Hay cifras que uno lee con el café de la mañana y se le corta la leche. Trescientas veinte mil personas en exclusión social en la Región de Murcia. No es un error tipográfico ni un susto pasajero: es uno de cada cinco vecinos y vecinas, diez estadios Nueva Condomina a rebosar, la suma de quienes viven en Cartagena y Lorca. Y no hablamos solo de pobreza, que ya sería bastante. Hablamos de exclusión, esa palabra que suena a borde del mapa, a quedarse fuera del juego mientras otros siguen avanzando como si nada.

El informe de Cáritas y la Fundación FOESSA, presentado esta semana, es de esos documentos que deberían entregarse junto con el carné de identidad. Porque retrata una Región que muchos prefieren no mirar: una Murcia donde la vivienda se ha convertido en un deporte de riesgo y el empleo en un salvavidas lleno de agujeros.

La vivienda, dicen, es el epicentro del terremoto. Y no es para menos: los precios han subido un 35 por ciento desde 2018, la obra nueva un 54, y el alquiler 25 puntos. Con estos números, lo raro es que no haya más gente viviendo en el coche. Ochenta y seis mil hogares —repito: ochenta y seis mil— se quedan por debajo de la pobreza severa después de pagar techo y suministros. Es decir, trabajan para tener casa, pero no para vivir en ella. Pero nada, que la culpa es de Netflix.

Trabajar más para no llegar

Y luego está el empleo, ese viejo conocido que antes protegía y ahora apenas acompaña. Murcia crea trabajo, sí, pero los salarios reales han bajado un 1,1 por ciento en cinco años. Se trabaja más para llegar igual o peor. La precariedad juvenil es ya un género literario, y la emancipación, una leyenda urbana. No extraña que muchos jóvenes sigan en casa: entre alquileres imposibles, que parecen redactados por un villano de Marvel, y sueldos de risa, la adultez se ha convertido en un trámite interminable.

Pero el Informe no se queda en la economía. Habla también de la red social —la de verdad, no la de los likes— esa que antes sostenía y ahora se deshilacha. La solidaridad entre hogares ha caído veinte puntos en seis años. Cada vez ayudamos menos, quizá porque cada vez podemos menos. Y mientras tanto, dos de cada diez hogares dice haber sufrido discriminación, sobre todo por origen o nacionalidad. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas como para andar señalando al de al lado.

La salud mental en exclusión severa multiplica por seis la de quienes viven integrados

La salud tampoco sale bien parada. Más de 220.000 personas tienen dificultades para acceder a alimentación suficiente o a la atención médica que necesitan. Y la salud mental, ese tema que siempre dejamos para otro día, golpea con fuerza: la prevalencia de trastornos entre quienes están en exclusión severa es seis veces mayor que entre quienes viven integrados.

Y aquí viene lo más inquietante: el sistema de protección social no está llegando donde debería. El Ingreso Mínimo Vital solo alcanza al 56 por ciento de quienes viven en pobreza severa, y más de la mitad ni siquiera ha oído hablar de él. Mientras tanto, la Renta Básica de Inserción regional se apaga como una vela sin cera. Es decir, justo cuando más falta hace, menos cobertura ofrece.

¿Quiénes lo pasan peor? Los de siempre: familias con menores, hogares encabezados por mujeres, jóvenes que no pueden despegar y personas de origen extranjero que encuentran más muros que puertas. La exclusión no es solo material, también es cívica: no participar, no decidir, no contar.

Cambio de rumbo

El Informe, eso sí, no se queda en el diagnóstico. Propone un cambio de rumbo que suena casi revolucionario: reconocernos interdependientes, reforzar la sociedad civil, exigir instituciones fuertes y una clase política valiente. Vamos, lo de siempre. Pero oye, igual esta vez cuela. Igual esta vez alguien escucha. Igual esta vez dejamos de mirar para otro lado.

Quizá estas cifras, tan brutales como cercanas, sirvan para sacudir conciencias. Porque la exclusión no es un fenómeno abstracto: es tu vecina que ya no llega a fin de mes, el chaval que no puede emanciparse, la familia que vive pendiente del recibo de la luz.

Qué Región queremos ser

La Región Murcia no puede permitirse seguir mirando hacia otro lado y es hora de rebelarse contra la resignación. No cuando uno de cada cinco está fuera del tablero. No cuando la desigualdad se convierte en paisaje. No cuando el futuro de tantos depende de que, por una vez, dejemos de hablar de “los vulnerables” como si fueran otros.

Al final, la pregunta es sencilla: ¿qué tipo de Región queremos ser? La que normaliza la exclusión o la que decide que nadie sobra. Yo, al menos, tengo clara mi respuesta. Y tú, si has llegado hasta aquí, probablemente también.

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