Si quieres la paz, prepárate para la palabra

Si quieres la paz, prepárate para la palabra

Permítanme que afirme, si repasamos un poco la historia del siglo XX, que estamos en plena  efervescencia futurista. De un futurismo surgido de la mano del poeta italiano Marinetti que en  1909 publicó el Manifiesto Futurista y que les invito a conocer. Recogía lindezas como esta: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer”. Trump y sus seguidores por medio mundo, incluidos sus fieles discípulos en España, como Ayuso o Abascal, tienen de qué alimentarse.

Era un arte de acción, con sus obras caracterizadas por el color y las formas geométricas. La máquina (incluida la de guerra), los edificios, la velocidad… son algunos de sus rasgos. Acción, ruptura y descalificación con el pasado suenan a ese supuesto viejo orden internacional que el conservadurismo más recalcitrante apela a eliminar y superar. Hasta se le escapó a Von der Leyen al cuestionar el derecho internacional esta semana.

Construir la paz

En mitad del revuelto panorama internacional hay libros que llegan como un susurro y otros que irrumpen como un aldabonazo. El de Federico Mayor Zaragoza y Emilio José Gómez Ciriano pertenece a la segunda especie. Uno abre La hora de la ciudadanía (Ediciones HOAC, 2026) y siente que le están hablando directamente, sin rodeos, como quien te agarra del brazo para evitar que cruces la calle mirando el móvil. Mayor Zaragoza, en su último texto antes de morir, insiste en que “la paz no se construye con arsenales, sino con diálogo, justicia y participación ciudadana”, una frase que en el libro aparece casi como un latido constante.

Y mientras uno lee esa defensa radical del verbum frente al bellum, llega la noticia del asesinato del padre Pierre Al‑Rahi, un sacerdote católico maronita en el sur del Líbano. No fue un daño colateral, no fue un error, no fue un “incidente”. Fue un ataque deliberado contra quienes corrían a socorrer a un herido: “Hubo un primer ataque… entonces el padre Pierre corrió… cuando se produjo otro ataque, con un segundo bombardeo sobre la misma casa”, contaron testigos presentes de su muerte.  

Impunidad criminal

Mayor Zaragoza hablaba de la “hora de la ciudadanía”, de ese momento en que los pueblos dejan de ser espectadores y reclaman su sitio en la historia. Y uno no puede evitar preguntarse qué ciudadanía puede construirse cuando quienes encarnan la palabra —un sacerdote que se niega a abandonar a su comunidad, un anciano que riega su jardín, un pueblo que se aferra a sus olivos— son barridos por la lógica del más fuerte. Hablamos de “tierra quemada” y de la “impunidad criminal”, y es difícil no escuchar en esas palabras el eco de lo que advertía sobre el veto de las potencias y la cultura de la fuerza que atraviesa el siglo XX y se prolonga, tozuda, en el XXI.

Emilio José Gómez Cirino (izda.) y Federico Mayor Zaragoza, autores del libro de Ediciones HOAC


Pero quizá lo más inquietante es la normalidad con la que asumimos estas noticias. Como si la muerte del padre Pierre fuese un episodio más en un conflicto lejano, cuando en realidad es un espejo incómodo. Porque él murió haciendo exactamente lo que el libro reivindica: ejercer la ciudadanía desde abajo, desde la dignidad, desde la responsabilidad de no mirar hacia otro lado. Murió practicando esa paz concreta, cotidiana, que Mayor Zaragoza sitúa en la familia, en la escuela, en la vida pública. Murió, en definitiva, “mientras ejercía el más alto mandato evangélico: el socorro al prójimo”.

Romper la comodidad

Este cruce entre libro y tragedia debería interpelarnos. No basta con indignarse un rato en redes. No basta con compartir una foto con un lazo. La “ética del tiempo”, como la llama, exige actuar hoy, no mañana. Exige romper la comodidad del sofá y asumir que la paz no es un estado, sino un trabajo. Un trabajo pesado, insistente, a veces ingrato, pero imprescindible.

Por eso, la denuncia de la Red Internacional “Sacerdotes contra el genocidio” denunciando este asesinato, termina con una frase que podríamos firmar muchos: “No puede haber paz sin verdad, ni reconciliación sin que quienes siembran la muerte rindan cuentas”.

Palabras que incomoden

Prepararse para la palabra, sí. Pero no para una palabra tibia, sino para una que incomode, que denuncie, que acompañe, que sostenga. Una palabra que, como el padre Pierre, se atreva a correr hacia el herido aunque haya drones sobrevolando el cielo o tanques amenazando tus casas. Una palabra que, como la de Mayor Zaragoza, siga resonando incluso después de que quien la pronunció ya no esté.

Porque la hora de la ciudadanía no es mañana. Es ahora. Y empieza, siempre, a un palmo del suelo.


