Enrique González Lorca, profesor de Servicios a la Comunidad y psicólogo clínico
Hay vidas que no se explican con un currículum, sino con una pregunta que atraviesa cada etapa: ¿qué hacemos cuando nos encontramos con el sufrimiento de otro ser humano? La historia de Enrique González Lorca —profesor de Servicios a la Comunidad, psicólogo clínico y voluntario en proyectos educativos, sociales y de cooperación internacional— está tejida con ese hilo. Desde la memoria de la emigración familiar hasta los guetos de Monrovia, pasando por aulas, empresas, barrios vulnerables y comunidades heridas, su vida es una búsqueda constante de la dignidad humana. Habla con una serenidad que nace del silencio interior, con una ternura que no es debilidad sino resistencia, y con una convicción que repite como un mantra: “la vida es más amable cuando se mira con ternura”.
– ¿Quién es Enrique González Lorca?
– Enrique es alguien que ha encontrado el sentido de su vida en salir en busca del corazón del otro, pero para eso he tenido que adentrarme en el mío. Allí he descubierto valores heredados de mi familia, una presencia que me une a toda la humanidad y una certeza que me acompaña siempre: la vida es más amable cuando se mira con ternura. En el otro me veo a mí mismo porque compartimos la misma dignidad. Y desde esa conciencia de unidad, siento que mi misión es cuidar la casa común y vivir en fraternidad.
Su historia comienza en Bruselas, en una familia emigrante. ¿Qué significó esa experiencia?
Nací en Bruselas, hijo de emigrantes murcianos que llegaron a Bélgica en los años cincuenta buscando una vida mejor. Aunque regresamos cuando yo tenía dos años, aquella memoria quedó grabada en mi familia. Mis padres conocieron la dureza de la emigración y también el rechazo. Muchas mujeres españolas fueron insultadas con expresiones profundamente racistas como “putas moras”. Mi padre acogía a compatriotas recién llegados en un piso que hoy llamaríamos “patera”. Esa memoria me enseñó que lo que hoy sufren muchos migrantes africanos no es nuevo: cambian los protagonistas, pero permanecen los mecanismos de deshumanización. Aprendí que nadie debe ser reducido a una etiqueta. Antes que cualquier circunstancia está la dignidad.
¿Cuándo comenzó su compromiso con las personas excluidas?
Durante mi juventud, incluso antes de tener claro mi camino profesional. Mientras estudiaba Económicas en Valencia, me acerqué a las chabolas de la Malvarrosa y a la realidad del pueblo gitano. Allí descubrí el rostro de los olvidados. Aquellas personas dejaron de ser una categoría abstracta: tenían nombres, historias, sueños. Comprendí que detrás de la pobreza no hay falta de voluntad, sino desigualdad y ausencia de oportunidades. Aprendí que la primera respuesta ante el sufrimiento no es juzgar, sino acercarse y escuchar. Y que el otro no es un lobo: detrás de cada herida hay una persona.
En esa etapa vivió también una transformación espiritual. ¿Qué papel tuvo Francisco de Asís?
Francisco de Asís me enseñó que el verdadero tesoro está en el encuentro con el excluido. Su abrazo al leproso fue para mí una revelación: aquello que la sociedad rechaza es precisamente donde se esconde la dulcedumbre del alma. Comprendí que la libertad no está en la acumulación de bienes, sino en liberarse de aquello que impide vivir una existencia entregada. La opción por los vulnerables no es superioridad moral: es reconocer que la dignidad humana está por encima de cualquier circunstancia.
¿Cómo se concretó esa opción vital en su etapa como franciscano capuchino?
Intenté vivirla desde el compromiso con personas concretas. Participé en proyectos de formación y acompañamiento en barrios de Valencia, especialmente con jóvenes en vulnerabilidad. Muchos habían sido etiquetados por su fracaso escolar o su situación familiar. Pero cuando alguien les ofrecía confianza y una oportunidad, aparecían capacidades ocultas. Aprendí que educar no es transmitir conocimientos: es ayudar a descubrir lo que uno puede llegar a ser.
Doce años después dejó la vida religiosa. ¿Qué se cruzó en su vida?
