“Cuidar bien es contemplar a la persona, no a la enfermedad” 

“Cuidar bien es contemplar a la persona, no a la enfermedad” 

FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)

La doctora Marina Gandía Herrero (Lorca, 48 años), médica de Cuidados Paliativos en el Hospital Morales Meseguer de Murcia, acompaña cada día a personas que viven una enfermedad avanzada y a familias que transitan el miedo, la incertidumbre y la despedida. Su trabajo, lejos de la imagen reducida que aún persiste, es un ejercicio profundo de escucha, presencia y humanidad. Esta conversación es la primera que abre una serie sobre gente que inspira. En un hueco entre los preparativos del XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) -que se celebrará en Cartagena del 8 al 10 de octubre próximos- y su trabajo hospitalario, Marina comparte cómo la vocación nació en una clase de Ciencias Naturales, qué significa cuidar bien y cómo el contacto diario con la fragilidad transforma la manera de vivir. Y con todo ello, inspira. 


– ¿Cómo se describe fuera de la consulta y del hospital?  

– Me describo como una persona alegre y cuidadora. Me gusta cuidar de los míos, y ahí encuentro sentido. Disfruto muchísimo con mi familia y acompañar a mis hijas me da propósito: verlas crecer, ayudarles a tener herramientas, observar cómo se convierten en quienes están llamadas a ser. Pienso mucho en ellas, en lo que les puede aportar lo que ven en mí: ser trabajadora, pero también disfrutona, y al mismo tiempo alguien que piensa en los demás. Me miro a través de ellas. 

– ¿Cuándo nace su vocación médica?  

– Nace muy pronto, con ocho o nueve años, en Primaria, en una clase de Ciencias Naturales. Me fascinaba entender cómo funciona el cuerpo humano. Recuerdo la clase del oído interno, el misterio de que podamos oír porque se mueva una membrana que mueve unos huesecillos fue algo que me despertó una curiosidad enorme. En mi familia no tenía referentes sanitarios, pero sí ese deseo de estudiar el cuerpo humano. Al principio me veía más estudiosa que médica, pero la práctica me enseñó lo que podía aportar además del conocimiento. 

– ¿En qué momento sintió que los cuidados paliativos eran su lugar?  

– Fue una enfermera quien me lo señaló. Me dijo: “Hace falta algo más de actitud paliativa, y me da la impresión de que tú puedes aportar mucho”. Yo estaba sobreviviendo a la residencia, sin ver más allá del día a día, pero ella vio algo en mí. Me introdujo en cursos, me abrió una puerta. Y detrás de esa puerta estaba mi sitio. 

«Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar»

– ¿Qué imaginaba que sería este trabajo y qué descubrió después?  

– Imaginaba que sería aplicar conocimientos, pero descubrí un territorio nuevo: atender la espiritualidad de las personas en etapas finales de vida. Ha sido lo más gratificante. Me ha aportado una dimensión que no esperaba. 

– Para quien asocia los paliativos solo al final de la vida, ¿cómo le explicaría en qué consisten y cuándo deben comenzar?  

– No son solo los últimos días, ni solo morfina, ni solo renuncia. Son una forma de mirar. Una valoración integral: lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo social. El sufrimiento hace que nos sumamos en un caos que hay que ayudar a ordenar. Y ese orden requiere tiempo, escucha, presencia. Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar. 

– Al conocer a una persona con enfermedad avanzada, ¿qué necesita saber además del diagnóstico?  

– Le pregunto directamente ‘qué debemos saber sobre ti para ayudarte lo mejor posible’. Las pruebas nos dicen cómo afecta la enfermedad al cuerpo, pero solo la persona nos dice cómo le afecta a ella. Qué le preocupa, qué valora, qué teme. A veces el síntoma no es físico. Y también el lugar importa: hospital o domicilio, según dónde se sienta más segura, más serena, más ella mismo. 

– ¿Cómo se traduce la escucha en decisiones concretas?  

– La escucha es más importante que el fonendo. La presencia, ese estar de verdad, sostiene todo. En las primeras visitas buscamos crear un vínculo que permita que la persona se sienta acompañada, no solo atendida. 

– ¿Cómo abordas una conversación difícil cuando paciente y familia tienen ritmos distintos?  

– Con formación y con humildad. La comunicación es un arte que debería enseñarse en todas las profesiones sanitarias. Hay que entender qué hay detrás de una pregunta: a veces no es una demanda de pruebas, sino un grito de ‘¿cómo voy a afrontar esto?’. Y ahí hay que entrar con cuidado. 

«Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro»

– ¿Qué necesitan las familias, incluso cuando no saben pedirlo?  

– Seguridad: saber que buscamos lo mejor y que el objetivo común es que el paciente sufra lo menos posible. A veces surgen conflictos sobre informar o no al paciente. Pero lo importante no es la información en sí, sino que sufra lo menos posible. Hay que hacer equipo. Ellas conocen mejor que nosotros a esa persona. 

– ¿Cómo se construye una mirada común entre medicina, enfermería, psicología y trabajo social?  

– Esa mirada es una de las cosas más gratificantes. La interdisciplinariedad multiplica la atención. Falta que psicólogos y trabajadores sociales estén siempre en los equipos, pero aprendemos muchísimo de ellos y de las enfermeras. Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro. 

– ¿Hay algún encuentro que haya cambiado su manera de entender la vida?  

– Muchos. Con pacientes jóvenes es fácil empatizar, sobre todo mujeres con hijos. Su sufrimiento por no verlos crecer nos enseña mucho. También los mayores que afrontan el final con naturalidad y dejan su legado bien cerrado. Son espejos. 

– ¿Qué le han enseñado sobre la esperanza cuando ya no es posible curar?  

– Que la esperanza se modula. Para algunos es presente: una despedida serena, que la familia esté bien. Para otros es trascendental: la impronta que dejan. Aprendemos cada día de esa capacidad de encontrar sentido incluso en la despedida. 

– ¿Cómo influyen estas experiencias en su forma de vivir?  

– Me han enseñado a valorar las pequeñas cosas. Los pacientes que disfrutan de lo pequeño te hacen de espejo. Vivo con más relatividad y agradecimiento. 

– ¿Qué resulta más exigente emocionalmente?  

– No el acompañamiento, que es gratificante. Lo agotador son las dinámicas de la organización: la falta de tiempo, la carencia de una cultura paliativa, la lucha por difundirla. Falta formación reglada en muchas facultades, porque en medicina está pensada para curar. Y cuando no se puede curar, nos quedamos en un abismo. Ese abismo hay que llenarlo de humanidad. 

– ¿Qué prácticas le ayudan a conservar la presencia y no llevarse todo a casa?  

– El equipo. Nos desahogamos juntas, hablamos de lo que nos ha tocado. Este despacho es un oasis. Igual que decimos a los pacientes “cuéntalo”, nosotras también lo hacemos. 

– ¿Recuerda la primera vez que una historia clínica le afectó como persona?  

– Sí, un caso muy grave compartido con medicina interna. Me hizo replantearme cuánto puedo dar y hasta cuándo. Me acompaña y me ayuda a seguir. 

– ¿Ha sentido miedo de no encontrar palabras?  

– Muchas veces. Y no es malo. Al principio intentas llenar vacíos, pero luego ves que a veces no hay palabras. Decir ‘no sé qué decirte’ reconforta. Hay preguntas que buscan presencia, no respuesta. 

– ¿Cómo distingue entre acompañar y cargar con un dolor que no le corresponde?  

– Me queda mucho por aprender. La formación ayuda a dar lo mejor sin que repercuta en mí. Quedarme satisfecha con lo que puedo hacer me permite estar tranquila. 

– ¿Se permite mostrar emociones?  

– Sí. Alegría, admiración, agradecimiento, tristeza. Es bueno para todos. Nos ven como personas que cuidan personas. 

– ¿Hay algún gesto o silencio que le acompañe?  

– Las miradas. Varias miradas profundas de agradecimiento y seguridad. Las recuerdo con nombres y apellidos. 

– ¿Ha cambiado este trabajo la forma de hablar en su familia sobre la enfermedad y la muerte?  

– Sí. Antes tenía líneas rojas sobre cómo no querría vivir. Ahora creo más en la capacidad de adaptación y en los apoyos. 

«He dudado continuar en paliativos por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir» 

– ¿Qué ha tenido que desaprender para cuidar mejor?  

– Las exploraciones complementarias. Las pruebas. En paliativos muchas de ellas no aportan nada. Hay que desaprender esa dinámica de pedir por pedir. 

– ¿Ha dudado en algún momento de continuar en paliativos?  

– Sí, por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir. 

– ¿Qué momentos le hacen pensar ‘por esto merece la pena’?  

– Las personas. Ver la necesidad tan clara. Difundir que los paliativos son un cuidado intensivo. Ensanchar la vida, no alargarla. Transformar el caos en crecimiento, en cierre biográfico, en reconciliaciones. Eso merece la pena. 

– ¿Qué significa cuidar bien?  

– Cuidar a la persona, no al paciente con una enfermedad. Es el lujo de este trabajo: ser más humana y compasiva. 

– ¿Qué le gustaría que recordara una familia que hoy recibe la noticia de que su ser querido necesita cuidados paliativos?  

– Que, aunque impacte, no van a estar solos. Puede ser una despedida serena. 

– ¿Por qué nos resistimos a morir?  

– Porque culturalmente preferimos pensar en otras cosas. Lo hablamos poco y no lo transmitimos a los jóvenes. 

– Incluso les escondemos la muerte a los niños…  

– Efectivamente. Pensamos que así vivirán mejor, pero no es así. La muerte forma parte de la vida y la hace valiosa. Esconderla les impide afrontarla y compartir tristeza o miedo. 


Vivir la pandemia en primera persona 

– ¿Qué le enseñó la pandemia?  

– Por un lado, lo frágiles y vulnerables que somos como seres humanos. Y, por otro, la poca importancia que a menudo damos a lo verdaderamente esencial en la vida. Ver a tantas personas mayores aisladas de sus familias por miedo al contagio me hizo reflexionar profundamente. Tenemos mucho trabajo por hacer como sociedad en este sentido. Durante aquellos meses descubrimos el enorme valor de algo tan sencillo como poder ver a nuestros seres queridos, abrazarlos o compartir tiempo con ellos. Solo cuando tuvimos que sustituir los abrazos por choques de codo y ocultar nuestros rostros tras las mascarillas fuimos plenamente conscientes de ello. Sin embargo, con el paso del tiempo, parece que hemos vuelto a olvidarlo. 

También creo que la pandemia puso de manifiesto que no estábamos preparados para afrontar una situación así. Considero que haber priorizado en algunos momentos la prevención de los contagios por encima de las necesidades relacionales y emocionales de las personas fue, en parte, consecuencia de una cierta inmadurez colectiva. La gran lección es que debemos aprender a proteger la salud sin perder de vista aquello que nos hace humanos. 

– Usted formó parte de los equipos de profesionales sanitarios de voluntarios ‘medicalizaron’ las residencias de ancianos. ¿Qué recuerda al entrar en aquellas instalaciones?  

– Lo que más me impactó fue la soledad con la que muchas personas mayores afrontaron sus últimos días. En las primeras residencias afectadas vimos cómo las familias permanecían fuera por miedo al contagio y teníamos que informarles por teléfono sobre la evolución de sus seres queridos. Aunque podían acudir a despedirse, muchas no se atrevían. Aquellos ancianos acabaron acompañados por quienes más cerca estaban de ellos en ese momento: las enfermeras y auxiliares que los habían cuidado durante años. Fue una situación humana muy dura que reflejó el enorme impacto emocional de la pandemia. 

– ¿Qué sintió al contagiarse de la Covid?  

