Declaración de intenciones
A un palmo del suelo, a lomos de una bicicleta, contemplas el mundo de forma diferente. Cual ojo de pez percibes los escenarios a un ritmo lento y mÔs cercano a lo que de verdad sucede cuando viajas a bordo de un coche. Lo que parece obvio queda oculto porque vamos como vamos y pasamos por la vida sin apenas darnos cuenta. Atravesando platós con múltiples decorados qué complicado resulta descubrir qué es lo que realmente ocurre.
A un palmo del suelo, acompañado del pedaleo, oteas el trÔnsito de la gente hacia sus lugares cotidianos. Africanos y latinos camino de la obra o el bar donde trabajan. Jornaleros que exponen sus manos recolectoras, junto a una gasolinera, mientras llegan las furgonetas con un encargado presto a ejecutar la selección natural. Ucranianas somnolientas en ruta a las casas donde les aguadan los viejos a los que no podemos atender y, si hay suerte y no llueve, sacarlos a los parques para recoger la vitamina D de los rayos de un sol que se pelea con la contaminación. Pocos niños y adolescentes en trayecto a la escuela, porque apenas andan por las aceras, ya que sus progenitores los desembarcan desde el SUV familiar en la misma puerta de las aulas.
Despertar los instintos
A un palmo del suelo, haciendo sonar el timbre, reclamas espacio pĆŗblico en la jungla de asfalto sobre la que se agitan decenas de coches, en su mayorĆa ocupados por una sola persona. En ese habitĆ”culo en el que hasta la mĆ”s correcta se transforma en despiadada a la bĆŗsqueda de la ansiada plaza de aparcamiento o la salida de la ciudad. Descubres que esa morada temporal de los vehĆculos que esquivas en carriles o rotondas es el refugio en el que se despiertan los instintos ocultados en entrevistas de trabajo o las reuniones de la AMPA.
A un palmo del suelo, sin necesidad de convocatoria alguna, te conviertes en defensor anónimo de la Agenda 2030 y de la lucha conta el cambio climĆ”tico. Vuelves a tus orĆgenes de ser humano que desmenuza cada hĆ”bitat como si fueran gajos de esas preciadas naranjas arrancadas de manera furtiva en una madrugada de ensueƱo. Degustas el aire fresco de la maƱana, el sol que irradia el calor del dĆa, la luna y las estrellas, en un juego cósmico del que te sientes la parte contratante de la primera parte.
En tu sillĆn saboreas la verdadera libertad y autonomĆa de sentirte v la bicicleta puede ser un sĆmbolo de libertad y autonomĆa
A un palmo del suelo, en tu sillĆn, saboreas la verdadera libertad y autonomĆa de sentirte vivo. Una libertad que no estĆ” pisoteada por la inhumanidad ni adulterada en su uso, como tampoco convertida en sujeto de polarización y enfrentamiento. Hasta puedes presumir, sin acritud, acerca de cómo la bicicleta puede ser un sĆmbolo de libertad y autonomĆa, un instrumento para empoderar a propios y extraƱos en la toma del control de sus vidas.

A un palmo del suelo, con la nariz despejada, los olores cobran vida propia. El aroma del pan recién hecho que se escapa de una tahona, el café que se cuela por la ventana de un bar, el azahar en primavera o ese tufillo a gasolina que te recuerda que la ciudad nunca duerme del todo. Y, entre tanto, tú, con tu bici, esquivando charcos o bolardos arrancados de cuajo, sorteando coches aparcados en doble fila o peatones absortos en la pantalla del móvil mientras cruzan la calle, y saludando a ese perro que siempre ladra desde el mismo balcón, como si fuera el guardiÔn del barrio.
Fomentar la comunidad
A un palmo del suelo descubres que no estĆ”s solo. Que no estĆ”s sola. Que puedes interactuar con los demĆ”s. Desde el repartidor que reclama que eso de ser falso autónomo que se lo coman los ceos de sus compaƱĆas, a estudiantes cargados de mochilas camino del instituto o la universidad. Jubiladas que se atreven a lidiar en las calles, con millenials o con baby boomers como ellas, en ruta a la sesión de pilates o de la universidad de mayores. Padres con silletas adosadas al portaequipajes en las que los mĆ”s pequeƱos empiezan a ver el mundo de otro modo o simples asalariados in itinere. Nada de lo humano te es ajeno en el asfalto, carriles o veredas. Es la hora de fomentar la comunidad, la conexión sin wifi.
A un palmo del suelo, en definitiva, es una nueva cita con quienes tienen La Opinión entre sus manos o en sus pantallas. Una humilde tabla sobre la que colocar el repaso a la actualidad con otros ojos, de manera reflexiva, serena, crĆtica, inconformista y sincera. En compaƱĆa de la mirada y los trazos de una joven artista. Con las alforjas repletas de pareceres en medio del ruido. La apuesta queda aquĆ, frente a la inmediatez, la escasez de caracteres, el impacto emocional y el conflicto sin sentido. Ustedes juzgarĆ”n.

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