como si fueran verdades reveladas. El informe europeo dice que en uno de los principales foros incel el 16 por ciento de las publicaciones contenía insultos misóginos. Aquí no tenemos ese porcentaje exacto, pero cualquiera que escuche a los chavales hablar de “feminazis” o “hipergamia” sabe que el veneno ya circula.
Y luego están los deepfakes sexuales, esa tecnología que convierte la imagen de una mujer en un arma contra ella. Entre 2019 y 2023, los vídeos manipulados aumentaron un 550 por ciento. El 98 por ciento eran pornográficos. El 99 por ciento de las víctimas eran mujeres. No hace falta imaginar grandes conspiraciones: basta con pensar en una chica de Molina de Segura que ve su cara en un vídeo que nunca grabó. O en una profesora de instituto que descubre que circula un montaje suyo entre los alumnos. La inteligencia artificial no ha creado la misoginia, pero la ha amplificado. Le ha dado velocidad, anonimato y alcance.
Farolas digitales
El informe europeo habla de continuum de violencia: lo que ocurre online refuerza, prolonga o desencadena daños fuera de la red. Y en Murcia lo vemos cada día. Una chica que recibe insultos en Instagram puede dejar de salir sola por la noche. Una mujer que sufre acoso digital puede sentir miedo en su propio barrio. Una adolescente que ve su imagen difundida sin permiso puede abandonar actividades, amistades, espacios. La violencia digital no es virtual: es real. Y se nota en la forma en que caminamos por la ciudad.
Necesitamos farolas digitales. Educación afectivo-sexual en los centros, alfabetización mediática en las familias, protocolos claros en las instituciones, responsabilidad en las plataformas. Y, sobre todo, una ciudadanía que no mire hacia otro lado cuando vea odio, que no normalice lo que daña, que no confunda libertad de expresión con violencia. Porque si internet es una plaza pública sin farolas, entonces habrá que encenderlas. También aquí. También ahora.
Hace más de treinta años nació Traper@s de Emaús en la Región de Murcia de la mano de un grupo de lunáticos que pretendían abogar por un concepto peculiar de empresa social solidaria. Lo hacían con un sencillo lema: “Lo aparentemente inútil para los aparentemente inútiles: un trabajo social y solidario”. De las buenas intenciones repletas de utopía pasaron a concretar una estructura societaria centrada en el reciclaje y la recuperación, similar a la que sus hermanos de Pamplona habían puesto en marcha a partir de la experiencia impulsada por el abbé Pierre desde 1949 en Francia.
Inserción social y laboral, calidad de vida de todas las personas y compromiso con el entorno natural y humano eran los tres pilares sobre los que se sustentaba ese proyecto. Un proyecto que sentí como propio desde sus comienzos, y así lo reflejé en un artículo publicado en octubre de 1995 y que siempre ha sido una de las primeras cartas de presentación de lo que ha sido la trayectoria de Traper@s Región de Murcia.
Oscuras perspectivas
Nunca lo han tenido fácil, porque tras constituir la empresa de inserción (de personas en situación de exclusión) dedicada al reciclaje y trabajar con numerosas instituciones públicas ahora se les presentan unas oscuras perspectivas. Y a ello voy. Cuando un modelo funciona durante años, romperlo exige algo más que un “cambio de procedimiento”. Estamos en Molina de Segura, y vemos con sorpresa cómo el Ayuntamiento ha decidido que el contrato de recogida de papel y cartón ya no necesita reservarse para empresas de inserción. Que cualquiera puede presentarse. Que lo social, si eso, ya se verá.
Y uno se pregunta si de verdad alguien cree que la inclusión socio laboral brota sola, como las acelgas en las acequias o las collejas en mitad del campo. Porque Traperos Recicla lleva más de dos décadas demostrando lo contrario: que la inserción se trabaja, se acompaña, se sostiene y, sobre todo, se financia.
Artículo publicado en el diario La Verdad el 21 de octubre de 1995.
Laboratorio de contratación
Es bueno saber que desde 2005 las distintas corporaciones municipales han mantenido este modelo mediante la incorporación de cláusulas sociales. Y no es una frase cualquiera: es la constatación de que Molina de Segura ha sido, durante años, un pequeño laboratorio de contratación pública responsable. Un lugar donde recoger papel y enseres no era solo recoger papel, sino dar trabajo a quienes más difícil lo tienen.
Pero ahora, de repente, el modelo se abre a la libre concurrencia. Y claro, libre concurrencia suena muy bien en los pliegos, algo muy técnico, muy europeo, muy procedimiento abierto. Pero en la práctica significa que Traperos Recicla —una empresa de inserción con 23 contratos de personas vulnerables y una plantilla media de 42 trabajadores— tendrá que competir con empresas que no tienen esa carga social, ni esa misión, ni ese compromiso. Competir con quien solo mira números, no vidas.
Igualdad de oportunidades
Y aquí es donde uno empieza a sospechar que la pobreza siempre pierde cuando quienes ostentan el poder de decisión política de tomar decisiones en la Administración se ponen tecnocráticos. Porque mientras se habla de eficiencia, de concurrencia y de igualdad de oportunidades entre empresas, se olvida la igualdad de oportunidades entre personas.
Los ingresos del contrato suponen el 65 por ciento de la financiación total de la empresa. Si se pierde, no hablamos solo de un cambio de proveedor, hablamos de un terremoto social. Traperos Recicla ha invertido más de 250.000 euros en vehículos y equipamientos confiando en la continuidad del modelo. Y ha renovado por cinco años el alquiler del Centro de Preparación para la Reutilización, con un coste fijo de 3.000 euros mensuales. ¿Cómo se llama esto? En cualquier manual de empresa: planificación estratégica. En cualquier manual de Administración Pública: generar confianza en el proveedor social.
Confianza caducada
Pero en Molina, por lo visto, la confianza ha caducado. La ausencia de reserva puede dificultar seriamente su capacidad para competir en el nuevo procedimiento. Y uno piensa: claro que puede dificultar. Porque competir en desigualdad es competir para perder. Una confianza que sí estuvo con la anterior corporación del PSOE y Podemos, fruto de la cual ambas partes defendieron lo que consideraban justo.
A todo esto se suma la falta de diálogo, un diálogo que sí lo hubo hace años cuando se puso en marcha este tipo de colaboración incluso con un gobierno del Partido Popular de entonces. Ahora, ni una mesa, ni un café, ni un rato para escuchar. Y eso, en política local, es casi una declaración de intenciones. Resulta paradójico que mientras el Ayuntamiento de Murcia pone en valor el trabajo de Traper@s, con visita incluida de su concejala de Bienestar Social a la Comunidad Emaús, el de Molina, con alcalde popular, no dice ni pío.
