El valor de la palabra

El valor de la palabra

ILUSTRACIÓN | EVA VAN PASSEL GAMBÍN

Desconozco el hecho de si la próxima presidenta de Extremadura habrá podido dormir bien en la última semana. Los problemas de sueño son uno de los males que nos acechan en estos tiempos convulsos. El cuerpo es sabio y no entiende de atenuantes que valgan. Podemos estimularlo con productos que alguna vez funcionaron o tratar de sedarlo con relajantes varios, pero a las emociones no hay quien las detenga, ni en el mejor control dispuesto por la Benemérita. No hay quien les dé el alto sin que nuestro organismo sufra algún desajuste.

De ahí que María Guardiola, que así se llama la política extremeña, no sé si habrá podido conciliar el sueño después del espectáculo que ofreció tras jurar y perjurar que no dejaría entrar en su gobierno a quienes niegan la violencia de género o deshumanizan a los inmigrantes. Argumentos que repitió desde ese instante, y días más tarde, en su periplo por programas de televisión y entrevistas en radio y periódicos. Sólo ella sabe lo que habrá tenido que vivir hasta llegar al momento de la firma del acuerdo con los hasta entonces malos malísimos de Vox y afirmar que su palabra no es tan importante como el futuro de los extremeños. Madre mía. Por nadie pase.

Falsas seguridades

No entiendo qué demonios recorre el interior de determinadas personas que son capaces de afirmar con rotundidad una cosa y, unas horas después, defender lo contrario. Además, impertérritas, con la misma falsa seguridad para aseverar un argumento y su opuesto. ¿Tienen estómago para soportar los mensajes que sus tripas les deben estar enviando a su cerebro en esos momentos? No lo sé, la verdad. Solo me cabe considerar que, o se han sometido a una gastrectomía en toda regla o, cuando menos, a una cirugía bariátrica que en vez de reducir el buche para perder peso sirva para aminorar la vergüenza torera de un sonrojo en toda regla.

Los boomers fuimos educados en el valor de la palabra dada. Muchos recordamos a nuestros padres cuando afirmaban que un apretón de manos, un acuerdo verbal o una mirada directa a los ojos iba a misa y sellaba un pacto o un contrato. Esto es, que esas expresiones tenían igual o más fuerza que una firma en un papel. Es verdad que se le añadía, en ocasiones, una expresión sexista de que eso lo hacían los hombres que se vestían por los pies, pero siempre en el sentido del honor y la dignidad de que los que nos digan que van a cumplir sobre un determinado asunto, lo cumplan. Eso es la palabra dada… salvo causas de fuerza mayor, porque si estas se dieran siempre tratarían de solucionarlo o de hacerlo, cuando las circunstancias se lo permitiesen.

La política parece haberse convertido en una actividad donde está todo permitido. Donde no entran en juego los pareceres de otros ámbitos a la hora de establecer proposiciones

Ejemplo de lo que hablo, con la agravante de la firma incluida, lo vivimos hace dos años en la Región de Murcia cuando quienes suscribieron con su rúbrica una moción de censura -que se iba a protagonizar en el parlamento regional- se retractaron a las pocas horas. Bueno, algunas de ellas, ni a las pocas horas. Y aquí paz, y después gloria.

La política parece haberse convertido en una actividad donde está todo permitido. Donde no entran en juego los pareceres de otros ámbitos a la hora de establecer proposiciones. Se le atribuye al profesor Enrique Tierno Galván, histórico dirigente del Partido Socialista Popular (luego integrado en el PSOE), la frase de que las promesas electorales se hacen para no ser cumplidas. En realidad, lo que el entonces alcalde de Madrid le dijo a su vicealcalde Alonso Puerta (y así lo atestiguó éste) es lo siguiente: “Mire usted, Alonso, se dice que las promesas electorales se hacen para no ser cumplidas, pero yo le digo a usted que las que nosotros hicimos las cumpliremos”.

Sentir vergüenza

Por tanto, ya está bien de acogerse a una supuesta bula a la que parecen acudir personajes de esa calaña. No, no nos vale que traten de desprestigiar la política como el terreno en el que todo se permite, en el que se puede decir una cosa y la contraria sin consecuencia alguna. ¿Qué mensajes están transmitiendo con ello al resto de la sociedad? ¿Y a sus hijos? ¿O a los hijos de sus hijos?

Sinceramente, estoy seguro de que usted, como un servidor, si protagonizase situaciones como las que conocemos a diario, con promesas incumplidas, acuerdos no respetados, reiteradas mentiras y afirmaciones grandilocuentes que se desvanecen con los hechos de quienes las pronuncian, su reacción sería la de meterse en casa y no salir. La vergüenza que nos produciría incumplir la palabra dada sería la respuesta normal. Porque la mínima ética nos llevaría a reconocer que la mentira no tiene que ver con nosotros. Pues ahora, póngase a recordar aquellos casos y personas que conoce en los que no se produce esto y piense en sus estómagos.


La ilustración de Eva van Passel Gambín está basada en el juicio de Osiris. En la mitología egipcia, el alma de los difuntos pasa por un juicio antes de entrar al paraíso: su corazón, que representa sus buenas acciones, será pesado contra la pluma de la verdad, que representa los malos actos de la persona. Si la pluma pesa más que el corazón, implica que el difunto realizó más acciones inmorales que morales. Si, por el contrario, el corazón pesa más, para los egipcios esa persona fue buena en vida. Al parecer, para los egipcios las “malas hazañas” son cosas como mentir, la hipocresía o la incoherencia, más que ser “malo” en el sentido de hacer daño. El dios Anubis es el que tiene la cabeza de chacal, y Tot, el dios de la sabiduría (entre otras), el de la cabeza de ave.
Deshumaniza, que algo queda

Deshumaniza, que algo queda

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Cuando Vox habla de los menas como un grupo de menores extranjeros a eliminar de nuestras ciudades y pueblos yo veo a Said, que llegó a Murcia en busca de un futuro y ahora es el responsable de una vivienda de acogida de Cáritas. Said recibe y acompaña a nuevos chavales que estudian y tratan de encontrar un empleo para enviar dinero a casa, a Marruecos, Argelia o Senegal. Veo a un ser humano que podría ser mi hijo y que, por el mero hecho de serlo, tiene dignidad y derechos, por lo menos a la vida, a una vivienda, a la educación y a un trabajo digno.

Despojar de humanidad

Cuando alguien de Vox se refiere a estos menores extranjeros no acompañados de una forma tan impersonal pretende despojarles de esa humanidad que toda persona posee de manera intrínseca. Cuando alguien alcanza un acuerdo político con Vox se embadurna de las mismas convicciones y odios que derrama este partido por doquier en sus discursos y proclamas. Por cierto, un partido que nace del seno de este que ahora lo necesita para recuperar alcaldías y gobiernos regionales.

Donde hay un ecologista Vox ve un ecolojeta. Donde hay una feminista, sea mujer u hombre, da igual, Vox ve una feminazi. Donde hay una ministra de Igualdad Vox solo ve una mujer objeto y sumisa al padre de sus hijos. Donde hay un criterio científico sobre la crisis climática, el uso de vacunas o la desigualdad social, Vox solo ve una nueva religión apoyada en la Agenda 2030.

En la columna de aciertos de quienes lanzan y difunden sus mensajes se encuentra el descontento que provoca la sinrazón de este sistema económico y social.

Eliminar al diferente, a quien se sale de lo que para Vox es la verdad y la naturaleza según sus designios, es el destino universal de quienes se sienten dueños de la razón y lo correcto. Quien le ríe las gracias, lo justifica o se apoya en sus políticas para alcanzar el poder al precio que sea es, cuando menos, cómplice de sus postulados. Todos sobramos. Todos vivimos en el engaño. No profesamos su religión, sus creencias, sus principios. Esto es fascismo. Sí, es fascismo, con todas las letras. Y quien descansa en Vox apuntala una manera de ver el mundo que excluye a quien no comulga con sus axiomas.