El amor, pero desde otra perspectiva: conocí a Mari Cruz, mi mujer. Y también descubrí que la institución no siempre permite sacar lo que uno lleva dentro. Sentí que Dios me seguía llamando, pero por otro camino. Como decía San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Y yo allí no vivía.
“Una vida tiene sentido cuando ayuda a que otros descubran su propia luz.”
¿Cree en las segundas oportunidades?
¡Hombre! Si la vida me las ha dado a mí, ¿cómo no voy a creer en ellas?
¿Qué le enseñó a reconstruirse sin negar las cicatrices?
Que el discurso victimista no lleva a ningún sitio. Cuando salí de la institución, me miré por dentro: mis capacidades, mis valores, sin la seguridad de un marco. Y descubrí que el mundo es un espacio de reparación. He aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.
Después llegó la psicología clínica. ¿Qué le enseñó el trabajo en adicciones?
En el mundo de las adicciones descubrí que detrás de cada consumo había una historia humana: heridas, pérdidas, carencias afectivas, necesidad de vínculos. La intervención no podía limitarse a controlar una conducta; era necesario acompañar procesos de reconstrucción personal. Aquellos años me confirmaron algo esencial: cuando solo miramos el problema, dejamos de ver a la persona.
Sorprende su etapa en el mundo empresarial. ¿Qué aportó a su visión?
Fue una etapa inesperada, pero profundamente enriquecedora. La empresa es otro espacio donde las personas viven, crecen y construyen su proyecto vital. Allí comprendí que una organización no es solo una estructura económica: es una comunidad humana. La calidad empieza por el respeto a los trabajadores, a sus derechos y a su dignidad. Una empresa responsable crea empleo digno, oportunidades, relaciones saludables y contribuye al bienestar social. Humanicé despidos en plena crisis del ladrillo. Y entendí que las personas no son recursos: son fines.
“La exclusión comienza cuando dejamos de ver a la persona.”
La educación vuelve a aparecer como eje central. ¿Qué le llevó a la docencia?
La docencia fue una forma de integrar todas mis experiencias. Como profesor de Servicios a la Comunidad he acompañado situaciones educativas, familiares y sociales complejas. Descubrí que muchas dificultades tienen raíces profundas: detrás de un comportamiento o un fracaso escolar hay una historia que necesita ser comprendida. Por eso creo que la educación empieza en la mirada. Si miramos a alguien desde sus carencias, limitamos sus posibilidades. Si miramos sus capacidades, abrimos caminos. La pedagogía de la alteridad me enseñó que un alumno es más que una nota, más que un expediente, más que un calificativo.
¿Cómo se aprende a mirar la vida con gratitud, incluso cuando el camino se vuelve áspero?
Creo que todo empieza por una mirada sencilla: detenernos en lo que tenemos en el presente y que, tantas veces, otros no tienen. Ese ejercicio puede resultar difícil cuando no has vivido la exclusión, la necesidad o la pobreza. Pero hay ejemplos que lo hacen evidente. Cuando viajo a Liberia, el primer beneficiado soy yo. No hay electricidad, ni saneamiento, ni sistema sanitario, ni educación. Y entonces vuelvo aquí y veo cómo nos quejamos teniendo una de las mejores sanidades públicas del mundo, pudiendo abrir un grifo para asearnos, contando con un empleo digno y un salario justo. Al final, lo que nace es la gratitud. Gratitud por todo lo que tenemos.
Después de tantos años acompañando personas, ¿qué ha aprendido?
Que las personas son siempre más que sus problemas. Lo he aprendido de jóvenes excluidos, personas con adicciones, trabajadores, familias, mujeres con enfermedad mental, migrantes y comunidades vulnerables. Todos me han enseñado que la dignidad no depende de las circunstancias. Vivimos tiempos de miedo y polarización. Frente a eso necesitamos recuperar una mirada profundamente humana. El rostro del otro nos hace responsables antes incluso de elegir. Solo quien ha aprendido a habitar el silencio puede habitar el encuentro. La vida tiene sentido cuando ayudamos a que otros descubran su propia luz. Porque la última capa del ser humano es luz. Y en ese camino siento que no me dedico a buscar: me dedico a ser encontrado
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Cooperación internacional sin paternalismo
Liberia ha sido clave en su trayectoria reciente. ¿Qué ha descubierto allí?
