Con este calor, uno entiende casi todo. Que la gente camine pegada a las fachadas, como si las paredes repartieran salvación. Que en los bares ya no se hable del tiempo, sino de supervivencia… y del corrupto Mundial de fútbol, eso sí. Entiende incluso que ir en bici por la ciudad parezca un acto de fe: pedaleas entre coches, bordillos y carriles que aparecen y desaparecen como promesas electorales. Pero hay una cosa que ni con cuarenta grados, ni con el asfalto haciendo de plancha, termina de entrar: la facilidad con la que la política española convierte cualquier acuerdo en una traición de Estado.
En realidad, que ni siquiera se contemple la posibilidad del diálogo. Aquí parece que pactar no es pactar. Es venderse. Abstenerse no es desbloquear nada. Es arrodillarse. Es abrir el Apocalipsis con tertuliano incluido. Hemos logrado que la palabra acuerdo suene sospechosa, como si detrás vinieran siempre una mariscada, un sobre y un primo colocado.
Motivo de escándalo
Advierto, de antemano, que no he sufrido un golpe de calor acerca del disparate que les formulo. Imaginemos que dos diputados del PSOE andaluz hubieran dicho: “No nos gusta Moreno Bonilla, no nos gusta el PP y no nos gusta este viaje, pero tampoco queremos que Vox sea imprescindible. Le dejamos pasar la investidura y al día siguiente empezamos a hacer oposición hasta al color de las corbatas que llevan”. Dos votos. Nada más. Ni pacto de legislatura, ni abrazo de oso. Dos votos para que la llave no la tuviera quien convierte cada cerradura en un discurso de odio.
¿Se imaginan el escándalo? Ferraz y Génova habrían pedido sales. Las agrupaciones y las juntas locales, abanicos. Las tertulias, oxígeno. A esos dos diputados se les habría tratado como si hubieran entregado Despeñaperros en una bolsa del Mercadona. Habrían sido traidores por la mañana, irresponsables por la tarde y sospechosos por la noche. Y, sin embargo, quizá habrían evitado que el debate público entrara en esa dinámica pegajosa donde la extrema derecha deja de ser anécdota para convertirse en socio, árbitro y cobrador del frac.
Pero no. Aquí nos gusta hablar de cordones sanitarios siempre que los ate otro. Nos encanta la pureza, sobre todo cuando la factura la paga el vecino. La política española tiene alergia al gesto incómodo. Nadie quiere hacer nada que necesite dos frases para explicarse, porque vivimos en el reino del corte de vídeo, del tuit con espuma y del militante que confunde la coherencia con no saludar jamás al del bloque de enfrente. Esto ocurre especialmente en el bloque de la derecha, que siempre considera que si no está en el Gobierno es porque los otros lo han okupado.
Plus de gobernanabilidad
Mientras tanto, el país suda. Suda por las olas de calor, por las facturas, por la vivienda, por los incendios y por esa sensación pegajosa de que cada problema común acaba convertido en bronca de chiringuito entre señores que no se han puesto crema solar. Lo razonable habría sido admitir que facilitar una investidura no equivale a compartir un proyecto. Que dejar gobernar no es alquilar el alma. Que la oposición también puede empezar con un gesto inteligente y no necesariamente con un portazo teatral.
Bien es verdad que esta tesitura siempre parece tocarle al PSOE. Pero mira, es lo que tiene poseer un plus de gobernabilidad y sentido común, con valores morales al estar en el lado izquierdo de la historia. Valores que se atesoran por un pasado centenario no exento de dificultades.
Ilustración de NANA PEZ
La pregunta es otra: quién decide con quién se suma y qué precio se paga por cada suma. Porque en la vida política, como en el resto de la existencia, cada decisión abre un abanico de posibilidades: algunas cómodas, otras feas, unas rentables y otras decentes. Si dos socialistas le hubieran facilitado la investidura para que Vox no fuera necesario, habrían recibido palos de todos. Pero también habrían obligado a todos a retratarse mejor. Habrían dicho algo tan raro como esto: “No compartimos su política, pero preferimos que gobierne sin depender de quienes viven de incendiar la convivencia”. Suena exótico. En realidad, se llama parlamentarismo.
Valentía y polarización
Claro que para eso hace falta valentía, y aquí la valentía suele confundirse con subir el tono. Es más fácil llamar fascista, comunista, traidor, vendido o inútil que asumir una decisión impopular para evitar un mal mayor. Es más cómodo abanicarse con la bandera propia que sentarse a negociar con el adversario mientras afuera arden los montes y dentro arden los móviles. La política española es esa persona que se queja del calor, pero se niega a encender el aire acondicionado porque lo propuso el vecino del quinto.
Maldita polarización política que lo contamina todo. Que impide el diálogo. Que dinamita la convivencia. Que nos divide en las comidas familiares y que nos conduce a creer que quien no piensa como yo, no vota como yo o no odia como un servidor, no merece el mínimo respeto.
Mientras tanto, aquí seguimos, a un palmo del suelo, mirando las baldosas calientes y midiendo cada paso para no pisar la línea que ha pintado el partido. Como ciclistas urbanos sorteando coches, zanjas y decisiones municipales tomadas a medias, avanzamos sin carril claro y con el claxon encima. Tal vez algún día, entre una alerta naranja y una botella de agua templada, alguien descubra que pactar no siempre es rendirse. Que ceder dos votos puede ser una forma de no ceder el país entero al ruido. Y que, en política como en verano, conviene buscar sombra antes de que la insolación nos parezca una estrategia.
Ni en el primer turno de vacaciones se libra uno de una especie extendida por cualquier hábitat urbano, litoral, ruta de aventura, destino turístico singular o viaje alternativo. Una pequeña tribu de estas variedades lo mismo flota en una apacible playa familiar que te la encuentras en la cola del súper o en la mesa de al lado del restaurante en estos días de asueto. Hablo del odiador profesional. De la odiadora experta. Del grupo de quienes, por encima de todo, sienten tirria, animadversión, ojeriza o aversión a quienes no piensan como ellos, no votan como ellos, no aman (si lo hacen alguna vez) como ellos o no se alimentan de los agitadores de cabecera como ellos.
Quizá has tardado tiempo en darte cuenta, pero el odio no nace de una gran idea ni de una revelación filosófica al salir de la ducha. Nace bastante más abajo: en el miedo, en la frustración, en la pereza de pensar y en esa necesidad tan nuestra de encontrar un culpable con nombre, cara y, si puede ser, cuenta de X o de otra ‘red social’. Porque la vida es complicada, sí, pero siempre hay un tertuliano dispuesto a simplificárnosla con la delicadeza de una motosierra.
Política y exorcismo
Odiar tiene ventajas. No exige leer, ni escuchar, ni hacerse preguntas, que es una gimnasia peligrosísima para quien lleva años cultivando abdominales de prejuicio. Basta con abrir la emisora de cabecera, localizar al enemigo del día y apretar el botón rojo de la indignación. Hay quien desayuna tostadas; otros, Pedro Sánchez. Pero no Pedro Sánchez, presidente discutible como cualquier gobernante, sino ‘Perro’ Sánchez, criatura mitológica: okupa de La Moncloa, prestidigitador del BOE, vendedor ambulante de España por fascículos y responsable, si uno se esfuerza, de que el yogur caduque antes del próximo lunes.
Discrepar de Sánchez -como de cualquier otro- es sano; odiarlo como si fuera el anticristo con gafas de sol ya es otra afición, más parecida al aeromodelismo emocional. Cuando la política se convierte en exorcismo, ya no se combate una ley o una medida; se combate a un monstruo. Y al monstruo, claro, no se le discute: se le aplasta, se le borra, se le desea la ruina y, si se tercia, se salpica también a su mujer, a su hermano, al primo segundo y al perro, que algo sabría.
Enemigos vs adversarios
Ahí empieza lo verdaderamente obsceno: cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver paquetes ideológicos con patas. Ya no hay adversarios, vecinos, madres, hijos, trabajadores o gente que llega tarde al médico. Hay rojos, fachas, moros, menas, feminazis, maricones, progres, cayetanos, traidores, vagos y demás etiquetas de usar y tirar. La deshumanización es comodísima: permite odiar sin mancharse mucho. Uno no insulta a una persona; fumiga una categoría. Y así cualquiera se cree valiente.
Con las personas inmigrantes el truco es viejo, pero sigue dando audiencia. Se las acusa de quitarnos el trabajo y, simultáneamente, de vivir sin trabajar; de colapsar la sanidad y de no contribuir; de venir a aprovecharse y de venir a invadirnos. Nadie parece recordar que quien cruza medio mundo no lo hace por afición al trámite administrativo, sino porque en su casa se acabó el futuro. Pero la compasión no cabe en un titular con mayúsculas.
Ilustración | NANA PEZ
Este artículo nació tras escuchar, a escasos metros, los discursos de odio de personas que supuestamente ‘disfrutaban’ de un baño en la playa. Destilaban una animadversión hacia los emigrantes, Pedro Sánchez, a su familia, a todo lo que tuviera que ver con el Gobierno actual, la fiesta del Orgullo… que me provocó una profunda tristeza y un interrogante: ¿de dónde nacía todo ese odio?
Odio al diferente
Con el colectivo LGTBQI+ la película roza la comedia negra. Hay quien se siente perseguido porque otros se besan, se nombran o celebran que existen sin pedir permiso al comité de buenas costumbres. Molesta una bandera, un pronombre, una familia que no cabe en el belén de la abuela. Llaman adoctrinamiento a que una persona trans no tenga que esconderse y libertad a su derecho a señalarla con el dedo. Curiosa libertad: siempre empieza en su boca y termina en la vida de los demás.