Porque hablamos de un proyecto de vida para decenas de personas. Que la contratación pública puede ser una herramienta de justicia social. Que Molina de Segura ya lo sabía. Y que olvidarlo ahora sería un error histórico. La libre competencia está muy bien, pero la libre exclusión no debería ser nunca una opción.
Ilustración | Nana Pez
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En este verano de incendios, riadas, conversaciones múltiples sobre los calores sobrevenidos y destinos turísticos saturados como si no hubiese un mañana, nos hemos tropezado con la crisis humanitaria de Ceuta, una de las muchas ciudades que viven en el borde como si el mapa las hubiera dibujado con un temblor en la mano. Ciudades y territorios donde las fronteras no son líneas: son grietas. Por ellas se cuela el miedo, la política, la pobreza y, muchas veces, también la humanidad.
Las más de 72.000 personas que cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad autónoma el pasado 30 de julio son una cifra que no cabe en ninguna estadística emocional. Mientras miles de adultos fueron devueltos por mecanismos tan opacos como rápidos de “cooperación bilateral”, como ha denunciado Convivir sin Racismo—, más de mil menores quedaron bajo custodia autonómica, junto a solicitantes de asilo que esperan, como quien aguarda que amanezca, una resolución que no llega.
Convivencia desgastada
Sentimos como propio que la ciudad, agotada, ha hecho lo que ha podido: vecinas y vecinos improvisando acogidas, ONG repartiendo comida en playas convertidas en dormitorios, asociaciones sosteniendo lo que los servicios públicos no alcanzan. Y, sin embargo, lo que más ha dolido no ha sido la precariedad, sino la fractura. Porque la convivencia se ha desgastado hasta el punto de que algunos han confundido el cansancio con odio, y el abandono con permiso para la violencia. Que haya quien incendie pertenencias de recién llegados, quien impida a Cruz Roja repartir agua, quien hostigue a menores, no habla de Ceuta: habla de lo que ocurre cuando una crisis se deja pudrir. Y habla también de quienes han decidido convertir la solidaridad en sospecha, como si acompañar, documentar o asistir fuera un delito.
Leyendo el manifiesto de Convivir sin Racismo, uno no puede evitar recordar lo que Arturo Lezcano describe en El país invisible (Libros del K.O., 2025): la historia de cientos de miles de gallegos que, en dos oleadas entre 1880 y 1960, emigraron a América buscando lo mismo que hoy buscan quienes llegan a Ceuta. No eran héroes ni aventureros: eran trabajadores pobres que partían con una maleta de cartón y un futuro prestado. Y, como los migrantes de hoy, fueron invisibles.
Desaparecer sin ruido
Invisibles en los censos, invisibles en las leyes, invisibles en la memoria. Invisibles cuando trabajaban en los puertos de Buenos Aires o Nueva York, en las cocinas de Caracas, Ciudad de México, Salvador de Bahía o Río de Janeiro, en las haciendas de Cuba. Invisibles cuando enviaban remesas que levantaron casas y escuelas en Galicia mientras ellos seguían siendo “los de fuera”.
Lezcano lo resume con una frase que atraviesa el tiempo: “La emigración gallega fue un país entero que desapareció sin hacer ruido”. No podemos negar que hoy, en Ceuta, ocurre lo mismo: un país entero que llega sin hacer ruido, pero sobre el que se grita demasiado.
Criminalizar la solidaridad es degradar la democracia. No hay frontera que exima del cumplimiento de la ley, ni territorio que permita excepciones en derechos humanos. La política migratoria no puede convertirse en un campo de batalla donde unos defienden la “integridad territorial” mientras otros cargan con la intemperie.
En las concentraciones convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias participaron miles de personas bienintencionadas que expresaron su solidaridad con los ceutíes. Pero el apoyo no puede ser un disfraz para movilizaciones contra las personas migrantes, ni un altavoz para quienes buscan convertir una crisis humanitaria en un arma partidista.
Una mirada distinta a la frontera
Ceuta necesita recursos, coordinación, transparencia. Necesita que se investigue la violencia racista, que se garantice el trabajo de Cruz Roja, Elín y tantas organizaciones que sostienen lo que otros abandonan. Necesita que se cumpla la ley con los menores, que se respete el derecho de asilo, que se deje de externalizar responsabilidades hacia Marruecos como quien barre el polvo hacia la casa del vecino. Y, sobre todo, necesita que dejemos de mirar la frontera como un muro y la miremos como un espejo. Porque lo que ocurre allí dice más de nosotros que de quienes llegan.
Los gallegos que emigraron hace un siglo también fueron tratados como amenaza, como carga, como intrusos. Ellas fueron víctimas de la trata, como ocurre en nuestros civilizados países de acogida. Familias rotas, proyectos a menudo truncados, extraños en las tierras donde llegaban y extraños cuando regresaron a sus aldeas. Hoy son parte del relato sentimental de un país que olvida demasiado rápido. La invisibilidad es una enfermedad que se hereda.
La frontera no admite excepciones. La humanidad tampoco. La inacción no es una opción. Y es verdad: la frontera no admite excepciones, pero la humanidad tampoco. Ceuta está en el borde. Pero el borde no es un límite: es un lugar desde el que se ve con más claridad quiénes somos. Y, sobre todo, quiénes fuimos.
Con este calor, uno entiende casi todo. Que la gente camine pegada a las fachadas, como si las paredes repartieran salvación. Que en los bares ya no se hable del tiempo, sino de supervivencia… y del corrupto Mundial de fútbol, eso sí. Entiende incluso que ir en bici por la ciudad parezca un acto de fe: pedaleas entre coches, bordillos y carriles que aparecen y desaparecen como promesas electorales. Pero hay una cosa que ni con cuarenta grados, ni con el asfalto haciendo de plancha, termina de entrar: la facilidad con la que la política española convierte cualquier acuerdo en una traición de Estado.
En realidad, que ni siquiera se contemple la posibilidad del diálogo. Aquí parece que pactar no es pactar. Es venderse. Abstenerse no es desbloquear nada. Es arrodillarse. Es abrir el Apocalipsis con tertuliano incluido. Hemos logrado que la palabra acuerdo suene sospechosa, como si detrás vinieran siempre una mariscada, un sobre y un primo colocado.