Robar la dignidad

En la columna de aciertos de quienes lanzan y difunden sus mensajes se encuentra el descontento que provoca la sinrazón de este sistema económico y social. Un enfado generalizado que dirige sus dardos hacia dianas que no cuestionan el sistema como tal. Es más, lo centran en el diferente: el extranjero, el rarito, los colectivos vulnerables, en la intelectualidad que genera rechazo o en quienes profesan una religión que no sea la mayoritaria (eso sí, siempre y cuando la mayoritaria no cuestione las injusticias). Para eso tienen a muchos predicadores en la COPE, telepredicadores y tertulianos por doquier. Y si les falta algún enemigo al que robarle la dignidad humana siempre les quedará Pedro Sánchez, como antes trataron de linchar a Zapatero o a Rubalcaba, incluso al propio Felipe González. De lo que se trata es de deshumanizar al rival, convertirlo en un muñeco de feria al que se le pueden lanzar todo tipo de bolas, y no de trapo, precisamente.

Invisibilizar al diferente

Ese proceso mediante el cual una persona o un grupo de personas pierde o es despojado de sus características humanas no solo está en manos de entidades como Vox. Quienes les jalean con mayor o menor intensidad las encontramos en muchas organizaciones empresariales, entre clérigos, corporaciones de derecho público y miembros de la judicatura, el Ejército o de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Cuando estamos tomando un aperitivo en una terraza o paseamos por la calle y se cruza alguna persona reclamando unas monedas y no somos capaces de mirarle a los ojos estamos invisibilizándola. La convertimos, casi sin saberlo, en bultos que deambulan por la vida con la dignidad por los suelos. Las personas empobrecidas siempre han molestado un montón. Enturbian las conversaciones, nos recuerdan que el supuesto éxito en la vida es discrecional, pero es el triunfo para clasificar al personal entre quienes lo han logrado y los que no se lo merecen. Viva la aporofobia.

Desde el mismo instante en el que descalificamos a la persona diferente, a quien no concuerda con nuestros cánones de pensamiento, religión, visión del mundo o no sigue los colores de nuestro equipo de fútbol, estamos despojándole de las únicas vestimentas que no ha necesitado comprar en este mercado limitado en el que hemos convertido a nuestro mundo. Luchar contra la deshumanización o, mejor dicho, trabajar por la humanización, se convierte en una tarea a conquistar.

Problemas de comunicación

Problemas de comunicación

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Que, si no se cumplen las expectativas electorales, la razón está clara: todo se debe a problemas de comunicación. Que una pareja llega a la ruptura, pues ya se sabe qué tiene la culpa: los problemas de comunicación. Que en una organización afloran las tensiones entre la dirección y las personas subordinadas, entre la dirección misma o las propias subordinadas entre ellas, todo se debe a lo mismo: a los consabidos problemas de… comunicación. Faltaría más. Este argumento repetido como un mantra lo he oído en infinidad de ocasiones, convocatoria tras convocatoria, ruptura de noviazgos o matrimonios y crisis organizacionales en empresas, asociaciones o entidades de diverso signo.

Maldita tesis

Recurrir a esta explicación es una de las fórmulas más utilizadas cuando no se quiere analizar en serio las causas que provocan las derrotas en unos comicios, la separación entre quienes comparten durante un tiempo una relación afectiva o las desavenencias en una organización cualquiera. Maldita tesis a la que se abonan supuestos expertos en comunicación política, terapeutas de andar por casa o consultores, coach o entrenadores de lo ajeno. Esos gurús del análisis consiguen hilvanar al principio una serie de ideas que embaucan a las personas afectadas por los resultados de esas expectativas no cumplidas, de las quiebras relacionales en el mundo de los afectos o como miembros de la institución dañada. Las primeras veces parece que dan en el clavo a la hora de explicar las causas de que se trate. Pero cuando se repiten una y otra vez demuestran la pobreza del argumentario esgrimido. Ya les vale.

La excusa de presuntos problemas de comunicación que expliquen unos resultados electorales u otros esconde, a menudo, la falta de verdaderos liderazgos personales y programáticos

Las razones que explican este tipo de comportamientos vienen avaladas por una realidad que no se puede eludir. De una parte, por el bombardeo de mensajes que llegan desde todos los frentes. De otra, por los innumerables artilugios que nos hemos dotado para impedir una economía de la atención que facilite la absorción de hechos, noticias, conceptos, ideas y acontecimientos para su análisis sosegado y que permita colocar cada cosa en su sitio. La razón ha sido vencida, en buena medida, por la pasión, los mensajes simplistas, la fuerza de las emociones (especialmente aquellas que emergen desde las tripas) y los prejuicios convertidos en máximas que no escondan un escenario tal y como queremos verlo. Y entenderlo. El que nos anestesie y genere el mínimo conflicto posible.

Vayamos, sin embargo, a esas parcelas de lo concreto. La excusa de esos presuntos problemas de comunicación que expliquen unos resultados electorales u otros esconde, a menudo, la falta de verdaderos liderazgos personales y programáticos. Por encima de los análisis simplistas cargados de una supuesta superioridad moral que no se corresponden con los verdaderos problemas del común de los mortales quedan, sin embargo, la ausencia de análisis y la corrección de comportamientos que se repiten sin solución de continuidad. En el fondo, lo que se quiere eludir es un enfrentamiento directo con las carencias personales y partidarias que anidan entre quienes concurren a esos procesos. Lo cómodo es hacer siempre lo mismo, mantener los espacios de confort, frente a los desafíos que generan incertidumbre. Las personas valientes escasean en este ámbito de la política. Predominan, desgraciadamente, las cobardes, las hipócritas. Las que buscan acomodo.

Mantener la distancia

Es el mismo destino de quienes no se la juegan en sus relaciones personales. De las que prefieren mantenerse en la monotonía frente a trabajarse en la intimidad del silencio, de la escucha y de la mirada desde una cierta distancia que incomoda. Esgrimir las razones de esos problemas de comunicación en las relaciones interpersonales solo tendría razón de ser cuando alguna de las partes no quiera asumir las riendas de su vida. Al final, sin embargo, de lo que se trataría es de eludir o no los compromisos adquiridos, la palabra dada, el empeño conjunto en ampliar la mirada y la responsabilidad en un camino iniciado juntos.

Y qué decir a la hora de abordar lo que surge en el seno de las organizaciones. Más que de comunicación estaríamos hablando de abordar la asunción de tareas y cometidos para garantizar el bien común. Se trata de compartir objetivos, interiorizarlos y poner el empeño en el logro de medidas y actuaciones que lleven al puerto que se ha fijado la entidad en cuestión. Ahí entran de lleno los factores personales de cada quien y de cada cual, sin dejar a nadie al margen, y aunando voluntades para alcanzar el logro desde las expectativas puestas sobre la mesa. De unos intereses que no son excluyentes, sino que permiten adecuarse a los fines compartidos.

Por tanto, en todos esos supuestos, la comunicación vendrá como un elemento que se suma a los que ya surgen a cada instante. Es un factor que adiciona al resto de los que entran en el juego, ya sea electoral, afectivo o, simplemente, organizacional. Sin ir más lejos.     

Cuidado con el cuidado

Cuidado con el cuidado

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Al igual que hace unos años la solidaridad lo inundaba todo ahora hablamos del cuidado como esa palabra mágica que todo lo envuelve. Un concepto que va más allá de las modas y que nuestro sistema es capaz de confundir y devaluar, como eso de la economía circular que escuchamos a menudo, una noción que pretende edulcorar a un sistema económico depredador y destructivo de personas, pueblos y ecosistemas de diverso signo.

Suena ya casi pedante afirmar que uno de los grandes efectos que nos mostró la pandemia fue la fragilidad, la vulnerabilidad del ser humano. Sobre todo, de aquellas personas que se vieron más involucradas en la dimensión de la salud y en lo que la rodeaba: las de los ámbitos sanitarios, educativos y de la acción social. De ahí que hablar de cuidado entre muchas de esas personas cansadas es hacerlo sobre su extenuación laboral ante las cuales no hay respuesta de cuidado sino solo unas palabras convertidas en una moda pasajera.

Cansadas del golpecito en la espalda

Esas gentes, como otras de los sectores esenciales, están hartas del cuidado del que les hablan, porque sienten que están en permanente estado de descuido. Están cansadas del golpecito en la espalda o del recuerdo del aplauso y el Resistiré, mientras que no ven mejoradas sus condiciones laborales. O qué decir tiene, si no se garantiza la sanidad pública y universal para todas las personas. Pero de verdad.