El odio también tiene mucho de pánico al carril bici. Uno va tan tranquilo en su coche mental, creyendo que la ciudad y el mundo fueron diseñados para su volante, y de pronto aparece alguien pedaleando por donde antes solo circulaban sus certezas. Compruebo a diario que la bicicleta urbana irrita porque ocupa poco, no ruge y recuerda que hay otras formas de moverse. Como el pensamiento ajeno: pasa cerca, no pide perdón por existir y obliga a mirar dos veces antes de abrir la puerta.
También odiamos porque la vida aprieta. El alquiler muerde, el sueldo encoge, el futuro se parece a una bicicleta sin frenos bajando por una cuesta con adoquines y encima alguien nos dice que la culpa es del inmigrante, del gay, de la feminista o del vecino que vota mal. Y nosotros, que estamos cansados, compramos el paquete. Es más fácil odiar al de al lado que mirar hacia arriba, donde están los que reparten la tarta, se quedan el cuchillo y luego nos convencen de pelear por las migas. El negocio funciona porque el odio da sensación de altura moral. Uno se siente firme, lúcido, patriota, decente, incluso mártir, aunque solo esté repitiendo la consigna que otro le dejó en la pantalla.
Enemigos en el menú
Por eso conviene sospechar de quien nos sirve enemigos en menú del día. Nadie regala odio: lo alquila con intereses. Mientras discutimos si merece dignidad el que viene de fuera, el que ama distinto o el que vota al contrario, otros siguen haciendo caja. Y nosotros, obedientes, ladramos en la rotonda digital creyendo que estamos defendiendo la civilización cuando apenas estamos haciendo ruido de fondo.
No les pido que amen al adversario, aunque habría mucho de qué hablar. Bastaría con discutir ideas sin desear funerales civiles, apagar de vez en cuando el aspersor de bilis y recordar que nadie es solo su papeleta, su acento, su bandera o su forma de amar. El odio nace donde muere la curiosidad y crece donde se riega el miedo. Y si no lo frenamos, acabaremos viviendo en una ciudad llena de carriles bici vacíos y bocinas furiosas: todos convencidos de tener preferencia, nadie dispuesto a mirar al que viene de frente.
No sé si les habrá pasado a ustedes, pero hay un momento en la vida —normalmente coincide con la primera vez que te pillas a ti mismo diciendo “esto antes no pasaba”— en el que descubres que tus héroes eran, en realidad, gente normal con superpoderes de postureo. Personas que parecían sólidas desde lejos, como esas bicicletas urbanas que anuncian en Instagram: muy bonitas, muy vintage, pero que en cuanto las pruebas notas que el manillar tiembla más que tú ante cualquier adversidad o que las pastillas de los frenos chirrían como tus supuestas verdades.
De pequeño, claro, uno se lo cree todo. Los adultos eran los primeros referentes a imitar. Nunca se equivocaban. Eran consecuentes con sus afirmaciones (maldita coherencia que se ha llevado tanta gente por delante) hasta que descubrías que también se equivocaban. Que proyectaban en sus descendientes lo que ellos no habían sido capaces de lograr y, además, con un empeño digno de la constancia más absoluta. O que te han seguido tratando toda la vida como si fueses un niño desvalido.
Bici sin manos
Los periodistas eran faros de la verdad; los políticos, estrategas de mirada profunda; los profesores, enciclopedias con tiza; la Iglesia, un GPS moral sin desvíos. Y tú, pedaleando por la vida con tus ruedines emocionales, convencido de que los adultos sabían lo que hacían. Qué ingenuidad tan mona, de verdad.
Luego creces, te subes a la bici sin manos —porque el camino hacia la adultez es eso, ir sin manos aunque no quieras— y empiezas a ver grietas. En mi caso, una de las primeras fue con algunos periodistas. Tú, que soñabas con ser uno de la tribu, descubres que hay quienes escriben según sople el viento… y no hablo del viento de Levante, que ese al menos es honesto. O los que convertían historias ficticias en supuestas crónicas de corresponsal de guerra luego desmontadas por compañeros de profesión y batallas. Otros opinan antes de informarse, y hay quien confunde la columna con un púlpito portátil. Y tú ahí, intentando no convertirte en uno de esos que dicen “la prensa” como si hablaran de una banda de moteros.
Políticos y profesores
Después vienen los políticos y la política. Ay, los políticos. Los tenías por héroes de cómic, y resulta que muchos no pasarían ni la prueba de equilibrio en una bicicleta estática. Los ves improvisar, tropezar, contradecirse, y entiendes que el “proyecto de país” o “trabajar para la mejor tierra del mundo” a veces es simplemente “a ver cómo salimos del día sin que arda nada”. Descubres que sus complejos, egos e incoherencias están a la orden del día. Que nos lo digan ahora con lo que está cayendo. Y tú, mientras tanto, pedaleando en zigzag para no comerte sus ocurrencias.
Los profesores… esos semidioses del aula. Los que parecían tener respuesta para todo. Hasta que vuelves al instituto veinte años después y descubres que también estaban cansados, que también dudaban, que también improvisaban exámenes porque la vida no da para más. Y te reconcilias un poco, porque al menos ellos no fingían tanto. Ellos eran como esa bici vieja que hace ruido pero nunca te deja tirado.
Ilustración: NANA PEZ
No perder la fe
Y luego está la Iglesia. Esa sí que era una institución firme, como un pedal bien engrasado. En ella has crecido y, hasta incluso, trabajado durante una década. Aún recuerdo cuando un veterano empleado de la Curia, compañero de verdad, me dijo una frase lapidaria en mi primer día de trabajo: con lo que vas a ver y vivir aquí no pierdas la fe. Hasta que empezaron a salir verdades que chirriaban más que una cadena sin aceite. Y tú, que creciste escuchando homilías sobre la verdad y la justicia, te encuentras con silencios que pesan como una cuesta arriba en agosto. Una de esas cuestas que te hacen replantearte si no habría sido mejor ir andando.
Al final, lo que queda es una especie de orfandad moral. Una sensación parecida a cuando vas en bici por la ciudad, confiado, y de repente un coche te abre la puerta sin mirar. No te caes, pero te cambia la ruta. Y te preguntas: ¿y ahora qué? ¿A quién miro? ¿Quién me explica cómo se vive sin decepcionarse cada dos días?
Mirar a la gente normal
La respuesta es sencilla: a nadie en pedestal. Mejor mirar a la gente normal. A los que no presumen de héroes. A los que no prometen verdades absolutas. A los que hacen lo que pueden, que ya es bastante. A los que no necesitan capa ni sotana ni columna diaria para sentirse importantes. Por cierto, pese a todo lo vivido, aún no he perdido la fe y sigo mirando a la Iglesia como una madre que no es infalible sin perder la crítica.
Quizá la adultez sea eso: aprender a pedalear sin mitos, sin ídolos, sin superhéroes. Y descubrir que, en el fondo, tampoco hacen falta. Que la vida, como la bici, se sostiene mejor con equilibrio, un poco de humor y alguien que no te suelte cuando tropiezas. A un palmo del suelo —y a dos de la rueda delantera— es donde se ve todo más claro.
León XIV habrá dormido esta pasada noche en su cama romana después de una intensa semana en España. Imagino que estará agotado. Como lo están las familias tras los resultados de la PAU y con los pasos a seguir en busca de plazas universitarias para sus descendientes. Robert Prevost ha compartido aquí el final de curso escolar y el cuasi final del polarizado curso político antes de las vacaciones. Ha despertado simpatías y su mirada ha traspasado las fronteras ideológicas que se interponen entre gentes, barrios y regiones. Y como habrá tenido oportunidad de escuchar y conocer qué se cuece aquí no le resultará ajena una expresión que quizá la Fundeu escoja a final de año como frase estrella. Lo mismo hasta Campofrío la elige en su anuncio navideño o José Mota para el Especial de Nochevieja.
Porque hay palabras que entran en la conversación como quien deja una piedra en mitad del camino: para obligarte a tropezar. La última es esa «prioridad nacional» que algunos repiten como si fuera sentido común, como si la vida fuese una cola del Mercadona o del Carrefour donde alguien se cuela y tú, indignado, reclamas tu turno. En Murcia, sin ir más lejos, ya sabemos cómo funcionan estas cosas: basta con que falten médicos, vivienda o ayudas para que alguien señale al de al lado, nunca al de arriba.
Mirar hacia arriba
La trampa es vieja, pero eficaz. En vez de preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza condiciones dignas para todos, nos invitan a decidir quién merece pasar primero. Y claro, cuando aceptas ese marco, ya has perdido. Porque el foco deja de estar en los salarios que no dan, en los alquileres imposibles, en los servicios públicos que se desangran. El foco pasa a ser tu vecino, tu compañera de curro, la familia que llegó hace diez años y trabaja más horas que un reloj. Mirar hacia abajo siempre es más fácil que mirar hacia arriba.
En esta Región nuestra, donde la precariedad no es un concepto sino una experiencia diaria —del campo a la hostelería, de los cuidados a los barrios que sobreviven como pueden—, el discurso encaja como un guante. «Si no hay para todos, primero los de aquí». Pero, ¿quién ha decidido que no hay para todos? ¿Quién ha convertido derechos básicos en bienes escasos? Curiosamente, los mismos que piden menos Estado para garantizar vivienda o empleo digno son los que luego quieren filtros de pertenencia para repartir lo poco que queda. Primero recortan, luego reparten carnés.