Motivo de escándalo
Advierto, de antemano, que no he sufrido un golpe de calor acerca del disparate que les formulo. Imaginemos que dos diputados del PSOE andaluz hubieran dicho: “No nos gusta Moreno Bonilla, no nos gusta el PP y no nos gusta este viaje, pero tampoco queremos que Vox sea imprescindible. Le dejamos pasar la investidura y al día siguiente empezamos a hacer oposición hasta al color de las corbatas que llevan”. Dos votos. Nada más. Ni pacto de legislatura, ni abrazo de oso. Dos votos para que la llave no la tuviera quien convierte cada cerradura en un discurso de odio.
¿Se imaginan el escándalo? Ferraz y Génova habrían pedido sales. Las agrupaciones y las juntas locales, abanicos. Las tertulias, oxígeno. A esos dos diputados se les habría tratado como si hubieran entregado Despeñaperros en una bolsa del Mercadona. Habrían sido traidores por la mañana, irresponsables por la tarde y sospechosos por la noche. Y, sin embargo, quizá habrían evitado que el debate público entrara en esa dinámica pegajosa donde la extrema derecha deja de ser anécdota para convertirse en socio, árbitro y cobrador del frac.
Pero no. Aquí nos gusta hablar de cordones sanitarios siempre que los ate otro. Nos encanta la pureza, sobre todo cuando la factura la paga el vecino. La política española tiene alergia al gesto incómodo. Nadie quiere hacer nada que necesite dos frases para explicarse, porque vivimos en el reino del corte de vídeo, del tuit con espuma y del militante que confunde la coherencia con no saludar jamás al del bloque de enfrente. Esto ocurre especialmente en el bloque de la derecha, que siempre considera que si no está en el Gobierno es porque los otros lo han okupado.
Plus de gobernanabilidad
Mientras tanto, el país suda. Suda por las olas de calor, por las facturas, por la vivienda, por los incendios y por esa sensación pegajosa de que cada problema común acaba convertido en bronca de chiringuito entre señores que no se han puesto crema solar. Lo razonable habría sido admitir que facilitar una investidura no equivale a compartir un proyecto. Que dejar gobernar no es alquilar el alma. Que la oposición también puede empezar con un gesto inteligente y no necesariamente con un portazo teatral.
Bien es verdad que esta tesitura siempre parece tocarle al PSOE. Pero mira, es lo que tiene poseer un plus de gobernabilidad y sentido común, con valores morales al estar en el lado izquierdo de la historia. Valores que se atesoran por un pasado centenario no exento de dificultades.
Ilustración de NANA PEZ
La pregunta es otra: quién decide con quién se suma y qué precio se paga por cada suma. Porque en la vida política, como en el resto de la existencia, cada decisión abre un abanico de posibilidades: algunas cómodas, otras feas, unas rentables y otras decentes. Si dos socialistas le hubieran facilitado la investidura para que Vox no fuera necesario, habrían recibido palos de todos. Pero también habrían obligado a todos a retratarse mejor. Habrían dicho algo tan raro como esto: “No compartimos su política, pero preferimos que gobierne sin depender de quienes viven de incendiar la convivencia”. Suena exótico. En realidad, se llama parlamentarismo.
Valentía y polarización
Claro que para eso hace falta valentía, y aquí la valentía suele confundirse con subir el tono. Es más fácil llamar fascista, comunista, traidor, vendido o inútil que asumir una decisión impopular para evitar un mal mayor. Es más cómodo abanicarse con la bandera propia que sentarse a negociar con el adversario mientras afuera arden los montes y dentro arden los móviles. La política española es esa persona que se queja del calor, pero se niega a encender el aire acondicionado porque lo propuso el vecino del quinto.
Maldita polarización política que lo contamina todo. Que impide el diálogo. Que dinamita la convivencia. Que nos divide en las comidas familiares y que nos conduce a creer que quien no piensa como yo, no vota como yo o no odia como un servidor, no merece el mínimo respeto.
Mientras tanto, aquí seguimos, a un palmo del suelo, mirando las baldosas calientes y midiendo cada paso para no pisar la línea que ha pintado el partido. Como ciclistas urbanos sorteando coches, zanjas y decisiones municipales tomadas a medias, avanzamos sin carril claro y con el claxon encima. Tal vez algún día, entre una alerta naranja y una botella de agua templada, alguien descubra que pactar no siempre es rendirse. Que ceder dos votos puede ser una forma de no ceder el país entero al ruido. Y que, en política como en verano, conviene buscar sombra antes de que la insolación nos parezca una estrategia.
Ni en el primer turno de vacaciones se libra uno de una especie extendida por cualquier hábitat urbano, litoral, ruta de aventura, destino turístico singular o viaje alternativo. Una pequeña tribu de estas variedades lo mismo flota en una apacible playa familiar que te la encuentras en la cola del súper o en la mesa de al lado del restaurante en estos días de asueto. Hablo del odiador profesional. De la odiadora experta. Del grupo de quienes, por encima de todo, sienten tirria, animadversión, ojeriza o aversión a quienes no piensan como ellos, no votan como ellos, no aman (si lo hacen alguna vez) como ellos o no se alimentan de los agitadores de cabecera como ellos.
Quizá has tardado tiempo en darte cuenta, pero el odio no nace de una gran idea ni de una revelación filosófica al salir de la ducha. Nace bastante más abajo: en el miedo, en la frustración, en la pereza de pensar y en esa necesidad tan nuestra de encontrar un culpable con nombre, cara y, si puede ser, cuenta de X o de otra ‘red social’. Porque la vida es complicada, sí, pero siempre hay un tertuliano dispuesto a simplificárnosla con la delicadeza de una motosierra.
Política y exorcismo
Odiar tiene ventajas. No exige leer, ni escuchar, ni hacerse preguntas, que es una gimnasia peligrosísima para quien lleva años cultivando abdominales de prejuicio. Basta con abrir la emisora de cabecera, localizar al enemigo del día y apretar el botón rojo de la indignación. Hay quien desayuna tostadas; otros, Pedro Sánchez. Pero no Pedro Sánchez, presidente discutible como cualquier gobernante, sino ‘Perro’ Sánchez, criatura mitológica: okupa de La Moncloa, prestidigitador del BOE, vendedor ambulante de España por fascículos y responsable, si uno se esfuerza, de que el yogur caduque antes del próximo lunes.
Discrepar de Sánchez -como de cualquier otro- es sano; odiarlo como si fuera el anticristo con gafas de sol ya es otra afición, más parecida al aeromodelismo emocional. Cuando la política se convierte en exorcismo, ya no se combate una ley o una medida; se combate a un monstruo. Y al monstruo, claro, no se le discute: se le aplasta, se le borra, se le desea la ruina y, si se tercia, se salpica también a su mujer, a su hermano, al primo segundo y al perro, que algo sabría.