– Pues mira, me hizo sentir culpable. Al dar positivo, eso implicaba que mis hijas también tenían que guardar cuarentena y someterse a las pruebas correspondientes. De alguna manera, sentí que las estaba arrastrando a una situación incómoda que no habían elegido. En realidad, no teníamos un miedo especial a las consecuencias que la infección pudiera tener dentro de casa, porque confiábamos en que podríamos afrontarla. Sin embargo, todo lo que conllevaba esa situación, las restricciones, las preocupaciones y el impacto en la dinámica familiar, me hizo sentir mal por ellas. Con la perspectiva que da el tiempo, hoy lo veo de otra manera. Creo que aquel riesgo existía y que era un riesgo que había que asumir. Si volviera a encontrarme en la misma situación, actuara igual. 

Fotografía | Juan Carlos Caval – La Opinión de Murcia

 


Un sembazuru para el XV Congreso de la Secpal en Cartagena 

La mesa redonda del ‘oasis’ de la Unidad de Cuidados Paliativos del Morales Meseguer se ha llenado de grullas de origami llegadas desde numerosos puntos de España e incluso desde Colombia. Todas forman parte del sembazuru impulsado por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, una tradición japonesa que consiste en plegar mil grullas, cada una de ellas portadora de un deseo. “En este caso, el anhelo compartido es que todas las personas que viven con una enfermedad grave puedan estar acompañadas por quienes las quieren y las cuidan, y recibir la atención de profesionales formados en cuidados paliativos capaces de aliviar su sufrimiento”, precisa Maria Gandía. Médicas, enfermeras, psicólogas y trabajadoras sociales expondrán todas las grullas recibidas durante el XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), que se celebrará en Cartagena entre los días 10 al 12 del próximo mes de octubre. 

La libre concurrencia… y la libre exclusión 

La libre concurrencia… y la libre exclusión 

Hace más de treinta años nació Traper@s de Emaús en la Región de Murcia de la mano de un grupo de lunáticos que pretendían abogar por un concepto peculiar de empresa social solidaria. Lo hacían con un sencillo lema: “Lo aparentemente inútil para los aparentemente inútiles: un trabajo social y solidario”. De las buenas intenciones repletas de utopía pasaron a concretar una estructura societaria centrada en el reciclaje y la recuperación, similar a la que sus hermanos de Pamplona habían puesto en marcha a partir de la experiencia impulsada por el abbé Pierre desde 1949 en Francia. 

Inserción social y laboral, calidad de vida de todas las personas y compromiso con el entorno natural y humano eran los tres pilares sobre los que se sustentaba ese proyecto. Un proyecto que sentí como propio desde sus comienzos, y así lo reflejé en un artículo publicado en octubre de 1995 y que siempre ha sido una de las primeras cartas de presentación de lo que ha sido la trayectoria de Traper@s Región de Murcia.   

Oscuras perspectivas

Nunca lo han tenido fácil, porque tras constituir la empresa de inserción (de personas en situación de exclusión) dedicada al reciclaje y trabajar con numerosas instituciones públicas ahora se les presentan unas oscuras perspectivas. Y a ello voy. Cuando un modelo funciona durante años, romperlo exige algo más que un “cambio de procedimiento”. Estamos en Molina de Segura, y vemos con sorpresa cómo el Ayuntamiento ha decidido que el contrato de recogida de papel y cartón ya no necesita reservarse para empresas de inserción. Que cualquiera puede presentarse. Que lo social, si eso, ya se verá. 

Y uno se pregunta si de verdad alguien cree que la inclusión socio laboral brota sola, como las acelgas en las acequias o las collejas en mitad del campo. Porque Traperos Recicla lleva más de dos décadas demostrando lo contrario: que la inserción se trabaja, se acompaña, se sostiene y, sobre todo, se financia. 

Artículo publicado en el diario La Verdad el 21 de octubre de 1995.
Laboratorio de contratación

Es bueno saber que desde 2005 las distintas corporaciones municipales han mantenido este modelo mediante la incorporación de cláusulas sociales. Y no es una frase cualquiera: es la constatación de que Molina de Segura ha sido, durante años, un pequeño laboratorio de contratación pública responsable. Un lugar donde recoger papel y enseres no era solo recoger papel, sino dar trabajo a quienes más difícil lo tienen. 

Pero ahora, de repente, el modelo se abre a la libre concurrencia. Y claro, libre concurrencia suena muy bien en los pliegos, algo muy técnico, muy europeo, muy procedimiento abierto. Pero en la práctica significa que Traperos Recicla —una empresa de inserción con 23 contratos de personas vulnerables y una plantilla media de 42 trabajadores— tendrá que competir con empresas que no tienen esa carga social, ni esa misión, ni ese compromiso. Competir con quien solo mira números, no vidas. 

Igualdad de oportunidades

Y aquí es donde uno empieza a sospechar que la pobreza siempre pierde cuando quienes ostentan el poder de decisión política de tomar decisiones en la Administración se ponen tecnocráticos. Porque mientras se habla de eficiencia, de concurrencia y de igualdad de oportunidades entre empresas, se olvida la igualdad de oportunidades entre personas. 

Los ingresos del contrato suponen el 65 por ciento de la financiación total de la empresa. Si se pierde, no hablamos solo de un cambio de proveedor, hablamos de un terremoto social. Traperos Recicla ha invertido más de 250.000 euros en vehículos y equipamientos confiando en la continuidad del modelo. Y ha renovado por cinco años el alquiler del Centro de Preparación para la Reutilización, con un coste fijo de 3.000 euros mensuales. ¿Cómo se llama esto? En cualquier manual de empresa: planificación estratégica. En cualquier manual de Administración Pública: generar confianza en el proveedor social. 

Confianza caducada

Pero en Molina, por lo visto, la confianza ha caducado. La ausencia de reserva puede dificultar seriamente su capacidad para competir en el nuevo procedimiento. Y uno piensa: claro que puede dificultar. Porque competir en desigualdad es competir para perder. Una confianza que sí estuvo con la anterior corporación del PSOE y Podemos, fruto de la cual ambas partes defendieron lo que consideraban justo.

A todo esto se suma la falta de diálogo, un diálogo que sí lo hubo hace años cuando se puso en marcha este tipo de colaboración incluso con un gobierno del Partido Popular de entonces. Ahora, ni una mesa, ni un café, ni un rato para escuchar. Y eso, en política local, es casi una declaración de intenciones. Resulta paradójico que mientras el Ayuntamiento de Murcia pone en valor el trabajo de Traper@s, con visita incluida de su concejala de Bienestar Social a la Comunidad Emaús, el de Molina, con alcalde popular, no dice ni pío.

Porque hablamos de un proyecto de vida para decenas de personas. Que la contratación pública puede ser una herramienta de justicia social. Que Molina de Segura ya lo sabía. Y que olvidarlo ahora sería un error histórico. La libre competencia está muy bien, pero la libre exclusión no debería ser nunca una opción. 


Ilustración | Nana Pez


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Ejercicio de invisibilidad

Ejercicio de invisibilidad

En este verano de incendios, riadas, conversaciones múltiples sobre los calores sobrevenidos y destinos turísticos saturados como si no hubiese un mañana, nos hemos tropezado con la crisis humanitaria de Ceuta, una de las muchas ciudades que viven en el borde como si el mapa las hubiera dibujado con un temblor en la mano. Ciudades y territorios donde las fronteras no son líneas: son grietas. Por ellas se cuela el miedo, la política, la pobreza y, muchas veces, también la humanidad.

Las más de 72.000 personas que cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad autónoma el pasado 30 de julio son una cifra que no cabe en ninguna estadística emocional. Mientras miles de adultos fueron devueltos por mecanismos tan opacos como rápidos de “cooperación bilateral”, como ha denunciado Convivir sin Racismo—, más de mil menores quedaron bajo custodia autonómica, junto a solicitantes de asilo que esperan, como quien aguarda que amanezca, una resolución que no llega.

Convivencia desgastada

Sentimos como propio que la ciudad, agotada, ha hecho lo que ha podido: vecinas y vecinos improvisando acogidas, ONG repartiendo comida en playas convertidas en dormitorios, asociaciones sosteniendo lo que los servicios públicos no alcanzan. Y, sin embargo, lo que más ha dolido no ha sido la precariedad, sino la fractura. Porque la convivencia se ha desgastado hasta el punto de que algunos han confundido el cansancio con odio, y el abandono con permiso para la violencia. Que haya quien incendie pertenencias de recién llegados, quien impida a Cruz Roja repartir agua, quien hostigue a menores, no habla de Ceuta: habla de lo que ocurre cuando una crisis se deja pudrir. Y habla también de quienes han decidido convertir la solidaridad en sospecha, como si acompañar, documentar o asistir fuera un delito.

Leyendo el manifiesto de Convivir sin Racismo, uno no puede evitar recordar lo que Arturo Lezcano describe en El país invisible (Libros del K.O., 2025): la historia de cientos de miles de gallegos que, en dos oleadas entre 1880 y 1960, emigraron a América buscando lo mismo que hoy buscan quienes llegan a Ceuta. No eran héroes ni aventureros: eran trabajadores pobres que partían con una maleta de cartón y un futuro prestado. Y, como los migrantes de hoy, fueron invisibles.

Desaparecer sin ruido

Invisibles en los censos, invisibles en las leyes, invisibles en la memoria. Invisibles cuando trabajaban en los puertos de Buenos Aires o Nueva York, en las cocinas de Caracas, Ciudad de México, Salvador de Bahía o Río de Janeiro, en las haciendas de Cuba. Invisibles cuando enviaban remesas que levantaron casas y escuelas en Galicia mientras ellos seguían siendo “los de fuera”.

Lezcano lo resume con una frase que atraviesa el tiempo: “La emigración gallega fue un país entero que desapareció sin hacer ruido”. No podemos negar que hoy, en Ceuta, ocurre lo mismo: un país entero que llega sin hacer ruido, pero sobre el que se grita demasiado.

Criminalizar la solidaridad es degradar la democracia. No hay frontera que exima del cumplimiento de la ley, ni territorio que permita excepciones en derechos humanos. La política migratoria no puede convertirse en un campo de batalla donde unos defienden la “integridad territorial” mientras otros cargan con la intemperie.

En las concentraciones convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias participaron miles de personas bienintencionadas que expresaron su solidaridad con los ceutíes. Pero el apoyo no puede ser un disfraz para movilizaciones contra las personas migrantes, ni un altavoz para quienes buscan convertir una crisis humanitaria en un arma partidista.

Una mirada distinta a la frontera

Ceuta necesita recursos, coordinación, transparencia. Necesita que se investigue la violencia racista, que se garantice el trabajo de Cruz Roja, Elín y tantas organizaciones que sostienen lo que otros abandonan. Necesita que se cumpla la ley con los menores, que se respete el derecho de asilo, que se deje de externalizar responsabilidades hacia Marruecos como quien barre el polvo hacia la casa del vecino. Y, sobre todo, necesita que dejemos de mirar la frontera como un muro y la miremos como un espejo. Porque lo que ocurre allí dice más de nosotros que de quienes llegan.

Los gallegos que emigraron hace un siglo también fueron tratados como amenaza, como carga, como intrusos. Ellas fueron víctimas de la trata, como ocurre en nuestros civilizados países de acogida. Familias rotas, proyectos a menudo truncados, extraños en las tierras donde llegaban y extraños cuando regresaron a sus aldeas. Hoy son parte del relato sentimental de un país que olvida demasiado rápido. La invisibilidad es una enfermedad que se hereda.

La frontera no admite excepciones. La humanidad tampoco. La inacción no es una opción. Y es verdad: la frontera no admite excepciones, pero la humanidad tampoco. Ceuta está en el borde. Pero el borde no es un límite: es un lugar desde el que se ve con más claridad quiénes somos. Y, sobre todo, quiénes fuimos.