Los datos desmontan el agravio
La realidad, sin embargo, es tozuda. Las personas migrantes no viven en un limbo: viven aquí, trabajan aquí, cotizan aquí y sostienen sectores enteros que, sin ellas, se vendrían abajo como un melón pasado. Y los datos —esos aguafiestas— desmontan el relato del agravio: la mayoría de las prestaciones sociales las reciben ciudadanos españoles, y la población migrante usa menos la sanidad que la autóctona. El problema no es quién recibe, sino por qué tanta gente no puede vivir con dignidad.
Pero para que la «prioridad nacional» funcione, necesita miedo. Necesita exageraciones, medias verdades y la sensación de que alguien se te cuela en la fila. Y, sobre todo, necesita ocultar que nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos. Esa es la operación política: que los últimos se peleen entre ellos mientras los primeros cuentan beneficios.
La prioridad, las personas
A veces se disfraza con palabras más suaves —«arraigo», «vinculación al territorio»—, pero la lógica es la misma: establecer jerarquías entre personas según su origen. Y eso, en una democracia, es dinamita. Porque rompe la convivencia, alimenta sospechas y convierte al vecino en amenaza.
Desde la tradición cristiana, esa que algunos dicen profesar, el asunto es aún más claro: la única prioridad son las personas, especialmente las más vulnerables. No hay verbos de exclusión, sino de humanidad: acoger, proteger, promover, integrar. No es teología; es sentido común con alma.
Conocemos el cansancio real de tantos barrios, la angustia de tantas familias que no llegan a fin de mes, el desarraigo de quienes sienten que el futuro se les ha encogido. Pero utilizar ese dolor para señalar al que está igual de fastidiado es una indecencia política y moral.
Reconstruir comunidad
La extrema derecha ha entendido que mucha gente se siente sola, sin horizonte colectivo. Por eso ofrece identidad, aunque sea a costa de excluir. Frente a eso, la tarea —democrática, social y también espiritual— es reconstruir comunidad. Volver a mirarnos como parte de algo más grande que el miedo.
Porque la cuestión de fondo no es quién va primero. La cuestión es si aceptamos una sociedad construida sobre la competencia entre los últimos o si defendemos una donde la dignidad sea el punto de partida, no el premio final. La prioridad, por tanto, no puede ser nacional. La prioridad, si queremos seguir llamándonos humanos, ha de ser humana.
El periodista murciano publica ‘Los dueños del Estado’, un libro que revela cómo altos funcionarios ejercen el poder lejos del foco público
“La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”. Así lo asegura Rafael Méndez (Murcia, 1975), periodista que ha trabajado en El País, El Confidencial, Eldiario.es y en la actualidad en la productora de Salvados, el programa de Jordi Évole. Durante años ha investigado a los cuerpos más influyentes y menos visibles de la Administración española: abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes. Lo que encontró —endogamia, puertas giratorias, compatibilidades opacas y un poder ejercido en silencio— lo llevó a escribir Los dueños del Estado (Península, 2026) un libro que ilumina un territorio donde casi nadie mira. En esta conversación con La Opinión de Murcia, Méndez explica por qué decidió abordar este ángulo muerto del poder público y qué consecuencias tiene para la calidad democrática.
-¿En qué momento sintió que era necesario escribir un libro sobre aquello de lo que no se habla dentro de la alta función pública?
-Hubo un momento en el que comprendí que estaba ante un fenómeno conocido por muchos dentro de la Administración, pero prácticamente invisible para el resto del país. Tras años cubriendo política, tribunales, economía y también medio ambiente, me di cuenta de que ciertos comportamientos se daban por asumidos, pero nadie los había puesto negro sobre blanco.
Un antiguo jefe me repetía: “Todo el mundo lo sabe, pero ¿dónde está contado?”. Esa frase me acompañó durante toda la investigación. Cuando empecé a trabajar sobre los abogados del Estado, un cuerpo me fue llevando a otro: letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes… y descubrí que había un ecosistema entero de poder discreto, endogámico y con enorme capacidad de influencia. Un editor amigo me insistía en que debía convertirlo en libro porque, si no, se perdería. Y tenía razón: no estaba contado.
Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado
-¿Hubo algún caso concreto que le hiciera ver que no eran episodios aislados, sino un problema estructural?
-Sí: el Consejo de Estado. Fue el punto de inflexión. Al investigar a sus letrados descubrí una estructura profundamente endogámica, con sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados. Lo más sorprendente es que todo era público… y, aun así, nadie lo señalaba. Dentro del propio Consejo lo sabían, pero lo consideraban normal. Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado. Ahí supe que había un problema estructural, no una colección de anécdotas.
-Son actores con mucho poder, pero con escasa visibilidad. ¿Por qué ese anonimato forma parte de su influencia?
– Porque la opacidad es una forma de poder. Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad. Mientras los focos se centran en los políticos o en grandes empresarios como Florentino Pérez, a su lado siempre hay un abogado del Estado o un alto funcionario que toma decisiones cruciales sin que nadie repare en él. Ese anonimato les protege. Un subsecretario o un abogado del Estado puede dimitir “por motivos personales” aunque haya sido condenado en un laudo millonario, y apenas genera ruido. Su poder reside precisamente en que nadie mira ahí. Y cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.
El libro del periodista murciano ya va por la segunda edición. | ASIS AYERBE
-¿Qué efectos tienen estas puertas giratorias y compatibilidades en la calidad democrática?
-El efecto más evidente es la descapitalización de lo público. Si un abogado del Estado sabe que puede pasar de un día para otro a un despacho que trabaja para las mismas empresas reguladas con las que trataba en la Administración, es legítimo preguntarse hasta qué punto defenderá con firmeza los intereses del Estado. No se trata de cuestionar su capacidad, sino de señalar un conflicto estructural: la Administración no se ha protegido frente a estas dinámicas. Nunca se ha legislado para evitar que quien pleitea contra el Estado conserve su plaza. Y eso tiene consecuencias: erosiona la independencia, debilita la capacidad regulatoria y genera incentivos perversos.
Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado.
-¿Es un problema de leyes, de ética o de estructura?
-Es una combinación de las tres. Deleyes, porque nunca se ha regulado adecuadamente. De ética, porque hay decisiones que, aunque legales, son difíciles de justificar. De estructura, porque los políticos dependen de estos altos funcionarios para que la Administración funcione. Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado. Y si no hay incentivos para cambiar algo, lo normal es que no se cambie.
-En el libro aparecen nombres concretos. ¿Cómo decidió qué casos incluir y cuáles dejar fuera?
-La selección fue necesariamente subjetiva. No quería un libro académico ni una lista interminable de nombres, sino un relato comprensible para cualquier lector. Elegí los casos sobre los que tenía más información y que mejor ayudaban a explicar el funcionamiento de estos cuerpos. Algunos episodios, aunque relevantes, no encajaban en la narrativa y los dejé fuera. Preferí mantener el ritmo y la coherencia antes que hacer un inventario exhaustivo. Mi objetivo era que el lector entendiera el fenómeno, no que se perdiera en un catálogo de nombres.
-¿Ha recibido reacciones adversas por parte de altos funcionarios?
-La reacción más frecuente ha sido: “Ya era hora de que se hablara de esto”. Muchos altos funcionarios en activo me han dicho que el libro se queda incluso corto. Sé que hay quien se ha molestado, pero no he recibido ataques directos. Y si el libro ha servido para que la presidenta del Consejo de Estado, Carmen Calvo, anuncie que estudiará las incompatibilidades —algo que conocían desde hace décadas—, ya ha cumplido parte de su función. La mayoría entiende que iluminar estas zonas oscuras es sano para la democracia.
-Analiza también el papel de las grandes empresas. ¿Qué implica que tantas del IBEX tengan abogados del Estado como secretarios del consejo?
-Implica un riesgo claro de captura del regulador. Estos profesionales conocen las normas, los procedimientos y, sobre todo, a las personas. Han trabajado con quienes luego deben supervisar. Para una empresa regulada, contar con alguien que sabe cómo funciona la Administración por dentro es un activo enorme. Para el Estado, puede ser un problema si no se establecen límites claros. Y no solo ocurre en el IBEX: también en consultoras, despachos internacionales o empresas que operan desde Londres o Bruselas.
La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia.
-También hace autocrítica sobre el periodismo. ¿Qué responsabilidad tiene la prensa en mantener o desvelar estas dinámicas?
-La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia, y no siempre encajan en la agenda diaria. Aun así, creo que algunos medios deberían asumir el reto. No para hacer enemigos, sino para cumplir la función esencial del periodismo, que es iluminar zonas oscuras del poder. Y, paradójicamente, desde que publiqué el libro recibo más información que antes. Mucha gente dentro de estos cuerpos estaba deseando que alguien contara lo que ellos no podían contar.
Rafa Méndez, tras pasar por El País, El Confidencial y eldiario.es, entre otros medios, es ahora guionista de ‘Salvados’.
-¿Existe voluntad política para abordar este problema o incomoda a todos los partidos?
.No veo voluntad política, ni en el Gobierno actual ni en uno futuro. Es un asunto que no da rédito electoral, que exige enfrentarse a cuerpos muy poderosos y que no genera titulares fáciles. La política vive instalada en el corto plazo, y esta reforma exige visión de Estado. Por eso dudo que llegue. Mi papel, como periodista, es contarlo. Si otros actores no actúan, al menos la ciudadanía tendrá más información.
-¿Le preocupa que algunos lectores interpreten el libro como un ataque al funcionariado?
