Laurie Lambert – Profesora de francés y coordinadora de voluntariado en Parem

Laurie Lambert (Florenville, Bélgica, 37 años) llegó a Murcia en 2009 con una Erasmus, una lengua extranjera y una intuición: aquí había algo que podía convertirse en hogar. Lo encontró en el teatro, en la amistad, en un piso que con los años se transformó en refugio para jóvenes migrantes y en un espacio donde la solidaridad se vive sin épica, desde lo cotidiano. Coordinadora de voluntariado en la Asociación de ayuda para las Personas Refugiadas y Migrantes en Murcia (Parem), Laurie habla de acompañar como quien habla de respirar: con naturalidad, con límites, con una fe profunda en la humanidad y en la energía que se intercambia cuando dos vidas se sostienen mutuamente. Su historia es la de una mujer que decidió quedarse, abrir la puerta y construir comunidad

  • ¿Quién es Laurie Lambert?
  • Soy alguien que llegó a Murcia en 2009 por un Erasmus de Filología Francesa. Aquí encontré el amor, la vida social y motivos para quedarme. Estuve diez años en pareja hasta que nos separamos en 2019. Para entonces rondaba los treinta y, en Bélgica, muchas personas de mi edad ya se habían establecido y formado una familia. Yo, en cambio, ya me sentía muy vinculada a España. La vida, de pronto, tenía aquí un ritmo que reconocía. Un piso que se convirtió en refugio, una Covid que nos encerró y nos abrió a la vez. Y ahora un bebé que viene. Al final, quedarme fue una buena decisión.
  • ¿Cuál es su lugar de origen?
  • Vengo de un pueblo del sur de Bélgica, donde las fronteras con Francia y Luxemburgo son líneas suaves, casi respiraciones. Estudié en Lieja. Crecí en una casa donde la puerta siempre estaba abierta. Creo que esa forma de estar en el mundo se me quedó pegada a la piel.
  • ¿Cómo fueron sus comienzos en el voluntariado con la acogida a personas migrantes y refugiadas?
  • Siempre he estado vinculada al voluntariado. A los 18 años me fui a Estados Unidos para aprender inglés. Más tarde participé en un programa de año sabático que combinaba la inmersión lingüística con una experiencia de voluntariado en Senegal, donde trabajé durante tres meses como profesora de Primaria. Tras aquella experiencia, al llegar a Murcia quería conocer a personas implicadas en el activismo y participar en un proyecto práctico. Primero contacté con Ecologistas en Acción, pero en aquel momento su actividad estaba más centrada en el trabajo científico, mientras que yo buscaba una labor más directa sobre el terreno. Así fue como, en 2016, empecé a colaborar con Parem. En esa época todavía era una plataforma, no una asociación, y había surgido como respuesta a la guerra de Siria. Su labor inicial consistía en recoger ropa, medicamentos y otros materiales en Murcia para enviarlos a las zonas afectadas.
  • Pero esta asociación cambió su enfoque…
  • Efectivamente. A lo largo de 2016, la organización constató que muchas personas refugiadas estaban llegando a Murcia. Por eso decidió dejar de centrar sus esfuerzos en enviar ayuda al extranjero y comenzar a acompañar directamente a quienes ya se encontraban aquí. Así nació Parem tal como funciona en la actualidad.
  • ¿Hubo algún momento en el que sintió que acompañar no era solo una tarea sino una forma de estar en el mundo?
  • Durante mi viaje a Senegal viví con una familia de acogida y comprendí que acompañar a otras personas no consiste únicamente en dar. Tú aportas tiempo y energía, pero también recibes afecto, aprendizajes y nuevas formas de entender la vida. Allí sentí con fuerza ese vínculo basado en el intercambio. Años después pude tomar distancia y reflexionar sobre cuestiones como el paternalismo y la relación de Occidente con otras partes del mundo. Sin embargo, más allá de esas consideraciones, aquella experiencia humana ya había cambiado profundamente mi forma de estar en el mundo.
  • ¿Qué le enseñan sobre sí misma las personas a las que acompaña?