María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

Esta escritora valenciana habla desde un territorio íntimo: el de las familias matriarcales, las heridas que no se borran, el universo femenino y la búsqueda de identidad

Hay escritoras que narran desde la distancia, y hay otras que escriben como quien abre una ventana en mitad de la noche para respirar. María Jesús Puchalt pertenece a estas últimas. Autora de Mar de azahar (2016), No hay bisontes en los valles de amapolas (2022) y Dime, Lucía, de qué color es el mar (2023), así como participante del libro coral 15 miradas a la libertad, Puchalt desgrana su proceso creativo con una sinceridad poco habitual: escribe desde la vida, desde el miedo, desde la contradicción, desde la memoria que insiste. Y lo hace con una ambición clara: ser recordada como una gran contadora de historias.

¿Qué significa para usted eso que llama “mosaicos familiares complejos”?

– Mi vida ha estado siempre rodeada de mujeres que empujaban el mundo con las manos. Mujeres valientes, mujeres excesivas, mujeres que marcaban el ritmo de la casa. En Valencia, como en el País Vasco, hay familias donde la voz femenina es la que ordena el aire. Yo crecí ahí, en ese territorio donde la fuerza puede ser luz, pero también sombra. Desde niña entendí que la familia es un lugar que puede salvarte o puede atraparte. Por eso hablo de mosaicos: porque cada familia es una composición de piezas que encajan y piezas que se astillan. Y yo escribo desde esas aristas.

Ha definido la escritura como un espacio de libertad, de multiplicación de vidas. ¿Qué significa eso para ti?

– Soy muy vital, aunque la vida no me lo haya puesto fácil. Siempre he sentido que una sola vida no basta. Cuando escribo, vivo muchas vidas a la vez: la mía, la que imagino, la que deseo, la que temo. Me pongo en la piel de todos los personajes, incluso de aquellos que me incomodan. Y en ese gesto, en ese desdoblarme, encuentro una libertad que no tengo en ningún otro lugar. La escritura es mi respiración más profunda.

¿Qué Le resulta más difícil de abordar: los miedos, las contradicciones humanas o la búsqueda de identidad?

– Las contradicciones no me cuestan: soy una contradicción con patas. Los miedos tampoco: llevo toda la vida temiendo a la muerte, desde muy pequeña, como si fuera una sombra que me acompaña. Lo más difícil es la identidad. La identidad es un territorio movedizo, cambia, se esconde, se disfraza. A veces buscamos mal, otras rechazamos lo que encontramos. Me cuesta encontrar la identidad de mis personajes porque me cuesta encontrar la mía. Y quizá por eso escribo.

¿Qué descubrió de sí misma escribiendo Mar de azahar, su primera novela?

Mar de azahar nace de una herida que no se cierra. Es una novela que me comprometió porque parte de una historia personal de malos tratos, de dolor que me acompañará siempre. Con los años sentí que debía revisarla, porque yo había cambiado y la novela también debía hacerlo. En Dime Lucía, de qué color es el mar hay diálogos más crudos, más hirientes, más verdaderos. Me preocupa el maltrato psicológico: el “tú no vales nada”, el “tú no eres nada”. Lo veo volver, lo intuyo en el aire, y me da miedo.

Ha estudiado a muchas autoras. ¿Qué le sigue inquietando de ese universo?

– El dolor. El dolor que atraviesa sus cartas, sus diarios, sus vidas. Irene Vallejo recordaba que la primera escritora conocida fue Enheduanna, en Mesopotamia, y aun así seguimos diciendo que el primer autor fue Homero. Ha habido momentos en que las mujeres tuvieron poder real, pero fueron fugaces. Me inquieta que volvamos a perder terreno. Por eso escribo sobre mujeres que crean, que sufren, que luchan. Aunque me gustaría escribir sobre reinas o figuras históricas con más distancia, no puedo: siempre vuelvo al dolor femenino.

¿Cómo empieza para usted una novela? ¿Con un personaje, una imagen, una pregunta?

– Empieza con una idea que se va alimentando sin que yo lo sepa. No es un destello: es algo que crece en los duermevelas, en lo que ves en la calle, en un libro que te roza, en una conversación que se queda dentro. Cuando termino una novela, ya está germinando la siguiente. De pronto la idea toma forma, como si emergiera del fondo del mar, y entonces sé que ha llegado.

¿Qué parte del proceso disfruta más y cuál exige más disciplina?

– La creación es mi libertad. Necesito horas por delante, perder la noción del tiempo, escribir como quien se sumerge. La corrección es árida: buscar el matiz exacto, el adjetivo preciso, eliminar repeticiones. Mi madre, maestra, me enseñó a buscar la excelencia. Y lo peor es buscar editorial: es un proceso que te desnuda y te expone.

¿Cómo gestiona la tensión entre la vida real y la ficción cuando trabaja con emociones tan íntimas?

– No sé gestionarla. Cuando escribo una novela, me caso con ella. Vivo con la novela, limpio con la novela, organizo con la novela, me acuesto con la novela. No sé separar. Ojalá pudiera. Pero no sé.

Ha trabajado muchos años en la Administración Pública y en política. ¿Qué supuso la literatura frente a esa experiencia?

– Llegué a la política por casualidad. Al principio fue un tiempo luminoso, pero cuando la política se convirtió en un barrizal, en un “o estás conmigo o estás contra mí”, no pude seguir. Lo pasé muy mal con todo el caso de Rita Barberá. Caí en una depresión. La literatura fue un refugio, un lugar donde respirar, donde volver a ser yo. Una bendición.

¿Qué le gustaría que el lector sintiera al cerrar uno de sus libros?

– Que me recordaran como una buena contadora de historias. No quiero solo ser una buena escritora: quiero ser alguien cuya historia permanece en la cabeza del lector, como los personajes de Galdós. Que digan: “Esto me ha pasado”, “esto lo he visto”, “esto lo he sentido”. Que mis historias no les resulten ajenas.

¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría responder?

– Me la han hecho, pero he mentido. Cuando preguntan si lo que escribo es ficción o parte de mi vida, todos decimos que es ficción. Nadie ha rascado ahí. Si lo hicieran, no sé cómo acabaría la entrevista.

¿Hay alguna historia que le gustaría escribir y aún no se atreve?

– Sí. Una historia que se ha ido colando en todas mis novelas. Es la continuación vital de Lucía, personaje de mi primera novela, pero también mía. Historias bonitas y tristes, amores que no pudieron ser, episodios de mi vida de los que nunca tuve respuesta. Necesito más perspectiva para contarlo. Pero sé que llegará.

Dos votos a la sombra y un abanico de posibilidades

Dos votos a la sombra y un abanico de posibilidades

Con este calor, uno entiende casi todo. Que la gente camine pegada a las fachadas, como si las paredes repartieran salvación. Que en los bares ya no se hable del tiempo, sino de supervivencia… y del corrupto Mundial de fútbol, eso sí. Entiende incluso que ir en bici por la ciudad parezca un acto de fe: pedaleas entre coches, bordillos y carriles que aparecen y desaparecen como promesas electorales. Pero hay una cosa que ni con cuarenta grados, ni con el asfalto haciendo de plancha, termina de entrar: la facilidad con la que la política española convierte cualquier acuerdo en una traición de Estado.

En realidad, que ni siquiera se contemple la posibilidad del diálogo. Aquí parece que pactar no es pactar. Es venderse. Abstenerse no es desbloquear nada. Es arrodillarse. Es abrir el Apocalipsis con tertuliano incluido. Hemos logrado que la palabra acuerdo suene sospechosa, como si detrás vinieran siempre una mariscada, un sobre y un primo colocado.

Motivo de escándalo

Advierto, de antemano, que no he sufrido un golpe de calor acerca del disparate que les formulo. Imaginemos que dos diputados del PSOE andaluz hubieran dicho: “No nos gusta Moreno Bonilla, no nos gusta el PP y no nos gusta este viaje, pero tampoco queremos que Vox sea imprescindible. Le dejamos pasar la investidura y al día siguiente empezamos a hacer oposición hasta al color de las corbatas que llevan”. Dos votos. Nada más. Ni pacto de legislatura, ni abrazo de oso. Dos votos para que la llave no la tuviera quien convierte cada cerradura en un discurso de odio.

¿Se imaginan el escándalo? Ferraz y Génova habrían pedido sales. Las agrupaciones y las juntas locales, abanicos. Las tertulias, oxígeno. A esos dos diputados se les habría tratado como si hubieran entregado Despeñaperros en una bolsa del Mercadona. Habrían sido traidores por la mañana, irresponsables por la tarde y sospechosos por la noche. Y, sin embargo, quizá habrían evitado que el debate público entrara en esa dinámica pegajosa donde la extrema derecha deja de ser anécdota para convertirse en socio, árbitro y cobrador del frac.

Pero no. Aquí nos gusta hablar de cordones sanitarios siempre que los ate otro. Nos encanta la pureza, sobre todo cuando la factura la paga el vecino. La política española tiene alergia al gesto incómodo. Nadie quiere hacer nada que necesite dos frases para explicarse, porque vivimos en el reino del corte de vídeo, del tuit con espuma y del militante que confunde la coherencia con no saludar jamás al del bloque de enfrente. Esto ocurre especialmente en el bloque de la derecha, que siempre considera que si no está en el Gobierno es porque los otros lo han okupado.

Plus de gobernanabilidad

Mientras tanto, el país suda. Suda por las olas de calor, por las facturas, por la vivienda, por los incendios y por esa sensación pegajosa de que cada problema común acaba convertido en bronca de chiringuito entre señores que no se han puesto crema solar. Lo razonable habría sido admitir que facilitar una investidura no equivale a compartir un proyecto. Que dejar gobernar no es alquilar el alma. Que la oposición también puede empezar con un gesto inteligente y no necesariamente con un portazo teatral.

Bien es verdad que esta tesitura siempre parece tocarle al PSOE. Pero mira, es lo que tiene poseer un plus de gobernabilidad y sentido común, con valores morales al estar en el lado izquierdo de la historia. Valores que se atesoran por un pasado centenario no exento de dificultades.

Un abanico que contiene la palabra "Posibilidades".
Ilustración de NANA PEZ

La pregunta es otra: quién decide con quién se suma y qué precio se paga por cada suma. Porque en la vida política, como en el resto de la existencia, cada decisión abre un abanico de posibilidades: algunas cómodas, otras feas, unas rentables y otras decentes. Si dos socialistas le hubieran facilitado la investidura para que Vox no fuera necesario, habrían recibido palos de todos. Pero también habrían obligado a todos a retratarse mejor. Habrían dicho algo tan raro como esto: “No compartimos su política, pero preferimos que gobierne sin depender de quienes viven de incendiar la convivencia”. Suena exótico. En realidad, se llama parlamentarismo.

Valentía y polarización

Claro que para eso hace falta valentía, y aquí la valentía suele confundirse con subir el tono. Es más fácil llamar fascista, comunista, traidor, vendido o inútil que asumir una decisión impopular para evitar un mal mayor. Es más cómodo abanicarse con la bandera propia que sentarse a negociar con el adversario mientras afuera arden los montes y dentro arden los móviles. La política española es esa persona que se queja del calor, pero se niega a encender el aire acondicionado porque lo propuso el vecino del quinto.

Maldita polarización política que lo contamina todo. Que impide el diálogo. Que dinamita la convivencia. Que nos divide en las comidas familiares y que nos conduce a creer que quien no piensa como yo, no vota como yo o no odia como un servidor, no merece el mínimo respeto.

