Feb 2, 2020 | Al cabo de la calle, Articulos, Mis lecturas
He aceptado la invitación y en las últimas semanas he consentido sumarme a iniciar un camino de la anatema al diálogo, de la maldición y de la enemistad a la hermandad, a la sororidad, ese término tan bello que apela a la relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento. Pasar de la incomunicación al encuentro, de considerarla como religión proscrita a religión reconocida, del desprecio al respeto, de las descalificaciones infundadas a los debates argumentados, de los estereotipos y prejuicios a la crítica serena. Es la calzada que se abre para conocer mejor el islam, esa religión que profesan más de 1.500 millones de personas en el mundo y que se caracteriza por cinco grandes pilares: la profesión de fe, la oración, la limosna, el ayuno y la peregrinación. (más…)
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Dic 29, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, Mis lecturas
El año pasado acabó con El dolor de los demás, esa terrible historia de Miguel Ángel Hernández, con ese regreso al pasado que no cesa de volver y que fue capaz de conmover hasta la más recóndita de las entrañas ancladas en la infancia y la adolescencia. Caminos cruzados de experiencias y escenarios comunes en la huerta, la iglesia y los dramas cercanos dieron paso a una guía de lectura que ha sido lo más reconfortante en un año repleto de vivencias circulares. Delphine de Vigan, en Nada se opone a la noche, fue la encargada de clavar, quizá sin pretenderlo, la primera herida en un corazón cansado de soportar la oquedad resultante entre el deseo y la realidad, la expectativa y el presente. París, los años 60, la familia numerosa y la reconstrucción de una historia familiar que pretendía pasar desapercibida entre el nacimiento de los hijos, sus avances profesionales y el vendaval que atraviesa la vida de quienes tratan de construir sus edificios vitales sin socavar los cimientos de los ancestros. (más…)
Dic 22, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
La escritora Amy Michael Homes nos recuerda que todas las familias tienen una historia que se cuenta a sí misma: que pasa de hijos a nietos. La historia crece a lo largo de los años, muta; algunas partes se pulen, otras se eliminan y a menudo se discute sobre lo que ocurrió de verdad. Pero aun existiendo estas divergencias en la misma historia, sigue habiendo acuerdo respecto a que se trata de la historia familiar. Y a falta de otros relatos se convierte en la asta del que la familia cuelga su identidad.
Esa historia familiar es la que se expone sobremanera en los
días que se avecinan. Aquel Niño nacido en Belén también tuvo la suya, marcada
por la falta de vivienda donde recalar sus huesos en sus primeros instantes de
vida. Qué fragilidad. Menuda vulnerabilidad. Qué imagen para ser un rey, un
mesías, un salvador. Pero de ahí viene lo bueno, lo increíble de una historia que
arranca casi en mitad de la nada, desde donde contempla con humildad en qué lugar
le tocado nacer, con quién le tocará vivir y a qué está destinado.
En La hija de la amante, A. M. Homes insiste en que de niños todos somos crédulos por naturaleza. No se nos ocurre cuestionar el relato familiar: lo aceptamos como un hecho, sin reconocer que es una historia, una ficción colectiva de múltiples capas. Piensen en las variaciones, las consecuencias en lo relativo del tiempo, el lugar, la posición y la estructura sociales.
Ella fue adoptada. El reencuentro con su madre biológica y
con un padre del que ni siquiera tuvo constancia de su nacimiento marcan esa
novela, un recorrido vital en el que necesita indagar sus orígenes para poder
entender su presente. Y lo hace de manera minuciosa, tratando de explorar su
genealogía a través de sus antepasados, bien fuera de esa pareja biológica
condenada a no se sabe bien qué (madre joven que vivió su aventura con un
hombre casado, mayor que ella, o de la familia adoptiva, de procedencia
europea, como buena parte de la inmensa mayoría de familias norteamericanas que
carecen de una ligazón más estrecha que la que limitan dos generaciones.
Seguro que a veces usted piensa que su historia no es más
singular que otra. Pero es la suya, mía, la nuestra. En mi caso, la que me
nutre. La que me configura. La que me ha convertido en lo que soy, en lo que
fui y en lo que seré. La que construye su identidad a partir del drama de los
abuelos, de sus hijos y de los hijos de sus hijos. De donde vengo y en lo que
me he convertido. Un personaje sin rostro, en permanente construcción, en busca
de un lugar en el que habitar lo inabarcable.
En Navidad es tiempo de arañar las emociones más tapadas, instantes en los que hay quienes huyen de cualquier sensiblería barata.
Quizá a usted le pase como a mí, que comparto con Homes ese
deseo incendiario de querer escrutar mi procedencia. No porque trate de hallar
esos vínculos que trazan la primera línea de consanguinidad, sino por escarbar parte
de los porqués y no dejar de lado el lugar de donde proceden quienes han
marcado las vidas de esta familia melancólica y dulce a la vez, cálida en el encuentro,
pero con secretos escondidos más de allá de las cuatro paredes de la epidermis
sentimental.
En Navidad es tiempo de arañar las emociones más tapadas, instantes
en los que hay quienes huyen de cualquier sensiblería barata. De ausencias que
golpean. De recuerdos heridos y también, por qué no, de encuentros donde vale
todo. En especial si vienen acompañadas de etapas en el camino de la madurez personal.
Nadie puede con nosotros. Ninguna circunstancia no esclaviza. Es tiempo en el
que reclamar la omnipotencia vital. No lo olvide. No se distraiga. Está en su
mano. ¡Feliz Navidad!