Su seguro servidor cumple en unos meses los 59, nací lejos de aquí, trato de dejar esto un poco mejor de cómo lo encontré… pero lo confieso: soy machista. No leninista, como bromeábamos hace unos años, pero sí hijo de la cultura y tradición heredadas tras muchos siglos de empeño en los que el varón, como uno de la especie que les habla, campa a sus anchas por el vasto mundo. Y eso que vine a dar en una familia que sorprendía por los pasos que llevaba por delante, donde el patriarca no era el único que traía el sustento a casa y las tareas compartidas sorprendían a propios y a extraños.

El colegio se encargó de dejar claro las actividades que eran para unos y para otras. Si había alguna duda, en las misas, el predicador de guardia también contribuía a despejarlas. Pero fíjate tú que pronto aparecieron algunos curas a lo largo del tiempo que sorprendían con un relato que no tenía mucho que ver con el oficial. Tal y como lo presentaban, el galileo parecía romper moldes a la hora de relacionarse con las mujeres, pero eso era muy diferente a las imágenes ñoñas de las advocaciones marianas, las procesiones y cómo se organizaba la vida en los templos.

Destino superior

A las amigas del instituto no las dejaban volver a casa tan tarde a como a nosotros, pero eso nos llegaba a parecer normal. Bien es verdad que si lo analizábamos fríamente no entendíamos que la hora o la oscuridad fuesen factores para que no ocurriera lo que tuviera que ocurrir. Esos atropellados besos, las primeras caricias o los torpes intentos para consumar el sexo eran fuente de tensión y conflicto, especialmente, para ellas. Nosotros ya andábamos ocupados en ese convencimiento grabado a fuego de que nuestro destino era superior, había que dar la talla y con cuantas más chicas, pues más éxito alcanzábamos.

En la universidad me tocó vivir un episodio singular. Un viejo profesor de literatura hispanoamericana se permitió descalificar a aquellas feministas que trataban de obligar al hombre a pasar por dónde ellas querían, llegó a decir. En la clase se hizo un gran silencio y ninguna de las compañeras se atrevió a decir algo. Ingenuo de mí, levanté la mano y le dije que no me parecía justo que descalificara a quienes habían sido pioneras en avances sociales en la historia reciente. Mi queja se quedó ahí y no fui capaz entonces de comprender el porqué de ese mutismo por parte de mis compañeras, que ya entonces eran mayoría en el aula. No me consideraba un héroe. Es más, me veía en ocasiones asintiendo el discurso dominante sobre las diferencias de hombres y mujeres, sus papeles e identidades. Pero quizá aprendí una de las primeras lecciones sobre esta asignatura del machismo: que se empieza a aprobar cuando las mujeres alzan la voz y dicen aquello de “aquí estoy yo, porque he venido”. Y la materia se supera con nota cuando nosotros, los machitos, nos sumamos al encuentro.

Maldita la hora

Qué decir cuando ya, avanzados los años, caí en todo aquello que en la teoría parecía tener aprobado. Que las tareas de casa o el cuidado de los hijos no se asumen de una manera equitativa. Que no parece estar en el ADN porque siempre hay fines supremos que justifican todo lo contrario. Y mira que me duele reconocerlo. Primero, en mí. Luego, en los otros. Aunque, a decir verdad, siempre es más fácil quedarse en la superficie del asunto y esconder la cabeza como un avestruz. En el trabajo, en el ocio, en el compromiso social y político… todo parece estar por delante de los asuntos cotidianos del hogar, porque siempre lo doméstico parece estar resuelto y, lamentablemente, destinado a otras.   

Maldita la hora en que uno cae en lo que más abomina. Al menos, en las teóricas convicciones de las que uno presume en algún momento de la vida. Humildad, queridos niños, humildad. Os digo y, por tanto, me digo a mí mismo sin descanso, que el camino que nos queda por recorrer hay que empezarlo ya mismo. Sin perder tiempo. Sin necesidad de que nos lo recuerde nadie. Es de suyo. Como también salir a la calle junto a vosotras, en un día como el de hoy, para reivindicar lo que es de justicia: dignidad económica, legal y social para llegar a ser simplemente personas.

Propósito de enmienda

La escritora de origen marroquí Najat El Hatchmi nos lo ha recordado hace unos días, “porque a las puertas del 8-M cabe recordar que ser mujer no es ni un sentimiento ni una identidad (…) y en casi todo el mundo lo que sigue dominando es precisamente esa red de normas también conocida como patriarcado. También aquí, por supuesto, donde la esclavitud se oculta detrás de felices términos como temporeras, trabajadoras sexuales o gestación subrogada”.

Hago propósito de enmienda y cumpliré la penitencia que me toca: sentirme vulnerable y débil, porque tropiezo cien mil veces con la piedra de creer que en algún momento de la vida estoy por encima de vosotras. Soy varón, y mientras no lo reconozca, lo combata y lo remedie, machista. En ello estoy.    


ILUSTRACIÓN | Nana Pez