Hay fenómenos sociales que no llegan de golpe: no hacen ruido, no vienen con sirenas ni ocupan titulares durante semanas. Se instalan poco a poco en la vida cotidiana hasta que un día descubrimos que condicionan casi todo. Qué les voy a contar que no sepan. Mejor dicho, que no hayan padecido ustedes, sus padres o sus hijos. Sí, les hablo de la vivienda.
Según una reciente encuesta sobre la situación residencial en España, ocho de cada diez personas creen que garantizar el acceso a la vivienda debería ser prioritario, y cada vez más ciudadanos la ven como uno de los principales problemas del país. El barómetro de octubre del CIS refleja un aumento de 18,2 puntos en la preocupación por la vivienda tras las movilizaciones y el caso Maricarmen. También muestra amplio respaldo a proteger a las personas vulnerables frente a los desahucios y a medidas de intervención pública, aunque los decretos del Gobierno dividen a la ciudadanía.
Puntuales a la meta
No hace falta leer estadísticas para verlo. Basta escuchar cualquier conversación en un bar, en la cola del supermercado o en la puerta de un instituto: siempre hay alguien que busca alquiler sin éxito, una pareja que aplaza sus planes o unos padres que siguen compartiendo casa con hijos que ya deberían haberse independizado.
El otro día, al leer unas reflexiones sobre la vivienda desde el ámbito cristiano del economista Enrique Lluch, pensé en una imagen muy murciana y ciclista. Imaginemos la sociedad como una gran avenida con carril bici: algunos avanzan en bicicletas eléctricas de última generación; otros pedalean en una vieja bici heredada; y muchos ni siquiera han podido subirse porque el precio de la bicicleta se ha disparado, aunque se les siga exigiendo llegar puntuales a la meta.
Algo parecido ocurre con la vivienda. Nos hemos acostumbrado a hablar del problema como del tiempo: que si los alquileres están imposibles, que si los pisos vuelan, que si la gente joven se marcha donde puede… Lo decimos con resignación, como si fuera inevitable y no tuviera responsables, decisiones ni consecuencias.
Exclusión silenciosa
Pero no estamos ante una tormenta pasajera, sino ante una forma silenciosa de exclusión. Hay personas que trabajan, madrugan, pagan impuestos y sostienen servicios esenciales y, aun así, no pueden acceder a una vivienda digna. Hacen lo que la sociedad les pide y descubren que el premio prometido se aleja cada año un poco más.
Es como pedalear durante horas cuesta arriba y descubrir que alguien ha movido la meta justo cuando ibas a alcanzarla. Y cuando protestas, siempre aparece algún experto en optimismo obligatorio o en psicología positiva para decirte que te esfuerces más. Porque, al parecer, los precios bajan solos si uno desayuna fuerte y mantiene una actitud positiva.
La tradición cristiana, más sensata de lo que a veces creemos, siempre vio la vivienda como algo más que una propiedad. Una casa es refugio, estabilidad y arraigo: el lugar de las fotos familiares, las heridas curadas, los cumpleaños y esa silla medio rota que nadie tira porque aún forma parte de la historia.
Ilustración de NANA PEZ
Sin embargo, hemos terminado hablando de viviendas como quien analiza la Bolsa: metros cuadrados convertidos en mercancía, hogares en activos y vecinos en oportunidades de negocio. Y surge una pregunta incómoda para creyentes y no creyentes: ¿cuándo aceptamos que la rentabilidad valía más que la dignidad?
Cuando el mercado se vuelve una religión laica, aparecen paradojas difíciles de explicar: personas que buscan una habitación mientras otras acumulan viviendas como trofeos.
Viviendas para vivir
Quizá el gran desafío sea recuperar una idea sencilla y revolucionaria: una vivienda está hecha para vivir, no para especular. Detrás de cada contrato hay una persona; detrás de cada desahucio, una historia; detrás de cada joven que sigue en casa de sus padres, muchas veces, no hay un fracaso individual, sino colectivo.
Mientras tanto, seguimos pedaleando. Algunos avanzan por avenidas perfectamente asfaltadas.
Otros esquivan baches, bordillos y obstáculos. Y algunos siguen esperando una bicicleta que nunca llega. Lo preocupante no es solo que la carrera sea injusta, sino que hayamos empezado a verlo normal. Cuando una injusticia se convierte en paisaje, ni siquiera el timbre de una bici consigue despertarnos.
Si algo demuestra la historia reciente de esta tierra es que los cambios importantes rara vez nacieron de la resignación. Llegaron cuando hubo gente que decidió levantarse de su sillón y se unió con otra gente. Vecinos que reclamaron el soterramiento de las vías en la ciudad de Murcia. Colectivos que defendieron el Mar Menor cuando parecía una causa perdida. Asociaciones que abrieron espacios donde nadie los esperaba. Personas corrientes que entendieron algo muy sencillo: que la ciudadanía no es un público que observa, sino un actor que participa.
Ese movimiento se puso en marcha frente a palabras que se nos cuelan en la vida sin hacer ruido. Que presiden nuestras conversaciones, nuestros encuentros familiares. Se sientan a la mesa, viajan con nosotros en el autobús y se acomodan en las tertulias y en la barra de cualquier bar o en terrazas que se precien. Una de ellas es «resignación». Otra, todavía más peligrosa, es «fatalismo».
El fatalismo es esa voz que nos susurra que las cosas son como son y que poco podemos hacer para cambiarlas. Que el Mar Menor ya no tiene remedio. Que los jóvenes tendrán que acostumbrarse a vivir encadenados a contratos precarios y alquileres imposibles. Que los servicios públicos irán a menos. Que la política es cosa de otros. Que protestar no sirve para nada. Que la cultura es un entretenimiento para quien puede permitírselo. En definitiva, que más vale adaptarse que intentarlo.
Ejemplos en la Región de Murcia
Lo más curioso es que la realidad suele llevarle la contraria. Quizá por eso me he sumado desde su gestación a la iniciativa «Hacer Región, salir del fatalismo», que se presentó públicamente esta semana y reivindica la esperanza como una forma de compromiso. No una esperanza ingenua, de las que esperan milagros desde el sofá o frente a la pantalla de un teléfono. Hablo de una esperanza activa, de las que se remangan. De las que entienden que el futuro no es un lugar al que llegamos, sino algo que vamos construyendo entre todos. Entre todas.
Pese a que pueda parecer lo contrario, la Región de Murcia está llena de ejemplos. Los encontramos en los barrios, en las asociaciones vecinales, en las cooperativas, en los colectivos culturales, en quienes dedican tiempo a cuidar el territorio o acompañar a quienes más lo necesitan. Personas que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen una parte importante de la vida común.
Ilustración de NANA PEZ
Energías dispersas
No obstante, muchas veces esas energías aparecen dispersas. Cada cual pelea su batalla en su rincón. Cada grupo defiende su causa. Cada persona intenta arreglar lo que tiene más cerca. Y aunque eso ya es valioso, quizá estamos descubriendo que también hace falta encontrarse, escucharse y reconocerse mutuamente.
Porque los problemas que afrontamos son demasiado complejos para resolverlos solos. La emergencia climática, la desigualdad, el acceso a la vivienda, la calidad de los servicios públicos o la convivencia democrática exigen algo más que indignación y mensajes en redes sociales. Exigen conversación, organización y confianza colectiva.
Parto de la base de que esto no es fácil. Hay intereses económicos que pesan. Hay discursos que alimentan el miedo y la división. Hay quien obtiene beneficios cuando la gente deja de creer en sí misma. Pero precisamente por eso conviene recordar una verdad incómoda: ningún avance social importante ha llegado nunca gracias al conformismo.
Derechos peleados
Todos los derechos que hoy consideramos normales fueron, en algún momento, una idea improbable defendida por personas que se negaron a aceptar que las cosas eran inmutables. Fueron peleados por unos pocos, como el derecho de huelga, y lo conseguido se extendió al común de los normales. Recordémoslo en las próximas semanas cuando oigamos a un ejército de agoreros desacreditando la convocatoria del 11 de noviembre.
Tal vez el primer paso no consista en cambiar el mundo. Tal vez sea algo más sencillo. Consista en negarnos a repetir que nada puede hacerse. En mirar alrededor y reconocer a quienes ya están trabajando por mejorar las cosas. En recuperar la convicción de que el futuro sigue abierto.
Porque, al fin y al cabo, el fatalismo siempre ha sido un pésimo arquitecto del mañana. Y la esperanza, cuando se organiza, suele tener bastante más fuerza de la que imaginamos.
Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraño al que nadie presta atención. El traqueteo está ahí. Los síntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la avería está a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del día a día tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que debería alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.
No siempre es un gran acontecimiento. A menudo es una imagen. Una fotografía. Un vídeo grabado con un teléfono móvil. Una escena tan sencilla que cualquiera podría haber pasado por delante de ella cien veces sin detenerse. Y, sin embargo, algo sucede. La imagen atraviesa la costra de la indiferencia colectiva y se instala en la conciencia de miles de personas. El desalojo de Maricarmen, sin ir más lejos, es un ejemplo.
Lo curioso es que el problema ya existía antes de que llegara ese momento. Desde hace años, desalojos como ese venían produciéndose a diario. Un malestar controlado que, sin apenas repercusión, por ejemplo, en los medios, llevaba años ocurriendo. Pero el malestar estaba acumulado. Las razones objetivas para la protesta sobraban. Lo único que faltaba era el detonante.
Historia de ejemplos
La historia reciente está llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niño sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecía dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habían mirado hacia otro lado.
Las imágenes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya más de veinte años, movilizaron a jóvenes de toda España. Hizo lo propio, más recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario público lo que estaba pasando en el país de las libertades.
Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades españolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son más intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaña, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el país entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahí.
De repente, aquello ha dejado de ser un problema de unos cuantos jóvenes para convertirse en una conversación nacional. Y entonces ha ocurrido algo que también se repite con frecuencia. Los partidos políticos reaccionan, aunque no todos. Los medios multiplican la atención. Los tertulianos descubren de la noche a la mañana un asunto que hasta entonces apenas ocupaba espacio en la agenda. La opinión pública comieza a moverse.
Forma de ver la realidad
Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un día para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias políticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho más elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadística. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.
No somos ingenuos. Estos latigazos de realidad no llegan a todos. Ni tampoco un detonante lleva aparejada una respuesta transformadora. Las escenas de la crisis humanitaria vivida en Ceuta hace dos meses, convenientemente utilizadas en un clima polarizado y sembrado de odio al diferente (cuando es pobre, claro), también son capaces de encerrarnos más en los prejuicios y en el rechazo. Si, además, son abonadas por quienes desde la política institucional buscan alcanzar sus objetivos de llegar al poder al precio que sea, el cóctel está servido.
Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartábamos la vista. Nos recuerdan que detrás de los porcentajes hay personas. Quizá por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada más poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.
Laurie Lambert – Profesora de francés y coordinadora de voluntariado en Parem
Laurie Lambert (Florenville, Bélgica, 37 años) llegó a Murcia en 2009 con una Erasmus, una lengua extranjera y una intuición: aquí había algo que podía convertirse en hogar. Lo encontró en el teatro, en la amistad, en un piso que con los años se transformó en refugio para jóvenes migrantes y en un espacio donde la solidaridad se vive sin épica, desde lo cotidiano. Coordinadora de voluntariado en la Asociación de ayuda para las Personas Refugiadas y Migrantes en Murcia (Parem), Laurie habla de acompañar como quien habla de respirar: con naturalidad, con límites, con una fe profunda en la humanidad y en la energía que se intercambia cuando dos vidas se sostienen mutuamente. Su historia es la de una mujer que decidió quedarse, abrir la puerta y construir comunidad
¿Quién es Laurie Lambert?
Soy alguien que llegó a Murcia en 2009 por un Erasmus de Filología Francesa. Aquí encontré el amor, la vida social y motivos para quedarme. Estuve diez años en pareja hasta que nos separamos en 2019. Para entonces rondaba los treinta y, en Bélgica, muchas personas de mi edad ya se habían establecido y formado una familia. Yo, en cambio, ya me sentía muy vinculada a España. La vida, de pronto, tenía aquí un ritmo que reconocía. Un piso que se convirtió en refugio, una Covid que nos encerró y nos abrió a la vez. Y ahora un bebé que viene. Al final, quedarme fue una buena decisión.