Enemigos vs adversarios
Ahí empieza lo verdaderamente obsceno: cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver paquetes ideológicos con patas. Ya no hay adversarios, vecinos, madres, hijos, trabajadores o gente que llega tarde al médico. Hay rojos, fachas, moros, menas, feminazis, maricones, progres, cayetanos, traidores, vagos y demás etiquetas de usar y tirar. La deshumanización es comodísima: permite odiar sin mancharse mucho. Uno no insulta a una persona; fumiga una categoría. Y así cualquiera se cree valiente.
Con las personas inmigrantes el truco es viejo, pero sigue dando audiencia. Se las acusa de quitarnos el trabajo y, simultáneamente, de vivir sin trabajar; de colapsar la sanidad y de no contribuir; de venir a aprovecharse y de venir a invadirnos. Nadie parece recordar que quien cruza medio mundo no lo hace por afición al trámite administrativo, sino porque en su casa se acabó el futuro. Pero la compasión no cabe en un titular con mayúsculas.
Ilustración | NANA PEZ
Este artículo nació tras escuchar, a escasos metros, los discursos de odio de personas que supuestamente ‘disfrutaban’ de un baño en la playa. Destilaban una animadversión hacia los emigrantes, Pedro Sánchez, a su familia, a todo lo que tuviera que ver con el Gobierno actual, la fiesta del Orgullo… que me provocó una profunda tristeza y un interrogante: ¿de dónde nacía todo ese odio?
Odio al diferente
Con el colectivo LGTBQI+ la película roza la comedia negra. Hay quien se siente perseguido porque otros se besan, se nombran o celebran que existen sin pedir permiso al comité de buenas costumbres. Molesta una bandera, un pronombre, una familia que no cabe en el belén de la abuela. Llaman adoctrinamiento a que una persona trans no tenga que esconderse y libertad a su derecho a señalarla con el dedo. Curiosa libertad: siempre empieza en su boca y termina en la vida de los demás.
El odio también tiene mucho de pánico al carril bici. Uno va tan tranquilo en su coche mental, creyendo que la ciudad y el mundo fueron diseñados para su volante, y de pronto aparece alguien pedaleando por donde antes solo circulaban sus certezas. Compruebo a diario que la bicicleta urbana irrita porque ocupa poco, no ruge y recuerda que hay otras formas de moverse. Como el pensamiento ajeno: pasa cerca, no pide perdón por existir y obliga a mirar dos veces antes de abrir la puerta.
También odiamos porque la vida aprieta. El alquiler muerde, el sueldo encoge, el futuro se parece a una bicicleta sin frenos bajando por una cuesta con adoquines y encima alguien nos dice que la culpa es del inmigrante, del gay, de la feminista o del vecino que vota mal. Y nosotros, que estamos cansados, compramos el paquete. Es más fácil odiar al de al lado que mirar hacia arriba, donde están los que reparten la tarta, se quedan el cuchillo y luego nos convencen de pelear por las migas. El negocio funciona porque el odio da sensación de altura moral. Uno se siente firme, lúcido, patriota, decente, incluso mártir, aunque solo esté repitiendo la consigna que otro le dejó en la pantalla.
Enemigos en el menú
Por eso conviene sospechar de quien nos sirve enemigos en menú del día. Nadie regala odio: lo alquila con intereses. Mientras discutimos si merece dignidad el que viene de fuera, el que ama distinto o el que vota al contrario, otros siguen haciendo caja. Y nosotros, obedientes, ladramos en la rotonda digital creyendo que estamos defendiendo la civilización cuando apenas estamos haciendo ruido de fondo.
No les pido que amen al adversario, aunque habría mucho de qué hablar. Bastaría con discutir ideas sin desear funerales civiles, apagar de vez en cuando el aspersor de bilis y recordar que nadie es solo su papeleta, su acento, su bandera o su forma de amar. El odio nace donde muere la curiosidad y crece donde se riega el miedo. Y si no lo frenamos, acabaremos viviendo en una ciudad llena de carriles bici vacíos y bocinas furiosas: todos convencidos de tener preferencia, nadie dispuesto a mirar al que viene de frente.
No sé si les habrá pasado a ustedes, pero hay un momento en la vida —normalmente coincide con la primera vez que te pillas a ti mismo diciendo “esto antes no pasaba”— en el que descubres que tus héroes eran, en realidad, gente normal con superpoderes de postureo. Personas que parecían sólidas desde lejos, como esas bicicletas urbanas que anuncian en Instagram: muy bonitas, muy vintage, pero que en cuanto las pruebas notas que el manillar tiembla más que tú ante cualquier adversidad o que las pastillas de los frenos chirrían como tus supuestas verdades.
De pequeño, claro, uno se lo cree todo. Los adultos eran los primeros referentes a imitar. Nunca se equivocaban. Eran consecuentes con sus afirmaciones (maldita coherencia que se ha llevado tanta gente por delante) hasta que descubrías que también se equivocaban. Que proyectaban en sus descendientes lo que ellos no habían sido capaces de lograr y, además, con un empeño digno de la constancia más absoluta. O que te han seguido tratando toda la vida como si fueses un niño desvalido.
Bici sin manos
Los periodistas eran faros de la verdad; los políticos, estrategas de mirada profunda; los profesores, enciclopedias con tiza; la Iglesia, un GPS moral sin desvíos. Y tú, pedaleando por la vida con tus ruedines emocionales, convencido de que los adultos sabían lo que hacían. Qué ingenuidad tan mona, de verdad.
Luego creces, te subes a la bici sin manos —porque el camino hacia la adultez es eso, ir sin manos aunque no quieras— y empiezas a ver grietas. En mi caso, una de las primeras fue con algunos periodistas. Tú, que soñabas con ser uno de la tribu, descubres que hay quienes escriben según sople el viento… y no hablo del viento de Levante, que ese al menos es honesto. O los que convertían historias ficticias en supuestas crónicas de corresponsal de guerra luego desmontadas por compañeros de profesión y batallas. Otros opinan antes de informarse, y hay quien confunde la columna con un púlpito portátil. Y tú ahí, intentando no convertirte en uno de esos que dicen “la prensa” como si hablaran de una banda de moteros.
Políticos y profesores
Después vienen los políticos y la política. Ay, los políticos. Los tenías por héroes de cómic, y resulta que muchos no pasarían ni la prueba de equilibrio en una bicicleta estática. Los ves improvisar, tropezar, contradecirse, y entiendes que el “proyecto de país” o “trabajar para la mejor tierra del mundo” a veces es simplemente “a ver cómo salimos del día sin que arda nada”. Descubres que sus complejos, egos e incoherencias están a la orden del día. Que nos lo digan ahora con lo que está cayendo. Y tú, mientras tanto, pedaleando en zigzag para no comerte sus ocurrencias.
