Esperanza frente al fatalismo

Esperanza frente al fatalismo

Si algo demuestra la historia reciente de esta tierra es que los cambios importantes rara vez nacieron de la resignación. Llegaron cuando hubo gente que decidió levantarse de su sillón y se unió con otra gente. Vecinos que reclamaron el soterramiento de las vías en la ciudad de Murcia. Colectivos que defendieron el Mar Menor cuando parecía una causa perdida. Asociaciones que abrieron espacios donde nadie los esperaba. Personas corrientes que entendieron algo muy sencillo: que la ciudadanía no es un público que observa, sino un actor que participa.

Ese movimiento se puso en marcha frente a palabras que se nos cuelan en la vida sin hacer ruido. Que presiden nuestras conversaciones, nuestros encuentros familiares. Se sientan a la mesa, viajan con nosotros en el autobús y se acomodan en las tertulias y en la barra de cualquier bar o en terrazas que se precien. Una de ellas es «resignación». Otra, todavía mÔs peligrosa, es «fatalismo».

El fatalismo es esa voz que nos susurra que las cosas son como son y que poco podemos hacer para cambiarlas. Que el Mar Menor ya no tiene remedio. Que los jóvenes tendrÔn que acostumbrarse a vivir encadenados a contratos precarios y alquileres imposibles. Que los servicios públicos irÔn a menos. Que la política es cosa de otros. Que protestar no sirve para nada. Que la cultura es un entretenimiento para quien puede permitírselo. En definitiva, que mÔs vale adaptarse que intentarlo.

Ejemplos en la Región de Murcia

Lo mÔs curioso es que la realidad suele llevarle la contraria. QuizÔ por eso me he sumado desde su gestación a la iniciativa «Hacer Región, salir del fatalismo», que se presentó públicamente esta semana y reivindica la esperanza como una forma de compromiso. No una esperanza ingenua, de las que esperan milagros desde el sofÔ o frente a la pantalla de un teléfono. Hablo de una esperanza activa, de las que se remangan. De las que entienden que el futuro no es un lugar al que llegamos, sino algo que vamos construyendo entre todos. Entre todas.

Pese a que pueda parecer lo contrario, la Región de Murcia estÔ llena de ejemplos. Los encontramos en los barrios, en las asociaciones vecinales, en las cooperativas, en los colectivos culturales, en quienes dedican tiempo a cuidar el territorio o acompañar a quienes mÔs lo necesitan. Personas que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen una parte importante de la vida común.

Esperanza frente al fatalismo
Ilustración de NANA PEZ
EnergĆ­as dispersas

No obstante, muchas veces esas energías aparecen dispersas. Cada cual pelea su batalla en su rincón. Cada grupo defiende su causa. Cada persona intenta arreglar lo que tiene mÔs cerca. Y aunque eso ya es valioso, quizÔ estamos descubriendo que también hace falta encontrarse, escucharse y reconocerse mutuamente.

Porque los problemas que afrontamos son demasiado complejos para resolverlos solos. La emergencia climÔtica, la desigualdad, el acceso a la vivienda, la calidad de los servicios públicos o la convivencia democrÔtica exigen algo mÔs que indignación y mensajes en redes sociales. Exigen conversación, organización y confianza colectiva.

Parto de la base de que esto no es fÔcil. Hay intereses económicos que pesan. Hay discursos que alimentan el miedo y la división. Hay quien obtiene beneficios cuando la gente deja de creer en sí misma. Pero precisamente por eso conviene recordar una verdad incómoda: ningún avance social importante ha llegado nunca gracias al conformismo.

Derechos peleados

Todos los derechos que hoy consideramos normales fueron, en algún momento, una idea improbable defendida por personas que se negaron a aceptar que las cosas eran inmutables. Fueron peleados por unos pocos, como el derecho de huelga, y lo conseguido se extendió al común de los normales. Recordémoslo en las próximas semanas cuando oigamos a un ejército de agoreros desacreditando la convocatoria del 11 de noviembre.

Tal vez el primer paso no consista en cambiar el mundo. Tal vez sea algo mÔs sencillo. Consista en negarnos a repetir que nada puede hacerse. En mirar alrededor y reconocer a quienes ya estÔn trabajando por mejorar las cosas. En recuperar la convicción de que el futuro sigue abierto.

Porque, al fin y al cabo, el fatalismo siempre ha sido un pƩsimo arquitecto del maƱana. Y la esperanza, cuando se organiza, suele tener bastante mƔs fuerza de la que imaginamos.

A golpe de chispazos

A golpe de chispazos

Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraño al que nadie presta atención. El traqueteo estÔ ahí. Los síntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la avería estÔ a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del día a día tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que debería alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.

No siempre es un gran acontecimiento. A menudo es una imagen. Una fotografía. Un vídeo grabado con un teléfono móvil. Una escena tan sencilla que cualquiera podría haber pasado por delante de ella cien veces sin detenerse. Y, sin embargo, algo sucede. La imagen atraviesa la costra de la indiferencia colectiva y se instala en la conciencia de miles de personas. El desalojo de Maricarmen, sin ir mÔs lejos, es un ejemplo.

Lo curioso es que el problema ya existía antes de que llegara ese momento. Desde hace años, desalojos como ese venían produciéndose a diario. Un malestar controlado que, sin apenas repercusión, por ejemplo, en los medios, llevaba años ocurriendo. Pero el malestar estaba acumulado. Las razones objetivas para la protesta sobraban. Lo único que faltaba era el detonante.

Historia de ejemplos

La historia reciente estÔ llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niño sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecía dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habían mirado hacia otro lado.

Las imÔgenes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya mÔs de veinte años, movilizaron a jóvenes de toda España. Hizo lo propio, mÔs recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario público lo que estaba pasando en el país de las libertades.

Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades españolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son mÔs intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaña, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el país entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahí.

De repente, aquello ha dejado de ser un problema de unos cuantos jóvenes para convertirse en una conversación nacional. Y entonces ha ocurrido algo que también se repite con frecuencia. Los partidos políticos reaccionan, aunque no todos. Los medios multiplican la atención. Los tertulianos descubren de la noche a la mañana un asunto que hasta entonces apenas ocupaba espacio en la agenda. La opinión pública comieza a moverse.

Forma de ver la realidad

Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un día para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias políticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho mÔs elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadística. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.

No somos ingenuos. Estos latigazos de realidad no llegan a todos. Ni tampoco un detonante lleva aparejada una respuesta transformadora. Las escenas de la crisis humanitaria vivida en Ceuta hace dos meses, convenientemente utilizadas en un clima polarizado y sembrado de odio al diferente (cuando es pobre, claro), también son capaces de encerrarnos mÔs en los prejuicios y en el rechazo. Si, ademÔs, son abonadas por quienes desde la política institucional buscan alcanzar sus objetivos de llegar al poder al precio que sea, el cóctel estÔ servido.

Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartÔbamos la vista. Nos recuerdan que detrÔs de los porcentajes hay personas.  QuizÔ por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada mÔs poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.