Ilustración | NANA PEZ

Os tenemos miedo

Os tenemos miedo

Empieza a ser costumbre que cada 8 de marzo nos despertemos con cifras que ya no sorprenden a nadie, pero que siguen doliendo como si fueran nuevas. Que si las mujeres cobráis un 20 por ciento menos que nosotros los varones, que si tres de cada cuatro contratos a tiempo parcial llevan vuestro nombre, que si los cuidados siguen siendo ese agujero negro donde desaparecen horas, carreras y oportunidades. Pero este año, además, la desigualdad viene con un nuevo envoltorio: el digital. Más moderno, más silencioso, más limpio… y, por lo visto, igual de injusto.

La tecnología se ha convertido en portero de discoteca. Decide quién pasa y quién se queda en la calle. Y claro, si no tienes conexión, si el móvil es de los que ya no aceptan ni las actualizaciones, o si las plataformas parecen diseñadas por alguien que nunca ha tenido que pedir una ayuda pública, pues apaga y vámonos. Literalmente: “apagón digital”, lo llama el Informe FOESSA, y que recoge la plataforma Iglesia por el Trabajo Decente. Un tercio de los hogares vulnerables, muchos encabezados por mujeres, viven así. Y en los más pobres, más de un tercio no tiene conexión estable y otro tercio no tiene destrezas digitales.

Brecha de dignidad

A esto se suma otro detalle que parece menor, pero que es dinamita pura: apenas estáis presentes en el diseño de las plataformas y la inteligencia artificial. Y claro, si quienes programan el mundo no se parecen a la mitad del mundo, luego pasa lo que pasa: sesgos, filtros que excluyen, decisiones automatizadas que reproducen desigualdades de toda la vida pero con estética futurista. La brecha digital no es técnica: es una brecha de dignidad.

Nos encanta hablar de innovación, de transformación digital, de que el futuro ya está aquí. Pero ese futuro, si no se cuida, llega con peaje. Y como siempre, lo pagáis las mismas. Las que trabajáis a tiempo parcial sin quererlo. Quienes dedicáis 55 horas semanales a cuidados mientras nosotros dedicamos 38, cuando lo hacemos. Las que sostenéis hogares con menos ingresos y más responsabilidades. Las que, encima, ahora tenéis que aprender a navegar por plataformas que parecen diseñadas para que solo las entienda quien no necesita usarlas.

Mensaje de cambio

Y es que, en el fondo, tenemos miedo. Os tenemos miedo. Nos sentimos seres diminutos porque hemos crecido en un mundo en el que todo ha girado en torno a nuestro ombligo. Y claro, cuando solo hemos mirado ese resto de apéndice es muy difícil descubrir que estabais ahí. Nos lo recordáis cada 8M y el mensaje es como esa gota malaya que cae sin avisar sobre nuestros prejuicios, sobre las ideas preconcebidas, sobre una visión sesgada del mundo en la que hemos crecido.

Nuestras madres, y antes, las suyas, han intentado en algún momento de sus vidas romper con ese lastre. Pero esa pesada carga ha sido muy difícil de mover. Y ahora, cuando estos últimos años os hemos visto dar pasos, tenemos miedo. Como lo tienen los hombres de la serie Riot Women cuando esas mujeres que rondan los 60 se empoderan con la música punk y dejan de ser invisibles. Siempre lo hemos tenido, pero ese temor se hace más palpable porque habéis dicho basta. No solo salís a las calles, sino que habéis abandonado el final de la cola para reclamar lo que por justicia os corresponde: un lugar de igualdad y dignidad.

La Iglesia ha difundido desde hace siglo dos estereotipos sobre la mujer: la sumisa Virgen María o Eva la pecadora

Frente a estos movimientos nos resistimos como animales heridos y preferimos colocarnos un velo en los ojos para negar la realidad. Incluso caemos en las trampas de quienes nos hacen creer que os habéis pasado de frenada. Jóvenes y mayores compramos el discurso contra vosotras, con el fin de tratar de relegaros a ese lugar de la historia en el que nos hemos sentido cómodos.

Estructuras patriarcales

Os tiene miedo la estructura patriarcal y misógina de la Iglesia que ha difundido a lo largo de los siglos dos estereotipos de la mujer: la cándida y sumisa de la Virgen María y la de la pecadora Eva, esa que tentó al pobre Adán en el paraíso. Menuda cara. La respuesta del patriarcado clerical, célibe y acomplejado, ha sido sumarse a las acusaciones de que la ideología de género ha calado entre vosotras. Lamentablemente hay quienes compran esa reacción, pero tiempo al tiempo.

Ese temor es en el que incluso caemos quienes nos hemos debatido toda la vida entre las fuerzas de una construcción cultural machista frente a otra de igualdad y respeto. Es la turbación como respuesta a reconocer que, en algunos momentos de nuestra vida, nos hemos comportado mal con nuestras madres, hermanas, amigas, novias, esposas o compañeras de trabajo. Que hemos reaccionado como verdaderos sexistas. Y ha llegado el momento de dejar el miedo aparte y mirarnos a los ojos. Pero para eso hay que eliminar ese maldito velo que nos atenaza.    


