Ene 13, 2000 | Al cabo de la calle, Articulos
Resulta que la solución a todos nuestros problemas está en la red. Quien no esté conectado va a ser mirado por encima del hombro, porque Internet es la panacea para la humanidad. Menudas soluciones para este final del milenio, cuando sólo un 20 por ciento de la población mundial atrapa el 74 por ciento de las líneas de teléfonos. La Bolsa salta porque al parquet se deja caer una empresa virtual, es decir, sin nombres ni apellidos, pero para la que se prevén unos suculentos botines de guerra, comercial, por supuesto. Esto es increíble. Hasta ahora siempre habíamos pensado que la riqueza se generaba con la producción de bienes y servicios en favor de la gente. Resulta que no es así, o cuando menos, que los servicios van a ser capaces de mover todos los resortes humanos para alcanzar la gloria.
Llegados a este punto reconozco mi ignorancia. Y eso que en el caso de quien esto escribe las nuevas tecnología de la información deben estar a la orden del día. No entiendo nada. O quizá sí, desde el momento en el que entran en juego las claves de una parte del planeta que es la que manda romana, la que corta el bacalao, la que reparte la tarta y la que tira hacia delante. No voy a recoger el testigo de aquellos locos -que no ilusos- que en el siglo XIX destrozaban las máquinas cuando éstas, en nombre del progreso y del futuro de la humanidad, dejaban en la cuneta a millones de trabajadores y trabajadoras porque sobraban en el proceso productivo. A veces, sin embargo, aparece esa vena radical de la que no queda bien, pero que en los tiempos que corren no estaría de más que hiciéramos gala. Porque esto no hay quien lo entienda.
Que nos estén vendiendo la moto de que el futuro pasa por las líneas telefónicas es apostar bien poco por la creencia de que la persona está por encima de todo lo material. No, no. No nos engañemos. Aquí ya no creemos en el hombre ni en la mujer. Creemos en los ordenadores, las páginas web -porque si no estás en la red no existes-, la fibra óptica, la telefonía móvil y otras tantas zarandajas que se nos ofertan en el mercado del futuro como la nueva tierra prometida en los albores de un nuevo milenio. Y que esto no suene a desahogo, sino simplemente como un aviso a navegantes. Un diálogo cara a cara nunca podrá ser sustituido por un “chat” a cinco, diez o mil bandas. Un atardecer reflejado en nuestra retina jamás podrá ser comprimido en una pantalla aunque la resolución tenga todos los “píxeles” posibles para el ojo humano. La sala de un museo y las sensaciones que produzca no tendrá parangón con el recorrido en tres dimensiones realizado por una cámara web.
No se trata, no, de esconder la cabeza como los avestruces. Tampoco negar la realidad. Se trata de coger el rábano por las hojas. Es decir, darle el valor que merece cada uno de los avances técnicos que los hombres y mujeres somos capaces de crear. Darles su valor, su uso y su universalidad, por encima de que se conviertan en nuevos instrumentos para la dominación de unos hombres sobre otros, de unos países sobre otros y de unas culturas sobre otras. De qué sirve depositar todas las esperanzas en el futuro en los nuevos sectores económicos y en las nuevas formas de trabajo cuando el acceso a esos lugares está vedado para dos terceras partes de la humanidad. ¿No se trata de seguir aumentando la brecha entre unos y otros?
Lo que sucede es que en la búsqueda de nuevos caminos parece que va quedando cada vez menos gente. ¿Qué hace la escuela o la universidad por eliminar esas fronteras? ¿En qué piensan los que nos gobiernan? ¿Y cada uno de nosotros y de nosotras? ¿Es que esperamos que las soluciones lleguen únicamente desde un nivel que escapa a nuestra propia razón? Sinceramente no lo sé. Pero lo que sí sé es que en las pequeñas decisiones, en las pequeñas actitudes, en las diminutas opciones que nos quedan a la hora de entrar o no en el rumbo que nos marcan otros es donde podemos hallar nuestro espacio de libertad y de autonomía. Y mientras no nos arrebaten esas pequeñas islas, el futuro será posible.