  • Lo primero que he aprendido es a reconocer y establecer mis propios límites. La experiencia del programa de acogida de jóvenes del año pasado me hizo comprender que, para acompañar de forma saludable, es necesario decidir cuánto tiempo, energía y espacio personal puedo ofrecer. Aunque pueda parecer abstracto, concibo el acompañamiento como un intercambio de energía. Yo aporto tiempo, atención y espacio vital, pero los jóvenes también comparten su personalidad, sus experiencias y su ayuda. En casa, por ejemplo, siempre han colaborado conmigo. La relación no consiste solo en dar, sino en encontrar un equilibrio entre ambas partes. La interculturalidad implica perseguir una armonía que quizá nunca sea perfecta, pero que se construye día a día. El reto está en descubrir cómo quiero contribuir y hasta dónde puedo llegar sin descuidarme. Un voluntariado tan intenso como el de Parem puede generar mucho desgaste si no se protege ese equilibrio.
  • ¿Qué supone acoger en tu casa a personas refugiadas?
  • Acoger significa aceptar que la vida de esa persona no seguirá el camino que tú imaginas, sino el que ella decida. Tu papel es ofrecerle un punto de apoyo, estabilidad y seguridad para que pueda elegir su propio rumbo. Lo más difícil es no proyectar nuestras creencias ni asumir que sabemos qué le conviene: qué trabajo debería aceptar, qué curso tendría que hacer o qué decisiones debería tomar. A veces los jóvenes eligen una opción distinta de la que esperábamos, y debemos reconocer que ya hemos cumplido nuestra parte al brindarles una base estable. Actualmente acompañamos a un joven que, tras pasar por una familia de acogida, ha vuelto a vivir en la calle. Trabaja, pero no encuentra una habitación. Podemos ofrecerle un lugar para ducharse o lavar la ropa, aunque el alojamiento tiene un límite temporal. En definitiva, debemos respetar su autonomía, su cultura, su personalidad y sus creencias. Son jóvenes y necesitan aprender también a través de sus propias experiencias.
  • En la relación con las personas migrantes, ¿qué gestos pequeños, una mirada, una frase o un silencio le han marcado en estos años de voluntariado?
  • Hace poco volvió a casa Moussa, un joven al que acogimos el año pasado cuando estaba viviendo en la calle. Después le ayudamos a encontrar trabajo y una habitación en Archena. Era muy tímido; de hecho, aparece en una entrevista en nuestro Instagram y está todo el rato mirando al suelo. Meses después regresó a Murcia porque había encontrado otro trabajo y, mientras buscaba alojamiento, volvió a quedarse conmigo. La semana pasada vino para que le ayudara con el currículum. Sigue trabajando, pero quiere encontrar algo mejor. Y esta vez parecía otra persona: te miraba a los ojos, hacía bromas y se reía muchísimo. Me dio mucha alegría ver ese cambio. Tener un trabajo, una habitación y cierta estabilidad le ha dado mucha más seguridad y autonomía. Es una de las historias más recientes que tengo y refleja muy bien la diferencia entre vivir en la calle y poder contar con un entorno estable.
  • ¿Cómo sostiene emocionalmente el acompañamiento cuando las historias que vas conociendo vienen cargadas de pérdidas, de huidas, de comienzos duros?
  • En los últimos años tengo menos contacto directo con las personas, salvo con estos jóvenes, porque ahora coordino al voluntariado y me ocupo sobre todo de tareas en línea, tesorería y administración. Aun así, sigo conociendo sus historias a través de mis compañeras. Con el tiempo también hemos aprendido a cuidarnos. La etapa de la Covid fue muy dura para Parem: pasamos de ocho coordinadoras a quedarnos solo tres, aunque ahora volvemos a ser unas nueve o diez. En aquel momento, una psicóloga voluntaria organizó una sesión que nos ayudó mucho a hablar y compartir lo que estábamos viviendo. Lo que más me sostiene es la red que hemos creado. Muchas llevamos años juntas y podemos llamarnos para contarnos cómo estamos. También siguen cerca personas que antes eran usuarias y ahora colaboran como voluntarias; algunas se han convertido en amigas. En lo personal, me ayudan el arte, el baile, la música y el trabajo de gestión emocional.
