Cuando el hogar deja de ser hogar

Cuando el hogar deja de ser hogar

Una: el martes pasado, Antonia Mayol veía aplazado el desahucio de la vivienda que había comprado hace casi treinta años en Alcantarilla. El fondo buitre que la adquirió parece que no se aviene a negociar. Dos: Maricarmen, una mujer de 87 años fue desahuciada el miércoles por la noche de su casa en Madrid, tras siete décadas viviendo en ella. Este hecho ha provocado una gran reacción social que se echaba de menos. Tres: la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) centra este año su atención en las consecuencias que tiene para las personas y las familias trabajadoras, especialmente para las personas jóvenes, la negación prÔctica del derecho a la vivienda.

Estas noticias no son solo noticias. Son bofetadas. Las tres en su conjunto son historias que se tocan como dos cables pelados. Menudo chispazo. Realidad pura. Porque lo que ocurre con ambas mujeres no es una excepción, sino el rostro mÔs crudo de la realidad en la que cuando el derecho a la vivienda y el derecho al trabajo se convierten en mercancía, la vida se vuelve un ejercicio de supervivencia.

Vida digna

Y eso, aquí en la Región de Murcia, lo sabemos bien: las ejecuciones hipotecarias se dispararon en el primer semestre en la Región de Murcia hasta alcanzar los niveles de la pandemia. Los procedimientos aumentaron casi un 40 por ciento en el último año tras registrar un total de 475 durante el primer semestre, la cifra mÔs alta desde 2021. AdriÔn GonzÔlez nos lo recordaba hace unos días en las pÔginas del diario La Opinión.

Trabajo y vivienda son dos derechos que deberían sostener una vida digna, no dinamitarla. Pero hoy funcionan como dos puertas cerradas: salarios que no alcanzan, alquileres que se disparan, jóvenes que encadenan contratos de semanas y familias que viven con la angustia de no saber si podrÔn pagar el mes siguiente.

Y mientras tanto, en Madrid, una anciana es expulsada de su casa porque una inmobiliaria decidió multiplicar por cinco el alquiler. No por necesidad, sino por lógica de mercado, esa que convierte la dignidad en una línea de Excel. Incluso rechazaron el pago íntegro garantizado por una persona solidaria. Ahí estÔ el punto: cuando la vida se mide en rentabilidad, la justicia se queda sin sitio.

Desahucios
Ilustración | NANA PEZ
Escenas de parƔbola

Las escenas de estos desahucios son casi una parÔbola: una anciana en camilla, una mujer en silla de ruedas acompañada por su hija y su nieto. En el caso de la capital de España, con cientos de vecinos gritando que no estÔ sola y poniendo negro sobre blanco el escÔndalo del Ôtico de Ayuso. En nuestra Región, con el calor de la buena gente de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). Frialdad institucional frente a calor comunitario.

No hace falta irse a Madrid para ver la herida. Aquí, en nuestros barrios, hay jóvenes que viven en habitaciones de paso, familias que destinan mÔs del 50 por ciento del sueldo al alquiler, y las personas trabajadoras que, aun con dos empleos, no pueden plantearse un futuro estable. La imposibilidad de construir una vida digna cuando trabajo y vivienda fallan a la vez es exactamente lo que vemos cada día en la calle, en las plazas de abastos o en los mercadillos, en los portales donde la gente hace cuentas con miedo.

Propiedad privada, bien absoluto

Cuando la política se dedica a intercambiar culpas y no protege a los vulnerables, deja de servir al bien común. Y cuando los fondos buitre imponen su lógica sin alma, la vida humana se vuelve un daño colateral.

Lo que estĆ” en juego no es solo un piso. No es solo un contrato. No es solo una anciana o una mujer con problemas de movilidad. Es el modelo de sociedad que estamos construyendo: una donde la propiedad privada se trata como un absoluto, olvidando que estĆ” subordinada al bien comĆŗn; una donde la fragilidad se enfrenta en ocasiones a despliegues policiales desproporcionados.

Maricarmen ha sido desahuciada. Antonia ha visto un nuevo aplazamiento. Pero sus historias, como las de tantas personas en Murcia y en toda España, nos obligan a mirar de frente lo esencial: la humanidad, la compasión y la justicia. Lo que estÔ en juego no es solo un hogar. Es la posibilidad de vivir sin miedo.