Liberia ha sido profundamente transformadora. En el proyecto We Are Like You, con Hermanas Hospitalarias, he acompañado a mujeres con enfermedad mental y problemas de consumo. Sufren doble exclusión: por ser mujeres y por el estigma. Lo esencial es la mirada: no verlas como pacientes, sino como personas con capacidades y sueños. La salud necesita tratamientos, pero también vínculos y oportunidades.
Ha conocido también la realidad del kush y La Casa de Lázaro. ¿Qué representa este proyecto?
La Casa de Lázaro acompaña a jóvenes afectados por el kush, una sustancia devastadora. Muchos viven en condiciones extremas, con heridas, infecciones y rechazo social. Llegan desde auténticas “tumbas sociales”. El proyecto les devuelve algo esencial: “tu vida importa”. Reciben curas, alimentación, formación, afecto y acompañamiento. Algunos antiguos pacientes hoy forman parte del equipo. Quien recibe una oportunidad puede convertirse en oportunidad para otros. Allí comprendí que he aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.
También ha trabajado en reintegración laboral. ¿Por qué es tan importante?
Porque la recuperación no termina con una alta médica. La verdadera recuperación llega cuando una persona vuelve a sentirse parte de la sociedad. Proyectos como el cultivo del cacao ofrecen futuro, empleo y comunidad. Evitan que los jóvenes regresen a los mismos contextos de exclusión.
Ha desarrollado proyectos de educación para el desarrollo y recibió el Premio Vicente Ferrer. ¿Qué ha aprendido de ello?
Aprendí que muchas desigualdades tienen raíces históricas. Mi experiencia en Senegal, especialmente en la isla de Gorée, me marcó profundamente. La cooperación no debe ser paternalista: no se trata de llevar soluciones, sino de encontrarse con otros pueblos, reconocer sus capacidades y construir juntos.
La esperanza, motor de vida y de trabajo
¿Qué papel juega la esperanza en su trayectoria, en tu trabajo como psicólogo y también en tu vida personal?
Si miramos a nuestro alrededor, y especialmente al mundo en el que vivimos, encontramos muchos motivos para la desesperanza. A veces necesito hacer un ejercicio parecido al del avestruz: refugiarme bajo el ala para no mirar de frente todo lo que hemos construido. Pero, precisamente bajo esa ala, encuentro también el lugar donde puedo intervenir, aportar y transformar. Ese espacio concreto —mi ámbito de influencia— es el que me sostiene y me permite seguir sintiendo esperanza. Creo que, si cada persona siembra en su propio entorno una visión nueva de la vida y del otro, fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y, sobre todo, en el amor, es posible despertar esperanza.
En su caso, imagino que la fe también tendrá un lugar destacado…
También me apoyo en mi fe, que me recuerda que ninguna injusticia será olvidada. Durante mucho tiempo no comprendí una expresión del Credo: “bajó a los infiernos”. Hoy la entiendo como una llamada a trabajar, ya aquí, por un mundo en el que los últimos sean los primeros. Confío en que habrá una justicia última —una justicia que podríamos llamar cósmica— en la que todas las víctimas de la violencia y de la indignidad serán restauradas en su memoria y en su ser.
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
La doctora Marina Gandía Herrero (Lorca, 48 años), médica de Cuidados Paliativos en el Hospital Morales Meseguer de Murcia, acompaña cada día a personas que viven una enfermedad avanzada y a familias que transitan el miedo, la incertidumbre y la despedida. Su trabajo, lejos de la imagen reducida que aún persiste, es un ejercicio profundo de escucha, presencia y humanidad. Esta conversación es la primera que abre una serie sobre gente que inspira. En un hueco entre los preparativos del XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) -que se celebrará en Cartagena del 8 al 10 de octubre próximos- y su trabajo hospitalario, Marina comparte cómo la vocación nació en una clase de Ciencias Naturales, qué significa cuidar bien y cómo el contacto diario con la fragilidad transforma la manera de vivir. Y con todo ello, inspira.
– ¿Cómo se describe fuera de la consulta y del hospital?
