“Acoger es ofrecer apoyo, estabilidad y seguridad”

“Acoger es ofrecer apoyo, estabilidad y seguridad”

Laurie Lambert – Profesora de francés y coordinadora de voluntariado en Parem

Laurie Lambert (Florenville, Bélgica, 37 años) llegó a Murcia en 2009 con una Erasmus, una lengua extranjera y una intuición: aquí había algo que podía convertirse en hogar. Lo encontró en el teatro, en la amistad, en un piso que con los años se transformó en refugio para jóvenes migrantes y en un espacio donde la solidaridad se vive sin épica, desde lo cotidiano. Coordinadora de voluntariado en la Asociación de ayuda para las Personas Refugiadas y Migrantes en Murcia (Parem), Laurie habla de acompañar como quien habla de respirar: con naturalidad, con límites, con una fe profunda en la humanidad y en la energía que se intercambia cuando dos vidas se sostienen mutuamente. Su historia es la de una mujer que decidió quedarse, abrir la puerta y construir comunidad

  • ¿Quién es Laurie Lambert?
  • Soy alguien que llegó a Murcia en 2009 por un Erasmus de Filología Francesa. Aquí encontré el amor, la vida social y motivos para quedarme. Estuve diez años en pareja hasta que nos separamos en 2019. Para entonces rondaba los treinta y, en Bélgica, muchas personas de mi edad ya se habían establecido y formado una familia. Yo, en cambio, ya me sentía muy vinculada a España. La vida, de pronto, tenía aquí un ritmo que reconocía. Un piso que se convirtió en refugio, una Covid que nos encerró y nos abrió a la vez. Y ahora un bebé que viene. Al final, quedarme fue una buena decisión.
  • ¿Cuál es su lugar de origen?
  • Vengo de un pueblo del sur de Bélgica, donde las fronteras con Francia y Luxemburgo son líneas suaves, casi respiraciones. Estudié en Lieja. Crecí en una casa donde la puerta siempre estaba abierta. Creo que esa forma de estar en el mundo se me quedó pegada a la piel.
  • ¿Cómo fueron sus comienzos en el voluntariado con la acogida a personas migrantes y refugiadas?
  • Siempre he estado vinculada al voluntariado. A los 18 años me fui a Estados Unidos para aprender inglés. Más tarde participé en un programa de año sabático que combinaba la inmersión lingüística con una experiencia de voluntariado en Senegal, donde trabajé durante tres meses como profesora de Primaria. Tras aquella experiencia, al llegar a Murcia quería conocer a personas implicadas en el activismo y participar en un proyecto práctico. Primero contacté con Ecologistas en Acción, pero en aquel momento su actividad estaba más centrada en el trabajo científico, mientras que yo buscaba una labor más directa sobre el terreno. Así fue como, en 2016, empecé a colaborar con Parem. En esa época todavía era una plataforma, no una asociación, y había surgido como respuesta a la guerra de Siria. Su labor inicial consistía en recoger ropa, medicamentos y otros materiales en Murcia para enviarlos a las zonas afectadas.
  • Pero esta asociación cambió su enfoque…
  • Efectivamente. A lo largo de 2016, la organización constató que muchas personas refugiadas estaban llegando a Murcia. Por eso decidió dejar de centrar sus esfuerzos en enviar ayuda al extranjero y comenzar a acompañar directamente a quienes ya se encontraban aquí. Así nació Parem tal como funciona en la actualidad.
  • ¿Hubo algún momento en el que sintió que acompañar no era solo una tarea sino una forma de estar en el mundo?
  • Durante mi viaje a Senegal viví con una familia de acogida y comprendí que acompañar a otras personas no consiste únicamente en dar. Tú aportas tiempo y energía, pero también recibes afecto, aprendizajes y nuevas formas de entender la vida. Allí sentí con fuerza ese vínculo basado en el intercambio. Años después pude tomar distancia y reflexionar sobre cuestiones como el paternalismo y la relación de Occidente con otras partes del mundo. Sin embargo, más allá de esas consideraciones, aquella experiencia humana ya había cambiado profundamente mi forma de estar en el mundo.
  • ¿Qué le enseñan sobre sí misma las personas a las que acompaña?
  • Lo primero que he aprendido es a reconocer y establecer mis propios límites. La experiencia del programa de acogida de jóvenes del año pasado me hizo comprender que, para acompañar de forma saludable, es necesario decidir cuánto tiempo, energía y espacio personal puedo ofrecer. Aunque pueda parecer abstracto, concibo el acompañamiento como un intercambio de energía. Yo aporto tiempo, atención y espacio vital, pero los jóvenes también comparten su personalidad, sus experiencias y su ayuda. En casa, por ejemplo, siempre han colaborado conmigo. La relación no consiste solo en dar, sino en encontrar un equilibrio entre ambas partes. La interculturalidad implica perseguir una armonía que quizá nunca sea perfecta, pero que se construye día a día. El reto está en descubrir cómo quiero contribuir y hasta dónde puedo llegar sin descuidarme. Un voluntariado tan intenso como el de Parem puede generar mucho desgaste si no se protege ese equilibrio.
  • ¿Qué supone acoger en tu casa a personas refugiadas?
  • Acoger significa aceptar que la vida de esa persona no seguirá el camino que tú imaginas, sino el que ella decida. Tu papel es ofrecerle un punto de apoyo, estabilidad y seguridad para que pueda elegir su propio rumbo. Lo más difícil es no proyectar nuestras creencias ni asumir que sabemos qué le conviene: qué trabajo debería aceptar, qué curso tendría que hacer o qué decisiones debería tomar. A veces los jóvenes eligen una opción distinta de la que esperábamos, y debemos reconocer que ya hemos cumplido nuestra parte al brindarles una base estable. Actualmente acompañamos a un joven que, tras pasar por una familia de acogida, ha vuelto a vivir en la calle. Trabaja, pero no encuentra una habitación. Podemos ofrecerle un lugar para ducharse o lavar la ropa, aunque el alojamiento tiene un límite temporal. En definitiva, debemos respetar su autonomía, su cultura, su personalidad y sus creencias. Son jóvenes y necesitan aprender también a través de sus propias experiencias.
