Enrique González Lorca, profesor de Servicios a la Comunidad y psicólogo clínico

Hay vidas que no se explican con un currículum, sino con una pregunta que atraviesa cada etapa: ¿qué hacemos cuando nos encontramos con el sufrimiento de otro ser humano? La historia de Enrique González Lorca —profesor de Servicios a la Comunidad, psicólogo clínico y voluntario en proyectos educativos, sociales y de cooperación internacional— está tejida con ese hilo. Desde la memoria de la emigración familiar hasta los guetos de Monrovia, pasando por aulas, empresas, barrios vulnerables y comunidades heridas, su vida es una búsqueda constante de la dignidad humana. Habla con una serenidad que nace del silencio interior, con una ternura que no es debilidad sino resistencia, y con una convicción que repite como un mantra: “la vida es más amable cuando se mira con ternura”.

– ¿Quién es Enrique González Lorca?

– Enrique es alguien que ha encontrado el sentido de su vida en salir en busca del corazón del otro, pero para eso he tenido que adentrarme en el mío. Allí he descubierto valores heredados de mi familia, una presencia que me une a toda la humanidad y una certeza que me acompaña siempre: la vida es más amable cuando se mira con ternura. En el otro me veo a mí mismo porque compartimos la misma dignidad. Y desde esa conciencia de unidad, siento que mi misión es cuidar la casa común y vivir en fraternidad.

Su historia comienza en Bruselas, en una familia emigrante. ¿Qué significó esa experiencia?

Nací en Bruselas, hijo de emigrantes murcianos que llegaron a Bélgica en los años cincuenta buscando una vida mejor. Aunque regresamos cuando yo tenía dos años, aquella memoria quedó grabada en mi familia. Mis padres conocieron la dureza de la emigración y también el rechazo. Muchas mujeres españolas fueron insultadas con expresiones profundamente racistas como “putas moras”. Mi padre acogía a compatriotas recién llegados en un piso que hoy llamaríamos “patera”. Esa memoria me enseñó que lo que hoy sufren muchos migrantes africanos no es nuevo: cambian los protagonistas, pero permanecen los mecanismos de deshumanización. Aprendí que nadie debe ser reducido a una etiqueta. Antes que cualquier circunstancia está la dignidad.

¿Cuándo comenzó su compromiso con las personas excluidas?

Durante mi juventud, incluso antes de tener claro mi camino profesional. Mientras estudiaba Económicas en Valencia, me acerqué a las chabolas de la Malvarrosa y a la realidad del pueblo gitano. Allí descubrí el rostro de los olvidados. Aquellas personas dejaron de ser una categoría abstracta: tenían nombres, historias, sueños. Comprendí que detrás de la pobreza no hay falta de voluntad, sino desigualdad y ausencia de oportunidades. Aprendí que la primera respuesta ante el sufrimiento no es juzgar, sino acercarse y escuchar. Y que el otro no es un lobo: detrás de cada herida hay una persona.

En esa etapa vivió también una transformación espiritual. ¿Qué papel tuvo Francisco de Asís?

Francisco de Asís me enseñó que el verdadero tesoro está en el encuentro con el excluido. Su abrazo al leproso fue para mí una revelación: aquello que la sociedad rechaza es precisamente donde se esconde la dulcedumbre del alma. Comprendí que la libertad no está en la acumulación de bienes, sino en liberarse de aquello que impide vivir una existencia entregada. La opción por los vulnerables no es superioridad moral: es reconocer que la dignidad humana está por encima de cualquier circunstancia.

¿Cómo se concretó esa opción vital en su etapa como franciscano capuchino?

Intenté vivirla desde el compromiso con personas concretas. Participé en proyectos de formación y acompañamiento en barrios de Valencia, especialmente con jóvenes en vulnerabilidad. Muchos habían sido etiquetados por su fracaso escolar o su situación familiar. Pero cuando alguien les ofrecía confianza y una oportunidad, aparecían capacidades ocultas. Aprendí que educar no es transmitir conocimientos: es ayudar a descubrir lo que uno puede llegar a ser.

