Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

El teólogo palentino afirma que “el cristoneofascismo es una alianza global entre extrema derecha y fundamentalismos cristianos”

El teólogo Juan José Tamayo presentó el pasado 30 de mayo en la sede de Podemos Región de Murcia (calle Cartagena), su nuevo libro Política y religión (Tirant Lo Blanch, 2026), una obra que llega en un momento de máxima polarización social y que analiza con precisión quirúrgica la alianza creciente entre extrema derecha e integrismos cristianos. En conversación con La Opinión de Murcia, Tamayo aborda fenómenos como el cristoneofascismo, sitúa a la Región de Murcia como uno de sus laboratorios más visibles y reivindica un cristianismo laico y liberador, anclado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre los riesgos de la inteligencia artificial y valora los últimos gestos del Papa León XIV, a quien considera ya una de las voces morales más sólidas frente a la guerra y las nuevas formas de dominación global.

– ¿En qué momento cree que nos encontramos en la relación entre política y religión?

– La relación entre política y religión no es nueva ni coyuntural: viene de lejos, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Son dos realidades que se entrecruzan inevitablemente en la vida personal y colectiva de los pueblos. A lo largo de la historia han convivido momentos de separación, de colaboración y también de conflicto abierto. Hoy vivimos un escenario especialmente delicado: una polarización creciente tanto en el ámbito político como en el religioso. Esa polarización condiciona la calidad democrática y determina si la política se orienta al bien común o a intereses particulares; si la religión se convierte en fuerza liberadora o en legitimación del poder.

– Entonces la pregunta clave puede ser si la religión debe quedar recluida en lo privado o si puede tener presencia pública.

– Yo defiendo una presencia pública liberadora, respetuosa con la autonomía de la política, la ciencia, la cultura y el arte, pero comprometida con los sectores populares. Lo contrario —la religión como legitimadora del poder— ya lo vivimos durante el franquismo, y sus consecuencias fueron devastadoras.

Alianza de la ultraderecha

– En el libro habla del “cristoneofascismo”. ¿Cómo define esa alianza y por qué la considera una internacional del odio?

– El concepto surgió en 2019, durante un curso de teología de la liberación en Curitiba, en Brasil. Un alumno me dijo: “En la Iglesia nos prohíben hablar de política y Bolsonaro se pasa el día haciendo teología”. Ese contraste me llevó a definir a Bolsonaro como “el teólogo y predicador del cristoneofascismo”, porque utilizaba el lenguaje religioso para legitimar políticas autoritarias. Después, viajando por América Latina y Europa, comprobé que no era un fenómeno aislado: el golpe de Estado en Bolivia con apoyo de sectores católicos conservadores; Salvini exhibiendo crucifijos y rosarios en Italia; la alianza entre Vox y asociaciones ultracatólicas en España… Todo ello configura una alianza internacional entre extrema derecha política y fundamentalismos cristianos —evangélicos y católicos— legitimada por el pensamiento neoconservador y el neoliberalismo.

“Jesús de Nazaret fue un laico crítico del poder político y religioso: ahí nace el cristianismo liberador”

Es una “internacional del odio” porque comparten un programa común basado en el rechazo: odio al feminismo (llegan a llamar “feminazis” a las mujeres feministas), odio a la inmigración expresado en xenofobia y racismo, negación del cambio climático, rechazo al matrimonio igualitario, odio hacia las personas LGTBIQ+, islamofobia y antisemitismo… Es una inversión absoluta de los valores cristianos: donde el cristianismo propone amor, ellos proponen odio; donde propone perdón, ellos proponen venganza; donde propone hospitalidad, ellos levantan muros.

– En su texto menciona a la Región de Murcia como un caso paradigmático. ¿Qué papel juega en este fenómeno?

– La Región de Murcia funciona como un laboratorio donde se experimenta el programa de la extrema derecha política y religiosa. El pin parental, impulsado bajo presión de Vox, o las medidas contra centros de acogida de menores son ejemplos de cómo ese ideario se traduce en políticas concretas. Pero también quiero subrayar que en Murcia existe una respuesta cristiana y ciudadana muy coherente, que no siempre recibe la visibilidad que merece. Colectivos cristianos —y también musulmanes— han defendido la educación integral, la hospitalidad y la acogida. La ILP para la regularización de personas migrantes, promovida por Cáritas, es un ejemplo de compromiso evangélico auténtico. El problema es que los medios amplifican las movilizaciones racistas o antifeministas, pero no colocan en primera página las iniciativas solidarias. La polarización no la generan quienes defienden la dignidad humana, sino quienes promueven discursos de odio.

