Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.
Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de franchute arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de alicantino, borracho y fino al cambiar de pueblo y de provincia. Si no les suena algo de esto es porque la memoria es muy corta. Selectiva, más bien, porque si la recuperásemos un poco y mirásemos atrás, sin necesidad de ir muy lejos, otro gallo cantaría.
Debate metafísico
Ahora en España estamos viviendo el debate sobre la regularización de inmigrantes como si fuera una cuestión metafísica, de esas que se discuten en las sobremesas largas cuando ya no queda ni café. Una posición que se argumenta estos días es que ese proceso es algo mucho más sencillo: o regularizamos, o el país se nos queda sin manos, sin pensiones y sin futuro.
No me gusta que la defensa tenga que ver con una visión utilitarista del fenómeno migratorio y no, simplemente, por una cuestión de humanidad, de valores, de derechos humanos y, por tanto, de justicia. Pero nada, aquí seguimos, atrapados en un bucle emocional donde algunos han convertido la xenofobia en una especie de religión civil. Y ya se sabe: a un creyente dogmático no se le convence con datos, sino con milagros.
Una de las grandes mentiras que circulan sobre la población migrante es que viene a quitarnos el trabajo
Partidos políticos como Vox o Aliança Catalana (e incluso el propio PP) han creado una xenofobia emocional y han sabido convertirla en creencia. Un argumento puede discutirse, pero es imposible revisar o desmontar racionalmente una creencia dogmática que esté muy viva. Las ideas se tienen, pero en las creencias se está. En ese ámbito de lo incuestionable no tienen cabida los análisis que demuestran que sin los migrantes hay servicios que no funcionarían y que ellos contribuyen de forma relevante al sistema de pensiones.

Chivos expiatorios
Recordemos que entre esas grandes mentiras está la de que vienen a quitarnos el trabajo. Pues mire, no. Los estudios muestran que no compiten por los mismos puestos y que, de hecho, aceptan trabajos que muchos españoles no queremos ver de lejos. Y encima cobran un 30 por ciento menos. Vamos, que si alguien está siendo explotado aquí, no son precisamente los de siempre. O también. Pero la narrativa del “nos roban” funciona porque apela a las tripas, no al cerebro.
Crece en España la aporofobia. Es decir, el asco y la aversión al pobre, al inmigrante «sudaca», «moro» o «negro». Como afirma el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, es un problema antropológico de gran magnitud que va más allá de la política y que tiene algunas semejanzas con la mutación cívica que hizo posible el apoyo al fascismo y al nazismo. Ahora el chivo expiatorio no son los judíos, sino los migrantes… ¡que necesitamos! Por eso, el irracionalismo forma parte de la cultura de quienes se sitúan en la órbita de esos partidos. Esa mezcla tóxica es terreno fértil para discursos que recuerdan demasiado a otros tiempos, incluso entre los mismos pobres, a golpe de TikTok. Y no digamos cuando los proclaman personas que se declaran católicas, apostólicas y rumanas, ¡uy!, perdón, romanas.
Acto de justicia
De ahí que el proceso de regularización no sea un gesto de buenismo ni una concesión ideológica. Regularizar no es regalar nada: es reconocer que ya están aquí, en esta tierra de promisión, que trabajan, que sostienen sectores enteros y que merecen derechos y estabilidad. Es, además, la única forma de combatir la economía sumergida y la explotación laboral.
Y si a alguien le preocupa que esto “atraiga a más”, quizá convenga recordar que el mejor freno a la migración no son los muros ni los discursos incendiarios, sino la justicia global: que la gente pueda vivir dignamente en sus países. Pero eso exige políticas serias, no eslóganes.

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