Que se lo digan a las dos políticas murcianas que han visto recientemente cómo son insultadas y amenazadas en el universo digital. Si ya han tenido ocasión de sufrir ataques incluso en la Asamblea Regional o en la tribuna de las ruedas de prensa, de nada sirve justificarlo con aquello de que “esto pasa en todas partes”. También pasa aquí, en la Región de Murcia. En nuestros institutos, en los grupos de WhatsApp del barrio, en los comentarios de las noticias regionales, en los perfiles de TikTok de adolescentes que viven en Espinardo, en La Palma, en La Hoya. La violencia digital contra las mujeres no es un fenómeno abstracto: es una sombra que atraviesa la ciudad como el Segura cuando baja turbio.
El informe del Parlamento Europeo de la pasada primavera Derechos de las mujeres y democracia: combatir los estereotipos, la desinformación y la violencia en la era digital—ese que afirma que la misoginia es el odio más prevalente en las plataformas digitales— podría parecer un diagnóstico lejano, de Bruselas, de despachos con moqueta. Pero basta con pasar diez minutos leyendo los comentarios de cualquier noticia sobre igualdad en los diarios para comprobar que no exagera. Aquí también se insulta, se ridiculiza, se cuestiona, se amenaza. Aquí también hay chicas que reciben mensajes que las humillan y mujeres que ven su imagen manipulada sin permiso.
No son casos aislados
En los institutos de la Región, los orientadores cuentan que cada vez más adolescentes llegan con problemas de ciberacoso, difusión no consentida de imágenes íntimas o stalking. No son casos aislados: son síntomas de una cultura que ha normalizado que la vida digital sea un territorio sin ley. Y cuando la víctima es una chica, el ataque suele ser más cruel, más sexualizado, más persistente.
En los pueblos, las madres hablan entre ellas de perfiles falsos que suplantan identidades, de fotos robadas, de insultos que se repiten como un eco. En las pedanías, hay adolescentes que han aprendido a borrar mensajes antes de que los vean en casa. Y en la universidad, muchas estudiantes saben que basta con opinar en redes para que aparezca alguien dispuesto a “explicarles” cómo deberían comportarse, vestir o callar.
Veneno que circula
La manosfera (o machosfera) también ha llegado aquí. No hace falta buscar foros incel en inglés, o espacios digitales en los que se difunden discursos antifeministas, de supremacía masculina y subordinación de las mujeres: basta con entrar en ciertos canales de Telegram o en algunos directos de TikTok donde jóvenes repiten discursos de supremacía masculina como si fueran verdades reveladas. El informe europeo dice que en uno de los principales foros incel el 16 por ciento de las publicaciones contenía insultos misóginos. Aquí no tenemos ese porcentaje exacto, pero cualquiera que escuche a los chavales hablar de “feminazis” o “hipergamia” sabe que el veneno ya circula.
Y luego están los deepfakes sexuales, esa tecnología que convierte la imagen de una mujer en un arma contra ella. Entre 2019 y 2023, los vídeos manipulados aumentaron un 550 por ciento. El 98 por ciento eran pornográficos. El 99 por ciento de las víctimas eran mujeres. No hace falta imaginar grandes conspiraciones: basta con pensar en una chica de Molina de Segura que ve su cara en un vídeo que nunca grabó. O en una profesora de instituto que descubre que circula un montaje suyo entre los alumnos. La inteligencia artificial no ha creado la misoginia, pero la ha amplificado. Le ha dado velocidad, anonimato y alcance.
Farolas digitales
El informe europeo habla de continuum de violencia: lo que ocurre online refuerza, prolonga o desencadena daños fuera de la red. Y en Murcia lo vemos cada día. Una chica que recibe insultos en Instagram puede dejar de salir sola por la noche. Una mujer que sufre acoso digital puede sentir miedo en su propio barrio. Una adolescente que ve su imagen difundida sin permiso puede abandonar actividades, amistades, espacios. La violencia digital no es virtual: es real. Y se nota en la forma en que caminamos por la ciudad.
Necesitamos farolas digitales. Educación afectivo-sexual en los centros, alfabetización mediática en las familias, protocolos claros en las instituciones, responsabilidad en las plataformas. Y, sobre todo, una ciudadanía que no mire hacia otro lado cuando vea odio, que no normalice lo que daña, que no confunda libertad de expresión con violencia. Porque si internet es una plaza pública sin farolas, entonces habrá que encenderlas. También aquí. También ahora.

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