  • ¿Qué ha aprendido sobre la resiliencia observando a quienes llegan aquí buscando un lugar seguro?
  • A veces confundimos la resiliencia con ocultar el dolor. Que una persona no parezca triste o deje de contar su historia no significa que la haya superado: el sufrimiento puede permanecer y reaparecer. Además, existen distintas formas de relacionarse con las emociones, por lo que no considero la resiliencia una capacidad permanente. Para mí, ser resiliente es seguir adelante día a día, sin negar lo vivido. Es volver al presente, sabiendo que cualquiera puede recaer. La amistad y la confianza ayudan mucho. Un amigo de Parem, tras vivir experiencias terribles, ha creado una empresa de construcción en Madrid y una casa para alquilar en Malí. Su trayectoria muestra una gran fortaleza y capacidad para avanzar pese a las dificultades.
  • ¿Hay algo que le haya enseñado este trabajo sobre la fragilidad y la fuerza humanas?
  • Me ha enseñado a reconocer mis propios prejuicios racistas. A veces aparecen en mis pensamientos o comportamientos, y la acogida me obliga a observarlos y cuestionarlos. Porque en ocasiones me sorprendo teniendo prejuicios. La diferencia está en reconocerlos y evitar que se conviertan en discriminación. Nosotras acompañamos a personas muy distintas, así que no podemos clasificarlas por su origen, edad o género: debemos conocer cada historia y su realidad. También tendemos a proyectar nuestras expectativas, especialmente sobre los jóvenes acogidos. Pero pueden elegir un camino diferente al que les proponemos, condicionado por su cultura y sus circunstancias, y eso no lo hace menos válido.
  • ¿Qué debería entender la sociedad murciana sobre las personas refugiadas?
  • Lo primero es entender que una persona puede tener trabajo y, aun así, vivir en la calle porque no puede pagar una habitación. También hace falta acercarse y escuchar: cuando hablas con alguien y preguntas por su situación, descubres experiencias muy distintas y evitas juzgar sin conocer la realidad. En Murcia, mucha gente da por hecho que quien vive en la calle puede comer o dormir en determinados recursos, pero desconoce que esos servicios están saturados o desapareciendo. Creo que cuesta ver hasta qué punto se está debilitando el tejido social por decisiones políticas. Que la gente opina muchas veces sin conocer. Y que la solidaridad está, aunque haga menos ruido que el rechazo.
  • ¿Qué le sostiene cuando el contexto social y político no acompaña?
  • Me sostienen la meditación, la música, el arte y la red de amistades y personas voluntarias. Meditar me ayuda a recuperar la calma y a centrarme. También soy optimista: incluso ante relatos negativos, la respuesta ciudadana me devuelve la confianza. La semana pasada organizamos una pequeña recogida de ropa por la situación en Ceuta y participó bastante gente. A pesar del discurso negativo que vemos en las redes y en algunos medios, muchas personas quisieron donar una tienda de campaña, un gorro o unos zapatos. Cada vez que hemos organizado una campaña así, la ciudadanía ha respondido.
  • ¿Comparte la sensación de que la solidaridad queda ocultada y el rechazo al otro, al diferente, es lo que hace más ruido?
  • Sí, pero también percibo una corriente de personas que está tomando conciencia de que debemos recuperar el control sobre las historias que contamos. Por ejemplo, en el barrio del Carmen, en Murcia, apareció una cuenta de Instagram centrada en robos y con un enfoque que, en mi opinión, puede favorecer discursos radicalizados. Como respuesta, surgió otra cuenta que muestra una visión más cercana y solidaria del barrio, destacando las iniciativas positivas que también existen. Ambas realidades pueden convivir, pero la cuestión es dónde ponemos el foco: qué queremos ver y qué ciudad queremos construir. Podemos relacionarnos desde el miedo o reconocer que también es posible confiar: abrir la puerta de casa o acoger a un joven sin asumir que va a robarnos. Muchas veces, lo único que busca es una cama y un lugar donde descansar.