Ilustración | NANA PEZ

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Pensar a cámara lenta

Pensar a cámara lenta

Quién me iba a decir a estas alturas de la vida que el principal peligro como ciclista urbano tiene forma de peatón. Sí, de persona de cualquier edad, tipo y condición con la cabeza y el corazón agachados en la realidad inmediata. Transeúntes que cruzan los pasos de peatones en cualquier momento, como daltónicos anónimos. Peatones que andan a ciegas por la acera o llevan el carrito del bebé –también el de la compra- sin prestar más atención que a la última ocurrencia en Tik Tok o al mensaje ingenioso de WhatsApp.

No se pueden imaginar el momento en el que sentí como propio el porrazo contra una farola que sufrió un deportista mientras andaba a paso de marcha con los ojos puestos en su teléfono, ese aparato mal llamado “inteligente”. Casi tan triste y doloroso como contemplar a la hora del desayuno, junto a la puerta de un instituto, a esos encorvados adolescentes con el bocadillo en una mano y el móvil en la otra. Juntos, pero solos.

Avance y rapidación

Estos días, además, uno siente que vivimos con el dedo pegado al botón de avanzar rápido. Los audios al 1,5x, los vídeos cortados antes del desenlace, los artículos “leídos” en lo que dura un semáforo en verde de la Gran Vía. Todo va tan deprisa que, a veces, no sabemos si nos estamos informando… o simplemente pasando pantallas. La prisa se ha convertido en forma de vida, como si el Segura bajara siempre en avenida y nosotros tuviéramos que saltar de piedra en piedra para no mojarnos. Y claro, en ese juego terminamos empapados de titulares, de mensajes rápidos, pero secos de ideas.

Apunten un término que ya ha cumplido diez años: rapidación. Es el nuevo fenómeno que nos afecta a casi todas las personas en esta sociedad del bienestar. Consiste en dar, precisamente, a nuestros quehaceres cotidianos un ritmo desorbitado. Todo hay que hacerlo… muy deprisa, muy rápido. Como dice un buen amigo: Señor, dame paciencia… ¡pero ya! Como muchas otras cosas, le debemos a Francisco esa llamada de atención con esa palabreja que utilizó en el número 18 de su encíclica Laudato si del año 2015. No se la pierda. 

 

Ilustración| Nana Pez

A esta dieta acelerada se ha sumado un ingrediente nuevo: la papilla de contenidos generados por inteligencia artificial. No hace falta que sea falsa para ser mala; basta con que no exija nada. Son textos correctos, razonables, hasta simpáticos… y, sin embargo, intercambiables. Lo mismo hablan del cambio climático que de la receta del pastel de carne, con el mismo tono uniforme que deja a la cabeza en punto muerto. Lo llaman ‘AI slop’, y, aunque el nombre suene moderno, el daño es de siempre: mucha palabra, poca sustancia.

No se trata de demonizar la tecnología. Antes, un buen texto te pedía un pequeño pacto: yo te doy una historia, tú me das atención. Ahora, cuando algo no entra suave, lo descartamos. Y ahí ganan las líneas automáticas: fluyen, resbalan, no rozan. Pero precisamente por eso, no enseñan. Pensar —pensar de verdad— tiene siempre algo de fricción, esa duda que te hace volver a una frase, ese dato que te arruga la frente y juntas las cejas, esa idea que no encaja del todo y te obliga a recolocar piezas. Si todo cuadra a la primera, sospeche: a lo mejor no había nada que cuadrar.

Como afirma Carmen Torrijos, el  contenido masivo y superficial generado por IA no es solo un problema, también es un síntoma. La tecnología amplifica un modelo de consumo que premia la fluidez y agota nuestra capacidad de atención.

Recuperar la pausa

La solución no creo que pase por apagar pantallas ni por atrincherarnos en la nostalgia. La salida, me temo, es más prosaica y exigente: afinar el criterio, bajar una marcha, buscar fricción. Preguntarnos quién firma lo que leemos y por qué existe. Valorar más un texto con una idea propia, aunque tropiece en estilo, que una redacción perfecta sin nadie que la sostenga. Y, cuando podamos, anclar la conversación en datos, en historias concretas, en experiencias que tengan nombre y apellidos.

Conviene reconciliarnos con el tiempo y la atención. Las prisas nos están saliendo caras: confundimos rapidez con conocimiento y comodidad con verdad. Pero la cabeza no es una autopista de peaje; se parece más a la subida a La Fuensanta o al Relojero: caminos con curvas, repechos y vistas que solo aparecen si aflojas. Quien los haya hecho sabe que, al coronar, el paisaje se ve distinto. Pues con las ideas pasa lo mismo: necesitamos aire para descubrir qué merece la pena y qué es puro relleno.