Los profesores… esos semidioses del aula. Los que parecían tener respuesta para todo. Hasta que vuelves al instituto veinte años después y descubres que también estaban cansados, que también dudaban, que también improvisaban exámenes porque la vida no da para más. Y te reconcilias un poco, porque al menos ellos no fingían tanto. Ellos eran como esa bici vieja que hace ruido pero nunca te deja tirado.
Ilustración: NANA PEZ
No perder la fe
Y luego está la Iglesia. Esa sí que era una institución firme, como un pedal bien engrasado. En ella has crecido y, hasta incluso, trabajado durante una década. Aún recuerdo cuando un veterano empleado de la Curia, compañero de verdad, me dijo una frase lapidaria en mi primer día de trabajo: con lo que vas a ver y vivir aquí no pierdas la fe. Hasta que empezaron a salir verdades que chirriaban más que una cadena sin aceite. Y tú, que creciste escuchando homilías sobre la verdad y la justicia, te encuentras con silencios que pesan como una cuesta arriba en agosto. Una de esas cuestas que te hacen replantearte si no habría sido mejor ir andando.
Al final, lo que queda es una especie de orfandad moral. Una sensación parecida a cuando vas en bici por la ciudad, confiado, y de repente un coche te abre la puerta sin mirar. No te caes, pero te cambia la ruta. Y te preguntas: ¿y ahora qué? ¿A quién miro? ¿Quién me explica cómo se vive sin decepcionarse cada dos días?
Mirar a la gente normal
La respuesta es sencilla: a nadie en pedestal. Mejor mirar a la gente normal. A los que no presumen de héroes. A los que no prometen verdades absolutas. A los que hacen lo que pueden, que ya es bastante. A los que no necesitan capa ni sotana ni columna diaria para sentirse importantes. Por cierto, pese a todo lo vivido, aún no he perdido la fe y sigo mirando a la Iglesia como una madre que no es infalible sin perder la crítica.
Quizá la adultez sea eso: aprender a pedalear sin mitos, sin ídolos, sin superhéroes. Y descubrir que, en el fondo, tampoco hacen falta. Que la vida, como la bici, se sostiene mejor con equilibrio, un poco de humor y alguien que no te suelte cuando tropiezas. A un palmo del suelo —y a dos de la rueda delantera— es donde se ve todo más claro.
León XIV habrá dormido esta pasada noche en su cama romana después de una intensa semana en España. Imagino que estará agotado. Como lo están las familias tras los resultados de la PAU y con los pasos a seguir en busca de plazas universitarias para sus descendientes. Robert Prevost ha compartido aquí el final de curso escolar y el cuasi final del polarizado curso político antes de las vacaciones. Ha despertado simpatías y su mirada ha traspasado las fronteras ideológicas que se interponen entre gentes, barrios y regiones. Y como habrá tenido oportunidad de escuchar y conocer qué se cuece aquí no le resultará ajena una expresión que quizá la Fundeu escoja a final de año como frase estrella. Lo mismo hasta Campofrío la elige en su anuncio navideño o José Mota para el Especial de Nochevieja.
Porque hay palabras que entran en la conversación como quien deja una piedra en mitad del camino: para obligarte a tropezar. La última es esa «prioridad nacional» que algunos repiten como si fuera sentido común, como si la vida fuese una cola del Mercadona o del Carrefour donde alguien se cuela y tú, indignado, reclamas tu turno. En Murcia, sin ir más lejos, ya sabemos cómo funcionan estas cosas: basta con que falten médicos, vivienda o ayudas para que alguien señale al de al lado, nunca al de arriba.
Mirar hacia arriba
La trampa es vieja, pero eficaz. En vez de preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza condiciones dignas para todos, nos invitan a decidir quién merece pasar primero. Y claro, cuando aceptas ese marco, ya has perdido. Porque el foco deja de estar en los salarios que no dan, en los alquileres imposibles, en los servicios públicos que se desangran. El foco pasa a ser tu vecino, tu compañera de curro, la familia que llegó hace diez años y trabaja más horas que un reloj. Mirar hacia abajo siempre es más fácil que mirar hacia arriba.
En esta Región nuestra, donde la precariedad no es un concepto sino una experiencia diaria —del campo a la hostelería, de los cuidados a los barrios que sobreviven como pueden—, el discurso encaja como un guante. «Si no hay para todos, primero los de aquí». Pero, ¿quién ha decidido que no hay para todos? ¿Quién ha convertido derechos básicos en bienes escasos? Curiosamente, los mismos que piden menos Estado para garantizar vivienda o empleo digno son los que luego quieren filtros de pertenencia para repartir lo poco que queda. Primero recortan, luego reparten carnés.
Los datos desmontan el agravio
La realidad, sin embargo, es tozuda. Las personas migrantes no viven en un limbo: viven aquí, trabajan aquí, cotizan aquí y sostienen sectores enteros que, sin ellas, se vendrían abajo como un melón pasado. Y los datos —esos aguafiestas— desmontan el relato del agravio: la mayoría de las prestaciones sociales las reciben ciudadanos españoles, y la población migrante usa menos la sanidad que la autóctona. El problema no es quién recibe, sino por qué tanta gente no puede vivir con dignidad.
Pero para que la «prioridad nacional» funcione, necesita miedo. Necesita exageraciones, medias verdades y la sensación de que alguien se te cuela en la fila. Y, sobre todo, necesita ocultar que nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos. Esa es la operación política: que los últimos se peleen entre ellos mientras los primeros cuentan beneficios.
La prioridad, las personas
A veces se disfraza con palabras más suaves —«arraigo», «vinculación al territorio»—, pero la lógica es la misma: establecer jerarquías entre personas según su origen. Y eso, en una democracia, es dinamita. Porque rompe la convivencia, alimenta sospechas y convierte al vecino en amenaza.
Desde la tradición cristiana, esa que algunos dicen profesar, el asunto es aún más claro: la única prioridad son las personas, especialmente las más vulnerables. No hay verbos de exclusión, sino de humanidad: acoger, proteger, promover, integrar. No es teología; es sentido común con alma.
Conocemos el cansancio real de tantos barrios, la angustia de tantas familias que no llegan a fin de mes, el desarraigo de quienes sienten que el futuro se les ha encogido. Pero utilizar ese dolor para señalar al que está igual de fastidiado es una indecencia política y moral.
Reconstruir comunidad
La extrema derecha ha entendido que mucha gente se siente sola, sin horizonte colectivo. Por eso ofrece identidad, aunque sea a costa de excluir. Frente a eso, la tarea —democrática, social y también espiritual— es reconstruir comunidad. Volver a mirarnos como parte de algo más grande que el miedo.