El cuidado se presenta, como reconoce el profesor de Ética, Luis Aranguren, como un Pepito Grillo en la base de un estado de bienestar que se niega a ser desmantelado, y se aleja de un voluntarismo emotivista que se mueve con aquello del “no te preocupes, que todo va salir bien”, como estamos acostumbrados a escuchar en películas y series. Hablar del cuidado lo tenemos que hacer, sin embargo, en medio del contexto de una humanidad en crisis, herida, en el que se han sobrepasado los límites del crecimiento. Cuanto antes nos demos cuenta de ello antes podremos hacerle frente. Por mucho que pretendamos mirar hacia otro lado. Nuestro bienestar se sustenta en haber esquilmado al planeta de sus recursos naturales.

Cuidar o perecer

La alternativa, por tanto, es un cuidado que surge como paradigma gobernado por la razón cordial y que siente, abierta al largo plazo y asentada en la interdependencia y la ecodependencia, como asegura Aranguren, que son unas claves antropológicas y espirituales. “O cuidamos o perecemos como especie humana”, afirma Leonardo Boff. Un cuidado que es una protesta contra toda forma de dominio, control o abuso entre personas o de las personas y la naturaleza. Y promotor de una cultura donde el respeto, el reconocimiento y la confianza se ejercen con esmero.

Qué decir también de poner el cuidado en el centro de las organizaciones, incluidas las religiosas. Un cuidado que abre grietas en unas estructuras cada vez más oxidadas. No tenemos que irnos muy lejos. Desde el lugar más cercano, nuestras familias, a las instituciones educativas, políticas o económicas en las que la persona no suele ocupar el centro de las preocupaciones. Organizaciones que deben de estar atravesadas por la participación (donde se detecta lo común y aleja a los controladores), la colaboración (con un propósito compartido de modo horizontal y circular) y el dinamismo (con apertura a la evolución en el que la persona esté por encima de resultados).

En el centro del debate

En este descubrimiento de diferentes dimensiones del cuidado, tal y como expresa el profesor Aranguren, hay un aspecto que llama poderosamente la atención. No es otro que el de que, probablemente, se llega al cuidado desde la experiencia del descuido con uno mismo (de eso hablaremos en otro momento), con los demás y con el planeta. De ahí que cuidado y justicia se entremezclen en una dimensión de la ética que no es contradictoria, sino que persiguen un objetivo que no es otro que el de la humanización de nuestro mundo.

El concepto del cuidado (o el más amplio, de los cuidados), por tanto, está ya ocupando el centro de los debates sobre el presente y el futuro de la humanidad. Permanecer atentos a que el sistema no lo engulla y lo mercantilice, como lo hizo con la solidaridad, es uno de los grandes retos que tenemos por delante. El cuidado transforma, moviliza. Es disruptivo con el orden vigente. Bienvenido sea.


Una visión más amplia de esta dimensión del cuidado la podemos encontrar en el Tema del Mes de junio 2023 de la revista www.noticiasobreras.es, escrita por Luis Aranguren Gonzalo sobre «El cuidado que transforma y compromete»

Aprender de la ira

Aprender de la ira

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Mentiría si les dijera que no me afectó la pasada campaña electoral. Por bronca y por no aterrizar en los verdaderos asuntos que afectan a las ciudades y regiones. Ni qué decir los resultados en determinados municipios y comunidades autónomas. Ya les confesé hace un par de semanas que me sentía extraño en medio de este espectáculo político en el que vivimos desde hace unos meses. Que no somos tontos, oiga. Por diversas razones que no vienen al caso intuía que este ciclo iba a pasar factura a la gestión de ayuntamientos y gobiernos autonómicos por los que siento una especial sintonía. Pero eso sí, de las noches electorales ya descubrí hace tiempo (como de cualquier dimensión de la vida) que las enseñanzas que debemos aprender tienen que ver con lo que uno ha hecho. Y que hay que hacerlo con la valentía necesaria para reconocer cuanto antes dónde están los errores con el fin de tratar de enmendarlos. De ello de nada sirve esconder la cabeza o esparcir responsabilidades a diestra (las habituales) y siniestra (las menos).  

Respuesta primaria

De las muchas lecciones que podemos aprender de las circunstancias adversas hay una que me cuesta especialmente gestionar. Es la que tiene que ver con esa sensación interna de molestia, enojo, irritabilidad, fastidio o indignación a causa de la sensación que provoca una situación de desprecio u ofensa. También de injusticia o contrariedad ante una expectativa no cumplida. Hablo de la rabia como emoción que emana de una forma visible de nuestro ser, como expresión de que algo no estamos gestionando de manera adecuada. Es ese mecanismo de respuesta primaria que poseemos los seres humanos como reacción al desprecio individual o colectivo ante un hecho que, aparentemente, no tiene por qué llevar aparejada una réplica que resulte satisfactoria.

No me negarán el hecho de que cuando experimentamos esa emoción nos encontramos a pie de pista, en primera línea de una carrera a punto de comenzar. El punto de mira lo tenemos activado hacia una meta con el fin de restablecer un territorio que consideramos perdido de antemano gracias a la fuerza y a una resistencia envidiable.

Cauces desbordados

En ese camino de restitución de lo extraviado o lo dejado escapar se configuran una serie de respuestas a esa emoción frente a las que podemos situarnos de desigual forma: no expresarla nunca, hacerlo habitualmente o ejercer un control sobre ella. En este último caso, decidir si se muestra o no. De esa tríada de reacciones, la primera es, a mi juicio, la peor. Es la que vivimos a diario cuando nos reprimimos de tal manera que nuestro cuerpo nos pasa factura cual acreedor cansado del engaño de la persona mal pagadora.

Hay que saber pisar el freno y el embrague, cambiar de marcha y mantener el pie en el acelerador para presionarlo cuando el momento lo permita se convierte en la mejor práctica de supervivencia en los recorridos vitales.

La energía que se moviliza no encuentra vía alguna de canalización. Es lo que sucede con esas ramblas invadidas por la construcción en nuestras ciudades que, cuando llegan unas simples lluvias, no hay conductor atrevido que las cruce. Pues aquí nos enfrentamos a esos desbordamientos de cauces sentimentales que arrasan con todo lo que se les pone por delante. Esa supresión nos permite, de manera aparente, llevar una vida considerada como normal, pero las consecuencias están ahí y las conocemos bien.

Equilibrio necesario

Bien es verdad que expresar de manera habitual la ira, por el contrario, resulta más que saludable para el organismo, pero, a nivel social, las repercusiones son negativas en las relaciones de la persona. El equilibrio es necesario porque una expresión desmedida de esa rabia puede conducirnos a la toxicidad y a derramar, por tanto, toda esa bilis generada en el ámbito de los intercambios sociales, y por ende, humanos. De ahí que el control de esta emoción aporta la madurez y las vitaminas necesarias para gestionar el alimento que nuestro cuerpo precisa para afrontar cualquier circunstancia que se nos presente. La vida no es una línea continua, por mucho que nos empeñemos, sino que en el trayecto aparecen continuos cambios de rasante, intersecciones, líneas continuas y pasos de cebra. Saber pisar el freno y el embrague, cambiar de marcha y mantener el pie en el acelerador para presionarlo cuando el momento lo permita se convierte en la mejor práctica de supervivencia en los recorridos vitales.

Las peores heridas

Las peores heridas

Imagen de Leopictures en Pixabay

Durante mucho tiempo creí acerca de la existencia de personas, contextos, situaciones o elementos externos al ser humano como los causantes de casi todo lo que nos sucede. Si naces en el seno de una familia determinada, sus ancestros -que son los tuyos- arrastran tras de sí una serie de vivencias que llevan de manera inexorable aparejada una manera de hacer y sentir de la que apenas te puedes escapar. La creencia en que esas personas o esos contextos son determinantes a la hora de explicar tus comportamientos te facilitan esa sensación de impunidad a la hora de pensar de por qué uno hace las cosas como las hace. Esto es, de una manera inconsciente. Y ese atolondramiento te relaja, te permite respirar sin agobios y comportarte de una manera en la que, engañosamente, te sientes libre.