¿Cuál es su lugar de origen?
Vengo de un pueblo del sur de Bélgica, donde las fronteras con Francia y Luxemburgo son líneas suaves, casi respiraciones. Estudié en Lieja. Crecí en una casa donde la puerta siempre estaba abierta. Creo que esa forma de estar en el mundo se me quedó pegada a la piel.
¿Cómo fueron sus comienzos en el voluntariado con la acogida a personas migrantes y refugiadas?
Siempre he estado vinculada al voluntariado. A los 18 años me fui a Estados Unidos para aprender inglés. Más tarde participé en un programa de año sabático que combinaba la inmersión lingüística con una experiencia de voluntariado en Senegal, donde trabajé durante tres meses como profesora de Primaria. Tras aquella experiencia, al llegar a Murcia quería conocer a personas implicadas en el activismo y participar en un proyecto práctico. Primero contacté con Ecologistas en Acción, pero en aquel momento su actividad estaba más centrada en el trabajo científico, mientras que yo buscaba una labor más directa sobre el terreno. Así fue como, en 2016, empecé a colaborar con Parem. En esa época todavía era una plataforma, no una asociación, y había surgido como respuesta a la guerra de Siria. Su labor inicial consistía en recoger ropa, medicamentos y otros materiales en Murcia para enviarlos a las zonas afectadas.
Pero esta asociación cambió su enfoque…
Efectivamente. A lo largo de 2016, la organización constató que muchas personas refugiadas estaban llegando a Murcia. Por eso decidió dejar de centrar sus esfuerzos en enviar ayuda al extranjero y comenzar a acompañar directamente a quienes ya se encontraban aquí. Así nació Parem tal como funciona en la actualidad.
¿Hubo algún momento en el que sintió que acompañar no era solo una tarea sino una forma de estar en el mundo?
Durante mi viaje a Senegal viví con una familia de acogida y comprendí que acompañar a otras personas no consiste únicamente en dar. Tú aportas tiempo y energía, pero también recibes afecto, aprendizajes y nuevas formas de entender la vida. Allí sentí con fuerza ese vínculo basado en el intercambio. Años después pude tomar distancia y reflexionar sobre cuestiones como el paternalismo y la relación de Occidente con otras partes del mundo. Sin embargo, más allá de esas consideraciones, aquella experiencia humana ya había cambiado profundamente mi forma de estar en el mundo.
¿Qué le enseñan sobre sí misma las personas a las que acompaña?
Lo primero que he aprendido es a reconocer y establecer mis propios límites. La experiencia del programa de acogida de jóvenes del año pasado me hizo comprender que, para acompañar de forma saludable, es necesario decidir cuánto tiempo, energía y espacio personal puedo ofrecer. Aunque pueda parecer abstracto, concibo el acompañamiento como un intercambio de energía. Yo aporto tiempo, atención y espacio vital, pero los jóvenes también comparten su personalidad, sus experiencias y su ayuda. En casa, por ejemplo, siempre han colaborado conmigo. La relación no consiste solo en dar, sino en encontrar un equilibrio entre ambas partes. La interculturalidad implica perseguir una armonía que quizá nunca sea perfecta, pero que se construye día a día. El reto está en descubrir cómo quiero contribuir y hasta dónde puedo llegar sin descuidarme. Un voluntariado tan intenso como el de Parem puede generar mucho desgaste si no se protege ese equilibrio.
¿Qué supone acoger en tu casa a personas refugiadas?
Acoger significa aceptar que la vida de esa persona no seguirá el camino que tú imaginas, sino el que ella decida. Tu papel es ofrecerle un punto de apoyo, estabilidad y seguridad para que pueda elegir su propio rumbo. Lo más difícil es no proyectar nuestras creencias ni asumir que sabemos qué le conviene: qué trabajo debería aceptar, qué curso tendría que hacer o qué decisiones debería tomar. A veces los jóvenes eligen una opción distinta de la que esperábamos, y debemos reconocer que ya hemos cumplido nuestra parte al brindarles una base estable. Actualmente acompañamos a un joven que, tras pasar por una familia de acogida, ha vuelto a vivir en la calle. Trabaja, pero no encuentra una habitación. Podemos ofrecerle un lugar para ducharse o lavar la ropa, aunque el alojamiento tiene un límite temporal. En definitiva, debemos respetar su autonomía, su cultura, su personalidad y sus creencias. Son jóvenes y necesitan aprender también a través de sus propias experiencias.
En la relación con las personas migrantes, ¿qué gestos pequeños, una mirada, una frase o un silencio le han marcado en estos años de voluntariado?
Hace poco volvió a casa Moussa, un joven al que acogimos el año pasado cuando estaba viviendo en la calle. Después le ayudamos a encontrar trabajo y una habitación en Archena. Era muy tímido; de hecho, aparece en una entrevista en nuestro Instagram y está todo el rato mirando al suelo. Meses después regresó a Murcia porque había encontrado otro trabajo y, mientras buscaba alojamiento, volvió a quedarse conmigo. La semana pasada vino para que le ayudara con el currículum. Sigue trabajando, pero quiere encontrar algo mejor. Y esta vez parecía otra persona: te miraba a los ojos, hacía bromas y se reía muchísimo. Me dio mucha alegría ver ese cambio. Tener un trabajo, una habitación y cierta estabilidad le ha dado mucha más seguridad y autonomía. Es una de las historias más recientes que tengo y refleja muy bien la diferencia entre vivir en la calle y poder contar con un entorno estable.
¿Cómo sostiene emocionalmente el acompañamiento cuando las historias que vas conociendo vienen cargadas de pérdidas, de huidas, de comienzos duros?
En los últimos años tengo menos contacto directo con las personas, salvo con estos jóvenes, porque ahora coordino al voluntariado y me ocupo sobre todo de tareas en línea, tesorería y administración. Aun así, sigo conociendo sus historias a través de mis compañeras. Con el tiempo también hemos aprendido a cuidarnos. La etapa de la Covid fue muy dura para Parem: pasamos de ocho coordinadoras a quedarnos solo tres, aunque ahora volvemos a ser unas nueve o diez. En aquel momento, una psicóloga voluntaria organizó una sesión que nos ayudó mucho a hablar y compartir lo que estábamos viviendo. Lo que más me sostiene es la red que hemos creado. Muchas llevamos años juntas y podemos llamarnos para contarnos cómo estamos. También siguen cerca personas que antes eran usuarias y ahora colaboran como voluntarias; algunas se han convertido en amigas. En lo personal, me ayudan el arte, el baile, la música y el trabajo de gestión emocional.
¿Qué ha aprendido sobre la resiliencia observando a quienes llegan aquí buscando un lugar seguro?
A veces confundimos la resiliencia con ocultar el dolor. Que una persona no parezca triste o deje de contar su historia no significa que la haya superado: el sufrimiento puede permanecer y reaparecer. Además, existen distintas formas de relacionarse con las emociones, por lo que no considero la resiliencia una capacidad permanente. Para mí, ser resiliente es seguir adelante día a día, sin negar lo vivido. Es volver al presente, sabiendo que cualquiera puede recaer. La amistad y la confianza ayudan mucho. Un amigo de Parem, tras vivir experiencias terribles, ha creado una empresa de construcción en Madrid y una casa para alquilar en Malí. Su trayectoria muestra una gran fortaleza y capacidad para avanzar pese a las dificultades.
¿Hay algo que le haya enseñado este trabajo sobre la fragilidad y la fuerza humanas?
Me ha enseñado a reconocer mis propios prejuicios racistas. A veces aparecen en mis pensamientos o comportamientos, y la acogida me obliga a observarlos y cuestionarlos. Porque en ocasiones me sorprendo teniendo prejuicios. La diferencia está en reconocerlos y evitar que se conviertan en discriminación. Nosotras acompañamos a personas muy distintas, así que no podemos clasificarlas por su origen, edad o género: debemos conocer cada historia y su realidad. También tendemos a proyectar nuestras expectativas, especialmente sobre los jóvenes acogidos. Pero pueden elegir un camino diferente al que les proponemos, condicionado por su cultura y sus circunstancias, y eso no lo hace menos válido.
¿Qué debería entender la sociedad murciana sobre las personas refugiadas?
Lo primero es entender que una persona puede tener trabajo y, aun así, vivir en la calle porque no puede pagar una habitación. También hace falta acercarse y escuchar: cuando hablas con alguien y preguntas por su situación, descubres experiencias muy distintas y evitas juzgar sin conocer la realidad. En Murcia, mucha gente da por hecho que quien vive en la calle puede comer o dormir en determinados recursos, pero desconoce que esos servicios están saturados o desapareciendo. Creo que cuesta ver hasta qué punto se está debilitando el tejido social por decisiones políticas. Que la gente opina muchas veces sin conocer. Y que la solidaridad está, aunque haga menos ruido que el rechazo.
¿Qué le sostiene cuando el contexto social y político no acompaña?
Me sostienen la meditación, la música, el arte y la red de amistades y personas voluntarias. Meditar me ayuda a recuperar la calma y a centrarme. También soy optimista: incluso ante relatos negativos, la respuesta ciudadana me devuelve la confianza. La semana pasada organizamos una pequeña recogida de ropa por la situación en Ceuta y participó bastante gente. A pesar del discurso negativo que vemos en las redes y en algunos medios, muchas personas quisieron donar una tienda de campaña, un gorro o unos zapatos. Cada vez que hemos organizado una campaña así, la ciudadanía ha respondido.
¿Comparte la sensación de que la solidaridad queda ocultada y el rechazo al otro, al diferente, es lo que hace más ruido?
Sí, pero también percibo una corriente de personas que está tomando conciencia de que debemos recuperar el control sobre las historias que contamos. Por ejemplo, en el barrio del Carmen, en Murcia, apareció una cuenta de Instagram centrada en robos y con un enfoque que, en mi opinión, puede favorecer discursos radicalizados. Como respuesta, surgió otra cuenta que muestra una visión más cercana y solidaria del barrio, destacando las iniciativas positivas que también existen. Ambas realidades pueden convivir, pero la cuestión es dónde ponemos el foco: qué queremos ver y qué ciudad queremos construir. Podemos relacionarnos desde el miedo o reconocer que también es posible confiar: abrir la puerta de casa o acoger a un joven sin asumir que va a robarnos. Muchas veces, lo único que busca es una cama y un lugar donde descansar.
Laurie Lambert | Fotografías de JUAN CARLOS CAVAL (La Opinión de Murcia)
Acompañar a personas voluntarias
¿Qué le supone coordinar voluntariado?
A nivel logístico, coordinar es lo que más me gusta. Disfruto poniendo en marcha proyectos desde cero, como el de los jóvenes, y también lo hago en mi trabajo como profesora de francés, donde colaboro con otras docentes. Organizar y automatizar procesos es algo que me sale de forma natural. Con las personas voluntarias intento no crear demasiadas expectativas. Cuando alguien propone una idea, le animamos a desarrollarla de principio a fin y le ofrecemos nuestro apoyo y experiencia. Solo una parte llega hasta el final, así que normalmente coordino a quienes ya están muy implicados o sabemos que pueden asumir el proyecto con autonomía.
¿Qué le emociona al ver cómo una persona voluntaria evoluciona desde su llegada hasta encontrar su lugar en Parem?
Después de la Covid, cuando nos quedamos solo tres coordinadoras, nos preguntamos qué había fallado en la comunicación y en nuestra propia red. Ver el equipo que tenemos hoy me confirma que hemos aprendido y que estamos haciendo bien las cosas. También lo demuestra que muchas entidades crean que somos profesionales, aunque en Parem no hay personal contratado ni sede: todo el trabajo es voluntario. El programa de acogida tiene, además, un valor especial porque nace de la ciudadanía, de personas dispuestas a abrir su casa y confiar en los demás. Quienes llegan al voluntariado suelen hacerlo con expectativas e ideas previas. Después aparecen pequeños desencantos y deben revisar sus propias proyecciones. Es un proceso que todas hemos vivido, por eso es importante sentirse acompañada y contar con el apoyo de la red y de entidades con más experiencia.
¿Qué vínculo nace cuando la relación deja de ser ayuda y se convierte en confianza?