Así que propongo un gesto humilde, casi doméstico: recuperar la pausa. Dejar un párrafo sin terminar y volver luego. Subrayar una frase que no entendemos del todo. Preguntar “¿quién responde de esto?”. Y, de vez en cuando, elegir a conciencia una lectura que nos dé guerra, como quien elige la ruta larga por El Valle para sudar un poco. No nos hará menos modernos; quizá nos haga más dueños de nuestra atención.

Polariza, que algo queda

Polariza, que algo queda

No sé lo que pensarán ustedes, pero hay muchos días en los que uno está convencido de que la polarización es como la humedad en Murcia: se te mete en el cuerpo sin pedir permiso alguno. Antes parecía ser un problemilla de tertulianos con ganas de espectáculo, a los que les pagaban sobre todo para armar bulla. Ahora se ha convertido en una de las primeras preocupaciones ciudadanas. Las suyas. Las nuestras. Y hasta la pasada Navidad la tuvimos presente en un anuncio de productos cárnicos.

Vivimos en un contexto local, nacional y mundial de incertidumbre, de cambio y de transformación que nos tiene con el gesto torcido y el pulso a mil. En mi caso, lo vivo a diario al llamar la atención a conductores que invaden el carril bici o no respetan los cruces. Me han llegado a lanzar improperios, tras bajar enérgicos el cristal de su ventanilla, con mensajes del tipo ¡tú no pagas impuesto de circulación, así que no te quejes! Seguro que usted tiene ejemplos muy cercanos

Polarización política

Y claro, en ese caldo de cultivo, los partidos han encontrado la receta perfecta: dividir en dos, agitar fuerte y servir caliente. La política ya no va de ideas, sino de bloques. De los míos contra los tuyos. Como si estuviéramos en un derbi eterno, pero sin árbitro y con una grada que rompería el etilómetro en cualquier control de carretera que se precie. A ver quién dice la frase más ocurrente, el reproche más duro, la puya más hiriente o el insulto más chusco con el fin de  que se pueda extraer en vídeos y tuits para general consumo mediático.

El problema es que esta polarización no se queda en el ámbito de la política. Ya está bien de echarles siempre la culpa a otros. Conviene reconocer que se cuela en la sobremesa familiar, en el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos o de la Ampa y hasta en la cola de la panadería. La penetración del régimen de polarización es muy intensa porque se hace también de carácter emocional. Vamos, que discutimos menos con la cabeza y más con las tripas. Y cuando tocamos esa fibra sensible, a flor de piel, así nos va. Confundimos disenso con guerra civil.

Hoy basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar

El problema no es pensar distinto, sino pensar que el distinto es un enemigo. Como recordaba hace unos días el sociólogo Sebastián Mora en el diario La Opinión de Murcia, antes el movimiento obrero y la patronal podían estar en las antípodas y aun así llegar a acuerdos. Hoy, en cambio, basta con que alguien diga que le gustan los toros o que es vegano para que otro decida que no hay nada que hablar. Y así es difícil construir nada.

Ilustración | NANA PEZ

Mundo roto y fragmentado

Pero ojo, que la polarización política no es la única. También está la social, esa que preferimos no mirar porque incomoda más que un agosto sin vacaciones o aire acondicionado. Vivimos en un mundo roto, fracturado y segregado. Barrios que no se mezclan, escuelas que no se cruzan, vidas que no se tocan. ¿Cómo vamos a encontrarnos políticamente si ni siquiera nos encontramos en la vida real? ¿Si solemos mirar hacia otro lado? ¿Si solo escuchamos a quienes piensan como yo, a quienes comulgan como yo, a quienes visten como yo y a quienes se ríen de lo mismo que yo?

La receta que se propone no es mágica, pero sí sensata: reconstruir espacios intermedios. Esos lugares donde la gente se ve, se escucha y aprende a discutir sin tirarse los trastos. Esas soluciones están en nuestra mano. Creo que no es cosa de boomers ni de tristes reconocer que las asociaciones vecinales, las parroquias, los sindicatos o movimientos sociales, las escuelas… antes hacían de puente y ahora están medio vacíos o convertidos en meros buzones de quejas. Sin embargo, sin ellos y otros muchos lugares asociativos, es imposible una sociedad civil más reflexiva, más deliberativa.

Toca arremangarse

Y luego está la cuestión de los márgenes. Porque mientras la política oficial mira hacia otro lado, las personas excluidas están siendo cortejadas —y utilizadas— por discursos autoritarios que les prometen soluciones fáciles a problemas complejos.