Porque la cuestión de fondo no es quién va primero. La cuestión es si aceptamos una sociedad construida sobre la competencia entre los últimos o si defendemos una donde la dignidad sea el punto de partida, no el premio final. La prioridad, por tanto, no puede ser nacional. La prioridad, si queremos seguir llamándonos humanos, ha de ser humana.
Hay imágenes que resumen la situación de un país mejor que cualquier barómetro del CIS. Pienso en la ilustración de esa Justicia vendada que acompaña estas letras, tecleando en una vieja máquina donde solo se lee una palabra. La espada y la balanza, arrumbadas a un lado, como si hubieran perdido filo y equilibrio. Y la máquina, pobre, sosteniendo el peso de lo que otros ya no quieren sostener. Si uno mira bien, parece casi un aviso: si la justicia falla, que al menos no falle el periodismo. Pero claro, para que no falle, primero tiene que existir.
En Murcia lo sabemos de sobra. Llevamos dos décadas de titulares que podrían llenar una enciclopedia del disparate: La Zerrichera, Novo Carthago, Umbra, Barraca, el caso Auditorio, la desaladora de Escombreras… Una colección de tramas que, si no fuera porque nos han costado mucho dinero y dignidad, serían material de comedia costumbrista. Y, aun así, cada vez que estalla un caso nuevo (véase el de las prótesis o actitudes y prácticas como las del fiel escudero del alcalde de la capital recientemente fallecido) la reacción es la misma: un encogimiento de hombros, un “esto ya lo he visto”, un bostezo democrático. La corrupción, aquí, se ha convertido en ruido blanco.
Catálogo de sombras
Mientras tanto, el país entero se entretiene con su propio catálogo de sombras: Kitchen, Koldo, comisiones en plena de pandemia, espionajes de andar por casa pagados con dinero público, intermediarios que aparecían como setas en otoño en la Sierra de María, uso de los recursos del Estado para combatir adversarios políticos… Todo ello aderezado con declaraciones grandilocuentes, dimisiones in extremis y un ecosistema político que parece vivir instalado en el ya si eso mañana.
Ilustración | NANA PEZ
Pero lo más inquietante no es lo que vemos, sino lo que no vemos. Ahí es donde aparece Los dueños del Estado (Península, 2026), un libro escrito por el periodista Rafael Méndez (Murcia, 1975), que lleva años metiéndose en los sótanos del Estado. Y lo que cuenta es, literalmente, de escalofrío. “La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”, afirma. Y uno entiende de golpe por qué tantos escándalos se repiten como si fueran fotocopias mal hechas.
Operar en silencio
Porque mientras miramos a los políticos —que al menos salen en la tele y se llevan los abucheos—, hay abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes y otros altos funcionarios que operan en silencio, sin foco, sin desgaste, sin preguntas. Méndez lo explica con una claridad que debería sonarnos a alarma: “Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad”. Y claro, cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.
En su investigación, Méndez se topó con un Consejo de Estado donde había “sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados”. Todo público. Todo a la vista. Todo normalizado.
Y aquí es donde la imagen de la Justicia vendada escribiendo “PRENSA” cobra sentido. Porque si la prensa no mira ahí, nadie lo hará. Y si nadie lo hace, el sótano seguirá oliendo a humedad institucional.
El libro de Rafael Méndez ya va por su segunda edición. | Fotografía: ASIS AYERBE
Tiempo y paciencia
El problema es que el periodismo de investigación no vive su mejor momento. Las redacciones trabajan con urgencias constantes, con la presión de la audiencia, la precariedad y la debilidad de las empresas. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia. Y claro, tiempo y paciencia son dos lujos que no cotizan bien en un mercado donde lo que manda es el clic, el trending topic y el titular que se comparte sin leer. Pero si renunciamos a ese periodismo, ¿qué nos queda? ¿Notas de prensa? ¿Declaraciones enlatadas? ¿Versiones oficiales que nadie contrasta?
En Murcia, donde ya hemos visto cómo se diluyen responsabilidades entre informes, sobreseimientos y silencios administrativos (amén de la complicidad funcionarios y despachos bien conectados con los lobbies de la agroindustria y el ladrillo), sabemos que sin periodistas que bajen al barro, la corrupción se convierte en paisaje. Y en el resto de España, se sigue demostrando que el poder siempre encuentra nuevas formas de esconderse, la necesidad es aún mayor. Por tanto, el periodismo de investigación no es un lujo. Es una linterna. Y sin linterna, el sótano gana.
Iluminar la penumbra
A la vista de los enredos judiciales de los últimos tiempos necesitamos como el comer que alguien cuente lo que ocurre. Y ese alguien, nos guste o no, sigue siendo la prensa. Con sus errores, sus prisas, sus precariedades… pero también con su capacidad única de iluminar lo que otros prefieren mantener en penumbra.
En un país donde “todo el mundo lo sabe, pero nadie lo ha contado”, como le repetían a Méndez cuando investigaba, la diferencia entre democracia y simulacro está, muchas veces, en una libreta, una grabadora y un periodista que decide no mirar hacia otro lado. Y eso, aquí en Murcia, también lo sabemos a un palmo del suelo.
En mitad de este escenario salpicado de estupores, sumarios, registros, autos y tregua sí o tregua no, nos llega un documento que uno abre con la misma actitud con la que mira la factura de la luz: miedo, resignación y la sospecha de que algo muy grande se nos está escapando. Que ahí afuera hay un alien que asoma la cabeza. La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, entra justo ahí, en ese territorio donde la tecnología promete salvarnos mientras nos va convirtiendo en datos. Un recordatorio de que, mientras discutimos si la Inteligencia Artificial nos va a quitar el trabajo o solo las ganas de pensar, quizá estemos levantando una torre de Babel con fibra óptica.
En vísperas de llegar a España, con una imagen que choca con la de los machos alfa embarcados en guerras, invasiones e intrigas por doquier, resulta que el Papa que vino de los Estados Unidos nos dice sin rodeos que la IA corre el riesgo de “reducir a las personas a simples engranajes de un sistema” y de delegar decisiones en máquinas “que carecen de compasión, misericordia y perdón”. Ahí es nada.
Torres de datos
La encíclica plantea una imagen potente: construir Babel o reconstruir Jerusalén. Babel es ese proyecto de uniformidad, de traducirlo todo —incluida la persona— en rendimiento. Jerusalén, en cambio, es el camino de Nehemías: escuchar, reconstruir vínculos, repartir responsabilidades. Y uno piensa: ¿qué estamos levantando aquí, en estas ciudades invadidas por coches y escasamente ciclables? ¿Una torre de datos que nos vigila o una ciudad donde aún se pueda hablar sin que un algoritmo complete la frase?
Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que ya vivimos en Babel: algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos, qué opinamos; plataformas que saben más de nosotros que nuestra madre; y un mercado digital que, como recuerda el Papa, está controlado por “grandes entidades corporativas transnacionales” que no rinden cuentas a nadie. Es la economía oculta de la IA. El tecnofascismo desarrollado por las teorías poshumanas y transhumanas de Silicon Valley.
Mientras aquí discutimos si ChatGPT escribe mejor que un becario, el texto recuerda que detrás hay “millones de personas mal pagadas que etiquetan datos” y menores que extraen minerales para nuestros móviles. Es decir, que la nube tiene barro, y del espeso.
Infografía sobre la encíclica Magnifica humanitas generada por IA
Recupera la Doctrina Social de la Iglesia
León XIV insiste en que la técnica debe servir al bien común, no a la idolatría del lucro. Y recupera principios de la Doctrina Social de la Iglesia que suenan casi revolucionarios en tiempos de patentes y monopolios: el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la justicia social. En el entorno digital, dice, los datos deberían gestionarse como bienes comunes. Imaginemos eso aplicado a las plataformas que usamos cada día: sería como pedirle a la Plaza Circular de Murcia que dejara de ser una rotonda y se convirtiera en un ágora. Difícil, pero hermoso.
También mete el dedo en la llaga del progreso sin límites. Advierte contra la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad, como si ser humanos fuese un error de fábrica. Frente a eso, recuerda que “la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso”. Vamos, que no necesitamos ser perfectos: necesitamos ser decentes.
Y luego está la advertencia sobre el lenguaje. Pide evitar “las palabras que humillan o enfrentan” y optar por la claridad que ilumina. En tiempos de redes sociales donde cada tuit es una pedrada, esto suena casi revolucionario. O ingenuo. O ambas cosas.
Qué mundo queremos
La pregunta final es sencilla y brutal: ¿qué queremos que sea la tecnología? ¿Una torre que nos vigila desde arriba o una ciudad que reconstruimos entre todos? La respuesta podría estar escrita en cualquier muro de nuestros barrios: “Nadie se salva solo, tampoco en la red”. La tecnología puede curar, conectar y educar, pero también puede dividir, descartar y deshumanizar. Y la primera decisión no es si decimos sí o no a la IA, sino qué tipo de mundo queremos construir con ella.
Quizá ahí esté la clave. No se trata de apagar la IA ni de abrazarla como si fuera la nueva patrona. Se trata de hacerla habitable, discutible, plural. De que no decida por nosotros. De que no convierta la vida en un Excel. De que no nos robe la conversación, que es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla. De ahí su apuesta por cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo, porque es tiempo “para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”. Y, sobre todo, de recordar que seguimos siendo humanos. Magníficamente humanos, incluso cuando la tecnología nos mira desde arriba como si fuéramos un dato mal formateado.
Estamos en la recta final del curso escolar. Que se lo digan a esos chavales y chavalas que apuran los últimos días antes de comparecer ante ese juicio sumarísimo que son las pruebas de acceso a la universidad. Las viven como nosotros lo hicimos en su momento con la temida Selectividad. No quiero hacer spoiler pero, como sé que no leerán esta columna, al final descubrirán que la cosa no era para tanto. Eso sí, a sus nervios se suma la ansiedad desbocada de esos progenitores que parecen engrosar la lista de aspirantes en busca del aula donde examinarse.
Porque a un palmo del suelo —y a veces con el manillar un poco torcido— uno descubre que la educación de los hijos se ha convertido en una especie de deporte de riesgo… pero para los padres. No para los críos. Ellos, en realidad, siguen siendo bastante buenos en lo suyo: aprender, equivocarse, levantarse, volver a equivocarse y, si hay suerte, llegar a clase o a otros lugares deseados sin haberse estampado contra un contenedor. Lo de siempre.
Sobreprotección en los pasillos
Un fenómeno curioso es la sobreprotección que se cuela en los pasillos de los colegios e institutos. Profesores que reciben correos a medianoche porque “mi hijo dice que le has puesto un 7 y él siente que es un 9”. O padres que exigen reuniones urgentes porque su criatura ha descubierto que estudiar cansa. La escuela se convierte entonces en un campo de batalla donde los adultos discuten mientras los niños observan, aprendiendo —sin querer— que la responsabilidad es negociable y que siempre habrá alguien para sacarles del apuro.
La educación no es un servicio de atención al cliente. La de verdad, la que deja huella, necesita que los padres demos un paso atrás. Que confiemos. Que aceptemos que un suspenso no es una tragedia, sino un aviso. Que un conflicto en el patio no es un drama, sino un ensayo general de la vida adulta. Y que una profesora, un profesor, no son enemigos, sino unos verdaderos aliados.
Adultos con problemas
A estas alturas de la película no quedarán dudas de que buena parte del problema somos nosotros, los adultos, que hemos decidido que la infancia, la adolescencia y, si me apuran, la juventud, son territorios minados de los que solo se sale indemne si mamá y papá van despejando el camino como si fueran una brigada de artificieros. Y claro, así no hay quien crezca. Ni quien pedalee.
Cuando ahora contemplo a esos padres y madres que llevan a sus hijos hasta la misma puerta del centro escolar (y si les dejasen, los sentarían en el aula) recuerdo a finales de los 90 uno de los momentos más especiales vividos en los Países Bajos. Niños y viejos, madres y ejecutivos, todos en bici a primera hora de la mañana, camino de sus ocupaciones. Unos, al cole. Otros, a sus recados. Ellas y ellos a sus trabajos. Y por encima de todo, el respeto a quien circula sobre dos ruedas.
Ilustración | NANA PEZ
Cultivar la autonomía
Creo que coincidirán conmigo en que la autonomía no se enseña con discursos, sino con distancia. Con ese gesto tan poco moderno de cortar los lazos, que no es abandono ni desamor, sino la única forma de que un chaval, una chavala, descubran que pueden sostenerse sin que les sujeten el manillar. Que pueden cruzar una calle, resolver un conflicto, entregar un trabajo tarde y asumir las consecuencias sin que un adulto los rescate como si fuera un diplomático en misión internacional.
Cada generación cree que la anterior lo hizo fatal. Esto también es un clásico. Los de ahora dicen que los de antes eran demasiado duros. Los de antes dicen que los de ahora son demasiado blandos. Y así, generación tras generación, como si la educación fuera una especie de competición olímpica en la que siempre ganan “los de antes”.
