A golpe de chispazos
Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraƱo al que nadie presta atención. El traqueteo estĆ” ahĆ. Los sĆntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la averĆa estĆ” a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del dĆa a dĆa tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que deberĆa alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.
No siempre es un gran acontecimiento. A menudo es una imagen. Una fotografĆa. Un vĆdeo grabado con un telĆ©fono móvil. Una escena tan sencilla que cualquiera podrĆa haber pasado por delante de ella cien veces sin detenerse. Y, sin embargo, algo sucede. La imagen atraviesa la costra de la indiferencia colectiva y se instala en la conciencia de miles de personas. El desalojo de Maricarmen, sin ir mĆ”s lejos, es un ejemplo.
Lo curioso es que el problema ya existĆa antes de que llegara ese momento. Desde hace aƱos, desalojos como ese venĆan produciĆ©ndose a diario. Un malestar controlado que, sin apenas repercusión, por ejemplo, en los medios, llevaba aƱos ocurriendo. Pero el malestar estaba acumulado. Las razones objetivas para la protesta sobraban. Lo Ćŗnico que faltaba era el detonante.
Historia de ejemplos
La historia reciente estĆ” llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niƱo sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecĆa dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habĆan mirado hacia otro lado.
Las imĆ”genes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya mĆ”s de veinte aƱos, movilizaron a jóvenes de toda EspaƱa. Hizo lo propio, mĆ”s recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario pĆŗblico lo que estaba pasando en el paĆs de las libertades.
Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades espaƱolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son mĆ”s intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaƱa, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el paĆs entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahĆ.
De repente, aquello ha dejado de ser un problema de unos cuantos jóvenes para convertirse en una conversación nacional. Y entonces ha ocurrido algo que tambiĆ©n se repite con frecuencia. Los partidos polĆticos reaccionan, aunque no todos. Los medios multiplican la atención. Los tertulianos descubren de la noche a la maƱana un asunto que hasta entonces apenas ocupaba espacio en la agenda. La opinión pĆŗblica comieza a moverse.
Forma de ver la realidad
Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un dĆa para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias polĆticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho mĆ”s elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadĆstica. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.
No somos ingenuos. Estos latigazos de realidad no llegan a todos. Ni tampoco un detonante lleva aparejada una respuesta transformadora. Las escenas de la crisis humanitaria vivida en Ceuta hace dos meses, convenientemente utilizadas en un clima polarizado y sembrado de odio al diferente (cuando es pobre, claro), tambiĆ©n son capaces de encerrarnos mĆ”s en los prejuicios y en el rechazo. Si, ademĆ”s, son abonadas por quienes desde la polĆtica institucional buscan alcanzar sus objetivos de llegar al poder al precio que sea, el cóctel estĆ” servido.
Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartÔbamos la vista. Nos recuerdan que detrÔs de los porcentajes hay personas.  QuizÔ por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada mÔs poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.