Hilo fino al victimismo

No me negarán que esto no les suena. De aquí al victimismo hay un hilo muy fino, y es el que a los idiotas les facilita el terreno para comportarse en la vida como si nada les fuera exigible. Es decir, el hecho de carecer del menor sentido de la responsabilidad de lo que pasa a su alrededor tratan de paliarlo buscando siempre la excusa de que no son responsables de nada. Tenga ese cometido que ver con el medio ambiente, la política, la economía o los comportamientos cotidianos. Nos referimos al trecho que apenas alcanzan en cualquier comportamiento y es el que para otras personas marca la frontera del compromiso y la mala conciencia o el sentido extremo de la autoría del aspecto que sea.

Conozco a muchas personas a las que les cuesta sobremanera abandonar ese espacio de dolor. Si uno no es capaz de reconocer esa parte de la realidad difícilmente pondrá los medios para sanar esas heridas.

Ese último lugar es en el que existe un verdadero peligro de caer una y otra vez. Es el espacio en el que tropezamos una y mil veces quienes fuimos educados en la búsqueda de una identidad ocultada por las circunstancias. Es el terreno habitado entre una y otra posición en la vida. No es un término medio, desgraciadamente, porque si así lo fuera creceríamos en su cauce sin sentido de culpa. Todo lo contrario. Es un maldito extremo en el que todo lo hacemos nuestro. Es la periferia en la que siempre estamos en alerta, en la que no nos permitimos el más mínimo error. Es el flanco débil sobre el que recaen todas las expectativas del mundo mundial. Las reales y las que convertimos en un escenario de confusión que nos lleva, de manera indisoluble, a sentirnos fuera de la realidad.

15 Peores heridas
Ilustración | EVA VAN PASSEL GAMBÍN
Camino a la autoagresión

Conozco a muchas personas a las que les cuesta sobremanera abandonar ese espacio de dolor. En primer lugar, porque no son conscientes de hallarse en un oscuro rincón que solo conduce a la autoagresión. Si uno no es capaz de reconocer esa parte de la realidad difícilmente pondrá los medios para sanar esas heridas. De ahí que sea complicada combatir la infección de esas magulladuras, porque es entrar de lleno en unas grietas de las que no somos conscientes. Cuesta mucho identificarse, por otra parte, como el principal arquero de esas flechas que tenemos repartidas por el cuerpo, por esas saetas lanzadas sin destino fijo, de manera aparente, pero que más pronto que tarde asoman clavadas en la piel y que explican el dolor sentido.

Hay una cuestión clave en este tipo de heridas. Es que no somos conscientes de ellas. Bueno, en realidad, sus efectos los padecemos de mil y una maneras: ansiedades, depresiones, apatías, insomnios, angustias, adicciones de diverso signo, estreñimientos varios, malestar general, dolor de cabeza… A veces tenemos suerte, o no se sabe bien qué astros o entes se conjuran, y aparece en mitad de la vida, como un regalo, esa persona que es capaz de conectar desde el primer instante con tu psique y te ayuda a romper ese maldito juego autodestructivo. Si no es así, no hay antidepresivo, laxante o analgésico que valgan si antes no se descubren las claves que explican esas agresiones que nos causamos desde no se sabe cuándo… aunque revelemos el porqué. En otras ocasiones, por el contrario, el destino parece habernos jugado una mala pasada y nos mantiene en ese estadio de sufrimiento que no lleva a parte alguna.

Derecho a la felicidad

Pero llegado el instante de la consciencia, que no es otro que el del conocimiento de la propia existencia, las riendas de la vida ya no pueden estar en manos de nadie más que de la propia persona. Por salud, por derecho a la felicidad, por la fuerza que el ser humano posee frente al propio ser que quiere llevarle al fracaso. No, queridas heridas, háganse a un lado porque ha llegado el tiempo de la sanación.        

Silencio de un reloj de arena

Silencio de un reloj de arena

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Acaban de regalarme un reloj de arena. Sí, amiguitos y amiguitas, un reloj de arena es ese instrumento mecánico que sirve para medir un determinado período de tiempo. Tiene dos receptáculos de vidrio conectados entre sí permitiendo el flujo de arena desde el situado en la parte superior al de la inferior. A quienes no lo hayan visto en vivo y en directo les remito a esos dibujitos que aparecen girando sobre sí mismos cuando en ocasiones cambiamos de pantalla en un ordenador personal o intentamos arrancar una aplicación. Los hay de diferentes tamaños y, por tanto, de cantidad de arena que pasa de un lugar a otro, lo que permite delimitar claramente el principio y el final del periodo de tiempo en el que se requiere concentración.

Paso del tiempo

Desconozco la intencionalidad profunda que anidaba en quien me ofreció el obsequio, porque el tiempo de duración del que desde hace unos días está sobre mi mesa de trabajo es de quince minutos. Ni más… ni menos. Un espacio suficiente para que la vista se me nuble si quiero seguir el ritmo con el que esos granos de arena se derraman desde el cubículo de arriba al de abajo. La donante me ha confesado que era una invitación a ser consciente de la realidad, a reconocer el paso del tiempo y a valorar el silencio. Sí, como suena. La paz, el sosiego o la tranquilidad, esos instrumentos imperceptibles y tan repletos de valor. Esos lujosos instantes que a menudo anhelamos pero que, en buena parte de las ocasiones, eludimos porque nos ponen en un brete. Menudo despropósito.

Guardar silencio en estos tiempos convulsos y de polarización no es un hábito que goce de gran predicamento

No es más verdad que esa sentencia atribuida a Aristóteles de que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, en cuanto que nos sitúa en una posición de control de situaciones y, sobre todo, de las emociones que se disparan en multitud de momentos. Porque en innumerables circunstancias tendríamos que habernos mordido la lengua antes que destapar nuestras cartas. Pero guardar silencio, máxime en estos momentos de convulsiones políticas y sociales, no es un hábito que goce de gran predicamento. Todo lo contrario. Cuanto más ocurrente sea una respuesta ante una situación de enfrentamiento o debate quien ejerce ese papel dominante parece ganar más terreno. Lamentablemente es así, pero el precio que a menudo hay que pagar es muy alto.

Menudo dilema

Una amiga me confesaba hace unos días que en el silencio de una capilla que permanece abierta día y noche había encontrado un poco de sosiego ante lo que bullía en su interior. Toda su vida ha girado en estar ahí, siempre dispuesta para resolver los problemas de los demás, fueran sus hermanos, sus padres, sus hijos o el resto del mundo mundial. ¿Y a mí cuándo me toca?, se interrogaba. ¿Por qué no ha encontrado antes un lugar para mirarse a sí misma y disponer de la posibilidad, incluso, de equivocarse en su camino? Menudo dilema, con el agravante de que había sido educada en la creencia de que si se preocupaba de ella misma era una egoísta y contravenía los designios de no se sabe bien qué ser superior que nos juzgaba por ello. Esas disyuntivas morales, en las que la culpa aparecía cuando menos la esperaban, le había acompañado toda su vida.

Hombres grises

Esa niña había querido ser un día un hombre cuando su padre la había interrogado sobre su futuro. Un varón para no tener que hacerse cargo de sus hermanos pequeños y compartir habitación sin tener que avergonzarse por ello. Y además, en ese tercer grado al que la sometió su progenitor manifestó su deseo de poder convertirse en vagabundo con el fin de saborear lo que supone no depender de nadie ni de las circunstancias que la atenazaban a diario. Estoy seguro de que, sin saberlo de antemano, querría haber sido Momo, la protagonista de la novela de Michael Ende, que solo con escuchar conseguía que todos se sintieran mejor. Tampoco se dejaría engañar por la promesa de los hombres grises de que ahorrar tiempo es lo mejor que se puede hacer, lo que provocaba que, poco a poco, nadie tuviese tiempo ni para jugar con los niños.    

No me extraña que el silencio se haya convertido en el período más nutritivo de su existencia. De la suya y de la nuestra. Un territorio en el que reencontrarse con esas voces apagadas durante tantas estaciones atravesadas por relojes de arena.

