Ni la supuesta pasión a borbotones de la Semana Santa, ni la exaltación a una huerta enladrillada fruto de la especulación y la voracidad urbanísticas. Ni, por supuesto, ajeno al dolor de nuevos episodios de esta tercera guerra mundial no anunciada ni declarada oficialmente, uno siente que la actualidad política española es un remake involuntario de sí misma. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian incluso los escenarios —de despachos ministeriales a chats de WhatsApp, de cloacas del Estado a un reparto de malos personajes en busca de autor—, pero la trama es la misma: alguien que cree que el poder es un derecho hereditario y no una responsabilidad prestada.

Ahí estamos otra vez con el caso Kitchen, por un lado, y el caso Koldo o mascarillas por el otro, como si la realidad hubiera decidido programar un ciclo temático sobre la autosuficiencia moral. Espectador durante estos días de las crónicas judiciales, me ha venido a la cabeza aquel artículo que escribí hace años sobre la corrupción como condición, no como acto. Una especie de estado del alma, un clima interior en el que uno se acostumbra a vivir igual que se habitúa al olor de una habitación cerrada. La persona corrupta, entonces como ahora, no es solo alguien que hace trampas: es alguien que ha construido una autoestima entera sobre ellas.

Autosuficiencia satisfecha

Porque si algo comparten Kitchen y Koldo es esa autosuficiencia satisfecha que describía el papa Francisco en una conversación con el periodista Andrea Tornielli hace diez años: la convicción de que uno no necesita ser cuestionado por nada ni por nadie. En el caso Kitchen, esa seguridad se tradujo en operaciones policiales paralelas, agendas que aparecían y desaparecían, y un uso del Estado como si fuera un llavero personal. En el caso mascarillas, la autosuficiencia adoptó la forma de contratos y pagos en plena pandemia, cuando medio país estaba encerrado contando muertos, además de la compra de voluntades. Dos estilos, mismo perfume.

Fruto de aquel diálogo fue el libro El nombre de Dios es misericordia, en el que Jorge María Bergoglio afirmaba que el corrupto está tan encerrado y saciado en la satisfacción de su autosuficiencia que no se deja cuestionar por nada ni por nadie. Ha construido una autoestima que se basa en actitudes fraudulentas: pasa la vida en mitad de los tajos del oportunismo, a expensas de su propia dignidad y de la de los demás. (…) El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida, indicaba. Como habrá supuesto, querido lector, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Justificación permanente

Y luego está la justificación permanente, ese arte tan español de convertir lo injustificable en un acto de servicio. El corrupto siempre encuentra un motivo noble para su tropelía: el partido, el país, la urgencia del momento, la presión del cargo. En el primero, la excusa era proteger al partido de un extesorero díscolo que tenía retratados a los principales dirigentes del PP; en el segundo caso, la urgencia sanitaria. El fin, ya se sabe, siempre dispuesto a justificar los medios… salvo que no debería. Y el corruptor, en el mismo plano.

Lo más inquietante, sin embargo, es la corrupción no como anomalía, sino como clima. Como un moho que se extiende por las instituciones, por los partidos, por la vida cotidiana. Un fenómeno que, lamentablemente, no distingue siglas. Y, mientras tanto, la ciudadanía mirando, resignada, como quien observa una gotera que ya no sabe si viene del vecino del piso de arriba o del edificio entero.

No mirar a otro lado

Además, contamina la existencia. No solo la del corrupto, sino la de todos. Pudre el sentido de las instituciones, erosiona la confianza, convierte la política en un ejercicio de sospecha permanente. Y lo peor es que nos acostumbra. Que empezamos a ver normal lo que debería escandalizarnos cada mañana.

A ese monstruo solo se le puede combatirse desde lo pequeño. Desde no mirar hacia otro lado, desde no aceptar la impunidad como paisaje, desde exigir que la Justicia —esa que tampoco está libre de tentaciones— haga su trabajo sin presiones ni atajos. Y quizá ahí esté la clave para entender por qué estos juicios importan, más allá de las siglas: porque nos recuerdan que la democracia no se sostiene sola.

Cansancio e incredulidad

Mientras llega el milagro de que la persona corrupta reconozca lo hecho, restituya lo robado y asuma su responsabilidad, seguiremos asistiendo a estos juicios como quien ve una serie que ya se sabe de memoria. Con ironía, con cansancio, con un punto de incredulidad. Y con la esperanza —pequeña, testaruda— de que algún día dejemos de escribir artículos sobre corrupción porque, sencillamente, no haya nuevos casos que comentar. Aunque, siendo sinceros, igual eso sí que es ciencia ficción.

Ilustración: NANA PEZ