– Sí, y por eso añadí un epílogo aclaratorio. El libro no es un ataque a los funcionarios, igual que denunciar irregularidades en un hospital no es un ataque a la sanidad pública. Muchos altos funcionarios han colaborado conmigo porque quieren que estas prácticas se conozcan. La crítica se dirige a dinámicas concretas, no al conjunto del servicio público. Creo que el lector atento lo entiende.
-¿Qué le gustaría investigar ahora? ¿Quedan áreas opacas dentro del Estado?
-Quedan muchas. Los técnicos comerciales del Estado, por ejemplo, han marcado la política económica española durante décadas. También los diplomáticos. Pero quizá me apetezca cambiar de tema y explorar algo completamente distinto. Después de este libro, necesito aire fresco. Ya veremos hacia dónde me lleva la curiosidad.
Hay imágenes que resumen la situación de un país mejor que cualquier barómetro del CIS. Pienso en la ilustración de esa Justicia vendada que acompaña estas letras, tecleando en una vieja máquina donde solo se lee una palabra. La espada y la balanza, arrumbadas a un lado, como si hubieran perdido filo y equilibrio. Y la máquina, pobre, sosteniendo el peso de lo que otros ya no quieren sostener. Si uno mira bien, parece casi un aviso: si la justicia falla, que al menos no falle el periodismo. Pero claro, para que no falle, primero tiene que existir.
En Murcia lo sabemos de sobra. Llevamos dos décadas de titulares que podrían llenar una enciclopedia del disparate: La Zerrichera, Novo Carthago, Umbra, Barraca, el caso Auditorio, la desaladora de Escombreras… Una colección de tramas que, si no fuera porque nos han costado mucho dinero y dignidad, serían material de comedia costumbrista. Y, aun así, cada vez que estalla un caso nuevo (véase el de las prótesis o actitudes y prácticas como las del fiel escudero del alcalde de la capital recientemente fallecido) la reacción es la misma: un encogimiento de hombros, un “esto ya lo he visto”, un bostezo democrático. La corrupción, aquí, se ha convertido en ruido blanco.
Catálogo de sombras
Mientras tanto, el país entero se entretiene con su propio catálogo de sombras: Kitchen, Koldo, comisiones en plena de pandemia, espionajes de andar por casa pagados con dinero público, intermediarios que aparecían como setas en otoño en la Sierra de María, uso de los recursos del Estado para combatir adversarios políticos… Todo ello aderezado con declaraciones grandilocuentes, dimisiones in extremis y un ecosistema político que parece vivir instalado en el ya si eso mañana.
Ilustración | NANA PEZ
Pero lo más inquietante no es lo que vemos, sino lo que no vemos. Ahí es donde aparece Los dueños del Estado (Península, 2026), un libro escrito por el periodista Rafael Méndez (Murcia, 1975), que lleva años metiéndose en los sótanos del Estado. Y lo que cuenta es, literalmente, de escalofrío. “La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”, afirma. Y uno entiende de golpe por qué tantos escándalos se repiten como si fueran fotocopias mal hechas.
Operar en silencio
Porque mientras miramos a los políticos —que al menos salen en la tele y se llevan los abucheos—, hay abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes y otros altos funcionarios que operan en silencio, sin foco, sin desgaste, sin preguntas. Méndez lo explica con una claridad que debería sonarnos a alarma: “Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad”. Y claro, cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.
En su investigación, Méndez se topó con un Consejo de Estado donde había “sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados”. Todo público. Todo a la vista. Todo normalizado.
Y aquí es donde la imagen de la Justicia vendada escribiendo “PRENSA” cobra sentido. Porque si la prensa no mira ahí, nadie lo hará. Y si nadie lo hace, el sótano seguirá oliendo a humedad institucional.
El libro de Rafael Méndez ya va por su segunda edición. | Fotografía: ASIS AYERBE
Tiempo y paciencia
El problema es que el periodismo de investigación no vive su mejor momento. Las redacciones trabajan con urgencias constantes, con la presión de la audiencia, la precariedad y la debilidad de las empresas. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia. Y claro, tiempo y paciencia son dos lujos que no cotizan bien en un mercado donde lo que manda es el clic, el trending topic y el titular que se comparte sin leer. Pero si renunciamos a ese periodismo, ¿qué nos queda? ¿Notas de prensa? ¿Declaraciones enlatadas? ¿Versiones oficiales que nadie contrasta?
En Murcia, donde ya hemos visto cómo se diluyen responsabilidades entre informes, sobreseimientos y silencios administrativos (amén de la complicidad funcionarios y despachos bien conectados con los lobbies de la agroindustria y el ladrillo), sabemos que sin periodistas que bajen al barro, la corrupción se convierte en paisaje. Y en el resto de España, se sigue demostrando que el poder siempre encuentra nuevas formas de esconderse, la necesidad es aún mayor. Por tanto, el periodismo de investigación no es un lujo. Es una linterna. Y sin linterna, el sótano gana.
Iluminar la penumbra
A la vista de los enredos judiciales de los últimos tiempos necesitamos como el comer que alguien cuente lo que ocurre. Y ese alguien, nos guste o no, sigue siendo la prensa. Con sus errores, sus prisas, sus precariedades… pero también con su capacidad única de iluminar lo que otros prefieren mantener en penumbra.
En un país donde “todo el mundo lo sabe, pero nadie lo ha contado”, como le repetían a Méndez cuando investigaba, la diferencia entre democracia y simulacro está, muchas veces, en una libreta, una grabadora y un periodista que decide no mirar hacia otro lado. Y eso, aquí en Murcia, también lo sabemos a un palmo del suelo.
En mitad de este escenario salpicado de estupores, sumarios, registros, autos y tregua sí o tregua no, nos llega un documento que uno abre con la misma actitud con la que mira la factura de la luz: miedo, resignación y la sospecha de que algo muy grande se nos está escapando. Que ahí afuera hay un alien que asoma la cabeza. La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, entra justo ahí, en ese territorio donde la tecnología promete salvarnos mientras nos va convirtiendo en datos. Un recordatorio de que, mientras discutimos si la Inteligencia Artificial nos va a quitar el trabajo o solo las ganas de pensar, quizá estemos levantando una torre de Babel con fibra óptica.
En vísperas de llegar a España, con una imagen que choca con la de los machos alfa embarcados en guerras, invasiones e intrigas por doquier, resulta que el Papa que vino de los Estados Unidos nos dice sin rodeos que la IA corre el riesgo de “reducir a las personas a simples engranajes de un sistema” y de delegar decisiones en máquinas “que carecen de compasión, misericordia y perdón”. Ahí es nada.
Torres de datos
La encíclica plantea una imagen potente: construir Babel o reconstruir Jerusalén. Babel es ese proyecto de uniformidad, de traducirlo todo —incluida la persona— en rendimiento. Jerusalén, en cambio, es el camino de Nehemías: escuchar, reconstruir vínculos, repartir responsabilidades. Y uno piensa: ¿qué estamos levantando aquí, en estas ciudades invadidas por coches y escasamente ciclables? ¿Una torre de datos que nos vigila o una ciudad donde aún se pueda hablar sin que un algoritmo complete la frase?
Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que ya vivimos en Babel: algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos, qué opinamos; plataformas que saben más de nosotros que nuestra madre; y un mercado digital que, como recuerda el Papa, está controlado por “grandes entidades corporativas transnacionales” que no rinden cuentas a nadie. Es la economía oculta de la IA. El tecnofascismo desarrollado por las teorías poshumanas y transhumanas de Silicon Valley.
Mientras aquí discutimos si ChatGPT escribe mejor que un becario, el texto recuerda que detrás hay “millones de personas mal pagadas que etiquetan datos” y menores que extraen minerales para nuestros móviles. Es decir, que la nube tiene barro, y del espeso.
Infografía sobre la encíclica Magnifica humanitas generada por IA
Recupera la Doctrina Social de la Iglesia
León XIV insiste en que la técnica debe servir al bien común, no a la idolatría del lucro. Y recupera principios de la Doctrina Social de la Iglesia que suenan casi revolucionarios en tiempos de patentes y monopolios: el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la justicia social. En el entorno digital, dice, los datos deberían gestionarse como bienes comunes. Imaginemos eso aplicado a las plataformas que usamos cada día: sería como pedirle a la Plaza Circular de Murcia que dejara de ser una rotonda y se convirtiera en un ágora. Difícil, pero hermoso.
También mete el dedo en la llaga del progreso sin límites. Advierte contra la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad, como si ser humanos fuese un error de fábrica. Frente a eso, recuerda que “la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso”. Vamos, que no necesitamos ser perfectos: necesitamos ser decentes.
Y luego está la advertencia sobre el lenguaje. Pide evitar “las palabras que humillan o enfrentan” y optar por la claridad que ilumina. En tiempos de redes sociales donde cada tuit es una pedrada, esto suena casi revolucionario. O ingenuo. O ambas cosas.
Qué mundo queremos
La pregunta final es sencilla y brutal: ¿qué queremos que sea la tecnología? ¿Una torre que nos vigila desde arriba o una ciudad que reconstruimos entre todos? La respuesta podría estar escrita en cualquier muro de nuestros barrios: “Nadie se salva solo, tampoco en la red”. La tecnología puede curar, conectar y educar, pero también puede dividir, descartar y deshumanizar. Y la primera decisión no es si decimos sí o no a la IA, sino qué tipo de mundo queremos construir con ella.
Quizá ahí esté la clave. No se trata de apagar la IA ni de abrazarla como si fuera la nueva patrona. Se trata de hacerla habitable, discutible, plural. De que no decida por nosotros. De que no convierta la vida en un Excel. De que no nos robe la conversación, que es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla. De ahí su apuesta por cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo, porque es tiempo “para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”. Y, sobre todo, de recordar que seguimos siendo humanos. Magníficamente humanos, incluso cuando la tecnología nos mira desde arriba como si fuéramos un dato mal formateado.