A imagen y semejanza

A imagen y semejanza

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

Han pasado ya más de tres décadas desde que en nuestra boda escuchásemos uno de los bellos poemas de Khalil Gibran recogidos en El Profeta (1923). Eran tiempos de unión entre el amor espiritual de raíz cristiana con el misticismo sufí o el judaísmo, y sentíamos una plena identificación con esa manera de entender el camino que la vida nos tenía preparado. En este caso, Del matrimonio, ofrecía una mirada que encajaba con el incipiente proyecto vital: “Amaos uno a otro, más no hagáis del amor una prisión” o esas estrofas finales que invitaban a permanecer unidos, “mas no demasiado juntos:/ porque los pilares sostienen el templo, pero están separados. / Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro”.

Tus hijos no son tus hijos

Unos años después volvimos a este poeta libanés, cristiano maronita, con otro de los poemas dialogados por ese profeta que unos años antes de su muerte abandona el pueblo que lo ha acogido y sus moradores le piden que reflexione sobre diversos temas. Todos ellos, sumados en conjunto, componen ese texto que merece la pena volver a leer. De los hijos ha sido el poema que, casi sin pretenderlo de manera consciente, ha guiado la educación de nuestra descendencia. Comienza con esa potente afirmación de que “Vuestros hijos no son vuestros hijos. / Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida, / ansiosa por perpetuarse”. Y desde el principio, por mucho que te empeñes, es así. En mi caso, tras sentirme golpeado doblemente por la muerte en un corto espacio de tiempo.

Estoy seguro de que cada padre, cada madre, en la soledad del silencio interior, es capaz de reconocer que, aunque estén a nuestro lado, no nos pertenecen. Ni cuando proyectamos en ellos, en ellas, todo aquello que un día quisimos ser y no fuimos capaces de afrontar de cara, con valentía. Cuando nos damos cuenta de que las intenciones -mejor dicho, las expectativas- eran erróneas, porque estaban sustentadas en un deseo inalcanzable. Khalil Gibran nos dice que “podéis darles vuestro amor; no vuestros pensamientos:/ porque ellos tienen sus propios pensamientos. / Podéis albergar sus cuerpos; no sus almas:/ porque sus almas habitan en la casa del futuro, / cerrada para vosotros, cerrada incluso para vuestros sueños.” / Faltaría más. Por mucho que ese chantaje emocional que hemos sufrido la generación del baby boom y siguientes nos salga por los poros y, acaso de manera automática e inconsciente, hayamos incurrido en prolongar el maldito hábito que pretende controlar la existencia de nuestra prole.

Plantar cara

La vida no retrocede ni se detiene en el ayer. Cuánto tiempo y vida ganaríamos si llegásemos a comprender que esto es así. No estaríamos paralizados con la mirada atrás, a la espera de que suceda algo que ya está aquí. Porque resulta muy común eludir nuestras propias responsabilidades a causa del miedo y la culpa, esas dos amigas y aliadas que forman un tándem para hacernos la existencia más difícil todavía. El primero es capaz de sojuzgar la voluntad del más pintado. El miedo paraliza, provoca el caos existencial, somete y avasalla ante cualquier atisbo de libertad, de autonomía. Y lo hace frente al que ostenta el poder en cualquier faceta de la vida. De ahí que plantar cara a quien nos provoca temor -que muchas veces somos nosotros mismos- sea el primer paso para la libertad.    

La segunda, la culpa, es la hija perfecta del chantaje emocional. Es aquella dimensión que provoca ansiedad, angustia y un malestar que se derrama por el cuerpo, la mente y el propio hábitat. En ocasiones, nuestros progenitores -seguro que muchas veces de manera inconsciente- nos la han inoculado. Somos herederos de esa manera de actuar y, en determinados momentos, caemos en la trampa de intentar perpetuarla. No olvidemos que es un síntoma de la pandemia de mediocridad e infantilismo que pulula por el mundo. Muchos son quienes pretenden contagiar de miedo y culpa las relaciones humanas. Con esa pareja de hábitos se sienten poderosos y se permiten juzgar la conducta del respetable, mientras que eluden la mirada de su yo más profundo.

Flechas vivientes

De ahí la exhortación a ser “el arco desde el que vuestros hijos son disparados como flechas vivientes hacia lo lejos”. Así concluye Khalil Gibran esas reflexiones sobre la estirpe: “Dejad que vuestra tensión en manos del arquero se moldee alegremente. / Porque así como Él ama la flecha que vuela, / así ama también el arco que se tensa”. El reto está en querer mantener vivo el arco sin esperar nada a cambio.      

Qué pereza

Qué pereza

ILUSTRACIÓN |NANA PEZ

Vaya por delante el reconocimiento de la distancia generacional que ya me separa de adolescentes y jóvenes. Que cuando escuchaba a mis hijos la expresión que encabeza estas letras como respuesta a alguno de los interrogatorios a los que tratamos de someterlos había algo en mi interior que se estremecía. Sí, con mala conciencia, porque debía despertarles algo que agudizaba más esa brecha generacional que siempre existe entre padres y prole. Cuando ya estoy a punto de alcanzar la tercera temporada de Merlí, la serie creada por Héctor Lozano y dirigida por Eduardo Cortés, entiendo mejor de dónde procede esa expresión que, en boca de esos chicos y chicas, reproduce un hastío hacia lo peripatético del mundo adulto. Lo más gracioso del asunto es que he llegado hasta esta serie un poco tarde y, manda huevos, por invitación del pequeño de mis vástagos, “porque creo que os va a gustar”, nos dijo hace unas semanas.

Y vaya que nos está gustando, sobre todo porque no tuve la suerte en mi Bachillerato de contar con una profesora que nos hiciera amar la filosofía para entender los grandes problemas existenciales que, como futuros boomers, nos armara nuestra estructura mental o, cuando menos, simplemente vital. Pero sin melancolía alguna, y con permiso o sin él, me apropio de ese grito de flojera que nos lanzan a los mayores esas jóvenes promesas que vienen pisando fuerte.

Victimismo fraudulento

Qué pereza, es verdad, resulta escuchar cada día a quienes niegan lo evidente de las consecuencias del cambio climático. Que ya no podemos esperar más. Que no hay tiempo para seguir demorando un alto en el camino de la destrucción de nuestros recursos naturales. Que Doñaña se seca, como el Mar Menor se muere, son la evidencia palpable de la esquilmación de nuestro territorio. Que los procesos son prácticamente irreversibles. Que la sequía ha llegado para quedarse. Que no valen ya los discursos del Agua para todos, entendidos como la expresión más palpable de un nacionalismo hídrico que ha servido en algunos territorios para pescar votos, aderezados con arengas de un victimismo fraudulento y cobarde en el que aún se amparan ciertas voces para esconder el fracaso de su gestión. O, lo que es más grave, con la defensa de los intereses de la agroindustria depredadora o el urbanismo y el turismo salvajes.

El ser humano tropieza dos y mil veces con la misma piedra de la ignorancia, sobre todo en sociedades como la murciana, cuando ya no hay manera de justificar lo injustificable

Qué pereza da, es verdad, encontrarse con el discurso de quien fuera durante casi veinte años un todopoderoso presidente regional al argumentar -por cierto, y para rizar el rizo de lo absurdo, a través de quien era su valedor mediático y asesor de prensa que ha estado a punto de sufrir una hernia por el tremendo esfuerzo de ejercer el periodismo independiente y crítico del que hace gala a la vez- que todo era pensando en el bien común. Vamos, ¿de verdad siguen pensando que nos chupamos el dedo?  Un poco de pudor, por favor. Pero si el argumento de que el agua de los ríos se pierde en el mar no va a ninguna parte, por muy poderosa imagen que se trate de llevar al imaginario de la gente. No es de recibo, sinceramente, que queden impunes quienes han defendido (y más grave aún, lo siguen haciendo) mensajes como esos.

Pero como el ser humano tropieza dos y mil veces con la misma piedra de la ignorancia, en sociedades como la murciana cuando ya no hay manera de justificar lo injustificable, pues se saca el tema del agua, y otra vez está el lío montado. Como no nos quieren, pues a repartir pitos y pelotas, fotografiarnos en las procesiones y buscar enemigos fuera. Porque de eso se trata, de que vuelva a triunfar la ignorancia, que para eso vivimos en la mejor tierra del mundo.         