– Me describo como una persona alegre y cuidadora. Me gusta cuidar de los míos, y ahí encuentro sentido. Disfruto muchísimo con mi familia y acompañar a mis hijas me da propósito: verlas crecer, ayudarles a tener herramientas, observar cómo se convierten en quienes están llamadas a ser. Pienso mucho en ellas, en lo que les puede aportar lo que ven en mí: ser trabajadora, pero también disfrutona, y al mismo tiempo alguien que piensa en los demás. Me miro a través de ellas.
– ¿Cuándo nace su vocación médica?
– Nace muy pronto, con ocho o nueve años, en Primaria, en una clase de Ciencias Naturales. Me fascinaba entender cómo funciona el cuerpo humano. Recuerdo la clase del oído interno, el misterio de que podamos oír porque se mueva una membrana que mueve unos huesecillos fue algo que me despertó una curiosidad enorme. En mi familia no tenía referentes sanitarios, pero sí ese deseo de estudiar el cuerpo humano. Al principio me veía más estudiosa que médica, pero la práctica me enseñó lo que podía aportar además del conocimiento.
– ¿En qué momento sintió que los cuidados paliativos eran su lugar?
– Fue una enfermera quien me lo señaló. Me dijo: “Hace falta algo más de actitud paliativa, y me da la impresión de que tú puedes aportar mucho”. Yo estaba sobreviviendo a la residencia, sin ver más allá del día a día, pero ella vio algo en mí. Me introdujo en cursos, me abrió una puerta. Y detrás de esa puerta estaba mi sitio.
«Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar»
– ¿Qué imaginaba que sería este trabajo y qué descubrió después?
– Imaginaba que sería aplicar conocimientos, pero descubrí un territorio nuevo: atender la espiritualidad de las personas en etapas finales de vida. Ha sido lo más gratificante. Me ha aportado una dimensión que no esperaba.
– Para quien asocia los paliativos solo al final de la vida, ¿cómo le explicaría en qué consisten y cuándo deben comenzar?
– No son solo los últimos días, ni solo morfina, ni solo renuncia. Son una forma de mirar. Una valoración integral: lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo social. El sufrimiento hace que nos sumamos en un caos que hay que ayudar a ordenar. Y ese orden requiere tiempo, escucha, presencia. Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar.
– Al conocer a una persona con enfermedad avanzada, ¿qué necesita saber además del diagnóstico?
– Le pregunto directamente ‘qué debemos saber sobre ti para ayudarte lo mejor posible’. Las pruebas nos dicen cómo afecta la enfermedad al cuerpo, pero solo la persona nos dice cómo le afecta a ella. Qué le preocupa, qué valora, qué teme. A veces el síntoma no es físico. Y también el lugar importa: hospital o domicilio, según dónde se sienta más segura, más serena, más ella mismo.
– ¿Cómo se traduce la escucha en decisiones concretas?
– La escucha es más importante que el fonendo. La presencia, ese estar de verdad, sostiene todo. En las primeras visitas buscamos crear un vínculo que permita que la persona se sienta acompañada, no solo atendida.
– ¿Cómo abordas una conversación difícil cuando paciente y familia tienen ritmos distintos?
– Con formación y con humildad. La comunicación es un arte que debería enseñarse en todas las profesiones sanitarias. Hay que entender qué hay detrás de una pregunta: a veces no es una demanda de pruebas, sino un grito de ‘¿cómo voy a afrontar esto?’. Y ahí hay que entrar con cuidado.
«Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro»
– ¿Qué necesitan las familias, incluso cuando no saben pedirlo?
– Seguridad: saber que buscamos lo mejor y que el objetivo común es que el paciente sufra lo menos posible. A veces surgen conflictos sobre informar o no al paciente. Pero lo importante no es la información en sí, sino que sufra lo menos posible. Hay que hacer equipo. Ellas conocen mejor que nosotros a esa persona.
– ¿Cómo se construye una mirada común entre medicina, enfermería, psicología y trabajo social?
– Esa mirada es una de las cosas más gratificantes. La interdisciplinariedad multiplica la atención. Falta que psicólogos y trabajadores sociales estén siempre en los equipos, pero aprendemos muchísimo de ellos y de las enfermeras. Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro.