Mientras tanto, aquí seguimos, a un palmo del suelo, mirando las baldosas calientes y midiendo cada paso para no pisar la línea que ha pintado el partido. Como ciclistas urbanos sorteando coches, zanjas y decisiones municipales tomadas a medias, avanzamos sin carril claro y con el claxon encima. Tal vez algún día, entre una alerta naranja y una botella de agua templada, alguien descubra que pactar no siempre es rendirse. Que ceder dos votos puede ser una forma de no ceder el país entero al ruido. Y que, en política como en verano, conviene buscar sombra antes de que la insolación nos parezca una estrategia.

El odio sale barato

El odio sale barato

Ni en el primer turno de vacaciones se libra uno de una especie extendida por cualquier hábitat urbano, litoral, ruta de aventura, destino turístico singular o viaje alternativo. Una pequeña tribu de estas variedades lo mismo flota en una apacible playa familiar que te la encuentras en la cola del súper o en la mesa de al lado del restaurante en estos días de asueto. Hablo del odiador profesional. De la odiadora experta. Del grupo de quienes, por encima de todo, sienten tirria, animadversión, ojeriza o aversión a quienes no piensan como ellos, no votan como ellos, no aman (si lo hacen alguna vez) como ellos o no se alimentan de los agitadores de cabecera como ellos.

Quizá has tardado tiempo en darte cuenta, pero el odio no nace de una gran idea ni de una revelación filosófica al salir de la ducha. Nace bastante más abajo: en el miedo, en la frustración, en la pereza de pensar y en esa necesidad tan nuestra de encontrar un culpable con nombre, cara y, si puede ser, cuenta de X o de otra ‘red social’. Porque la vida es complicada, sí, pero siempre hay un tertuliano dispuesto a simplificárnosla con la delicadeza de una motosierra.

Política y exorcismo

Odiar tiene ventajas. No exige leer, ni escuchar, ni hacerse preguntas, que es una gimnasia peligrosísima para quien lleva años cultivando abdominales de prejuicio. Basta con abrir la emisora de cabecera, localizar al enemigo del día y apretar el botón rojo de la indignación. Hay quien desayuna tostadas; otros, Pedro Sánchez. Pero no Pedro Sánchez, presidente discutible como cualquier gobernante, sino ‘Perro’ Sánchez, criatura mitológica: okupa de La Moncloa, prestidigitador del BOE, vendedor ambulante de España por fascículos y responsable, si uno se esfuerza, de que el yogur caduque antes del próximo lunes.

Discrepar de Sánchez -como de cualquier otro- es sano; odiarlo como si fuera el anticristo con gafas de sol ya es otra afición, más parecida al aeromodelismo emocional. Cuando la política se convierte en exorcismo, ya no se combate una ley o una medida; se combate a un monstruo. Y al monstruo, claro, no se le discute: se le aplasta, se le borra, se le desea la ruina y, si se tercia, se salpica también a su mujer, a su hermano, al primo segundo y al perro, que algo sabría.

Enemigos vs adversarios

Ahí empieza lo verdaderamente obsceno: cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver paquetes ideológicos con patas. Ya no hay adversarios, vecinos, madres, hijos, trabajadores o gente que llega tarde al médico. Hay rojos, fachas, moros, menas, feminazis, maricones, progres, cayetanos, traidores, vagos y demás etiquetas de usar y tirar. La deshumanización es comodísima: permite odiar sin mancharse mucho. Uno no insulta a una persona; fumiga una categoría. Y así cualquiera se cree valiente.

Con las personas inmigrantes el truco es viejo, pero sigue dando audiencia. Se las acusa de quitarnos el trabajo y, simultáneamente, de vivir sin trabajar; de colapsar la sanidad y de no contribuir; de venir a aprovecharse y de venir a invadirnos. Nadie parece recordar que quien cruza medio mundo no lo hace por afición al trámite administrativo, sino porque en su casa se acabó el futuro. Pero la compasión no cabe en un titular con mayúsculas.

Ilustración | NANA PEZ

Este artículo nació tras escuchar, a escasos metros, los discursos de odio de personas que supuestamente ‘disfrutaban’ de un baño en la playa. Destilaban una animadversión hacia los emigrantes, Pedro Sánchez, a su familia, a todo lo que tuviera que ver con el Gobierno actual, la fiesta del Orgullo… que me provocó una profunda tristeza y un interrogante: ¿de dónde nacía todo ese odio?


Odio al diferente

Con el colectivo LGTBQI+ la película roza la comedia negra. Hay quien se siente perseguido porque otros se besan, se nombran o celebran que existen sin pedir permiso al comité de buenas costumbres. Molesta una bandera, un pronombre, una familia que no cabe en el belén de la abuela. Llaman adoctrinamiento a que una persona trans no tenga que esconderse y libertad a su derecho a señalarla con el dedo. Curiosa libertad: siempre empieza en su boca y termina en la vida de los demás.

El odio también tiene mucho de pánico al carril bici. Uno va tan tranquilo en su coche mental, creyendo que la ciudad y el mundo fueron diseñados para su volante, y de pronto aparece alguien pedaleando por donde antes solo circulaban sus certezas. Compruebo a diario que la bicicleta urbana irrita porque ocupa poco, no ruge y recuerda que hay otras formas de moverse. Como el pensamiento ajeno: pasa cerca, no pide perdón por existir y obliga a mirar dos veces antes de abrir la puerta.

También odiamos porque la vida aprieta. El alquiler muerde, el sueldo encoge, el futuro se parece a una bicicleta sin frenos bajando por una cuesta con adoquines y encima alguien nos dice que la culpa es del inmigrante, del gay, de la feminista o del vecino que vota mal. Y nosotros, que estamos cansados, compramos el paquete. Es más fácil odiar al de al lado que mirar hacia arriba, donde están los que reparten la tarta, se quedan el cuchillo y luego nos convencen de pelear por las migas. El negocio funciona porque el odio da sensación de altura moral. Uno se siente firme, lúcido, patriota, decente, incluso mártir, aunque solo esté repitiendo la consigna que otro le dejó en la pantalla.

Enemigos en el menú

Por eso conviene sospechar de quien nos sirve enemigos en menú del día. Nadie regala odio: lo alquila con intereses. Mientras discutimos si merece dignidad el que viene de fuera, el que ama distinto o el que vota al contrario, otros siguen haciendo caja. Y nosotros, obedientes, ladramos en la rotonda digital creyendo que estamos defendiendo la civilización cuando apenas estamos haciendo ruido de fondo.

No les pido que amen al adversario, aunque habría mucho de qué hablar. Bastaría con discutir ideas sin desear funerales civiles, apagar de vez en cuando el aspersor de bilis y recordar que nadie es solo su papeleta, su acento, su bandera o su forma de amar. El odio nace donde muere la curiosidad y crece donde se riega el miedo. Y si no lo frenamos, acabaremos viviendo en una ciudad llena de carriles bici vacíos y bocinas furiosas: todos convencidos de tener preferencia, nadie dispuesto a mirar al que viene de frente.

De orfandad moral y pedaleo sin mitos

De orfandad moral y pedaleo sin mitos

No sé si les habrá pasado a ustedes, pero hay un momento en la vida —normalmente coincide con la primera vez que te pillas a ti mismo diciendo “esto antes no pasaba”— en el que descubres que tus héroes eran, en realidad, gente normal con superpoderes de postureo. Personas que parecían sólidas desde lejos, como esas bicicletas urbanas que anuncian en Instagram: muy bonitas, muy vintage, pero que en cuanto las pruebas notas que el manillar tiembla más que tú ante cualquier adversidad o que las pastillas de los frenos chirrían como tus supuestas verdades.

De pequeño, claro, uno se lo cree todo. Los adultos eran los primeros referentes a imitar. Nunca se equivocaban. Eran consecuentes con sus afirmaciones (maldita coherencia que se ha llevado tanta gente por delante) hasta que descubrías que también se equivocaban. Que proyectaban en sus descendientes lo que ellos no habían sido capaces de lograr y, además, con un empeño digno de la constancia más absoluta. O que te han seguido tratando toda la vida como si fueses un niño desvalido.

Bici sin manos

Los periodistas eran faros de la verdad; los políticos, estrategas de mirada profunda; los profesores, enciclopedias con tiza; la Iglesia, un GPS moral sin desvíos. Y tú, pedaleando por la vida con tus ruedines emocionales, convencido de que los adultos sabían lo que hacían. Qué ingenuidad tan mona, de verdad.

Luego creces, te subes a la bici sin manos —porque el camino hacia la adultez es eso, ir sin manos aunque no quieras— y empiezas a ver grietas. En mi caso, una de las primeras fue con algunos periodistas. Tú, que soñabas con ser uno de la tribu, descubres que hay quienes escriben según sople el viento… y no hablo del viento de Levante, que ese al menos es honesto. O los que convertían historias ficticias en supuestas crónicas de corresponsal de guerra luego desmontadas por compañeros de profesión y batallas. Otros opinan antes de informarse, y hay quien confunde la columna con un púlpito portátil. Y tú ahí, intentando no convertirte en uno de esos que dicen “la prensa” como si hablaran de una banda de moteros.

Políticos y profesores

Después vienen los políticos y la política. Ay, los políticos. Los tenías por héroes de cómic, y resulta que muchos no pasarían ni la prueba de equilibrio en una bicicleta estática. Los ves improvisar, tropezar, contradecirse, y entiendes que el “proyecto de país” o “trabajar para la mejor tierra del mundo” a veces es simplemente “a ver cómo salimos del día sin que arda nada”. Descubres que sus complejos, egos e incoherencias están a la orden del día. Que nos lo digan ahora con lo que está cayendo. Y tú, mientras tanto, pedaleando en zigzag para no comerte sus ocurrencias.

Los profesores… esos semidioses del aula. Los que parecían tener respuesta para todo. Hasta que vuelves al instituto veinte años después y descubres que también estaban cansados, que también dudaban, que también improvisaban exámenes porque la vida no da para más. Y te reconcilias un poco, porque al menos ellos no fingían tanto. Ellos eran como esa bici vieja que hace ruido pero nunca te deja tirado.

Orfandad moral y sin mitos
Ilustración: NANA PEZ
No perder la fe

Y luego está la Iglesia. Esa sí que era una institución firme, como un pedal bien engrasado. En ella has crecido y, hasta incluso, trabajado durante una década. Aún recuerdo cuando un veterano empleado de la Curia, compañero de verdad, me dijo una frase lapidaria en mi primer día de trabajo: con lo que vas a ver y vivir aquí no pierdas la fe. Hasta que empezaron a salir verdades que chirriaban más que una cadena sin aceite. Y tú, que creciste escuchando homilías sobre la verdad y la justicia, te encuentras con silencios que pesan como una cuesta arriba en agosto. Una de esas cuestas que te hacen replantearte si no habría sido mejor ir andando.

Al final, lo que queda es una especie de orfandad moral. Una sensación parecida a cuando vas en bici por la ciudad, confiado, y de repente un coche te abre la puerta sin mirar. No te caes, pero te cambia la ruta. Y te preguntas: ¿y ahora qué? ¿A quién miro? ¿Quién me explica cómo se vive sin decepcionarse cada dos días?

Mirar a la gente normal

La respuesta es sencilla: a nadie en pedestal. Mejor mirar a la gente normal. A los que no presumen de héroes. A los que no prometen verdades absolutas. A los que hacen lo que pueden, que ya es bastante. A los que no necesitan capa ni sotana ni columna diaria para sentirse importantes. Por cierto, pese a todo lo vivido, aún no he perdido la fe y sigo mirando a la Iglesia como una madre que no es infalible sin perder la crítica.