Estamos en la recta final del curso escolar. Que se lo digan a esos chavales y chavalas que apuran los últimos días antes de comparecer ante ese juicio sumarísimo que son las pruebas de acceso a la universidad. Las viven como nosotros lo hicimos en su momento con la temida Selectividad. No quiero hacer spoiler pero, como sé que no leerán esta columna, al final descubrirán que la cosa no era para tanto. Eso sí, a sus nervios se suma la ansiedad desbocada de esos progenitores que parecen engrosar la lista de aspirantes en busca del aula donde examinarse.
Porque a un palmo del suelo —y a veces con el manillar un poco torcido— uno descubre que la educación de los hijos se ha convertido en una especie de deporte de riesgo… pero para los padres. No para los críos. Ellos, en realidad, siguen siendo bastante buenos en lo suyo: aprender, equivocarse, levantarse, volver a equivocarse y, si hay suerte, llegar a clase o a otros lugares deseados sin haberse estampado contra un contenedor. Lo de siempre.
Sobreprotección en los pasillos
Un fenómeno curioso es la sobreprotección que se cuela en los pasillos de los colegios e institutos. Profesores que reciben correos a medianoche porque “mi hijo dice que le has puesto un 7 y él siente que es un 9”. O padres que exigen reuniones urgentes porque su criatura ha descubierto que estudiar cansa. La escuela se convierte entonces en un campo de batalla donde los adultos discuten mientras los niños observan, aprendiendo —sin querer— que la responsabilidad es negociable y que siempre habrá alguien para sacarles del apuro.
La educación no es un servicio de atención al cliente. La de verdad, la que deja huella, necesita que los padres demos un paso atrás. Que confiemos. Que aceptemos que un suspenso no es una tragedia, sino un aviso. Que un conflicto en el patio no es un drama, sino un ensayo general de la vida adulta. Y que una profesora, un profesor, no son enemigos, sino unos verdaderos aliados.
Adultos con problemas
A estas alturas de la película no quedarán dudas de que buena parte del problema somos nosotros, los adultos, que hemos decidido que la infancia, la adolescencia y, si me apuran, la juventud, son territorios minados de los que solo se sale indemne si mamá y papá van despejando el camino como si fueran una brigada de artificieros. Y claro, así no hay quien crezca. Ni quien pedalee.
Cuando ahora contemplo a esos padres y madres que llevan a sus hijos hasta la misma puerta del centro escolar (y si les dejasen, los sentarían en el aula) recuerdo a finales de los 90 uno de los momentos más especiales vividos en los Países Bajos. Niños y viejos, madres y ejecutivos, todos en bici a primera hora de la mañana, camino de sus ocupaciones. Unos, al cole. Otros, a sus recados. Ellas y ellos a sus trabajos. Y por encima de todo, el respeto a quien circula sobre dos ruedas.
Ilustración | NANA PEZ
Cultivar la autonomía
Creo que coincidirán conmigo en que la autonomía no se enseña con discursos, sino con distancia. Con ese gesto tan poco moderno de cortar los lazos, que no es abandono ni desamor, sino la única forma de que un chaval, una chavala, descubran que pueden sostenerse sin que les sujeten el manillar. Que pueden cruzar una calle, resolver un conflicto, entregar un trabajo tarde y asumir las consecuencias sin que un adulto los rescate como si fuera un diplomático en misión internacional.
Cada generación cree que la anterior lo hizo fatal. Esto también es un clásico. Los de ahora dicen que los de antes eran demasiado duros. Los de antes dicen que los de ahora son demasiado blandos. Y así, generación tras generación, como si la educación fuera una especie de competición olímpica en la que siempre ganan “los de antes”.
Dejemos espacio
Pero la verdad es más sencilla: educar siempre ha sido un lío, y cada época ha tenido su propio monstruo bajo la cama. Antes era la calle. Luego la tele. Después los videojuegos. Ahora el móvil. Y en todas, los padres hemos tenido la tentación de pensar que, si controlábamos lo suficiente, el mundo no haría daño a nuestros hijos. Nuevo spoiler: el mundo siempre encuentra la manera.
La paradoja es que la autonomía solo florece cuando dejamos espacio. Cuando permitimos que los hijos se equivoquen sin convertir cada tropiezo en un expediente. Cuando entendemos que proteger no es impedir, sino acompañar. Cuando aceptamos que la bicicleta, tarde o temprano, hay que soltarla.
Quizá por eso, cada mañana, cuando pedaleo por Murcia camino del trabajo, no puedo ocultar el brillo en la cara al cruzarme con chavales que van a clase en bici, con esa mezcla de torpeza y valentía que solo se tiene a los quince años. Y pienso que ahí, en ese equilibrio inestable, está la educación que funciona: la que se sostiene a un palmo del suelo, sin manos, con viento en la cara y con la certeza de que, si caen, sabrán levantarse solos.
Hay semanas en las que salir en bicicleta por Murcia es como intentar avanzar entre una nube de mosquitos informativos: pedaleas, esquivas, respiras… y aun así acabas tragándote alguna de las innumerables noticias absurdas que te dejan peor que evitar la maleza en el carril bici del puente de la Ronda Sur. Y mientras mantienes el equilibrio y maldices al coche que te adelanta sin dejarte el dichoso metro y medio, piensas que quizá Éric Vuillard tenía razón en El orden del día (Tusquets Editores, 2018): la Historia no avanza a golpes épicos, sino a base de pequeñas miserias envueltas en papel oficial.
La realidad progresa con esa misma mezcla de solemnidad y absurdo que él retrata: pasos silenciosos, gestos mínimos, decisiones que parecen inofensivas hasta que, de pronto, ya es demasiado tarde. Un texto que, además, te mira con esa media sonrisa irónica de quien sabe que la Historia no es una epopeya, sino un catálogo de miserias humanas envueltas en papel oficial.
Hombres poderosos
Éric Vuillard reconstruye los engranajes que permitieron el ascenso del nazismo, no desde los grandes discursos ni las fotos en blanco y negro que todos hemos visto mil veces. Lo hace desde los despachos, los salones, las reuniones discretas donde se decide el mundo mientras alguien sirve café.
La escena inicial es un ejemplo perfecto: los grandes industriales alemanes —Krupp, Siemens, IG Farben, Opel, Bayer…— entrando en fila para financiar a Hitler como quien firma un convenio de proveedores. Vuillard los retrata con una ironía que corta: hombres poderosos, trajeados, respetables, que pasan a la Historia no por su visión, sino por su comodidad moral. No me negarán que este escenario recuerda a esas imágenes de los magnates del petróleo reunidos en la Casa Blanca a principios de año para repartirse el botín del crudo venezolano.
Ritmo más humano
Lo que hace que el libro funcione no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Vuillard escribe como quien abre una ventana en una habitación cerrada: entra aire, pero también polvo. Su prosa es breve, punzante, casi cinematográfica. No pretende ser neutral —y menos mal— porque la neutralidad, en ciertos temas, es otra forma de complicidad. Él señala, acusa, ilumina. Y lo hace sin levantar la voz.
Leyéndolo desde Murcia, desde este rincón donde la vida discurre a un ritmo más humano, uno no puede evitar pensar en la fragilidad de la normalidad. En cómo los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños: una reunión, una firma, un “no es para tanto”, un “ya veremos”. Y en cómo la Historia, esa señora tan solemne, suele avanzar gracias a la suma de decisiones tomadas por gente que solo quería que nada cambiara… aunque eso significara permitir lo peor.
Ilustración | NANA PEZ
Catálogo de miserias
La historia en minúscula de esta semana ha sido un catálogo de miserias. Para empezar, el viaje de la presidenta de Madrid a México, que ha generado más ruido que un camión de butano repartiendo por las olvidadas pedanías de la capital o por los barrios castigados de Cartagena o Lorca. El ruido y la estridencia, amén del victimismo, son la esencia del fango en el que retozar y en el que se sienten cómodas las ilustres figuras de la oleada ultra que nos envuelve.
Luego llega el crucero del hantavirus, que suena a novela de Stephen King, pero es tan real como el bolardo que casi te comes ayer en Floridablanca (en otros carriles no los encuentras, porque no los han repuesto). Un barco entero pidiendo fondear por indicación de la OMS y un Gobierno, el de Canarias, diciendo que no, que bastante tienen ya con el riesgo de las ratas nadadoras. Y tú, que solo querías llegar al trabajo sin que te abran la puerta de un coche en la cara, imaginas a los pasajeros del crucero preguntándose en qué momento su viaje de relax se convirtió en un escape room epidemiológico.
Jefes y jefecillos
Y como guinda, Trump viaja a China. Un viaje que genera más tertulias que la última reforma del tráfico en Murcia. Y Florentino Pérez sale a la palestra para defender como un fortín a su club que maneja con mano de hierro y que le da esplendor para todos sus negocios, desde la construcción a los servicios sociales. Dos jefes blancos, mayores, creídos para la gloria y misóginos. Todo un pack que permite su visibilidad mediática
Por si faltaba algo, el Congreso suspende cautelarmente a Vito Quiles y Bertrand Ndongo por sus prácticas de agitación. Y tú, que pedaleas por la orilla del Segura intentando no caerte en un socavón, te ves atrapado en un debate nacional sobre convivencia parlamentaria, libertad de expresión y el misterioso arte de convertir la política en un talent show donde nadie canta, pero muchos desafinan.