Amistad, sin duda. A lo largo de estos años he creado vínculos para toda la vida con cinco o seis personas que al principio eran usuarias. Digo «eran» porque muchas acabaron implicándose también en el voluntariado y aportando su tiempo. Hoy ya no hago tanta distinción entre personas usuarias y voluntarias. Dentro del equipo también han surgido amistades muy fuertes, sobre todo entre quienes llevamos cinco o seis años formando el mismo núcleo desde la pandemia. Creo que también serán amistades para toda la vida.
Una tradición familiar de acogida
La acogida de personas en su casa, ¿le resulta natural desde su infancia?
Mi madre siempre ha tenido las puertas abiertas. De hecho, el año pasado acogió a una persona al mismo tiempo que yo. Quizá también haya una influencia cultural. En algunas zonas de Bélgica, especialmente en el norte, las casas transmiten una mayor sensación de apertura y libertad de movimiento que muchas viviendas valladas de aquí. Además, la familia de mi madre siempre ha acogido a personas, no solo en situaciones de necesidad, sino también mediante intercambios con músicos de distintos países. Por eso crecí rodeada de experiencias de acogida e intercambio.
Esa forma de acoger, ¿tiene un componente religioso o responde a otros motivos?
Probablemente haya una influencia religiosa. Mi madre era profesora de religión católica y su fe está muy vinculada a la confianza en el ser humano. Una fe que se expresa, sobre todo, como confianza en las personas. Creo que mi forma de acoger estuvo al principio muy influida por la educación católica. Con el tiempo ha cambiado: ahora la relaciono más con la energía que puedo ofrecer. Si no tengo fuerzas para sostener una acogida, prefiero no hacerla, porque también necesito cuidarme. Aun así, para mí compartir el espacio disponible es algo natural. Si tengo habitaciones vacías mientras hay personas en la calle, me parece lógico abrirlas, siempre dentro de unos límites que protejan a todos y permitan mantener la acogida en el tiempo.
Incluso a menores no acompañados…
En el proyecto acompañamos a jóvenes ex tutelados que tienen documentación, pero pueden quedar sin alojamiento al salir del centro mientras esperan una plaza en otros recursos. Queremos evitar ese periodo en la calle, donde están expuestos a robos, redes delictivas, drogas y problemas de salud mental. Son muy jóvenes, casi niños, y ofrecerles un hogar temporal puede evitar que su situación empeore.
Una: el martes pasado, Antonia Mayol veía aplazado el desahucio de la vivienda que había comprado hace casi treinta años en Alcantarilla. El fondo buitre que la adquirió parece que no se aviene a negociar. Dos: Maricarmen, una mujer de 87 años fue desahuciada el miércoles por la noche de su casa en Madrid, tras siete décadas viviendo en ella. Este hecho ha provocado una gran reacción social que se echaba de menos. Tres: la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) centra este año su atención en las consecuencias que tiene para las personas y las familias trabajadoras, especialmente para las personas jóvenes, la negación práctica del derecho a la vivienda.
Estas noticias no son solo noticias. Son bofetadas. Las tres en su conjunto son historias que se tocan como dos cables pelados. Menudo chispazo. Realidad pura. Porque lo que ocurre con ambas mujeres no es una excepción, sino el rostro más crudo de la realidad en la que cuando el derecho a la vivienda y el derecho al trabajo se convierten en mercancía, la vida se vuelve un ejercicio de supervivencia.
Vida digna
Y eso, aquí en la Región de Murcia, lo sabemos bien: las ejecuciones hipotecarias se dispararon en el primer semestre en la Región de Murcia hasta alcanzar los niveles de la pandemia. Los procedimientos aumentaron casi un 40 por ciento en el último año tras registrar un total de 475 durante el primer semestre, la cifra más alta desde 2021. Adrián González nos lo recordaba hace unos días en las páginas del diario La Opinión.
Trabajo y vivienda son dos derechos que deberían sostener una vida digna, no dinamitarla. Pero hoy funcionan como dos puertas cerradas: salarios que no alcanzan, alquileres que se disparan, jóvenes que encadenan contratos de semanas y familias que viven con la angustia de no saber si podrán pagar el mes siguiente.
Y mientras tanto, en Madrid, una anciana es expulsada de su casa porque una inmobiliaria decidió multiplicar por cinco el alquiler. No por necesidad, sino por lógica de mercado, esa que convierte la dignidad en una línea de Excel. Incluso rechazaron el pago íntegro garantizado por una persona solidaria. Ahí está el punto: cuando la vida se mide en rentabilidad, la justicia se queda sin sitio.
Ilustración | NANA PEZ
Escenas de parábola
Las escenas de estos desahucios son casi una parábola: una anciana en camilla, una mujer en silla de ruedas acompañada por su hija y su nieto. En el caso de la capital de España, con cientos de vecinos gritando que no está sola y poniendo negro sobre blanco el escándalo del ático de Ayuso. En nuestra Región, con el calor de la buena gente de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). Frialdad institucional frente a calor comunitario.
No hace falta irse a Madrid para ver la herida. Aquí, en nuestros barrios, hay jóvenes que viven en habitaciones de paso, familias que destinan más del 50 por ciento del sueldo al alquiler, y las personas trabajadoras que, aun con dos empleos, no pueden plantearse un futuro estable. La imposibilidad de construir una vida digna cuando trabajo y vivienda fallan a la vez es exactamente lo que vemos cada día en la calle, en las plazas de abastos o en los mercadillos, en los portales donde la gente hace cuentas con miedo.
Propiedad privada, bien absoluto
Cuando la política se dedica a intercambiar culpas y no protege a los vulnerables, deja de servir al bien común. Y cuando los fondos buitre imponen su lógica sin alma, la vida humana se vuelve un daño colateral.
Lo que está en juego no es solo un piso. No es solo un contrato. No es solo una anciana o una mujer con problemas de movilidad. Es el modelo de sociedad que estamos construyendo: una donde la propiedad privada se trata como un absoluto, olvidando que está subordinada al bien común; una donde la fragilidad se enfrenta en ocasiones a despliegues policiales desproporcionados.
Maricarmen ha sido desahuciada. Antonia ha visto un nuevo aplazamiento. Pero sus historias, como las de tantas personas en Murcia y en toda España, nos obligan a mirar de frente lo esencial: la humanidad, la compasión y la justicia. Lo que está en juego no es solo un hogar. Es la posibilidad de vivir sin miedo.
Enrique González Lorca, profesor de Servicios a la Comunidad y psicólogo clínico
Hay vidas que no se explican con un currículum, sino con una pregunta que atraviesa cada etapa: ¿qué hacemos cuando nos encontramos con el sufrimiento de otro ser humano? La historia de Enrique González Lorca —profesor de Servicios a la Comunidad, psicólogo clínico y voluntario en proyectos educativos, sociales y de cooperación internacional— está tejida con ese hilo. Desde la memoria de la emigración familiar hasta los guetos de Monrovia, pasando por aulas, empresas, barrios vulnerables y comunidades heridas, su vida es una búsqueda constante de la dignidad humana. Habla con una serenidad que nace del silencio interior, con una ternura que no es debilidad sino resistencia, y con una convicción que repite como un mantra: “la vida es más amable cuando se mira con ternura”.
– ¿Quién es Enrique González Lorca?
– Enrique es alguien que ha encontrado el sentido de su vida en salir en busca del corazón del otro, pero para eso he tenido que adentrarme en el mío. Allí he descubierto valores heredados de mi familia, una presencia que me une a toda la humanidad y una certeza que me acompaña siempre: la vida es más amable cuando se mira con ternura. En el otro me veo a mí mismo porque compartimos la misma dignidad. Y desde esa conciencia de unidad, siento que mi misión es cuidar la casa común y vivir en fraternidad.
Su historia comienza en Bruselas, en una familia emigrante. ¿Qué significó esa experiencia?
Nací en Bruselas, hijo de emigrantes murcianos que llegaron a Bélgica en los años cincuenta buscando una vida mejor. Aunque regresamos cuando yo tenía dos años, aquella memoria quedó grabada en mi familia. Mis padres conocieron la dureza de la emigración y también el rechazo. Muchas mujeres españolas fueron insultadas con expresiones profundamente racistas como “putas moras”. Mi padre acogía a compatriotas recién llegados en un piso que hoy llamaríamos “patera”. Esa memoria me enseñó que lo que hoy sufren muchos migrantes africanos no es nuevo: cambian los protagonistas, pero permanecen los mecanismos de deshumanización. Aprendí que nadie debe ser reducido a una etiqueta. Antes que cualquier circunstancia está la dignidad.
¿Cuándo comenzó su compromiso con las personas excluidas?
Durante mi juventud, incluso antes de tener claro mi camino profesional. Mientras estudiaba Económicas en Valencia, me acerqué a las chabolas de la Malvarrosa y a la realidad del pueblo gitano. Allí descubrí el rostro de los olvidados. Aquellas personas dejaron de ser una categoría abstracta: tenían nombres, historias, sueños. Comprendí que detrás de la pobreza no hay falta de voluntad, sino desigualdad y ausencia de oportunidades. Aprendí que la primera respuesta ante el sufrimiento no es juzgar, sino acercarse y escuchar. Y que el otro no es un lobo: detrás de cada herida hay una persona.
En esa etapa vivió también una transformación espiritual. ¿Qué papel tuvo Francisco de Asís?
Francisco de Asís me enseñó que el verdadero tesoro está en el encuentro con el excluido. Su abrazo al leproso fue para mí una revelación: aquello que la sociedad rechaza es precisamente donde se esconde la dulcedumbre del alma. Comprendí que la libertad no está en la acumulación de bienes, sino en liberarse de aquello que impide vivir una existencia entregada. La opción por los vulnerables no es superioridad moral: es reconocer que la dignidad humana está por encima de cualquier circunstancia.
¿Cómo se concretó esa opción vital en su etapa como franciscano capuchino?
Intenté vivirla desde el compromiso con personas concretas. Participé en proyectos de formación y acompañamiento en barrios de Valencia, especialmente con jóvenes en vulnerabilidad. Muchos habían sido etiquetados por su fracaso escolar o su situación familiar. Pero cuando alguien les ofrecía confianza y una oportunidad, aparecían capacidades ocultas. Aprendí que educar no es transmitir conocimientos: es ayudar a descubrir lo que uno puede llegar a ser.
Doce años después dejó la vida religiosa. ¿Qué se cruzó en su vida?
El amor, pero desde otra perspectiva: conocí a Mari Cruz, mi mujer. Y también descubrí que la institución no siempre permite sacar lo que uno lleva dentro. Sentí que Dios me seguía llamando, pero por otro camino. Como decía San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Y yo allí no vivía.
“Una vida tiene sentido cuando ayuda a que otros descubran su propia luz.”
¿Cree en las segundas oportunidades?
¡Hombre! Si la vida me las ha dado a mí, ¿cómo no voy a creer en ellas?
¿Qué le enseñó a reconstruirse sin negar las cicatrices?
Que el discurso victimista no lleva a ningún sitio. Cuando salí de la institución, me miré por dentro: mis capacidades, mis valores, sin la seguridad de un marco. Y descubrí que el mundo es un espacio de reparación. He aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.
Después llegó la psicología clínica. ¿Qué le enseñó el trabajo en adicciones?
En el mundo de las adicciones descubrí que detrás de cada consumo había una historia humana: heridas, pérdidas, carencias afectivas, necesidad de vínculos. La intervención no podía limitarse a controlar una conducta; era necesario acompañar procesos de reconstrucción personal. Aquellos años me confirmaron algo esencial: cuando solo miramos el problema, dejamos de ver a la persona.
Sorprende su etapa en el mundo empresarial. ¿Qué aportó a su visión?
Fue una etapa inesperada, pero profundamente enriquecedora. La empresa es otro espacio donde las personas viven, crecen y construyen su proyecto vital. Allí comprendí que una organización no es solo una estructura económica: es una comunidad humana. La calidad empieza por el respeto a los trabajadores, a sus derechos y a su dignidad. Una empresa responsable crea empleo digno, oportunidades, relaciones saludables y contribuye al bienestar social. Humanicé despidos en plena crisis del ladrillo. Y entendí que las personas no son recursos: son fines.
“La exclusión comienza cuando dejamos de ver a la persona.”