Quizá la adultez sea eso: aprender a pedalear sin mitos, sin ídolos, sin superhéroes. Y descubrir que, en el fondo, tampoco hacen falta. Que la vida, como la bici, se sostiene mejor con equilibrio, un poco de humor y alguien que no te suelte cuando tropiezas. A un palmo del suelo —y a dos de la rueda delantera— es donde se ve todo más claro.

La prioridad es quién mira a quién

La prioridad es quién mira a quién

León XIV habrá dormido esta pasada noche en su cama romana después de una intensa semana en España. Imagino que estará agotado. Como lo están las familias tras los resultados de la PAU y con los pasos a seguir en busca de plazas universitarias para sus descendientes. Robert Prevost ha compartido aquí el final de curso escolar y el cuasi final del polarizado curso político antes de las vacaciones. Ha despertado simpatías y su mirada ha traspasado las fronteras ideológicas que se interponen entre gentes, barrios y regiones. Y como habrá tenido oportunidad de escuchar y conocer qué se cuece aquí no le resultará ajena una expresión que quizá la Fundeu escoja a final de año como frase estrella. Lo mismo hasta Campofrío la elige en su anuncio navideño o José Mota para el Especial de Nochevieja.

Porque hay palabras que entran en la conversación como quien deja una piedra en mitad del camino: para obligarte a tropezar. La última es esa «prioridad nacional» que algunos repiten como si fuera sentido común, como si la vida fuese una cola del Mercadona o del Carrefour donde alguien se cuela y tú, indignado, reclamas tu turno. En Murcia, sin ir más lejos, ya sabemos cómo funcionan estas cosas: basta con que falten médicos, vivienda o ayudas para que alguien señale al de al lado, nunca al de arriba.

Mirar hacia arriba

La trampa es vieja, pero eficaz. En vez de preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza condiciones dignas para todos, nos invitan a decidir quién merece pasar primero. Y claro, cuando aceptas ese marco, ya has perdido. Porque el foco deja de estar en los salarios que no dan, en los alquileres imposibles, en los servicios públicos que se desangran. El foco pasa a ser tu vecino, tu compañera de curro, la familia que llegó hace diez años y trabaja más horas que un reloj. Mirar hacia abajo siempre es más fácil que mirar hacia arriba.

En esta Región nuestra, donde la precariedad no es un concepto sino una experiencia diaria —del campo a la hostelería, de los cuidados a los barrios que sobreviven como pueden—, el discurso encaja como un guante. «Si no hay para todos, primero los de aquí». Pero, ¿quién ha decidido que no hay para todos? ¿Quién ha convertido derechos básicos en bienes escasos? Curiosamente, los mismos que piden menos Estado para garantizar vivienda o empleo digno son los que luego quieren filtros de pertenencia para repartir lo poco que queda. Primero recortan, luego reparten carnés.

Los datos desmontan el agravio

La realidad, sin embargo, es tozuda. Las personas migrantes no viven en un limbo: viven aquí, trabajan aquí, cotizan aquí y sostienen sectores enteros que, sin ellas, se vendrían abajo como un melón pasado. Y los datos —esos aguafiestas— desmontan el relato del agravio: la mayoría de las prestaciones sociales las reciben ciudadanos españoles, y la población migrante usa menos la sanidad que la autóctona. El problema no es quién recibe, sino por qué tanta gente no puede vivir con dignidad.

Pero para que la «prioridad nacional» funcione, necesita miedo. Necesita exageraciones, medias verdades y la sensación de que alguien se te cuela en la fila. Y, sobre todo, necesita ocultar que nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos. Esa es la operación política: que los últimos se peleen entre ellos mientras los primeros cuentan beneficios.

La prioridad, las personas

A veces se disfraza con palabras más suaves —«arraigo», «vinculación al territorio»—, pero la lógica es la misma: establecer jerarquías entre personas según su origen. Y eso, en una democracia, es dinamita. Porque rompe la convivencia, alimenta sospechas y convierte al vecino en amenaza.

Desde la tradición cristiana, esa que algunos dicen profesar, el asunto es aún más claro: la única prioridad son las personas, especialmente las más vulnerables. No hay verbos de exclusión, sino de humanidad: acoger, proteger, promover, integrar. No es teología; es sentido común con alma.

Conocemos el cansancio real de tantos barrios, la angustia de tantas familias que no llegan a fin de mes, el desarraigo de quienes sienten que el futuro se les ha encogido. Pero utilizar ese dolor para señalar al que está igual de fastidiado es una indecencia política y moral.

Reconstruir comunidad

La extrema derecha ha entendido que mucha gente se siente sola, sin horizonte colectivo. Por eso ofrece identidad, aunque sea a costa de excluir. Frente a eso, la tarea —democrática, social y también espiritual— es reconstruir comunidad. Volver a mirarnos como parte de algo más grande que el miedo.

Porque la cuestión de fondo no es quién va primero. La cuestión es si aceptamos una sociedad construida sobre la competencia entre los últimos o si defendemos una donde la dignidad sea el punto de partida, no el premio final. La prioridad, por tanto, no puede ser nacional. La prioridad, si queremos seguir llamándonos humanos, ha de ser humana.

Rafael Méndez: “Hay un poder que opera en silencio y condiciona al Estado”

Rafael Méndez: “Hay un poder que opera en silencio y condiciona al Estado”

El periodista murciano publica ‘Los dueños del Estado’, un libro que revela cómo altos funcionarios ejercen el poder lejos del foco público

“La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”. Así lo asegura Rafael Méndez (Murcia, 1975), periodista que ha trabajado en El País, El Confidencial, Eldiario.es y en la actualidad en la productora de Salvados, el programa de Jordi Évole. Durante años ha investigado a los cuerpos más influyentes y menos visibles de la Administración española: abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes. Lo que encontró —endogamia, puertas giratorias, compatibilidades opacas y un poder ejercido en silencio— lo llevó a escribir Los dueños del Estado (Península, 2026) un libro que ilumina un territorio donde casi nadie mira. En esta conversación con La Opinión de Murcia, Méndez explica por qué decidió abordar este ángulo muerto del poder público y qué consecuencias tiene para la calidad democrática.

-¿En qué momento sintió que era necesario escribir un libro sobre aquello de lo que no se habla dentro de la alta función pública?

-Hubo un momento en el que comprendí que estaba ante un fenómeno conocido por muchos dentro de la Administración, pero prácticamente invisible para el resto del país. Tras años cubriendo política, tribunales, economía y también medio ambiente, me di cuenta de que ciertos comportamientos se daban por asumidos, pero nadie los había puesto negro sobre blanco.

Un antiguo jefe me repetía: “Todo el mundo lo sabe, pero ¿dónde está contado?”. Esa frase me acompañó durante toda la investigación. Cuando empecé a trabajar sobre los abogados del Estado, un cuerpo me fue llevando a otro: letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes… y descubrí que había un ecosistema entero de poder discreto, endogámico y con enorme capacidad de influencia. Un editor amigo me insistía en que debía convertirlo en libro porque, si no, se perdería. Y tenía razón: no estaba contado.

Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado

-¿Hubo algún caso concreto que le hiciera ver que no eran episodios aislados, sino un problema estructural?

-Sí: el Consejo de Estado. Fue el punto de inflexión. Al investigar a sus letrados descubrí una estructura profundamente endogámica, con sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados. Lo más sorprendente es que todo era público… y, aun así, nadie lo señalaba. Dentro del propio Consejo lo sabían, pero lo consideraban normal. Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado. Ahí supe que había un problema estructural, no una colección de anécdotas.

-Son actores con mucho poder, pero con escasa visibilidad. ¿Por qué ese anonimato forma parte de su influencia?

– Porque la opacidad es una forma de poder. Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad. Mientras los focos se centran en los políticos o en grandes empresarios como Florentino Pérez, a su lado siempre hay un abogado del Estado o un alto funcionario que toma decisiones cruciales sin que nadie repare en él. Ese anonimato les protege. Un subsecretario o un abogado del Estado puede dimitir “por motivos personales” aunque haya sido condenado en un laudo millonario, y apenas genera ruido. Su poder reside precisamente en que nadie mira ahí. Y cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.

El libro del periodista murciano ya va por la segunda edición. | ASIS AYERBE

-¿Qué efectos tienen estas puertas giratorias y compatibilidades en la calidad democrática?

-El efecto más evidente es la descapitalización de lo público. Si un abogado del Estado sabe que puede pasar de un día para otro a un despacho que trabaja para las mismas empresas reguladas con las que trataba en la Administración, es legítimo preguntarse hasta qué punto defenderá con firmeza los intereses del Estado. No se trata de cuestionar su capacidad, sino de señalar un conflicto estructural: la Administración no se ha protegido frente a estas dinámicas. Nunca se ha legislado para evitar que quien pleitea contra el Estado conserve su plaza. Y eso tiene consecuencias: erosiona la independencia, debilita la capacidad regulatoria y genera incentivos perversos.

Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado.

-¿Es un problema de leyes, de ética o de estructura?

-Es una combinación de las tres. De leyes, porque nunca se ha regulado adecuadamente. De ética, porque hay decisiones que, aunque legales, son difíciles de justificar. De estructura, porque los políticos dependen de estos altos funcionarios para que la Administración funcione.
Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado. Y si no hay incentivos para cambiar algo, lo normal es que no se cambie.

-En el libro aparecen nombres concretos. ¿Cómo decidió qué casos incluir y cuáles dejar fuera?

-La selección fue necesariamente subjetiva. No quería un libro académico ni una lista interminable de nombres, sino un relato comprensible para cualquier lector. Elegí los casos sobre los que tenía más información y que mejor ayudaban a explicar el funcionamiento de estos cuerpos. Algunos episodios, aunque relevantes, no encajaban en la narrativa y los dejé fuera. Preferí mantener el ritmo y la coherencia antes que hacer un inventario exhaustivo. Mi objetivo era que el lector entendiera el fenómeno, no que se perdiera en un catálogo de nombres.

-¿Ha recibido reacciones adversas por parte de altos funcionarios?

-La reacción más frecuente ha sido: “Ya era hora de que se hablara de esto”. Muchos altos funcionarios en activo me han dicho que el libro se queda incluso corto. Sé que hay quien se ha molestado, pero no he recibido ataques directos. Y si el libro ha servido para que la presidenta del Consejo de Estado, Carmen Calvo, anuncie que estudiará las incompatibilidades —algo que conocían desde hace décadas—, ya ha cumplido parte de su función. La mayoría entiende que iluminar estas zonas oscuras es sano para la democracia.

-Analiza también el papel de las grandes empresas. ¿Qué implica que tantas del IBEX tengan abogados del Estado como secretarios del consejo?

-Implica un riesgo claro de captura del regulador. Estos profesionales conocen las normas, los procedimientos y, sobre todo, a las personas. Han trabajado con quienes luego deben supervisar. Para una empresa regulada, contar con alguien que sabe cómo funciona la Administración por dentro es un activo enorme. Para el Estado, puede ser un problema si no se establecen límites claros. Y no solo ocurre en el IBEX: también en consultoras, despachos internacionales o empresas que operan desde Londres o Bruselas.

La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia.

-También hace autocrítica sobre el periodismo. ¿Qué responsabilidad tiene la prensa en mantener o desvelar estas dinámicas?

-La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia, y no siempre encajan en la agenda diaria. Aun así, creo que algunos medios deberían asumir el reto. No para hacer enemigos, sino para cumplir la función esencial del periodismo, que es iluminar zonas oscuras del poder. Y, paradójicamente, desde que publiqué el libro recibo más información que antes. Mucha gente dentro de estos cuerpos estaba deseando que alguien contara lo que ellos no podían contar.

Rafa Méndez, tras pasar por El País, El Confidencial y eldiario.es, entre otros medios, es ahora guionista de ‘Salvados’.

-¿Existe voluntad política para abordar este problema o incomoda a todos los partidos?