Nos toca, por tanto, arremangarnos, reconstruir puentes o acabaremos viviendo en islas, en compartimentos estancos. Máxime cuando lo hacemos en el marco de una cuarta revolución industrial, de un sistema económico capitalista del que, ¡oh, qué casualidad!, apenas se habla y se cuestiona. Un capitalismo en una fase nueva, no un capitalismo de promesas decrecientes, donde ya no nos va a prometer bienestar para todos, sino que lo hace para unos pocos en un contexto muy competitivo. No podemos comprometernos y apostar, en su caso, por una polarización democrática, sin tener en cuenta esa dimensión estructural que afecta a nuestras vidas de una forma muy clara.


Diálogo | «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia»

Vídeo del segundo acto del ciclo Líneas Rojas 2026, organizado por las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia y por la HOAC de la Diócesis de Cartagena, bajo el lema: “No miremos a otro lado: la política y el cuidado de la tierra son cosa nuestra». El Diálogo 2, celebrado el miércoles 18 febrero 2026, versó sobre «¿Destruimos la convivencia? Polarización política y el caso de la Región de Murcia». Participaron: Juan José García Escribano, sociólogo, codirector del Grupo de Investigación del CEMOP (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública) de la Universidad de Murcia y responsable de estudios sobre polarización política. También, Sebastián Mora Rosado, sociólogo, ex secretario general de Cáritas Española y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas. Dirigió el diálogo Mª Ángeles García Navarro, empleada pública en la Administración General de la Seguridad Social y militante de Comunidades Cristianas de Base de Murcia.

Esto no va de reciclar

Esto no va de reciclar

En las últimas cuarenta y ocho horas nos hemos encontrado con una nueva decisión de Donald Trump que, estoy seguro, irradiará al universo autoritario del resto del planeta: acabar con las limitaciones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos. Borra de un plumazo un dictamen que fijaba que seis gases emitidos por motores de combustión eran perjudiciales para la salud.

El mensaje es claro: hay que producir coches con motor de combustión, frente a los eléctricos chinos, bajar su precio y hacer ganar mucha pasta al sector del automóvil y sus derivados. Me viene a la mente la imagen, tras el secuestro de Maduro en los primeros días del año, de esa mesa de depredadores sentados en la Casa Blanca para repartirse el petróleo de Venezuela. Hasta ahora se guardaban las formas. Ahora, ni eso. Todo está relacionado.

Vida en mercancía

Entenderán entonces que hablar de crisis civilizatoria no es una exageración de tertulia. Es simplemente reconocer que este modelo nuestro —el del “más, más rápido y más barato”— está agotado. Que hemos convertido la vida en mercancía y el planeta en un cajero automático. Que vamos por el mundo como quien entra en un hotel con todo incluido, sin preguntarse quién recoge las toallas ni quién paga la factura.

Hace unos años se nos removían las tripas cuando escuchábamos a Carlos Taibo y a otros pensadores acerca del colapso de este mundo, un colapso que ya estaba aquí. Éramos conscientes de que la cosa iba mal, pero poníamos cara de póker ante un escenario en el que ya no había vuelta atrás. Como cuando más tarde Taibo habló del peligro de un ecofascismo destinado a preservar para una minoría los recursos mundiales. ¿Les suena algo lo del afán anexionista de Groenlandia, el control de las tierras raras de Ucrania o la expansión china en África en busca de terrenos fértiles?

No hay dos crisis, una ambiental y otra social, sino una sola, bien mezclada, como el agua dulce y salada que ya casi ni se distingue en el  Mar Menor

Pues de todo ello va lo de la crisis civilizatoria y, frente a ella, la apuesta por una ecología integral. Un concepto que se lo oímos al papa Francisco, que es puro sentido común, y que apuna hacia algo muy sencillo: que no hay dos crisis, una ambiental y otra social, sino una sola, bien mezclada, como el agua dulce y salada que ya casi ni se distingue en el  Mar Menor. Que lo que le pasa a esta laguna nos pasa a nosotros. Que no se puede vivir bien en un sitio que se muere.

Aquí en la Región de Murcia no necesitamos grandes tratados para entenderlo. Basta con mirar al Mar Menor, ese espejo roto donde se refleja nuestra forma de vivir. Lo que le pasa no es un accidente, ni una mala racha, ni un “ya se arreglará”. Es el resultado de décadas de vivir de espaldas al territorio, como si la naturaleza fuera un decorado que se cambia cuando se estropea. Y claro, luego llegan las aguas verdes, espesas, turbias… y nos llevamos las manos a la cabeza, como si no supiéramos de dónde viene todo.

Cansados de discursos vacíos

Y no está de más recordar que mientras los de arriba se pasaban la pelota, los de abajo hicieron algo insólito: una Iniciativa Legislativa Popular para darle personalidad jurídica al Mar Menor. Una ILP que salió adelante porque la gente se cansó de discursos vacíos —como diapositivas sin contenido— y decidió que, si nadie iba a defender la laguna, lo harían ellos. Y además por ley.