Gestos pequeños
En ese momento recuerdas otra idea de Vuillard: que los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños, casi invisibles. Una reunión, una firma, un “no es para tanto”. Y piensas que quizá la verdadera tragedia contemporánea no es la noticia escandalosa, sino la acumulación de todas ellas, ese bombardeo constante que nos deja aturdidos, como en la ilustración de Nana Pez que acompaña esta columna.
Frente a ello, la serenidad, que no consiste en mirar hacia otro lado, sino de frente sin dejarse arrastrar por el ruido. Porque incluso cuando la Historia se acelera, incluso cuando los titulares parecen terremotos, el suelo sigue ahí, firme, esperando a que volvamos a pisarlo, aunque sea a un palmo.
Hay periódicos que se leen y periódicos que se viven. Hay periódicos en los que uno se siente cómodo, como el que tiene entre sus manos. Y luego está El País, que durante medio siglo ha sido, para muchos, algo así como un DNI emocional. No es solo un diario: es una marca, un equipo, un modelo, un olor a tinta que se te queda en los dedos y en la memoria. Tener El País entre las manos, bajo el brazo, en el portaequipaje de la bici, ha sido un signo de identidad. Y vaya si lo ha sido.
Mi infancia siempre estuvo vinculada con periódicos y revistas. En aquellos años 70, todos los días llegaba a casa un ejemplar de La Verdad de Alicante, por el hecho de que mi padre fuese corresponsal del pueblo en el que vivíamos. Era un detalle. Pero incluso antes, al crecer en medio de un ambiente social muy politizado, también lo hacían a menudo ejemplares de Sábado Gráfico, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo… y, posteriormente, Posible, Ciudadano, Cambio 16, etc. Qué decir de la revista, entonces quincenal, Noticias Obreras, sucesora del Boletín de la HOAC, en la que publiqué por primera vez en la primavera de 1976 un poema social sobre aquellos convulsos meses de conflictividad laboral.
En el recreo
Mi relación con El País, sin embargo, empezó en Yecla, en plena adolescencia, cuando uno aún no sabía quién era pero ya intuía qué quería leer. Al quiosco llegaba con un día de retraso porque entonces los diarios de Madrid viajaban más despacio que las noticias. Pero daba igual: lo importante era alcanzarlo en el recreo, abrirlo como quien abre una ventana y sentir que el mundo estaba un poco menos lejos.
Luego vinieron los años de estudiante en Madrid, ese tiempo en que uno aprende a vivir con lo justo: leche, pan, apuntes y El País. Era gasto común, casi un impuesto revolucionario de la vocación periodística. No se leía: se militaba. Se coleccionaban las tazas de los Beatles, los anuarios de fin de año, las promociones absurdas que hoy ya no significan nada pero entonces eran un tesoro. Y se soñaba —claro que se soñaba— con escribir allí algún día.
Ingenuidad y coraje
Hubo incluso aventuras de esas que hoy sonarían a locura. Como aquella noche del 86 en que quien suscribe se plantó en la sede de la calle Miguel Yuste para subirse a una furgoneta de reparto rumbo al País Vasco, camino del homenaje a Yoyes, asesinada un mes antes por sus antiguos compañeros de ETA. Era tal la fusión con el periódico que hasta uno se emocionaba junto a sus repartidores atravesando la Nacional I, con control de la Guardia Civil incluido. Y uno imagina la mezcla de ingenuidad, coraje y hambre de mundo que se tiene a los veinte años.
También estaban los ídolos de entonces: Fernando Jáuregui, Bonifacio de la Cuadra, Soledad Gallego Díaz… o Juan Arias, con sus crónicas desde Italia que hacían llorar a estudiantes de periodismo que aún no sabían que la emoción también es una forma de información. El entierro de Enrico Berlinguer, uno de los padres del eurocomunismo, lo viví a través de esas páginas como si hubiera formado parte de cortejo del millón de personas que lo despidió en Roma.
Ilustración | NANA PEZ
Y los veranos en la playa, cuando el ritual aún consiste en ir temprano al quiosco, comprar el ejemplar y leerlo en la terraza, junto a una taza de café, “de cabo a rabo”, crucigrama incluido, como quien se toma el pulso a sí mismo.
Con los años, como en cualquier relación larga, hubo bandazos. Porque El País nunca ha sido tan de izquierdas como algunos quisieron creer, especialmente en temas económicos, pero tampoco ha dejado de ser el periódico de referencia para quienes crecimos con él. La contradicción también forma parte del cariño. Como las consecuencias del ere de sus trabajadores –entre ellos, Ramón Lobo- que lo vivimos muchos lectores como si nos hubiesen echado a nosotros a la calle.
Admiración por el papel
Hoy, en plena era del clic, contemplo con admiración a quienes acuden al quiosco a por su ejemplar en papel. Y me reconozco en ellos, al ser parte del club. Porque hay objetos que se adhieren a la piel, y un periódico es uno de ellos. No por nostalgia, sino por compañía. Por las columnas de Manuel Vicent, por las firmas nuevas, por las reseñas de Babelia o la ironía de Íñigo Domínguez, por esa sensación de que, mientras haya alguien que escriba y alguien que lea, el mundo seguirá teniendo un poco de sentido.
Y sí, quizá resulte paradójico escribir esto en un diario que no es El País. Pero así es la vida: uno puede querer a varios periódicos a la vez, igual que quiere a varias ciudades, varios bares o varias etapas de sí mismo. Lo importante es reconocer de dónde viene cada pedazo de nuestra identidad. Y en la mía, como en la de tantos, siempre habrá un ejemplar doblado bajo el brazo o en el portaequipaje de la bici, un quiosco de verano y un chaval de Yecla leyendo un periódico que llegaba tarde… pero llegaba.
En Murcia, cuando empieza a oler a verano, la ciudad se convierte en un tablero de ajedrez jugado por gente con prisa. El coche que te adelanta como si la Gran Vía fuera la M‑30, la furgoneta en doble fila “un momentico”, el repartidor que se juega la vida en cada rotonda… y tú, en la bici, haciendo equilibrios como quien encadena contratos temporales: hoy carril, mañana bordillo, pasado un “ya te apañarás”. Y justo ahí, en mitad del zigzag, llega el Primero de Mayo y te recuerda que el trabajo —eso que debería sostener la vida— a veces la muerde.
Hay quienes lo han dicho sin rodeos, como en el manifiesto de la HOAC de Murcia: esta Región se sostiene sobre espaldas que casi nunca salen en la foto. Las de quienes trabajan en las fincas del Campo de Cartagena, Mazarrón o el Guadalentín; en el manipulado de fruta; en la hostelería que “nunca descansa”; en los cuidados invisibles; en los barrios donde la precariedad se nota “más que las estadísticas”, en los servicios públicos. Con el parte real del día: jóvenes que no pueden emanciparse, mujeres con doble jornada y brecha salarial, personas migrantes sosteniendo sectores enteros desde la vulnerabilidad. No es un panfleto: es un aviso de alerta naranja.
Álbum familiar
Y ahí, inevitablemente, me sale el álbum familiar. Mi padre —mecánico fresador— volvía a casa con resto de grasa en sus agrietadas manos y esa dignidad callada de la gente que no presume. De niño fui testigo de sus reuniones en un lúgubre local del centro de Ibi como enlace sindical del Sindicato Vertical en la industria juguetera y del metal. Dicho hoy suena a arqueología, pero entonces era pelear ‘infiltrado’ lo posible donde se podía: mejorar horarios, apretar por seguridad, actuar entre el taller y una estructura pensada para que nadie levantara la voz. Tenía clara su conciencia de clase y su lugar en el mundo. Y eso, aunque no lleve sello, es doctrina social de la buena.
Como mi madre, maestra, por otra vía: la de la renovación pedagógica cuando renovar era ponerse en el punto de mira y del lado de los más vulnerables. Más tarde, su compromiso en el recién creado Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza -y después en CCOO– fue la prolongación natural de entender la escuela como herramienta de justicia. Ella me enseñó que “derechos” y “deberes” solo se sostienen si la vida cotidiana los acompaña. Y que sin organización, la buena voluntad dura lo que dura un recreo.
Iglesia que dialoga
Por eso me encaja tanto que el Primero de Mayo sea también la fiesta de san José Obrero, y que la Iglesia —cuando está fina— no venga a dar lecciones, sino a dialogar con el mundo del trabajo, a apoyar demandas justas, a “colaborar con la sociedad civil” para afrontar los problemas reales. Lo saludable no es solo respirar menos humo en Ronda Sur: es trabajar sin miedo, sin precariedad, sin que la vida se deshilache por los bordes.
Hay una frase que debería estar en cada rotonda: “ninguna economía es legítima si deja atrás a quienes hacen posible la vida”. Traducido al carril bici: si tu modelo depende de que alguien pedalee (o coseche, o cuide, o friegue) con el corazón en la boca, es que vas sin luces… y sin frenos. Y hay otra: la esperanza “no es ingenuidad”. Es la certeza de que cuando las personas trabajadoras se unen, dialogan y se apoyan, la sociedad avanza. Incluso cuando el coche te pita, cuando el carril se corta, cuando te empujan a la cuneta. Avanza, porque si no, te acostumbras.
Trabajo digno
A menudo me acuerdo en cada cruce, donde siempre hay alguien jugándose la vida para llegar a fin de mes, de mi padre y su fresadora, de mi madre y su claustro, y de esa idea sencilla y exigente: trabajo digno para una vida digna. Que el semáforo en rojo no sea un estorbo, sino una invitación a parar y pensar.
