El Partido Popular de Murcia acaba de festejar los 18 años de la Presidencia del Gobierno de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, o lo que es lo mismo, los casi cinco lustros en los que su presidente, Ramón Luis Valcárcel, ha sido capaz de liderar desde la derecha a una sociedad civil en una de las regiones españolas que más han sufrido el modelo económico del ‘boom inmobiliario’ (mano de obra barata, poco cualificada, amparada por un sector de la construcción coaligado con la especulación financiera). Frente a las ‘Razones’ que el discurso oficial ha querido ofrecer en torno a una Convención Regional coordinada por un personaje tan peculiar como es Vicente Martínez Pujante, me permito apuntar de manera resumida algunos de los motivos que pueden explicar el éxito electoral, personal y político de Valcárcel a lo largo de estos años.

Cara amable de la derecha murciana. Frente a Juan Ramón Calero, que era el líder de la derecha murciana Alianza Popular murciana, antes de la creación del Partido Popular, el profesor de Historia del Arte del colegio Ruiz Mendoza fue capaz de ganarse el apoyo de las juntas locales de las pedanías de Murcia y desbancar a quien fuera portavoz parlamentario en el Congreso de los Diputados en la etapa de Antonio Hernández Mancha. Apoyado por un grupo de dirigentes del PP conocidos como los ‘pata negra’ supo concitar en torno a su persona los apoyos necesarios de la burguesía de la ciudad de Murcia y dejar de lado a otros candidatos de su generación como Miguel Ángel Cámara, con el que establecería una especie de entente cordiale (o no tanto) que ha subsistido hasta hace relativas escasas fechas. Esos apoyos se extendieron a la mayoría del resto de la Región. Ese joven portavoz municipal en el ayuntamiento de la capital, amable y de sonrisa fácil, estaba llamado a convertirse en líder regional.

No cometer los errores del PSRM. Una de las grandes enseñanzas que aprendió muy pronto Valcárcel fue la de no cometer los mismos errores de los dirigentes que tenía enfrente cuando alcanzó el liderazo de su partido: la división interna en un partido genera rechazo en los electores. Sólo tuvo que permanecer a la espera mientras sus oponentes políticos del Partido Socialista de la Región de Murcia (PSRM-PSOE) se despedazaban entre ellos. La miopía política, las ambiciones personales, las peleas entre las familias ‘colladista’, ‘jumista’ o ‘enana’, con la moción de censura a Carlos Collado que dio paso a la efímera presidencia de María Antonia Martínez (en un contexto económico y social de crisis, con la quema del edificio de la Asamblea Regional como exponente), allanaron el camino para alcanzar el poder en la Comunidad y en los principales ayuntamientos de la Región, a excepción de Lorca. Lo de menos para conquistar el poder fue que él liderara al PP. El PSRM le había hecho casi todo el trabajo. Aprendió bien la lección y la ha mantenido hasta la fecha.

Representar el nacionalismo (hídrico) murciano. En una sociedad sin apenas identidad propia, donde han tenido que convivir realidades tan diferentes como la cartagenera, la yeclana, la lorquina o la caravaqueña, por citar tan solo algunas, Ramón Luis Valcárcel ha sido capaz de hacer creer que “antes que del PP, soy murciano”. Vamos, casi nada. Y en un país que no ha sido capaz de cohesionar una identidad nacional, el dirigente murciano ha sido hábil para afianzar un sentimiento de víctima frente a enemigos externos que han querido nuestro aniquilamiento, especialmente por el asunto del agua. La imagen de vivir en una tierra amenazada por los manchegos -con el apoyo inequívoco de José Bono-, los aragoneses -ridiculizando al extremo a personajes de la izquierda como José Antonio Labordeta- o los catalanes (tierra con tantos vínculos con nuestros emigrantes de interior) le ha servido para afianzar una murcianía de la que apenas un tercio de la Región puede sentirse reflejada (el área metropolitana de la capital). Y frene a esa defensa de lo murciano, todos los que no pensabámos como ellos, éramos calificados como ‘antimurcianos’. O estás conmigo o contra mí, ¿no les suena de algo?

‘Víctimas’ del Agua para Todos. A ese nacionalismo murciano se ha unido el uso y abuso emotivo de la supuesta falta de agua para nuestra tierra. La razón ha quedado al margen, porque cuando interviene la emoción no valen los argumentos, por más racionales que sean. Apoyado por una potente maquinaria propagandística, para la que nunca han faltado recursos económicos y complicidades sociales (de las que hablaremos más adelante), una buena parte de la sociedad civil ha sido víctima y cómplice de un gran engaño: la supuesta falta de agua, apoyada en el icono de un intangible, como ha sido el Trasvase del Ebro. Sólo un hecho: si tanta agua nos ha faltado, no han robado, ¿por qué el sector primario, el agrícola, ha sido el único que ha visto crecer sus producción en todo este tiempo? El engaño, la mentira, el fraude y la estafa del ‘agua para todos’ ha sido el máximo exponente del victimismo del que ha hecho gala Valcárcel a lo largo de estos años. Excusas de mal pagador. Siempre han sido otros los responsables de los desaguisados. Me parece que hay poca hombría (si sirve de algo esta referencia sexista para quien hace gala de ella) cuando no se ha sido capaz de reconocer error alguno.

