Ni en el primer turno de vacaciones se libra uno de una especie extendida por cualquier hábitat urbano, litoral, ruta de aventura, destino turístico singular o viaje alternativo. Una pequeña tribu de estas variedades lo mismo flota en una apacible playa familiar que te la encuentras en la cola del súper o en la mesa de al lado del restaurante en estos días de asueto. Hablo del odiador profesional. De la odiadora experta. Del grupo de quienes, por encima de todo, sienten tirria, animadversión, ojeriza o aversión a quienes no piensan como ellos, no votan como ellos, no aman (si lo hacen alguna vez) como ellos o no se alimentan de los agitadores de cabecera como ellos.
Quizá has tardado tiempo en darte cuenta, pero el odio no nace de una gran idea ni de una revelación filosófica al salir de la ducha. Nace bastante más abajo: en el miedo, en la frustración, en la pereza de pensar y en esa necesidad tan nuestra de encontrar un culpable con nombre, cara y, si puede ser, cuenta de X o de otra ‘red social’. Porque la vida es complicada, sí, pero siempre hay un tertuliano dispuesto a simplificárnosla con la delicadeza de una motosierra.
Política y exorcismo
Odiar tiene ventajas. No exige leer, ni escuchar, ni hacerse preguntas, que es una gimnasia peligrosísima para quien lleva años cultivando abdominales de prejuicio. Basta con abrir la emisora de cabecera, localizar al enemigo del día y apretar el botón rojo de la indignación. Hay quien desayuna tostadas; otros, Pedro Sánchez. Pero no Pedro Sánchez, presidente discutible como cualquier gobernante, sino ‘Perro’ Sánchez, criatura mitológica: okupa de La Moncloa, prestidigitador del BOE, vendedor ambulante de España por fascículos y responsable, si uno se esfuerza, de que el yogur caduque antes del próximo lunes.
Discrepar de Sánchez -como de cualquier otro- es sano; odiarlo como si fuera el anticristo con gafas de sol ya es otra afición, más parecida al aeromodelismo emocional. Cuando la política se convierte en exorcismo, ya no se combate una ley o una medida; se combate a un monstruo. Y al monstruo, claro, no se le discute: se le aplasta, se le borra, se le desea la ruina y, si se tercia, se salpica también a su mujer, a su hermano, al primo segundo y al perro, que algo sabría.
Enemigos vs adversarios
Ahí empieza lo verdaderamente obsceno: cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver paquetes ideológicos con patas. Ya no hay adversarios, vecinos, madres, hijos, trabajadores o gente que llega tarde al médico. Hay rojos, fachas, moros, menas, feminazis, maricones, progres, cayetanos, traidores, vagos y demás etiquetas de usar y tirar. La deshumanización es comodísima: permite odiar sin mancharse mucho. Uno no insulta a una persona; fumiga una categoría. Y así cualquiera se cree valiente.
Con las personas inmigrantes el truco es viejo, pero sigue dando audiencia. Se las acusa de quitarnos el trabajo y, simultáneamente, de vivir sin trabajar; de colapsar la sanidad y de no contribuir; de venir a aprovecharse y de venir a invadirnos. Nadie parece recordar que quien cruza medio mundo no lo hace por afición al trámite administrativo, sino porque en su casa se acabó el futuro. Pero la compasión no cabe en un titular con mayúsculas.

Este artículo nació tras escuchar, a escasos metros, los discursos de odio de personas que supuestamente ‘disfrutaban’ de un baño en la playa. Destilaban una animadversión hacia los emigrantes, Pedro Sánchez, a su familia, a todo lo que tuviera que ver con el Gobierno actual, la fiesta del Orgullo… que me provocó una profunda tristeza y un interrogante: ¿de dónde nacía todo ese odio?
Odio al diferente
Con el colectivo LGTBQI+ la película roza la comedia negra. Hay quien se siente perseguido porque otros se besan, se nombran o celebran que existen sin pedir permiso al comité de buenas costumbres. Molesta una bandera, un pronombre, una familia que no cabe en el belén de la abuela. Llaman adoctrinamiento a que una persona trans no tenga que esconderse y libertad a su derecho a señalarla con el dedo. Curiosa libertad: siempre empieza en su boca y termina en la vida de los demás.
El odio también tiene mucho de pánico al carril bici. Uno va tan tranquilo en su coche mental, creyendo que la ciudad y el mundo fueron diseñados para su volante, y de pronto aparece alguien pedaleando por donde antes solo circulaban sus certezas. Compruebo a diario que la bicicleta urbana irrita porque ocupa poco, no ruge y recuerda que hay otras formas de moverse. Como el pensamiento ajeno: pasa cerca, no pide perdón por existir y obliga a mirar dos veces antes de abrir la puerta.
También odiamos porque la vida aprieta. El alquiler muerde, el sueldo encoge, el futuro se parece a una bicicleta sin frenos bajando por una cuesta con adoquines y encima alguien nos dice que la culpa es del inmigrante, del gay, de la feminista o del vecino que vota mal. Y nosotros, que estamos cansados, compramos el paquete. Es más fácil odiar al de al lado que mirar hacia arriba, donde están los que reparten la tarta, se quedan el cuchillo y luego nos convencen de pelear por las migas. El negocio funciona porque el odio da sensación de altura moral. Uno se siente firme, lúcido, patriota, decente, incluso mártir, aunque solo esté repitiendo la consigna que otro le dejó en la pantalla.
Enemigos en el menú
Por eso conviene sospechar de quien nos sirve enemigos en menú del día. Nadie regala odio: lo alquila con intereses. Mientras discutimos si merece dignidad el que viene de fuera, el que ama distinto o el que vota al contrario, otros siguen haciendo caja. Y nosotros, obedientes, ladramos en la rotonda digital creyendo que estamos defendiendo la civilización cuando apenas estamos haciendo ruido de fondo.
No les pido que amen al adversario, aunque habría mucho de qué hablar. Bastaría con discutir ideas sin desear funerales civiles, apagar de vez en cuando el aspersor de bilis y recordar que nadie es solo su papeleta, su acento, su bandera o su forma de amar. El odio nace donde muere la curiosidad y crece donde se riega el miedo. Y si no lo frenamos, acabaremos viviendo en una ciudad llena de carriles bici vacíos y bocinas furiosas: todos convencidos de tener preferencia, nadie dispuesto a mirar al que viene de frente.