Porque detrás de cada “trabajo digno” hay una vida concreta: la de quien vuelve reventada y aun así hace la cena; la de la quien cuida a otros y nadie la cuida; la del que cruza media ciudad en bici para después subirse a una furgoneta; la del que, en muchos lugares, no vuelve a casa.
No acostumbrarse
A veces me preguntan si sirve de algo escribir estas cosas. Yo qué sé. Pero sé esto: mientras vea a alguien con chaleco reflectante al borde de una rotonda, o a una limpiadora saliendo con el sol bajo, o a un chaval esquivando coches con una mochila de reparto, me haré una promesa doméstica: no acostumbrarme. Porque el mundo se sostiene por gente que no sale en los titulares o en el TikTok. Y el Primero de Mayo existe para recordarlo.
Una noche de esta semana regresaba desde la Vega Baja del Segura a casa tras participar en la presentación del libro Trabajo humano, el reto pendiente (Ediciones HOAC, 2025) de Francisco Porcar, y me preguntaba si seguía teniendo sentido reflexionar sobre el mundo obrero. En concreto, construir una cultura del cuidado como utopía en torno al trabajo. No voy a negar que tenía mis dudas, sobre todo ante lo que está cayendo en el mundo, y la sensación de que somos una minúscula partícula en este gran tablero de la geopolítica.
Dos momentos de la presentación del libro «Trabajo humano, el reto pendiente», el pasado 21 de abril en Callosa de Segura (Alicante)
No obstante, cuando te recuerdan que 3 millones de personas mueren cada año en el mundo por accidentes y enfermedades laborales, o que tan solo en España fallecieron 735 trabajadores y trabajadoras en 2025, entiendes que hay muchas heridas en el mundo del trabajo que reclaman no mirar hacia otro lado. Que la precariedad, la falta de futuro, la desigualdad, el economicismo, la deshumanización y el consumismo son algunas de las lógicas que deterioran la dignidad del trabajo.
Todo en orden
Resulta que hay días en los que uno se levanta, se sube a la bici y piensa que el mundo se ha vuelto un sitio razonablemente normal. Abre la panadería, los críos van al cole, el personal empleado público ficha, los padres y las madres dejan a los niños en la puerta con el café aún caliente. Todo en orden. Y, sin embargo, basta rascar un poco para descubrir que la normalidad es ese barniz que ponemos encima para no mirar demasiado.
Lo recordaba leyendo a Monika Zgustova, que habla de cómo las sociedades se acostumbran al mal sin darse cuenta, como quien se acostumbra al ruido de una obra en la calle: primero molesta, luego irrita, y al final ya ni lo oyes. Y pensé que, sin necesidad de dictaduras ni gulags, aquí también tenemos nuestras pequeñas renuncias diarias, esas concesiones que parecen insignificantes pero que, sumadas, construyen un paisaje moral bastante feo.
Porque el mal no siempre llega con botas militares. A veces llega con zapatillas cómodas y un “bueno, tampoco pasa nada”.
Ilustración | Nana Pez
Pequeñas renuncias
Pasa, por ejemplo, cuando un profesor o una profesora deciden que educar es opcional, que su trabajo consiste en sobrevivir a la mañana y rellenar papeles. Y nosotros, lo dejamos pasar porque “bastante tienen con enfrentarse a las aulas”. Pasa cuando unos progenitores renuncian a ser padres y madres y delegan en la pantalla, en el colegio, en la abuela, en cualquiera que no sean ellos. Y lo justifican con un “es que no tengo tiempo”. Pasa cuando un empleado público —ese que debería ser la cara amable y eficiente de cualquiera de las administraciones— no cumple con su trabajo o te atiende como si le debieras dinero. Y tú, resignado, acabas pensando que “es lo que hay”.
Y así, a base de pequeñas renuncias, vamos construyendo una sociedad que tolera el mal no porque sea malvado, sino porque está cansada. Cansada de protestar, de exigir, de recordar que las cosas pueden ser de otra manera. Cansada de no querer líos.
Cómplices por comodidad
Zgustova cuenta que en los regímenes autoritarios la mayoría de la gente no es cómplice por convicción, sino por comodidad. Que el miedo paraliza, sí, pero también paraliza la pereza moral. Y que los autoritarios —los de uniforme y los de traje caro— se alimentan de esa apatía como quien se alimenta de la luz del sol.
Aquí aún no tenemos dictadores –aunque los identificamos claramente, porque son serviles ante el poderoso-, pero sí adoptamos esa tendencia a mirar hacia otro lado. A pensar que “esto no puede durar”, como si las cosas se arreglaran solas. A repetir que “ya pasará”, como si el deterioro democrático, la crispación política o la chapuza institucional fueran fenómenos meteorológicos.
Principio del fin
Y mientras tanto, seguimos tolerando pequeñas grietas: docentes que no enseñan, padres y madres que no educan, empleados públicos que no sirven y no cumplen, políticos que no rinden cuentas, ciudadanía que no exige. Grietas que, si no se tapan, acaban siendo un socavón.
Quizá la pregunta no sea por qué existe el mal, sino por qué lo dejamos pasar. Por qué nos cuesta tanto decir “hasta aquí”. Por qué preferimos la comodidad de la queja a la incomodidad de la acción. Por qué escogemos mirar hacia otro lado.
A un palmo del suelo, desde la bici, uno ve que la ciudad sigue funcionando. Que la vida, aparentemente, va bien. Pero también ve que, si no espabilamos, un día nos despertaremos y descubriremos que lo que parecía normal era, en realidad, el principio del fin. Y que lo dejamos entrar por pura pereza.
No me negarán que ante nuestros simplistas ojos parecía un blando. Sí, porque el carisma del argentino no aventuraba que pudiera calar en un norteamericano descendiente de latinos y aunque hubiese vivido en Perú. Cuando nos tocaba asumir el modo de analista del Vaticano echábamos de menos al Bergoglio de su visita inicial a Lampedusa o de sus múltiples entrevistas, gestos y presencias de impacto.
Pues nada, aquí estamos con una nueva semana más en la política internacional en la que Donald Trump ha decidido enfrentarse al papa León XIV, como padres que se encaran con el árbitro en el último partido de juveniles de sus hijos o cual matón de patio de colegio. El presidente de Estados Unidos, que nunca ha destacado por su sutileza, acusó al Pontífice de ser “débil”, de no entender la seguridad global y de haber sido elegido poco menos que para fastidiarle la presidencia. Como si el Cónclave fuese una reunión clandestina del Partido Demócrata.
Símbolo de resistencia
La escena tiene algo de tragicomedia. Trump, instalado en la épica de sí mismo, se indigna porque el Papa —ese señor que viste de blanco y habla de paz— recuerda que la guerra no es precisamente un sacramento. León XIV insiste en que la Iglesia tiene la obligación moral de oponerse a la violencia y a los abusos de poder. Nada revolucionario, pero en tiempos de testosterona geopolítica, decir que matar está mal o reclamar el derecho internacional parecen unas provocaciones intolerables.
Lo curioso es que, sin proponérselo, Trump ha terminado por consagrar al Papa. Es como el club de los antisanchistas, que acabará por convertir a nuestro presidente del Gobierno en referente mundial. La arremetida del norteamericano macho alfa ha colocado al otro norteamericano en el centro del escenario moral, lo ha transformado en símbolo de resistencia frente al poder desbocado y lo ha proyectado más allá de los muros del Vaticano. Hay quien va a por lana y sale trasquilado, y luego está quien intenta humillar a un Pontífice y acaba fortaleciéndolo.
Tibieza que parece un susurro
Y mientras esto ocurre en Washington y Roma, en España se juega otra partida. Vox estuvo años criticando al papa Francisco —y ahora a León XIV— por su defensa de los migrantes, su denuncia de los abusos de poder y su insistencia en que la guerra no es una solución. Entretanto, el PP navega con la prudencia calculada de quien no quiere mojarse demasiado. Ante la escalada bélica en Irán, sus portavoces han optado por declaraciones templadas, llamamientos genéricos a la “responsabilidad internacional” y una condena tan suave que casi parece un susurro. No es que no hablen: es que hablan sin decir. En un momento en el que medio mundo discute sobre los límites de la fuerza, la diplomacia y el derecho internacional, la tibieza se convierte en una forma de ruido blanco.
Imagen generada por IA en la cuenta de Trump
Y en el clímax de esta historia está la imagen generada por inteligencia artificial en la que Trump aparece como Jesucristo curando a un enfermo. La representación de un Mesías contemporáneo. El poder convertido en fantasía infantil. La política como disfraz de carnaval. Y como suelen actuar los abusones, con dureza frente a los débiles y sumisión ante el poderoso, en este caso la opinión pública, la retiró sin más.
Autoridad vs divinidad
El análisis psicológico es casi inevitable. Ese mesianismo digital —esa mezcla de narcisismo, tecnología y pensamiento mágico— revela más fragilidad que grandeza. Cuando un líder necesita imaginarse salvador, deja de aceptar límites. Y cuando deja de aceptar límites, deja de aceptar la realidad. El problema no es la imagen en sí, sino lo que sugiere: un dirigente que confunde autoridad con divinidad, y propaganda con identidad.
Mientras tanto, León XIV sigue hablando de diálogo, de multilateralismo, de la obligación moral de frenar la guerra. No es un discurso nuevo, pero sí necesario. Y quizá por eso irrita tanto a quienes prefieren el ruido al razonamiento, la épica al derecho internacional, la fantasía al mundo real.
La fuerza del débil
En este choque entre el poder político y la autoridad moral, el que presume de fuerza aparece cada vez más débil, y el que se presenta como servidor emerge más firme. La paradoja de siempre: la soberbia engrandece al otro. La fuerza del débil, que dirían los teólogos.