  • En la relación con las personas migrantes, ¿qué gestos pequeños, una mirada, una frase o un silencio le han marcado en estos años de voluntariado?
  • Hace poco volvió a casa Moussa, un joven al que acogimos el año pasado cuando estaba viviendo en la calle. Después le ayudamos a encontrar trabajo y una habitación en Archena. Era muy tímido; de hecho, aparece en una entrevista en nuestro Instagram y está todo el rato mirando al suelo. Meses después regresó a Murcia porque había encontrado otro trabajo y, mientras buscaba alojamiento, volvió a quedarse conmigo. La semana pasada vino para que le ayudara con el currículum. Sigue trabajando, pero quiere encontrar algo mejor. Y esta vez parecía otra persona: te miraba a los ojos, hacía bromas y se reía muchísimo. Me dio mucha alegría ver ese cambio. Tener un trabajo, una habitación y cierta estabilidad le ha dado mucha más seguridad y autonomía. Es una de las historias más recientes que tengo y refleja muy bien la diferencia entre vivir en la calle y poder contar con un entorno estable.
  • ¿Cómo sostiene emocionalmente el acompañamiento cuando las historias que vas conociendo vienen cargadas de pérdidas, de huidas, de comienzos duros?
  • En los últimos años tengo menos contacto directo con las personas, salvo con estos jóvenes, porque ahora coordino al voluntariado y me ocupo sobre todo de tareas en línea, tesorería y administración. Aun así, sigo conociendo sus historias a través de mis compañeras. Con el tiempo también hemos aprendido a cuidarnos. La etapa de la Covid fue muy dura para Parem: pasamos de ocho coordinadoras a quedarnos solo tres, aunque ahora volvemos a ser unas nueve o diez. En aquel momento, una psicóloga voluntaria organizó una sesión que nos ayudó mucho a hablar y compartir lo que estábamos viviendo. Lo que más me sostiene es la red que hemos creado. Muchas llevamos años juntas y podemos llamarnos para contarnos cómo estamos. También siguen cerca personas que antes eran usuarias y ahora colaboran como voluntarias; algunas se han convertido en amigas. En lo personal, me ayudan el arte, el baile, la música y el trabajo de gestión emocional.
  • ¿Qué ha aprendido sobre la resiliencia observando a quienes llegan aquí buscando un lugar seguro?
  • A veces confundimos la resiliencia con ocultar el dolor. Que una persona no parezca triste o deje de contar su historia no significa que la haya superado: el sufrimiento puede permanecer y reaparecer. Además, existen distintas formas de relacionarse con las emociones, por lo que no considero la resiliencia una capacidad permanente. Para mí, ser resiliente es seguir adelante día a día, sin negar lo vivido. Es volver al presente, sabiendo que cualquiera puede recaer. La amistad y la confianza ayudan mucho. Un amigo de Parem, tras vivir experiencias terribles, ha creado una empresa de construcción en Madrid y una casa para alquilar en Malí. Su trayectoria muestra una gran fortaleza y capacidad para avanzar pese a las dificultades.
  • ¿Hay algo que le haya enseñado este trabajo sobre la fragilidad y la fuerza humanas?
  • Me ha enseñado a reconocer mis propios prejuicios racistas. A veces aparecen en mis pensamientos o comportamientos, y la acogida me obliga a observarlos y cuestionarlos. Porque en ocasiones me sorprendo teniendo prejuicios. La diferencia está en reconocerlos y evitar que se conviertan en discriminación. Nosotras acompañamos a personas muy distintas, así que no podemos clasificarlas por su origen, edad o género: debemos conocer cada historia y su realidad. También tendemos a proyectar nuestras expectativas, especialmente sobre los jóvenes acogidos. Pero pueden elegir un camino diferente al que les proponemos, condicionado por su cultura y sus circunstancias, y eso no lo hace menos válido.
  • ¿Qué debería entender la sociedad murciana sobre las personas refugiadas?
  • Lo primero es entender que una persona puede tener trabajo y, aun así, vivir en la calle porque no puede pagar una habitación. También hace falta acercarse y escuchar: cuando hablas con alguien y preguntas por su situación, descubres experiencias muy distintas y evitas juzgar sin conocer la realidad. En Murcia, mucha gente da por hecho que quien vive en la calle puede comer o dormir en determinados recursos, pero desconoce que esos servicios están saturados o desapareciendo. Creo que cuesta ver hasta qué punto se está debilitando el tejido social por decisiones políticas. Que la gente opina muchas veces sin conocer. Y que la solidaridad está, aunque haga menos ruido que el rechazo.
  • ¿Qué le sostiene cuando el contexto social y político no acompaña?
  • Me sostienen la meditación, la música, el arte y la red de amistades y personas voluntarias. Meditar me ayuda a recuperar la calma y a centrarme. También soy optimista: incluso ante relatos negativos, la respuesta ciudadana me devuelve la confianza. La semana pasada organizamos una pequeña recogida de ropa por la situación en Ceuta y participó bastante gente. A pesar del discurso negativo que vemos en las redes y en algunos medios, muchas personas quisieron donar una tienda de campaña, un gorro o unos zapatos. Cada vez que hemos organizado una campaña así, la ciudadanía ha respondido.
  • ¿Comparte la sensación de que la solidaridad queda ocultada y el rechazo al otro, al diferente, es lo que hace más ruido?
  • Sí, pero también percibo una corriente de personas que está tomando conciencia de que debemos recuperar el control sobre las historias que contamos. Por ejemplo, en el barrio del Carmen, en Murcia, apareció una cuenta de Instagram centrada en robos y con un enfoque que, en mi opinión, puede favorecer discursos radicalizados. Como respuesta, surgió otra cuenta que muestra una visión más cercana y solidaria del barrio, destacando las iniciativas positivas que también existen. Ambas realidades pueden convivir, pero la cuestión es dónde ponemos el foco: qué queremos ver y qué ciudad queremos construir. Podemos relacionarnos desde el miedo o reconocer que también es posible confiar: abrir la puerta de casa o acoger a un joven sin asumir que va a robarnos. Muchas veces, lo único que busca es una cama y un lugar donde descansar.

