Generación del baby boom
La generación del baby boom, la de aquellos que habíamos nacido a mediados de los 60, estábamos a punto de entrar en el mercado laboral mientras despedíamos nuestros años de estudios universitarios. Y muchos lo hicimos, incluso terminando las carreras mientras simultaneábamos los primeros empleos en condiciones que, a ojos vistas de hoy, suenan a lujo asiático. Basta indicar que entonces las prácticas de verano, las de formación, se pagaban. Sí, sí, muchachitos y muchachitas de ahora, se pagaban, y te daban de alta en la Seguridad Social. Y, además, se retribuían tan bien que podías permitirte pasar un verano en condiciones, costearte la ansiada chupa de cuero con el primer sueldo y presumir de que ya recibías pagas que no venían de las carteras de tus padres. Todo iba muy Deprisa, deprisa, como la premiada película de Carlos Saura en el Festival de Berlín. No tan rápida y arriesgada como la vida de esa generación de jóvenes delincuentes y pandilleros de los suburbios como el Vaquilla o el Torete, pero casi, porque las expectativas de ascenso social se presentaban a la vuelta de la esquina. Estaba claro que íbamos a vivir mejor que la generación de nuestros padres y, sobre todo, que el esfuerzo que habían hecho para que estudiásemos tenía sentido, ya que la mejora del nivel educativo aseguraba un futuro laboral en condiciones más dignas de las que ellos habían conocido.
ILUSTRACIÓN | Eva van Passel Gambín
Precariedad para todos
Los nacidos en España en los años 80, los millenials, sufrieron primero la crisis del 2008: cuando el mercado laboral se cerró o dio por hecho que les hacía un favor contratándolos. ¿Esto les suena? Es cuando ya no se cobran ni las prácticas, pero sí se les da las gracias a los contratadores como si les hicieran el favor de su vida. Ahora, doce años después, cuando encarrilaban su vida profesional, eso sí, con salarios bajos y contratos precarios, la crisis de la Covid-19 también se lleva por delante las expectativas de esa generación y coloca a la de nuestros hijos, la que viene detrás, con un presente y un futuro poco prometedores. De ahí que ahora no exista la garantía de que ambas generaciones sean capaces de vivir como la nuestra, la de sus padres y madres. Estemos tranquilos, que no sabemos lo que va a pasar. No seamos agoreros de algo que no está en nuestras manos, sino en la de quienes tienen que coger las riendas de su vida. Seguro que nos echarán cosas en cara, como nosotros se las lanzamos en su momento a nuestros progenitores. No quita, sin embargo, que nos lamentemos con ese “ay, qué dolor”, mientras nos quedamos parados. De eso no se trata. Es otra cosa.Descubre más desde A un palmo del suelo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
