Que un perro mordiera el abrigo de una niña en una calle de Yecla a finales de los años 40 del pasado siglo tuvo consecuencias más allá de las que esa pequeña vivió ese mal día. El miedo desembocó en fobia y ésta caló en su descendencia en forma de rechazo a cualquier contacto animal, al menos de las especies cuadrúpedas que pueblan las casas familiares en forma de mascotas. Lo positivo del asunto es que aquella niña, ya convertida en mujer, fue capaz de identificar el momento y lugar del que procedía su aversión a los canes y que hoy, desde la distancia de toda una vida, le permite afrontar este y otros miedos cosechados a lo largo de las experiencias vividas.

Kadó.

Sé de lo que les hablo, porque ese rechazo al contacto con los perros lo he vivido en primera persona. Hasta que circunstancias no previstas ni calculadas abrieron una grieta en habitaciones de la vida, cerradas a cal y canto hasta entonces, y que habían impedido saborear dimensiones vitales inigualables. Tera y Bruno, una labradora y un mestizo de braco y bóxer, entraron en mi vida gracias a la amistad con sus dueños. A ellos se sumó Kadó, mi verdadero regalo de chucho cruzado con sus miedos. A los lazos filiales se unieron los sentimentales al descubrir que hay una parte en nosotros, escondida, en la frontera, que despierta emociones y sentimientos que hasta entonces permanecían ocultos. No olvidemos que “todo está relacionado… por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas”, como el Papa argentino nos recuerda en ese manifiesto ecológico de altura que es Laudato Si’.

Lo que sacude ese amor a las criaturas, a los seres en apariencia inferiores, permite estallar como la pólvora la profundidad del alma, esa semilla enterrada en las entrañas que cualquiera de nosotros guarda. Como la que Kini Ferrando ha desperdigado en palabras, vivencias y recreaciones en Diálogos con mi dueño, su primera criatura literaria en la que entremezcla las reflexiones sobre la vida y muerte de una caniche con su camino de fe y acompañamiento en un ministerio de encuentro con el ser humano en su dimensión más trascendente.

El autor/personaje de ficción conversa a lo largo de catorce capítulos/estaciones con Raky, una perra que es capaz de mantener un diálogo acerca de sus vivencias con un humano singular. Es la plática que cualquier dueño mantiene con su otro yo, en forma de compañero o compañera de fatigas sentimentales, y que podemos ver a diario en los encuentros perrunos del jardín, el solar o el monte. Encuentros como los progenitores primerizos mantienen en los parques infantiles en los que se intercambian recetas pedagógicas, soluciones a conflictos o se comparten recursos y procedimientos en el camino de esa paternidad o maternidad para la que no hay fórmulas ni másteres que habiliten competencias o capacidades.

Tera, serena y tierna.

A los diálogos entre animal y humano se acompañan las meditaciones propias con ese dueño que interpela cada aspecto trascendente del sentido de la propia existencia, en clave de fe, pero no por ella menos arraigada en el suelo. Poetas y poetisas, santos y santas, papas y filósofos… todos caben e inspiran unas reflexiones fijadas en el papel de este libro recomendable para quien no se contenta con lo establecido, quien no queda paralizado por los retos que tenemos delante. Y siempre, con esa mirada sin doblez ni segundas intenciones. De quien solo pide una caricia, una sonrisa y un juego. Los verdaderos dueños.


Ferrando, Kini
Diálogos con mi Dueño
Desde el cuento a la oración
Letrame Editorial
Almería, marzo 2017
Este libro colabora con Save the Children