No sé lo que pensarán ustedes, pero hay muchos días en los que uno está convencido de que la polarización es como la humedad en Murcia: se te mete en el cuerpo sin pedir permiso alguno. Antes parecía ser un problemilla de tertulianos con ganas de espectáculo, a los que les pagaban sobre todo para armar bulla. Ahora se ha convertido en una de las primeras preocupaciones ciudadanas. Las suyas. Las nuestras. Y hasta la pasada Navidad la tuvimos presente en un anuncio de productos cárnicos.

Vivimos en un contexto local, nacional y mundial de incertidumbre, de cambio y de transformación que nos tiene con el gesto torcido y el pulso a mil. En mi caso, lo vivo a diario al llamar la atención a conductores que invaden el carril bici o no respetan los cruces. Me han llegado a lanzar improperios, tras bajar enérgicos el cristal de su ventanilla, con mensajes del tipo ¡tú no pagas impuesto de circulación, así que no te quejes! Seguro que usted tiene ejemplos muy cercanos

Polarización política

Y claro, en ese caldo de cultivo, los partidos han encontrado la receta perfecta: dividir en dos, agitar fuerte y servir caliente. La política ya no va de ideas, sino de bloques. De los míos contra los tuyos. Como si estuviéramos en un derbi eterno, pero sin árbitro y con una grada que rompería el etilómetro en cualquier control de carretera que se precie. A ver quién dice la frase más ocurrente, el reproche más duro, la puya más hiriente o el insulto más chusco con el fin de  que se pueda extraer en vídeos y tuits para general consumo mediático.

El problema es que esta polarización no se queda en el ámbito de la política. Ya está bien de echarles siempre la culpa a otros. Conviene reconocer que se cuela en la sobremesa familiar, en el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos o de la Ampa y hasta en la cola de la panadería. La penetración del régimen de polarización es muy intensa porque se hace también de carácter emocional. Vamos, que discutimos menos con la cabeza y más con las tripas. Y cuando tocamos esa fibra sensible, a flor de piel, así nos va. Confundimos disenso con guerra civil.

Hoy basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar

El problema no es pensar distinto, sino pensar que el distinto es un enemigo. Como recordaba hace unos días el sociólogo Sebastián Mora en el diario La Opinión de Murcia, antes el movimiento obrero y la patronal podían estar en las antípodas y aun así llegar a acuerdos. Hoy, en cambio, basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar. Y así es difícil construir nada.

Ilustración | NANA PEZ

Mundo roto y fragmentado

Pero ojo, que la polarización política no es la única. También está la social, esa que preferimos no mirar porque incomoda más que un agosto sin vacaciones o aire acondicionado. Vivimos en un mundo roto, fracturado y segregado. Barrios que no se mezclan, escuelas que no se cruzan, vidas que no se tocan. ¿Cómo vamos a encontrarnos políticamente si ni siquiera nos encontramos en la vida real? ¿Si solemos mirar hacia otro lado? ¿Si solo escuchamos a quienes piensan como yo, a quienes comulgan como yo, a quienes visten como yo y a quienes se ríen de lo mismo que yo?

La receta que se propone no es mágica, pero sí sensata: reconstruir espacios intermedios. Esos lugares donde la gente se ve, se escucha y aprende a discutir sin tirarse los trastos. Esas soluciones están en nuestra mano. Creo que no es cosa de boomers ni de tristes reconocer que las asociaciones vecinales, las parroquias, los sindicatos o movimientos sociales, las escuelas… antes hacían de puente y ahora están medio vacíos o convertidos en meros buzones de quejas. Sin embargo, sin ellos y otros muchos lugares asociativos, es imposible una sociedad civil más reflexiva, más deliberativa.

Toca arremangarse

Y luego está la cuestión de los márgenes. Porque mientras la política oficial mira hacia otro lado, las personas excluidas están siendo cortejadas —y utilizadas— por discursos autoritarios que les prometen soluciones fáciles a problemas complejos.

Nos toca, por tanto, arremangarnos, reconstruir puentes o acabaremos viviendo en islas, en compartimentos estancos. Máxime cuando lo hacemos en el marco de una cuarta revolución industrial, de un sistema económico capitalista del que, ¡oh, qué casualidad!, apenas se habla y se cuestiona. Un capitalismo en una fase nueva, no un capitalismo de promesas decrecientes, donde ya no nos va a prometer bienestar para todos, sino que lo hace para unos pocos en un contexto muy competitivo. No podemos comprometernos y apostar, en su caso, por una polarización democrática, sin tener en cuenta esa dimensión estructural que afecta a nuestras vidas de una forma muy clara.


Diálogo | «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia»

Vídeo del segundo acto del ciclo Líneas Rojas 2026, organizado por las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia y por la HOAC de la Diócesis de Cartagena, bajo el lema: “No miremos a otro lado: la política y el cuidado de la tierra son cosa nuestra». El Diálogo 2, celebrado el miércoles 18 febrero 2026, versó sobre «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia». Participaron: Juan José García Escribano, sociólogo, codirector del Grupo de Investigación del CEMOP (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública) de la Universidad de Murcia y responsable de estudios sobre polarización política. También, Sebastián Mora Rosado, sociólogo, ex secretario general de Cáritas Española y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas. Dirigió el diálogo Mª Ángeles García Navarro, empleada pública en la Administración General de la Seguridad Social y militante de Comunidades Cristianas de Base de Murcia.