Acompañar a personas voluntarias

  • ¿Qué le supone coordinar voluntariado?
  • A nivel logístico, coordinar es lo que más me gusta. Disfruto poniendo en marcha proyectos desde cero, como el de los jóvenes, y también lo hago en mi trabajo como profesora de francés, donde colaboro con otras docentes. Organizar y automatizar procesos es algo que me sale de forma natural. Con las personas voluntarias intento no crear demasiadas expectativas. Cuando alguien propone una idea, le animamos a desarrollarla de principio a fin y le ofrecemos nuestro apoyo y experiencia. Solo una parte llega hasta el final, así que normalmente coordino a quienes ya están muy implicados o sabemos que pueden asumir el proyecto con autonomía.
  • ¿Qué le emociona al ver cómo una persona voluntaria evoluciona desde su llegada hasta encontrar su lugar en Parem?
  • Después de la Covid, cuando nos quedamos solo tres coordinadoras, nos preguntamos qué había fallado en la comunicación y en nuestra propia red. Ver el equipo que tenemos hoy me confirma que hemos aprendido y que estamos haciendo bien las cosas. También lo demuestra que muchas entidades crean que somos profesionales, aunque en Parem no hay personal contratado ni sede: todo el trabajo es voluntario. El programa de acogida tiene, además, un valor especial porque nace de la ciudadanía, de personas dispuestas a abrir su casa y confiar en los demás. Quienes llegan al voluntariado suelen hacerlo con expectativas e ideas previas. Después aparecen pequeños desencantos y deben revisar sus propias proyecciones. Es un proceso que todas hemos vivido, por eso es importante sentirse acompañada y contar con el apoyo de la red y de entidades con más experiencia.
  • ¿Qué vínculo nace cuando la relación deja de ser ayuda y se convierte en confianza?
  • Amistad, sin duda. A lo largo de estos años he creado vínculos para toda la vida con cinco o seis personas que al principio eran usuarias. Digo «eran» porque muchas acabaron implicándose también en el voluntariado y aportando su tiempo. Hoy ya no hago tanta distinción entre personas usuarias y voluntarias. Dentro del equipo también han surgido amistades muy fuertes, sobre todo entre quienes llevamos cinco o seis años formando el mismo núcleo desde la pandemia. Creo que también serán amistades para toda la vida.