La educación vuelve a aparecer como eje central. ¿Qué le llevó a la docencia?
La docencia fue una forma de integrar todas mis experiencias. Como profesor de Servicios a la Comunidad he acompañado situaciones educativas, familiares y sociales complejas. Descubrí que muchas dificultades tienen raíces profundas: detrás de un comportamiento o un fracaso escolar hay una historia que necesita ser comprendida. Por eso creo que la educación empieza en la mirada. Si miramos a alguien desde sus carencias, limitamos sus posibilidades. Si miramos sus capacidades, abrimos caminos. La pedagogía de la alteridad me enseñó que un alumno es más que una nota, más que un expediente, más que un calificativo.
¿Cómo se aprende a mirar la vida con gratitud, incluso cuando el camino se vuelve áspero?
Creo que todo empieza por una mirada sencilla: detenernos en lo que tenemos en el presente y que, tantas veces, otros no tienen. Ese ejercicio puede resultar difícil cuando no has vivido la exclusión, la necesidad o la pobreza. Pero hay ejemplos que lo hacen evidente. Cuando viajo a Liberia, el primer beneficiado soy yo. No hay electricidad, ni saneamiento, ni sistema sanitario, ni educación. Y entonces vuelvo aquí y veo cómo nos quejamos teniendo una de las mejores sanidades públicas del mundo, pudiendo abrir un grifo para asearnos, contando con un empleo digno y un salario justo. Al final, lo que nace es la gratitud. Gratitud por todo lo que tenemos.
Después de tantos años acompañando personas, ¿qué ha aprendido?
Que las personas son siempre más que sus problemas. Lo he aprendido de jóvenes excluidos, personas con adicciones, trabajadores, familias, mujeres con enfermedad mental, migrantes y comunidades vulnerables. Todos me han enseñado que la dignidad no depende de las circunstancias. Vivimos tiempos de miedo y polarización. Frente a eso necesitamos recuperar una mirada profundamente humana. El rostro del otro nos hace responsables antes incluso de elegir. Solo quien ha aprendido a habitar el silencio puede habitar el encuentro. La vida tiene sentido cuando ayudamos a que otros descubran su propia luz. Porque la última capa del ser humano es luz. Y en ese camino siento que no me dedico a buscar: me dedico a ser encontrado
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Cooperación internacional sin paternalismo
Liberia ha sido clave en su trayectoria reciente. ¿Qué ha descubierto allí?
Liberia ha sido profundamente transformadora. En el proyecto We Are Like You, con Hermanas Hospitalarias, he acompañado a mujeres con enfermedad mental y problemas de consumo. Sufren doble exclusión: por ser mujeres y por el estigma. Lo esencial es la mirada: no verlas como pacientes, sino como personas con capacidades y sueños. La salud necesita tratamientos, pero también vínculos y oportunidades.
Ha conocido también la realidad del kush y La Casa de Lázaro. ¿Qué representa este proyecto?
La Casa de Lázaro acompaña a jóvenes afectados por el kush, una sustancia devastadora. Muchos viven en condiciones extremas, con heridas, infecciones y rechazo social. Llegan desde auténticas “tumbas sociales”. El proyecto les devuelve algo esencial: “tu vida importa”. Reciben curas, alimentación, formación, afecto y acompañamiento. Algunos antiguos pacientes hoy forman parte del equipo. Quien recibe una oportunidad puede convertirse en oportunidad para otros. Allí comprendí que he aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.
También ha trabajado en reintegración laboral. ¿Por qué es tan importante?
Porque la recuperación no termina con una alta médica. La verdadera recuperación llega cuando una persona vuelve a sentirse parte de la sociedad. Proyectos como el cultivo del cacao ofrecen futuro, empleo y comunidad. Evitan que los jóvenes regresen a los mismos contextos de exclusión.
Ha desarrollado proyectos de educación para el desarrollo y recibió el Premio Vicente Ferrer. ¿Qué ha aprendido de ello?
Aprendí que muchas desigualdades tienen raíces históricas. Mi experiencia en Senegal, especialmente en la isla de Gorée, me marcó profundamente. La cooperación no debe ser paternalista: no se trata de llevar soluciones, sino de encontrarse con otros pueblos, reconocer sus capacidades y construir juntos.
La esperanza, motor de vida y de trabajo
¿Qué papel juega la esperanza en su trayectoria, en tu trabajo como psicólogo y también en tu vida personal?
Si miramos a nuestro alrededor, y especialmente al mundo en el que vivimos, encontramos muchos motivos para la desesperanza. A veces necesito hacer un ejercicio parecido al del avestruz: refugiarme bajo el ala para no mirar de frente todo lo que hemos construido. Pero, precisamente bajo esa ala, encuentro también el lugar donde puedo intervenir, aportar y transformar. Ese espacio concreto —mi ámbito de influencia— es el que me sostiene y me permite seguir sintiendo esperanza. Creo que, si cada persona siembra en su propio entorno una visión nueva de la vida y del otro, fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y, sobre todo, en el amor, es posible despertar esperanza.
En su caso, imagino que la fe también tendrá un lugar destacado…
También me apoyo en mi fe, que me recuerda que ninguna injusticia será olvidada. Durante mucho tiempo no comprendí una expresión del Credo: “bajó a los infiernos”. Hoy la entiendo como una llamada a trabajar, ya aquí, por un mundo en el que los últimos sean los primeros. Confío en que habrá una justicia última —una justicia que podríamos llamar cósmica— en la que todas las víctimas de la violencia y de la indignidad serán restauradas en su memoria y en su ser.
Que se lo digan a las dos políticas murcianas que han visto recientemente cómo son insultadas y amenazadas en el universo digital. Si ya han tenido ocasión de sufrir ataques incluso en la Asamblea Regional o en la tribuna de las ruedas de prensa, de nada sirve justificarlo con aquello de que “esto pasa en todas partes”. También pasa aquí, en la Región de Murcia. En nuestros institutos, en los grupos de WhatsApp del barrio, en los comentarios de las noticias regionales, en los perfiles de TikTok de adolescentes que viven en Espinardo, en La Palma, en La Hoya. La violencia digital contra las mujeres no es un fenómeno abstracto: es una sombra que atraviesa la ciudad como el Segura cuando baja turbio.
El informe del Parlamento Europeo de la pasada primavera Derechos de las mujeres y democracia: combatir los estereotipos, la desinformación y la violencia en la era digital—ese que afirma que la misoginia es el odio más prevalente en las plataformas digitales— podría parecer un diagnóstico lejano, de Bruselas, de despachos con moqueta. Pero basta con pasar diez minutos leyendo los comentarios de cualquier noticia sobre igualdad en los diarios para comprobar que no exagera. Aquí también se insulta, se ridiculiza, se cuestiona, se amenaza. Aquí también hay chicas que reciben mensajes que las humillan y mujeres que ven su imagen manipulada sin permiso.
No son casos aislados
En los institutos de la Región, los orientadores cuentan que cada vez más adolescentes llegan con problemas de ciberacoso, difusión no consentida de imágenes íntimas o stalking. No son casos aislados: son síntomas de una cultura que ha normalizado que la vida digital sea un territorio sin ley. Y cuando la víctima es una chica, el ataque suele ser más cruel, más sexualizado, más persistente.
En los pueblos, las madres hablan entre ellas de perfiles falsos que suplantan identidades, de fotos robadas, de insultos que se repiten como un eco. En las pedanías, hay adolescentes que han aprendido a borrar mensajes antes de que los vean en casa. Y en la universidad, muchas estudiantes saben que basta con opinar en redes para que aparezca alguien dispuesto a “explicarles” cómo deberían comportarse, vestir o callar.
Veneno que circula
La manosfera (o machosfera) también ha llegado aquí. No hace falta buscar foros incel en inglés, o espacios digitales en los que se difunden discursos antifeministas, de supremacía masculina y subordinación de las mujeres: basta con entrar en ciertos canales de Telegram o en algunos directos de TikTok donde jóvenes repiten discursos de supremacía masculina como si fueran verdades reveladas. El informe europeo dice que en uno de los principales foros incel el 16 por ciento de las publicaciones contenía insultos misóginos. Aquí no tenemos ese porcentaje exacto, pero cualquiera que escuche a los chavales hablar de “feminazis” o “hipergamia” sabe que el veneno ya circula.
Y luego están los deepfakes sexuales, esa tecnología que convierte la imagen de una mujer en un arma contra ella. Entre 2019 y 2023, los vídeos manipulados aumentaron un 550 por ciento. El 98 por ciento eran pornográficos. El 99 por ciento de las víctimas eran mujeres. No hace falta imaginar grandes conspiraciones: basta con pensar en una chica de Molina de Segura que ve su cara en un vídeo que nunca grabó. O en una profesora de instituto que descubre que circula un montaje suyo entre los alumnos. La inteligencia artificial no ha creado la misoginia, pero la ha amplificado. Le ha dado velocidad, anonimato y alcance.
Farolas digitales
El informe europeo habla de continuum de violencia: lo que ocurre online refuerza, prolonga o desencadena daños fuera de la red. Y en Murcia lo vemos cada día. Una chica que recibe insultos en Instagram puede dejar de salir sola por la noche. Una mujer que sufre acoso digital puede sentir miedo en su propio barrio. Una adolescente que ve su imagen difundida sin permiso puede abandonar actividades, amistades, espacios. La violencia digital no es virtual: es real. Y se nota en la forma en que caminamos por la ciudad.
Necesitamos farolas digitales. Educación afectivo-sexual en los centros, alfabetización mediática en las familias, protocolos claros en las instituciones, responsabilidad en las plataformas. Y, sobre todo, una ciudadanía que no mire hacia otro lado cuando vea odio, que no normalice lo que daña, que no confunda libertad de expresión con violencia. Porque si internet es una plaza pública sin farolas, entonces habrá que encenderlas. También aquí. También ahora.
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
La doctora Marina Gandía Herrero (Lorca, 48 años), médica de Cuidados Paliativos en el Hospital Morales Meseguer de Murcia, acompaña cada día a personas que viven una enfermedad avanzada y a familias que transitan el miedo, la incertidumbre y la despedida. Su trabajo, lejos de la imagen reducida que aún persiste, es un ejercicio profundo de escucha, presencia y humanidad. Esta conversación es la primera que abre una serie sobre gente que inspira. En un hueco entre los preparativos del XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) -que se celebrará en Cartagena del 8 al 10 de octubre próximos- y su trabajo hospitalario, Marina comparte cómo la vocación nació en una clase de Ciencias Naturales, qué significa cuidar bien y cómo el contacto diario con la fragilidad transforma la manera de vivir. Y con todo ello, inspira.
– ¿Cómo se describe fuera de la consulta y del hospital?
– Me describo como una persona alegre y cuidadora. Me gusta cuidar de los míos, y ahí encuentro sentido. Disfruto muchísimo con mi familia y acompañar a mis hijas me da propósito: verlas crecer, ayudarles a tener herramientas, observar cómo se convierten en quienes están llamadas a ser. Pienso mucho en ellas, en lo que les puede aportar lo que ven en mí: ser trabajadora, pero también disfrutona, y al mismo tiempo alguien que piensa en los demás. Me miro a través de ellas.
– ¿Cuándo nace su vocación médica?
– Nace muy pronto, con ocho o nueve años, en Primaria, en una clase de Ciencias Naturales. Me fascinaba entender cómo funciona el cuerpo humano. Recuerdo la clase del oído interno, el misterio de que podamos oír porque se mueva una membrana que mueve unos huesecillos fue algo que me despertó una curiosidad enorme. En mi familia no tenía referentes sanitarios, pero sí ese deseo de estudiar el cuerpo humano. Al principio me veía más estudiosa que médica, pero la práctica me enseñó lo que podía aportar además del conocimiento.
– ¿En qué momento sintió que los cuidados paliativos eran su lugar?
– Fue una enfermera quien me lo señaló. Me dijo: “Hace falta algo más de actitud paliativa, y me da la impresión de que tú puedes aportar mucho”. Yo estaba sobreviviendo a la residencia, sin ver más allá del día a día, pero ella vio algo en mí. Me introdujo en cursos, me abrió una puerta. Y detrás de esa puerta estaba mi sitio.
«Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar»
– ¿Qué imaginaba que sería este trabajo y qué descubrió después?
– Imaginaba que sería aplicar conocimientos, pero descubrí un territorio nuevo: atender la espiritualidad de las personas en etapas finales de vida. Ha sido lo más gratificante. Me ha aportado una dimensión que no esperaba.
– Para quien asocia los paliativos solo al final de la vida, ¿cómo le explicaría en qué consisten y cuándo deben comenzar?
– No son solo los últimos días, ni solo morfina, ni solo renuncia. Son una forma de mirar. Una valoración integral: lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo social. El sufrimiento hace que nos sumamos en un caos que hay que ayudar a ordenar. Y ese orden requiere tiempo, escucha, presencia. Los paliativos deben empezar antes, acompañar gradualmente, ensanchar la vida cuando ya no se puede alargar.
– Al conocer a una persona con enfermedad avanzada, ¿qué necesita saber además del diagnóstico?
– Le pregunto directamente ‘qué debemos saber sobre ti para ayudarte lo mejor posible’. Las pruebas nos dicen cómo afecta la enfermedad al cuerpo, pero solo la persona nos dice cómo le afecta a ella. Qué le preocupa, qué valora, qué teme. A veces el síntoma no es físico. Y también el lugar importa: hospital o domicilio, según dónde se sienta más segura, más serena, más ella mismo.
– ¿Cómo se traduce la escucha en decisiones concretas?
– La escucha es más importante que el fonendo. La presencia, ese estar de verdad, sostiene todo. En las primeras visitas buscamos crear un vínculo que permita que la persona se sienta acompañada, no solo atendida.
– ¿Cómo abordas una conversación difícil cuando paciente y familia tienen ritmos distintos?
– Con formación y con humildad. La comunicación es un arte que debería enseñarse en todas las profesiones sanitarias. Hay que entender qué hay detrás de una pregunta: a veces no es una demanda de pruebas, sino un grito de ‘¿cómo voy a afrontar esto?’. Y ahí hay que entrar con cuidado.
«Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro»
– ¿Qué necesitan las familias, incluso cuando no saben pedirlo?
– Seguridad: saber que buscamos lo mejor y que el objetivo común es que el paciente sufra lo menos posible. A veces surgen conflictos sobre informar o no al paciente. Pero lo importante no es la información en sí, sino que sufra lo menos posible. Hay que hacer equipo. Ellas conocen mejor que nosotros a esa persona.
– ¿Cómo se construye una mirada común entre medicina, enfermería, psicología y trabajo social?
– Esa mirada es una de las cosas más gratificantes. La interdisciplinariedad multiplica la atención. Falta que psicólogos y trabajadores sociales estén siempre en los equipos, pero aprendemos muchísimo de ellos y de las enfermeras. Las intervenciones conjuntas son muy enriquecedoras y nos enseñan a abordar situaciones similares en el futuro.
– ¿Hay algún encuentro que haya cambiado su manera de entender la vida?
– Muchos. Con pacientes jóvenes es fácil empatizar, sobre todo mujeres con hijos. Su sufrimiento por no verlos crecer nos enseña mucho. También los mayores que afrontan el final con naturalidad y dejan su legado bien cerrado. Son espejos.
– ¿Qué le han enseñado sobre la esperanza cuando ya no es posible curar?
– Que la esperanza se modula. Para algunos es presente: una despedida serena, que la familia esté bien. Para otros es trascendental: la impronta que dejan. Aprendemos cada día de esa capacidad de encontrar sentido incluso en la despedida.
– ¿Cómo influyen estas experiencias en su forma de vivir?
– Me han enseñado a valorar las pequeñas cosas. Los pacientes que disfrutan de lo pequeño te hacen de espejo. Vivo con más relatividad y agradecimiento.
– ¿Qué resulta más exigente emocionalmente?
– No el acompañamiento, que es gratificante. Lo agotador son las dinámicas de la organización: la falta de tiempo, la carencia de una cultura paliativa, la lucha por difundirla. Falta formación reglada en muchas facultades, porque en medicina está pensada para curar. Y cuando no se puede curar, nos quedamos en un abismo. Ese abismo hay que llenarlo de humanidad.
– ¿Qué prácticas le ayudan a conservar la presencia y no llevarse todo a casa?
– El equipo. Nos desahogamos juntas, hablamos de lo que nos ha tocado. Este despacho es un oasis. Igual que decimos a los pacientes “cuéntalo”, nosotras también lo hacemos.
– ¿Recuerda la primera vez que una historia clínica le afectó como persona?
– Sí, un caso muy grave compartido con medicina interna. Me hizo replantearme cuánto puedo dar y hasta cuándo. Me acompaña y me ayuda a seguir.
– ¿Ha sentido miedo de no encontrar palabras?
– Muchas veces. Y no es malo. Al principio intentas llenar vacíos, pero luego ves que a veces no hay palabras. Decir ‘no sé qué decirte’ reconforta. Hay preguntas que buscan presencia, no respuesta.
– ¿Cómo distingue entre acompañar y cargar con un dolor que no le corresponde?
– Me queda mucho por aprender. La formación ayuda a dar lo mejor sin que repercuta en mí. Quedarme satisfecha con lo que puedo hacer me permite estar tranquila.
– ¿Se permite mostrar emociones?
– Sí. Alegría, admiración, agradecimiento, tristeza. Es bueno para todos. Nos ven como personas que cuidan personas.
FOTOGRAFÍAS | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
FOTOGRAFÍA | Juan Carlos Caval (Diario La Opinión)
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– ¿Hay algún gesto o silencio que le acompañe?
– Las miradas. Varias miradas profundas de agradecimiento y seguridad. Las recuerdo con nombres y apellidos.
– ¿Ha cambiado este trabajo la forma de hablar en su familia sobre la enfermedad y la muerte?
– Sí. Antes tenía líneas rojas sobre cómo no querría vivir. Ahora creo más en la capacidad de adaptación y en los apoyos.
«He dudado continuar en paliativos por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir»
– ¿Qué ha tenido que desaprender para cuidar mejor?
– Las exploraciones complementarias. Las pruebas. En paliativos muchas de ellas no aportan nada. Hay que desaprender esa dinámica de pedir por pedir.
– ¿Ha dudado en algún momento de continuar en paliativos?
– Sí, por la sobrecarga, no por el trabajo en sí. Valoro mucho mi tiempo fuera. Pero creo que hay que cambiar circuitos y seguir.
– ¿Qué momentos le hacen pensar ‘por esto merece la pena’?
– Las personas. Ver la necesidad tan clara. Difundir que los paliativos son un cuidado intensivo. Ensanchar la vida, no alargarla. Transformar el caos en crecimiento, en cierre biográfico, en reconciliaciones. Eso merece la pena.
– ¿Qué significa cuidar bien?
– Cuidar a la persona, no al paciente con una enfermedad. Es el lujo de este trabajo: ser más humana y compasiva.
– ¿Qué le gustaría que recordara una familia que hoy recibe la noticia de que su ser querido necesita cuidados paliativos?
– Que, aunque impacte, no van a estar solos. Puede ser una despedida serena.
– ¿Por qué nos resistimos a morir?
– Porque culturalmente preferimos pensar en otras cosas. Lo hablamos poco y no lo transmitimos a los jóvenes.
– Incluso les escondemos la muerte a los niños…
– Efectivamente. Pensamos que así vivirán mejor, pero no es así. La muerte forma parte de la vida y la hace valiosa. Esconderla les impide afrontarla y compartir tristeza o miedo.
Vivir la pandemia en primera persona
– ¿Qué le enseñó la pandemia?
– Por un lado, lo frágiles y vulnerables que somos como seres humanos. Y, por otro, la poca importancia que a menudo damos a lo verdaderamente esencial en la vida. Ver a tantas personas mayores aisladas de sus familias por miedo al contagio me hizo reflexionar profundamente. Tenemos mucho trabajo por hacer como sociedad en este sentido. Durante aquellos meses descubrimos el enorme valor de algo tan sencillo como poder ver a nuestros seres queridos, abrazarlos o compartir tiempo con ellos. Solo cuando tuvimos que sustituir los abrazos por choques de codo y ocultar nuestros rostros tras las mascarillas fuimos plenamente conscientes de ello. Sin embargo, con el paso del tiempo, parece que hemos vuelto a olvidarlo.
También creo que la pandemia puso de manifiesto que no estábamos preparados para afrontar una situación así. Considero que haber priorizado en algunos momentos la prevención de los contagios por encima de las necesidades relacionales y emocionales de las personas fue, en parte, consecuencia de una cierta inmadurez colectiva. La gran lección es que debemos aprender a proteger la salud sin perder de vista aquello que nos hace humanos.
– Usted formó parte de los equipos de profesionales sanitarios de voluntarios ‘medicalizaron’ las residencias de ancianos. ¿Qué recuerda al entrar en aquellas instalaciones?
– Lo que más me impactó fue la soledad con la que muchas personas mayores afrontaron sus últimos días. En las primeras residencias afectadas vimos cómo las familias permanecían fuera por miedo al contagio y teníamos que informarles por teléfono sobre la evolución de sus seres queridos. Aunque podían acudir a despedirse, muchas no se atrevían. Aquellos ancianos acabaron acompañados por quienes más cerca estaban de ellos en ese momento: las enfermeras y auxiliares que los habían cuidado durante años. Fue una situación humana muy dura que reflejó el enorme impacto emocional de la pandemia.
– ¿Qué sintió al contagiarse de la Covid?
– Pues mira, me hizo sentir culpable. Al dar positivo, eso implicaba que mis hijas también tenían que guardar cuarentena y someterse a las pruebas correspondientes. De alguna manera, sentí que las estaba arrastrando a una situación incómoda que no habían elegido. En realidad, no teníamos un miedo especial a las consecuencias que la infección pudiera tener dentro de casa, porque confiábamos en que podríamos afrontarla. Sin embargo, todo lo que conllevaba esa situación, las restricciones, las preocupaciones y el impacto en la dinámica familiar, me hizo sentir mal por ellas. Con la perspectiva que da el tiempo, hoy lo veo de otra manera. Creo que aquel riesgo existía y que era un riesgo que había que asumir. Si volviera a encontrarme en la misma situación, actuara igual.
Fotografía | Juan Carlos Caval – La Opinión de Murcia
Un sembazuru para el XV Congreso de la Secpal en Cartagena
La mesa redonda del ‘oasis’ de la Unidad de Cuidados Paliativos del Morales Meseguer se ha llenado de grullas de origami llegadas desde numerosos puntos de España e incluso desde Colombia. Todas forman parte del sembazuru impulsado por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, una tradición japonesa que consiste en plegar mil grullas, cada una de ellas portadora de un deseo. “En este caso, el anhelo compartido es que todas las personas que viven con una enfermedad grave puedan estar acompañadas por quienes las quieren y las cuidan, y recibir la atención de profesionales formados en cuidados paliativos capaces de aliviar su sufrimiento”, precisa Maria Gandía. Médicas, enfermeras, psicólogas y trabajadoras sociales expondrán todas las grullas recibidas durante el XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), que se celebrará en Cartagena entre los días 10 al 12 del próximo mes de octubre.
Hace más de treinta años nació Traper@s de Emaús en la Región de Murcia de la mano de un grupo de lunáticos que pretendían abogar por un concepto peculiar de empresa social solidaria. Lo hacían con un sencillo lema: “Lo aparentemente inútil para los aparentemente inútiles: un trabajo social y solidario”. De las buenas intenciones repletas de utopía pasaron a concretar una estructura societaria centrada en el reciclaje y la recuperación, similar a la que sus hermanos de Pamplona habían puesto en marcha a partir de la experiencia impulsada por el abbé Pierre desde 1949 en Francia.
Inserción social y laboral, calidad de vida de todas las personas y compromiso con el entorno natural y humano eran los tres pilares sobre los que se sustentaba ese proyecto. Un proyecto que sentí como propio desde sus comienzos, y así lo reflejé en un artículo publicado en octubre de 1995 y que siempre ha sido una de las primeras cartas de presentación de lo que ha sido la trayectoria de Traper@s Región de Murcia.