Doce años después dejó la vida religiosa. ¿Qué se cruzó en su vida?

El amor, pero desde otra perspectiva: conocí a Mari Cruz, mi mujer. Y también descubrí que la institución no siempre permite sacar lo que uno lleva dentro. Sentí que Dios me seguía llamando, pero por otro camino. Como decía San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Y yo allí no vivía.

“Una vida tiene sentido cuando ayuda a que otros descubran su propia luz.”

¿Cree en las segundas oportunidades?

¡Hombre! Si la vida me las ha dado a mí, ¿cómo no voy a creer en ellas?

¿Qué le enseñó a reconstruirse sin negar las cicatrices?

Que el discurso victimista no lleva a ningún sitio. Cuando salí de la institución, me miré por dentro: mis capacidades, mis valores, sin la seguridad de un marco. Y descubrí que el mundo es un espacio de reparación. He aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.

Después llegó la psicología clínica. ¿Qué le enseñó el trabajo en adicciones?

En el mundo de las adicciones descubrí que detrás de cada consumo había una historia humana: heridas, pérdidas, carencias afectivas, necesidad de vínculos. La intervención no podía limitarse a controlar una conducta; era necesario acompañar procesos de reconstrucción personal. Aquellos años me confirmaron algo esencial: cuando solo miramos el problema, dejamos de ver a la persona.

Sorprende su etapa en el mundo empresarial. ¿Qué aportó a su visión?

Fue una etapa inesperada, pero profundamente enriquecedora. La empresa es otro espacio donde las personas viven, crecen y construyen su proyecto vital. Allí comprendí que una organización no es solo una estructura económica: es una comunidad humana. La calidad empieza por el respeto a los trabajadores, a sus derechos y a su dignidad. Una empresa responsable crea empleo digno, oportunidades, relaciones saludables y contribuye al bienestar social. Humanicé despidos en plena crisis del ladrillo. Y entendí que las personas no son recursos: son fines.

“La exclusión comienza cuando dejamos de ver a la persona.”

La educación vuelve a aparecer como eje central. ¿Qué le llevó a la docencia?

La docencia fue una forma de integrar todas mis experiencias. Como profesor de Servicios a la Comunidad he acompañado situaciones educativas, familiares y sociales complejas. Descubrí que muchas dificultades tienen raíces profundas: detrás de un comportamiento o un fracaso escolar hay una historia que necesita ser comprendida. Por eso creo que la educación empieza en la mirada. Si miramos a alguien desde sus carencias, limitamos sus posibilidades. Si miramos sus capacidades, abrimos caminos. La pedagogía de la alteridad me enseñó que un alumno es más que una nota, más que un expediente, más que un calificativo.

¿Cómo se aprende a mirar la vida con gratitud, incluso cuando el camino se vuelve áspero?

Creo que todo empieza por una mirada sencilla: detenernos en lo que tenemos en el presente y que, tantas veces, otros no tienen. Ese ejercicio puede resultar difícil cuando no has vivido la exclusión, la necesidad o la pobreza. Pero hay ejemplos que lo hacen evidente. Cuando viajo a Liberia, el primer beneficiado soy yo. No hay electricidad, ni saneamiento, ni sistema sanitario, ni educación. Y entonces vuelvo aquí y veo cómo nos quejamos teniendo una de las mejores sanidades públicas del mundo, pudiendo abrir un grifo para asearnos, contando con un empleo digno y un salario justo. Al final, lo que nace es la gratitud. Gratitud por todo lo que tenemos.

Después de tantos años acompañando personas, ¿qué ha aprendido?