Acompañar a personas voluntarias

  • ¿Qué le supone coordinar voluntariado?
  • A nivel logístico, coordinar es lo que más me gusta. Disfruto poniendo en marcha proyectos desde cero, como el de los jóvenes, y también lo hago en mi trabajo como profesora de francés, donde colaboro con otras docentes. Organizar y automatizar procesos es algo que me sale de forma natural. Con las personas voluntarias intento no crear demasiadas expectativas. Cuando alguien propone una idea, le animamos a desarrollarla de principio a fin y le ofrecemos nuestro apoyo y experiencia. Solo una parte llega hasta el final, así que normalmente coordino a quienes ya están muy implicados o sabemos que pueden asumir el proyecto con autonomía.
  • ¿Qué le emociona al ver cómo una persona voluntaria evoluciona desde su llegada hasta encontrar su lugar en Parem?
  • Después de la Covid, cuando nos quedamos solo tres coordinadoras, nos preguntamos qué había fallado en la comunicación y en nuestra propia red. Ver el equipo que tenemos hoy me confirma que hemos aprendido y que estamos haciendo bien las cosas. También lo demuestra que muchas entidades crean que somos profesionales, aunque en Parem no hay personal contratado ni sede: todo el trabajo es voluntario. El programa de acogida tiene, además, un valor especial porque nace de la ciudadanía, de personas dispuestas a abrir su casa y confiar en los demás. Quienes llegan al voluntariado suelen hacerlo con expectativas e ideas previas. Después aparecen pequeños desencantos y deben revisar sus propias proyecciones. Es un proceso que todas hemos vivido, por eso es importante sentirse acompañada y contar con el apoyo de la red y de entidades con más experiencia.
  • ¿Qué vínculo nace cuando la relación deja de ser ayuda y se convierte en confianza?
  • Amistad, sin duda. A lo largo de estos años he creado vínculos para toda la vida con cinco o seis personas que al principio eran usuarias. Digo «eran» porque muchas acabaron implicándose también en el voluntariado y aportando su tiempo. Hoy ya no hago tanta distinción entre personas usuarias y voluntarias. Dentro del equipo también han surgido amistades muy fuertes, sobre todo entre quienes llevamos cinco o seis años formando el mismo núcleo desde la pandemia. Creo que también serán amistades para toda la vida.

Una tradición familiar de acogida

  • La acogida de personas en su casa, ¿le resulta natural desde su infancia? 
  • Mi madre siempre ha tenido las puertas abiertas. De hecho, el año pasado acogió a una persona al mismo tiempo que yo. Quizá también haya una influencia cultural. En algunas zonas de Bélgica, especialmente en el norte, las casas transmiten una mayor sensación de apertura y libertad de movimiento que muchas viviendas valladas de aquí. Además, la familia de mi madre siempre ha acogido a personas, no solo en situaciones de necesidad, sino también mediante intercambios con músicos de distintos países. Por eso crecí rodeada de experiencias de acogida e intercambio. 
  • Esa forma de acoger, ¿tiene un componente religioso o responde a otros motivos? 
  • Probablemente haya una influencia religiosa. Mi madre era profesora de religión católica y su fe está muy vinculada a la confianza en el ser humano. Una fe que se expresa, sobre todo, como confianza en las personas. Creo que mi forma de acoger estuvo al principio muy influida por la educación católica. Con el tiempo ha cambiado: ahora la relaciono más con la energía que puedo ofrecer. Si no tengo fuerzas para sostener una acogida, prefiero no hacerla, porque también necesito cuidarme. Aun así, para mí compartir el espacio disponible es algo natural. Si tengo habitaciones vacías mientras hay personas en la calle, me parece lógico abrirlas, siempre dentro de unos límites que protejan a todos y permitan mantener la acogida en el tiempo.
  • Incluso a menores no acompañados…
  • En el proyecto acompañamos a jóvenes ex tutelados que tienen documentación, pero pueden quedar sin alojamiento al salir del centro mientras esperan una plaza en otros recursos. Queremos evitar ese periodo en la calle, donde están expuestos a robos, redes delictivas, drogas y problemas de salud mental. Son muy jóvenes, casi niños, y ofrecerles un hogar temporal puede evitar que su situación empeore.

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