.No veo voluntad política, ni en el Gobierno actual ni en uno futuro. Es un asunto que no da rédito electoral, que exige enfrentarse a cuerpos muy poderosos y que no genera titulares fáciles. La política vive instalada en el corto plazo, y esta reforma exige visión de Estado. Por eso dudo que llegue. Mi papel, como periodista, es contarlo. Si otros actores no actúan, al menos la ciudadanía tendrá más información.

-¿Le preocupa que algunos lectores interpreten el libro como un ataque al funcionariado?

– Sí, y por eso añadí un epílogo aclaratorio. El libro no es un ataque a los funcionarios, igual que denunciar irregularidades en un hospital no es un ataque a la sanidad pública. Muchos altos funcionarios han colaborado conmigo porque quieren que estas prácticas se conozcan. La crítica se dirige a dinámicas concretas, no al conjunto del servicio público. Creo que el lector atento lo entiende.

-¿Qué le gustaría investigar ahora? ¿Quedan áreas opacas dentro del Estado?

-Quedan muchas. Los técnicos comerciales del Estado, por ejemplo, han marcado la política económica española durante décadas. También los diplomáticos. Pero quizá me apetezca cambiar de tema y explorar algo completamente distinto. Después de este libro, necesito aire fresco. Ya veremos hacia dónde me lleva la curiosidad.

La linterna y el sótano

La linterna y el sótano

Hay imágenes que resumen la situación de un país mejor que cualquier barómetro del CIS. Pienso en la ilustración de esa Justicia vendada que acompaña estas letras, tecleando en una vieja máquina donde solo se lee una palabra. La espada y la balanza, arrumbadas a un lado, como si hubieran perdido filo y equilibrio. Y la máquina, pobre, sosteniendo el peso de lo que otros ya no quieren sostener. Si uno mira bien, parece casi un aviso: si la justicia falla, que al menos no falle el periodismo. Pero claro, para que no falle, primero tiene que existir.

En Murcia lo sabemos de sobra. Llevamos dos décadas de titulares que podrían llenar una enciclopedia del disparate: La Zerrichera, Novo Carthago, Umbra, Barraca, el caso Auditorio, la desaladora de Escombreras… Una colección de tramas que, si no fuera porque nos han costado mucho dinero y dignidad, serían material de comedia costumbrista. Y, aun así, cada vez que estalla un caso nuevo (véase el de las prótesis o actitudes y prácticas como las del fiel escudero del alcalde de la capital recientemente fallecido) la reacción es la misma: un encogimiento de hombros, un “esto ya lo he visto”, un bostezo democrático. La corrupción, aquí, se ha convertido en ruido blanco.

Catálogo de sombras

Mientras tanto, el país entero se entretiene con su propio catálogo de sombras: Kitchen, Koldo,  comisiones en plena de pandemia, espionajes de andar por casa pagados con dinero público, intermediarios que aparecían como setas en otoño en la Sierra de María, uso de los recursos del Estado para combatir adversarios políticos… Todo ello aderezado con declaraciones grandilocuentes, dimisiones in extremis y un ecosistema político que parece vivir instalado en el ya si eso mañana.

La linterna y el sótano
Ilustración | NANA PEZ

Pero lo más inquietante no es lo que vemos, sino lo que no vemos. Ahí es donde aparece Los dueños del Estado (Península, 2026), un libro escrito por el periodista Rafael Méndez (Murcia, 1975), que lleva años metiéndose en los sótanos del Estado. Y lo que cuenta es, literalmente, de escalofrío. “La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”, afirma. Y uno entiende de golpe por qué tantos escándalos se repiten como si fueran fotocopias mal hechas.

Operar en silencio

Porque mientras miramos a los políticos —que al menos salen en la tele y se llevan los abucheos—, hay abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes y otros altos funcionarios que operan en silencio, sin foco, sin desgaste, sin preguntas. Méndez lo explica con una claridad que debería sonarnos a alarma: “Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad”. Y claro, cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.

En su investigación, Méndez se topó con un Consejo de Estado donde había “sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados”. Todo público. Todo a la vista. Todo normalizado.

Y aquí es donde la imagen de la Justicia vendada escribiendo “PRENSA” cobra sentido. Porque si la prensa no mira ahí, nadie lo hará. Y si nadie lo hace, el sótano seguirá oliendo a humedad institucional.

El libro de Rafael Méndez ya va por su segunda edición. | Fotografía: ASIS AYERBE

Tiempo y paciencia

El problema es que el periodismo de investigación no vive su mejor momento. Las redacciones trabajan con urgencias constantes, con la presión de la audiencia, la precariedad y la debilidad de las empresas. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia. Y claro, tiempo y paciencia son dos lujos que no cotizan bien en un mercado donde lo que manda es el clic, el trending topic y el titular que se comparte sin leer. Pero si renunciamos a ese periodismo, ¿qué nos queda? ¿Notas de prensa? ¿Declaraciones enlatadas? ¿Versiones oficiales que nadie contrasta?

En Murcia, donde ya hemos visto cómo se diluyen responsabilidades entre informes, sobreseimientos y silencios administrativos (amén de la complicidad funcionarios y despachos bien conectados con los lobbies de la agroindustria y el ladrillo), sabemos que sin periodistas que bajen al barro, la corrupción se convierte en paisaje. Y en el resto de España, se sigue demostrando que el poder siempre encuentra nuevas formas de esconderse, la necesidad es aún mayor. Por tanto, el periodismo de investigación no es un lujo. Es una linterna. Y sin linterna, el sótano gana.

Iluminar la penumbra

A la vista de los enredos judiciales de los últimos tiempos necesitamos como el comer que alguien cuente lo que ocurre. Y ese alguien, nos guste o no, sigue siendo la prensa. Con sus errores, sus prisas, sus precariedades… pero también con su capacidad única de iluminar lo que otros prefieren mantener en penumbra.

En un país donde “todo el mundo lo sabe, pero nadie lo ha contado”, como le repetían a Méndez cuando investigaba, la diferencia entre democracia y simulacro está, muchas veces, en una libreta, una grabadora y un periodista que decide no mirar hacia otro lado. Y eso, aquí en Murcia, también lo sabemos a un palmo del suelo.

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

El teólogo palentino afirma que “el cristoneofascismo es una alianza global entre extrema derecha y fundamentalismos cristianos”

El teólogo Juan José Tamayo presentó el pasado 30 de mayo en la sede de Podemos Región de Murcia (calle Cartagena), su nuevo libro Política y religión (Tirant Lo Blanch, 2026), una obra que llega en un momento de máxima polarización social y que analiza con precisión quirúrgica la alianza creciente entre extrema derecha e integrismos cristianos. En conversación con La Opinión de Murcia, Tamayo aborda fenómenos como el cristoneofascismo, sitúa a la Región de Murcia como uno de sus laboratorios más visibles y reivindica un cristianismo laico y liberador, anclado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre los riesgos de la inteligencia artificial y valora los últimos gestos del Papa León XIV, a quien considera ya una de las voces morales más sólidas frente a la guerra y las nuevas formas de dominación global.

– ¿En qué momento cree que nos encontramos en la relación entre política y religión?

– La relación entre política y religión no es nueva ni coyuntural: viene de lejos, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Son dos realidades que se entrecruzan inevitablemente en la vida personal y colectiva de los pueblos. A lo largo de la historia han convivido momentos de separación, de colaboración y también de conflicto abierto. Hoy vivimos un escenario especialmente delicado: una polarización creciente tanto en el ámbito político como en el religioso. Esa polarización condiciona la calidad democrática y determina si la política se orienta al bien común o a intereses particulares; si la religión se convierte en fuerza liberadora o en legitimación del poder.

– Entonces la pregunta clave puede ser si la religión debe quedar recluida en lo privado o si puede tener presencia pública.

– Yo defiendo una presencia pública liberadora, respetuosa con la autonomía de la política, la ciencia, la cultura y el arte, pero comprometida con los sectores populares. Lo contrario —la religión como legitimadora del poder— ya lo vivimos durante el franquismo, y sus consecuencias fueron devastadoras.

Alianza de la ultraderecha

– En el libro habla del “cristoneofascismo”. ¿Cómo define esa alianza y por qué la considera una internacional del odio?

– El concepto surgió en 2019, durante un curso de teología de la liberación en Curitiba, en Brasil. Un alumno me dijo: “En la Iglesia nos prohíben hablar de política y Bolsonaro se pasa el día haciendo teología”. Ese contraste me llevó a definir a Bolsonaro como “el teólogo y predicador del cristoneofascismo”, porque utilizaba el lenguaje religioso para legitimar políticas autoritarias. Después, viajando por América Latina y Europa, comprobé que no era un fenómeno aislado: el golpe de Estado en Bolivia con apoyo de sectores católicos conservadores; Salvini exhibiendo crucifijos y rosarios en Italia; la alianza entre Vox y asociaciones ultracatólicas en España… Todo ello configura una alianza internacional entre extrema derecha política y fundamentalismos cristianos —evangélicos y católicos— legitimada por el pensamiento neoconservador y el neoliberalismo.

“Jesús de Nazaret fue un laico crítico del poder político y religioso: ahí nace el cristianismo liberador”

Es una “internacional del odio” porque comparten un programa común basado en el rechazo: odio al feminismo (llegan a llamar “feminazis” a las mujeres feministas), odio a la inmigración expresado en xenofobia y racismo, negación del cambio climático, rechazo al matrimonio igualitario, odio hacia las personas LGTBIQ+, islamofobia y antisemitismo… Es una inversión absoluta de los valores cristianos: donde el cristianismo propone amor, ellos proponen odio; donde propone perdón, ellos proponen venganza; donde propone hospitalidad, ellos levantan muros.

– En su texto menciona a la Región de Murcia como un caso paradigmático. ¿Qué papel juega en este fenómeno?

– La Región de Murcia funciona como un laboratorio donde se experimenta el programa de la extrema derecha política y religiosa. El pin parental, impulsado bajo presión de Vox, o las medidas contra centros de acogida de menores son ejemplos de cómo ese ideario se traduce en políticas concretas. Pero también quiero subrayar que en Murcia existe una respuesta cristiana y ciudadana muy coherente, que no siempre recibe la visibilidad que merece. Colectivos cristianos —y también musulmanes— han defendido la educación integral, la hospitalidad y la acogida. La ILP para la regularización de personas migrantes, promovida por Cáritas, es un ejemplo de compromiso evangélico auténtico. El problema es que los medios amplifican las movilizaciones racistas o antifeministas, pero no colocan en primera página las iniciativas solidarias. La polarización no la generan quienes defienden la dignidad humana, sino quienes promueven discursos de odio.

-Una de las tesis más llamativas del libro es presentar a Jesús de Nazaret como un judío laico. ¿Cómo ayuda esa visión a defender la compatibilidad entre cristianismo y Estado laico?

-Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal, no fue funcionario del templo ni tuvo reconocimiento oficial como rabino. Su vida pública no se desarrolló en el templo, sino en los caminos, las aldeas y las ciudades de Galilea, en el espacio cívico. Fue un creyente laico que vivió su fe desde la tradición profética, sapiencial y apocalíptica.Su actitud fue profundamente crítica con los pilares de la religión oficial, ya que criticó los lugares sagrados, los tiempos sagrados, las acciones sagradas y a las autoridades religiosas.

“León XIV se ha convertido en la mayor autoridad moral mundial contra la guerra”

Sus grandes conflictos no fueron con la religión, sino con el poder político imperial, que finalmente lo condenó. Frente al imperio, Jesús propuso el Reino de Dios, que se realiza mediante prácticas de liberación. Además, puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, algo revolucionario para su tiempo. No podemos decir que fuera feminista en sentido moderno, pero sí que su movimiento nace de un colectivo de mujeres. Por todo ello, sostengo que no hay contradicción entre cristianismo y laicismo. El laicismo garantiza la libertad de conciencia y evita que las religiones se conviertan en cogobernantes o colegisladoras.