Abr 30, 1999 | Al cabo de la calle, Articulos
Toni es uno de los más de seiscientos trabajadores de Bazán que acaban de ser jubilados con premeditación. A sus 52 años y, por lo que se le ve, no anda demasiado obsesionado con su nueva situación. Hasta que cumpla los 65 tiene “unas vacaciones pagadas”, como él mismo asegura, y resulta que ahora anda un tanto agobiado porque no tiene tiempo libre. Al menos eso es lo que le dice a Fina, su mujer: “Me parece que voy a volver a la empresa y pedir que me dejen trabajar un poco, aunque sea gratis”. A pesar de que pueda parecer que ese deseo expresado a la parienta está provocado porque no sabe qué hacer, resulta que es por todo lo contrario. Mientras era uno más en la plantilla de la empresa, su vida no estaba entregada por entero a esta peculiar amante. Al contrario que una buena parte de sus compañeros, dedicaba su tiempo a su mujer y a sus hijos, a su parroquia, a Cáritas y a vivir. Por eso no quiso nunca hacer horas extras ni tampoco optar a determinados trabajos que le hubieran reportado unas buenas dietas.
Hoy Toni, en su nueva condición de prejubilado, conserva el 97 por ciento del sueldo, mientras que otros colegas del tajo han notado su cuenta en el banco muy mermada porque el “sobresueldo” de esos años de vacas gordas no les ha servido para el cómputo de la indemnización. Además de no quedarle escaso el bolsillo, ahora resulta que Toni, como está más libre que antes, los pobres lo reclaman más, y reparte como puede su tiempo entre el centro social del barrio, las empresas de economía social que han promovido y el despacho parroquial. No sucede lo mismo con sus compañeros: como dedicaron todos sus esfuerzos a lo único que en aquellos momentos eran capaces de ver, trabajar y trabajar, su estreno como jubilatas lo llevan fatal. El castellano resume esta situación de una manera diáfana: además de cornudos, apaleados.
A Carlos le sucede algo parecido, aunque aún no le ha llegado el turno de la reestructuración en su empresa. Siempre ha gozado de una jornada continua, pero lo que ha tenido claro desde el principio es que de pluriempleo, nada. Por eso lleva muy bien lo del debate del reparto del trabajo, sin necesidad de que tengan que llegar sesudos tecnócratas a planteárselo, porque además milita en un sindicato que pretende ser autónomo. Ha compartido con su mujer y con sus dos hijas el desarrollo de la familia, y encima ha tenido tiempo, entre otras múltiples tareas, para gozar con su afición favorita: la pintura. Austeridad, que no roñosería; libertad, que no resignación, y vivir de otra manera, que no demagógicos discursos vacíos de contenido, han sido algunas de las máximas con las que ha querido andar por la vida.
Estas dos historias son sólo una muestra de que en algún momento de nuestra existencia tenemos que optar, escoger un camino u otro. Ese instante se presenta con un acontecimiento singular o simplemente en el devenir cotidiano. Pero llega más temprano que tarde y, en la mayoría de ocasiones, le damos la espalda. Es cierto que hay situaciones en las que uno tiene muy pocas posibilidades de escoger, bien porque hay otros que ya se encargan de hacerlo por nosotros, o bien porque el contexto limita duramente la capacidad para tomar una decisión. Pero también es verdad que en una buena parte de ocasiones tenemos la posibilidad entre nuestros dedos para agarrar un camino u otro… y no nos atrevemos a dar el paso adelante.
El problema es que las ocasiones pasan y el precio que pagamos por no dar el salto es muy alto: por no enfrentarnos a un impresentable jefe cuya existencia es más triste que la nuestra, por no ser capaces de decir de una vez por todas ¡basta, ya está bien!, o simplemente, por no ser sinceros con nosotros mismos y tener los suficientes bemoles o corcheas para tirar hacia delante. A fin de cuentas de lo que se trata es de dar pequeños pasos para sentirnos los protagonistas de la película de nuestra vida y no ser unos eternos secundarios. Al final de la existencia nos pasarán factura de lo que hemos hecho, pero sobre todo de los que hemos dejado de hacer. Y ese examen, en primer lugar, lo pasaremos ante nuestra propia conciencia. Seguimos siendo unos miedos, y en ese temor es en el que se apoyan los que disfrutan teniéndonos sometidos. Una vez tiene que ser, y cuando es, ya no se puede parar. Y encima se goza. ¿Qué más se puede pedir?