¿Hay posibilidad de que política y amistad puedan ir unidas? ¿Qué pervivan unas relaciones sinceras de respeto, comprensión, diálogo y sana diferencia, junto a unos vínculos estrechos de afecto y confianza entre personas de signos políticos e ideológicos distintos? Esta es la reflexión que hace unas semanas planteaba el jesuita Josep M. Rambla en el blog de Cristianisme i Justícia, y se refería a un texto clásico, De Amicitia, del jurista, político y escritor  Marco Tulio Cicerón, para recordar que ya desde la Antigüedad el debate sobre la amistad y la política estaba presente y era motivo de profundas desavenencias. A su juicio, la amistad no estaría reñida con la política, sino más bien que es un buen fundamento para la buena marcha de la vida política. Por tanto, es posible y hay que vivir la amistad en la política. No es soñar despiertos.

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¿Hay alguna receta, entonces, para cultivar unos valores determinados para que esas vivencias puedan ser posibles? Pues según Cicerón, en primer lugar, estaría la fides, esto es, la confianza que se deposita en otro. A continuación, se convierte en confianza en sentido amplio: fidelidad al compromiso, honradez, recta moral, conciencia misma del individuo. Virtud fundamental y constitutiva del Estado. Junto a ella, está la constancia, que es la firmeza en buscar la virtud. Pero no nos quedamos tan solo en ello: hay otras obligaciones menores, entre las cuales destaca la suavitas, la afabilidad, la dulzura en hablar y en el comportamiento, que define como un “condimento” no precisamente secundario en el conjunto. La amistad propugnada por los interlocutores en el diálogo del texto clásico no es solo una amistad política, sino una desesperada necesidad de relaciones sinceras, como podemos encontrar en cualquiera de los escenarios presentes de cualquier realidad local, regional o nacional, inmersas en el torbellino de las conveniencias impuestas por la vida pública.

La amistad no está reñida con la política. Es un buen fundamento para la buena marcha de la vida política y, por tanto, es posible vivirla

Uno de los mejores recuerdos que guardo de mi padre es que siempre fue capaz de conservar -y, por tanto, cultivar- la amistad con personas con las que estaba ideológicamente en las antípodas. Primó, por tanto, la bondad, el hecho de ser buena persona, sabia y virtuosa, como diría el político latino, por encima de a quién votes o dónde milites. Una bondad que se manifiesta en la fidelidad, la integridad, la ecuanimidad, la generosidad. Y, por tanto, en la apuesta por la persona que pone la amistad como gran valor de la vida, que subordina a la amistad el dinero, la salud, el prestigio o el placer.

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De lo que se trata es de quien hace política debe ejercitar unas exigencias básicas de humanidad… Ser claros en lo que pensamos y en cómo lo expresamos. De entrada, no desconfiar de los demás, aunque no compartamos sus ideas. Ya tendremos la oportunidad de confirmar, como afirma el jesuita Rambla, de que los hechos nos muestren que esa persona no es sincera o transparente o hace un juego sucio. Pero no empezar por la sospecha, por el prejuicio. Y tratar de exponer el pensamiento propio sin agredir, sin descalificar al otro, con argumentos, no con palabras salidas de la bilis. En definitiva, saber ponerse en la situación de la otra persona, en su experiencia de vida que le hace ver y sentir las cosas de una determinada manera. Tener muy en cuenta los sentimientos de las personas… querer el bien del otro, un cierto afecto, que conducirá, irremediablemente, a la búsqueda del bien común. La verdadera política. La del largo alcance.