Proyectos de saldo

Qué pereza da toparse con las palabras vacías de quienes aseguran promesas de mundos idílicos en nuestras ciudades y pueblos, de aquellos que venden proyectos a precios de saldo, de anuncios y más anuncios de estrategias, planes, marcas y habilidades en tiempo electoral. Menuda pereza da contemplar a quienes deambulan con principios que acaban en el momento de justificar lo injustificable. O el hastío que produce reconocer el fracaso ante una cultura dominante que cala hasta lo más profundo del ser humano.

Pero eso sí, señoras y señores, la verdadera pereza es la que sentirán en algún momento quienes hoy se sonríen cuando llegue el día -que llegará- en el que nos cansemos del desafecto y de la dejadez por las cosas que se deben hacer. Será el momento en el que cogeremos las riendas frente a esa falta de voluntad y esfuerzo. Sin cejar en el empeño. Vamos, que ya llega ese tiempo. A por ellos.

Segundas oportunidades

Segundas oportunidades

ILUSTRACIÓN | NANA PEZ

No había llegado al cuarto de siglo de vida cuando me tocó experimentar un acontecimiento crucial que supuso un antes y un después en mi timeline, esto es, en la línea de tiempo de joven saliente de una adolescencia adulta. Una doble fractura de tibia y peroné en plena celebración etílica de Nochevieja quebró los planes previstos desde hacía varios años. Ni seguir viviendo en Madrid, ni graduarme con mis compañeros de curso, ni continuar con un noviazgo que había comenzado a los 16. La dura convalecencia tocada en suerte dio paso a un inesperado escenario múltiple que se presentó como el espectáculo de esos circos de tres pistas que proliferaban hace años por nuestras ciudades y pueblos. Y como ocurría en ese guión circense, la continuidad de las acrobacias difícilmente podía hilvanarse.

Por si fuera poco, seis años después volvió a desencadenarse una tormenta vital, un giro de guión para inocular una dosis de recuerdo, una porción en los quiebros que la existencia es capaz de embutir en la tripa capital de una biografía. Esta vez fueron suficientes los golpes en forma de muerte de dos seres queridos para vapulear esa incipiente seguridad con la que parecía reconstruirse el edificio de la vida. Jopé. Ni a mi peor enemigo soy capaz de desearle que atraviese el desierto de unas experiencias como aquellas. Me las reservo por su carácter personal e intransferible, ya que el dolor es el mejor analgésico para entender la realidad y el presente. Sí, sí, aunque a veces creamos que anestesiar las vivencias más duras pueda ser la solución para seguir adelante. A menuda distancia quedan esas ideas a la hora de construir la estructura de una personalidad propia.

Aprendizaje de errores

Es verdad que a lo largo de una vida vuelven a aparecer acontecimientos significativos que marcan ese antes de y después de, pero apenas queda duda de esas segundas oportunidades que se nos presentan de frente en esos momentos. Son las pequeñas resurrecciones de cada día, esos reencuentros que desbrozan las capas en las que nos envolvemos en la búsqueda de una protección salvífica. Son las encrucijadas de rutas que seguimos muchas veces sin ton ni son, sin una brújula que guíe esas aventuras capitales que nos permiten sentirnos vivos. Es el aprendizaje de los errores propios. Es la voluntad de cambio, el inconformismo con lo preestablecido. Es la acción frente a la parálisis, el mirar hacia delante contra esa maldita fatalidad en la que caemos cuando el miedo nos atenaza y nos impide salir de ese pozo ciego al que llegamos sin apenas darnos cuenta.

Las segundas oportunidades son ese momento en el que despierta la pasión reprimida tras las falsas creencias de lo correcto, de lo preestablecido, de lo destinado a cumplirse por los siglos de los siglos

Son esos instantes en los que, desde la bruma, aparece una mano que envuelve el desánimo. Cuando menos se le espera hay una persona, un pequeño grupo, una lectura sugerente, una historia nacida del frío, una fotografía, una sonrisa, una visita inesperada, una llamada imprevista, un encuentro de sopetón, un poema arrugado, una mirada cargada de ternura, un deseo sin filtrar… que es capaz de desencadenar un gran remolino de incontrolables emociones. Es el momento en el que despierta la pasión reprimida tras las falsas creencias de lo correcto, de lo preestablecido, de lo destinado a cumplirse por los siglos de los siglos. Es el brazo de alguien sin nombre y apellidos, ese anónimo ser viajero que acompaña una travesía repleta de sobresaltos y sentido a la vez.

Encuentro personal

Junto a nuestro particular desconocido también se muestran rostros de seres a quienes, en el fondo, profesamos un sincero agradecimiento. No es para menos. Su mera presencia, cuando ya no la esperábamos, es el acicate para salir de nuestra enredada existencia en la que pervivimos en un infinito giro que rodea el maldito mundo de las ideas. Son los instrumentos que la vida, en su sentido más trascendente, ha interpuesto en el camino para darnos de bruces con esas segundas oportunidades. Es la resurrección, el encuentro personal, con uno mismo y con quienes nos rodean, traspasando las temidas, pero a la vez, frágiles fronteras. Son los confines que se interponen en el avance hasta ese destino final que es la muerte, el tránsito a esa desconocida dimensión a la que nos cuesta poner rostro y, por supuesto, nombre.

Llegados a este punto, como sabia persona lectora que es, habrá dispuesto su ánimo a que esas segundas oportunidades poco tienen que ver con las ñoñas referencias a las crisis de parejas o al escaparate que presenta la psicología positiva sin más. Qué va. Son los dilemas que valen tanto para quien se ha valido del engaño y la corrupción moral y política para sustentar su verdad, como a quienes se resisten a una ingrata presencia mortal en el día a día, a la indolencia ante al sufrimiento humano y la desidia frente al mal. La utopía es siempre posible… y palpable.      

Vidas adolescentes

Vidas adolescentes
ILUSTRACIÓN | Eva van Passel Gambín

El mundo adulto está sobrevalorado. Es una meta a alcanzar que aparece ya en las etapas iniciales de la vida, aquellas que arrancan desde el instante en el que nuestros progenitores se empeñan en presentarla como una cima a conquistar a costa de lo que sea. Un trayecto que deja a su paso tal reguero de frustraciones y sinsabores que uno llega a preguntarse si merece la pena pagar ese precio. Especialmente en lo tiene que ver con ese mapa tan complejo como es el de la denostada adolescencia, un mundo que hemos atravesado como hemos podido. En buena parte de los casos, cuando nos tocaba. Pero no nos engañemos, conocemos a quienes ni siquiera han salido de ese estado en el momento que ahora se encaminan a la senectud.   

Piezas de un rompecabezas

Este período del crecimiento que nuestros divulgadores científicos de cabecera sitúan entre los 10 y 19 años es el tiempo del odio a todo lo que se mueve, sobre todo si tiene que ver con el escenario de los mayores, sean los padres y madres, profesores, hermanos mayores -y, por supuesto, menores- o que juegue a cualquiera de los prototipos de la autoridad. Es el odio que siente Trini/Tritona, la protagonista de La novias (InLimbo Ediciones, 2022) una gran novela coral de Cristina Morano (Madrid, 1967) situada en mitad del género social y el distópico en la que esta adolescente no llega a entender el mundo del instituto (de sus profes agotados) y de su casa que le esperar (con sus Jefes explotados).

La historia de sus personajes es la de la carrera emprendida en la búsqueda del reconocimiento, mientras resulta muy complejo encajar las piezas de un rompecabezas en el que se convierten las historias de estos niños y niñas. Unos pequeños seres que son los nuestros, carne de cañón de las apuestas con las que se enriquecen esos adultos farsantes e hipócritas que se llenan la boca (y, por supuesto, los bolsillos) de promesas de un mundo mejor. Un camino lleno de obstáculos que intenta vencerse con innumerables retos. La trama conjuga a la perfección el horror y la belleza, con evocaciones repletas de poesía, el mundo de los retos virales y las apuestas de todo tipo. Una gran novela en la que se mezcla la realidad y la ficción con un sinfín de guiños a personajes cercanos y a líderes sociales.