– ¿Hay algún encuentro que haya cambiado su manera de entender la vida?
– Muchos. Con pacientes jóvenes es fácil empatizar, sobre todo mujeres con hijos. Su sufrimiento por no verlos crecer nos enseña mucho. También los mayores que afrontan el final con naturalidad y dejan su legado bien cerrado. Son espejos.
– ¿Qué le han enseñado sobre la esperanza cuando ya no es posible curar?
– Que la esperanza se modula. Para algunos es presente: una despedida serena, que la familia esté bien. Para otros es trascendental: la impronta que dejan. Aprendemos cada día de esa capacidad de encontrar sentido incluso en la despedida.
– ¿Cómo influyen estas experiencias en su forma de vivir?
– Me han enseñado a valorar las pequeñas cosas. Los pacientes que disfrutan de lo pequeño te hacen de espejo. Vivo con más relatividad y agradecimiento.
– ¿Qué resulta más exigente emocionalmente?
– No el acompañamiento, que es gratificante. Lo agotador son las dinámicas de la organización: la falta de tiempo, la carencia de una cultura paliativa, la lucha por difundirla. Falta formación reglada en muchas facultades, porque en medicina está pensada para curar. Y cuando no se puede curar, nos quedamos en un abismo. Ese abismo hay que llenarlo de humanidad.
– ¿Qué prácticas le ayudan a conservar la presencia y no llevarse todo a casa?
– El equipo. Nos desahogamos juntas, hablamos de lo que nos ha tocado. Este despacho es un oasis. Igual que decimos a los pacientes “cuéntalo”, nosotras también lo hacemos.
– ¿Recuerda la primera vez que una historia clínica le afectó como persona?
– Sí, un caso muy grave compartido con medicina interna. Me hizo replantearme cuánto puedo dar y hasta cuándo. Me acompaña y me ayuda a seguir.
– ¿Ha sentido miedo de no encontrar palabras?
– Muchas veces. Y no es malo. Al principio intentas llenar vacíos, pero luego ves que a veces no hay palabras. Decir ‘no sé qué decirte’ reconforta. Hay preguntas que buscan presencia, no respuesta.
– ¿Cómo distingue entre acompañar y cargar con un dolor que no le corresponde?
– Me queda mucho por aprender. La formación ayuda a dar lo mejor sin que repercuta en mí. Quedarme satisfecha con lo que puedo hacer me permite estar tranquila.
– ¿Se permite mostrar emociones?
– Sí. Alegría, admiración, agradecimiento, tristeza. Es bueno para todos. Nos ven como personas que cuidan personas.
FOTOGRAFÍAS | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
– ¿Hay algún gesto o silencio que le acompañe?
– Las miradas. Varias miradas profundas de agradecimiento y seguridad. Las recuerdo con nombres y apellidos.
– ¿Ha cambiado este trabajo la forma de hablar en su familia sobre la enfermedad y la muerte?
– Sí. Antes tenía líneas rojas sobre cómo no querría vivir. Ahora creo más en la capacidad de adaptación y en los apoyos.
«He dudado continuar en paliativos por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir»
– ¿Qué ha tenido que desaprender para cuidar mejor?
– Las exploraciones complementarias. Las pruebas. En paliativos muchas de ellas no aportan nada. Hay que desaprender esa dinámica de pedir por pedir.
– ¿Ha dudado en algún momento de continuar en paliativos?
– Sí, por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir.
– ¿Qué momentos le hacen pensar ‘por esto merece la pena’?
– Las personas. Ver la necesidad tan clara. Difundir que los paliativos son un cuidado intensivo. Ensanchar la vida, no alargarla. Transformar el caos en crecimiento, en cierre biográfico, en reconciliaciones. Eso merece la pena.
– ¿Qué significa cuidar bien?
– Cuidar a la persona, no al paciente con una enfermedad. Es el lujo de este trabajo: ser más humana y compasiva.
– ¿Qué le gustaría que recordara una familia que hoy recibe la noticia de que su ser querido necesita cuidados paliativos?
– Que, aunque impacte, no van a estar solos. Puede ser una despedida serena.