Oscuras perspectivas
Nunca lo han tenido fácil, porque tras constituir la empresa de inserción (de personas en situación de exclusión) dedicada al reciclaje y trabajar con numerosas instituciones públicas ahora se les presentan unas oscuras perspectivas. Y a ello voy. Cuando un modelo funciona durante años, romperlo exige algo más que un “cambio de procedimiento”. Estamos en Molina de Segura, y vemos con sorpresa cómo el Ayuntamiento ha decidido que el contrato de recogida de papel y cartón ya no necesita reservarse para empresas de inserción. Que cualquiera puede presentarse. Que lo social, si eso, ya se verá.
Y uno se pregunta si de verdad alguien cree que la inclusión socio laboral brota sola, como las acelgas en las acequias o las collejas en mitad del campo. Porque Traperos Recicla lleva más de dos décadas demostrando lo contrario: que la inserción se trabaja, se acompaña, se sostiene y, sobre todo, se financia.
Artículo publicado en el diario La Verdad el 21 de octubre de 1995.
Laboratorio de contratación
Es bueno saber que desde 2005 las distintas corporaciones municipales han mantenido este modelo mediante la incorporación de cláusulas sociales. Y no es una frase cualquiera: es la constatación de que Molina de Segura ha sido, durante años, un pequeño laboratorio de contratación pública responsable. Un lugar donde recoger papel y enseres no era solo recoger papel, sino dar trabajo a quienes más difícil lo tienen.
Pero ahora, de repente, el modelo se abre a la libre concurrencia. Y claro, libre concurrencia suena muy bien en los pliegos, algo muy técnico, muy europeo, muy procedimiento abierto. Pero en la práctica significa que Traperos Recicla —una empresa de inserción con 23 contratos de personas vulnerables y una plantilla media de 42 trabajadores— tendrá que competir con empresas que no tienen esa carga social, ni esa misión, ni ese compromiso. Competir con quien solo mira números, no vidas.
Igualdad de oportunidades
Y aquí es donde uno empieza a sospechar que la pobreza siempre pierde cuando quienes ostentan el poder de decisión política de tomar decisiones en la Administración se ponen tecnocráticos. Porque mientras se habla de eficiencia, de concurrencia y de igualdad de oportunidades entre empresas, se olvida la igualdad de oportunidades entre personas.
Los ingresos del contrato suponen el 65 por ciento de la financiación total de la empresa. Si se pierde, no hablamos solo de un cambio de proveedor, hablamos de un terremoto social. Traperos Recicla ha invertido más de 250.000 euros en vehículos y equipamientos confiando en la continuidad del modelo. Y ha renovado por cinco años el alquiler del Centro de Preparación para la Reutilización, con un coste fijo de 3.000 euros mensuales. ¿Cómo se llama esto? En cualquier manual de empresa: planificación estratégica. En cualquier manual de Administración Pública: generar confianza en el proveedor social.
Confianza caducada
Pero en Molina, por lo visto, la confianza ha caducado. La ausencia de reserva puede dificultar seriamente su capacidad para competir en el nuevo procedimiento. Y uno piensa: claro que puede dificultar. Porque competir en desigualdad es competir para perder. Una confianza que sí estuvo con la anterior corporación del PSOE y Podemos, fruto de la cual ambas partes defendieron lo que consideraban justo.
A todo esto se suma la falta de diálogo, un diálogo que sí lo hubo hace años cuando se puso en marcha este tipo de colaboración incluso con un gobierno del Partido Popular de entonces. Ahora, ni una mesa, ni un café, ni un rato para escuchar. Y eso, en política local, es casi una declaración de intenciones. Resulta paradójico que mientras el Ayuntamiento de Murcia pone en valor el trabajo de Traper@s, con visita incluida de su concejala de Bienestar Social a la Comunidad Emaús, el de Molina, con alcalde popular, no dice ni pío.
Porque hablamos de un proyecto de vida para decenas de personas. Que la contratación pública puede ser una herramienta de justicia social. Que Molina de Segura ya lo sabía. Y que olvidarlo ahora sería un error histórico. La libre competencia está muy bien, pero la libre exclusión no debería ser nunca una opción.
Ilustración | Nana Pez
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En este verano de incendios, riadas, conversaciones múltiples sobre los calores sobrevenidos y destinos turísticos saturados como si no hubiese un mañana, nos hemos tropezado con la crisis humanitaria de Ceuta, una de las muchas ciudades que viven en el borde como si el mapa las hubiera dibujado con un temblor en la mano. Ciudades y territorios donde las fronteras no son líneas: son grietas. Por ellas se cuela el miedo, la política, la pobreza y, muchas veces, también la humanidad.
Las más de 72.000 personas que cruzaron desde Marruecos hacia la ciudad autónoma el pasado 30 de julio son una cifra que no cabe en ninguna estadística emocional. Mientras miles de adultos fueron devueltos por mecanismos tan opacos como rápidos de “cooperación bilateral”, como ha denunciado Convivir sin Racismo—, más de mil menores quedaron bajo custodia autonómica, junto a solicitantes de asilo que esperan, como quien aguarda que amanezca, una resolución que no llega.
Convivencia desgastada
Sentimos como propio que la ciudad, agotada, ha hecho lo que ha podido: vecinas y vecinos improvisando acogidas, ONG repartiendo comida en playas convertidas en dormitorios, asociaciones sosteniendo lo que los servicios públicos no alcanzan. Y, sin embargo, lo que más ha dolido no ha sido la precariedad, sino la fractura. Porque la convivencia se ha desgastado hasta el punto de que algunos han confundido el cansancio con odio, y el abandono con permiso para la violencia. Que haya quien incendie pertenencias de recién llegados, quien impida a Cruz Roja repartir agua, quien hostigue a menores, no habla de Ceuta: habla de lo que ocurre cuando una crisis se deja pudrir. Y habla también de quienes han decidido convertir la solidaridad en sospecha, como si acompañar, documentar o asistir fuera un delito.
Leyendo el manifiesto de Convivir sin Racismo, uno no puede evitar recordar lo que Arturo Lezcano describe en El país invisible (Libros del K.O., 2025): la historia de cientos de miles de gallegos que, en dos oleadas entre 1880 y 1960, emigraron a América buscando lo mismo que hoy buscan quienes llegan a Ceuta. No eran héroes ni aventureros: eran trabajadores pobres que partían con una maleta de cartón y un futuro prestado. Y, como los migrantes de hoy, fueron invisibles.
Desaparecer sin ruido
Invisibles en los censos, invisibles en las leyes, invisibles en la memoria. Invisibles cuando trabajaban en los puertos de Buenos Aires o Nueva York, en las cocinas de Caracas, Ciudad de México, Salvador de Bahía o Río de Janeiro, en las haciendas de Cuba. Invisibles cuando enviaban remesas que levantaron casas y escuelas en Galicia mientras ellos seguían siendo “los de fuera”.
Lezcano lo resume con una frase que atraviesa el tiempo: “La emigración gallega fue un país entero que desapareció sin hacer ruido”. No podemos negar que hoy, en Ceuta, ocurre lo mismo: un país entero que llega sin hacer ruido, pero sobre el que se grita demasiado.
Criminalizar la solidaridad es degradar la democracia. No hay frontera que exima del cumplimiento de la ley, ni territorio que permita excepciones en derechos humanos. La política migratoria no puede convertirse en un campo de batalla donde unos defienden la “integridad territorial” mientras otros cargan con la intemperie.
En las concentraciones convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias participaron miles de personas bienintencionadas que expresaron su solidaridad con los ceutíes. Pero el apoyo no puede ser un disfraz para movilizaciones contra las personas migrantes, ni un altavoz para quienes buscan convertir una crisis humanitaria en un arma partidista.
Una mirada distinta a la frontera
Ceuta necesita recursos, coordinación, transparencia. Necesita que se investigue la violencia racista, que se garantice el trabajo de Cruz Roja, Elín y tantas organizaciones que sostienen lo que otros abandonan. Necesita que se cumpla la ley con los menores, que se respete el derecho de asilo, que se deje de externalizar responsabilidades hacia Marruecos como quien barre el polvo hacia la casa del vecino. Y, sobre todo, necesita que dejemos de mirar la frontera como un muro y la miremos como un espejo. Porque lo que ocurre allí dice más de nosotros que de quienes llegan.
Los gallegos que emigraron hace un siglo también fueron tratados como amenaza, como carga, como intrusos. Ellas fueron víctimas de la trata, como ocurre en nuestros civilizados países de acogida. Familias rotas, proyectos a menudo truncados, extraños en las tierras donde llegaban y extraños cuando regresaron a sus aldeas. Hoy son parte del relato sentimental de un país que olvida demasiado rápido. La invisibilidad es una enfermedad que se hereda.
La frontera no admite excepciones. La humanidad tampoco. La inacción no es una opción. Y es verdad: la frontera no admite excepciones, pero la humanidad tampoco. Ceuta está en el borde. Pero el borde no es un límite: es un lugar desde el que se ve con más claridad quiénes somos. Y, sobre todo, quiénes fuimos.
Esta escritora valenciana habla desde un territorio íntimo: el de las familias matriarcales, las heridas que no se borran, el universo femenino y la búsqueda de identidad
Hay escritoras que narran desde la distancia, y hay otras que escriben como quien abre una ventana en mitad de la noche para respirar. María Jesús Puchalt pertenece a estas últimas. Autora de Mar de azahar (2016), No hay bisontes en los valles de amapolas (2022) y Dime, Lucía, de qué color es el mar (2023), así como participante del libro coral 15 miradas a la libertad, Puchalt desgrana su proceso creativo con una sinceridad poco habitual: escribe desde la vida, desde el miedo, desde la contradicción, desde la memoria que insiste. Y lo hace con una ambición clara: ser recordada como una gran contadora de historias.
– ¿Qué significa para usted eso que llama “mosaicos familiares complejos”?
– Mi vida ha estado siempre rodeada de mujeres que empujaban el mundo con las manos. Mujeres valientes, mujeres excesivas, mujeres que marcaban el ritmo de la casa. En Valencia, como en el País Vasco, hay familias donde la voz femenina es la que ordena el aire. Yo crecí ahí, en ese territorio donde la fuerza puede ser luz, pero también sombra. Desde niña entendí que la familia es un lugar que puede salvarte o puede atraparte. Por eso hablo de mosaicos: porque cada familia es una composición de piezas que encajan y piezas que se astillan. Y yo escribo desde esas aristas.
– Ha definido la escritura como un espacio de libertad, de multiplicación de vidas. ¿Qué significa eso para ti?
– Soy muy vital, aunque la vida no me lo haya puesto fácil. Siempre he sentido que una sola vida no basta. Cuando escribo, vivo muchas vidas a la vez: la mía, la que imagino, la que deseo, la que temo. Me pongo en la piel de todos los personajes, incluso de aquellos que me incomodan. Y en ese gesto, en ese desdoblarme, encuentro una libertad que no tengo en ningún otro lugar. La escritura es mi respiración más profunda.
– ¿Qué Le resulta más difícil de abordar: los miedos, las contradicciones humanas o la búsqueda de identidad?
– Las contradicciones no me cuestan: soy una contradicción con patas. Los miedos tampoco: llevo toda la vida temiendo a la muerte, desde muy pequeña, como si fuera una sombra que me acompaña. Lo más difícil es la identidad. La identidad es un territorio movedizo, cambia, se esconde, se disfraza. A veces buscamos mal, otras rechazamos lo que encontramos. Me cuesta encontrar la identidad de mis personajes porque me cuesta encontrar la mía. Y quizá por eso escribo.
– ¿Qué descubrió de sí misma escribiendo Mar de azahar, su primera novela?
– Mar de azahar nace de una herida que no se cierra. Es una novela que me comprometió porque parte de una historia personal de malos tratos, de dolor que me acompañará siempre. Con los años sentí que debía revisarla, porque yo había cambiado y la novela también debía hacerlo. En Dime Lucía, de qué color es el mar hay diálogos más crudos, más hirientes, más verdaderos. Me preocupa el maltrato psicológico: el “tú no vales nada”, el “tú no eres nada”. Lo veo volver, lo intuyo en el aire, y me da miedo.
– Ha estudiado a muchas autoras. ¿Qué le sigue inquietando de ese universo?
