Si algo demuestra la historia reciente de esta tierra es que los cambios importantes rara vez nacieron de la resignación. Llegaron cuando hubo gente que decidió levantarse de su sillón y se unió con otra gente. Vecinos que reclamaron el soterramiento de las vĆas en la ciudad de Murcia. Colectivos que defendieron el Mar Menor cuando parecĆa una causa perdida. Asociaciones que abrieron espacios donde nadie los esperaba. Personas corrientes que entendieron algo muy sencillo: que la ciudadanĆa no es un pĆŗblico que observa, sino un actor que participa.
Ese movimiento se puso en marcha frente a palabras que se nos cuelan en la vida sin hacer ruido. Que presiden nuestras conversaciones, nuestros encuentros familiares. Se sientan a la mesa, viajan con nosotros en el autobĆŗs y se acomodan en las tertulias y en la barra de cualquier bar o en terrazas que se precien. Una de ellas es Ā«resignaciónĀ». Otra, todavĆa mĆ”s peligrosa, es Ā«fatalismoĀ».
El fatalismo es esa voz que nos susurra que las cosas son como son y que poco podemos hacer para cambiarlas. Que el Mar Menor ya no tiene remedio. Que los jóvenes tendrĆ”n que acostumbrarse a vivir encadenados a contratos precarios y alquileres imposibles. Que los servicios pĆŗblicos irĆ”n a menos. Que la polĆtica es cosa de otros. Que protestar no sirve para nada. Que la cultura es un entretenimiento para quien puede permitĆrselo. En definitiva, que mĆ”s vale adaptarse que intentarlo.
Pese a que pueda parecer lo contrario, la Región de Murcia estÔ llena de ejemplos. Los encontramos en los barrios, en las asociaciones vecinales, en las cooperativas, en los colectivos culturales, en quienes dedican tiempo a cuidar el territorio o acompañar a quienes mÔs lo necesitan. Personas que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen una parte importante de la vida común.
Porque los problemas que afrontamos son demasiado complejos para resolverlos solos. La emergencia climÔtica, la desigualdad, el acceso a la vivienda, la calidad de los servicios públicos o la convivencia democrÔtica exigen algo mÔs que indignación y mensajes en redes sociales. Exigen conversación, organización y confianza colectiva.
Parto de la base de que esto no es fÔcil. Hay intereses económicos que pesan. Hay discursos que alimentan el miedo y la división. Hay quien obtiene beneficios cuando la gente deja de creer en sà misma. Pero precisamente por eso conviene recordar una verdad incómoda: ningún avance social importante ha llegado nunca gracias al conformismo.
Tal vez el primer paso no consista en cambiar el mundo. Tal vez sea algo mÔs sencillo. Consista en negarnos a repetir que nada puede hacerse. En mirar alrededor y reconocer a quienes ya estÔn trabajando por mejorar las cosas. En recuperar la convicción de que el futuro sigue abierto.
Nuestra sociedad, como los motores averiados, suele funcionar durante mucho tiempo con un ruido extraƱo al que nadie presta atención. El traqueteo estĆ” ahĆ. Los sĆntomas son evidentes. Incluso hay quien advierte de que la averĆa estĆ” a punto de llegar, pero nada ocurre. La rutina del dĆa a dĆa tiene una capacidad extraordinaria para convertir en paisaje aquello que deberĆa alarmarnos. Hasta que aparece una chispa.
La historia reciente estĆ” llena de ejemplos. La conmovedora imagen del niƱo sirio Aylan Kurdi, muerto sobre la arena de una playa turca, destapó el drama de los refugiados. Su cuerpo menudo sin vida, que parecĆa dormido, golpeó las conciencias de las sociedades europeas para despertarlas de un letargo. El drama de los refugiados se coló en nuestras conversaciones y movilizó a quienes hasta entonces habĆan mirado hacia otro lado.
Las imĆ”genes de la costa gallega afectada por el chapapote, hace ya mĆ”s de veinte aƱos, movilizaron a jóvenes de toda EspaƱa. Hizo lo propio, mĆ”s recientemente, la muerte de inmigrantes y de manifestantes a manos de agentes del ICE, el servicio de control de inmigración y aduanas de EEUU, que fue el detonante para poner en el escenario pĆŗblico lo que estaba pasando en el paĆs de las libertades.
Ahora, las acampadas que protagonizan miles de jóvenes en plazas de ciudades espaƱolas no han surgido de la nada. Otro drama, en esta ocasión, el derecho de acceso a una vivienda digna de una generación entera, presenta una realidad en la que son mĆ”s intensas las incertidumbres que las oportunidades. Ha sido necesario que las plazas se llenaran de tiendas de campaƱa, de carteles hechos a mano y de asambleas improvisadas, para que el paĆs entero dirija la mirada hacia una realidad que ya estaba ahĆ.
Esta sacudida ha llegado, no porque la realidad hubiera cambiado de un dĆa para otro, sino porque ha cambiado la forma de verla. Vivimos convencidos de que las transformaciones sociales nacen de grandes discursos o de complejas estrategias polĆticas. Sin embargo, muchas veces surgen de algo mucho mĆ”s elemental. Una imagen logra poner rostro a una estadĆstica. Un gesto convierte una abstracción en una experiencia tangible.
Pero la fuerza de esos momentos reside precisamente en su sencillez. Nos obligan a mirar donde antes apartÔbamos la vista. Nos recuerdan que detrÔs de los porcentajes hay personas.  QuizÔ por eso las sociedades cambian tan despacio y, al mismo tiempo, tan deprisa. Y a veces una sociedad necesita exactamente eso: alguien que pulse el interruptor. Porque no hay nada mÔs poderoso que una realidad que deja de poder esconderse.