Pero hay un detalle que solemos pasar por alto: no basta con leyes, ni con pancartas, ni con indignación puntual. La ecología integral exige algo mucho más incómodo: un cambio personal. No cambiar de bombillas, ni de pajitas, ni de marca de yogur. Cambiar de mentalidad. De ritmo. De expectativas. Aceptar que no podemos seguir creciendo como si el planeta fuera infinito. Que el bienestar no consiste en tener más, sino en necesitar menos. Que el decrecimiento no es volver a las cavernas, sino salir de la caverna del consumismo.

Decrecer implica renunciar

Y esto, claro, no se lleva bien con nuestra cultura del “ya veremos”. Porque decrecer implica renunciar, y renunciar es un verbo que nos da alergia. Pero si queremos cuidar a la Madre Tierra —esa que nos sostiene aunque la tratemos como un trapo viejo— tendremos que asumir que el cambio empieza en lo personal y se contagia a lo social. Que no hay transformación colectiva sin decisiones individuales. Que no se puede pedir un Mar Menor sano mientras vivimos como si el mundo fuera un vertedero con vistas.

Por tanto, ¿qué estamos dispuestos a hacer con lo que ya sabemos? Porque si algo nos enseña el Mar Menor es que la crisis no está en los libros: está chapoteando en casa. Y que la salida, si la hay, empieza por bajar el ritmo, aflojar el consumo y aprender, por fin, a vivir con menos para vivir mejor.

Regularizar para reconocer

Regularizar para reconocer

Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.

Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de franchute arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de alicantino, borracho y fino al cambiar de pueblo y de provincia. Si no les suena algo de esto es porque la memoria es muy corta. Selectiva, más bien, porque si la recuperásemos un poco y mirásemos atrás, sin necesidad de ir muy lejos, otro gallo cantaría.

Debate metafísico

Ahora en España estamos viviendo el debate sobre la regularización de inmigrantes como si fuera una cuestión metafísica, de esas que se discuten en las sobremesas largas cuando ya no queda ni café. Una posición que se argumenta estos días es que ese proceso es algo mucho más sencillo: o regularizamos, o el país se nos queda sin manos, sin pensiones y sin futuro.

No me gusta que la defensa tenga que ver con una visión utilitarista del fenómeno migratorio y no, simplemente, por una cuestión de humanidad, de valores, de derechos humanos y, por tanto, de justicia. Pero nada, aquí seguimos, atrapados en un bucle emocional donde algunos han convertido la xenofobia en una especie de religión civil. Y ya se sabe: a un creyente dogmático no se le convence con datos, sino con milagros.

Una de las grandes mentiras que circulan sobre la población migrante es que viene a quitarnos el trabajo

Partidos políticos como Vox o Aliança Catalana (e incluso el propio PP) han creado una xenofobia emocional y han sabido convertirla en creencia. Un argumento puede discutirse, pero es imposible revisar o desmontar racionalmente una creencia dogmática que esté muy viva. Las ideas se tienen, pero en las creencias se está. En ese ámbito de lo incuestionable no tienen cabida los análisis que demuestran que sin los migrantes hay servicios que no funcionarían y que ellos contribuyen de forma relevante al sistema de pensiones.

Regularización para reconocer
Ilustración de Nana Pez

Chivos expiatorios

Recordemos que entre esas grandes mentiras está la de que vienen a quitarnos el trabajo. Pues mire, no. Los estudios muestran que no compiten por los mismos puestos y que, de hecho, aceptan trabajos que muchos españoles no queremos ver de lejos. Y encima cobran un 30 por ciento menos. Vamos, que si alguien está siendo explotado aquí, no son precisamente los de siempre. O también. Pero la narrativa del “nos roban” funciona porque apela a las tripas, no al cerebro.

Crece en España la aporofobia. Es decir, el asco y la aversión al pobre, al inmigrante «sudaca», «moro» o «negro». Como afirma el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, es un problema antropológico de gran magnitud que va más allá de la política y que tiene algunas semejanzas con la mutación cívica que hizo posible el apoyo al fascismo y al nazismo. Ahora el chivo expiatorio no son los judíos, sino los migrantes… ¡que necesitamos! Por eso, el irracionalismo forma parte de la cultura de quienes se sitúan en la órbita de esos partidos. Esa mezcla tóxica es terreno fértil para discursos que recuerdan demasiado a otros tiempos, incluso entre los mismos pobres, a golpe de TikTok. Y no digamos cuando los proclaman personas que se declaran católicas, apostólicas y rumanas, ¡uy!, perdón, romanas.

Acto de justicia

De ahí que el proceso de regularización no sea un gesto de buenismo ni una concesión ideológica. Regularizar no es regalar nada: es reconocer que ya están aquí, en esta tierra de promisión, que trabajan, que sostienen sectores enteros y que merecen derechos y estabilidad. Es, además, la única forma de combatir la economía sumergida y la explotación laboral.

Y si a alguien le preocupa que esto “atraiga a más”, quizá convenga recordar que el mejor freno a la migración no son los muros ni los discursos incendiarios, sino la justicia global: que la gente pueda vivir dignamente en sus países. Pero eso exige políticas serias, no eslóganes.