-Una de las tesis más llamativas del libro es presentar a Jesús de Nazaret como un judío laico. ¿Cómo ayuda esa visión a defender la compatibilidad entre cristianismo y Estado laico?

-Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal, no fue funcionario del templo ni tuvo reconocimiento oficial como rabino. Su vida pública no se desarrolló en el templo, sino en los caminos, las aldeas y las ciudades de Galilea, en el espacio cívico. Fue un creyente laico que vivió su fe desde la tradición profética, sapiencial y apocalíptica.Su actitud fue profundamente crítica con los pilares de la religión oficial, ya que criticó los lugares sagrados, los tiempos sagrados, las acciones sagradas y a las autoridades religiosas.

“León XIV se ha convertido en la mayor autoridad moral mundial contra la guerra”

Sus grandes conflictos no fueron con la religión, sino con el poder político imperial, que finalmente lo condenó. Frente al imperio, Jesús propuso el Reino de Dios, que se realiza mediante prácticas de liberación. Además, puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, algo revolucionario para su tiempo. No podemos decir que fuera feminista en sentido moderno, pero sí que su movimiento nace de un colectivo de mujeres. Por todo ello, sostengo que no hay contradicción entre cristianismo y laicismo. El laicismo garantiza la libertad de conciencia y evita que las religiones se conviertan en cogobernantes o colegisladoras.

Cristianismo y estado laico

– ¿Por qué cree que ciertos sectores de la jerarquía siguen tachando el laicismo de fundamentalismo laicista?

-Por una falsa imagen del laicismo y por la persistencia del clericalismo, que pretende seguir controlando la vida política, legislativa y social. El laicismo defiende la independencia de la política respecto a cualquier tutela religiosa, la libertad de conciencia (creer o no creer) y la responsabilidad personal en materia de fe. Todas las instituciones son laicas, y eso no es una amenaza para la religión, sino su mejor garantía de libertad.

– Qué opinión tiene sobre León XIV y sus intervenciones de los últimos tiempos?

– La verdad es que los últimos gestos de León XIV me han impresionado profundamente. Su encíclica Magnifica humanitas me ha parecido un documento de enorme calado, y creo que en estos meses ha logrado algo que no tenía al inicio de su pontificado: convertirse en una auténtica autoridad moral a nivel mundial. Esto se debe, sobre todo, a su reacción firme frente a los señores de la guerra —Netanyahu, Trump y otros líderes que alimentan la lógica bélica— y a su afirmación rotunda de que no existen guerras justas, que lo único defendible es una paz justa, desarmada y desarmante. Esa claridad ética le ha dado una fuerza que antes quizá no se percibía, en parte porque aún estaba reubicándose en su nuevo papel y porque la sombra de Francisco, con su personalidad tan arrolladora, era muy alargada. Durante meses se le juzgó siempre en comparación con él, casi siempre para situarlo por debajo.

La IA unifirma la humanidad

-Pero reconocerá que eso ha cambiado y que la encíclica es un buen ejemplo de ello.
-En efecto. Con su postura inequívoca contra la guerra, León XIV se ha convertido, a mi modo de ver, en la figura con mayor auctoritas moral del panorama internacional. Y la encíclica lo confirma: es un texto que lo sitúa entre los grandes defensores de la dignidad humana, especialmente de la dignidad de quienes más la ven vulnerada: los empobrecidos, los oprimidos, los pueblos sometidos a sistemas de dominación como el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado o el imperialismo, hoy más fuertes que nunca. Además, el documento tiene una dimensión histórica en relación con la inteligencia artificial. Puede marcar un rumbo nuevo para la humanidad, porque no se limita a describir los riesgos tecnológicos, sino que analiza sus consecuencias en la educación, el trabajo, la gobernanza, los derechos humanos o la vida social. Si se siguen las orientaciones que propone, la IA podría ponerse al servicio de la mejora de la vida humana, y no al revés. En definitiva, creo que estamos ante un pontificado que ha encontrado su voz y su lugar, y que está ofreciendo una lectura profundamente humanista, crítica y liberadora del momento histórico que vivimos.

– ¿Qué espera de la visita del Papa León XIV a España?

-Más que esperanza, es un deseo: que el Papa debe poner sobre la mesa los grandes problemas de la sociedad española y de la Iglesia. En cuanto a ésta, renunciar a los privilegios derivados de los acuerdos con la Santa Sede, devolver los bienes inmatriculados indebidamente, abrir las comunidades a migrantes, refugiados y colectivos LGTBIQ+, situarse del lado de los empobrecidos, así como pagar indemnizaciones justas a las víctimas de pederastia. Y para la política, combatir la corrupción, condenar a la extrema derecha por antidemocrática y por defender valores contrarios a la democracia y al Evangelio, garantizar el derecho a la vivienda y afrontar la injusticia estructural y las desigualdades crecientes. Si la visita sirve para eso, habrá cumplido una función histórica.