Una tradición familiar de acogida

  • La acogida de personas en su casa, ¿le resulta natural desde su infancia? 
  • Mi madre siempre ha tenido las puertas abiertas. De hecho, el año pasado acogió a una persona al mismo tiempo que yo. Quizá también haya una influencia cultural. En algunas zonas de Bélgica, especialmente en el norte, las casas transmiten una mayor sensación de apertura y libertad de movimiento que muchas viviendas valladas de aquí. Además, la familia de mi madre siempre ha acogido a personas, no solo en situaciones de necesidad, sino también mediante intercambios con músicos de distintos países. Por eso crecí rodeada de experiencias de acogida e intercambio. 
  • Esa forma de acoger, ¿tiene un componente religioso o responde a otros motivos? 
  • Probablemente haya una influencia religiosa. Mi madre era profesora de religión católica y su fe está muy vinculada a la confianza en el ser humano. Una fe que se expresa, sobre todo, como confianza en las personas. Creo que mi forma de acoger estuvo al principio muy influida por la educación católica. Con el tiempo ha cambiado: ahora la relaciono más con la energía que puedo ofrecer. Si no tengo fuerzas para sostener una acogida, prefiero no hacerla, porque también necesito cuidarme. Aun así, para mí compartir el espacio disponible es algo natural. Si tengo habitaciones vacías mientras hay personas en la calle, me parece lógico abrirlas, siempre dentro de unos límites que protejan a todos y permitan mantener la acogida en el tiempo.
  • Incluso a menores no acompañados…
  • En el proyecto acompañamos a jóvenes ex tutelados que tienen documentación, pero pueden quedar sin alojamiento al salir del centro mientras esperan una plaza en otros recursos. Queremos evitar ese periodo en la calle, donde están expuestos a robos, redes delictivas, drogas y problemas de salud mental. Son muy jóvenes, casi niños, y ofrecerles un hogar temporal puede evitar que su situación empeore.
Ejercicio de invisibilidad

Ejercicio de invisibilidad

En este verano de incendios, riadas, conversaciones múltiples sobre los calores sobrevenidos y destinos turísticos saturados como si no hubiese un mañana, nos hemos tropezado con la crisis humanitaria de Ceuta, una de las muchas ciudades que viven en el borde como si el mapa las hubiera dibujado con un temblor en la mano. Ciudades y territorios donde las fronteras no son líneas: son grietas. Por ellas se cuela el miedo, la política, la pobreza y, muchas veces, también la humanidad.

Las más de 72.000 personas que cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad autónoma el pasado 30 de julio son una cifra que no cabe en ninguna estadística emocional. Mientras miles de adultos fueron devueltos por mecanismos tan opacos como rápidos de “cooperación bilateral”, como ha denunciado Convivir sin Racismo—, más de mil menores quedaron bajo custodia autonómica, junto a solicitantes de asilo que esperan, como quien aguarda que amanezca, una resolución que no llega.

Convivencia desgastada

Sentimos como propio que la ciudad, agotada, ha hecho lo que ha podido: vecinas y vecinos improvisando acogidas, ONG repartiendo comida en playas convertidas en dormitorios, asociaciones sosteniendo lo que los servicios públicos no alcanzan. Y, sin embargo, lo que más ha dolido no ha sido la precariedad, sino la fractura. Porque la convivencia se ha desgastado hasta el punto de que algunos han confundido el cansancio con odio, y el abandono con permiso para la violencia. Que haya quien incendie pertenencias de recién llegados, quien impida a Cruz Roja repartir agua, quien hostigue a menores, no habla de Ceuta: habla de lo que ocurre cuando una crisis se deja pudrir. Y habla también de quienes han decidido convertir la solidaridad en sospecha, como si acompañar, documentar o asistir fuera un delito.

Leyendo el manifiesto de Convivir sin Racismo, uno no puede evitar recordar lo que Arturo Lezcano describe en El país invisible (Libros del K.O., 2025): la historia de cientos de miles de gallegos que, en dos oleadas entre 1880 y 1960, emigraron a América buscando lo mismo que hoy buscan quienes llegan a Ceuta. No eran héroes ni aventureros: eran trabajadores pobres que partían con una maleta de cartón y un futuro prestado. Y, como los migrantes de hoy, fueron invisibles.

Desaparecer sin ruido

Invisibles en los censos, invisibles en las leyes, invisibles en la memoria. Invisibles cuando trabajaban en los puertos de Buenos Aires o Nueva York, en las cocinas de Caracas, Ciudad de México, Salvador de Bahía o Río de Janeiro, en las haciendas de Cuba. Invisibles cuando enviaban remesas que levantaron casas y escuelas en Galicia mientras ellos seguían siendo “los de fuera”.

Lezcano lo resume con una frase que atraviesa el tiempo: “La emigración gallega fue un país entero que desapareció sin hacer ruido”. No podemos negar que hoy, en Ceuta, ocurre lo mismo: un país entero que llega sin hacer ruido, pero sobre el que se grita demasiado.

Criminalizar la solidaridad es degradar la democracia. No hay frontera que exima del cumplimiento de la ley, ni territorio que permita excepciones en derechos humanos. La política migratoria no puede convertirse en un campo de batalla donde unos defienden la “integridad territorial” mientras otros cargan con la intemperie.

