Cuenta el escritor Pepe Cervera en Azufre (Tres Hermanas, 2021) que quiere que el lector lo vea como alguien que se aleja bajo el sol después de dar lo mejor que podía dar en cada momento, como un hombre que no pertenece a nadie ni a ningún sitio, que carece de hogar, que jamás encontrará donde quedarse.

Y no le falta razón. En este descarnado libro de relatos, el último autor descubierto en el panorama literario español por este humilde aprendiz es capaz de hilvanar una serie de historias -algunas mezcladas entre sí- que son un retrato de la generación compartida del baby boom. Es aquella que ha tratado de encontrar su lugar en el mundo en medio de un cambio social y político salpicado de contratiempos propios de un cambalache cultural y de relaciones familiares.

ILUSTRACIÓN | Eva van Passel Gambín

Literatura como metáfora

La figura del padre es capaz de atravesar todo el libro en una relación intempestiva por parte de cada uno de los personajes, trasuntos de historias vividas en primera y en tercera persona. Que levante la mano cualquiera de ustedes que se haya planteado en algún momento escribir y no lo ha hecho sobre sus amigos, la familia o los conflictos que surgen en la vida personal de cada uno. Ya pueden bajarlas, que aquí todo se sabe.

Si algún rezagado persiste en mantener alzada la mano que se sume a la confesión de quien no se enfrenta a la literatura como metáfora, como algo que aporte y enriquezca emocionalmente a uno mismo y, cómo no, que divierta. Tanto si escribe como si es un simple lector. Y aún hay más. Ser escritor tiene mucho de gesto, de fingir que uno lo es, pero en el caso que nos ocupa Pepe Cervera se identifica más como un lector que escribe. Porque el germen de todo podría estar en observar el aspecto que adquiere lo que le gusta leer una vez escrito con su letra. Pero si no querías caldo, pues toma dos tazas. Porque se suman al debate de la crítica literaria conceptos como los de la feminización o masculinización en la escritura acerca de unas características que se atribuyen a la literatura masculina y femenina. O el debate sobre si ser vulnerable es ser o no menos hombre. Como la reivindicación relativa a la vulnerabilidad como concepto filosófico frente a la invulnerabilidad que algunos pretenden que tengamos. De lo que cabe poca duda es que somos seres vulnerables y, en especial, mucho más, quienes dedican cuerpo y alma (o cuando menos lo intentan, con mayor o menor intensidad o fortuna) a la creación literaria.

Generación en tránsito

De lo que hablamos, en realidad, es de si el universo de la escritura está circunscrito a quienes poseen una sensibilidad especial. De si tiene que ver con una generación o si existe una universalización del carácter artístico que permite trascender la mera situación consciente del presente sin más. En el caso del escritor valenciano que nos ocupa (y, sobre todo, en los siete relatos que componen Azufre) lo que cuenta lo hace, como él mismo afirma, para invocar y resistir, para detener la hemorragia, comprender la trayectoria descrita por ciertos acontecimientos sin extraviarme. Y todo ello realizado de una manera intuitiva, tal y como construye desde la vitalidad que se diluye al paso de los años, al paso de historias vividas, al paso de una particular ruta del bacalao vivida por una generación en tránsito.

 

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