Algoritmo de la magnífica humanidad

Algoritmo de la magnífica humanidad

En mitad de este escenario salpicado de estupores, sumarios, registros, autos y tregua sí o tregua no, nos llega un documento que uno abre con la misma actitud con la que mira la factura de la luz: miedo, resignación y la sospecha de que algo muy grande se nos está escapando. Que  ahí afuera hay un alien que asoma la cabeza. La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, entra justo ahí, en ese territorio donde la tecnología promete salvarnos mientras nos va convirtiendo en datos. Un recordatorio de que, mientras discutimos si la Inteligencia Artificial nos va a quitar el trabajo o solo las ganas de pensar, quizá estemos levantando una torre de Babel con fibra óptica.

En vísperas de llegar a España, con una imagen que choca con la de los machos alfa embarcados en guerras, invasiones e intrigas por doquier, resulta que el Papa que vino de los Estados Unidos nos dice sin rodeos que la IA corre el riesgo de “reducir a las personas a simples engranajes de un sistema” y de delegar decisiones en máquinas “que carecen de compasión, misericordia y perdón”. Ahí es nada.

Torres de datos

La encíclica plantea una imagen potente: construir Babel o reconstruir Jerusalén. Babel es ese proyecto de uniformidad, de traducirlo todo —incluida la persona— en rendimiento. Jerusalén, en cambio, es el camino de Nehemías: escuchar, reconstruir vínculos, repartir responsabilidades. Y uno piensa: ¿qué estamos levantando aquí, en estas ciudades invadidas por coches y escasamente ciclables? ¿Una torre de datos que nos vigila o una ciudad donde aún se pueda hablar sin que un algoritmo complete la frase?

Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que ya vivimos en Babel: algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos, qué opinamos; plataformas que saben más de nosotros que nuestra madre; y un mercado digital que, como recuerda el Papa, está controlado por “grandes entidades corporativas transnacionales” que no rinden cuentas a nadie. Es la economía oculta de la IA. El tecnofascismo desarrollado por las teorías poshumanas y transhumanas de Silicon Valley.

Mientras aquí discutimos si ChatGPT escribe mejor que un becario, el texto recuerda que detrás hay “millones de personas mal pagadas que etiquetan datos” y menores que extraen minerales para nuestros móviles. Es decir, que la nube tiene barro, y del espeso.

Infografía sobre la encíclica Magnifica humanitas generada por IA
Recupera la Doctrina Social de la Iglesia

León XIV insiste en que la técnica debe servir al bien común, no a la idolatría del lucro. Y recupera principios de la Doctrina Social de la Iglesia que suenan casi revolucionarios en tiempos de patentes y monopolios: el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la justicia social. En el entorno digital, dice, los datos deberían gestionarse como bienes comunes. Imaginemos eso aplicado a las plataformas que usamos cada día: sería como pedirle a la Plaza Circular de Murcia que dejara de ser una rotonda y se convirtiera en un ágora. Difícil, pero hermoso.

También mete el dedo en la llaga del progreso sin límites. Advierte contra la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad, como si ser humanos fuese un error de fábrica. Frente a eso, recuerda que “la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso”. Vamos, que no necesitamos ser perfectos: necesitamos ser decentes.

Y luego está la advertencia sobre el lenguaje. Pide evitar “las palabras que humillan o enfrentan” y optar por la claridad que ilumina. En tiempos de redes sociales donde cada tuit es una pedrada, esto suena casi revolucionario. O ingenuo. O ambas cosas.

Qué mundo queremos

La pregunta final es sencilla y brutal: ¿qué queremos que sea la tecnología? ¿Una torre que nos vigila desde arriba o una ciudad que reconstruimos entre todos? La respuesta podría estar escrita en cualquier muro de nuestros barrios: “Nadie se salva solo, tampoco en la red”. La tecnología puede curar, conectar y educar, pero también puede dividir, descartar y deshumanizar. Y la primera decisión no es si decimos sí o no a la IA, sino qué tipo de mundo queremos construir con ella.

Quizá ahí esté la clave. No se trata de apagar la IA ni de abrazarla como si fuera la nueva patrona. Se trata de hacerla habitable, discutible, plural. De que no decida por nosotros. De que no convierta la vida en un Excel. De que no nos robe la conversación, que es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla. De ahí su apuesta por cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo, porque es tiempo “para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”. Y, sobre todo, de recordar que seguimos siendo humanos. Magníficamente humanos, incluso cuando la tecnología nos mira desde arriba como si fuéramos un dato mal formateado.