Algo parecido ocurre con la vivienda. Nos hemos acostumbrado a hablar del problema como del tiempo: que si los alquileres estÔn imposibles, que si los pisos vuelan, que si la gente joven se marcha donde puede⦠Lo decimos con resignación, como si fuera inevitable y no tuviera responsables, decisiones ni consecuencias.
Exclusión silenciosa
Pero no estamos ante una tormenta pasajera, sino ante una forma silenciosa de exclusión. Hay personas que trabajan, madrugan, pagan impuestos y sostienen servicios esenciales y, aun asĆ, no pueden acceder a una vivienda digna. Hacen lo que la sociedad les pide y descubren que el premio prometido se aleja cada aƱo un poco mĆ”s.
Es como pedalear durante horas cuesta arriba y descubrir que alguien ha movido la meta justo cuando ibas a alcanzarla. Y cuando protestas, siempre aparece algĆŗn experto en optimismo obligatorio o en psicologĆa positiva para decirte que te esfuerces mĆ”s. Porque, al parecer, los precios bajan solos si uno desayuna fuerte y mantiene una actitud positiva.
La tradición cristiana, mÔs sensata de lo que a veces creemos, siempre vio la vivienda como algo mÔs que una propiedad. Una casa es refugio, estabilidad y arraigo: el lugar de las fotos familiares, las heridas curadas, los cumpleaños y esa silla medio rota que nadie tira porque aún forma parte de la historia.
Ilustración de NANA PEZ
Sin embargo, hemos terminado hablando de viviendas como quien analiza la Bolsa: metros cuadrados convertidos en mercancĆa, hogares en activos y vecinos en oportunidades de negocio. Y surge una pregunta incómoda para creyentes y no creyentes: ĀæcuĆ”ndo aceptamos que la rentabilidad valĆa mĆ”s que la dignidad?
Cuando el mercado se vuelve una religión laica, aparecen paradojas difĆciles de explicar: personas que buscan una habitación mientras otras acumulan viviendas como trofeos.
Viviendas para vivir
QuizĆ” el gran desafĆo sea recuperar una idea sencilla y revolucionaria: una vivienda estĆ” hecha para vivir, no para especular. DetrĆ”s de cada contrato hay una persona; detrĆ”s de cada desahucio, una historia; detrĆ”s de cada joven que sigue en casa de sus padres, muchas veces, no hay un fracaso individual, sino colectivo.
Mientras tanto, seguimos pedaleando. Algunos avanzan por avenidas perfectamente asfaltadas.
Otros esquivan baches, bordillos y obstƔculos. Y algunos siguen esperando una bicicleta que nunca llega. Lo preocupante no es solo que la carrera sea injusta, sino que hayamos empezado a verlo normal. Cuando una injusticia se convierte en paisaje, ni siquiera el timbre de una bici consigue despertarnos.
Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraƱo al que nadie presta atención. El traqueteo estĆ” ahĆ. Los sĆntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la averĆa estĆ” a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del dĆa a dĆa tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que deberĆa alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.
La historia reciente estĆ” llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niƱo sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecĆa dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habĆan mirado hacia otro lado.
Las imĆ”genes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya mĆ”s de veinte aƱos, movilizaron a jóvenes de toda EspaƱa. Hizo lo propio, mĆ”s recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario pĆŗblico lo que estaba pasando en el paĆs de las libertades.
Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades espaƱolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son mĆ”s intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaƱa, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el paĆs entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahĆ.
Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un dĆa para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias polĆticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho mĆ”s elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadĆstica. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.
Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartÔbamos la vista. Nos recuerdan que detrÔs de los porcentajes hay personas.  QuizÔ por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada mÔs poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.
Estas noticias no son solo noticias. Son bofetadas. Las tres en su conjunto son historias que se tocan como dos cables pelados. Menudo chispazo. Realidad pura. Porque lo que ocurre con ambas mujeres no es una excepción, sino el rostro mĆ”s crudo de la realidad en la que cuando el derecho a la vivienda y el derecho al trabajo se convierten en mercancĆa, la vida se vuelve un ejercicio de supervivencia.
Vida digna
Y eso, aquĆ en la Región de Murcia, lo sabemos bien: las ejecuciones hipotecarias se dispararon en el primer semestre en la Región de Murcia hasta alcanzar los niveles de la pandemia. Los procedimientos aumentaron casi un 40 por ciento en el Ćŗltimo aƱo tras registrar un total de 475 durante el primer semestre, la cifra mĆ”s alta desde 2021. AdriĆ”n GonzĆ”lez nos lo recordaba hace unos dĆas en las pĆ”ginas del diario La Opinión.
Trabajo y vivienda son dos derechos que deberĆan sostener una vida digna, no dinamitarla. Pero hoy funcionan como dos puertas cerradas: salarios que no alcanzan, alquileres que se disparan, jóvenes que encadenan contratos de semanas y familias que viven con la angustia de no saber si podrĆ”n pagar el mes siguiente.
Y mientras tanto, en Madrid, una anciana es expulsada de su casa porque una inmobiliaria decidió multiplicar por cinco el alquiler. No por necesidad, sino por lógica de mercado, esa que convierte la dignidad en una lĆnea de Excel. Incluso rechazaron el pago Ćntegro garantizado por una persona solidaria. AhĆ estĆ” el punto: cuando la vida se mide en rentabilidad, la justicia se queda sin sitio.
Ilustración | NANA PEZ
Escenas de parƔbola
Las escenas de estos desahucios son casi una parÔbola: una anciana en camilla, una mujer en silla de ruedas acompañada por su hija y su nieto. En el caso de la capital de España, con cientos de vecinos gritando que no estÔ sola y poniendo negro sobre blanco el escÔndalo del Ôtico de Ayuso. En nuestra Región, con el calor de la buena gente de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). Frialdad institucional frente a calor comunitario.
No hace falta irse a Madrid para ver la herida. AquĆ, en nuestros barrios, hay jóvenes que viven en habitaciones de paso, familias que destinan mĆ”s del 50 por ciento del sueldo al alquiler, y las personas trabajadoras que, aun con dos empleos, no pueden plantearse un futuro estable. La imposibilidad de construir una vida digna cuando trabajo y vivienda fallan a la vez es exactamente lo que vemos cada dĆa en la calle, en las plazas de abastos o en los mercadillos, en los portales donde la gente hace cuentas con miedo.
Propiedad privada, bien absoluto
Cuando la polĆtica se dedica a intercambiar culpas y no protege a los vulnerables, deja de servir al bien comĆŗn. Y cuando los fondos buitre imponen su lógica sin alma, la vida humana se vuelve un daƱo colateral.
Lo que estĆ” en juego no es solo un piso. No es solo un contrato. No es solo una anciana o una mujer con problemas de movilidad. Es el modelo de sociedad que estamos construyendo: una donde la propiedad privada se trata como un absoluto, olvidando que estĆ” subordinada al bien comĆŗn; una donde la fragilidad se enfrenta en ocasiones a despliegues policiales desproporcionados.
Maricarmen ha sido desahuciada. Antonia ha visto un nuevo aplazamiento. Pero sus historias, como las de tantas personas en Murcia y en toda España, nos obligan a mirar de frente lo esencial: la humanidad, la compasión y la justicia. Lo que estÔ en juego no es solo un hogar. Es la posibilidad de vivir sin miedo.