– El dolor. El dolor que atraviesa sus cartas, sus diarios, sus vidas. Irene Vallejo recordaba que la primera escritora conocida fue Enheduanna, en Mesopotamia, y aun así seguimos diciendo que el primer autor fue Homero. Ha habido momentos en que las mujeres tuvieron poder real, pero fueron fugaces. Me inquieta que volvamos a perder terreno. Por eso escribo sobre mujeres que crean, que sufren, que luchan. Aunque me gustaría escribir sobre reinas o figuras históricas con más distancia, no puedo: siempre vuelvo al dolor femenino.
– ¿Cómo empieza para usted una novela? ¿Con un personaje, una imagen, una pregunta?
– Empieza con una idea que se va alimentando sin que yo lo sepa. No es un destello: es algo que crece en los duermevelas, en lo que ves en la calle, en un libro que te roza, en una conversación que se queda dentro. Cuando termino una novela, ya está germinando la siguiente. De pronto la idea toma forma, como si emergiera del fondo del mar, y entonces sé que ha llegado.
– ¿Qué parte del proceso disfruta más y cuál exige más disciplina?
– La creación es mi libertad. Necesito horas por delante, perder la noción del tiempo, escribir como quien se sumerge. La corrección es árida: buscar el matiz exacto, el adjetivo preciso, eliminar repeticiones. Mi madre, maestra, me enseñó a buscar la excelencia. Y lo peor es buscar editorial: es un proceso que te desnuda y te expone.
– ¿Cómo gestiona la tensión entre la vida real y la ficción cuando trabaja con emociones tan íntimas?
– No sé gestionarla. Cuando escribo una novela, me caso con ella. Vivo con la novela, limpio con la novela, organizo con la novela, me acuesto con la novela. No sé separar. Ojalá pudiera. Pero no sé.
– Ha trabajado muchos años en la Administración Pública y en política. ¿Qué supuso la literatura frente a esa experiencia?
– Llegué a la política por casualidad. Al principio fue un tiempo luminoso, pero cuando la política se convirtió en un barrizal, en un “o estás conmigo o estás contra mí”, no pude seguir. Lo pasé muy mal con todo el caso de Rita Barberá. Caí en una depresión. La literatura fue un refugio, un lugar donde respirar, donde volver a ser yo. Una bendición.
– ¿Qué le gustaría que el lector sintiera al cerrar uno de sus libros?
– Que me recordaran como una buena contadora de historias. No quiero solo ser una buena escritora: quiero ser alguien cuya historia permanece en la cabeza del lector, como los personajes de Galdós. Que digan: “Esto me ha pasado”, “esto lo he visto”, “esto lo he sentido”. Que mis historias no les resulten ajenas.
– ¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría responder?
– Me la han hecho, pero he mentido. Cuando preguntan si lo que escribo es ficción o parte de mi vida, todos decimos que es ficción. Nadie ha rascado ahí. Si lo hicieran, no sé cómo acabaría la entrevista.
– ¿Hay alguna historia que le gustaría escribir y aún no se atreve?
– Sí. Una historia que se ha ido colando en todas mis novelas. Es la continuación vital de Lucía, personaje de mi primera novela, pero también mía. Historias bonitas y tristes, amores que no pudieron ser, episodios de mi vida de los que nunca tuve respuesta. Necesito más perspectiva para contarlo. Pero sé que llegará.
Con este calor, uno entiende casi todo. Que la gente camine pegada a las fachadas, como si las paredes repartieran salvación. Que en los bares ya no se hable del tiempo, sino de supervivencia… y del corrupto Mundial de fútbol, eso sí. Entiende incluso que ir en bici por la ciudad parezca un acto de fe: pedaleas entre coches, bordillos y carriles que aparecen y desaparecen como promesas electorales. Pero hay una cosa que ni con cuarenta grados, ni con el asfalto haciendo de plancha, termina de entrar: la facilidad con la que la política española convierte cualquier acuerdo en una traición de Estado.
En realidad, que ni siquiera se contemple la posibilidad del diálogo. Aquí parece que pactar no es pactar. Es venderse. Abstenerse no es desbloquear nada. Es arrodillarse. Es abrir el Apocalipsis con tertuliano incluido. Hemos logrado que la palabra acuerdo suene sospechosa, como si detrás vinieran siempre una mariscada, un sobre y un primo colocado.
Motivo de escándalo
Advierto, de antemano, que no he sufrido un golpe de calor acerca del disparate que les formulo. Imaginemos que dos diputados del PSOE andaluz hubieran dicho: “No nos gusta Moreno Bonilla, no nos gusta el PP y no nos gusta este viaje, pero tampoco queremos que Vox sea imprescindible. Le dejamos pasar la investidura y al día siguiente empezamos a hacer oposición hasta al color de las corbatas que llevan”. Dos votos. Nada más. Ni pacto de legislatura, ni abrazo de oso. Dos votos para que la llave no la tuviera quien convierte cada cerradura en un discurso de odio.
¿Se imaginan el escándalo? Ferraz y Génova habrían pedido sales. Las agrupaciones y las juntas locales, abanicos. Las tertulias, oxígeno. A esos dos diputados se les habría tratado como si hubieran entregado Despeñaperros en una bolsa del Mercadona. Habrían sido traidores por la mañana, irresponsables por la tarde y sospechosos por la noche. Y, sin embargo, quizá habrían evitado que el debate público entrara en esa dinámica pegajosa donde la extrema derecha deja de ser anécdota para convertirse en socio, árbitro y cobrador del frac.
Pero no. Aquí nos gusta hablar de cordones sanitarios siempre que los ate otro. Nos encanta la pureza, sobre todo cuando la factura la paga el vecino. La política española tiene alergia al gesto incómodo. Nadie quiere hacer nada que necesite dos frases para explicarse, porque vivimos en el reino del corte de vídeo, del tuit con espuma y del militante que confunde la coherencia con no saludar jamás al del bloque de enfrente. Esto ocurre especialmente en el bloque de la derecha, que siempre considera que si no está en el Gobierno es porque los otros lo han okupado.
Plus de gobernanabilidad
Mientras tanto, el país suda. Suda por las olas de calor, por las facturas, por la vivienda, por los incendios y por esa sensación pegajosa de que cada problema común acaba convertido en bronca de chiringuito entre señores que no se han puesto crema solar. Lo razonable habría sido admitir que facilitar una investidura no equivale a compartir un proyecto. Que dejar gobernar no es alquilar el alma. Que la oposición también puede empezar con un gesto inteligente y no necesariamente con un portazo teatral.
Bien es verdad que esta tesitura siempre parece tocarle al PSOE. Pero mira, es lo que tiene poseer un plus de gobernabilidad y sentido común, con valores morales al estar en el lado izquierdo de la historia. Valores que se atesoran por un pasado centenario no exento de dificultades.
Ilustración de NANA PEZ
La pregunta es otra: quién decide con quién se suma y qué precio se paga por cada suma. Porque en la vida política, como en el resto de la existencia, cada decisión abre un abanico de posibilidades: algunas cómodas, otras feas, unas rentables y otras decentes. Si dos socialistas le hubieran facilitado la investidura para que Vox no fuera necesario, habrían recibido palos de todos. Pero también habrían obligado a todos a retratarse mejor. Habrían dicho algo tan raro como esto: “No compartimos su política, pero preferimos que gobierne sin depender de quienes viven de incendiar la convivencia”. Suena exótico. En realidad, se llama parlamentarismo.
Valentía y polarización
Claro que para eso hace falta valentía, y aquí la valentía suele confundirse con subir el tono. Es más fácil llamar fascista, comunista, traidor, vendido o inútil que asumir una decisión impopular para evitar un mal mayor. Es más cómodo abanicarse con la bandera propia que sentarse a negociar con el adversario mientras afuera arden los montes y dentro arden los móviles. La política española es esa persona que se queja del calor, pero se niega a encender el aire acondicionado porque lo propuso el vecino del quinto.
Maldita polarización política que lo contamina todo. Que impide el diálogo. Que dinamita la convivencia. Que nos divide en las comidas familiares y que nos conduce a creer que quien no piensa como yo, no vota como yo o no odia como un servidor, no merece el mínimo respeto.
Mientras tanto, aquí seguimos, a un palmo del suelo, mirando las baldosas calientes y midiendo cada paso para no pisar la línea que ha pintado el partido. Como ciclistas urbanos sorteando coches, zanjas y decisiones municipales tomadas a medias, avanzamos sin carril claro y con el claxon encima. Tal vez algún día, entre una alerta naranja y una botella de agua templada, alguien descubra que pactar no siempre es rendirse. Que ceder dos votos puede ser una forma de no ceder el país entero al ruido. Y que, en política como en verano, conviene buscar sombra antes de que la insolación nos parezca una estrategia.
Ni en el primer turno de vacaciones se libra uno de una especie extendida por cualquier hábitat urbano, litoral, ruta de aventura, destino turístico singular o viaje alternativo. Una pequeña tribu de estas variedades lo mismo flota en una apacible playa familiar que te la encuentras en la cola del súper o en la mesa de al lado del restaurante en estos días de asueto. Hablo del odiador profesional. De la odiadora experta. Del grupo de quienes, por encima de todo, sienten tirria, animadversión, ojeriza o aversión a quienes no piensan como ellos, no votan como ellos, no aman (si lo hacen alguna vez) como ellos o no se alimentan de los agitadores de cabecera como ellos.
Quizá has tardado tiempo en darte cuenta, pero el odio no nace de una gran idea ni de una revelación filosófica al salir de la ducha. Nace bastante más abajo: en el miedo, en la frustración, en la pereza de pensar y en esa necesidad tan nuestra de encontrar un culpable con nombre, cara y, si puede ser, cuenta de X o de otra ‘red social’. Porque la vida es complicada, sí, pero siempre hay un tertuliano dispuesto a simplificárnosla con la delicadeza de una motosierra.
Política y exorcismo
Odiar tiene ventajas. No exige leer, ni escuchar, ni hacerse preguntas, que es una gimnasia peligrosísima para quien lleva años cultivando abdominales de prejuicio. Basta con abrir la emisora de cabecera, localizar al enemigo del día y apretar el botón rojo de la indignación. Hay quien desayuna tostadas; otros, Pedro Sánchez. Pero no Pedro Sánchez, presidente discutible como cualquier gobernante, sino ‘Perro’ Sánchez, criatura mitológica: okupa de La Moncloa, prestidigitador del BOE, vendedor ambulante de España por fascículos y responsable, si uno se esfuerza, de que el yogur caduque antes del próximo lunes.
Discrepar de Sánchez -como de cualquier otro- es sano; odiarlo como si fuera el anticristo con gafas de sol ya es otra afición, más parecida al aeromodelismo emocional. Cuando la política se convierte en exorcismo, ya no se combate una ley o una medida; se combate a un monstruo. Y al monstruo, claro, no se le discute: se le aplasta, se le borra, se le desea la ruina y, si se tercia, se salpica también a su mujer, a su hermano, al primo segundo y al perro, que algo sabría.
Enemigos vs adversarios
Ahí empieza lo verdaderamente obsceno: cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver paquetes ideológicos con patas. Ya no hay adversarios, vecinos, madres, hijos, trabajadores o gente que llega tarde al médico. Hay rojos, fachas, moros, menas, feminazis, maricones, progres, cayetanos, traidores, vagos y demás etiquetas de usar y tirar. La deshumanización es comodísima: permite odiar sin mancharse mucho. Uno no insulta a una persona; fumiga una categoría. Y así cualquiera se cree valiente.
Con las personas inmigrantes el truco es viejo, pero sigue dando audiencia. Se las acusa de quitarnos el trabajo y, simultáneamente, de vivir sin trabajar; de colapsar la sanidad y de no contribuir; de venir a aprovecharse y de venir a invadirnos. Nadie parece recordar que quien cruza medio mundo no lo hace por afición al trámite administrativo, sino porque en su casa se acabó el futuro. Pero la compasión no cabe en un titular con mayúsculas.
Ilustración | NANA PEZ
Este artículo nació tras escuchar, a escasos metros, los discursos de odio de personas que supuestamente ‘disfrutaban’ de un baño en la playa. Destilaban una animadversión hacia los emigrantes, Pedro Sánchez, a su familia, a todo lo que tuviera que ver con el Gobierno actual, la fiesta del Orgullo… que me provocó una profunda tristeza y un interrogante: ¿de dónde nacía todo ese odio?