Y al final queda una pregunta incómoda: ¿Qué dice de nuestro tiempo que un presidente necesite representarse como Cristo para sentirse validado, mientras un Papa gana autoridad precisamente porque no necesita representarse como nada? Quizá la respuesta esté ahí, a un palmo del suelo: en la diferencia entre quien se cree salvador y quien intenta, simplemente, salvar algo de humanidad en medio del ruido.
Ni la supuesta pasión a borbotones de la Semana Santa, ni la exaltación a una huerta enladrillada fruto de la especulación y la voracidad urbanísticas. Ni, por supuesto, ajeno al dolor de nuevos episodios de esta tercera guerra mundial no anunciada ni declarada oficialmente, uno siente que la actualidad política española es un remake involuntario de sí misma. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian incluso los escenarios —de despachos ministeriales a chats de WhatsApp, de cloacas del Estado a un reparto de malos personajes en busca de autor—, pero la trama es la misma: alguien que cree que el poder es un derecho hereditario y no una responsabilidad prestada.
Ahí estamos otra vez con el caso Kitchen, por un lado, y el caso Koldo o mascarillas por el otro, como si la realidad hubiera decidido programar un ciclo temático sobre la autosuficiencia moral. Espectador durante estos días de las crónicas judiciales, me ha venido a la cabeza aquel artículo que escribí hace años sobre la corrupción como condición, no como acto. Una especie de estado del alma, un clima interior en el que uno se acostumbra a vivir igual que se habitúa al olor de una habitación cerrada. La persona corrupta, entonces como ahora, no es solo alguien que hace trampas: es alguien que ha construido una autoestima entera sobre ellas.
Autosuficiencia satisfecha
Porque si algo comparten Kitchen y Koldo es esa autosuficiencia satisfecha que describía el papa Francisco en una conversación con el periodista Andrea Tornielli hace diez años: la convicción de que uno no necesita ser cuestionado por nada ni por nadie. En el caso Kitchen, esa seguridad se tradujo en operaciones policiales paralelas, agendas que aparecían y desaparecían, y un uso del Estado como si fuera un llavero personal. En el caso mascarillas, la autosuficiencia adoptó la forma de contratos y pagos en plena pandemia, cuando medio país estaba encerrado contando muertos, además de la compra de voluntades. Dos estilos, mismo perfume.
Fruto de aquel diálogo fue el libro El nombre de Dios es misericordia, en el que Jorge María Bergoglio afirmaba que el corrupto está tan encerrado y saciado en la satisfacción de su autosuficiencia que no se deja cuestionar por nada ni por nadie. Ha construido una autoestima que se basa en actitudes fraudulentas: pasa la vida en mitad de los tajos del oportunismo, a expensas de su propia dignidad y de la de los demás. (…) El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida, indicaba. Como habrá supuesto, querido lector, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Justificación permanente
Y luego está la justificación permanente, ese arte tan español de convertir lo injustificable en un acto de servicio. El corrupto siempre encuentra un motivo noble para su tropelía: el partido, el país, la urgencia del momento, la presión del cargo. En el primero, la excusa era proteger al partido de un extesorero díscolo que tenía retratados a los principales dirigentes del PP; en el segundo caso, la urgencia sanitaria. El fin, ya se sabe, siempre dispuesto a justificar los medios… salvo que no debería. Y el corruptor, en el mismo plano.
Lo más inquietante, sin embargo, es la corrupción no como anomalía, sino como clima. Como un moho que se extiende por las instituciones, por los partidos, por la vida cotidiana. Un fenómeno que, lamentablemente, no distingue siglas. Y, mientras tanto, la ciudadanía mirando, resignada, como quien observa una gotera que ya no sabe si viene del vecino del piso de arriba o del edificio entero.
No mirar a otro lado
Además, contamina la existencia. No solo la del corrupto, sino la de todos. Pudre el sentido de las instituciones, erosiona la confianza, convierte la política en un ejercicio de sospecha permanente. Y lo peor es que nos acostumbra. Que empezamos a ver normal lo que debería escandalizarnos cada mañana.
A ese monstruo solo se le puede combatirse desde lo pequeño. Desde no mirar hacia otro lado, desde no aceptar la impunidad como paisaje, desde exigir que la Justicia —esa que tampoco está libre de tentaciones— haga su trabajo sin presiones ni atajos. Y quizá ahí esté la clave para entender por qué estos juicios importan, más allá de las siglas: porque nos recuerdan que la democracia no se sostiene sola.
Cansancio e incredulidad
Mientras llega el milagro de que la persona corrupta reconozca lo hecho, restituya lo robado y asuma su responsabilidad, seguiremos asistiendo a estos juicios como quien ve una serie que ya se sabe de memoria. Con ironía, con cansancio, con un punto de incredulidad. Y con la esperanza —pequeña, testaruda— de que algún día dejemos de escribir artículos sobre corrupción porque, sencillamente, no haya nuevos casos que comentar. Aunque, siendo sinceros, igual eso sí que es ciencia ficción.
Dos acontecimientos recientes han despertado en mi memoria la esencia de sentirme un hijo de la clase obrera. Uf, cómo suena esa expresión, “clase obrera”, no “clase media y trabajadora” o “la España que madruga”. El primero de ellos tuvo lugar en un estudio de radio, en el que cada semana el cura Joaquín Sánchez invita a quienes tienen que aportar retazos de esperanza. En mi caso, compartir la vida profesional en esto del periodismo y de compromiso social desde la HOAC, el movimiento de la Iglesia en el mundo obrero en el que me he criado y milito.
Militar es un verbo que tiene su miga, “militar”, sobre todo en estos tiempos líquidos en el que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse. Tiempos de incertidumbre, de separación del poder y la política, del debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían a la persona, o la renuncia al pensamiento y a la planificación a largo plazo.
Ambiente familiar
En esa conversación se despertaron infinidad de recuerdos en torno a un ambiente sindical y político en una familia que, en ocasiones, me ha llevado a sentir que no tuve infancia. Desde el final del franquismo y el miedo a lo que pudiera pasar, a las dudas de la Transición y a las experiencias de aquel movimiento anti-OTAN de los años ochenta. Todo ello salpicado con la publicación de una poesía social a los once años y las primeras colaboraciones en prensa escrita. Reconocía el orgullo de ser hijo de un mecánico fresador y de una maestra embarcada en la educación popular.
El segundo escenario se sitúa en la lectura de Amianto (Hoja de Lata, 2014), novela del escritor toscano Alberto Prunetti. Este es uno de los textos del primer año del Club de Lectura de CCOO, una iniciativa que pretende recuperar la cultura obrera. En este caso, en torno a la historia de Renato, que su oficio de soldador le condujo a una muerte prematura a causa del amianto. Es una historia obrera contada por su hijo, universitario, traductor, “trabajador cognitivo precario”. Una historia anticapitalista, de lucha por un trabajo digno, con estampas muy reconocibles por quienes nos sentimos hijos de la clase obrera.
Verdad desnuda
“Los callos en las manos de los obreros son bonitos”, escribe el hijo. Y uno piensa que sí, que quizá lo único verdaderamente honesto que queda en este mundo son esas manos que cuentan la vida sin necesidad de palabras. Son las manos callosas de mi padre, de nuestros padres, con sus monos azules que debían volver a relucir cada lunes.
Porque los callos no engañan. No son como los currículums de ahora, llenos de verbos en inglés y cursos de productividad y de inteligencia artificial. Son la verdad desnuda: horas, frío, calor, golpes, herramientas que pesan más que la hipoteca. Y, sobre todo, una memoria que no se borra. Cada callo es un recordatorio de que hubo un tiempo —no tan lejano— en que el trabajo se hacía con el cuerpo entero, no con el ratón y la nube. El prólogo de Isaac Rosa nos habla de ello.
Alberto Prunetti (a la derecha) ha sido uno de los autores escogidos en esta primera edición del Club de Lectura de CCOO.
Conflicto social
Vivimos instalados en la fantasía de que el trabajo duro ya no existe. Que las fábricas se han convertido en lofts y los obreros en emprendedores. Que las cosas se fabrican solas, como los tomates que aparecen en el súper sin que nadie los haya recogido. Y así nos va: invisibilizando a quienes sostienen el mundo para no estropear la foto del progreso. Caemos en los seductores mensajes de que la clase obrera ha desaparecido, incluso la que nos trae en moto o patinete los menús a casa.
Duele reconocer esta sociedad de clases y del conflicto social. Y más cuando el recuerdo viene impregnado de amianto, ese “asesino silencioso” que mató a tantos trabajadores mientras las empresas miraban hacia otro lado. En nuestra tierra nos lo ha venido recordando desde hace años la Asociación de Perjudicados y Afectados por el Amianto (Apena), con centenares de víctimas en Cartagena, trabajadores de Repsol, Navantia y otras empresas del Valle de Escombreras. Lo más inquietante es que el amianto funciona como metáfora perfecta del capitalismo actual: se cuela sin que lo notes, se instala en tus pulmones, y cuando quieres darte cuenta ya es tarde.
Mientras tanto, nosotros nos contarnos la vida como si fuéramos protagonistas de una serie de Netflix: flexibles, creativos, multitarea. Pero la verdad es que la precariedad nos ha robado hasta el relato. Sentirnos hijos de la clase obrera es reivindicar que la memoria no es un lujo, sino una forma de justicia. Una reparación mínima para quienes levantaron el mundo con las manos y recibieron a cambio enfermedad, silencio y ruinas industriales convertidas en centros comerciales.
Ilustración | NANA PEZ
Artículo: La soledad de los incurables del amianto