Complicidad de una sociedad caciquil. Es verdad que la mayoría de la actividad política que han desarrollado los gobiernos del PP no hubiera sido posible sin la complicidad de una sociedad que, en ocasiones, ha preferido mirar hacia otro lado. O cuando menos, ha respaldado directamente, sabiendo lo que pasaba y hacia dónde íbamos. Si no, no se explica que en los años en los que nos creíamos ricos y los presupuestos regionales y municipales eran elevados, las subvenciones llegaban a prácticamente todos los rincones de la sociedad más o menos organizada. Asociaciones que nombraban madrina de honor a la esposa de Valcárcel, otras que aplaudían por doquier cualquier iniciativa que viniera del Gobierno, pactos que firmaban las organizaciones sindicales, profesionales y empresariales y que luego quedaban en papel mojado… y no pasaba nada. Una complicidad que tuvo su máximo exponente en los múltiples casos de corrupción política, mientras los vecinos, los electores, las asociaciones… miraban hacia otro lado. Una complicidad que, en definitiva, han facilitado holgadas mayorías electorales, y lo que es más grave, mayorías sociales. Y en la que, desgraciadamente,  y por diversas razones y gradaciones, han caído desde los sectores de la cultura, la política, el mundo sindical hasta el universitario, el religioso y la mayoría de los medios de comunicación. Ese contexto de la complicidad le ha venido estupendamente a los poderes empresariales, económicos y financieros para servirse de una clase política dócil con sus intereses.

VVICENS-PROTESTAMAREAS1Ausencia de un liderazgo progresista. A lo largo de estos años no ha sido posible construir una alternativa a la hegemonía social y política de la derecha, especialmente por la falta de un liderazgo desde el centro-izquierda político. En el caso del PSRM, la oposición política en la Asamblea Regional y en los principales ayuntamientos ha estado en buena parte empeñada en seguir despedazándose a sí misma o, cuando menos, más interesada en ganar procesos internos que en conquistar a una sociedad que le dio la espalda cuando comprobó que las miserias personales estaban por encima del proyecto colectivo. Ha faltado también un discurso coherente y mantenido en el tiempo. Es verdad que ha habido intentos loables de construir una cierta alternativa, y que hay muchos dirigentes y militantes que han pretendido superar el pasado, pero los vicios y los hábitos adquiridos de una cultura política acomplejada han sido un verdadero lastre. A la izquierda del PSRM tampoco ha crecido prácticamente nada, al menos de manera institucional, aunque sí es verdad que aún es pronto para evaluar qué pueden dar como resultado político los movimientos sociales como los del 15-M, las diversas plataformas sociales como la de Afectados por las Hipotecas, y otras iniciativas como la de las Mareas ciudadanas que han surgido como reacción a los recortes sociales. Y sobre todo ha sido imposible construir un discurso ilusionante y progresista con propuestas políticas diferentes.

Imagen de unidad en los intereses. De esa complicidad y de la falta de una alternativa progresista se han aprovechado reiteradamente Valcárcel y el PP, que han podido repartir espacios de poder entre sus seguidores y que han acallado las supuestas diferencias internas. Un ejemplo de ello es el reparto que al comienzo de su llegada al poder hizo con Miguel Ángel Cámara de ‘tú al Ayuntamiento y yo a la Comunidad’ (cual gemelas del ‘tú a Boston y yo a California’) que ha pervivido hasta la fecha y que, al parecer, es algo similar a lo que va a ocurrir con su sucesor al frente de la Presidencia de la Comunidad en los próximos meses. La lección aprendida de cómo se castiga la división interna siempre ha estado presente.

En resumen, las razones del éxito de Valcárcel (amén de su olfato político, que es innegable a la hora de interpretar esta sociedad caciquil y susceptible de ser benefactora) radican en representar lo murciano (que tendría innumerables interpretaciones), incentivar el victimismo frente a otras realidades nacionales o personales, consolidar su figura paterno-protectora-conseguidora (los médicos saben mucho de ello, cuando han querido defender sus privilegios frente a otros colectivos), convertirse en pieza imprescindible para ejecutar las políticas de los poderes regionales (y transmitir que es para beneficio de la sociedad) y, finalmente, no dejar que crezca la hierba sucesoria a su alrededor que no pase por lo que él decida. ¿No se ha preguntado nunca el lector que no haya crecido políticamente nadie a su lado, en sus sucesivos gobiernos? Ahora parece haber encontrado una salida personal, familiar y política después de regir los destinos de una Región durante casi los últimos veinte años. El Parlamento Europeo le espera, puesto como señala Ángel Montiel, uno de los periodistas que mejor lo conocen, “el síndrome internacional dicen que afecta a los políticos longevos”.

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