Dejemos espacio
Pero la verdad es más sencilla: educar siempre ha sido un lío, y cada época ha tenido su propio monstruo bajo la cama. Antes era la calle. Luego la tele. Después los videojuegos. Ahora el móvil. Y en todas, los padres hemos tenido la tentación de pensar que, si controlábamos lo suficiente, el mundo no haría daño a nuestros hijos. Nuevo spoiler: el mundo siempre encuentra la manera.
La paradoja es que la autonomía solo florece cuando dejamos espacio. Cuando permitimos que los hijos se equivoquen sin convertir cada tropiezo en un expediente. Cuando entendemos que proteger no es impedir, sino acompañar. Cuando aceptamos que la bicicleta, tarde o temprano, hay que soltarla.
Quizá por eso, cada mañana, cuando pedaleo por Murcia camino del trabajo, no puedo ocultar el brillo en la cara al cruzarme con chavales que van a clase en bici, con esa mezcla de torpeza y valentía que solo se tiene a los quince años. Y pienso que ahí, en ese equilibrio inestable, está la educación que funciona: la que se sostiene a un palmo del suelo, sin manos, con viento en la cara y con la certeza de que, si caen, sabrán levantarse solos.
Hay semanas en las que salir en bicicleta por Murcia es como intentar avanzar entre una nube de mosquitos informativos: pedaleas, esquivas, respiras… y aun así acabas tragándote alguna de las innumerables noticias absurdas que te dejan peor que evitar la maleza en el carril bici del puente de la Ronda Sur. Y mientras mantienes el equilibrio y maldices al coche que te adelanta sin dejarte el dichoso metro y medio, piensas que quizá Éric Vuillard tenía razón en El orden del día (Tusquets Editores, 2018): la Historia no avanza a golpes épicos, sino a base de pequeñas miserias envueltas en papel oficial.
La realidad progresa con esa misma mezcla de solemnidad y absurdo que él retrata: pasos silenciosos, gestos mínimos, decisiones que parecen inofensivas hasta que, de pronto, ya es demasiado tarde. Un texto que, además, te mira con esa media sonrisa irónica de quien sabe que la Historia no es una epopeya, sino un catálogo de miserias humanas envueltas en papel oficial.
Hombres poderosos
Éric Vuillard reconstruye los engranajes que permitieron el ascenso del nazismo, no desde los grandes discursos ni las fotos en blanco y negro que todos hemos visto mil veces. Lo hace desde los despachos, los salones, las reuniones discretas donde se decide el mundo mientras alguien sirve café.
La escena inicial es un ejemplo perfecto: los grandes industriales alemanes —Krupp, Siemens, IG Farben, Opel, Bayer…— entrando en fila para financiar a Hitler como quien firma un convenio de proveedores. Vuillard los retrata con una ironía que corta: hombres poderosos, trajeados, respetables, que pasan a la Historia no por su visión, sino por su comodidad moral. No me negarán que este escenario recuerda a esas imágenes de los magnates del petróleo reunidos en la Casa Blanca a principios de año para repartirse el botín del crudo venezolano.
Ritmo más humano
Lo que hace que el libro funcione no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Vuillard escribe como quien abre una ventana en una habitación cerrada: entra aire, pero también polvo. Su prosa es breve, punzante, casi cinematográfica. No pretende ser neutral —y menos mal— porque la neutralidad, en ciertos temas, es otra forma de complicidad. Él señala, acusa, ilumina. Y lo hace sin levantar la voz.
Leyéndolo desde Murcia, desde este rincón donde la vida discurre a un ritmo más humano, uno no puede evitar pensar en la fragilidad de la normalidad. En cómo los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños: una reunión, una firma, un “no es para tanto”, un “ya veremos”. Y en cómo la Historia, esa señora tan solemne, suele avanzar gracias a la suma de decisiones tomadas por gente que solo quería que nada cambiara… aunque eso significara permitir lo peor.
Ilustración | NANA PEZ
Catálogo de miserias
La historia en minúscula de esta semana ha sido un catálogo de miserias. Para empezar, el viaje de la presidenta de Madrid a México, que ha generado más ruido que un camión de butano repartiendo por las olvidadas pedanías de la capital o por los barrios castigados de Cartagena o Lorca. El ruido y la estridencia, amén del victimismo, son la esencia del fango en el que retozar y en el que se sienten cómodas las ilustres figuras de la oleada ultra que nos envuelve.
Luego llega el crucero del hantavirus, que suena a novela de Stephen King, pero es tan real como el bolardo que casi te comes ayer en Floridablanca (en otros carriles no los encuentras, porque no los han repuesto). Un barco entero pidiendo fondear por indicación de la OMS y un Gobierno, el de Canarias, diciendo que no, que bastante tienen ya con el riesgo de las ratas nadadoras. Y tú, que solo querías llegar al trabajo sin que te abran la puerta de un coche en la cara, imaginas a los pasajeros del crucero preguntándose en qué momento su viaje de relax se convirtió en un escape room epidemiológico.
Jefes y jefecillos
Y como guinda, Trump viaja a China. Un viaje que genera más tertulias que la última reforma del tráfico en Murcia. Y Florentino Pérez sale a la palestra para defender como un fortín a su club que maneja con mano de hierro y que le da esplendor para todos sus negocios, desde la construcción a los servicios sociales. Dos jefes blancos, mayores, creídos para la gloria y misóginos. Todo un pack que permite su visibilidad mediática
Por si faltaba algo, el Congreso suspende cautelarmente a Vito Quiles y Bertrand Ndongo por sus prácticas de agitación. Y tú, que pedaleas por la orilla del Segura intentando no caerte en un socavón, te ves atrapado en un debate nacional sobre convivencia parlamentaria, libertad de expresión y el misterioso arte de convertir la política en un talent show donde nadie canta, pero muchos desafinan.
Gestos pequeños
En ese momento recuerdas otra idea de Vuillard: que los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños, casi invisibles. Una reunión, una firma, un “no es para tanto”. Y piensas que quizá la verdadera tragedia contemporánea no es la noticia escandalosa, sino la acumulación de todas ellas, ese bombardeo constante que nos deja aturdidos, como en la ilustración de Nana Pez que acompaña esta columna.
Frente a ello, la serenidad, que no consiste en mirar hacia otro lado, sino de frente sin dejarse arrastrar por el ruido. Porque incluso cuando la Historia se acelera, incluso cuando los titulares parecen terremotos, el suelo sigue ahí, firme, esperando a que volvamos a pisarlo, aunque sea a un palmo.