Maniqueísmo simplista

Al hablar de la adolescencia se corre el riesgo de caer en un maniqueísmo simplista. O descalificarla sin más, porque se es incapaz de entender todo lo que bulle en el interno de quienes la viven, o idealizarla, aunque sea desde el desconocimiento atroz que esconde la incompetencia de ponerse en el lugar del otro. Sirva como contrapunto la iniciativa que un grupo de escolares de un colegio de Pamplona ha llevado a cabo estas semanas, con la elaboración de un código ético para personas que están en política. Pero no se han limitado a ese grupo ante el que resulta fácil lanzar críticas y descalificaciones. También lo han hecho para quienes quieran ejercer ciudadanía. Esto es, para el común de los mortales. Para usted, querido y querida lectora. Lo presentaron a comienzos de este mes en el Congreso de los Diputados y lo han firmado hasta la fecha seis de los siete candidatos a la alcaldía de la capital navarra.

Son cinco compromisos que, para los primeros, pasan por decir siempre la verdad, no prometer lo que no pueda cumplir y por combatir la polarización creciente en nuestra sociedad. El tercero es el de intentar buscar puntos de encuentro y consenso con otros partidos políticos, mientras que los restantes pasan por la renuncia a la corrupción en todas sus formas, así como al insulto, la descalificación y el ataque personal hacia el otro. Ni más ni menos. Menuda responsabilidad que habría que exigirle a quienes asuman cualquier puesto político en nuestras instituciones. La misma que tendríamos que adoptar quienes queramos practicar ciudadanía: ejercer mi derecho al voto con la seriedad que merece, el compromiso a informarme con más rigor y pluralidad, y la renuncia a la crítica destructiva hacia políticos e instituciones hacia cualquier forma de violencia como modo de protesta y a la corrupción en todas sus formas.

Logros elevados

La riqueza de esta iniciativa, como las vidas golpeadas de los personajes de la novela de Cristina Morano, es que ambas realidades tienen que ver con un momento vital en el que las expectativas están a flor de piel y los golpes no han permitido malear una estructura de la personalidad que aspira a los logros más elevados. Es el momento de los ideales, de las metas a alcanzar, de las cimas a coronar, de la vida por vivir pese a las adversidades y al empeño de joderlas de quienes solo saben aprovechar las oportunidades para edulcorar de manera artificial su maldita vida.


ILUSTRACIÓN | Eva van passel Gambín
Tiempos preelectorales

Tiempos preelectorales

En el carrusel de las expectativas, los deseos no cumplidos, los gestos aparentemente altruistas y las miradas furtivas se entremezclan, estos días, toda una troupe de bienintencionados seres que aspiran a ser elegidos de entre la masa para convertirse en representantes de no se sabe muy bien qué. Apuestan por subirse al escenario para convertirse en pléyade que se conforma en ser reconocida por la calle, en una pantalla o en el timeline que arranca estas semanas y que culminará dentro de cuatro años. Se lo han jugado todo, incluso lo que no poseen. Esto es, la simple dignidad de la derrota tras derrota en sus carnes.

Imaginen la escena, cual apóstoles en la comida de traición previa a la detención y posterior condena del Crucificado. El ¿acaso soy yo, señor? de la felonía se extrapola estos días al ¿estaré yo, señor (o señora) en las listas?  Con lo que yo valgo, con lo que yo me he jugado, con lo que podría dar al partido, a la candidatura, a vuecencia… Esto se merece algo más que unas buenas palabras, que unas palmaditas en la espalda y un hasta luego, Lucas y otra vez será. Que no, que no. Que no es por ser más que nadie, que es por prestar un servicio, una entrega desinteresada, una generosidad sin límites, un altruismo insaciable… En definitiva, que aquí estoy yo porque lo valgo, y cómo es posible que hasta ahora nadie se haya dado cuenta, que no haya sido escogido por ese dedo salvífico ante la mediocridad existente.

Tiempo de incertidumbre

Este es un período de incertidumbre, de dudas, de anhelos, de ansiedades y desvelos. Es un tiempo de ensoñaciones, de proyectos, de cuentos de la lechera. Son instantes de gloria para quienes tienen la sartén por el mango a la hora de escoger a quienes completarán candidaturas, bajo un halo de santidad que ni el más beatífico de los mortales es capaz de alcanzar. Es tiempo de fugas y entregas, de infidelidades, de amores interesados, de compra de voluntades, de exacerbar, de irritar, de causar enfados y enojos por doquier. Porque muchas son las llamadas… y pocas las que traen buenas noticias.

Arden teléfonos, tiemblan los grupos de WhatsApp, abundan los cafés, comidas, cenas y demás contubernios a la espera del anuncio soñado. Proliferan los cotilleos, los dimes y diretes, los debates, polémicas y controversias. Que si yo me lo merezco más, que si con lo que yo me he sacrificado, que si con lo que yo he traicionado por la causa, con los desvelos que he tenido por el partido… y así me lo pagan. Se trata de pensamientos que anteceden a las decisiones salomónicas de los prohombres, y que preparan la mente y el cuerpo para encajar lo inevitable… si llega. Porque ya volverán las oscuras golondrinas de unos nuevos comicios a sus urnas posar, y llegarán entonces nuevos instantes de vacilación y perplejidad.

Era de las traiciones

Es la estación de los amores interesados, de la cooptación de voluntades, de la apropiación de ideas y proyectos, de opiniones inusitadas, de esas que nunca se han utilizado para algo más que presumir de ellas. Es la era de las traiciones, de las puñaladas por la espalda, del si te he visto no me acuerdo, de cuándo he prometido yo algo, venga ya. Del reproche y la venganza, que se sirve incluso en plato frío y sin fecha de caducidad. Incluso es tiempo frugal de los impactos frontales, porque mirar a los ojos para comunicar decisiones no es costumbre a la hora de poner en práctica la asertividad.

Aún restan momentos de tempestad antes de que llegue la calma. La agitación es palpable. Las arritmias, amenazantes. El estómago se revuelve como un torbellino y las jaquecas anidan una tras otra a la espera de la solución final. Todo llega. Se lo dice uno que las vivió en otras épocas. Tan lejanas que ni se añoran, ni se desean para nadie. Ahí quedó todo. Tropezar cien veces en la misma piedra es un privilegio que los humanos nos permitimos con todas sus consecuencias. ¡Oh, tiempos preelectorales! P’a habernos matao.


ILUSTRACIÓN | Nana Pez

Vida de maleta

Vida de maleta

Mientras las ruedas traquetean por el desgaste de tantas estaciones y terminales, contemplo extremidades inferiores de todo tipo y condición dirigirse a quién sabe qué lugar, andén, terminal, pasarela o ascensor, camino de término de aventuras o simplemente escenarios de la cotidianidad. Aprovecho la capacidad de imaginar las historias que encierran esos cuerpos vivientes en su recorrido por asfalto, pistas, losas, encerados, moquetas y tarimas. Cada uno de ellos arrastra anhelos, sueños y deseos pocas veces cumplidos, lo que no les impide ir de aquí para allá, una y otra vez, como un carrusel que gira y gira mientras observa a su paso el mismo lugar de partida como de llegada.

A veces tengo la sensación de que la vida es una sucesión de salidas de casa sin sentido, cada mañana, para llegar a quién sabe dónde a hacer quién sabe qué. Un día y otro. Y vuelta a empezar. Como autómatas, guiados por un plan de viaje preconcebido que, en realidad, apenas posee detalles o matices. Un trazado salpicado de pulsiones que nos dictan órdenes para el giro, la parada, el arranque, el acelero y la pausa. Impulsos que, en definitiva, carecen de un procedimiento sin más razón que el mero ritmo de arrebatos que justifican sentirnos vivos. Qué triste, ¿verdad? De ahí que la sensación sea la de llegar a ninguna parte.

Final del camino

Es la inercia cansina de repetir, una y otra vez, esos comportamientos que no conducen a lugar alguno. Es la retahíla de titulares que se han oído una y otra vez, en épocas distintas, sin aportar novedades. Crisis o avances, desastres o logros, estadísticas o generalidades, tragedias o premios, qué más da. Los protagonistas regresan de mundos que parecían inalcanzables y, sin embargo, cuando ponen los pies sobre la tierra son incapaces de conquistar aquellas geografías sonoras que tanto se anhelan. Es el final de un camino iniciado desde el momento en el que la sorpresa ha dejado paso a lo académicamente aceptado. El instante en el que la ingenuidad ha sido sepultada por normas, ritos, cánones, pautas y reglas. El tránsito de la niñez a la edad adulta. El momento castrante de la inocencia a la engañosa madurez.