En las concentraciones convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias participaron miles de personas bienintencionadas que expresaron su solidaridad con los ceutíes. Pero el apoyo no puede ser un disfraz para movilizaciones contra las personas migrantes, ni un altavoz para quienes buscan convertir una crisis humanitaria en un arma partidista.

Una mirada distinta a la frontera

Ceuta necesita recursos, coordinación, transparencia. Necesita que se investigue la violencia racista, que se garantice el trabajo de Cruz Roja, Elín y tantas organizaciones que sostienen lo que otros abandonan. Necesita que se cumpla la ley con los menores, que se respete el derecho de asilo, que se deje de externalizar responsabilidades hacia Marruecos como quien barre el polvo hacia la casa del vecino. Y, sobre todo, necesita que dejemos de mirar la frontera como un muro y la miremos como un espejo. Porque lo que ocurre allí dice más de nosotros que de quienes llegan.

Los gallegos que emigraron hace un siglo también fueron tratados como amenaza, como carga, como intrusos. Ellas fueron víctimas de la trata, como ocurre en nuestros civilizados países de acogida. Familias rotas, proyectos a menudo truncados, extraños en las tierras donde llegaban y extraños cuando regresaron a sus aldeas. Hoy son parte del relato sentimental de un país que olvida demasiado rápido. La invisibilidad es una enfermedad que se hereda.

La frontera no admite excepciones. La humanidad tampoco. La inacción no es una opción. Y es verdad: la frontera no admite excepciones, pero la humanidad tampoco. Ceuta está en el borde. Pero el borde no es un límite: es un lugar desde el que se ve con más claridad quiénes somos. Y, sobre todo, quiénes fuimos.

Si yo fuera diputado…

Si yo fuera diputado…

…me hubiera gustado ser el pasado martes Amadeo Marqués. Bueno, me conformo con haber estado en la piel (aunque sea en la imaginación) de este parlamentario aranés a la hora de su intervención de siete minutos frente a los bancos de la oposición prácticamente vacíos en un debate sobre persecuciones religiosas y protección a cristianos perseguidos.

Para algunos fue una parrafada de sacristía. Sí, diría yo, pero de sacristía bien ventilada, de esas que dejan a más de uno buscando el misal para ver si lo que ha dicho viene realmente en el Evangelio. Una homilía laica que puso a medio hemiciclo con cara de haber llegado tarde a misa y sin saber dónde sentarse.

Xenofobia vs cristianismo

Amador es socialista y cristiano. Sí, las dos cosas a la vez, que parece que a algunos les chirría más que un trono mal engrasado. Recordó algo que debería estar grabado en la puerta de cada sede política: la fe va de misericordia, no de repartir carnés de pureza. Y claro, eso en ciertos asientos sonó como cuando en Semana Santa se apaga una vela antes de tiempo: desconcierto, miradas cruzadas y un par de suspiros que parecían pedir la hora.

Lo mejor fue cuando soltó, sin despeinarse, que “un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano”. Ahí los escaños se quedaron tiesos, como si hubiera pasado la procesión del Silencio. Y no porque la frase fuera nueva —la dijo el arzobispo Joan Planellas, lo recordó él mismo—, sino porque no están acostumbrados a que se les cite el Evangelio sin que sea para justificar un veto o un recorte. Y claro, eso en ciertos sillones sonó como cuando en una boda alguien recuerda que el menú no incluye marisco: un silencio incómodo, miradas al suelo y algún carraspeo de emergencia.

Fe no es arma política

Luego vino la escena que ya es candidata a meme: la Sagrada Familia en la España de hoy. Según Marqués, el PP los llamaría inquiokupas, les negaría el escudo social y Vox los expulsaría por migrantes. Y uno, que pedalea cada día viendo cómo se mira a los recién llegados y a quienes ya están aquí un tiempo como si fueran obstáculos en la calzada, no puede evitar asentir. La parábola no es tan parábola cuando la realidad se empeña en confirmarla.

Entre cita y cita —que si Irak, que si el Líbano, que si los cristianos que huyen de guerras que algunos todavía justifican—, el diputado fue dejando caer una idea sencilla, casi de catequesis de barrio: la fe no es un arma política, ni un azote, ni un sello de identidad tribal. Es, o debería ser, una forma de mirar al otro sin miedo ni cálculo electoral.

En un país y en una región como la nuestra algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon, para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos

Y al final remató con un “Amén” que no sonó a cierre litúrgico, sino a “a ver si os aplicáis el cuento”. Un amén de esos que no piden incienso, sino coherencia. Un amén de esos que, si lo escuchas desde la bici, te hace levantar la vista del manillar y pensar que igual no todo está perdido.

No usar a Dios

Porque en un país y en una región como la nuestra donde algunos usan la fe y la religiosidad popular como si fuera un claxon —para hacerse notar, para imponer, para marcar territorio, para ganar votos— escuchar a alguien recordar que la fe es amor y no un azote es casi revolucionario. Y mira que no pedía tanto: solo que dejemos de usar a Dios como si fuera un tertuliano más.

