Hace escasamente una semana, durante un foro político, me permití cuestionar la supuesta ingenuidad en la que habían podido incurrir quienes pensaban que podía llegar a buen puerto una operación de calado como era la moción de censura con personajes tan singulares que participaban en el juego. Bien es cierto que abogaba por que en la política siempre es necesario contar con la ingenuidad como uno de los factores que intervenían para alcanzar un objetivo. Horas más tarde, cuando no uno sino varios de los presentes en aquel debate entregaron los audios de las intervenciones a un diario, no pude por menos que caer en la cuenta y exclamar que el ingenuo, realmente, era yo.

Me explico. En el seno de cualquier organización existe el principio, muchas veces no escrito, de que lo que se habla en sus foros internos queda entre las paredes, sean físicas o virtuales, de donde se exponen. La confianza y la discreción son elementos que garantizan la libertad a la hora de emitir opiniones, coincidan o no con las nuestras, se acerquen o no a nuestros planteamientos, en el seno de los órganos en los que se muestran.
Cuando alguno de los miembros de una entidad viola los principios de privacidad está rompiendo la confianza que se le reclama
Eso al menos es lo mínimo que se espera en el claustro de un centro escolar o universitario, en el interior de un aula, una junta directiva, una reunión de trabajo, una asamblea de entidad de la que se trate. Y no digamos en el consejo de administración de una empresa. Siempre y cuando, eso sí, cualquiera de esos cenáculos no esté abiertos al público.
Viejas prácticas
Por tanto, cuando alguno de los miembros de una entidad viola los principios de privacidad está rompiendo la confianza que se le reclama, cuando menos, por su pertenencia a la misma. Si a ello se suma, en el caso que nos ocupa, la enorme trascendencia del tema sobre el que se discutía (la moción de censura presentada 72 horas antes) y la estrategia a seguir, la filtración de una parte de los contenidos del debate demuestra la falta de respeto, la desvergüenza, la inmadurez personal y política que profesan quienes realizaron tal acción. Porque se puede estar en desacuerdo o no con lo manifestado, con el camino a seguir o lo hecho hasta entonces, pero esas viejas prácticas para arremeter contra el adversario distan mucho de lo que debería de ser la dinámica de una disputa política en buena lid con las cartas sobre la mesa.

ILUSTRACIÓN | Eva van Passel Gambín

Quienes, por otra parte, se escandalizan a causa de lo expresado deberían mirarse qué se habla en el interior de sus reuniones o en los consejos de administración de sus empresas. ¿O acaso no se expone la estrategia a seguir frente a sus adversarios económicos y las alianzas con sus grupos de presión y afines? Porque se podrá estar más de acuerdo o no con las opiniones conocidas, pero no juguemos a ser más papistas que el Papa a estas alturas de la película. Ya sabemos en qué lugar está cada uno.
Un compromiso es un compromiso
Llegados a este punto no me queda otra cosa que seguir considerándome un ingenuo. En toda regla. Por mucho tiempo y que siga. Un compromiso es un compromiso. Una firma, una firma. Una palabra dada es una palabra sellada. Un voto no se compra. Una justificación es eso, una excusa en toda regla. Ponerse de lado cuando no vienen dadas es señal de todo menos que de gallardía, honor, decencia y honradez. Prefiero seguir siendo esa persona ingenua que trata de ser sincera, candorosa y sin doblez, que actúa sin tener en cuenta la posible maldad de una persona o la complejidad de una situación. Y aliarme con otros ingenuos. Pese al precio que haya que pagar. Todo, menos ser un tránsfuga, por acción o por omisión. Ni comprador de voluntades. Ni quienes los consideran meritorios y buenos políticos. Elijo ser un cordero.