Ilustración | NANA PEZ

La mejor tierra del mundo… para la exclusión

La mejor tierra del mundo… para la exclusión

Hay cifras que uno lee con el café de la mañana y se le corta la leche. Trescientas veinte mil personas en exclusión social en la Región de Murcia. No es un error tipográfico ni un susto pasajero: es uno de cada cinco vecinos y vecinas, diez estadios Nueva Condomina a rebosar, la suma de quienes viven en Cartagena y Lorca. Y no hablamos solo de pobreza, que ya sería bastante. Hablamos de exclusión, esa palabra que suena a borde del mapa, a quedarse fuera del juego mientras otros siguen avanzando como si nada.

El informe de Cáritas y la Fundación FOESSA, presentado esta semana, es de esos documentos que deberían entregarse junto con el carné de identidad. Porque retrata una Región que muchos prefieren no mirar: una Murcia donde la vivienda se ha convertido en un deporte de riesgo y el empleo en un salvavidas lleno de agujeros.

La vivienda, dicen, es el epicentro del terremoto. Y no es para menos: los precios han subido un 35 por ciento desde 2018, la obra nueva un 54, y el alquiler 25 puntos. Con estos números, lo raro es que no haya más gente viviendo en el coche. Ochenta y seis mil hogares —repito: ochenta y seis mil— se quedan por debajo de la pobreza severa después de pagar techo y suministros. Es decir, trabajan para tener casa, pero no para vivir en ella. Pero nada, que la culpa es de Netflix.

Trabajar más para no llegar

Y luego está el empleo, ese viejo conocido que antes protegía y ahora apenas acompaña. Murcia crea trabajo, sí, pero los salarios reales han bajado un 1,1 por ciento en cinco años. Se trabaja más para llegar igual o peor. La precariedad juvenil es ya un género literario, y la emancipación, una leyenda urbana. No extraña que muchos jóvenes sigan en casa: entre alquileres imposibles, que parecen redactados por un villano de Marvel, y sueldos de risa, la adultez se ha convertido en un trámite interminable.

Pero el Informe no se queda en la economía. Habla también de la red social —la de verdad, no la de los likes— esa que antes sostenía y ahora se deshilacha. La solidaridad entre hogares ha caído veinte puntos en seis años. Cada vez ayudamos menos, quizá porque cada vez podemos menos. Y mientras tanto, dos de cada diez hogares dice haber sufrido discriminación, sobre todo por origen o nacionalidad. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas como para andar señalando al de al lado.

La salud mental en exclusión severa multiplica por seis la de quienes viven integrados

La salud tampoco sale bien parada. Más de 220.000 personas tienen dificultades para acceder a alimentación suficiente o a la atención médica que necesitan. Y la salud mental, ese tema que siempre dejamos para otro día, golpea con fuerza: la prevalencia de trastornos entre quienes están en exclusión severa es seis veces mayor que entre quienes viven integrados.

Y aquí viene lo más inquietante: el sistema de protección social no está llegando donde debería. El Ingreso Mínimo Vital solo alcanza al 56 por ciento de quienes viven en pobreza severa, y más de la mitad ni siquiera ha oído hablar de él. Mientras tanto, la Renta Básica de Inserción regional se apaga como una vela sin cera. Es decir, justo cuando más falta hace, menos cobertura ofrece.

¿Quiénes lo pasan peor? Los de siempre: familias con menores, hogares encabezados por mujeres, jóvenes que no pueden despegar y personas de origen extranjero que encuentran más muros que puertas. La exclusión no es solo material, también es cívica: no participar, no decidir, no contar.

Cambio de rumbo

El Informe, eso sí, no se queda en el diagnóstico. Propone un cambio de rumbo que suena casi revolucionario: reconocernos interdependientes, reforzar la sociedad civil, exigir instituciones fuertes y una clase política valiente. Vamos, lo de siempre. Pero oye, igual esta vez cuela. Igual esta vez alguien escucha. Igual esta vez dejamos de mirar para otro lado.

Quizá estas cifras, tan brutales como cercanas, sirvan para sacudir conciencias. Porque la exclusión no es un fenómeno abstracto: es tu vecina que ya no llega a fin de mes, el chaval que no puede emanciparse, la familia que vive pendiente del recibo de la luz.

Qué Región queremos ser

La Región Murcia no puede permitirse seguir mirando hacia otro lado y es hora de rebelarse contra la resignación. No cuando uno de cada cinco está fuera del tablero. No cuando la desigualdad se convierte en paisaje. No cuando el futuro de tantos depende de que, por una vez, dejemos de hablar de “los vulnerables” como si fueran otros.

Al final, la pregunta es sencilla: ¿qué tipo de Región queremos ser? La que normaliza la exclusión o la que decide que nadie sobra. Yo, al menos, tengo clara mi respuesta. Y tú, si has llegado hasta aquí, probablemente también.