Y si yo fuera diputado intentaría no perder el norte como, a mi juicio, lo hicieron el miércoles pasado quienes tumbaron la iniciativa legislativa que recogía que no se pudiera conducir con más de 0,2 gramos de alcohol por litro de sangre la tasa máxima de alcoholemia de los conductores. Esto supondría, en realidad, que no se podía tomar ninguna bebida alcohólica si una persona se iba a poner al volante.

Tasa de alcoholemia

Pero claro, al ser una propuesta del Grupo Socialista, qué barbaridad, había que tumbarlo y que no saliera adelante con razones para todos los gustos. Las señorías del PP, Vox, ERC y UPN no atendieron las demandas de la asociación Stop Accidentes que, en boca de su vicepresidente, había afirmado que “salvar vidas no tiene color político ni ideología. Reducir la tasa de alcoholemia al volante es una cuestión de solidaridad y de sentido común. Y quienes voten en contra de ello van a tener que explicárselo a las decenas de miles de familias que han perdido a un ser querido en nuestro país y que son más de 70.000 en los últimos 25 años”.

Mientras que al adversario político –o en la vida civil, a quien no piense como yo- se le vea como un enemigo (y ya se sabe que al enemigo, ni agua) seguiremos dándonos palos incapaces de alcanzar medidas en favor del bien común. Mientras sigamos perdiendo el norte, apañados vamos.


Ilustración | NANA PEZ

Regularizar para reconocer

Regularizar para reconocer

Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.

Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de franchute arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de alicantino, borracho y fino al cambiar de pueblo y de provincia. Si no les suena algo de esto es porque la memoria es muy corta. Selectiva, más bien, porque si la recuperásemos un poco y mirásemos atrás, sin necesidad de ir muy lejos, otro gallo cantaría.

Debate metafísico

Ahora en España estamos viviendo el debate sobre la regularización de inmigrantes como si fuera una cuestión metafísica, de esas que se discuten en las sobremesas largas cuando ya no queda ni café. Una posición que se argumenta estos días es que ese proceso es algo mucho más sencillo: o regularizamos, o el país se nos queda sin manos, sin pensiones y sin futuro.

No me gusta que la defensa tenga que ver con una visión utilitarista del fenómeno migratorio y no, simplemente, por una cuestión de humanidad, de valores, de derechos humanos y, por tanto, de justicia. Pero nada, aquí seguimos, atrapados en un bucle emocional donde algunos han convertido la xenofobia en una especie de religión civil. Y ya se sabe: a un creyente dogmático no se le convence con datos, sino con milagros.

Una de las grandes mentiras que circulan sobre la población migrante es que viene a quitarnos el trabajo

Partidos políticos como Vox o Aliança Catalana (e incluso el propio PP) han creado una xenofobia emocional y han sabido convertirla en creencia. Un argumento puede discutirse, pero es imposible revisar o desmontar racionalmente una creencia dogmática que esté muy viva. Las ideas se tienen, pero en las creencias se está. En ese ámbito de lo incuestionable no tienen cabida los análisis que demuestran que sin los migrantes hay servicios que no funcionarían y que ellos contribuyen de forma relevante al sistema de pensiones.

Regularización para reconocer
Ilustración de Nana Pez

Chivos expiatorios

Recordemos que entre esas grandes mentiras está la de que vienen a quitarnos el trabajo. Pues mire, no. Los estudios muestran que no compiten por los mismos puestos y que, de hecho, aceptan trabajos que muchos españoles no queremos ver de lejos. Y encima cobran un 30 por ciento menos. Vamos, que si alguien está siendo explotado aquí, no son precisamente los de siempre. O también. Pero la narrativa del “nos roban” funciona porque apela a las tripas, no al cerebro.

Crece en España la aporofobia. Es decir, el asco y la aversión al pobre, al inmigrante «sudaca», «moro» o «negro». Como afirma el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, es un problema antropológico de gran magnitud que va más allá de la política y que tiene algunas semejanzas con la mutación cívica que hizo posible el apoyo al fascismo y al nazismo. Ahora el chivo expiatorio no son los judíos, sino los migrantes… ¡que necesitamos! Por eso, el irracionalismo forma parte de la cultura de quienes se sitúan en la órbita de esos partidos. Esa mezcla tóxica es terreno fértil para discursos que recuerdan demasiado a otros tiempos, incluso entre los mismos pobres, a golpe de TikTok. Y no digamos cuando los proclaman personas que se declaran católicas, apostólicas y rumanas, ¡uy!, perdón, romanas.

Acto de justicia

De ahí que el proceso de regularización no sea un gesto de buenismo ni una concesión ideológica. Regularizar no es regalar nada: es reconocer que ya están aquí, en esta tierra de promisión, que trabajan, que sostienen sectores enteros y que merecen derechos y estabilidad. Es, además, la única forma de combatir la economía sumergida y la explotación laboral.

