Algoritmo de la magnĆfica humanidad
En mitad de este escenario salpicado de estupores, sumarios, registros, autos y tregua sĆ o tregua no, nos llega un documento que uno abre con la misma actitud con la que mira la factura de la luz: miedo, resignación y la sospecha de que algo muy grande se nos estĆ” escapando. QueĀ ahĆ afuera hay un alien que asoma la cabeza. La primera encĆclica de León XIV, Magnifica humanitas, entra justo ahĆ, en ese territorio donde la tecnologĆa promete salvarnos mientras nos va convirtiendo en datos. Un recordatorio de que, mientras discutimos si la Inteligencia Artificial nos va a quitar el trabajo o solo las ganas de pensar, quizĆ” estemos levantando una torre de Babel con fibra óptica.
En vĆsperas de llegar a EspaƱa, con una imagen que choca con la de los machos alfa embarcados en guerras, invasiones e intrigas por doquier, resulta que el Papa que vino de los Estados Unidos nos dice sin rodeos que la IA corre el riesgo de āreducir a las personas a simples engranajes de un sistemaā y de delegar decisiones en mĆ”quinas āque carecen de compasión, misericordia y perdónā. AhĆ es nada.
Torres de datos
La encĆclica plantea una imagen potente: construir Babel o reconstruir JerusalĆ©n. Babel es ese proyecto de uniformidad, de traducirlo todo āincluida la personaā en rendimiento. JerusalĆ©n, en cambio, es el camino de NehemĆas: escuchar, reconstruir vĆnculos, repartir responsabilidades. Y uno piensa: ĀæquĆ© estamos levantando aquĆ, en estas ciudades invadidas por coches y escasamente ciclables? ĀæUna torre de datos que nos vigila o una ciudad donde aĆŗn se pueda hablar sin que un algoritmo complete la frase?
Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que ya vivimos en Babel: algoritmos que deciden quĆ© vemos, quĆ© compramos, quĆ© opinamos; plataformas que saben mĆ”s de nosotros que nuestra madre; y un mercado digital que, como recuerda el Papa, estĆ” controlado por āgrandes entidades corporativas transnacionalesā que no rinden cuentas a nadie. Es la economĆa oculta de la IA. El tecnofascismo desarrollado por las teorĆas poshumanas y transhumanas de Silicon Valley.
Mientras aquĆ discutimos si ChatGPT escribe mejor que un becario, el texto recuerda que detrĆ”s hay āmillones de personas mal pagadas que etiquetan datosā y menores que extraen minerales para nuestros móviles. Es decir, que la nube tiene barro, y del espeso.

Recupera la Doctrina Social de la Iglesia
León XIV insiste en que la tĆ©cnica debe servir al bien comĆŗn, no a la idolatrĆa del lucro. Y recupera principios de la Doctrina Social de la Iglesia que suenan casi revolucionarios en tiempos de patentes y monopolios: el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la justicia social. En el entorno digital, dice, los datos deberĆan gestionarse como bienes comunes. Imaginemos eso aplicado a las plataformas que usamos cada dĆa: serĆa como pedirle a la Plaza Circular de Murcia que dejara de ser una rotonda y se convirtiera en un Ć”gora. DifĆcil, pero hermoso.
TambiĆ©n mete el dedo en la llaga del progreso sin lĆmites. Advierte contra la ilusión de una tecnologĆa que promete liberarnos de toda fragilidad, como si ser humanos fuese un error de fĆ”brica. Frente a eso, recuerda que āla verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armoniosoā. Vamos, que no necesitamos ser perfectos: necesitamos ser decentes.
Y luego estĆ” la advertencia sobre el lenguaje. Pide evitar ālas palabras que humillan o enfrentanā y optar por la claridad que ilumina. En tiempos de redes sociales donde cada tuit es una pedrada, esto suena casi revolucionario. O ingenuo. O ambas cosas.
QuƩ mundo queremos
La pregunta final es sencilla y brutal: ĀæquĆ© queremos que sea la tecnologĆa? ĀæUna torre que nos vigila desde arriba o una ciudad que reconstruimos entre todos? La respuesta podrĆa estar escrita en cualquier muro de nuestros barrios: āNadie se salva solo, tampoco en la redā. La tecnologĆa puede curar, conectar y educar, pero tambiĆ©n puede dividir, descartar y deshumanizar. Y la primera decisión no es si decimos sĆ o no a la IA, sino quĆ© tipo de mundo queremos construir con ella.
QuizĆ” ahĆ estĆ© la clave. No se trata de apagar la IA ni de abrazarla como si fuera la nueva patrona. Se trata de hacerla habitable, discutible, plural. De que no decida por nosotros. De que no convierta la vida en un Excel. De que no nos robe la conversación, que es lo Ćŗnico que nos queda cuando todo lo demĆ”s falla. De ahĆ su apuesta por cultivar un sano realismo y relanzar el diĆ”logo, porque es tiempo āpara construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntosā. Y, sobre todo, de recordar que seguimos siendo humanos. MagnĆficamente humanos, incluso cuando la tecnologĆa nos mira desde arriba como si fuĆ©ramos un dato mal formateado.