Un día descubres que esa realidad no elegida te sacude en la cara como si una puerta hubiera aparecido de la nada en tu camino,

En ese fardo se guardan aquellos recuerdos de lo que un día fueron experiencias felices de un tiempo vivido en plenitud. No importaba entonces que algunas incluso fueran el resultado de una imaginación desbordante. Ni que otras ni siquiera hubieran acontecido. Bastaba con el hecho de constatar que aquellas formaban parte de la biografía de una infancia a punto de romperse. De la pequeñez vibrante ante lo desconocido. De la sorpresa continua al sentirse querido y acompañado, sin juicios, chantajes o exigencias. Simplemente custodiado en ese tiempo vital de pasos adelante, de sorpresas continuas, de asombros de inocencia, de cálida candidez, de búsqueda incansable para lograr ese lugar en el mundo del que no puedas marcharte.

Un día, de manera inopinada, descubres que esa realidad no elegida te sacude en la cara como si una puerta hubiera aparecido de la nada en tu camino, en mitad de un pasillo o al girar una esquina. Sin avisar. Sin adivinar apenas que era una posibilidad plausible, lo real se convierte en aquello que finamente va a marcar tu existencia. Ahí ya no queda apenas espacio para la duda, ni para un atisbo de voluntad. El golpe es tan fuerte que llega a tambalear los exiguos cimientos que hasta entonces sustentaban la vida.

Trayecto a ninguna parte

La edad adulta es como ese equipaje arracimado que inunda espacios sin sentido alguno. Desprovisto de finalidades, una y otra vez se guardan esos objetos que jamás encuentran acomodo en lo que resta por venir. Es la constatación palpable de que es necesario despojarse de tantos paquetes superfluos que acumulamos a lo largo del tiempo. Es la prueba de que es el trayecto a un lugar en ninguna parte, el empeño en llevar la contraria de próceres e insignes adultos frente a quienes tratan de sobrevivir.

Todo es mucho más sencillo, pero llegar a descubrirlo implica que hay que deshacerse primero de lo planeado. Resulta imprescindible deshacer ese nudo que ha llegado a convertirse en la imagen de un patíbulo emocional que no deja lugar para la apertura a lo inexplorado. En ese instante, ese bulto pasa entonces a convertirse de maleta a maletín, a bolsa, a simple envoltorio que apenas cubre la desnudez de la inocencia. El embalaje se esfuma al quedar despojado de todo lo superfluo para mostrar con nitidez quiénes somos.


ILUSTRACIÓN | Nana Pez

Cambio climático y difuntos

Cambio climático y difuntos

#Sábado 30oct | COP26 CLIMA 
Mañana comienza en Glasgow la COP26, esto es, la Conferencia de las Partes, esto es, la reunión de los casi 200 países que integran la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Un encuentro en el que todo son buenas intenciones para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, o lo que es lo mismo, apelar a una intervención seria del ser humano para no mandar a paseo el planeta que nos alberga. Esta es, a fin de cuentas, la verdadera intención que hay detrás de las sesiones, declaraciones, buenos deseos y anuncios varios. No sé si llegamos a tiempo, porque el conflicto es de tal envergadura que apenas queda margen para el cambio. Esa mirada cortoplacista que lo preside todo, más el ansia de un consumo desbocado (no olvidemos que dentro de unos días llegará la avalancha de un viernes negro), son aliados para dejar poco espacio a la esperanza.
#Domingo 31oct | VÍSPERA DE DIFUNTOS
La muerte regresa de nuevo a la vida cotidiana. Son días en los que el tripotaje nos recuerda que nuestros difuntos siguen muy presentes, pese a que hayan transcurrido años desde que iniciaran ese viaje sin retorno. Aprovecho para recorrer las calles del cementerio cercano a las Pozas, en Yecla, y vuelvo a rezar ante los nichos de mis abuelos, de mi padre, de Pablo y de algunos tíos paternos y maternos. No olvido su sonrisa. Ni las historias familiares, algunas plagadas de partidas violentas. Nuestros muertos continúan en innumerables conversaciones, nos transmiten sus nombres de generación en generación y perpetúan su legado trascendiendo espacio y tiempo.

ILUSTRACIÓN | Eva van Passel Gambín

#Lunes 01nov | SANTIDAD
Cada día tengo más claro hay personas que tienen un brillo especial desde el momento que ponen un pie en la vida de otra gente. Que siembran paz donde hay discordia y enfrentamientos. Que aportan sensatez frente a la sinrazón. Que miran de frente a los estrábicos, esos especímenes que tratan de eludir sus responsabilidades. Pero eso sí, sin reproche alguno. Estoy de enhorabuena cada vez que me cruzo con estas personas santas, las que van en zapatillas, las que apenas dejan un hilo de voz en sus intervenciones, las que tienen pudor, porque su sencillez preside sus comportamientos. No precisan de la beatificación previa. Irradian santidad por los cuatro costados. #Martes 02nov | A DOS BRAZOS Comienza la doble campaña de vacunación de la gripe y la tercera dosis contra la Covid_19. Mañana se vacuna mi madre y miles de mujeres como ella que hasta el momento han resistido este año y medio pandemia con una fortaleza física y anímica envidiables. No obstante, a personas mayores con una salud más deteriorada este tiempo maldito sí les ha pasado factura. Confiemos en que hemos aprendido algo. Por lo menos, la lección de que somos vulnerables.
#Miércoles 03nov | PABLO Su pelo ensortijado, su mirada limpia, su optimismo desbordante, su sonrisa ingenua y sus ojos que se perdían cuando arrugaba sus párpados. Todos estos rasgos juntos sigo recordándolos hoy, veintiocho años después de que no despertase en aquel apartamento en el que vivía, junto a la iglesia del Padre Joseíco, la parroquia murciana de San Francisco Javier. Había vivido hasta entonces con la intensidad escogida, por encima de su miocardiopatía dilatada y los desvelos de quienes llevábamos su lesión cardíaca con temor y temblor. Esta noche pasada he vuelto a soñar contigo, Pablo, y no atisbo a imaginar qué hubiéramos vivido contigo todo este tiempo en el que no estás en cuerpo, pero sí en alma. #Jueves 04nov | KOSTAS JARITOS El mismo día que acabo con la lectura de dura historia personal de Tienes que mirar(Impedimenta, 2017) de la escritora y periodista rusa Anna Starobinets comienzo a degustar la última novela de Petros Márkeris de la saga del comisario Kostas Jaritos: Ética para inversores (Tusquets,2021). Me siento ya de la familia de este personaje tan entrañable, prototipo del policía que rompe los esquemas preconcebidos, y que arrancó allá por el año 1995 con Noticias de la noche (Ediciones B, 2000). No desvelo nada, pero quien quiera conocer la historia reciente de Grecia, de manera similar a la España de la transición con el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán, la Cuba castrista del Mario Conde de Leonardo Padura o la Sicilia de la Cosa Nostra del Salvo Montalbano de Andrea Camilleri, no debe de perder la oportunidad de sumergirse en esta serie.
#Viernes 05nov | MONEY FRIDAY
Quince meses después regreso a Madrid. El viaje en tren es completamente diferente. Los viajeros no hablamos entre nosotros. Vamos con la cara semi cubierta con las mascarillas y nadie consume bebidas en el interior del vagón. La distancia social es una realidad. La pandemia nos ha cambiado. La capital también es distinta. No encuentro el sabor de la libertad por ninguna parte. Yo lo degusté de verdad en aquellos años de Tierno Galván al frente de la Alcaldía en la Casa de la Villa. Ahora se palpa en las listas de espera de la sanidad pública. Y todo en un Black Friday que es uno de esos días de exaltación del consumo por el consumo. Menos mal que aún quedan espacios para permanecer al margen. ¿O, no?
Rompe las reglas, cura el sistema

Rompe las reglas, cura el sistema

Con esa potente frase que inspira este artículo promocionó Netflix en Estados Unidos la primera temporada de esta serie. La historia es diferente a la que podemos encontrar en otras de médicos, enfermeras o, simplemente, ambientadas en hospitales. Y el caso es que esta serie va de médicos, de enfermeros, de gestores, de sus casos y vidas unidas por el New Amsterdam, el hospital público del mismo nombre situado en la ficción en la ciudad de Nueva York. (más…)