Y si a alguien le preocupa que esto “atraiga a más”, quizá convenga recordar que el mejor freno a la migración no son los muros ni los discursos incendiarios, sino la justicia global: que la gente pueda vivir dignamente en sus países. Pero eso exige políticas serias, no eslóganes.


Ilustración | NANA PEZ

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Operación retorno

Operación retorno

Un beso no consentido no es un pico. Un país o una isla en llamas son algo más que un incendio forestal accidental. Un cierre de fronteras a las personas empobrecidas es racismo puro y duro. Y si el retorno a la maldita normalidad viene acompañado de un terremoto que golpea con mayor dureza a quienes ya lo tienen difícil para sobrevivir a diario, ¿qué me dicen? ¿Es buen momento para aterrizar en la cruda realidad del presente? 

Pues eso es lo que viene de atrás en este verano que toca a su fin. No nos hemos privado de nada tras la vuelta a las urnas de finales de julio. Menos mal que no caímos en la apatía ni en la pose melancólica tras la cacareada anticipación de una victoria de las derechas, sean en la versión patria o en la periférica. Todas ellas se estrellaron contra el presente de una sociedad que no es uniforme –líbreme Dios – ni analfabeta –menos mal – sino que resuelve con mucha cordura –claro está- cuando se le reta a dar un paso adelante.

Visión global

La crisis climática, el feminismo y la migración conforman esa tríada de elementos a tener en cuenta a la hora de jugarnos el presente y el futuro de estas nuestras generaciones. Negar cualquiera de ellos es caer en la cuenta de que vivimos fuera de la realidad. De que miramos hacia otra parte sin complejos, mientras nos arriesgamos a un futuro sin soporte de mantenimiento. De ahí que la agenda haya estado salpicada de noticias en ese triple frente abierto a lo largo y ancho mundo que nos circunda. Sin descartar que las prioridades ya no se circunscriben a uno u otro país, sino que las circunstancias alcanzan una dimensión global que nos empequeñecen como seres finitos.  

Los ecos de la victoria de la Selección Femenina de Fútbol aún parecen resonar enmudecidos en la lontananza de lo visto y leído desde aquella fatídica noche de los exabruptos de un machirulo que nos avergonzó a todos, especialmente a quienes nos gusta ese deporte. Ya sabemos que los líos venían de antes, con plante incluido, y que solo saltó la chispa de un fuego que estaba contenido en esta como en otras parcelas de la vida. El interfecto finalmente ha arrojado la toalla y ha dimitido con la boca pequeña, aquella que no supo cerrar en su momento. Sus gestos ya han pasado a formar parte de un imaginario que va a tener más consecuencias que las puramente circunscritas al mundo del balompié y a esos hechos que van a acompañar a las campeonas del Mundial de Australia y Nueva Zelanda.  

Incendios y cierre

Y qué decir de los incendios de Grecia (con el añadido de las lluvias), Hawái y Tenerife, como los de Canadá o California, que siempre están ahí. O los golpes de calor que castigan a quienes se ganan la vida en el exterior y la continua retahíla de noticias sobre récords en altas temperaturas (desde que hay registros, nos especifican) de estos meses de julio, agosto y septiembre. Casi nada. Pero claro, de cambio climático, mejor no hablar. Ni de reducir nuestros niveles de consumo (siempre asociado al mantra del maldito crecimiento), ni de la huella de carbono, ni de las energías limpias o sucias. Consumid, consumid, que el mundo se acaba es el nuevo grito de guerra.

Qué decir de la pérfida Albión, esa prepotente del Brexit, que ha dado lecciones al resto de Europa y del mundo con el cierre de fronteras y el envío a cárceles flotantes de quienes osan cruzar el Canal de la Mancha y buscarse la vida en la isla. Ni qué decir de quienes se atrevan llegar a sus aeropuertos sin permiso previo de trabajo. El Mediterráneo y otros mares del resto del mundo guardan en sus fondos las almas de millares de personas en busca de un futuro. Otras recalan en cárceles-campamentos como refugiadas o se estampan ante muros físicos o mentales de indiferencia de una parte del planeta que les dirige un mensaje para que se queden en su tierra.

Menudo retorno. ¿No les suena que estos escenarios ya los conocíamos antes de habernos ido de vacaciones? Pues eso. Que seguimos a lo nuestro.

Pasión y muerte están aquí

Pasión y muerte están aquí

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

No hace falta sacar los santos, vírgenes y cristos a las calles para revivir los acontecimientos que rodearon la delación, el secuestro, la detención, la tortura, las acusaciones falsas, el engaño, la traición de sus amigos y la desolación en cruz de aquel galileo, desnudo, ultrajado y reducido a un despojo. Esas experiencias las tenemos cada día muy presentes en cualquier parte del planeta. Corderos llevados al matadero por su compromiso político o sindical, pero silenciados en la noria de las vanidades informativas. Traicionados, raptados y sometidos a toda clase de vejaciones. Da igual el credo que profesen, la nacionalidad que aparezca en sus pasaportes o el color de su piel, porque de lo que se trata es de aniquilar la dignidad y el respeto por el ser humano, al precio que sea.