Que las personas son siempre más que sus problemas. Lo he aprendido de jóvenes excluidos, personas con adicciones, trabajadores, familias, mujeres con enfermedad mental, migrantes y comunidades vulnerables. Todos me han enseñado que la dignidad no depende de las circunstancias. Vivimos tiempos de miedo y polarización. Frente a eso necesitamos recuperar una mirada profundamente humana. El rostro del otro nos hace responsables antes incluso de elegir. Solo quien ha aprendido a habitar el silencio puede habitar el encuentro. La vida tiene sentido cuando ayudamos a que otros descubran su propia luz. Porque la última capa del ser humano es luz. Y en ese camino siento que no me dedico a buscar: me dedico a ser encontrado

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Cooperación internacional sin paternalismo

Liberia ha sido clave en su trayectoria reciente. ¿Qué ha descubierto allí?

Liberia ha sido profundamente transformadora. En el proyecto We Are Like You, con Hermanas Hospitalarias, he acompañado a mujeres con enfermedad mental y problemas de consumo. Sufren doble exclusión: por ser mujeres y por el estigma. Lo esencial es la mirada: no verlas como pacientes, sino como personas con capacidades y sueños. La salud necesita tratamientos, pero también vínculos y oportunidades.

Ha conocido también la realidad del kush y La Casa de Lázaro. ¿Qué representa este proyecto?

La Casa de Lázaro acompaña a jóvenes afectados por el kush, una sustancia devastadora. Muchos viven en condiciones extremas, con heridas, infecciones y rechazo social. Llegan desde auténticas “tumbas sociales”. El proyecto les devuelve algo esencial: “tu vida importa”. Reciben curas, alimentación, formación, afecto y acompañamiento. Algunos antiguos pacientes hoy forman parte del equipo. Quien recibe una oportunidad puede convertirse en oportunidad para otros. Allí comprendí que he aprendido que reparar el mundo empieza por reparar el corazón.

También ha trabajado en reintegración laboral. ¿Por qué es tan importante?

Porque la recuperación no termina con una alta médica. La verdadera recuperación llega cuando una persona vuelve a sentirse parte de la sociedad. Proyectos como el cultivo del cacao ofrecen futuro, empleo y comunidad. Evitan que los jóvenes regresen a los mismos contextos de exclusión.

Ha desarrollado proyectos de educación para el desarrollo y recibió el Premio Vicente Ferrer. ¿Qué ha aprendido de ello?

Aprendí que muchas desigualdades tienen raíces históricas. Mi experiencia en Senegal, especialmente en la isla de Gorée, me marcó profundamente. La cooperación no debe ser paternalista: no se trata de llevar soluciones, sino de encontrarse con otros pueblos, reconocer sus capacidades y construir juntos.


La esperanza, motor de vida y de trabajo

¿Qué papel juega la esperanza en su trayectoria, en tu trabajo como psicólogo y también en tu vida personal?

Si miramos a nuestro alrededor, y especialmente al mundo en el que vivimos, encontramos muchos motivos para la desesperanza. A veces necesito hacer un ejercicio parecido al del avestruz: refugiarme bajo el ala para no mirar de frente todo lo que hemos construido. Pero, precisamente bajo esa ala, encuentro también el lugar donde puedo intervenir, aportar y transformar. Ese espacio concreto —mi ámbito de influencia— es el que me sostiene y me permite seguir sintiendo esperanza. Creo que, si cada persona siembra en su propio entorno una visión nueva de la vida y del otro, fundada en la justicia, la solidaridad, la fraternidad y, sobre todo, en el amor, es posible despertar esperanza.

En su caso, imagino que la fe también tendrá un lugar destacado…

También me apoyo en mi fe, que me recuerda que ninguna injusticia será olvidada. Durante mucho tiempo no comprendí una expresión del Credo: “bajó a los infiernos”. Hoy la entiendo como una llamada a trabajar, ya aquí, por un mundo en el que los últimos sean los primeros. Confío en que habrá una justicia última —una justicia que podríamos llamar cósmica— en la que todas las víctimas de la violencia y de la indignidad serán restauradas en su memoria y en su ser.

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