Ay, quƩ dolor

Ay, quƩ dolor

Esta escena tiene lugar en una gran sala que era entonces la del Cine Ideal, próximo a la cĆ©ntrica Plaza de Jacinto Benavente en el Madrid de los Austrias, antes de que estos locales se reconvirtieran en multicines, en bingos o en franquicias de grandes firmas comerciales. Domingo por la tarde. Programa triple: Perros callejeros y Perros callejeros II, de JosĆ© Antonio de la Loma, y Deprisa, deprisa, de Carlos Saura. Ni una butaca libre. Jóvenes de Usera, Carabanchel y Vallecas escapamos al centro de la capital. Suenan los acordes de las guitarras y Los Chunguitos comienzan con aquello de ā€œHiciste la maletaā€ y todo el cine tiembla con el redoble de los golpes en el suelo que los espectadores se encargan de interpretar, mientras sigue la canción, ā€œay, sin decirme adiós; ay, quĆ© dolor; ay, quĆ© dolor; ay, quĆ© dolor; ay, quĆ© dolorā€. (mĆ”s…)

Cuidadoras en una economĆ­a de cuidados

Cuidadoras en una economĆ­a de cuidados

Respóndame a esta pregunta: Āæes posible que algĆŗn ser humano viva sin ser cuidado? Pese a que la contestación parezca obvia, no me negarĆ”n que en el noventa y nueve por ciento de los casos al frente de los casos hay una mujer, o varias mujeres, o un grupo de mujeres, que protagoniza una actividad tan poco reconocida como es la que tiene que ver con el trabajo de cuidados no remunerados. Vayamos por partes. (mĆ”s…)

Estrellas de dignidad al fondo del pasillo

Estrellas de dignidad al fondo del pasillo

Las estrellas no refulgen de igual manera que quienes se encargan de mantener alta la categorĆ­a del establecimiento. El resplandor oculta en muchas ocasiones la oscuridad de los pequeƱos office que son testigos mudos del drama de aquellas, las camareras de piso, las camareras de hotel, las ahora incluidas en la categorĆ­a de peones de limpieza. Yolanda es una de ellas, una de las 200.000 yolandas que dejan a punto en seis horas hasta treinta habitaciones de hotel. Es una de ā€˜las Kelly’, las que limpian, las mujeres que enferman mientras se baten rĆ©cords de ocupación turĆ­stica. Las que llevan dentro de sĆ­ el cansancio crónico, los dolores musculares, la ansiedad por los ritmos de trabajo. Las grandes consumidoras de ibuprofeno, junto con el resto de las limpiadoras de hogares o edificios, trabajadoras de la conserva, cuidadoras de nuestros viejos… (mĆ”s…)

#ComparteLoQueImporta

#ComparteLoQueImporta

Definitivamente la cooperación al desarrollo no estĆ” de moda. Ya no cuenta, apenas aparece en los medios de comunicación y, lo peor de todo, es que parece que ha quedado relegada a sectores minoritarios de la sociedad civil. Los efectos de esta estafa económica que llaman crisis son demoledoras. A la pĆ©rdida de derechos sociales, de justos salarios y condiciones de trabajo dignas, se une un elemento grave: que ha calado profundamente el mensaje del ā€˜sĆ”lvese quien pueda’, que podemos traducir tambiĆ©n por el ā€˜no me calientes la cabeza con la solidaridad con los mĆ”s pobres que aquĆ­ los pobres ya somos muchos’. (mĆ”s…)

Brecha salarial y desigualdad

Brecha salarial y desigualdad

El gran drama de la vida cotidiana en nuestro paĆ­s no es la DUI de CataluƱa, ni los consiguientes problemas territoriales o el cupo vasco. Tampoco ā€˜el momentazo’ de la entrevista de Mónica Touron a la favorita de Operación Triunfo, la pamplonica y campechana Amaia, o los ataques a Cepeda, candidato a abandonar el concurso esta semana. Ā El hecho mĆ”s significativo es que la concentración de la riqueza estĆ” creciendo, esto es, que crece la desigualdad. En EspaƱa tres personas tienen la misma riqueza que el 30 por ciento de los mortales, que cada vez hay mĆ”s ciudadanos en los niveles de ingresos mĆ”s bajos, mientras se incrementan los de los estratos mĆ”s altos. (mĆ”s…)