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Declaración de intenciones

Declaración de intenciones

A un palmo del suelo, a lomos de una bicicleta, contemplas el mundo de forma diferente. Cual ojo de pez percibes los escenarios a un ritmo lento y más cercano a lo que de verdad sucede cuando viajas a bordo de un coche. Lo que parece obvio queda oculto porque vamos como vamos y pasamos por la vida sin apenas darnos cuenta. Atravesando platós con múltiples decorados qué complicado resulta descubrir qué es lo que realmente ocurre.

A un palmo del suelo, acompañado del pedaleo, oteas el tránsito de la gente hacia sus lugares cotidianos. Africanos y latinos camino de la obra o el bar donde trabajan. Jornaleros que exponen sus manos recolectoras, junto a una gasolinera, mientras llegan las furgonetas con un encargado presto a ejecutar la selección natural. Ucranianas somnolientas en ruta a las casas donde les aguadan los viejos a los que no podemos atender y, si hay suerte y no llueve, sacarlos a los parques para recoger la vitamina D de los rayos de un sol que se pelea con la contaminación. Pocos niños y adolescentes en trayecto a la escuela, porque apenas andan por las aceras, ya que sus progenitores los desembarcan desde el SUV familiar en la misma puerta de las aulas.

Despertar los instintos

A un palmo del suelo, haciendo sonar el timbre, reclamas espacio público en la jungla de asfalto sobre la que se agitan decenas de coches, en su mayoría ocupados por una sola persona. En ese habitáculo en el que hasta la más correcta se transforma en despiadada a la búsqueda de la ansiada plaza de aparcamiento o la salida de la ciudad. Descubres que esa morada temporal de los vehículos que esquivas en carriles o rotondas es el refugio en el que se despiertan los instintos ocultados en entrevistas de trabajo o las reuniones de la AMPA.        

A un palmo del suelo, sin necesidad de convocatoria alguna, te conviertes en defensor anónimo de la Agenda 2030 y de la lucha conta el cambio climático. Vuelves a tus orígenes de ser humano que desmenuza cada hábitat como si fueran gajos de esas preciadas naranjas arrancadas de manera furtiva en una madrugada de ensueño. Degustas el aire fresco de la mañana, el sol que irradia el calor del día, la luna y las estrellas, en un juego cósmico del que te sientes la parte contratante de la primera parte.

En tu sillín saboreas la verdadera libertad y autonomía de sentirte v la bicicleta puede ser un símbolo de libertad y autonomía

A un palmo del suelo, en tu sillín, saboreas la verdadera libertad y autonomía de sentirte vivo. Una libertad que no está pisoteada por la inhumanidad ni adulterada en su uso, como tampoco convertida en sujeto de polarización y enfrentamiento. Hasta puedes presumir, sin acritud, acerca de cómo la bicicleta puede ser un símbolo de libertad y autonomía, un instrumento para empoderar a propios y extraños en la toma del control de sus vidas.

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Ilustración de NANA PEZ

A un palmo del suelo, con la nariz despejada, los olores cobran vida propia. El aroma del pan recién hecho que se escapa de una tahona, el café que se cuela por la ventana de un bar, el azahar en primavera o ese tufillo a gasolina que te recuerda que la ciudad nunca duerme del todo. Y, entre tanto, tú, con tu bici, esquivando charcos o bolardos arrancados de cuajo, sorteando coches aparcados en doble fila o peatones absortos en la pantalla del móvil mientras cruzan la calle, y saludando a ese perro que siempre ladra desde el mismo balcón, como si fuera el guardián del barrio.

Fomentar la comunidad

A un palmo del suelo descubres que no estás solo. Que no estás sola. Que puedes interactuar con los demás. Desde el repartidor que reclama que eso de ser falso autónomo que se lo coman los ceos de sus compañías, a estudiantes cargados de mochilas camino del instituto o la universidad. Jubiladas que se atreven a lidiar en las calles, con millenials o con baby boomers como ellas, en ruta a la sesión de pilates o de la universidad de mayores. Padres con silletas adosadas al portaequipajes en las que los más pequeños empiezan a ver el mundo de otro modo o simples asalariados in itinere. Nada de lo humano te es ajeno en el asfalto, carriles o veredas. Es la hora de fomentar la comunidad, la conexión sin wifi.

A un palmo del suelo, en definitiva, es una nueva cita con quienes tienen La Opinión entre sus manos o en sus pantallas. Una humilde tabla sobre la que colocar el repaso a la actualidad con otros ojos, de manera reflexiva, serena, crítica, inconformista y sincera. En compañía de la mirada y los trazos de una joven artista. Con las alforjas repletas de pareceres en medio del ruido. La apuesta queda aquí, frente a la inmediatez, la escasez de caracteres, el impacto emocional y el conflicto sin sentido. Ustedes juzgarán.