– ¿Por qué nos resistimos a morir?
– Porque culturalmente preferimos pensar en otras cosas. Lo hablamos poco y no lo transmitimos a los jóvenes.
– Incluso les escondemos la muerte a los niños…
– Efectivamente. Pensamos que así vivirán mejor, pero no es así. La muerte forma parte de la vida y la hace valiosa. Esconderla les impide afrontarla y compartir tristeza o miedo.
Vivir la pandemia en primera persona
– ¿Qué le enseñó la pandemia?
– Por un lado, lo frágiles y vulnerables que somos como seres humanos. Y, por otro, la poca importancia que a menudo damos a lo verdaderamente esencial en la vida. Ver a tantas personas mayores aisladas de sus familias por miedo al contagio me hizo reflexionar profundamente. Tenemos mucho trabajo por hacer como sociedad en este sentido. Durante aquellos meses descubrimos el enorme valor de algo tan sencillo como poder ver a nuestros seres queridos, abrazarlos o compartir tiempo con ellos. Solo cuando tuvimos que sustituir los abrazos por choques de codo y ocultar nuestros rostros tras las mascarillas fuimos plenamente conscientes de ello. Sin embargo, con el paso del tiempo, parece que hemos vuelto a olvidarlo.
También creo que la pandemia puso de manifiesto que no estábamos preparados para afrontar una situación así. Considero que haber priorizado en algunos momentos la prevención de los contagios por encima de las necesidades relacionales y emocionales de las personas fue, en parte, consecuencia de una cierta inmadurez colectiva. La gran lección es que debemos aprender a proteger la salud sin perder de vista aquello que nos hace humanos.
– Usted formó parte de los equipos de profesionales sanitarios de voluntarios ‘medicalizaron’ las residencias de ancianos. ¿Qué recuerda al entrar en aquellas instalaciones?
– Lo que más me impactó fue la soledad con la que muchas personas mayores afrontaron sus últimos días. En las primeras residencias afectadas vimos cómo las familias permanecían fuera por miedo al contagio y teníamos que informarles por teléfono sobre la evolución de sus seres queridos. Aunque podían acudir a despedirse, muchas no se atrevían. Aquellos ancianos acabaron acompañados por quienes más cerca estaban de ellos en ese momento: las enfermeras y auxiliares que los habían cuidado durante años. Fue una situación humana muy dura que reflejó el enorme impacto emocional de la pandemia.
– ¿Qué sintió al contagiarse de la Covid?
– Pues mira, me hizo sentir culpable. Al dar positivo, eso implicaba que mis hijas también tenían que guardar cuarentena y someterse a las pruebas correspondientes. De alguna manera, sentí que las estaba arrastrando a una situación incómoda que no habían elegido. En realidad, no teníamos un miedo especial a las consecuencias que la infección pudiera tener dentro de casa, porque confiábamos en que podríamos afrontarla. Sin embargo, todo lo que conllevaba esa situación, las restricciones, las preocupaciones y el impacto en la dinámica familiar, me hizo sentir mal por ellas. Con la perspectiva que da el tiempo, hoy lo veo de otra manera. Creo que aquel riesgo existía y que era un riesgo que había que asumir. Si volviera a encontrarme en la misma situación, actuara igual.
Fotografía | Juan Carlos Caval – La Opinión de Murcia
Un sembazuru para el XV Congreso de la Secpal en Cartagena
La mesa redonda del ‘oasis’ de la Unidad de Cuidados Paliativos del Morales Meseguer se ha llenado de grullas de origami llegadas desde numerosos puntos de España e incluso desde Colombia. Todas forman parte del sembazuru impulsado por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, una tradición japonesa que consiste en plegar mil grullas, cada una de ellas portadora de un deseo. “En este caso, el anhelo compartido es que todas las personas que viven con una enfermedad grave puedan estar acompañadas por quienes las quieren y las cuidan, y recibir la atención de profesionales formados en cuidados paliativos capaces de aliviar su sufrimiento”, precisa Maria Gandía. Médicas, enfermeras, psicólogas y trabajadoras sociales expondrán todas las grullas recibidas durante el XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), que se celebrará en Cartagena entre los días 10 al 12 del próximo mes de octubre.