Cristianismo y estado laico

– ¿Por qué cree que ciertos sectores de la jerarquía siguen tachando el laicismo de fundamentalismo laicista?

-Por una falsa imagen del laicismo y por la persistencia del clericalismo, que pretende seguir controlando la vida política, legislativa y social. El laicismo defiende la independencia de la política respecto a cualquier tutela religiosa, la libertad de conciencia (creer o no creer) y la responsabilidad personal en materia de fe. Todas las instituciones son laicas, y eso no es una amenaza para la religión, sino su mejor garantía de libertad.

– Qué opinión tiene sobre León XIV y sus intervenciones de los últimos tiempos?

– La verdad es que los últimos gestos de León XIV me han impresionado profundamente. Su encíclica Magnifica humanitas me ha parecido un documento de enorme calado, y creo que en estos meses ha logrado algo que no tenía al inicio de su pontificado: convertirse en una auténtica autoridad moral a nivel mundial. Esto se debe, sobre todo, a su reacción firme frente a los señores de la guerra —Netanyahu, Trump y otros líderes que alimentan la lógica bélica— y a su afirmación rotunda de que no existen guerras justas, que lo único defendible es una paz justa, desarmada y desarmante. Esa claridad ética le ha dado una fuerza que antes quizá no se percibía, en parte porque aún estaba reubicándose en su nuevo papel y porque la sombra de Francisco, con su personalidad tan arrolladora, era muy alargada. Durante meses se le juzgó siempre en comparación con él, casi siempre para situarlo por debajo.

La IA unifirma la humanidad

-Pero reconocerá que eso ha cambiado y que la encíclica es un buen ejemplo de ello.
-En efecto. Con su postura inequívoca contra la guerra, León XIV se ha convertido, a mi modo de ver, en la figura con mayor auctoritas moral del panorama internacional. Y la encíclica lo confirma: es un texto que lo sitúa entre los grandes defensores de la dignidad humana, especialmente de la dignidad de quienes más la ven vulnerada: los empobrecidos, los oprimidos, los pueblos sometidos a sistemas de dominación como el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado o el imperialismo, hoy más fuertes que nunca. Además, el documento tiene una dimensión histórica en relación con la inteligencia artificial. Puede marcar un rumbo nuevo para la humanidad, porque no se limita a describir los riesgos tecnológicos, sino que analiza sus consecuencias en la educación, el trabajo, la gobernanza, los derechos humanos o la vida social. Si se siguen las orientaciones que propone, la IA podría ponerse al servicio de la mejora de la vida humana, y no al revés. En definitiva, creo que estamos ante un pontificado que ha encontrado su voz y su lugar, y que está ofreciendo una lectura profundamente humanista, crítica y liberadora del momento histórico que vivimos.

– ¿Qué espera de la visita del Papa León XIV a España?

-Más que esperanza, es un deseo: que el Papa debe poner sobre la mesa los grandes problemas de la sociedad española y de la Iglesia. En cuanto a ésta, renunciar a los privilegios derivados de los acuerdos con la Santa Sede, devolver los bienes inmatriculados indebidamente, abrir las comunidades a migrantes, refugiados y colectivos LGTBIQ+, situarse del lado de los empobrecidos, así como pagar indemnizaciones justas a las víctimas de pederastia. Y para la política, combatir la corrupción, condenar a la extrema derecha por antidemocrática y por defender valores contrarios a la democracia y al Evangelio, garantizar el derecho a la vivienda y afrontar la injusticia estructural y las desigualdades crecientes. Si la visita sirve para eso, habrá cumplido una función histórica.

Algoritmo de la magnífica humanidad

Algoritmo de la magnífica humanidad

En mitad de este escenario salpicado de estupores, sumarios, registros, autos y tregua sí o tregua no, nos llega un documento que uno abre con la misma actitud con la que mira la factura de la luz: miedo, resignación y la sospecha de que algo muy grande se nos está escapando. Que  ahí afuera hay un alien que asoma la cabeza. La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, entra justo ahí, en ese territorio donde la tecnología promete salvarnos mientras nos va convirtiendo en datos. Un recordatorio de que, mientras discutimos si la Inteligencia Artificial nos va a quitar el trabajo o solo las ganas de pensar, quizá estemos levantando una torre de Babel con fibra óptica.

En vísperas de llegar a España, con una imagen que choca con la de los machos alfa embarcados en guerras, invasiones e intrigas por doquier, resulta que el Papa que vino de los Estados Unidos nos dice sin rodeos que la IA corre el riesgo de “reducir a las personas a simples engranajes de un sistema” y de delegar decisiones en máquinas “que carecen de compasión, misericordia y perdón”. Ahí es nada.

Torres de datos

La encíclica plantea una imagen potente: construir Babel o reconstruir Jerusalén. Babel es ese proyecto de uniformidad, de traducirlo todo —incluida la persona— en rendimiento. Jerusalén, en cambio, es el camino de Nehemías: escuchar, reconstruir vínculos, repartir responsabilidades. Y uno piensa: ¿qué estamos levantando aquí, en estas ciudades invadidas por coches y escasamente ciclables? ¿Una torre de datos que nos vigila o una ciudad donde aún se pueda hablar sin que un algoritmo complete la frase?

Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que ya vivimos en Babel: algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos, qué opinamos; plataformas que saben más de nosotros que nuestra madre; y un mercado digital que, como recuerda el Papa, está controlado por “grandes entidades corporativas transnacionales” que no rinden cuentas a nadie. Es la economía oculta de la IA. El tecnofascismo desarrollado por las teorías poshumanas y transhumanas de Silicon Valley.

Mientras aquí discutimos si ChatGPT escribe mejor que un becario, el texto recuerda que detrás hay “millones de personas mal pagadas que etiquetan datos” y menores que extraen minerales para nuestros móviles. Es decir, que la nube tiene barro, y del espeso.

Infografía sobre la encíclica Magnifica humanitas generada por IA
Recupera la Doctrina Social de la Iglesia

León XIV insiste en que la técnica debe servir al bien común, no a la idolatría del lucro. Y recupera principios de la Doctrina Social de la Iglesia que suenan casi revolucionarios en tiempos de patentes y monopolios: el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la justicia social. En el entorno digital, dice, los datos deberían gestionarse como bienes comunes. Imaginemos eso aplicado a las plataformas que usamos cada día: sería como pedirle a la Plaza Circular de Murcia que dejara de ser una rotonda y se convirtiera en un ágora. Difícil, pero hermoso.

También mete el dedo en la llaga del progreso sin límites. Advierte contra la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad, como si ser humanos fuese un error de fábrica. Frente a eso, recuerda que “la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso”. Vamos, que no necesitamos ser perfectos: necesitamos ser decentes.

Y luego está la advertencia sobre el lenguaje. Pide evitar “las palabras que humillan o enfrentan” y optar por la claridad que ilumina. En tiempos de redes sociales donde cada tuit es una pedrada, esto suena casi revolucionario. O ingenuo. O ambas cosas.

Qué mundo queremos

La pregunta final es sencilla y brutal: ¿qué queremos que sea la tecnología? ¿Una torre que nos vigila desde arriba o una ciudad que reconstruimos entre todos? La respuesta podría estar escrita en cualquier muro de nuestros barrios: “Nadie se salva solo, tampoco en la red”. La tecnología puede curar, conectar y educar, pero también puede dividir, descartar y deshumanizar. Y la primera decisión no es si decimos sí o no a la IA, sino qué tipo de mundo queremos construir con ella.

Quizá ahí esté la clave. No se trata de apagar la IA ni de abrazarla como si fuera la nueva patrona. Se trata de hacerla habitable, discutible, plural. De que no decida por nosotros. De que no convierta la vida en un Excel. De que no nos robe la conversación, que es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla. De ahí su apuesta por cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo, porque es tiempo “para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”. Y, sobre todo, de recordar que seguimos siendo humanos. Magníficamente humanos, incluso cuando la tecnología nos mira desde arriba como si fuéramos un dato mal formateado.

Educar no es eso

Educar no es eso

Estamos en la recta final del curso escolar. Que se lo digan a esos chavales y chavalas que apuran los últimos días antes de comparecer ante ese juicio sumarísimo que son las pruebas de acceso a la universidad. Las viven como nosotros lo hicimos en su momento con la temida Selectividad. No quiero hacer spoiler pero, como sé que no leerán esta columna, al final  descubrirán que la cosa no era para tanto. Eso sí, a sus nervios se suma la ansiedad desbocada de esos progenitores que parecen engrosar la lista de aspirantes en busca del aula donde examinarse.

Porque a un palmo del suelo —y a veces con el manillar un poco torcido— uno descubre que la educación de los hijos se ha convertido en una especie de deporte de riesgo… pero para los padres. No para los críos. Ellos, en realidad, siguen siendo bastante buenos en lo suyo: aprender, equivocarse, levantarse, volver a equivocarse y, si hay suerte, llegar a clase o a otros lugares deseados sin haberse estampado contra un contenedor. Lo de siempre.

Sobreprotección en los pasillos

Un fenómeno curioso es la sobreprotección que se cuela en los pasillos de los colegios e institutos. Profesores que reciben correos a medianoche porque “mi hijo dice que le has puesto un 7 y él siente que es un 9”. O padres que exigen reuniones urgentes porque su criatura ha descubierto que estudiar cansa. La escuela se convierte entonces en un campo de batalla donde los adultos discuten mientras los niños observan, aprendiendo —sin querer— que la responsabilidad es negociable y que siempre habrá alguien para sacarles del apuro.

La educación no es un servicio de atención al cliente. La de verdad, la que deja huella, necesita que los padres demos un paso atrás. Que confiemos. Que aceptemos que un suspenso no es una tragedia, sino un aviso. Que un conflicto en el patio no es un drama, sino un ensayo general de la vida adulta. Y que una profesora, un profesor, no son enemigos, sino unos verdaderos aliados.

Adultos con problemas

A estas alturas de la película no quedarán dudas de que buena parte del problema somos nosotros, los adultos, que hemos decidido que la infancia, la adolescencia y, si me apuran, la juventud, son territorios minados de los que solo se sale indemne si mamá y papá van despejando el camino como si fueran una brigada de artificieros. Y claro, así no hay quien crezca. Ni quien pedalee.

Cuando ahora contemplo a esos padres y madres que llevan a sus hijos hasta la misma puerta del centro escolar (y si les dejasen, los sentarían en el aula) recuerdo a finales de los 90 uno de los momentos más especiales vividos en los Países Bajos. Niños y viejos, madres y ejecutivos, todos en bici a primera hora de la mañana, camino de sus ocupaciones. Unos, al cole. Otros, a sus recados. Ellas y ellos a sus trabajos. Y por encima de todo, el respeto a quien circula sobre dos ruedas.

Ilustración | NANA PEZ
Cultivar la autonomía

Creo que coincidirán conmigo en que la autonomía no se enseña con discursos, sino con distancia. Con ese gesto tan poco moderno de cortar los lazos, que no es abandono ni desamor, sino la única forma de que un chaval, una chavala, descubran que pueden sostenerse sin que les sujeten el manillar. Que pueden cruzar una calle, resolver un conflicto, entregar un trabajo tarde y asumir las consecuencias sin que un adulto los rescate como si fuera un diplomático en misión internacional.

Cada generación cree que la anterior lo hizo fatal. Esto también es un clásico. Los de ahora dicen que los de antes eran demasiado duros. Los de antes dicen que los de ahora son demasiado blandos. Y así, generación tras generación, como si la educación fuera una especie de competición olímpica en la que siempre ganan “los de antes”.