Fariseos y saduceos de antaño

Podemos narrar la emoción por un manto bordado, una imagen inanimada, los sones de una saeta o el ritmo de una marcha procesional. Nos permitimos atiborrar de flores o velas un trono, cargar un paso como si nos fuera la vida en ello y acompañar a militares en tono marcial como si escoltasen a un malhechor cuando en realidad ese personaje es reo de muerte camino del patíbulo por atreverse a transgredir el poder religioso, político y económico de la época. Sus protagonistas de antaño son los mismos fariseos y saduceos, sepulcros blanqueados o invasores de Palestina que hoy pretenden edulcorar sus vidas e historias con una presunta muestra de golpes de pecho sin entonar el mea culpa.  

Mientras hay quienes se pelean por un puesto en la comitiva de la procesión o en la fila de estantes, esos mismos son capaces de mirar hacia otro lado ante las muertes de miles de personas que cruzan cualquiera de los estrechos y fronteras en busca de un futuro mejor. Aquellos que alimentan los fondos de los mares de la sinrazón. De las gentes que huyen de guerras, de hambrunas o sufren persecución política. ¡Ay de aquellos que se muestran orgullosos de lucir túnicas, escapularios y capuchas mientras rechazan que en su barrio ubiquen un centro de rehabilitación de personas toxicómanas! Esa mirada ante el nazareno no parece que sea la de quien lucha cada día una batalla contra la desigualdad y el mal fario asociado a la pobreza. De quien se deja la piel por llevar comida y un futuro a casa, amén de una salida digna de la precariedad y la exclusión. Esas víctimas que no cuentan para otra cosa que no sea la suma de números sin rostro y completar la sucesión de frías estadísticas de crecimiento económico sin alma que valga.

¡Ay de aquellos sumos sacerdotes de una nueva religión laica en la que todo vale, especialmente las posiciones autoritarias y populistas!

¡Y ay de vosotros que sois capaces de acompañar un trono en el que se muestra la imagen doliente de un venerado hombre al que trataron de arrebatarle su dignidad, cuando en la vida cotidiana practicáis la corrupción en todas sus formas! Ejercen la podredumbre moral quienes arrebatan al débil lo que pueden, los que defraudan a manos llenas y se jactan de ello, los que no son capaces de mantener su palabra frente a las tentaciones del poder o de servirse de una posición de privilegio para actuar con total impunidad. Son los sumos sacerdotes de una nueva religión laica en la que todo vale, especialmente las posiciones autoritarias y populistas que sitúan la mirada por encima de los hombros del resto de los mortales. Y lo hacen porque parecen haber sido educados para ello. Es la descomposición extrema de los que, amparados en una supuesta altura moral, tratan de dar lecciones a propios y extraños.  

Mujeres valientes

Y en esta exaltación de cruces y estandartes por las calles dónde quedan, además, aquellas mujeres que no faltaron en su momento a estar en primera línea junto al derrotado, al vencido, al machacado en cruz. Las que no tuvieron miedo, ni se escondieron. Las que no renegaron de aquel que era feliz cuando le acompañaban en su camino. Esas mujeres a las que, tanto entonces como dos mil años después, el patriarcado clerical sigue colocando en segundo plano de la escena de una Iglesia que tiene miedo de quedarse sola en medio del mundo. Temor a la pérdida de un protagonismo mesiánico que no esconde otra cosa que la inmadurez personal de quienes defienden a ultranza las posiciones de privilegio alcanzadas a lo largo de los siglos. Pasión y muerte están aquí, junto a nosotros. Solo tenemos que contemplarlas. Sin sucedáneos. Al cabo de la calle.

Sufrimiento en los CIE, los nuevos lazaretos

Sufrimiento en los CIE, los nuevos lazaretos

Ir a donde otros no llegan es uno de los criterios que Ignacio de Loyola señala en las Constituciones de la Compañía para elegir la misión de los jesuitas. Desde el año 1980 el entonces Superior General, Pedro Arrupe SJ, fundó el Servicio Jesuita a los Refugiados (SJR), un proyecto para atender a las personas que se ven obligadas a dejar sus hogares en busca de una vida digna. Desde entonces el drama de la movilidad humana no ha dejado de aumentar. (más…)

Tierra de promisión

Tierra de promisión

“Soy un pecador y hago en mi barquilla rota la travesía de la noche”, nos dice Santiago Agrelo, el arzobispo de Tánger que divisa cada día las ansias, anhelos y sueños de quienes ven en Europa esa tierra de promisión. Con el mismo deseo que el poeta colombiano José Eustasio Rivera titulase una gran colección de sonetos, con versos tan dulces como estos: Rendido ante el dolor de la penumbra,/ mi ser, que es una luz, se apesadumbra;/ después, con los murientes horizontes / me voy desvaneciendo, me evaporo… / y mi espíritu vaga por los montes /como una gran luciérnaga de oro. (más…)