Odio al diferente
Con el colectivo LGTBQI+ la película roza la comedia negra. Hay quien se siente perseguido porque otros se besan, se nombran o celebran que existen sin pedir permiso al comité de buenas costumbres. Molesta una bandera, un pronombre, una familia que no cabe en el belén de la abuela. Llaman adoctrinamiento a que una persona trans no tenga que esconderse y libertad a su derecho a señalarla con el dedo. Curiosa libertad: siempre empieza en su boca y termina en la vida de los demás.
El odio también tiene mucho de pánico al carril bici. Uno va tan tranquilo en su coche mental, creyendo que la ciudad y el mundo fueron diseñados para su volante, y de pronto aparece alguien pedaleando por donde antes solo circulaban sus certezas. Compruebo a diario que la bicicleta urbana irrita porque ocupa poco, no ruge y recuerda que hay otras formas de moverse. Como el pensamiento ajeno: pasa cerca, no pide perdón por existir y obliga a mirar dos veces antes de abrir la puerta.
También odiamos porque la vida aprieta. El alquiler muerde, el sueldo encoge, el futuro se parece a una bicicleta sin frenos bajando por una cuesta con adoquines y encima alguien nos dice que la culpa es del inmigrante, del gay, de la feminista o del vecino que vota mal. Y nosotros, que estamos cansados, compramos el paquete. Es más fácil odiar al de al lado que mirar hacia arriba, donde están los que reparten la tarta, se quedan el cuchillo y luego nos convencen de pelear por las migas. El negocio funciona porque el odio da sensación de altura moral. Uno se siente firme, lúcido, patriota, decente, incluso mártir, aunque solo esté repitiendo la consigna que otro le dejó en la pantalla.
Enemigos en el menú
Por eso conviene sospechar de quien nos sirve enemigos en menú del día. Nadie regala odio: lo alquila con intereses. Mientras discutimos si merece dignidad el que viene de fuera, el que ama distinto o el que vota al contrario, otros siguen haciendo caja. Y nosotros, obedientes, ladramos en la rotonda digital creyendo que estamos defendiendo la civilización cuando apenas estamos haciendo ruido de fondo.
No les pido que amen al adversario, aunque habría mucho de qué hablar. Bastaría con discutir ideas sin desear funerales civiles, apagar de vez en cuando el aspersor de bilis y recordar que nadie es solo su papeleta, su acento, su bandera o su forma de amar. El odio nace donde muere la curiosidad y crece donde se riega el miedo. Y si no lo frenamos, acabaremos viviendo en una ciudad llena de carriles bici vacíos y bocinas furiosas: todos convencidos de tener preferencia, nadie dispuesto a mirar al que viene de frente.
No sé si les habrá pasado a ustedes, pero hay un momento en la vida —normalmente coincide con la primera vez que te pillas a ti mismo diciendo “esto antes no pasaba”— en el que descubres que tus héroes eran, en realidad, gente normal con superpoderes de postureo. Personas que parecían sólidas desde lejos, como esas bicicletas urbanas que anuncian en Instagram: muy bonitas, muy vintage, pero que en cuanto las pruebas notas que el manillar tiembla más que tú ante cualquier adversidad o que las pastillas de los frenos chirrían como tus supuestas verdades.
De pequeño, claro, uno se lo cree todo. Los adultos eran los primeros referentes a imitar. Nunca se equivocaban. Eran consecuentes con sus afirmaciones (maldita coherencia que se ha llevado tanta gente por delante) hasta que descubrías que también se equivocaban. Que proyectaban en sus descendientes lo que ellos no habían sido capaces de lograr y, además, con un empeño digno de la constancia más absoluta. O que te han seguido tratando toda la vida como si fueses un niño desvalido.
Bici sin manos
Los periodistas eran faros de la verdad; los políticos, estrategas de mirada profunda; los profesores, enciclopedias con tiza; la Iglesia, un GPS moral sin desvíos. Y tú, pedaleando por la vida con tus ruedines emocionales, convencido de que los adultos sabían lo que hacían. Qué ingenuidad tan mona, de verdad.
Luego creces, te subes a la bici sin manos —porque el camino hacia la adultez es eso, ir sin manos aunque no quieras— y empiezas a ver grietas. En mi caso, una de las primeras fue con algunos periodistas. Tú, que soñabas con ser uno de la tribu, descubres que hay quienes escriben según sople el viento… y no hablo del viento de Levante, que ese al menos es honesto. O los que convertían historias ficticias en supuestas crónicas de corresponsal de guerra luego desmontadas por compañeros de profesión y batallas. Otros opinan antes de informarse, y hay quien confunde la columna con un púlpito portátil. Y tú ahí, intentando no convertirte en uno de esos que dicen “la prensa” como si hablaran de una banda de moteros.
Políticos y profesores
Después vienen los políticos y la política. Ay, los políticos. Los tenías por héroes de cómic, y resulta que muchos no pasarían ni la prueba de equilibrio en una bicicleta estática. Los ves improvisar, tropezar, contradecirse, y entiendes que el “proyecto de país” o “trabajar para la mejor tierra del mundo” a veces es simplemente “a ver cómo salimos del día sin que arda nada”. Descubres que sus complejos, egos e incoherencias están a la orden del día. Que nos lo digan ahora con lo que está cayendo. Y tú, mientras tanto, pedaleando en zigzag para no comerte sus ocurrencias.
Los profesores… esos semidioses del aula. Los que parecían tener respuesta para todo. Hasta que vuelves al instituto veinte años después y descubres que también estaban cansados, que también dudaban, que también improvisaban exámenes porque la vida no da para más. Y te reconcilias un poco, porque al menos ellos no fingían tanto. Ellos eran como esa bici vieja que hace ruido pero nunca te deja tirado.
Ilustración: NANA PEZ
No perder la fe
Y luego está la Iglesia. Esa sí que era una institución firme, como un pedal bien engrasado. En ella has crecido y, hasta incluso, trabajado durante una década. Aún recuerdo cuando un veterano empleado de la Curia, compañero de verdad, me dijo una frase lapidaria en mi primer día de trabajo: con lo que vas a ver y vivir aquí no pierdas la fe. Hasta que empezaron a salir verdades que chirriaban más que una cadena sin aceite. Y tú, que creciste escuchando homilías sobre la verdad y la justicia, te encuentras con silencios que pesan como una cuesta arriba en agosto. Una de esas cuestas que te hacen replantearte si no habría sido mejor ir andando.
Al final, lo que queda es una especie de orfandad moral. Una sensación parecida a cuando vas en bici por la ciudad, confiado, y de repente un coche te abre la puerta sin mirar. No te caes, pero te cambia la ruta. Y te preguntas: ¿y ahora qué? ¿A quién miro? ¿Quién me explica cómo se vive sin decepcionarse cada dos días?
Mirar a la gente normal
La respuesta es sencilla: a nadie en pedestal. Mejor mirar a la gente normal. A los que no presumen de héroes. A los que no prometen verdades absolutas. A los que hacen lo que pueden, que ya es bastante. A los que no necesitan capa ni sotana ni columna diaria para sentirse importantes. Por cierto, pese a todo lo vivido, aún no he perdido la fe y sigo mirando a la Iglesia como una madre que no es infalible sin perder la crítica.
Quizá la adultez sea eso: aprender a pedalear sin mitos, sin ídolos, sin superhéroes. Y descubrir que, en el fondo, tampoco hacen falta. Que la vida, como la bici, se sostiene mejor con equilibrio, un poco de humor y alguien que no te suelte cuando tropiezas. A un palmo del suelo —y a dos de la rueda delantera— es donde se ve todo más claro.
León XIV habrá dormido esta pasada noche en su cama romana después de una intensa semana en España. Imagino que estará agotado. Como lo están las familias tras los resultados de la PAU y con los pasos a seguir en busca de plazas universitarias para sus descendientes. Robert Prevost ha compartido aquí el final de curso escolar y el cuasi final del polarizado curso político antes de las vacaciones. Ha despertado simpatías y su mirada ha traspasado las fronteras ideológicas que se interponen entre gentes, barrios y regiones. Y como habrá tenido oportunidad de escuchar y conocer qué se cuece aquí no le resultará ajena una expresión que quizá la Fundeu escoja a final de año como frase estrella. Lo mismo hasta Campofrío la elige en su anuncio navideño o José Mota para el Especial de Nochevieja.
Porque hay palabras que entran en la conversación como quien deja una piedra en mitad del camino: para obligarte a tropezar. La última es esa «prioridad nacional» que algunos repiten como si fuera sentido común, como si la vida fuese una cola del Mercadona o del Carrefour donde alguien se cuela y tú, indignado, reclamas tu turno. En Murcia, sin ir más lejos, ya sabemos cómo funcionan estas cosas: basta con que falten médicos, vivienda o ayudas para que alguien señale al de al lado, nunca al de arriba.
Mirar hacia arriba
La trampa es vieja, pero eficaz. En vez de preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza condiciones dignas para todos, nos invitan a decidir quién merece pasar primero. Y claro, cuando aceptas ese marco, ya has perdido. Porque el foco deja de estar en los salarios que no dan, en los alquileres imposibles, en los servicios públicos que se desangran. El foco pasa a ser tu vecino, tu compañera de curro, la familia que llegó hace diez años y trabaja más horas que un reloj. Mirar hacia abajo siempre es más fácil que mirar hacia arriba.
En esta Región nuestra, donde la precariedad no es un concepto sino una experiencia diaria —del campo a la hostelería, de los cuidados a los barrios que sobreviven como pueden—, el discurso encaja como un guante. «Si no hay para todos, primero los de aquí». Pero, ¿quién ha decidido que no hay para todos? ¿Quién ha convertido derechos básicos en bienes escasos? Curiosamente, los mismos que piden menos Estado para garantizar vivienda o empleo digno son los que luego quieren filtros de pertenencia para repartir lo poco que queda. Primero recortan, luego reparten carnés.
Los datos desmontan el agravio
La realidad, sin embargo, es tozuda. Las personas migrantes no viven en un limbo: viven aquí, trabajan aquí, cotizan aquí y sostienen sectores enteros que, sin ellas, se vendrían abajo como un melón pasado. Y los datos —esos aguafiestas— desmontan el relato del agravio: la mayoría de las prestaciones sociales las reciben ciudadanos españoles, y la población migrante usa menos la sanidad que la autóctona. El problema no es quién recibe, sino por qué tanta gente no puede vivir con dignidad.
Pero para que la «prioridad nacional» funcione, necesita miedo. Necesita exageraciones, medias verdades y la sensación de que alguien se te cuela en la fila. Y, sobre todo, necesita ocultar que nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos. Esa es la operación política: que los últimos se peleen entre ellos mientras los primeros cuentan beneficios.
La prioridad, las personas
A veces se disfraza con palabras más suaves —«arraigo», «vinculación al territorio»—, pero la lógica es la misma: establecer jerarquías entre personas según su origen. Y eso, en una democracia, es dinamita. Porque rompe la convivencia, alimenta sospechas y convierte al vecino en amenaza.
Desde la tradición cristiana, esa que algunos dicen profesar, el asunto es aún más claro: la única prioridad son las personas, especialmente las más vulnerables. No hay verbos de exclusión, sino de humanidad: acoger, proteger, promover, integrar. No es teología; es sentido común con alma.
Conocemos el cansancio real de tantos barrios, la angustia de tantas familias que no llegan a fin de mes, el desarraigo de quienes sienten que el futuro se les ha encogido. Pero utilizar ese dolor para señalar al que está igual de fastidiado es una indecencia política y moral.
Reconstruir comunidad
La extrema derecha ha entendido que mucha gente se siente sola, sin horizonte colectivo. Por eso ofrece identidad, aunque sea a costa de excluir. Frente a eso, la tarea —democrática, social y también espiritual— es reconstruir comunidad. Volver a mirarnos como parte de algo más grande que el miedo.
Porque la cuestión de fondo no es quién va primero. La cuestión es si aceptamos una sociedad construida sobre la competencia entre los últimos o si defendemos una donde la dignidad sea el punto de partida, no el premio final. La prioridad, por tanto, no puede ser nacional. La prioridad, si queremos seguir llamándonos humanos, ha de ser humana.