Dejemos espacio

Pero la verdad es más sencilla: educar siempre ha sido un lío, y cada época ha tenido su propio monstruo bajo la cama. Antes era la calle. Luego la tele. Después los videojuegos. Ahora el móvil. Y en todas, los padres hemos tenido la tentación de pensar que, si controlábamos lo suficiente, el mundo no haría daño a nuestros hijos. Nuevo spoiler: el mundo siempre encuentra la manera.

La paradoja es que la autonomía solo florece cuando dejamos espacio. Cuando permitimos que los hijos se equivoquen sin convertir cada tropiezo en un expediente. Cuando entendemos que proteger no es impedir, sino acompañar. Cuando aceptamos que la bicicleta, tarde o temprano, hay que soltarla.

Quizá por eso, cada mañana, cuando pedaleo por Murcia camino del trabajo, no puedo ocultar el brillo en la cara al cruzarme con chavales que van a clase en bici, con esa mezcla de torpeza y valentía que solo se tiene a los quince años. Y pienso que ahí, en ese equilibrio inestable, está la educación que funciona: la que se sostiene a un palmo del suelo, sin manos, con viento en la cara y con la certeza de que, si caen, sabrán levantarse solos.


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El orden del día y el ruido

El orden del día y el ruido

Hay semanas en las que salir en bicicleta por Murcia es como intentar avanzar entre una nube de mosquitos informativos: pedaleas, esquivas, respiras… y aun así acabas tragándote alguna de las innumerables noticias absurdas que te dejan peor que evitar la maleza en el carril bici del puente de la Ronda Sur. Y mientras mantienes el equilibrio y maldices al coche que te adelanta sin dejarte el dichoso metro y medio, piensas que quizá Éric Vuillard tenía razón en El orden del día (Tusquets Editores, 2018): la Historia no avanza a golpes épicos, sino a base de pequeñas miserias envueltas en papel oficial.

La realidad progresa con esa misma mezcla de solemnidad y absurdo que él retrata: pasos silenciosos, gestos mínimos, decisiones que parecen inofensivas hasta que, de pronto, ya es demasiado tarde. Un texto que, además, te mira con esa media sonrisa irónica de quien sabe que la Historia no es una epopeya, sino un catálogo de miserias humanas envueltas en papel oficial.

Hombres poderosos

Éric Vuillard reconstruye los engranajes que permitieron el ascenso del nazismo, no desde los grandes discursos ni las fotos en blanco y negro que todos hemos visto mil veces. Lo hace desde los despachos, los salones, las reuniones discretas donde se decide el mundo mientras alguien sirve café.

La escena inicial es un ejemplo perfecto: los grandes industriales alemanes —Krupp, Siemens, IG Farben, Opel, Bayer…— entrando en fila para financiar a Hitler como quien firma un convenio de proveedores. Vuillard los retrata con una ironía que corta: hombres poderosos, trajeados, respetables, que pasan a la Historia no por su visión, sino por su comodidad moral. No me negarán que este escenario recuerda a esas imágenes de los magnates del petróleo reunidos en la Casa Blanca a principios de año para repartirse el botín del crudo venezolano.

Ritmo más humano

Lo que hace que el libro funcione no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Vuillard escribe como quien abre una ventana en una habitación cerrada: entra aire, pero también polvo. Su prosa es breve, punzante, casi cinematográfica. No pretende ser neutral —y menos mal— porque la neutralidad, en ciertos temas, es otra forma de complicidad. Él señala, acusa, ilumina. Y lo hace sin levantar la voz.

Leyéndolo desde Murcia, desde este rincón donde la vida discurre a un ritmo más humano, uno no puede evitar pensar en la fragilidad de la normalidad. En cómo los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños: una reunión, una firma, un “no es para tanto”, un “ya veremos”. Y en cómo la Historia, esa señora tan solemne, suele avanzar gracias a la suma de decisiones tomadas por gente que solo quería que nada cambiara… aunque eso significara permitir lo peor.

Ilustración | NANA PEZ

Catálogo de miserias

La historia en minúscula de esta semana ha sido un catálogo de miserias. Para empezar, el viaje de la presidenta de Madrid a México, que ha generado más ruido que un camión de butano repartiendo por las olvidadas pedanías de la capital o por los barrios castigados de Cartagena o Lorca. El ruido y la estridencia, amén del victimismo, son la esencia del fango en el que retozar y en el que se sienten cómodas las ilustres figuras de la oleada ultra que nos envuelve.

Luego llega el crucero del hantavirus, que suena a novela de Stephen King, pero es tan real como el bolardo que casi te comes ayer en Floridablanca (en otros carriles no los encuentras, porque no los han repuesto). Un barco entero pidiendo fondear por indicación de la OMS y un Gobierno, el de Canarias, diciendo que no, que bastante tienen ya con el riesgo de las ratas nadadoras. Y tú, que solo querías llegar al trabajo sin que te abran la puerta de un coche en la cara, imaginas a los pasajeros del crucero preguntándose en qué momento su viaje de relax se convirtió en un escape room epidemiológico.

Jefes y jefecillos

Y como guinda, Trump viaja a China. Un viaje que genera más tertulias que la última reforma del tráfico en Murcia. Y Florentino Pérez sale a la palestra para defender como un fortín a su club que maneja con mano de hierro y que le da esplendor para todos sus negocios, desde la construcción a los servicios sociales. Dos jefes blancos, mayores, creídos para la gloria y misóginos. Todo un pack que permite su visibilidad mediática

Por si faltaba algo, el Congreso suspende cautelarmente a Vito Quiles y Bertrand Ndongo por sus prácticas de agitación. Y tú, que pedaleas por la orilla del Segura intentando no caerte en un socavón, te ves atrapado en un debate nacional sobre convivencia parlamentaria, libertad de expresión y el misterioso arte de convertir la política en un talent show donde nadie canta, pero muchos desafinan.

Gestos pequeños

En ese momento recuerdas otra idea de Vuillard: que los grandes desastres empiezan siempre con gestos pequeños, casi invisibles. Una reunión, una firma, un “no es para tanto”. Y piensas que quizá la verdadera tragedia contemporánea no es la noticia escandalosa, sino la acumulación de todas ellas, ese bombardeo constante que nos deja aturdidos, como en la ilustración de Nana Pez que acompaña esta columna.

Frente a ello, la serenidad, que no consiste en mirar hacia otro lado, sino de frente sin dejarse arrastrar por el ruido. Porque incluso cuando la Historia se acelera, incluso cuando los titulares parecen terremotos, el suelo sigue ahí, firme, esperando a que volvamos a pisarlo, aunque sea a un palmo.


El periódico que uno lleva pegado a la piel

El periódico que uno lleva pegado a la piel

Hay periódicos que se leen y periódicos que se viven. Hay periódicos en los que uno se siente cómodo, como el que tiene entre sus manos. Y luego está El País, que durante medio siglo ha sido, para muchos, algo así como un DNI emocional. No es solo un diario: es una marca, un equipo, un modelo, un olor a tinta que se te queda en los dedos y en la memoria. Tener El País entre las manos, bajo el brazo, en el portaequipaje de la bici, ha sido un signo de identidad. Y vaya si lo ha sido.

Mi infancia siempre estuvo vinculada con periódicos y revistas. En aquellos años 70, todos los días llegaba a casa un ejemplar de La Verdad de Alicante, por el hecho de que mi padre fuese corresponsal del pueblo en el que vivíamos. Era un detalle. Pero incluso antes, al crecer en medio de un ambiente social muy politizado, también lo hacían a menudo ejemplares de Sábado Gráfico, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo… y, posteriormente, Posible, Ciudadano, Cambio 16, etc. Qué decir de la revista, entonces quincenal, Noticias Obreras, sucesora del Boletín de la HOAC, en la que publiqué por primera vez en la primavera de 1976 un poema social sobre aquellos convulsos meses de conflictividad laboral.

En el recreo

Mi relación con El País, sin embargo, empezó en Yecla, en plena adolescencia, cuando uno aún no sabía quién era pero ya intuía qué quería leer. Al quiosco llegaba con un día de retraso porque entonces los diarios de Madrid viajaban más despacio que las noticias. Pero daba igual: lo importante era alcanzarlo en el recreo, abrirlo como quien abre una ventana y sentir que el mundo estaba un poco menos lejos.

Luego vinieron los años de estudiante en Madrid, ese tiempo en que uno aprende a vivir con lo justo: leche, pan, apuntes y El País. Era gasto común, casi un impuesto revolucionario de la vocación periodística. No se leía: se militaba. Se coleccionaban las tazas de los Beatles, los anuarios de fin de año, las promociones absurdas que hoy ya no significan nada pero entonces eran un tesoro. Y se soñaba —claro que se soñaba— con escribir allí algún día.

Ingenuidad y coraje

Hubo incluso aventuras de esas que hoy sonarían a locura. Como aquella noche del 86 en que quien suscribe se plantó en la sede de la calle Miguel Yuste para subirse a una furgoneta de reparto rumbo al País Vasco, camino del homenaje a Yoyes, asesinada un mes antes por sus antiguos compañeros de ETA. Era tal la fusión con el periódico que hasta uno se emocionaba junto a sus repartidores atravesando la Nacional I, con control de la Guardia Civil incluido. Y uno imagina la mezcla de ingenuidad, coraje y hambre de mundo que se tiene a los veinte años.

También estaban los ídolos de entonces: Fernando Jáuregui, Bonifacio de la Cuadra, Soledad Gallego Díaz… o Juan Arias, con sus crónicas desde Italia que hacían llorar a estudiantes de periodismo que aún no sabían que la emoción también es una forma de información. El entierro de Enrico Berlinguer, uno de los padres del eurocomunismo, lo viví a través de esas páginas como si hubiera formado parte de cortejo del millón de personas que lo despidió en Roma.

50 años de El País
Ilustración | NANA PEZ

Y los veranos en la playa, cuando el ritual aún consiste en ir temprano al quiosco, comprar el ejemplar y leerlo en la terraza, junto a una taza de café, “de cabo a rabo”, crucigrama incluido, como quien se toma el pulso a sí mismo.

Con los años, como en cualquier relación larga, hubo bandazos. Porque El País nunca ha sido tan de izquierdas como algunos quisieron creer, especialmente  en temas económicos, pero tampoco ha dejado de ser el periódico de referencia para quienes crecimos con él. La contradicción también forma parte del cariño. Como las consecuencias del ere de sus trabajadores –entre ellos, Ramón Lobo- que lo vivimos muchos lectores como si nos hubiesen echado a nosotros a la calle.

Admiración por el papel

Hoy, en plena era del clic, contemplo con admiración a quienes acuden al quiosco a por su ejemplar en papel. Y me reconozco en ellos, al ser parte del club. Porque hay objetos que se adhieren a la piel, y un periódico es uno de ellos. No por nostalgia, sino por compañía. Por las columnas de Manuel Vicent, por las firmas nuevas, por las reseñas de Babelia o la ironía de Íñigo Domínguez, por esa sensación de que, mientras haya alguien que escriba y alguien que lea, el mundo seguirá teniendo un poco de sentido.

Y sí, quizá resulte paradójico escribir esto en un diario que no es El País. Pero así es la vida: uno puede querer a varios periódicos a la vez, igual que quiere a varias ciudades, varios bares o varias etapas de sí mismo. Lo importante es reconocer de dónde viene cada pedazo de nuestra identidad. Y en la mía, como en la de tantos, siempre habrá un ejemplar doblado bajo el brazo o en el portaequipaje de la bici, un quiosco de verano y un chaval de Yecla leyendo un periódico que llegaba tarde… pero llegaba.